El Refugio de los Olvidados
(Pampa Seca). - La noche del viernes 9 de julio de 1993 cayó
como un manto pesado sobre el olvidado caserío de Pampa Seca en la Selva alta
de Pataz. A las siete y media, envuelta en una oscuridad total y devorada por
la neblina, la patrulla "Huascarán" —reducida temporalmente a veinte
hombres bajo el mando del suboficial Miguel Pineda Ramírez— divisó las luces
débiles de un pequeño caserío. Era Pampa Seca, un rincón de adobe y paja
sumido en la extrema pobreza y borrado por completo de los mapas del Estado
peruano.
Los soldados arrastraban los
pies, hambrientos y al límite de la resistencia física, tras haber dejado atrás
la Base Contrasubversiva N° 323 de Tayabamba. Sabían que pisaban terreno
minado: por las inmediaciones de aquellas chozas humildes corría el camino
ancestral que interconectaba a Tayabamba con el distrito de Ongón. Una trocha
de herradura que no solo unía pueblos aislados, sino que servía también como
corredor estratégico para los combatientes armados del Partido Comunista del
Perú Sendero Luminoso en su guerra declarada contra el Estado.
Cuando las siluetas de los
militares aparecieron entre las sombras, el silencio del pueblo se rompió. De
inmediato, los ancianos, las mujeres y los niños salieron de sus viviendas,
empujados por una mezcla de temor y curiosidad, procurando enterarse con disimulo
del propósito de nuestra presencia. En medio de esa tensa expectación se nos
presentó el presidente de la Comunidad de Pampa Seca. Con la autoridad que le
otorgaba el respeto de su gente, escuchó nuestro pedido de auxilio:
necesitábamos con urgencia alimento y un techo donde guarecernos.
Aquel hombre, en un acto de
profunda humanidad que contrastaba con la hostilidad del conflicto, no dudó ni
murmuró. En el acto, dio órdenes precisas a las cocinas comunales. Al cabo de
un rato, los veinte soldados exhaustos recibimos humeantes platos de caldo de
gallina y plátanos sancochados. Fue un bálsamo milagroso; solo después de esa
cena caliente, los cuerpos de la tropa volvieron a su estado normal,
recuperando la cordura y el calor que el hambre extrema nos había arrebatado
durante la jornada.
Para pasar la noche, el presidente
nos cedió la casa comunal. Bajo ese techo rústico, los soldados comenzaron a
acomodarse sobre sus mantas para conciliar un sueño largamente postergado. A
las nueve en punto, el servicio del primer turno de guardia ocupó sus puestos
en la penumbra exterior. Para un comandante de patrulla, las horas de la
madrugada son un territorio infestado de fantasmas; la mente no descansa
sabiendo que el enemigo acecha en el monte y que es peligroso confiarse en el
instinto de una tropa físicamente destruida. El riesgo de una sorpresa nocturna
latía en cada crujido del viento, pero la fortuna estuvo de nuestro lado y el
amanecer llegó sin novedad.
Al despuntar el alba, la luz del sol de selva alta desnudó la cruda realidad de Pampa Seca. Era un paraje habitado por almas sumamente humildes, donde la mano de la República era un mito: la educación para los niños y jóvenes era completamente nula y el servicio de salud, una fantasía inexistente. Allí, en la antesala de la Puerta del Monte, la patrulla "Huascarán" comprobó una vez más que la guerra se libraba en las entrañas de un Perú olvidado.
El Fulbito de las Sombras
(Pampa Seca, 10 de julio). - El sábado 10 de julio de 1993
amaneció con un cielo limpio y un sol radiante que invitaba a un engañoso
sosiego. Decidí que la patrulla permanecería en Pampa Seca veinticuatro horas
más; los muchachos necesitaban restañar las ampollas y recuperar el aliento
tras el castigo de la marcha. El día transcurrió en una calma aparente y los
pobladores, desafiando las carencias de su propia miseria, abrieron sus
despensas para proveernos de abundante comida. Parecía que la guerra nos daba
una tregua.
Sin embargo, el peligro
caminaba en silencio a pocos metros de nuestro refugio. A las tres de la tarde,
la columna de ciento veinte combatientes del PCP Sendero Luminoso alcanzó el
extremo norte del caserío, deteniéndose a escasos ochenta metros de nuestras
posiciones. Al percatarse de que una patrulla del Ejército Peruano ocupaba el
pueblo, los subversivos retrocedieron con la cautela de un felino, camuflándose
de inmediato en la espesura del monte. Desde su escondite, despacharon a tres
vigías hacia las faldas del cerro para vigilar nuestros movimientos.
La tropa, cuyos ojos se habían
adiestrado en la desconfianza, no tardó en alertarme sobre la presencia de
siluetas sospechosas en las alturas. Alcé los binoculares y enfoqué las lentes
hacia las lomas: allí estaban. Tres hombres vestidos de negro nos observaban
fijamente. Permanecieron estáticos durante quince minutos, mostrándose sin
armas para no levantar sospechas. En ese instante, subestimando la astucia del
enemigo, no le dimos el peso debido al hallazgo y bajamos la guardia. Fue un
error táctico que casi nos cuesta la vida.
A las 15:40 horas, la
estrategia senderista mutó hacia el engaño. Quince hombres jóvenes, de entre
veinte y veintiocho años, irrumpieron en el caserío con una familiaridad
impostada. Se presentaron ante mí asegurando ser profesores de la escuela del
cercano caserío de San Francisco y distrito de Ongon. Con sonrisas ensayadas,
me propusieron organizar un partido de fulbito en la pequeña canchita de tierra
de Pampa Seca y, como gesto de bienvenida, se ofrecieron a invitar dos cajas de
cerveza y algunos tragos de licor para la tropa.
Mientras hablaban, soltaban
preguntas con un disimulo ensayado: querían saber con exactitud cuántos
soldados conformaban mi dotación y si había otras patrullas operando en la
retaguardia. En ese momento, mi sexto sentido militar se encendió como una alarma.
Olfateé la trampa de inmediato: querían emborrachar al personal, relajar la
disciplina y calcular nuestras fuerzas para borrarnos del mapa esa misma noche.
Manteniendo la sangre fría,
decidí jugar mi propia carta en esa partida de ajedrez mortal. Les sostuve la
mirada y les mentí con absoluta seguridad:
—Aceptaría el partido, muchachos, pero atrás viene un capitán con cincuenta
hombres armados y están a punto de entrar al caserío. Además, mañana temprano
aterriza un helicóptero con comandos de las Fuerzas Especiales de Lima para
iniciar un gran operativo de cerco en toda la zona.
La respuesta cayó sobre ellos
como un balde de agua helada. Sus rostros se desencajaron y el nerviosismo los
delató.
—Jefe, nosotros pensábamos que ustedes eran los únicos aquí —dijo uno de ellos,
retrocediendo—. Si vienen más militares, no se va a poder jugar tranquilos.
Mejor nos retiramos.
Se dieron la vuelta y se
perdieron por el mismo camino por el que habían llegado. En ese instante,
ninguno de mis soldados sospechaba que aquellos supuestos maestros eran, en
realidad, los combatientes de vanguardia del PCP Sendero Luminoso. Estoy
convencido de que los campesinos de Pampa Seca sabían perfectamente quiénes
eran esos jóvenes, pero el terror les cosió la boca y prefirieron el silencio.
La confirmación de mis
sospechas llegó con el crepúsculo. Al caer la noche, los hombres y mujeres del
caserío desaparecieron en su totalidad, dejando las chozas desiertas. Intrigado
y con la alarma encendida, abordé a los pocos niños que merodeaban por el lugar
y les pregunté por sus padres.
—Se han ido a la chacra, jefe —respondieron con timidez.
¿A la chacra de noche y en mitad de la oscuridad? Aquella explicación absurda fue la prueba definitiva. Presintiendo que los comuneros habían sido desalojados por orden de los subversivos para dejar el terreno libre para un ataque nocturno, impartí la orden de alerta máxima. Esa noche nadie durmió en Pampa Seca. Pasamos las horas de la madrugada con el dedo puesto en el disparador del FAL "Mochito", con los ojos clavados en la neblina y esperando un asalto que, afortunadamente, el temor a los supuestos refuerzos del Ejército terminó por disuadir. Amanecimos con vida, listos para la jornada del domingo donde los mismos tres hombres de negro nos esperarían en la curva del morro.
La Curva del Corral de Piedra
(Domingo, 11 de julio). -El domingo 11 de julio de 1993 amaneció
con un sol radiante que hería los ojos. A las siete de la mañana, la patrulla
"Huascarán" —veinte jóvenes del Servicio Militar Obligatorio al mando
del suboficial Miguel Pineda Ramírez— se puso en marcha desde Pampa Seca con
destino al distrito de Ongón. Para asegurar la ruta, desde la madrugada la
patrulla retuvo a todo civil que transitaba por la zona. En total, quince
viajeros entre hombres, mujeres y niños, junto a tres burros cargados de
fardos, fueron integrados al centro de la columna militar. Con ese andar
parsimonioso, dictado por el paso de los pequeños y los animales, la comitiva
volteó la primera ladera del caserío.
El camino avanzaba flanqueado
por el abismo y la densa vegetación. Entre esa esquina y la siguiente curva,
dominada por un imponente morro de piedra, se abría una recta de dos kilómetros
y medio. Fue en ese tramo cuando uno de los soldados en punta, barriendo el
horizonte con los binoculares, rompió el silencio:
—Mi suboficial, otra vez el aviso. Hay tres hombres vestidos de negro allá
adelante. Dos están en la parte alta del morro y uno justo debajo del camino.
Tal como había sucedido el día
anterior, la fatiga acumulada hizo que el reporte no recibiera la trascendencia
debida. La columna continuó su avance lento bajo el sol serrano hasta coronar
la curva del morro.
Allí, en mitad de la nada, se
levantaba una sola vivienda protegida por un amplio corral con muros de piedra
alta, colindante con una chacra densa de platanales. Al llegar a la entrada del
corral, me topé con una escena de alta tensión: los hombres en punta y el grupo
de asalto se habían amontonado frente a la puerta, exigiendo a gritos ingresar
a la fuerza para pedirle agua y plátanos a la dueña del inmueble. La anciana,
con el rostro desencajado y temblando de pies a cabeza, me clavó la mirada en
un ruego desesperado:
—Señor, por favor, le pido que su personal no entre a mi corral. Yo misma voy a
sacar todo lo que están pidiendo.
La mujer desapareció tras los
muros de adobe y, en cuestión de minutos, regresó cargando un balde con agua y
una pesada cabeza de plátanos. Mientras los soldados bebían con desesperación y
tomaban las frutas, el instinto me obligó a trepar a uno de los muros de
piedra. Con el fusil FAL "Mochito" al hombro, barrí las crestas del
cerro buscando a los tres hombres de negro, pero la visual solo me devolvió un
mar de achupallas —esas plantas espinosas y densas de la altura— que coronaba
la cumbre.
Al bajar del muro, una
alarmante lucidez me golpeó el pecho. Leí la verdad en las lágrimas contenidas
de la anciana; sus ojos suplicantes y mudos me gritaban que nos largáramos de
inmediato. En ese mismísimo instante, parte de los combatientes del PCP Sendero
Luminoso se encontraban escondidos dentro de su casa, y el grueso de la columna
aguardaba agazapado a escasos metros, camuflado entre la vegetación de las
achupallas. Era una emboscada perfecta y silenciosa. De haber dado un solo paso
en falso dentro de aquel corral, en ese sector de casa se habría convertido en
un matadero para ambos bandos.
—¡Fuera de aquí! ¡Muévanse ya!
—increpé a la tropa con voz cortante.
Los soldados reaccionaron al
instante. Abandonaron el corral y corrieron a lo largo de doscientos metros por
un sendero estrecho y sinuoso, aprovechando las cubiertas naturales que nos
protegían los flancos derecho e izquierdo. El grupo de seguridad y los quince
civiles apuramos el paso, dejando atrás el peligro invisible. El terreno
comenzó a cambiar, abriéndose ante nosotros el imponente y verde paisaje de la
ceja de selva peruana. Caminando con una calma recuperada a la fuerza, a la una
en punto de la tarde divisamos una inmensa llanura. Los civiles que acompaño a
la patrulla se detuvieron, señalaron las primeras techumbres y me dijeron:
—Jefe, este es el distrito de Ongón.
El Silencio de Ongón y la
Virgen del Capotín. - Al pisar la plaza de armas de Ongón, los
quince viajeros se despidieron de la patrulla y continuaron el viaje hacia sus
hogares. El pueblo nos recibió en un silencio sepulcral, pero la huella de la
subversión saltó a la vista de inmediato. En el centro de la pampa de pasto
natural, la fachada lateral de la iglesia —un muro blanqueado con yeso que
guardaba el silencio de los siglos— mostraba cuatro círculos concéntricos
pintados a mano. El suelo circundante estaba alfombrado de casquillos
percutidos y cicatrices de impactos de bala recientes. La columna del camarada
"Gerardo" había utilizado la pared lateral del templo sagrado como
polígono de tiro apenas dos días antes de nuestra llegada.
Días después, gracias a la
información secreta que logramos obtener de algunos comuneros locales, pudimos
reconstruir la asombrosa escena que ocurrió dentro de aquel recinto profanado.
Tras utilizar la pared
exterior como blanco de sus fusiles y ametralladoras, los alzados mandaron
llamar a las autoridades bajo amenazas de muerte. Exigieron abrir la puerta
principal, que permanecía clausurada por un candado antiguo y pesado. Una vez
que el cerrojo cedió, los combatientes subversivos irrumpieron en el templo con
las botas sucias de pólvora y fango.
El mando principal de la
columna, armado con su fusil AKM y portando un temible puñal de combate sujeto
a la cintura, se aproximó al altar. Con la punta del arma blanca comenzó a
remover los cajones sagrados, buscando oro o riquezas. Al levantar la mirada,
se topó con la imagen de la Virgen del Carmen, la patrona de Ongón. Los
guerrilleros se acercaron esperando encontrar coronas de plata o telas finas,
pero se detuvieron en seco al notar la extrema humildad de la santa. Vestía una
tela roída, vieja y descolorida por el tiempo; no había un solo gramo de
riqueza en su altar. Una extraña fascinación recorrió a los subversivos.
—Esta santa es de los nuestros
—sentenció el mando, envainando el puñal—. Es tan pobre que ni de una capa es
dueña.
Ocurrió entonces un hecho irreal en mitad de la guerra interna. Aquellos hombres se despojaron de sus armas por un instante. Se arrodillaron en masa ante la imagen y, con las cabezas gachas sobre el pecho, comenzaron a rezar en voz baja, arrastrando las viejas oraciones que les enseñaron en la infancia. Al terminar el rezo, en un arranque de devoción armada, el jefe subversivo se desabotonó su capotín de campaña —la prenda verde olivo que lo había cubierto del frío en los campamentos del Huallaga— y se la colocó con cuidado sobre los hombros a la Virgen del Carmen. El abrigo militar se transformó en la nueva capa sagrada de la patrona, un trofeo de fe y guerra que quedó flotando en la penumbra del templo de Ongón.
El Regreso de las Sombras (lunes
12 de julio). -A las seis de la mañana del lunes 12 de julio
de 1993, bajo la frescura de las primeras luces, ordené reiniciar la marcha de
retorno. Dejamos atrás el misterio de Ongón y enfilamos con paso lento y
preventivo de vuelta al caserío de Pampa Seca.
El camino de herradura se
mostraba inusualmente desierto. En aquella ruta sinuosa no cruzamos a un solo
civil, un silencio andante que rompió la rutina de un sendero que solía estar
infestado de caminantes en ambas direcciones. En aquellas profundidades de la
ceja de selva, donde no existen los carros ni las motos y todo el transporte se
mide a fuerza de pulmón y bota, las trochas ocultaban el flujo constante del
narcotráfico: mochileros que salían de la floresta con la espalda doblada por
el peso de la cocaína, refinada o en bruto, con destino a la sierra, mientras
otros se internaban en el monte para abastecer los laboratorios clandestinos.
A las once de la mañana, tras
cinco horas de caminata en mitad de un paisaje imponente pero mudo, volvimos a
pisar el humilde caserío de Pampa Seca, aquel rincón olvidado por el Estado
peruano que de inmediato transformé en mi Puesto de Comando (PC). Al ingresar,
el presidente de la Comunidad salió a nuestro encuentro. El hombre estaba
pálido, con el terror pintado en las facciones de la cara.
—¡Jefe, recién se han ido!
¡Recién se han ido! —exclamó, señalando con el brazo tembloroso hacia la salida
del pueblo.
—Dime, ¿quiénes se han ido recién? —le pregunté, conteniendo la respiración.
—Los de Sendero Luminoso, jefe... los de Sendero. Están bien armados. Dicen que
la columna la manejan dos exsargentos reenganchados y treinta licenciados del
Ejército. Recién acaban de voltear la curva del cerro. Mire esas pintas frescas
sobre las piedras... las terminaron de pintar hace apenas media hora.
Un escalofrío recorrió la
columna. La noche anterior, mientras mi patrulla capeaba la tormenta bajo los
árboles de la iglesia de Ongón, el camarada "Gerardo" y sus huestes
habían pernoctado exactamente en el mismo local comunal donde yo había dormido
el sábado. El mando subversivo ocupó el pequeño cuarto contiguo, mientras sus
hombres descansaban bajo el techo rústico. En Pampa Seca, los campesinos no
buscaban problemas; atrapados entre dos fuegos, colaboraban con el bando que
llegara primero, y a los senderistas también les prepararon comida,
sancochándoles enormes ollas de plátano para saciar el hambre.
Ante la inminencia del
peligro, mandé instalar de inmediato la antena del equipo de radio de alta
frecuencia Thomson TRC 372. Logré establecer un QSO directo con el Centro de
Comunicaciones de la 32ª División de Infantería en Trujillo. El oficial G-3 de Operaciones
se puso al aparato en la cabina y le detallé la situación exacta del enemigo.
La orden del G-3 fue tajante: prohibido mover la patrulla de Pampa Seca hasta
recibir el refuerzo de un oficial con veinte hombres de tropa.
El Cerco Invisible (Del 12 al
14 de julio)
Las horas posteriores se
convirtieron en una guerra de nervios alimentada por los reportes de los
viajeros que, de cuando en cuando, rompían el aislamiento de la ruta. Los
caminantes traían advertencias cruzadas: un día nos aseguraban que los ciento
veinte hombres de Sendero Luminoso nos aguardaban emboscados en el puente antes
del caserío de Utcubamba; al día siguiente, el rumor cambiaba y afirmaban que
la trampa estaba tendida en la pampa misma del caserío de Utcubamba.
A través de la inteligencia
recolectada, pudimos reconstruir con precisión milimétrica el arsenal de la
columna del camarada "Gerardo". Tenían una fuerza militar respetable:
cincuenta y siete fusiles AKM, quince fusiles FAL de reglamento, dos ametralladoras
pesadas MAG y un lanzacohetes RPG con una sola granada disponible. El armamento
se completaba con un transmisor receptor Thomson TRC 372 —idéntico al nuestro—,
veinticinco escopetas retrocargas y una variedad de granadas de mano y de
fusil. El resto de la columna lo conformaban cargadores de provisiones,
porteadores de medicina y leñadores. Sin embargo, su talón de Aquiles era la
logística: andaban muy limitados de munición. El propio "Gerardo"
solo cargaba dos cacerinas con sesenta cartuchos en total, y la mayoría de sus
combatientes apenas portaban treinta tiros en el chaleco. Lo que los volvía
verdaderamente peligrosos era su experiencia de combate; el núcleo duro de la
fuerza estaba integrado por aquellos dos exsargentos reenganchados y los
treinta licenciados del Ejército Peruano que conocían a la perfección los
manuales, las tácticas y las flaquezas de la tropa.
El clima de la ceja de selva
se alió con el enemigo, la lluvia y la densa neblina. A las dos de la tarde del
lunes, el eco lejano de los rotores de un helicóptero MI-8 rompió la densa
monotonía del cielo. La aeronave del Ejército intentó aproximarse, pero las
tormentas repentinas y los bancos de neblina cerraron el paso por completo. El
piloto pasó sobre las nubes, incapaz de divisar la pampa de aterrizaje, y tuvo
que desviar el rumbo hacia Tocache, en San Martín, para pasar la noche. El
martes y el miércoles transcurrieron bajo un bloqueo meteorológico absoluto; el
cielo permaneció encapotado y, aunque escuchábamos el sobrevuelo de la nave
intentando romper la niebla, el aterrizaje fue imposible. Estábamos cercados
por el clima, con el enemigo esperando al final del sendero.
El Descenso del
"Judío" (Jueves 15 de julio). - El jueves 15 de julio,
el invierno de la floresta nos dio un respiro. El amanecer rompió con un cielo
soleado, limpio y totalmente despejado de nubes. A las diez y media de la
mañana, el zumbido característico del helicóptero MI-8 retumbó por el flanco este
de las montañas.
El piloto de la aviación del
Ejército ejecutó una maniobra soberbia, digna de los mejores elogios: metió la
pesada aeronave en una picada violenta hacia el fondo de la quebrada,
desafiando las corrientes de aire, y logró estabilizar la nave posándose en el
aire a escasos metros sobre una chacra densa de plátanos. Las puertas laterales
se abrieron y, en un despliegue rápido, el personal de refuerzo comenzó a
saltar hacia la maleza. Era la patrulla "Judío", al mando del
subteniente de infantería Reynaldo López Palomino.
Tan pronto como el helicóptero se elevó perdiéndose entre los cerros, el subteniente y sus veinte hombres treparon la pendiente desde el fondo de la quebrada hasta alcanzar el caserío de Pampa Seca. Al encontrarnos en el Puesto de Comando, procedí a informarle de inmediato y con lujo de detalles la situación del terreno, la proximidad de la columna de "Gerardo" y la certeza de que nos esperaban para medir fuerzas en la ruta hacia Utcubamba. La patrulla "Huascarán" ya no estaba sola; el tablero de la guerra en Pataz volvía a moverse.


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