domingo, 17 de mayo de 2015

LA PATRULLA "HUASCARÁN": CASERÍO DE PAMPA SECA DISTRITO DE ONGÓN PATAZ LA LIBERTAD PERÚ JULIO 1993

El Refugio de los Olvidados (Pampa Seca). - La noche del viernes 9 de julio de 1993 cayó como un manto pesado sobre el olvidado caserío de Pampa Seca en la Selva alta de Pataz. A las siete y media, envuelta en una oscuridad total y devorada por la neblina, la patrulla "Huascarán" —reducida temporalmente a veinte hombres bajo el mando del suboficial Miguel Pineda Ramírez— divisó las luces débiles de un pequeño caserío. Era Pampa Seca, un rincón de adobe y paja sumido en la extrema pobreza y borrado por completo de los mapas del Estado peruano.

Los soldados arrastraban los pies, hambrientos y al límite de la resistencia física, tras haber dejado atrás la Base Contrasubversiva N° 323 de Tayabamba. Sabían que pisaban terreno minado: por las inmediaciones de aquellas chozas humildes corría el camino ancestral que interconectaba a Tayabamba con el distrito de Ongón. Una trocha de herradura que no solo unía pueblos aislados, sino que servía también como corredor estratégico para los combatientes armados del Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso en su guerra declarada contra el Estado.

Cuando las siluetas de los militares aparecieron entre las sombras, el silencio del pueblo se rompió. De inmediato, los ancianos, las mujeres y los niños salieron de sus viviendas, empujados por una mezcla de temor y curiosidad, procurando enterarse con disimulo del propósito de nuestra presencia. En medio de esa tensa expectación se nos presentó el presidente de la Comunidad de Pampa Seca. Con la autoridad que le otorgaba el respeto de su gente, escuchó nuestro pedido de auxilio: necesitábamos con urgencia alimento y un techo donde guarecernos.

Aquel hombre, en un acto de profunda humanidad que contrastaba con la hostilidad del conflicto, no dudó ni murmuró. En el acto, dio órdenes precisas a las cocinas comunales. Al cabo de un rato, los veinte soldados exhaustos recibimos humeantes platos de caldo de gallina y plátanos sancochados. Fue un bálsamo milagroso; solo después de esa cena caliente, los cuerpos de la tropa volvieron a su estado normal, recuperando la cordura y el calor que el hambre extrema nos había arrebatado durante la jornada.

Para pasar la noche, el presidente nos cedió la casa comunal. Bajo ese techo rústico, los soldados comenzaron a acomodarse sobre sus mantas para conciliar un sueño largamente postergado. A las nueve en punto, el servicio del primer turno de guardia ocupó sus puestos en la penumbra exterior. Para un comandante de patrulla, las horas de la madrugada son un territorio infestado de fantasmas; la mente no descansa sabiendo que el enemigo acecha en el monte y que es peligroso confiarse en el instinto de una tropa físicamente destruida. El riesgo de una sorpresa nocturna latía en cada crujido del viento, pero la fortuna estuvo de nuestro lado y el amanecer llegó sin novedad.

Al despuntar el alba, la luz del sol de selva alta desnudó la cruda realidad de Pampa Seca. Era un paraje habitado por almas sumamente humildes, donde la mano de la República era un mito: la educación para los niños y jóvenes era completamente nula y el servicio de salud, una fantasía inexistente. Allí, en la antesala de la Puerta del Monte, la patrulla "Huascarán" comprobó una vez más que la guerra se libraba en las entrañas de un Perú olvidado.

El Fulbito de las Sombras (Pampa Seca, 10 de julio). - El sábado 10 de julio de 1993 amaneció con un cielo limpio y un sol radiante que invitaba a un engañoso sosiego. Decidí que la patrulla permanecería en Pampa Seca veinticuatro horas más; los muchachos necesitaban restañar las ampollas y recuperar el aliento tras el castigo de la marcha. El día transcurrió en una calma aparente y los pobladores, desafiando las carencias de su propia miseria, abrieron sus despensas para proveernos de abundante comida. Parecía que la guerra nos daba una tregua.

Sin embargo, el peligro caminaba en silencio a pocos metros de nuestro refugio. A las tres de la tarde, la columna de ciento veinte combatientes del PCP Sendero Luminoso alcanzó el extremo norte del caserío, deteniéndose a escasos ochenta metros de nuestras posiciones. Al percatarse de que una patrulla del Ejército Peruano ocupaba el pueblo, los subversivos retrocedieron con la cautela de un felino, camuflándose de inmediato en la espesura del monte. Desde su escondite, despacharon a tres vigías hacia las faldas del cerro para vigilar nuestros movimientos.

La tropa, cuyos ojos se habían adiestrado en la desconfianza, no tardó en alertarme sobre la presencia de siluetas sospechosas en las alturas. Alcé los binoculares y enfoqué las lentes hacia las lomas: allí estaban. Tres hombres vestidos de negro nos observaban fijamente. Permanecieron estáticos durante quince minutos, mostrándose sin armas para no levantar sospechas. En ese instante, subestimando la astucia del enemigo, no le dimos el peso debido al hallazgo y bajamos la guardia. Fue un error táctico que casi nos cuesta la vida.

A las 15:40 horas, la estrategia senderista mutó hacia el engaño. Quince hombres jóvenes, de entre veinte y veintiocho años, irrumpieron en el caserío con una familiaridad impostada. Se presentaron ante mí asegurando ser profesores de la escuela del cercano caserío de San Francisco y distrito de Ongon. Con sonrisas ensayadas, me propusieron organizar un partido de fulbito en la pequeña canchita de tierra de Pampa Seca y, como gesto de bienvenida, se ofrecieron a invitar dos cajas de cerveza y algunos tragos de licor para la tropa.

Mientras hablaban, soltaban preguntas con un disimulo ensayado: querían saber con exactitud cuántos soldados conformaban mi dotación y si había otras patrullas operando en la retaguardia. En ese momento, mi sexto sentido militar se encendió como una alarma. Olfateé la trampa de inmediato: querían emborrachar al personal, relajar la disciplina y calcular nuestras fuerzas para borrarnos del mapa esa misma noche.

Manteniendo la sangre fría, decidí jugar mi propia carta en esa partida de ajedrez mortal. Les sostuve la mirada y les mentí con absoluta seguridad:
—Aceptaría el partido, muchachos, pero atrás viene un capitán con cincuenta hombres armados y están a punto de entrar al caserío. Además, mañana temprano aterriza un helicóptero con comandos de las Fuerzas Especiales de Lima para iniciar un gran operativo de cerco en toda la zona.

La respuesta cayó sobre ellos como un balde de agua helada. Sus rostros se desencajaron y el nerviosismo los delató.
—Jefe, nosotros pensábamos que ustedes eran los únicos aquí —dijo uno de ellos, retrocediendo—. Si vienen más militares, no se va a poder jugar tranquilos. Mejor nos retiramos.

Se dieron la vuelta y se perdieron por el mismo camino por el que habían llegado. En ese instante, ninguno de mis soldados sospechaba que aquellos supuestos maestros eran, en realidad, los combatientes de vanguardia del PCP Sendero Luminoso. Estoy convencido de que los campesinos de Pampa Seca sabían perfectamente quiénes eran esos jóvenes, pero el terror les cosió la boca y prefirieron el silencio.

La confirmación de mis sospechas llegó con el crepúsculo. Al caer la noche, los hombres y mujeres del caserío desaparecieron en su totalidad, dejando las chozas desiertas. Intrigado y con la alarma encendida, abordé a los pocos niños que merodeaban por el lugar y les pregunté por sus padres.
—Se han ido a la chacra, jefe —respondieron con timidez.

¿A la chacra de noche y en mitad de la oscuridad? Aquella explicación absurda fue la prueba definitiva. Presintiendo que los comuneros habían sido desalojados por orden de los subversivos para dejar el terreno libre para un ataque nocturno, impartí la orden de alerta máxima. Esa noche nadie durmió en Pampa Seca. Pasamos las horas de la madrugada con el dedo puesto en el disparador del FAL "Mochito", con los ojos clavados en la neblina y esperando un asalto que, afortunadamente, el temor a los supuestos refuerzos del Ejército terminó por disuadir. Amanecimos con vida, listos para la jornada del domingo donde los mismos tres hombres de negro nos esperarían en la curva del morro.

La Curva del Corral de Piedra (Domingo, 11 de julio). -El domingo 11 de julio de 1993 amaneció con un sol radiante que hería los ojos. A las siete de la mañana, la patrulla "Huascarán" —veinte jóvenes del Servicio Militar Obligatorio al mando del suboficial Miguel Pineda Ramírez— se puso en marcha desde Pampa Seca con destino al distrito de Ongón. Para asegurar la ruta, desde la madrugada la patrulla retuvo a todo civil que transitaba por la zona. En total, quince viajeros entre hombres, mujeres y niños, junto a tres burros cargados de fardos, fueron integrados al centro de la columna militar. Con ese andar parsimonioso, dictado por el paso de los pequeños y los animales, la comitiva volteó la primera ladera del caserío.

El camino avanzaba flanqueado por el abismo y la densa vegetación. Entre esa esquina y la siguiente curva, dominada por un imponente morro de piedra, se abría una recta de dos kilómetros y medio. Fue en ese tramo cuando uno de los soldados en punta, barriendo el horizonte con los binoculares, rompió el silencio:
—Mi suboficial, otra vez el aviso. Hay tres hombres vestidos de negro allá adelante. Dos están en la parte alta del morro y uno justo debajo del camino.

Tal como había sucedido el día anterior, la fatiga acumulada hizo que el reporte no recibiera la trascendencia debida. La columna continuó su avance lento bajo el sol serrano hasta coronar la curva del morro.

Allí, en mitad de la nada, se levantaba una sola vivienda protegida por un amplio corral con muros de piedra alta, colindante con una chacra densa de platanales. Al llegar a la entrada del corral, me topé con una escena de alta tensión: los hombres en punta y el grupo de asalto se habían amontonado frente a la puerta, exigiendo a gritos ingresar a la fuerza para pedirle agua y plátanos a la dueña del inmueble. La anciana, con el rostro desencajado y temblando de pies a cabeza, me clavó la mirada en un ruego desesperado:
—Señor, por favor, le pido que su personal no entre a mi corral. Yo misma voy a sacar todo lo que están pidiendo.

La mujer desapareció tras los muros de adobe y, en cuestión de minutos, regresó cargando un balde con agua y una pesada cabeza de plátanos. Mientras los soldados bebían con desesperación y tomaban las frutas, el instinto me obligó a trepar a uno de los muros de piedra. Con el fusil FAL "Mochito" al hombro, barrí las crestas del cerro buscando a los tres hombres de negro, pero la visual solo me devolvió un mar de achupallas —esas plantas espinosas y densas de la altura— que coronaba la cumbre.

Al bajar del muro, una alarmante lucidez me golpeó el pecho. Leí la verdad en las lágrimas contenidas de la anciana; sus ojos suplicantes y mudos me gritaban que nos largáramos de inmediato. En ese mismísimo instante, parte de los combatientes del PCP Sendero Luminoso se encontraban escondidos dentro de su casa, y el grueso de la columna aguardaba agazapado a escasos metros, camuflado entre la vegetación de las achupallas. Era una emboscada perfecta y silenciosa. De haber dado un solo paso en falso dentro de aquel corral, en ese sector de casa se habría convertido en un matadero para ambos bandos.

—¡Fuera de aquí! ¡Muévanse ya! —increpé a la tropa con voz cortante.

Los soldados reaccionaron al instante. Abandonaron el corral y corrieron a lo largo de doscientos metros por un sendero estrecho y sinuoso, aprovechando las cubiertas naturales que nos protegían los flancos derecho e izquierdo. El grupo de seguridad y los quince civiles apuramos el paso, dejando atrás el peligro invisible. El terreno comenzó a cambiar, abriéndose ante nosotros el imponente y verde paisaje de la ceja de selva peruana. Caminando con una calma recuperada a la fuerza, a la una en punto de la tarde divisamos una inmensa llanura. Los civiles que acompaño a la patrulla se detuvieron, señalaron las primeras techumbres y me dijeron:
—Jefe, este es el distrito de Ongón.

El Silencio de Ongón y la Virgen del Capotín. - Al pisar la plaza de armas de Ongón, los quince viajeros se despidieron de la patrulla y continuaron el viaje hacia sus hogares. El pueblo nos recibió en un silencio sepulcral, pero la huella de la subversión saltó a la vista de inmediato. En el centro de la pampa de pasto natural, la fachada lateral de la iglesia —un muro blanqueado con yeso que guardaba el silencio de los siglos— mostraba cuatro círculos concéntricos pintados a mano. El suelo circundante estaba alfombrado de casquillos percutidos y cicatrices de impactos de bala recientes. La columna del camarada "Gerardo" había utilizado la pared lateral del templo sagrado como polígono de tiro apenas dos días antes de nuestra llegada.

Días después, gracias a la información secreta que logramos obtener de algunos comuneros locales, pudimos reconstruir la asombrosa escena que ocurrió dentro de aquel recinto profanado.

Tras utilizar la pared exterior como blanco de sus fusiles y ametralladoras, los alzados mandaron llamar a las autoridades bajo amenazas de muerte. Exigieron abrir la puerta principal, que permanecía clausurada por un candado antiguo y pesado. Una vez que el cerrojo cedió, los combatientes subversivos irrumpieron en el templo con las botas sucias de pólvora y fango.

El mando principal de la columna, armado con su fusil AKM y portando un temible puñal de combate sujeto a la cintura, se aproximó al altar. Con la punta del arma blanca comenzó a remover los cajones sagrados, buscando oro o riquezas. Al levantar la mirada, se topó con la imagen de la Virgen del Carmen, la patrona de Ongón. Los guerrilleros se acercaron esperando encontrar coronas de plata o telas finas, pero se detuvieron en seco al notar la extrema humildad de la santa. Vestía una tela roída, vieja y descolorida por el tiempo; no había un solo gramo de riqueza en su altar. Una extraña fascinación recorrió a los subversivos.

—Esta santa es de los nuestros —sentenció el mando, envainando el puñal—. Es tan pobre que ni de una capa es dueña.

Ocurrió entonces un hecho irreal en mitad de la guerra interna. Aquellos hombres se despojaron de sus armas por un instante. Se arrodillaron en masa ante la imagen y, con las cabezas gachas sobre el pecho, comenzaron a rezar en voz baja, arrastrando las viejas oraciones que les enseñaron en la infancia. Al terminar el rezo, en un arranque de devoción armada, el jefe subversivo se desabotonó su capotín de campaña —la prenda verde olivo que lo había cubierto del frío en los campamentos del Huallaga— y se la colocó con cuidado sobre los hombros a la Virgen del Carmen. El abrigo militar se transformó en la nueva capa sagrada de la patrona, un trofeo de fe y guerra que quedó flotando en la penumbra del templo de Ongón.

El Regreso de las Sombras (lunes 12 de julio). -A las seis de la mañana del lunes 12 de julio de 1993, bajo la frescura de las primeras luces, ordené reiniciar la marcha de retorno. Dejamos atrás el misterio de Ongón y enfilamos con paso lento y preventivo de vuelta al caserío de Pampa Seca.

El camino de herradura se mostraba inusualmente desierto. En aquella ruta sinuosa no cruzamos a un solo civil, un silencio andante que rompió la rutina de un sendero que solía estar infestado de caminantes en ambas direcciones. En aquellas profundidades de la ceja de selva, donde no existen los carros ni las motos y todo el transporte se mide a fuerza de pulmón y bota, las trochas ocultaban el flujo constante del narcotráfico: mochileros que salían de la floresta con la espalda doblada por el peso de la cocaína, refinada o en bruto, con destino a la sierra, mientras otros se internaban en el monte para abastecer los laboratorios clandestinos.

A las once de la mañana, tras cinco horas de caminata en mitad de un paisaje imponente pero mudo, volvimos a pisar el humilde caserío de Pampa Seca, aquel rincón olvidado por el Estado peruano que de inmediato transformé en mi Puesto de Comando (PC). Al ingresar, el presidente de la Comunidad salió a nuestro encuentro. El hombre estaba pálido, con el terror pintado en las facciones de la cara.

—¡Jefe, recién se han ido! ¡Recién se han ido! —exclamó, señalando con el brazo tembloroso hacia la salida del pueblo.
—Dime, ¿quiénes se han ido recién? —le pregunté, conteniendo la respiración.
—Los de Sendero Luminoso, jefe... los de Sendero. Están bien armados. Dicen que la columna la manejan dos exsargentos reenganchados y treinta licenciados del Ejército. Recién acaban de voltear la curva del cerro. Mire esas pintas frescas sobre las piedras... las terminaron de pintar hace apenas media hora.

Un escalofrío recorrió la columna. La noche anterior, mientras mi patrulla capeaba la tormenta bajo los árboles de la iglesia de Ongón, el camarada "Gerardo" y sus huestes habían pernoctado exactamente en el mismo local comunal donde yo había dormido el sábado. El mando subversivo ocupó el pequeño cuarto contiguo, mientras sus hombres descansaban bajo el techo rústico. En Pampa Seca, los campesinos no buscaban problemas; atrapados entre dos fuegos, colaboraban con el bando que llegara primero, y a los senderistas también les prepararon comida, sancochándoles enormes ollas de plátano para saciar el hambre.

Ante la inminencia del peligro, mandé instalar de inmediato la antena del equipo de radio de alta frecuencia Thomson TRC 372. Logré establecer un QSO directo con el Centro de Comunicaciones de la 32ª División de Infantería en Trujillo. El oficial G-3 de Operaciones se puso al aparato en la cabina y le detallé la situación exacta del enemigo. La orden del G-3 fue tajante: prohibido mover la patrulla de Pampa Seca hasta recibir el refuerzo de un oficial con veinte hombres de tropa.

El Cerco Invisible (Del 12 al 14 de julio)

Las horas posteriores se convirtieron en una guerra de nervios alimentada por los reportes de los viajeros que, de cuando en cuando, rompían el aislamiento de la ruta. Los caminantes traían advertencias cruzadas: un día nos aseguraban que los ciento veinte hombres de Sendero Luminoso nos aguardaban emboscados en el puente antes del caserío de Utcubamba; al día siguiente, el rumor cambiaba y afirmaban que la trampa estaba tendida en la pampa misma del caserío de Utcubamba.

A través de la inteligencia recolectada, pudimos reconstruir con precisión milimétrica el arsenal de la columna del camarada "Gerardo". Tenían una fuerza militar respetable: cincuenta y siete fusiles AKM, quince fusiles FAL de reglamento, dos ametralladoras pesadas MAG y un lanzacohetes RPG con una sola granada disponible. El armamento se completaba con un transmisor receptor Thomson TRC 372 —idéntico al nuestro—, veinticinco escopetas retrocargas y una variedad de granadas de mano y de fusil. El resto de la columna lo conformaban cargadores de provisiones, porteadores de medicina y leñadores. Sin embargo, su talón de Aquiles era la logística: andaban muy limitados de munición. El propio "Gerardo" solo cargaba dos cacerinas con sesenta cartuchos en total, y la mayoría de sus combatientes apenas portaban treinta tiros en el chaleco. Lo que los volvía verdaderamente peligrosos era su experiencia de combate; el núcleo duro de la fuerza estaba integrado por aquellos dos exsargentos reenganchados y los treinta licenciados del Ejército Peruano que conocían a la perfección los manuales, las tácticas y las flaquezas de la tropa.

El clima de la ceja de selva se alió con el enemigo, la lluvia y la densa neblina. A las dos de la tarde del lunes, el eco lejano de los rotores de un helicóptero MI-8 rompió la densa monotonía del cielo. La aeronave del Ejército intentó aproximarse, pero las tormentas repentinas y los bancos de neblina cerraron el paso por completo. El piloto pasó sobre las nubes, incapaz de divisar la pampa de aterrizaje, y tuvo que desviar el rumbo hacia Tocache, en San Martín, para pasar la noche. El martes y el miércoles transcurrieron bajo un bloqueo meteorológico absoluto; el cielo permaneció encapotado y, aunque escuchábamos el sobrevuelo de la nave intentando romper la niebla, el aterrizaje fue imposible. Estábamos cercados por el clima, con el enemigo esperando al final del sendero.

El Descenso del "Judío" (Jueves 15 de julio). - El jueves 15 de julio, el invierno de la floresta nos dio un respiro. El amanecer rompió con un cielo soleado, limpio y totalmente despejado de nubes. A las diez y media de la mañana, el zumbido característico del helicóptero MI-8 retumbó por el flanco este de las montañas.

El piloto de la aviación del Ejército ejecutó una maniobra soberbia, digna de los mejores elogios: metió la pesada aeronave en una picada violenta hacia el fondo de la quebrada, desafiando las corrientes de aire, y logró estabilizar la nave posándose en el aire a escasos metros sobre una chacra densa de plátanos. Las puertas laterales se abrieron y, en un despliegue rápido, el personal de refuerzo comenzó a saltar hacia la maleza. Era la patrulla "Judío", al mando del subteniente de infantería Reynaldo López Palomino.

Tan pronto como el helicóptero se elevó perdiéndose entre los cerros, el subteniente y sus veinte hombres treparon la pendiente desde el fondo de la quebrada hasta alcanzar el caserío de Pampa Seca. Al encontrarnos en el Puesto de Comando, procedí a informarle de inmediato y con lujo de detalles la situación del terreno, la proximidad de la columna de "Gerardo" y la certeza de que nos esperaban para medir fuerzas en la ruta hacia Utcubamba. La patrulla "Huascarán" ya no estaba sola; el tablero de la guerra en Pataz volvía a moverse.






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