Las Gargantas del Rio Mishollo
y el Velo de la Selva.- El caserío de Utcubamba era apenas un
pequeño lunar de vida suspendido en medio del verdor tierno, espeso y siempre
silencioso de la selva de Ongón. Para alcanzarlo desde La Puerta del Monte no
había más opción que entregarse a un sendero ancestral. Era una serpiente de
tierra que se avanzaba a pie, custodiada en las profundidades del valle por el
rugido eterno del río Mishollo.
A ese rincón apartado del
mundo arribé un viernes 9 de julio de 1993. A mi mando marchaba la patrulla
Huascarán: veinte soldados del Servicio Militar Obligatorio. Eran muchachos
reclutados del Perú profundo, curtidos en la Base Contrasubversiva N° 323 de
Tayabamba, cuyos rostros jóvenes cargaban ya con el peso de una guerra
silenciosa. Nos habían desplegado para dar seguridad durante el IX Censo
Nacional y IV de Vivienda, en días donde el peligro no solo acechaba en las
sombras, sino que caminaba con frecuencia por esos mismos parajes bajo las
banderas del PCP Sendero Luminoso.
La calma aparente de la
manigua se quebró el jueves 15 de julio. Eran las diecisiete horas y el calor
de la selva baja caía como plomo derretido sobre nuestras espaldas cuando
retornamos a Utcubamba desde el caserío de Pampa Seca. Pero ya no estábamos solos.
La urgencia del combate nos había hermanado en el camino con la patrulla Judío,
liderada por el subteniente de infantería Reynaldo López Palomino. Éramos ahora
una sola fuerza de cuarenta y dos hombres avanzando a marcha forzada. Con los
ojos inyectados en sangre y el aliento corto, perseguíamos los rastros frescos
de la columna principal del enemigo: aquellos mismos ciento veinte hombres que,
bajo el mando del camarada "Gerardo", pretendían cruzar las cumbres
hacia la zona andina de Pataz.
La noche andina, rápida y
traicionera, cayó sobre nosotros antes de que pudiéramos verles las caras. Sin
saber con exactitud dónde se ocultaban y con la visibilidad reducida a cero,
ordené detener la marcha en la explanada verde del caserío. Allí, sobre la
hierba húmeda y cubiertos apenas por la lona de nuestros viejos capotines de
campaña, pasamos las horas soportando el frío de la madrugada y los rigores de
un hambre feroz que nos roía las entrañas desde hacía cinco días.
El viernes 16 de julio
amaneció con el sonido metálico de los fusiles. A las siete de la mañana, los
hombres comenzaron a ajustarse las mochilas y el equipo para reiniciar el
repliegue. Aquella mañana el estómago siguió vacío; no hubo rancho para nadie. Justo
antes de dar la orden de avance, dos campesinos de mirada esquiva y voz
temblorosa se acercaron a la columna. Traían una advertencia que congeló el
ambiente: los senderistas nos esperaban más adelante, atrincherados en el
paraje de La Puerta del Monte, ese quiebre natural donde la selva se rinde ante
la sierra de Pataz.
Asumí la vanguardia al frente
de la patrulla Huascarán, guiando a mis hombres habituados a las largas marchas
en los Andes. Iniciamos el ascenso al borde del abismo. El avance se volvió un
ejercicio de paciencia y nervios templados. El terreno se estrechaba a cada
paso, rompiéndose en subidas empinadas, bajadas resbaladizas y curvas tan
cerradas que la densa vegetación nos robaba cualquier dominio visual a larga
distancia. Caminábamos encajonados en la roca cubierta de follaje, sintiendo la
proximidad de la muerte en cada tramo del camino, con la sospecha constante de
una emboscada inminente. Abajo, en el fondo de la quebrada, el río Mishollo
rugía con más fuerza, como un aviso de lo que aguardaba a los caídos antes de
tributar sus aguas al caudal del Huallaga.
Fue una jornada donde la
tensión se podía cortar con las bayonetas. El camino parecía maldito; no
cruzamos un solo viajero, ni un alma a quien interrogar. Los civiles se habían
esfumado, escondidos en sus chozas por el miedo cerval a quedar atrapados en el
fuego cruzado. En la punta de la columna, los soldados más astutos avanzaban
cuerpo a tierra, realizando reconocimientos minuciosos tramo a tramo para abrir
paso a los grupos de asalto. Con los flancos cubiertos, la vanguardia alerta y
la retaguardia en tensión, cada hombre caminaba con el dedo pegado al
disparador, listo para escupir fuego a la primera sombra. A trescientos metros
por detrás, cuidándonos las espaldas como una sombra fiel, se desplazaba la
patrulla Judío del subteniente López Palomino.
Sin embargo, el destino de
aquella tarde no estaba escrito en las armas, sino en el cielo. Los
subversivos, fieles a su doctrina de eludir el combate cuando no tienen la
certeza absoluta de la victoria, decidieron no presentar batalla. Aprovechando
que la geografía les ofrecía una ruta de escape, huyeron hacia el caserío de
Pachacrahuay para fundirse con la tierra. Aquellos días, la naturaleza decidió
tomar partido por ellos.
Justo cuando un helicóptero de apoyo militar sobrevolaba la zona arañando las nubes, buscando desesperadamente un claro entre los árboles para abrir fuego y descargar su castigo desde el aire, el cielo se cerró por completo. Las intensas lluvias y una neblina densa, blanca y pesada como una mortaja, cubrieron la huida del enemigo. La tormenta impidió la acción aérea y borró sus rastros, dejando a las patrullas solas en la inmensidad del monte, masticando la frustración bajo el agua, mientras el eco de los motores de la aeronave se perdía a lo lejos entre las montañas de Pataz.




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