viernes, 15 de mayo de 2015

LA PATRULLA HUASCARÁN EN EL DISTRITO DE ONGÓN PROVINCIA DE PATAZ LA LIBERTAD 11 DE JULIO DE 1993

Los Huéspedes del Silencio. - El domingo 11 de julio de 1993 amaneció con un sol radiante que hería los ojos. A las ocho y media de la mañana, la patrulla "Huascarán" —una dotación de veinte jóvenes del Servicio Militar Obligatorio al mando del suboficial de segunda del Ejército Peruano, Miguel Pineda Ramírez— se puso en marcha desde el caserío de Pampa Seca. Su destino final era el hermoso y ecológico distrito de Ongón, un rincón de ceja de selva aislado del mundo.

La guerra impone sus propias leyes de supervivencia. Para evitar filtraciones que alertaran al enemigo, desde las primeras luces de la madrugada la patrulla retuvo preventivamente a todo civil que transitara por la ruta. En total, quince viajeros entre hombres, mujeres y niños, junto a tres burros cargados de fardos, fueron integrados al centro de la columna militar. Con ese paso lento y pesado, dictado por el andar de los pequeños y los animales, la comitiva volteó la primera ladera de Pampa Seca.

El camino avanzaba flanqueado por el abismo. Entre esa esquina y la siguiente curva, dominada por un imponente morro de piedra, se abría una recta de dos kilómetros y medio. Fue en ese tramo cuando uno de los soldados en punta, barriendo el horizonte con los binoculares, rompió el silencio:

—Mi suboficial, otra vez el aviso. Hay tres hombres vestidos de negro allá adelante. Dos están en la parte alta del morro y uno justo debajo del camino.

Tal como había sucedido el día anterior, la fatiga y la rutina hicieron que el reporte no recibiera la trascendencia debida. La columna continuó su avance parsimonioso, meciéndose bajo el sol de la selva alta.

A las diez en punto de la mañana, la patrulla alcanzó la curva fatal al pie del morro. Lo que ninguno de los veintiún soldados sabía era que, agazapados entre las rocas y la maleza, a escasos cincuenta metros de distancia, ciento veinte delincuentes terroristas del PCP Sendero Luminoso, bajo el mando implacable del camarada "Gerardo", mantenían los dedos puestos en los gatillos. Era una emboscada perfecta, letal y silenciosa. La patrulla "Huascarán" y los quince civiles desfilaron frente a los cañones enemigos completamente expuestos.

Por razones que solo el destino conoce, las armas subversivas no abrieron fuego. Quizás la presencia de los niños y las mujeres contuvo la orden de muerte, o tal vez el factor sorpresa ya no encajaba en los planes de "Gerardo". Un milagro invisible selló los labios de la muerte aquella mañana; de haberse desatado el combate en ese embudo inhóspito, la pampa se habría convertido en un cementerio masivo. Sin sospechar el abismo que acababan de cruzar, los hombres del suboficial Pineda Ramírez continuaron la marcha, perdiéndose rumbo a Ongón.

La Virgen del Capotín. - Días antes de aquel encuentro místico en el camino, la columna de Sendero Luminoso había tomado el distrito de Ongón. Su ingreso no fue pacífico, pero sí teatral. Lo primero que hicieron los mandos subversivos fue marchar hacia la iglesia local. En una de las paredes laterales, un muro blanqueado con yeso que guardaba el silencio de los siglos, pintaron cuatro círculos concéntricos de distintos tamaños. Aquel muro sagrado se transformó, bajo el imperio del terror, en el blanco para sus ejercicios de tiro; el eco de los fusiles y las ametralladoras rompió para siempre la paz del pueblo.

La puerta principal del templo, sin embargo, resistía fuertemente clausurada por un candado colonial, herrumbroso y pesado. Los alzados ordenaron llamar a las autoridades locales con tono amenazante, exigiendo las llaves bajo pena de muerte. Una vez abierto el cerrojo, los combatientes irrumpieron en el recinto con las botas sucias de barro y pólvora.

El mando principal de la columna, un hombre frío que portaba un fusil AKM y llevaba un temible puñal de combate sujeto a la cintura, se aproximó al pequeño altar. Con la punta del puñal comenzó a remover los cajones sagrados, buscando oro, plata o los diezmos de la parroquia. Al levantar la mirada, se topó con los ojos de madera de la Virgen del Carmen, la patrona de Ongón.

Los guerrilleros se acercaron para arrancar las joyas de la imagen, pero se detuvieron en seco. La santa no ostentaba oro, ni piedras preciosas, ni brocados finos en su vestimenta. Su manto era una tela humilde, roída por la humedad y el tiempo. Una extraña fascinación, mezcla de respeto campesino y doctrina política, recorrió a los subversivos.

—Esta santa es de los nuestros —sentenció el mando principal, envainando el puñal—. Es tan pobre que ni siquiera tiene capa.

Ocurrió entonces un hecho irreal en mitad de la guerra interna. Aquellos hombres, acostumbrados a la crueldad del aniquilamiento, se despojaron de sus armas por un instante. Se arrodillaron en masa ante la imagen y, con las cabezas gachas sobre el pecho, comenzaron a rezar en voz baja, arrastrando las viejas oraciones que les enseñaron sus madres en la infancia.

Al terminar el rezo, en un arranque de devoción armada, el mando subversivo se desabotonó su capotín de campaña —la prenda verde olivo que lo había cubierto de la lluvia y el frío en los campamentos del Huallaga— y se la colocó con cuidado sobre los hombros a la Virgen del Carmen. El abrigo militar se transformó en la nueva capa sagrada de la patrona, un trofeo de guerra y fe que quedó flotando en la penumbra del templo del distrito de Ongón.

El Silencio de Ongón. - A la una en punto de la tarde, la patrulla "Huascarán" coronó los setenta y ocho kilómetros de marcha forzada que separaban el frío andino de Tayabamba de la ceja de selva de Ongón. Pasábamos de golpe de la rigurosa sierra a la humedad espesa de la floresta, arribando a un distrito tan remoto que la modernidad de las carreteras aún no se atrevía a rayar sus mapas.

Al pisar el pueblo, una atmósfera irreal nos envolvió: los pájaros enmudecieron de súbito, y los árboles que cercaban el verdor de la plaza de armas nos recibieron en un silencio total, sepulcral.
—¿Por qué tanto silencio? —me pregunté en voz baja, mientras sentía que la piel se me erizaba.

En los alrededores de la pampa rectangular que servía de plaza, nadie asomó el rostro. Ni por curiosidad, ni una ventana entreabierta, ni el juego habitual de los niños en las calles. En el código no escrito de la guerra contrasubversiva, la deserción visual de un pueblo es la señal más clara de un peligro inminente. Como comandante de patrulla, el instinto me obligó a desplegar las defensas de inmediato: ordené ocupar las cuatro esquinas de la plaza, mimetizando a los veinte hombres bajo cubiertas y abrigos naturales, listos para repeler el fuego si los subversivos empezaban a disparar. Las autoridades políticas brillaron por su ausencia; ningún civil se presentó ante nosotros. Aquella total indiferencia solo significaba una cosa: los pobladores, escondidos en el fondo de sus chozas o en sus chacras, cumplían a rajatabla las consignas impuestas por la columna senderista.

Ante aquel escenario hostil, encendí el equipo de radio de alta frecuencia HF/BLU Thomson TRC 372. Las ondas surcaron el espacio buscando el Puesto de Comando del Batallón Contrasubversivo N° 323 en Huamachuco. Reporté con precisión la frialdad de la población civil, advirtiendo que no contábamos con rancho para la tropa ni alojamiento seguro. La respuesta del comandante Manuel León Rocha fue tajante: ordenó el repliegue inmediato hacia el caserío de Pampa Seca.

Sin embargo, el cielo dictó otra cosa. Aquella tarde caía un sol de fuego, una radiación tan alta que quemaba los uniformes. Decidimos buscar un respiro y nos sentamos bajo la sombra protectora de los árboles, en la parte posterior del templo, posponiendo la partida para las seis de la tarde. Pero a las cuatro, el verano de la selva alta se quebró: una lluvia infernal y cerrada se desplomó sobre Ongón. El agua no paró hasta las once de la noche, volviendo el camino de herradura un fango intransitable y forzándonos a pasar la noche entera guarecidos bajo las ramas.

Fue la mano del destino. Si hubiéramos obedecido la orden de repliegue por la tarde, nos habríamos estrellado de frente contra las huestes del camarada "Gerardo". A esas mismas horas, la columna de ciento veinte combatientes ya descansaba en el caserío de Pampa Seca, ocupando exactamente el mismo local comunal que mi patrulla había abandonado por la mañana.

¿Por qué decidimos quedarnos bajo la sombra aduciendo que el calor era insufrible? ¿Por qué aquella tormenta no cesó hasta las veintitrés horas? Hoy, más de un cuarto de siglo después, sigo formulando esas preguntas sin hallar una respuesta lógica. Tal vez no fue la física, sino el milagro silencioso de la Virgen del Carmen, que desde el altar de la iglesia profanada intervino para evitar una matanza salvaje entre hermanos de la misma sangre y clase social.

Soportando los embates de la tormenta y el desprecio de un pueblo mudo, amanecimos con el estómago pegado al espinazo y la garganta seca, sentados al pie de los troncos húmedos. En esa madrugada de duermevela, tuve un sueño recurrente: caminaba sobre una trocha regada de sangre derramada y, detrás de mí, una mujer de apariencia muy humilde iba limpiando la ruta; a su paso, las manchas rojas se borraban por completo. A las cuatro de la mañana desperté asustado, con el corazón galopando en el pecho. Me puse de pie de inmediato para inspeccionar los puestos de vigilancia. Entre la niebla del amanecer, los centinelas permanecían alertas. Gracias a Dios, todo estaba sin novedad.

El Mapa de la Memoria. - En el recuerdo indeleble de la Patrulla "Huascarán" —aquellos muchachos del Perú profundo que entregaron su juventud a la patria— quedan grabados para siempre los nombres de los parajes donde se jugó la vida de la República: el hermoso distrito de Ongón, las piedras de Pampa Seca, el ayuno de Utcubamba y el paso fronterizo de la Puerta del Monte. Una geografía del dolor y el honor que se extiende por Tayabamba, Huarichaca, Huanapampa, Guachapita, Arcaypata y Collay; cruzando por Huaylillas, las pendientes de Pachacrahuay, Buldibuyo, Asia, las heladas cumbres de Ucrumarca, y los distritos de Taurija, Urpay, Santiago de Challas, Huancaspata y otros.

Para todos aquellos que alguna vez pisaron esas punas, queda el eco de una verdad que la historia oficial muchas veces olvida:

"Somos soldados del glorioso Ejército del Perú. Desde muy lejos hemos venido solamente por quererte, solamente por liberarte. Todas las noches hemos patrullado en las altas punas, durmiendo a la intemperie bajo un frío infernal, lejos de los brazos de quienes amamos. Nos dicen que no hay uniformes, nos dicen que no hay rancho... eso es lo de menos. La clase política siempre nos repite que falta presupuesto para mejorar los sueldos de hambre, que no hay fondos para elevar las propinas de vergüenza. Nosotros nunca te pedimos nada. Mis pies encallecidos jamás me reclamaron un descanso en esta larga marcha por la paz".

En aquellos años de plomo, cuando el destino del país pendía de un hilo, aquellos veintiún hombres patrullamos día y noche las profundidades de la selva y las alturas desoladas de las punas. No lo hicimos por la paga, ni por la gloria de los periódicos de la ciudad de Lima; lo hicimos simplemente porque la mente y el espíritu nos impulsaban a construir una paz duradera. Una paz para siempre.

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