Los Huéspedes del Silencio. - El
domingo 11 de julio de 1993 amaneció con un sol radiante que hería los ojos. A
las ocho y media de la mañana, la patrulla "Huascarán" —una dotación
de veinte jóvenes del Servicio Militar Obligatorio al mando del suboficial de
segunda del Ejército Peruano, Miguel Pineda Ramírez— se puso en marcha desde el
caserío de Pampa Seca. Su destino final era el hermoso y ecológico distrito de
Ongón, un rincón de ceja de selva aislado del mundo.
La guerra impone sus propias
leyes de supervivencia. Para evitar filtraciones que alertaran al enemigo,
desde las primeras luces de la madrugada la patrulla retuvo preventivamente a
todo civil que transitara por la ruta. En total, quince viajeros entre hombres,
mujeres y niños, junto a tres burros cargados de fardos, fueron integrados al
centro de la columna militar. Con ese paso lento y pesado, dictado por el andar
de los pequeños y los animales, la comitiva volteó la primera ladera de Pampa
Seca.
El camino avanzaba flanqueado
por el abismo. Entre esa esquina y la siguiente curva, dominada por un
imponente morro de piedra, se abría una recta de dos kilómetros y medio. Fue en
ese tramo cuando uno de los soldados en punta, barriendo el horizonte con los
binoculares, rompió el silencio:
—Mi suboficial, otra vez el
aviso. Hay tres hombres vestidos de negro allá adelante. Dos están en la parte
alta del morro y uno justo debajo del camino.
Tal como había sucedido el día
anterior, la fatiga y la rutina hicieron que el reporte no recibiera la
trascendencia debida. La columna continuó su avance parsimonioso, meciéndose
bajo el sol de la selva alta.
A las diez en punto de la
mañana, la patrulla alcanzó la curva fatal al pie del morro. Lo que ninguno de
los veintiún soldados sabía era que, agazapados entre las rocas y la maleza, a
escasos cincuenta metros de distancia, ciento veinte delincuentes terroristas
del PCP Sendero Luminoso, bajo el mando implacable del camarada
"Gerardo", mantenían los dedos puestos en los gatillos. Era una
emboscada perfecta, letal y silenciosa. La patrulla "Huascarán" y los
quince civiles desfilaron frente a los cañones enemigos completamente
expuestos.
Por razones que solo el
destino conoce, las armas subversivas no abrieron fuego. Quizás la presencia de
los niños y las mujeres contuvo la orden de muerte, o tal vez el factor
sorpresa ya no encajaba en los planes de "Gerardo". Un milagro invisible
selló los labios de la muerte aquella mañana; de haberse desatado el combate en
ese embudo inhóspito, la pampa se habría convertido en un cementerio masivo.
Sin sospechar el abismo que acababan de cruzar, los hombres del suboficial
Pineda Ramírez continuaron la marcha, perdiéndose rumbo a Ongón.
La Virgen del Capotín. - Días
antes de aquel encuentro místico en el camino, la columna de Sendero Luminoso
había tomado el distrito de Ongón. Su ingreso no fue pacífico, pero sí teatral.
Lo primero que hicieron los mandos subversivos fue marchar hacia la iglesia
local. En una de las paredes laterales, un muro blanqueado con yeso que
guardaba el silencio de los siglos, pintaron cuatro círculos concéntricos de
distintos tamaños. Aquel muro sagrado se transformó, bajo el imperio del
terror, en el blanco para sus ejercicios de tiro; el eco de los fusiles y las
ametralladoras rompió para siempre la paz del pueblo.
La puerta principal del
templo, sin embargo, resistía fuertemente clausurada por un candado colonial,
herrumbroso y pesado. Los alzados ordenaron llamar a las autoridades locales
con tono amenazante, exigiendo las llaves bajo pena de muerte. Una vez abierto
el cerrojo, los combatientes irrumpieron en el recinto con las botas sucias de
barro y pólvora.
El mando principal de la
columna, un hombre frío que portaba un fusil AKM y llevaba un temible puñal de combate
sujeto a la cintura, se aproximó al pequeño altar. Con la punta del puñal
comenzó a remover los cajones sagrados, buscando oro, plata o los diezmos de la
parroquia. Al levantar la mirada, se topó con los ojos de madera de la Virgen
del Carmen, la patrona de Ongón.
Los guerrilleros se acercaron
para arrancar las joyas de la imagen, pero se detuvieron en seco. La santa no
ostentaba oro, ni piedras preciosas, ni brocados finos en su vestimenta. Su
manto era una tela humilde, roída por la humedad y el tiempo. Una extraña
fascinación, mezcla de respeto campesino y doctrina política, recorrió a los
subversivos.
—Esta santa es de los nuestros
—sentenció el mando principal, envainando el puñal—. Es tan pobre que ni
siquiera tiene capa.
Ocurrió entonces un hecho
irreal en mitad de la guerra interna. Aquellos hombres, acostumbrados a la
crueldad del aniquilamiento, se despojaron de sus armas por un instante. Se
arrodillaron en masa ante la imagen y, con las cabezas gachas sobre el pecho,
comenzaron a rezar en voz baja, arrastrando las viejas oraciones que les
enseñaron sus madres en la infancia.
Al terminar el rezo, en un
arranque de devoción armada, el mando subversivo se desabotonó su capotín de
campaña —la prenda verde olivo que lo había cubierto de la lluvia y el frío en
los campamentos del Huallaga— y se la colocó con cuidado sobre los hombros a la
Virgen del Carmen. El abrigo militar se transformó en la nueva capa sagrada de
la patrona, un trofeo de guerra y fe que quedó flotando en la penumbra del
templo del distrito de Ongón.
El Silencio de Ongón. - A la
una en punto de la tarde, la patrulla "Huascarán" coronó los setenta
y ocho kilómetros de marcha forzada que separaban el frío andino de Tayabamba
de la ceja de selva de Ongón. Pasábamos de golpe de la rigurosa sierra a la
humedad espesa de la floresta, arribando a un distrito tan remoto que la
modernidad de las carreteras aún no se atrevía a rayar sus mapas.
Al pisar el pueblo, una
atmósfera irreal nos envolvió: los pájaros enmudecieron de súbito, y los
árboles que cercaban el verdor de la plaza de armas nos recibieron en un
silencio total, sepulcral.
—¿Por qué tanto silencio? —me pregunté en voz baja, mientras sentía que la piel
se me erizaba.
En los alrededores de la pampa
rectangular que servía de plaza, nadie asomó el rostro. Ni por curiosidad, ni
una ventana entreabierta, ni el juego habitual de los niños en las calles. En
el código no escrito de la guerra contrasubversiva, la deserción visual de un
pueblo es la señal más clara de un peligro inminente. Como comandante de
patrulla, el instinto me obligó a desplegar las defensas de inmediato: ordené
ocupar las cuatro esquinas de la plaza, mimetizando a los veinte hombres bajo
cubiertas y abrigos naturales, listos para repeler el fuego si los subversivos
empezaban a disparar. Las autoridades políticas brillaron por su ausencia;
ningún civil se presentó ante nosotros. Aquella total indiferencia solo
significaba una cosa: los pobladores, escondidos en el fondo de sus chozas o en
sus chacras, cumplían a rajatabla las consignas impuestas por la columna
senderista.
Ante aquel escenario hostil,
encendí el equipo de radio de alta frecuencia HF/BLU Thomson TRC 372. Las ondas
surcaron el espacio buscando el Puesto de Comando del Batallón Contrasubversivo
N° 323 en Huamachuco. Reporté con precisión la frialdad de la población civil,
advirtiendo que no contábamos con rancho para la tropa ni alojamiento seguro.
La respuesta del comandante Manuel León Rocha fue tajante: ordenó el repliegue
inmediato hacia el caserío de Pampa Seca.
Sin embargo, el cielo dictó
otra cosa. Aquella tarde caía un sol de fuego, una radiación tan alta que
quemaba los uniformes. Decidimos buscar un respiro y nos sentamos bajo la
sombra protectora de los árboles, en la parte posterior del templo, posponiendo
la partida para las seis de la tarde. Pero a las cuatro, el verano de la selva
alta se quebró: una lluvia infernal y cerrada se desplomó sobre Ongón. El agua
no paró hasta las once de la noche, volviendo el camino de herradura un fango
intransitable y forzándonos a pasar la noche entera guarecidos bajo las ramas.
Fue la mano del destino. Si
hubiéramos obedecido la orden de repliegue por la tarde, nos habríamos
estrellado de frente contra las huestes del camarada "Gerardo". A
esas mismas horas, la columna de ciento veinte combatientes ya descansaba en el
caserío de Pampa Seca, ocupando exactamente el mismo local comunal que mi
patrulla había abandonado por la mañana.
¿Por qué decidimos quedarnos
bajo la sombra aduciendo que el calor era insufrible? ¿Por qué aquella tormenta
no cesó hasta las veintitrés horas? Hoy, más de un cuarto de siglo después,
sigo formulando esas preguntas sin hallar una respuesta lógica. Tal vez no fue
la física, sino el milagro silencioso de la Virgen del Carmen, que desde el
altar de la iglesia profanada intervino para evitar una matanza salvaje entre
hermanos de la misma sangre y clase social.
Soportando los embates de la tormenta y el desprecio de un pueblo mudo, amanecimos con el estómago pegado al espinazo y la garganta seca, sentados al pie de los troncos húmedos. En esa madrugada de duermevela, tuve un sueño recurrente: caminaba sobre una trocha regada de sangre derramada y, detrás de mí, una mujer de apariencia muy humilde iba limpiando la ruta; a su paso, las manchas rojas se borraban por completo. A las cuatro de la mañana desperté asustado, con el corazón galopando en el pecho. Me puse de pie de inmediato para inspeccionar los puestos de vigilancia. Entre la niebla del amanecer, los centinelas permanecían alertas. Gracias a Dios, todo estaba sin novedad.
El Mapa de la Memoria. - En el
recuerdo indeleble de la Patrulla "Huascarán" —aquellos muchachos del
Perú profundo que entregaron su juventud a la patria— quedan grabados para
siempre los nombres de los parajes donde se jugó la vida de la República: el
hermoso distrito de Ongón, las piedras de Pampa Seca, el ayuno de Utcubamba y
el paso fronterizo de la Puerta del Monte. Una geografía del dolor y el honor
que se extiende por Tayabamba, Huarichaca, Huanapampa, Guachapita, Arcaypata y
Collay; cruzando por Huaylillas, las pendientes de Pachacrahuay, Buldibuyo,
Asia, las heladas cumbres de Ucrumarca, y los distritos de Taurija, Urpay,
Santiago de Challas, Huancaspata y otros.
Para todos aquellos que alguna
vez pisaron esas punas, queda el eco de una verdad que la historia oficial
muchas veces olvida:
"Somos soldados del
glorioso Ejército del Perú. Desde muy lejos hemos venido solamente por
quererte, solamente por liberarte. Todas las noches hemos patrullado en las
altas punas, durmiendo a la intemperie bajo un frío infernal, lejos de los
brazos de quienes amamos. Nos dicen que no hay uniformes, nos dicen que no hay
rancho... eso es lo de menos. La clase política siempre nos repite que falta
presupuesto para mejorar los sueldos de hambre, que no hay fondos para elevar
las propinas de vergüenza. Nosotros nunca te pedimos nada. Mis pies
encallecidos jamás me reclamaron un descanso en esta larga marcha por la
paz".
En aquellos años de plomo, cuando el destino del país pendía de un hilo, aquellos veintiún hombres patrullamos día y noche las profundidades de la selva y las alturas desoladas de las punas. No lo hicimos por la paga, ni por la gloria de los periódicos de la ciudad de Lima; lo hicimos simplemente porque la mente y el espíritu nos impulsaban a construir una paz duradera. Una paz para siempre.



No hay comentarios.:
Publicar un comentario