martes, 5 de mayo de 2015

OFICIAL CHILENO EN EL BATALLÓN DE INGENIERÍA DE COMBATE MOTORIZADO N° 32 CARAZ HUAYLAS 2005

Los Pasos del Nieto

El reloj del cuartel marcaba las nueve y quince de la mañana del 23 de septiembre de 2005. Bajo el cielo diáfano de Caraz, el viento arrastraba el frío del Callejón de Huaylas, pero dentro del Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N.º 32, lo que se respiraba era una extraña y amarga inquietud. Aquel suceso inaudito ocurría bajo el mandato del presidente Alejandro Toledo Manrique, cuyo gobierno se mostraba sumamente complaciente y alineado con los intereses del país del sur, y teniendo como Comandante General del Ejército al general Luis Alberto Muñoz Díaz.

Un vehículo administrativo cruzó la guardia de prevención y se de tuvo cerca de la entrada. Del asiento posterior descendió una comitiva que rompió la rutina del fuerte. Venían un comandante peruano y un suboficial de inteligencia que llevaba una cámara fotográfica colgada al cuello como si fuera un escudo. Pero fue el tercer hombre quien paralizó mis ojos. Era un teniente de tez blanca, alto, de poco más de un metro ochenta, que vestía un uniforme camuflado sin cinto. En su hombro izquierdo, un distintivo de la bandera de Chile brillaba bajo el sol ancashino.

Observé la escena oculto desde la esquina de la cuadra de tropa de la Compañía Comando y Servicios. Al extranjero se le notaba tenso; movía la mirada de un lado a otro, registrando la arquitectura del cuartel con un nerviosismo contenido. El capitán Jiménez, comandante accidental del batallón, se apresuró a recibirlos junto al teniente Gutiérrez. Los condujeron directo al patio de armas.

Los visitantes ocuparon el estrado reservado exclusivamente para los generales e inspectores. Toda la unidad —oficiales, técnicos, suboficiales y los jóvenes del Servicio Militar Voluntario— permanecía alineada en una formación rígida. El capitán Jiménez tomó la palabra para dar una bienvenida protocolar, dirigiendo sus honores al comandante peruano por ser el de mayor graduación. Al terminar, el oficial superior avanzó frente a la tropa y desató un discurso de cinco minutos. Era una alocución vacía de contenido, una cadena de formalidades diplomáticas que no lograba ocultar la paradoja de lo que presenciábamos. En las filas, la amargura se mezclaba con el polvo del patio, aunque al final, la inercia del reglamento arrancó un aplauso mayoritario de los soldados.

En la retaguardia, el teniente chileno permanecía estático, como una estatua camuflada, mientras el suboficial de inteligencia se movía a hurtadillas para retratar el momento.

A las nueve y cuarenta, el ceremonial terminó y la comitiva se dirigió a la sala de conferencias para la exposición del historial de la unidad. Fue en ese instante cuando mi indignación se convirtió en un acto de rebelión silenciosa. Me negué a entrar. En ese mismo cuartel yo había iniciado mi servicio militar en 1977, una época en la que nuestros instructores nos infundían un patriotismo de trinchera y una memoria geopolítica inquebrantable. Mientras veía las espaldas de mis colegas entrar a la sala, una pregunta me golpeó la mente: ¿Ellos fueron los ilusos en el pasado, o somos nosotros los que nos hemos vuelto permisivos ahora? Pensé en Grau, en Bolognesi y en los campesinos breñeros que sangraron junto a Cáceres en los Andes. Dejarme llevar por la complacencia oficial impulsada desde el gobierno de Alejandro Toledo se sentía como pisotear sus tumbas.

No estaba solo en mi resistencia. El técnico de primera Zegarra y tres jóvenes soldados del Servicio Militar Voluntario compartían mi mirada. Nos plantamos en el flanco derecho del patio, negándonos rotundamente a rendir honores.

Mientras el resto escuchaba los detalles técnicos de la Unidad desde 1970, yo corrí hacia la parte posterior de la sala de conferencias. El edificio era una estructura ligera de madera y triplay prensado; si te pegabas lo suficiente a los paneles exteriores, el sonido se filtraba con total nitidez. Escuché la voz del capitán Jiménez disertando sobre nuestras capacidades operativas, mientras el oficial chileno asimilaba cada dato. Al cabo de quince minutos, las puertas se abrieron. Los visitantes salieron hacia la guardia de prevención, intercambiaron un breve diálogo de cuatro minutos y abordaron el vehículo.

La orden turística venía desde la 32.ª Brigada de Infantería en Trujillo. El itinerario del teniente extranjero incluía un recorrido estratégico: el cerro Pan de Azúcar en Yungay, el ascenso a las lagunas de Llanganuco y un paso por Huaraz, Pumapampa y Pastoruri.

Los hilos de la historia terminaron de amarrarse esa misma noche. El chofer asignado al vehículo y el mozo que atendió la mesa de la comitiva eran, en realidad, suboficiales de inteligencia peruanos encubiertos. La estrecha amistad que me unía a ellos me permitió conocer los detalles de las conversaciones privadas del oficial extranjero. El teniente no había llegado a Áncash por un azar del destino. Había solicitado ese viaje con una obsesión personal: quería pisar la tierra donde sus ancestros de línea paterna habían combatido.

Su bisabuelo había peleado en ese mismo Callejón de Huaylas el 20 de enero de 1839, durante la batalla de Yungay, donde el Ejército Restaurador del general chileno Manuel Bulnes venció a las fuerzas confederadas de Andrés de Santa Cruz, dejando más de dos mil muertos y mil ochocientos prisioneros en las faldas del Pan de Azúcar. Y para colmo de la ironía histórica, su propio abuelo había marchado por las calles de Huaraz durante la Guerra del Pacífico, persiguiendo las huellas esquivas del "Brujo de los Andes" en la Campaña de la Breña.

El nieto de los invasores había vuelto, ciento veinte años después, con uniforme de campaña y bajo el amparo de la administración de Alejandro Toledo, que le abría las puertas de nuestros cuarteles. El vehículo se perdió en la carretera del norte, dejando tras de sí el polvo del patio de armas y a un puñado de soldados que, desde la esquina de la cuadra, se habían negado a olvidar.

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