Los Pasos del Nieto
El reloj del cuartel marcaba
las nueve y quince de la mañana del 23 de septiembre de 2005. Bajo el cielo
diáfano de Caraz, el viento arrastraba el frío del Callejón de Huaylas, pero
dentro del Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N.º 32, lo que se
respiraba era una extraña y amarga inquietud. Aquel suceso inaudito ocurría
bajo el mandato del presidente Alejandro Toledo Manrique, cuyo gobierno se
mostraba sumamente complaciente y alineado con los intereses del país del sur,
y teniendo como Comandante General del Ejército al general Luis Alberto Muñoz
Díaz.
Un vehículo administrativo
cruzó la guardia de prevención y se de tuvo cerca de la entrada. Del asiento
posterior descendió una comitiva que rompió la rutina del fuerte. Venían un
comandante peruano y un suboficial de inteligencia que llevaba una cámara fotográfica
colgada al cuello como si fuera un escudo. Pero fue el tercer hombre quien
paralizó mis ojos. Era un teniente de tez blanca, alto, de poco más de un metro
ochenta, que vestía un uniforme camuflado sin cinto. En su hombro izquierdo, un
distintivo de la bandera de Chile brillaba bajo el sol ancashino.
Observé la escena oculto desde
la esquina de la cuadra de tropa de la Compañía Comando y Servicios. Al
extranjero se le notaba tenso; movía la mirada de un lado a otro, registrando
la arquitectura del cuartel con un nerviosismo contenido. El capitán Jiménez,
comandante accidental del batallón, se apresuró a recibirlos junto al teniente
Gutiérrez. Los condujeron directo al patio de armas.
Los visitantes ocuparon el
estrado reservado exclusivamente para los generales e inspectores. Toda la
unidad —oficiales, técnicos, suboficiales y los jóvenes del Servicio Militar
Voluntario— permanecía alineada en una formación rígida. El capitán Jiménez
tomó la palabra para dar una bienvenida protocolar, dirigiendo sus honores al
comandante peruano por ser el de mayor graduación. Al terminar, el oficial
superior avanzó frente a la tropa y desató un discurso de cinco minutos. Era
una alocución vacía de contenido, una cadena de formalidades diplomáticas que
no lograba ocultar la paradoja de lo que presenciábamos. En las filas, la
amargura se mezclaba con el polvo del patio, aunque al final, la inercia del
reglamento arrancó un aplauso mayoritario de los soldados.
En la retaguardia, el teniente
chileno permanecía estático, como una estatua camuflada, mientras el suboficial
de inteligencia se movía a hurtadillas para retratar el momento.
A las nueve y cuarenta, el
ceremonial terminó y la comitiva se dirigió a la sala de conferencias para la
exposición del historial de la unidad. Fue en ese instante cuando mi
indignación se convirtió en un acto de rebelión silenciosa. Me negué a entrar.
En ese mismo cuartel yo había iniciado mi servicio militar en 1977, una época
en la que nuestros instructores nos infundían un patriotismo de trinchera y una
memoria geopolítica inquebrantable. Mientras veía las espaldas de mis colegas
entrar a la sala, una pregunta me golpeó la mente: ¿Ellos fueron los ilusos
en el pasado, o somos nosotros los que nos hemos vuelto permisivos ahora?
Pensé en Grau, en Bolognesi y en los campesinos breñeros que sangraron junto a
Cáceres en los Andes. Dejarme llevar por la complacencia oficial impulsada
desde el gobierno de Alejandro Toledo se sentía como pisotear sus tumbas.
No estaba solo en mi
resistencia. El técnico de primera Zegarra y tres jóvenes soldados del Servicio
Militar Voluntario compartían mi mirada. Nos plantamos en el flanco derecho del
patio, negándonos rotundamente a rendir honores.
Mientras el resto escuchaba
los detalles técnicos de la Unidad desde 1970, yo corrí hacia la parte
posterior de la sala de conferencias. El edificio era una estructura ligera de
madera y triplay prensado; si te pegabas lo suficiente a los paneles exteriores,
el sonido se filtraba con total nitidez. Escuché la voz del capitán Jiménez
disertando sobre nuestras capacidades operativas, mientras el oficial chileno
asimilaba cada dato. Al cabo de quince minutos, las puertas se abrieron. Los
visitantes salieron hacia la guardia de prevención, intercambiaron un breve
diálogo de cuatro minutos y abordaron el vehículo.
La orden turística venía desde
la 32.ª Brigada de Infantería en Trujillo. El itinerario del teniente
extranjero incluía un recorrido estratégico: el cerro Pan de Azúcar en Yungay,
el ascenso a las lagunas de Llanganuco y un paso por Huaraz, Pumapampa y Pastoruri.
Los hilos de la historia
terminaron de amarrarse esa misma noche. El chofer asignado al vehículo y el
mozo que atendió la mesa de la comitiva eran, en realidad, suboficiales de
inteligencia peruanos encubiertos. La estrecha amistad que me unía a ellos me
permitió conocer los detalles de las conversaciones privadas del oficial
extranjero. El teniente no había llegado a Áncash por un azar del destino.
Había solicitado ese viaje con una obsesión personal: quería pisar la tierra
donde sus ancestros de línea paterna habían combatido.
Su bisabuelo había peleado en
ese mismo Callejón de Huaylas el 20 de enero de 1839, durante la batalla de
Yungay, donde el Ejército Restaurador del general chileno Manuel Bulnes venció
a las fuerzas confederadas de Andrés de Santa Cruz, dejando más de dos mil
muertos y mil ochocientos prisioneros en las faldas del Pan de Azúcar. Y para
colmo de la ironía histórica, su propio abuelo había marchado por las calles de
Huaraz durante la Guerra del Pacífico, persiguiendo las huellas esquivas del
"Brujo de los Andes" en la Campaña de la Breña.
El nieto de los invasores
había vuelto, ciento veinte años después, con uniforme de campaña y bajo el
amparo de la administración de Alejandro Toledo, que le abría las puertas de
nuestros cuarteles. El vehículo se perdió en la carretera del norte, dejando
tras de sí el polvo del patio de armas y a un puñado de soldados que, desde la
esquina de la cuadra, se habían negado a olvidar.

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