La patrulla "Huascarán" en la Puerta del Monte, Pataz. - Existen lugares en el mundo donde la tierra parece dividirse en dos. Uno de ellos es La Puerta del Monte, un imponente paisaje esculpido por la naturaleza en las alturas de la provincia de Pataz, en La Libertad. Quien se asoma a esta formación geológica puede ser testigo de un milagro visual: el punto exacto donde la fría y soberbia sierra andina se rinde ante el abrazo verde y exuberante de la selva amazónica.
Pero este paraje no solo divide paisajes, también resguarda secretos del pasado. En el año 1993, la mítica patrulla Huascarán avanzaba a paso firme por este territorio. En aquellos tiempos no existían los motores ni el asfalto; solo una angosta e interminable trocha de herradura que unía a pie la capital, Tayabamba, con el lejano distrito de Ongón. El silencio de la montaña era engañoso. Más allá de su sobrecogedora belleza, las sombras del sendero ocultaban las pisadas clandestinas de una época violenta. Por ese mismo suelo de piedra y barro caminaban los combatientes del PCP Sendero Luminoso y los llamados "traqueteros", hombres que desafiaban a la muerte cargando el peso de la droga en sus mochilas. La Puerta del Monte no solo era un límite geográfico, sino el testigo silencioso de quienes huían, de quienes perseguían y de quienes buscaban sobrevivir en el confín del mundo.
El calendario marcaba el
jueves 8 de julio de 1993. A las cinco de la tarde, un viento helado y cortante
comenzó a lamer los rostros agrietados de los hombres de la patrulla
"Huascarán". Habían ocupado un paraje desolado, un páramo mudo
suspendido a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar, donde la
respiración es un lujo y el horizonte se desdibuja entre la niebla. Atrás
quedaban veintisiete kilómetros de marcha forzada desde la Base
Contrasubversiva de Tayabamba; adelante, la inmensidad hostil que conducía al
distrito de Ongón. Aquella noche no hubo rancho ni tregua. Pernoctamos con el
estómago vacío, sintiendo el crujir del hambre en las entrañas, desamparados
por la logística en una tierra sin Dios ni ley: no había un solo enfermero en
la fila, ni un mísero bolsón de primeros auxilios para remendar los cuerpos
heridos.
Julio era el mes del verano
serrano, una época de cielos falsamente limpios y noches de congelación. La
tensión en la provincia de Pataz se respiraba en el aire ralo. El servicio de
inteligencia militar ya había lanzado su lúgubre advertencia: una columna
subversiva del PCP Sendero Luminoso, de fuerza indeterminada, avanzaba sigilosa
desde la selva alta de Tocache, en San Martín. Su objetivo era quebrar la
espina dorsal andina de Pataz mediante el terror, el adoctrinamiento, la
propaganda armada y el aniquilamiento sistemático de las autoridades políticas.
Para contener el derrame de sangre, la patrulla "Huascarán" se
convirtió en un fantasma que perseguía a otro. En medio de esa cacería humana,
el suboficial de segunda del Ejército Peruano, Miguel Pineda Ramírez, cruzó por
primera vez el temido paso de la Puerta del Monte. No era una marcha rutinaria;
era el acoso tenaz a una fuerza guerrillera de ciento veinte combatientes, un
ejército de sombras que se movía bajo el mando implacable del camarada
“Gerardo”.
Ocho días después, el 16 de
julio de 1993, el escenario se trasladó al caserío de Utcubamba. A las siete de
la mañana, tras soportar el suplicio de un ayuno forzado que ya superaba las
setenta y dos horas, la orden de marcha volvió a resonar. El destino final era,
nuevamente, la Puerta del Monte.
La patrulla
"Huascarán" se puso en movimiento bajo mi mando directo, asumiendo la
vanguardia de la operación. Avanzábamos como hombres que caminan sobre
dinamita, aplicando cada protocolo de seguridad aprendido en los manuales y
templado en el combate. Dos hombres en punta se desplazaban a cien metros por
delante del grueso de la columna, ofreciendo sus cuerpos como el primer escudo
ante una emboscada inminente.
Pasado el mediodía, el
cansancio acumulado cobró su tributo más alto. Nos encontrábamos a escaso un
kilómetro de la Puerta del Monte. El aire quemaba los pulmones y la debilidad
del ayuno prolongado quebró las piernas de los soldados. Los hombres de la vanguardia,
tras recorrer tramos ridículamente cortos, empezaron a flaquear. A cada cien
metros, una voz rota solicitaba el relevo. Algunos se desplomaban de bruces
sobre el camino ancestral; otros se sentaban pesadamente en las rocas, con las
cabezas gachas y los fusiles pesando como plomo, aduciendo que las fuerzas los
habían abandonado por completo.
El peligro latía a la vuelta del sendero. Saber al enemigo tan cerca y ver a la tropa rendirse ante la fatiga encendió en mí la chispa de la desesperación y el deber. Con la urgencia de quien sabe que un segundo de debilidad significa la muerte, me planté frente a ellos y les increpé con dureza, intentando inyectarles con mis gritos el aliento que sus cuerpos exhaustos ya no podían fabricar. La Puerta del Monte aguardaba adelante, silenciosa y mortal.
No hubo espacio para la duda.
Demostrando el coraje que se le exige a un comandante, me abrí paso entre el
personal y me coloqué a la vanguardia. Me convertí en el "hombre en
punta", el primer blanco en caso de una emboscada. Avancé confiado en dos
únicas fuerzas: Dios en el cielo y, en mis manos, mi viejo fusil FAL
"Mochito". Aquella arma era una extensión de mi propio cuerpo y jamás
me había fallado. Con ella, en los días buenos, era capaz de derribar gavilanes
en pleno vuelo a más de cuatro metros de altura; disparar con el
"Mochito" era firmar una sentencia de tiro seguro. El mote del fusil
no era gratuito: tenía la manivela de la palanca de armar fracturada, reducida
a un tetoncito metálico y rebelde que me obligaba a jalar con fuerza para meter
el cartucho en la recámara.
Al iniciar el despliegue, tres
sombras peludas se me adelantaron por el sendero: el "Cuto", la
"Cucurucha" y la "Blanca". Estos perros, criados en el
rigor de las bases contrasubversivas, eran tres soldados más de la patrulla
"Huascarán". Atacaban con una bravura feroz a cualquier extraño y
poseían un instinto infalible para olfatear el peligro antes de que se
materializara. Al amparo de su trote fiel, acometí un camino empinado, de
curvas cerradas y traicioneras, dejando al grueso de la tropa rezagada a unos
trescientos metros de distancia. Al coronar las últimas pendientes, el instinto
de supervivencia me hizo parapetarme detrás de una enorme roca. Allí permanecí,
inmóvil durante cinco minutos que parecieron siglos, apaciguando los latidos
del corazón y meditando el siguiente paso. Luego, divisé una trocha densa,
techada por la vegetación, y decidí avanzar a paso largo y decidido a lo largo
de quinientos metros. Cuando los árboles finalmente se abrieron, la arboleda
dio paso al páramo. Mis botas pisaron las piedras de la Puerta del Monte. El
reloj marcaba exactamente las 13:45 horas.
El silencio del paraje era
asfixiante. Para romper la insoportable tensión que se había incrustado en mis
músculos tras largas horas de peligro inminente, alcé al "Mochito" y
solté varias ráfagas al aire. El tableteo del fusil retumbó en los abismos,
liberando la adrenalina acumulada y anunciando a la cordillera que la
vanguardia del Ejército Peruano estaba de pie en el objetivo.
Las Chozas de la Frontera. - Aquel
paraje no era un lugar cualquiera: la Puerta del Monte era la cicatriz
geográfica donde la rigurosa zona andina se rinde ante la inmensidad verde de
la selva alta. En mitad de esa frontera natural se levantaban dos chozas
miserables. Al aproximarme, sorprendí a un campesino ganadero que custodiaba un
botín macabro: dos enormes piernas de toro, costillares ensangrentados y dos
cabezas de ganado frescas. Al interrogarlo con severidad, el hombre, temblando
por la impresión, soltó una verdad que nos heló la sangre:
—Jefe, ayer los compañeros
llegaron antes del mediodía —dijo, señalando las cumbres—. La mayoría se metió
en las trincheras que están en las partes altas; allí los esperaban para
emboscarlos. Mientras tanto, abajo en la pampa, para alimentar a toda su gente,
fusilaron dos toros granadazos, de cinco años cada uno. Han comido harta carne
hasta saciarse. Pasaron la noche aquí nomás, en las inmediaciones, pero la
presencia constante del helicóptero los puso muy indecisos. Hoy en la mañana, a
eso de las once, optaron por retirarse con dirección al caserío de
Pachacrahuay. Recién acaban de voltear aquel cerro del frente... Dicen que sus
combatientes son ciento veinte hombres, jefe. Además, tienen personal leñador y
cargadores para llevar sus medicamentos.
Mientras terminaba de hablar
con el comunero, agudicé la mirada hacia el entorno. Mi personal, aplicando el
entrenamiento al pie de la letra, ya se había desplegado de forma impecable en
formación de combate. Estaban mimetizados, aprovechando cubiertas y abrigos
naturales tanto en la parte baja como en las crestas del cerro, listos para
repeler un ataque. En la guerra contrasubversiva, la primera regla es dudar
hasta de la propia sombra. Sospechando una trampa, ordené de inmediato un
reconocimiento riguroso en los sectores más altos del cerro. Mientras mis
hombres batían la zona, el campesino insistía una y otra vez, jurando por su
vida que no mentía:
—Jefe, no te preocupes, te doy
mi palabra. Los senderistas ya están a la vuelta de aquel cerro, posiblemente
bajando hacia Pachacrahuay. Eso sí, están bien armados, pero andan cortos de
munición.
El Banquete con la carne de
res sobrante de los “terrucos: - Una vez asegurado el perímetro
y descartada la presencia del enemigo en las alturas, impartí la orden a la
tropa de romper posiciones y reunirse en los alrededores de la choza. El
hambre, que ya arrastrábamos por más de cincos días, trocó la disciplina
militar en una urgencia primitiva. Los soldados se abalanzaron sobre los restos
de carne que los "terrucos" habían dejado abandonados.
En pocos minutos, la pampa se
llenó del humo de fogatas improvisadas. La tropa comenzó a cocinar la res en
caldos improvisados o asando los trozos directamente sobre piedras calientes.
La carne, salada, grasosa y cocida a medias por la prisa del momento, nos supo
al manjar más exquisito de la tierra. Comimos hasta el hartazgo, devorando cada
caloría para devolverle la vida a los músculos secos. El rancho improvisado nos
devolvió el alma al cuerpo y encendió de nuevo el valor en los rostros de los
soldados y de los tres perros de guerra.
Saciados y con el estómago lleno, reanudamos la marcha. Sin embargo, el destino nos cobraría pronto el precio de la glotonería: a las pocas horas de camino, la sal y la grasa pesada de la carne de toro encendieron en nuestras gargantas una sed abrasadora e insufrible, volviendo el ascenso por la cordillera un nuevo calvario bajo el sol del verano serrano. Pero la patrulla "Huascarán" volvía a marchar, y la Puerta del Monte quedaba atrás, conquistada.
La Patrulla de los Pies Sangrantes.
- El
sol de la tarde empezaba a quebrar su luz sobre el páramo cuando, a las tres en
punto, una silueta deshecha emergió de la espesura del monte. Era la patrulla
"Judío". Al frente caminaba el subteniente Reynaldo López Palomino,
seguido por un puñado de hombres que avanzaban con una lentitud penosa, más
parecidos a espectros que a soldados de la República.
El grupo presentaba un aspecto
insólito. En mitad de la columna arrastraban una mula confiscada en el camino;
el lomo del animal crujía bajo el peso acumulado de las mochilas de la tropa,
el pesado equipo de radio Thomson TRC 340 y los borceguíes militares que los
soldados ya no soportaban en los pies. Coronando la carga, amarradas de las
patas, pataleaban dos gallinas robadas en algún corral campesino. Pero lo que
más llamaba la atención eran sus calzados: casi toda la tropa había abandonado
las botas de reglamento. En su lugar, calzaban ojotas de jebe negro o
zapatillas gastadas, probablemente despojadas a los "traqueteros"
—aquellos mochileros del narcotráfico que trepaban desde los abismos de Ongón,
Tocache o el Monzón, quebrando la maleza con cargas de droga a la espalda para
abastecer las avionetas en el aeropuerto clandestino de Urpay—. En esas trochas
sinuosas, encontrarse de frente con esos labriegos de la coca, ya fuera
marchando en silencio o descansando a la sombra de los árboles, era parte del
paisaje habitual. Una actividad ilegal tan antigua como la misma vida
republicana, y que en secreto había levantado las fortunas de los comerciantes
exitosos y los dueños de camiones en las calles de Tayabamba.
El subteniente López Palomino
y sus hombres estaban destruidos. La gran mayoría cojeaba ostensiblemente,
dejando un rastro invisible de dolor a cada paso; las heridas en carne viva
dentro de los calzados de fortuna sangraban sin tregua. El propio oficial
avanzaba con una dificultad alarmante, doblegado por el suplicio de las llagas
y el peso de un hambre de barrios días. Durante todo el trayecto desde el
caserío de Pampa Seca hasta la Puerta del Monte, su patrulla se había mantenido
a mi retaguardia. Era una patrulla híbrida, compuesta por reclutas de la costa
y de la sierra que carecían de la menor experiencia en el infierno quebrado de
Pataz. Jamás en sus vidas habían caminado dos días seguidos con el estómago
vacío una distancia de 78 kilómetros, y mucho menos bajo la asfixiante tensión
psicológica de saber que a unas cuantas lomas de distancia acechaba una columna
subversiva de ciento veinte combatientes armados.
Al llegar a las inmediaciones
de la choza, el personal de la patrulla "Judío" se desmoronó sobre la
tierra como si les hubieran cortado las cuerdas. Quedaron tendidos, extenuados,
mudos de puro agotamiento. Al ver sus rostros pálidos, calculé que necesitarían
por lo menos hasta las seis de la tarde para recuperar un hálito de vida. Fue
entonces cuando decidí que la patrulla "Huascarán" no podía perder el
impulso de la marcha.
Me acerqué al subteniente y
mantuvimos una conversación breve, marcada por la urgencia del terreno:
—Mi subteniente, me voy a
adelantar —le dije, acomodándome las correas del fusil—. Ya los esperé como
tres horas aquí arriba. Además, el peligro inmediato ha pasado; a estas horas
los terrucos ya deben haber alcanzado el caserío de Pachacrahuay.
Sin perder un minuto, ordené
el despliegue de mis hombres de la patrulla “Huascarán”. Dejamos atrás las
chozas y iniciamos el descenso con destino al caserío de Huanapampa, cuyas
luces a lo lejos prometían el bullicio de su fiesta patronal, un contraste
irreal con la muerte que nos había pisado los talones.
Las Sombras de la Puna. - Aquel
mes de julio de 1993 se cerraba con un sabor amargo para las armas de la
patria. Durante semanas, la columna de Sendero Luminoso había recorrido como un
fantasma implacable un total de siete distritos y decenas de caseríos en toda
la provincia de Pataz, ejecutando un minucioso trabajo de propaganda y
adoctrinamiento político entre las comunidades campesinas.
En todo momento, los
subversivos demostraron ser maestros en el arte de eludir el combate abierto.
Se nos habían escapado de las manos en el caserío de Arcaypata; habían
sobrevivido milagrosamente a los bombardeos aéreos de los helicópteros MI-8 en
las gélidas alturas de Huancabamba y en las cumbres de Ucrumarca. Para darles
caza o destruirlos, mis hombres y yo habíamos patrullado día y noche, cruzando
desfiladeros y durmiendo a la intemperie bajo la lluvia de la puna, pero el
resultado final fue un implacable saldo negativo. Los pobladores de la zona
jugaban en nuestra contra: colaboraban abiertamente con ellos, sirviendo como
una red invisible de informantes que alertaba cada movimiento del Ejército.
Además, era de justicia
reconocer la superioridad del enemigo en ese entorno hostil. Los senderistas
eran hombres de una habilidad asombrosa; conocían aquellos cerros como las
vizcachas como la palma de sus manos. En los desplazamientos sobre las altas
punas, simplemente nos superaban: donde nuestros soldados penaban por el aire
ralo, ellos no caminaban, ellos corrían ladera arriba por las pendientes más
empinadas.
La patrulla "Huascarán" regresaba con los cuerpos molidos y el fusil caliente, conscientes de que, aunque la Puerta del Monte había sido cruzada, en la guerra ideológica de los Andes el resultado político les seguía sonriendo a las sombras del Huallaga.

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