viernes, 22 de mayo de 2015

LA PATRULLA "HUASCARÁN" EN LA "PUERTA DEL MONTE" TAYABAMBA PROVINCIA DE PATAZ MES DE JULIO 1993

La patrulla "Huascarán" en la Puerta del Monte, Pataz. - Existen lugares en el mundo donde la tierra parece dividirse en dos. Uno de ellos es La Puerta del Monte, un imponente paisaje esculpido por la naturaleza en las alturas de la provincia de Pataz, en La Libertad. Quien se asoma a esta formación geológica puede ser testigo de un milagro visual: el punto exacto donde la fría y soberbia sierra andina se rinde ante el abrazo verde y exuberante de la selva amazónica.

Pero este paraje no solo divide paisajes, también resguarda secretos del pasado. En el año 1993, la mítica patrulla Huascarán avanzaba a paso firme por este territorio. En aquellos tiempos no existían los motores ni el asfalto; solo una angosta e interminable trocha de herradura que unía a pie la capital, Tayabamba, con el lejano distrito de Ongón. El silencio de la montaña era engañoso. Más allá de su sobrecogedora belleza, las sombras del sendero ocultaban las pisadas clandestinas de una época violenta. Por ese mismo suelo de piedra y barro caminaban los combatientes del PCP Sendero Luminoso y los llamados "traqueteros", hombres que desafiaban a la muerte cargando el peso de la droga en sus mochilas. La Puerta del Monte no solo era un límite geográfico, sino el testigo silencioso de quienes huían, de quienes perseguían y de quienes buscaban sobrevivir en el confín del mundo.

El calendario marcaba el jueves 8 de julio de 1993. A las cinco de la tarde, un viento helado y cortante comenzó a lamer los rostros agrietados de los hombres de la patrulla "Huascarán". Habían ocupado un paraje desolado, un páramo mudo suspendido a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar, donde la respiración es un lujo y el horizonte se desdibuja entre la niebla. Atrás quedaban veintisiete kilómetros de marcha forzada desde la Base Contrasubversiva de Tayabamba; adelante, la inmensidad hostil que conducía al distrito de Ongón. Aquella noche no hubo rancho ni tregua. Pernoctamos con el estómago vacío, sintiendo el crujir del hambre en las entrañas, desamparados por la logística en una tierra sin Dios ni ley: no había un solo enfermero en la fila, ni un mísero bolsón de primeros auxilios para remendar los cuerpos heridos.

Julio era el mes del verano serrano, una época de cielos falsamente limpios y noches de congelación. La tensión en la provincia de Pataz se respiraba en el aire ralo. El servicio de inteligencia militar ya había lanzado su lúgubre advertencia: una columna subversiva del PCP Sendero Luminoso, de fuerza indeterminada, avanzaba sigilosa desde la selva alta de Tocache, en San Martín. Su objetivo era quebrar la espina dorsal andina de Pataz mediante el terror, el adoctrinamiento, la propaganda armada y el aniquilamiento sistemático de las autoridades políticas. Para contener el derrame de sangre, la patrulla "Huascarán" se convirtió en un fantasma que perseguía a otro. En medio de esa cacería humana, el suboficial de segunda del Ejército Peruano, Miguel Pineda Ramírez, cruzó por primera vez el temido paso de la Puerta del Monte. No era una marcha rutinaria; era el acoso tenaz a una fuerza guerrillera de ciento veinte combatientes, un ejército de sombras que se movía bajo el mando implacable del camarada “Gerardo”.

Ocho días después, el 16 de julio de 1993, el escenario se trasladó al caserío de Utcubamba. A las siete de la mañana, tras soportar el suplicio de un ayuno forzado que ya superaba las setenta y dos horas, la orden de marcha volvió a resonar. El destino final era, nuevamente, la Puerta del Monte.

La patrulla "Huascarán" se puso en movimiento bajo mi mando directo, asumiendo la vanguardia de la operación. Avanzábamos como hombres que caminan sobre dinamita, aplicando cada protocolo de seguridad aprendido en los manuales y templado en el combate. Dos hombres en punta se desplazaban a cien metros por delante del grueso de la columna, ofreciendo sus cuerpos como el primer escudo ante una emboscada inminente.

Pasado el mediodía, el cansancio acumulado cobró su tributo más alto. Nos encontrábamos a escaso un kilómetro de la Puerta del Monte. El aire quemaba los pulmones y la debilidad del ayuno prolongado quebró las piernas de los soldados. Los hombres de la vanguardia, tras recorrer tramos ridículamente cortos, empezaron a flaquear. A cada cien metros, una voz rota solicitaba el relevo. Algunos se desplomaban de bruces sobre el camino ancestral; otros se sentaban pesadamente en las rocas, con las cabezas gachas y los fusiles pesando como plomo, aduciendo que las fuerzas los habían abandonado por completo.

El peligro latía a la vuelta del sendero. Saber al enemigo tan cerca y ver a la tropa rendirse ante la fatiga encendió en mí la chispa de la desesperación y el deber. Con la urgencia de quien sabe que un segundo de debilidad significa la muerte, me planté frente a ellos y les increpé con dureza, intentando inyectarles con mis gritos el aliento que sus cuerpos exhaustos ya no podían fabricar. La Puerta del Monte aguardaba adelante, silenciosa y mortal.

El Fusil FAL “Mochito” y los Perros Guerreros. -
El rumor traído por los campesinos que bajaban de la cordillera corría como pólvora entre las filas: los subversivos del PCP Sendero Luminoso aguardaban agazapados, con los fusiles listos, en los roquedales de la Puerta del Monte. El miedo es contagioso a cuatro mil metros de altura, y la tropa, agotada y al límite de sus fuerzas, guardó un silencio pesado. Querían ver mi reacción. En sus ojos vidriosos se leía un desafío mudo: necesitaban saber si el hombre que los lideraba poseía el valor necesario para caminar directo hacia la muerte, o si el miedo lo quebraría primero.

No hubo espacio para la duda. Demostrando el coraje que se le exige a un comandante, me abrí paso entre el personal y me coloqué a la vanguardia. Me convertí en el "hombre en punta", el primer blanco en caso de una emboscada. Avancé confiado en dos únicas fuerzas: Dios en el cielo y, en mis manos, mi viejo fusil FAL "Mochito". Aquella arma era una extensión de mi propio cuerpo y jamás me había fallado. Con ella, en los días buenos, era capaz de derribar gavilanes en pleno vuelo a más de cuatro metros de altura; disparar con el "Mochito" era firmar una sentencia de tiro seguro. El mote del fusil no era gratuito: tenía la manivela de la palanca de armar fracturada, reducida a un tetoncito metálico y rebelde que me obligaba a jalar con fuerza para meter el cartucho en la recámara.

Al iniciar el despliegue, tres sombras peludas se me adelantaron por el sendero: el "Cuto", la "Cucurucha" y la "Blanca". Estos perros, criados en el rigor de las bases contrasubversivas, eran tres soldados más de la patrulla "Huascarán". Atacaban con una bravura feroz a cualquier extraño y poseían un instinto infalible para olfatear el peligro antes de que se materializara. Al amparo de su trote fiel, acometí un camino empinado, de curvas cerradas y traicioneras, dejando al grueso de la tropa rezagada a unos trescientos metros de distancia. Al coronar las últimas pendientes, el instinto de supervivencia me hizo parapetarme detrás de una enorme roca. Allí permanecí, inmóvil durante cinco minutos que parecieron siglos, apaciguando los latidos del corazón y meditando el siguiente paso. Luego, divisé una trocha densa, techada por la vegetación, y decidí avanzar a paso largo y decidido a lo largo de quinientos metros. Cuando los árboles finalmente se abrieron, la arboleda dio paso al páramo. Mis botas pisaron las piedras de la Puerta del Monte. El reloj marcaba exactamente las 13:45 horas.

El silencio del paraje era asfixiante. Para romper la insoportable tensión que se había incrustado en mis músculos tras largas horas de peligro inminente, alcé al "Mochito" y solté varias ráfagas al aire. El tableteo del fusil retumbó en los abismos, liberando la adrenalina acumulada y anunciando a la cordillera que la vanguardia del Ejército Peruano estaba de pie en el objetivo.

Las Chozas de la Frontera. - Aquel paraje no era un lugar cualquiera: la Puerta del Monte era la cicatriz geográfica donde la rigurosa zona andina se rinde ante la inmensidad verde de la selva alta. En mitad de esa frontera natural se levantaban dos chozas miserables. Al aproximarme, sorprendí a un campesino ganadero que custodiaba un botín macabro: dos enormes piernas de toro, costillares ensangrentados y dos cabezas de ganado frescas. Al interrogarlo con severidad, el hombre, temblando por la impresión, soltó una verdad que nos heló la sangre:

—Jefe, ayer los compañeros llegaron antes del mediodía —dijo, señalando las cumbres—. La mayoría se metió en las trincheras que están en las partes altas; allí los esperaban para emboscarlos. Mientras tanto, abajo en la pampa, para alimentar a toda su gente, fusilaron dos toros granadazos, de cinco años cada uno. Han comido harta carne hasta saciarse. Pasaron la noche aquí nomás, en las inmediaciones, pero la presencia constante del helicóptero los puso muy indecisos. Hoy en la mañana, a eso de las once, optaron por retirarse con dirección al caserío de Pachacrahuay. Recién acaban de voltear aquel cerro del frente... Dicen que sus combatientes son ciento veinte hombres, jefe. Además, tienen personal leñador y cargadores para llevar sus medicamentos.

Mientras terminaba de hablar con el comunero, agudicé la mirada hacia el entorno. Mi personal, aplicando el entrenamiento al pie de la letra, ya se había desplegado de forma impecable en formación de combate. Estaban mimetizados, aprovechando cubiertas y abrigos naturales tanto en la parte baja como en las crestas del cerro, listos para repeler un ataque. En la guerra contrasubversiva, la primera regla es dudar hasta de la propia sombra. Sospechando una trampa, ordené de inmediato un reconocimiento riguroso en los sectores más altos del cerro. Mientras mis hombres batían la zona, el campesino insistía una y otra vez, jurando por su vida que no mentía:

—Jefe, no te preocupes, te doy mi palabra. Los senderistas ya están a la vuelta de aquel cerro, posiblemente bajando hacia Pachacrahuay. Eso sí, están bien armados, pero andan cortos de munición.

El Banquete con la carne de res sobrante de los “terrucos: - Una vez asegurado el perímetro y descartada la presencia del enemigo en las alturas, impartí la orden a la tropa de romper posiciones y reunirse en los alrededores de la choza. El hambre, que ya arrastrábamos por más de cincos días, trocó la disciplina militar en una urgencia primitiva. Los soldados se abalanzaron sobre los restos de carne que los "terrucos" habían dejado abandonados.

En pocos minutos, la pampa se llenó del humo de fogatas improvisadas. La tropa comenzó a cocinar la res en caldos improvisados o asando los trozos directamente sobre piedras calientes. La carne, salada, grasosa y cocida a medias por la prisa del momento, nos supo al manjar más exquisito de la tierra. Comimos hasta el hartazgo, devorando cada caloría para devolverle la vida a los músculos secos. El rancho improvisado nos devolvió el alma al cuerpo y encendió de nuevo el valor en los rostros de los soldados y de los tres perros de guerra.

Saciados y con el estómago lleno, reanudamos la marcha. Sin embargo, el destino nos cobraría pronto el precio de la glotonería: a las pocas horas de camino, la sal y la grasa pesada de la carne de toro encendieron en nuestras gargantas una sed abrasadora e insufrible, volviendo el ascenso por la cordillera un nuevo calvario bajo el sol del verano serrano. Pero la patrulla "Huascarán" volvía a marchar, y la Puerta del Monte quedaba atrás, conquistada.

La Patrulla de los Pies Sangrantes. - El sol de la tarde empezaba a quebrar su luz sobre el páramo cuando, a las tres en punto, una silueta deshecha emergió de la espesura del monte. Era la patrulla "Judío". Al frente caminaba el subteniente Reynaldo López Palomino, seguido por un puñado de hombres que avanzaban con una lentitud penosa, más parecidos a espectros que a soldados de la República.

El grupo presentaba un aspecto insólito. En mitad de la columna arrastraban una mula confiscada en el camino; el lomo del animal crujía bajo el peso acumulado de las mochilas de la tropa, el pesado equipo de radio Thomson TRC 340 y los borceguíes militares que los soldados ya no soportaban en los pies. Coronando la carga, amarradas de las patas, pataleaban dos gallinas robadas en algún corral campesino. Pero lo que más llamaba la atención eran sus calzados: casi toda la tropa había abandonado las botas de reglamento. En su lugar, calzaban ojotas de jebe negro o zapatillas gastadas, probablemente despojadas a los "traqueteros" —aquellos mochileros del narcotráfico que trepaban desde los abismos de Ongón, Tocache o el Monzón, quebrando la maleza con cargas de droga a la espalda para abastecer las avionetas en el aeropuerto clandestino de Urpay—. En esas trochas sinuosas, encontrarse de frente con esos labriegos de la coca, ya fuera marchando en silencio o descansando a la sombra de los árboles, era parte del paisaje habitual. Una actividad ilegal tan antigua como la misma vida republicana, y que en secreto había levantado las fortunas de los comerciantes exitosos y los dueños de camiones en las calles de Tayabamba.

El subteniente López Palomino y sus hombres estaban destruidos. La gran mayoría cojeaba ostensiblemente, dejando un rastro invisible de dolor a cada paso; las heridas en carne viva dentro de los calzados de fortuna sangraban sin tregua. El propio oficial avanzaba con una dificultad alarmante, doblegado por el suplicio de las llagas y el peso de un hambre de barrios días. Durante todo el trayecto desde el caserío de Pampa Seca hasta la Puerta del Monte, su patrulla se había mantenido a mi retaguardia. Era una patrulla híbrida, compuesta por reclutas de la costa y de la sierra que carecían de la menor experiencia en el infierno quebrado de Pataz. Jamás en sus vidas habían caminado dos días seguidos con el estómago vacío una distancia de 78 kilómetros, y mucho menos bajo la asfixiante tensión psicológica de saber que a unas cuantas lomas de distancia acechaba una columna subversiva de ciento veinte combatientes armados.

Al llegar a las inmediaciones de la choza, el personal de la patrulla "Judío" se desmoronó sobre la tierra como si les hubieran cortado las cuerdas. Quedaron tendidos, extenuados, mudos de puro agotamiento. Al ver sus rostros pálidos, calculé que necesitarían por lo menos hasta las seis de la tarde para recuperar un hálito de vida. Fue entonces cuando decidí que la patrulla "Huascarán" no podía perder el impulso de la marcha.

Me acerqué al subteniente y mantuvimos una conversación breve, marcada por la urgencia del terreno:

—Mi subteniente, me voy a adelantar —le dije, acomodándome las correas del fusil—. Ya los esperé como tres horas aquí arriba. Además, el peligro inmediato ha pasado; a estas horas los terrucos ya deben haber alcanzado el caserío de Pachacrahuay.

Sin perder un minuto, ordené el despliegue de mis hombres de la patrulla “Huascarán”. Dejamos atrás las chozas y iniciamos el descenso con destino al caserío de Huanapampa, cuyas luces a lo lejos prometían el bullicio de su fiesta patronal, un contraste irreal con la muerte que nos había pisado los talones.

Las Sombras de la Puna. - Aquel mes de julio de 1993 se cerraba con un sabor amargo para las armas de la patria. Durante semanas, la columna de Sendero Luminoso había recorrido como un fantasma implacable un total de siete distritos y decenas de caseríos en toda la provincia de Pataz, ejecutando un minucioso trabajo de propaganda y adoctrinamiento político entre las comunidades campesinas.

En todo momento, los subversivos demostraron ser maestros en el arte de eludir el combate abierto. Se nos habían escapado de las manos en el caserío de Arcaypata; habían sobrevivido milagrosamente a los bombardeos aéreos de los helicópteros MI-8 en las gélidas alturas de Huancabamba y en las cumbres de Ucrumarca. Para darles caza o destruirlos, mis hombres y yo habíamos patrullado día y noche, cruzando desfiladeros y durmiendo a la intemperie bajo la lluvia de la puna, pero el resultado final fue un implacable saldo negativo. Los pobladores de la zona jugaban en nuestra contra: colaboraban abiertamente con ellos, sirviendo como una red invisible de informantes que alertaba cada movimiento del Ejército.

Además, era de justicia reconocer la superioridad del enemigo en ese entorno hostil. Los senderistas eran hombres de una habilidad asombrosa; conocían aquellos cerros como las vizcachas como la palma de sus manos. En los desplazamientos sobre las altas punas, simplemente nos superaban: donde nuestros soldados penaban por el aire ralo, ellos no caminaban, ellos corrían ladera arriba por las pendientes más empinadas.

La patrulla "Huascarán" regresaba con los cuerpos molidos y el fusil caliente, conscientes de que, aunque la Puerta del Monte había sido cruzada, en la guerra ideológica de los Andes el resultado político les seguía sonriendo a las sombras del Huallaga.

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