miércoles, 22 de noviembre de 2017
LAS CUATRO ETAPAS DE LA CAMPAÑA DE LA BREÑA REALIZADAS DURANTE LA GUERRA CON CHILE (1881-1884)
martes, 3 de octubre de 2017
COMPANÍA "A" INGENIERÍA N° 112 DE CARAZ CONSTRUCCIÓN DE CARRETERA DE YAUYA - SAN NICOLÁS (1997 - 1998)
Las Rocas de los Andes de Yauya Ancash y la Ineficacia de Maquinaria de Fabricación China donado por el gobierno de Fujimori.- En el mes de marzo de 1997, en el distrito de Caraz provincia de Huaylas, el Comando de la Compañía "A" de Ingeniería N° 112 recibió una orden tan clara como ambiciosa: destacar un contingente de militares y civiles hacia el distrito de Yauya. La misión que tenían por delante era titánica: abrir una carretera en la dura geografía andina con destino al lejano distrito de San Nicolás, en la provincia de Carlos Fermín Fitzcarrald.
Eran los años en que el
gobierno del ingeniero Alberto Fujimori utilizaba a los batallones y compañías
de ingeniería del Ejército como el brazo constructor del Estado. La consigna
nacional consistía en apoyar a las poblaciones de escasos recursos mediante la
apertura, afirmamiento y ampliación de carreteras. Para cumplir con este
encargo, la subunidad de Caraz recibió una vistosa dotación de maquinarias de
fabricación china.
Junto con las maquinarias
también llegaron cuatro mecánicos de esa misma nacionalidad. Estos técnicos
chinos permanecían a tiempo completo dentro de las instalaciones del cuartel,
dedicados en exclusiva al mantenimiento junto al personal técnico del Ejército
peruano. Sobre el papel, el inventario resultaba imponente: tractores a oruga
pesados Shantui TY 220 NT, tractores a oruga medianos Shantui TY 160 WD,
tractores a rueda Shantui TL 210A y la motoniveladora Tianjin PY 160 B. Además,
por convenio con el Ministerio de Transportes y Comunicaciones, asumieron el
control de volquetes y camionetas.
La logística en el Frente de Trabajo
Por aquellos meses, ante la
falta de oficiales con el grado de capitán, el comando nombró a un joven suboficial
Miguel Pineda para cumplir las funciones de Oficial de Logística (S-4). Aquella
designación lo obligaba a permanecer la mayor parte del tiempo entre los
escritorios y los papeles de la oficina del Estado Mayor de la Compañía. Sin
embargo, la verdadera logística no se hace detrás de un escritorio. Cada cierto
tiempo, él dejaba la rutina administrativa del cuartel de Caraz y subía a la
zona de construcción en Yauya.
Allí, en el corazón de la
obra, el campamento cobraba vida gracias a un grupo humano singular. Entre los
mandos militares destacaba el subteniente Fernández, siempre al pie en
la obra, y el experimentado técnico Pachas Acevedo, cuya disciplina
guiaba el día a día. El nexo directo con los ingenieros orientales recaía en
los operarios civiles: el empleado civil apodado "Mosca", un
mecánico hábil que trabajaba codo a codo descifrando los motores chinos; el empleado
civil Arica, también mecánico de pulso firme; y el empleado civil
conocido como "Venado", un personaje infaltable en las faenas.
Junto a ellos, la verdadera fuerza bruta y el motor de la obra lo ponían cuarenta
hombres de tropa del Servicio Militar Obligatorio, jóvenes reclutas que
entregaban su juventud al rigor de los Andes.
Las inspecciones en el terreno
eran rigurosas. El Oficial de Logística se desplazaba a pie por los sectores de
Maribamba y San Francisco para constatar in situ el estado de todos los
materiales pertenecientes a los Servicios Técnicos de Ingeniería, Intendencia y
Material de Guerra. En cada una de estas fiscalizaciones, tal como lo
estipulaba el reglamento, la máxima prioridad era la seguridad del armamento;
los fusiles FAL bajo la responsabilidad de los cuarenta soldados debían estar
siempre en perfecto estado y completos.
Choque Cultural y Mascotas en
Peligro
Para quebrar la monotonía del
cuartel, el Oficial de Logística decidía a veces quedarse hasta diez días
continuos en el campamento, compartiendo el rancho y las anécdotas con
Fernández, Pachas Acevedo, los civiles y la tropa. Fue justamente durante esas estancias
de convivencia donde se hicieron evidentes los choques culturales y las
tensiones del día a día.
Los cuatro mecánicos chinos
eran el centro de atención del campamento, no solo por sus costumbres extrañas,
sino por sus hábitos culinarios que causaban asombro y cuchicheos entre los
soldados: comían carne de perro. En el campamento militar vivían cuatro
compañeros de cuatro patas: el perro Brandon, y las perras Magaly, Tula y
Gisela. Los chinos, mirando con recelo y apetito a las mascotas de la tropa,
solían decir con su marcado acento:
—Blandon y Magaly ya estar
bueno, salir lico y sabroso estofado.
Los soldados peruanos, entre
el cansancio y el humor propio del cuartel, no perdían la oportunidad de romper
el hielo. A modo de broma pesada, se acercaban a los técnicos chinos y,
arrastrando las palabras para hacerse entender, les decían directamente en la
cara:
—La maquinaria china es mala.
Las herramientas chinas son malas.
Acto seguido, gesticulando con
orgullo, enaltecían frente a ellos la superioridad de la maquinaria de
procedencia norteamericana o alemana. Los orientales, acorralados entre su
idioma, las réplicas de "Mosca" y Arica, y la dura realidad del frente,
solo atinaban a defenderse:
—Herramienta china ser
bueno solamente seis meses, después desechar. Peruano hacer durar muchos años
las herramientas alemanas Proto.
El Accidente de Liu Chen
Las bromas, sin embargo,
guardaban una verdad innegable: aquellos equipos simplemente no estaban hechos
para la hostilidad de la geografía andina, especialmente cuando se trataba de
abrir trochas en tramos de pura roca. El tractor a oruga mediano Shantui TY 160
WD perdía toda su fuerza al enfrentarse a las zonas rocosas. Peor aún, sus
cantoneras —las piezas críticas ubicadas en ambos extremos del lampón— se
desgastaban con una rapidez alarmante ante la fricción con la piedra, lo que
obligaba a cambiar la pieza casi mensualmente.
Pronto se hizo evidente que la
tecnología de Oriente no podía sola contra los Andes. Un día, mientras los
técnicos chinos, "Mosca", Arica y los técnicos peruanos trabajaban
desde tempranas horas colocando la torreta de un tractor pesado Shantui TY 220
NT, ocurrió la tragedia. En una mala maniobra, el técnico Liu Chen se voló los
cuatro dedos de la mano derecha. En medio del dolor punzante, el ciudadano
chino saltaba y gritaba, tiñendo de drama y sangre el campamento ante la mirada
atónita de la tropa.
Aquel accidente pareció marcar
el inicio del fin de la misión. Los años pasaron volando entre el polvo de la
carretera y los cambios políticos del país. Para cuando la labor de los
técnicos orientales culminó, el panorama del Perú era completamente distinto:
el presidente Fujimori se había marchado a Japón y el país se encontraba bajo
el mandato provisorio de Valentín Paniagua. Los mecánicos chinos regresaron
finalmente a su país, dejando atrás aquellas maquinarias que, desgastadas por
el implacable suelo ancashino, terminaron convertidas en chatarra.
La Vieja Guardia
Al final, ante el fracaso del
metal importado, el mando tuvo que apelar a la vieja y confiable guardia que
mantenían en sus cargos: un tractor mediano Caterpillar de fabricación
norteamericana y un tractor Komatsu de fabricación brasileña. Solo gracias al
empuje de estas últimas máquinas, al acero resistente, a la dirección de
Fernández y Pachas Acevedo, y al esfuerzo inquebrantable de los cuarenta
hombres de tropa, los trabajos pudieron continuar durante el año 1998.
Contra la roca, el olvido y el
tiempo, la nueva carretera avanzó con paso firme hasta el caserío de San
Francisco, dejando grabado en la memoria de Yauya el día en que los soldados y
los fierros desafiaron a los Andes.
lunes, 25 de septiembre de 2017
LA HISTORIA DE INFILTRADOS SENDERISTAS EN LAS FILAS DEL EJÉRCITO PERUANO (1982 - 2000)
Los lobos con piel de cordero
La historia militar no solo se
escribe con batallas ganadas en campo abierto, sino con las cicatrices
invisibles de la traición. Desde 1982, el Partido Comunista del Perú - Sendero
Luminoso había comenzado a tejer una red silenciosa y ponzoñosa: infiltrar a
sus cuadros en las filas del Ejército Peruano. La consigna del Alto Mando se
volvió una advertencia urgente en los cuarteles: «No se capte reclutas
oriundos de las zonas declaradas en estado de emergencia». Se sabía que, al
poco tiempo, estos soldados falsos desertaban, llevándose consigo fusiles,
municiones y planes de operaciones estrictamente secretos para entregárselos a
las columnas subversivas.
Entre los pasillos de los
fuertes contrasubversivos aún resonaba, como una leyenda de terror y
advertencia, el caso del sargento primero conocido como el «Cholo Negro». El
hombre se había ganado el respeto de oficiales, técnicos y suboficiales del
Batallón Contrasubversivo «Mariscal Cáceres» N° 43, en el distrito de Pampas,
Tayacaja. Era un reenganchado ejemplar a ojos de sus superiores. Debido a esa
confianza ciega, fue enviado al curso de operación de material de
comunicaciones de alta frecuencia (HF) Thomson TRC 372 y al manejo del cifrado
y descifrado de mensajes enclavados. El lobo ya estaba dentro del redil: tenía
acceso a documentación catalogada como «Estrictamente Secreto».
La tragedia estalló el
mediodía del 10 de octubre de 1988 en la Base de Tayacaja. El «Cholo Negro»,
coordinado de antemano con una columna senderista exterior, ordenó a la tropa
bajo su mando guardar los fusiles en el almacén de armamentos para pasar al comedor
a recibir el rancho.
La masacre comenzó en el
patio. Con los soldados desarmados e indefensos portando sus bandejas de
comida, el sargento infiltrado activó una granada de mano. En un segundo de
brutal instinto, uno de los perros de la base saltó y atrapó el artefacto con
la boca; el animal voló en pedazos instantáneamente, salvando con su sacrificio
la vida de varios muchachos. Casi en simultáneo, un camión irrumpió por la
puerta principal. De la cabina descendió un hombre con uniforme de oficial
gritando falsamente: «¡Soy capitán, vengo como relevo del personal de la
Base!». Cuando el centinela le exigió su identificación, los subversivos
intentaron trasponer la tranquera a la fuerza.
Fue entonces cuando el «Cholo
Negro» desató el caos definitivo. Lanzó otra granada contra la formación de
rancho, asesinando en el acto a dieciocho de sus propios subordinados. El plan
era perfecto: asesinar a la guarnición, aniquilar al jefe de la base y saquear
el almacén de armas. Sin embargo, Sendero no contó con el cabo almacenero.
Aunque se sospechaba que también era un infiltrado, en el último segundo el
remordimiento o el honor militar le cambiaron el alma. Armado con una
ametralladora MAG, defendió su puesto con un valor espartano, barriendo el
acceso a ráfagas y bloqueando el robo de los fusiles FAL. Ante el fracaso del
asalto, el «Cholo Negro» huyó hacia el monte vestido de campaña, llevándose
únicamente su fusil de dotación.
Durante las décadas de 1980 y 1990, las deserciones en el Servicio Militar Obligatorio fueron una sangría constante bajo los gobiernos de Alan García y Alberto Fujimori. Miles de muchachos licenciados regresaban a sus hogares en la selva y la sierra profunda solo para encontrar desocupación, pobreza y el olvido absoluto del Estado peruano. En ese vacío social, los grupos subversivos, fuertemente aliados con las mafias del narcotráfico, se movían entre millones de dólares. El dinero fresco de las pozas de maceración compraba conciencias y captaba la mano de obra más cotizada para la guerra: los licenciados del Ejército, hombres que ya sabían disparar, patrullar y morir en el intento. La guerra ya no solo se alimentaba de dogmas, sino del abandono de una nación a sus propios soldados.
viernes, 15 de septiembre de 2017
CAMPAÑA DE LA BREÑA: AVANCE PATRIOTA DESDE POMABAMBA A LA CIUDAD DE HUAMACHUCO 26 DE JUNIO 1883
El jueves 28 de junio, en la madrugada, los secretarios del General Cáceres, acompañados del subprefecto de Pomabamba don Mariano Delgado, se adelantaron a Chullin, encontrando al coronel Recavarren que había marchado sin contratiempos. Ordenaron entonces la preparación del rancho para el ejército del Centro y del Norte, que entró en ese pueblo a las 08:00 horas. El descanso fue muy breve, pues a las 10:00 horas se prosiguió la marcha, hacía Mitobamba, fundo situado en la rivera opuesta del riachuelo que corre bajo Chullín, propiedad de la familia Sifuentes. Al abandonar Chullin, el General ordenó fusilamiento de un desertor. Hubo grata atención en Mitobamba, hecho que el General Cáceres recordaría por su singularidad: "Yo, mis ayudantes y los jefes que me acompañaban, fuimos agasajados con un suculento almuerzo, el primero y último que tomé en el largo trayecto de Yungay a Huamachuco. Sus propietarios, el señor y la señora Sifuentes, esmeraron sus atenciones para con nosotros, y luego partimos, muy agradecidos, en pos de las tropas". En este mismo lugar Cáceres ordenó al subprefecto Delgado que le solicitó en vano seguir con el ejército, regresar a Pomabamba con la misión de observar los movimientos que pudiese efectuar el enemigo por esa zona y apresar a los desertores Marticorena y Patrón. A todo esto, el coronel Recavarren siempre en vanguardia con el destacamento del Norte, se hallaba ya camino con destino a Urcón. Siendo las 15:00 horas del mismo 28 de junio el ejército del Centro ingresó en Andaymayo; hacienda de los Cisneros, adeptos al traidor de Cajamarca Miguel Iglesias Pino, donde el General Cáceres y sus tropas fueron tratados con total indiferencia y de manera miserable, a pesar de estos inconvenientes, Cáceres decidió pasar allí la noche, pues hasta la lejana localidad de Urcón no había otro sitio adecuado para descanso de las tropas. Inexplicablemente, en Andaymayo Cáceres recibió una nota firmada por el coronel Recavarren, donde se recomendaba no perjudicar a la hacienda, tan absurda solicitud, apuntó Pedro Manuel Rodriguez.
El día viernes 29 de junio, siendo las 08:00 horas, se emprendió la marcha con destino a Urcón. Desgraciadamente 70 mulas quedaron completamente aniquiladas por el cansancio y hambre no pudieron ya ponerse en pie, razón por la que hubo de dejarse en Andaymayo, en este lugar bajo recibo quedó todo el archivo de Cáceres, algunos de sus instrumentos personales y varias cargas de municiones. Queda demostrado que en la zonas del Norte entre Ancash y parte del departamento de la Libertad el grueso poblacional y los hacendados se mostraron totalmente indiferentes con la causa nacional, no hubo apoyo con animales de carga para transporte de municiones y piezas de artillería, nadie se presentó como voluntario a las filas de los patriotas, esa es la lógica consecuencia de la indiferencia mostrada por los hacendados de esa zona de los Conchucos que en su mayoría ya se habían plegado a las causas de derrotismo del traidor Miguel Iglesias Pino. Siendo las 17:00 horas de ese 29 de junio, el ejército del Centro llegó a Urcón, hacienda de los Therry, que se hallaba ausente. Allí se encontró al destacamento del Norte al mando del coronel Recavarren, cuyas patrullas de exploradores se movían más allá de Pallasca, procurando informarse del movimiento del enemigo. Fue realmente inconcebible la forma en que el mayordomo de los Therry, fiel adepto del traidor Miguel Iglesias Pino, trató como enemigo a las fuerzas patriotas; resulta increíble que Cáceres, no obstante ser tratado como enemigo, se inhibiese de proceder con rigor, como lo exigían las circunstancias de guerra. Como es de conocimiento general en su “Proclama de Montán” del 31 de agosto de 1882, el General Miguel Iglesias Pino había aceptado la cesión territorial de Tarapacá, Taca y Arica y otras exigencias chilenas; mientras se producía la heroica resistencia patriótica, las predicas de "paz" del traidor de Cajamarca había calado hondamente en los terratenientes serranos y la clase dominante en crisis de identidad y patriotismo en todo el Perú. En diciembre de 1882 el general Miguel Iglesias convocó la Asamblea Constituyente de Cajamarca y con el apoyo de la clase dominante se hizo proclamar “Presidente Regenerador del Perú”. Por los motivos expuestos en Urcón los pobladores se negaron a brindar apoyo a las tropas del ejército del Centro, el mismo General Cáceres fue tratado en términos irrespetuosos.
El día sábado 30 de junio, durante la Tercera Etapa de la Campaña de la Breña, los exploradores patriotas llegaron a este bello distrito y retornaron donde el General Cáceres con la información de que las tropas chilenas al mando del coronel Alejandro Gorostiaga había entrado al distrito de Pallasca, tras doblegar a la resistencia guerrillera, cometiendo en venganza crímenes inauditos: "Las fuerzas chilenas saquearon las casas, incendiaron algunas, asesinaron a muchos vecinos, entre ellos dos niñas, y se llevaron preso a otros". El General Cáceres, sitió mucho por aquella población patriota que había sido arrasada a sangre y fuego, pero se felicitó de que al fin resurgiera valerosa la resistencia guerrillera. Ambas circunstancias exigían su pronta marcha sobre el enemigo, y a fin de acortar la distancia que lo separaba de él, proyectó entonces el avance por la cordillera, hacia Conchucos. A las 07:00 horas de 30 de junio la hueste patriota dejó Urcón y tomó la difícil ruta de alturas que llevaba al distrito de Conchucos.
viernes, 1 de septiembre de 2017
SEÑORA ANTONIA MORENO LEYVA CAMPAÑA DE LA BREÑA (1881 - 1883)
viernes, 25 de agosto de 2017
DESPLAZAMIENTO DEL EJÉRCITO PERUANO DESDE YUNGAY A POMABAMBA CAMPAÑA DE LA BREÑA JUNIO DE 1883
El día jueves 21 de junio, en la mañana, en el distrito de Yungay, el Ejército procedente de Tarma al mando de Cáceres con 2240 hombres, en su mayoría con experiencia de combate, armados con fusiles muy anticuados; y el Ejército del Norte al mando del coronel Isaac Recavarren con 830 hombres en base a la tropa ancashina, sin experiencia de combate, pésimamente mal armados, en su mayoría conformado por campesinos analfabetos, mal entrenados, con sus vestimentas de bayeta y ojotas, armados con rejones, lanzas y machetes. Unidos forman un ejercito de 3070 hombres de las tres armas. Libres de la persecución chilena por los tres frentes, iniciaron el desplazamiento por un camino empinado y pedregoso con destino a la quebrada de LLanganuco, ubicado a 25 kilómetros de distancia. Este hermoso escenario natural se encuentra en un estrecho valle glaciar, entre los Nevados Huascarán (6768 metros de altura) y Huandoy (pico sur 6,160 metros de altura). La hermosa quebrada de LLanganuco, se encuentra a 4600 metros de altura sobre nivel del mar y comprende dos lagunas: Chinancocha (laguna hembra) y Orcococha (laguna macho). Durante el desplazamiento del ejército patriota desde el distrito de Yungay el mayor obstáculo fue el terreno empinado, montuoso y muy pedregoso, sobre todo entre los sectores del caserío de Huashao, donde los aguerridos combatientes de la Breña no se doblegaron, se desplazaron con la moral al tope para pasar el temido sector conocido como la "Calzada de Barbacoas". El General Cáceres abandonó el distrito de Yungay después de cuatro horas, pero tomó rápidamente la delantera gracias a la agilidad y fuerza de su caballo "elegante" y ordenó descanso a sus Tropas en el caserío denominado Antuco, al pie del imponente masa de hielo de la Cordillera Blanca, al respecto escribió el combatiente huamachuquino don Abelardo Gamarra lo siguiente: "El nevado Huascaran permanece cubierto de su eterno manto de nieve secular y de aspecto salvaje, lúgubre y sombrío, con oscuros grupos graníticos, que se elevan cortados a pico en medio de estos desolados páramos".
Al reanudarse el desplazamiento ingresaron en un estrecho valle glaciar, un estrecho desfiladero trabajado sobre inmensas rocas cortadas casi a pico, que conducía a la cabecera de las hermosas lagunas de LLanganuco,
teniendo a la izquierda los nevados de Huandoy y a la derecha los nevados de
Huascarán. Luego continuaron el recorrido por el estrecho sendero bordeado las lagunas, siguiendo una senda estrecha abierta en
las rocas, camino abierto por la fuerza del hombre en base a puntales de
barreno de acero, y que tiene a un lado las peñas y al otro las profundas
lagunas. Pese a las grandes dificultades en el camino tan estrecho, los combatientes lograron pasar con éxito la artillería y el ganado. Aquella tarde el General Cáceres quedó en
la retaguardia en previsión de que el personal enemigo, por lo menos sus exploradores,
los hubiesen seguido. Allí permaneció el General toda la noche, soportando los
rigores del frío y de hambre: Relacionado a este desplazamiento en sus memorias el General dijo lo siguiente: "Yo con mi escolta pernocté en el lado occidental para atender a las emergencias que pudieran sobrevenir. Pasamos la noche sin comer, por carecer de víveres, los cuales no pudieron ser adquiridos con la debida anticipación por carecer de fondos para ello". El personal de Tropa con sus respectivos Oficiales habían acampado en la parte oriental, en la cabecera de las lagunas, tampoco probaron alimentos. Cuando todas las fuerzas patriotas ocuparon la cabecera de la laguna de Llanganuco denominado (orco cocha) laguna macho, en la tarde del 21 también dinamitaron el camino estrecho abierto entre las rocas en las inmediaciones de la laguna, de esta manera dejó aislado a las fuerzas del coronel Arriagada que ya se encontraba en el distrito de Carhuaz, donde recibió la falsa información de que las fuerzas al mando del General Cáceres contramarchaban hacía el Sur y como consecuencia abandonó la persecución. Las fuerzas de Arriagada, engañados, desorientados y desmoralizados retornaron a Huaraz, donde descansaron algunos días, luego retornaron hacía el centro del Perú.
A medida que progresaba el ascenso, sólo el elemento humano conservaba invariable ánimo, fuerzas y voluntad para seguir adelante, pues allí pereció asfixiada una buena parte de los animales de carga, entre caballos y mulas. Relacionado a este difícil desplazamiento también escribiría el combatiente huamachuquino don Abelardo Manuel Gamarra Rondó, conocido con el seudónimo de "El Tunante", quién anotó lo siguiente: "Nuevamente toda la oficialidad debió desmontar, para que sus cabalgaduras sirviesen en el transporte de municiones y armas. Al hacerse la subida más empinada y el camino más estrecho y en escalones, hubo necesariamente que seguir a pie, llevando de las riendas las pocas acémilas que se conservaban. En tales condiciones hubo de abandonarse parte del parque, porque fue imposible continuar transportarlo". En sus memorias el General Andres Avelino Cáceres Dorregaray, anotó: "Penosa y difícil fue la ascensión de esta cordillera, varias bestias con jinetes y otras con carga se desbarrancaron, precipitándose con rapidez extraordinaria por entre las profundidades de esas escarpadas rocas, sin esperanza alguna de salvación. Las dificultades y peligros aumentaron a medida que más se aproximaba el ejército a la cumbre. Los senderos eran cada vez más estrechos e inseguros, la respiración difícil, la visión atormentada por el "surumpe", el cansancio grande y el malestar de cuerpo enorme. Pero nuestros soldados todo lo vencieron y mediando la tarde alcanzaron la cumbre de la inmensa montaña de la Cordillera Blanca de Huascaran y Huandoy". En efecto, siendo las 13:00 horas, bajo inmenso cielo azul y tarde soleada la esforzada hueste patriota completaba la hazaña, entre cánticos y gritos de victoria llegó a la cumbre Portachuelo, según relató el combatiente don Abelardo Gamarra, participante de la gloriosa jornada: "Nuestra entusiasta y viril tropa, compuesta de robustos y expertos mestizos, dominó la cumbre de imponente y enhiesto Llanganuco; todos alegres, cantando, llena de entereza y bizarría, sin doblegarse a la fatiga ni a la severidad, nadie presentó siquiera síntomas del temible "soroche", en todo momento siempre permanecieron en condiciones de entrar combate. Pocos ejércitos del mundo en su historia habrán atravesado una montaña de la elevación de Llanganuco, sobre todo del sector conocido como Portachuelo".
El día viernes 22 de junio de 1883, siendo las 13:00 horas, el Ejército del Centro pasó desde el Callejón de Huaylas con destino al Callejón de los Conchucos, en esos momentos difíciles para la patria no hubo tregua en la marcha y se prosiguió hacia la hacienda Tingo de la familia Calonge, pasando frente a los cerros Omocucho y Santa Isabel para plantar campamento una legua antes de esta hacienda, a punto de caer la noche. El General Cáceres, que marchaba a la retaguardia y por la izquierda, llegó al campamento siendo las 21:00 horas, y tras un breve descanso continuo hacia Tingo, aprovechando la luz de la luna, entrando en ese pueblo cercana a la medianoche.El día sábado 23 de junio, en horas de la madrugada, en circunstancias que las tropas ingresaban en la hacienda Tingo, se le presentó al General Cáceres un joven patriota procedente de la provincia de Huari, apellidado López, portador de un paquete de comunicaciones que con sus guerrilleros había logrado decomisar diversos sobres con los correos del Coronel chileno Marco Aurelio Arriagada que procedían de la ciudad de Huaraz; por las informaciones obtenidas a través de estos mensajes decomisados, se confirmó de que el plan chileno fue encerrar a las Tropas peruanas por tres frentes en el distrito de Yungay en el callejón de Huaylas. En recompensa por sus servicios prestados López fue nombrado Comandante Militar de la provincia de Huari. Tras consumir un reconfortante rancho en la hacienda de Tinco, siendo las 08:00 horas, se reanudó la marcha hacia el distrito de LLumpa por la quebrada llamada "Demanda". Pernoctaron en la hacienda de la familia Roca, cercana a este pueblo, donde fueron bien atendidos; pero la Tropa tuvo que permanecer en pie al desatarse un persistente aguacero.
El día domingo 24 de junio, siendo las 08:00 horas, el General Cáceres y sus ayudantes se adelantaron al caserío de Seccha, hacienda ubicada sobre los 2400 metros sobre el nivel del mar, donde residían la familia del hacendado Roca, quienes brindaron cordial acogida al General. Allí se esperó al grueso del Ejército, que entró poco después sin haber sufrido contratiempo. Esa noche siendo las 23:00 horas, llegó a Seccha el piquete de caballería comandado por los coroneles Alcázar, y la Puente quedó en el distrito de Llumpa en misión de observación y/o vigía. Dichos jefes trasmitieron la alarmante noticia de que el enemigo había llegado a la hacienda Tingo. El General Cáceres dudó del informe y al recabar detalles, los mayores Zavala y Urbina dejaron en claro que solo se había visto a unos 100 hombres con poncho, unos montados y otros a pie, que por hallarse bastante lejanos no se pudo precisar si se trataba de chilenos aliados con partidarios del traidor Miguel Iglesias Pino o simplemente paisanos de la zona. De cualquier forma, no se podían correr riesgos y de inmediato el General Cáceres dio orden al coronel Borgoño de contramarchar con el batallón Zepita hasta situarse en las alturas de Cruz Jirca, como avanzada, en tanto que el batallón Tarapacá, al mando del coronel Espinoza, saldría a tomar posiciones en la orilla opuesta del río Seccha, como segunda línea de resistencia, mientras el resto del ejército se trasladaba a Acobamba. Además el coronel Leoncio Prado Gutierrez bajaría hasta Llumpa, para averiguar lo que hubiera de cierto y proteger el traslado del parque que veía bastante retrasado. El día lunes 25 de junio, siendo las 09:00 horas, en Acobamba, luego de comprobarse que la alarma había sido infundada, pues los presuntos enemigos no eran otros que pacíficos lugareños que, en número de ciento, iban del distrito de Yanama a la hacienda Tingo, con el objeto de recoger las municiones dejadas en la cordillera y que el General Cáceres recomendó fueran a buscarlos; las huestes patriotas pasaron la noche en este lugar para recuperar energías.
El día martes 26 de junio, siendo las 06:00 horas, las fuerzas patriotas dejaron Acobamba; cruzaron el río, tras dos horas de tranquila marcha llegaron al distrito de Pomabamba capital de la provincia del mismo nombre. En este distrito fueron recibidos por el subprefecto Mariano Delgado, quien sobreponiéndose a la pobreza y todas las limitaciones económicas mandó preparar rancho para el personal de Tropa, cuyo campamento se plantó en la plaza, soportando por la tarde una lluvia intensa. Un día duró allí el descanso, y hubo oportunidad para que el secretario Daniel de los Heros, emocionado por la extrema pobreza de Pomabamba, filosofara sobre la realidad y el destino del país: "Esta población bastante miserable, revela el estado de atraso en que se encuentran generalmente los pueblos del interior y la necesidad de que los poderes del Estado se ocupen seriamente de su mejora, principiando por el fomento de la instrucción primaria que tanto se ha descuidado, a pesar de las inmensas riquezas de que se ha dispuesto y las instituciones liberales que nos rigen, desde la época de la independencia. Es necesario que todos comprendan, que sin instrucción primaria no hay república, ni adelanto posible, y si después de los desastres que hemos sufrido no se pone particular interés en que se fomente la instrucción popular por toda clase de medios y haciendo clase de sacrificios, el Perú no se levantará de la postración en que se encuentra, y más tarde, quizá experimentares mayores males". Dichas reflexiones, increíblemente, mantienen total vigencia en el Perú de nuestros días, a 134 años de la Campaña de la Breña.
En Pomabamba, el General Cáceres nada supo sobre el movimiento de las fuerzas del ejercito chileno al mando del coronel Marco Aurelio Arriagada, pero por las comunicaciones interceptadas al enemigo era posible creer que desde la ciudad de Huaraz se retiraba hacía el Sur, como sucedió en efecto. Y del coronel Alejandro Gorostiaga se supo que a su vez contramarchaba al Norte, convirtiéndose de perseguidor en perseguido. Así, pues, la retirada de las huestes patriotas había concluido, porque burlando al enemigo, el General Cáceres se hallaba nuevamente en posición de ataque.
viernes, 4 de agosto de 2017
LA HISTORIA DEL PATRULLAJE CONTRASUBVERSIVO EN ALTO SAPOSOA HUALLAGA SAN MARTIN OCTUBRE 1994
La memoria de un soldado de
verdad no se borra con el paso de los años; se asienta en la piel como las
cicatrices de la maleza. En el año 1994, entre el primero de junio y el treinta
de octubre, el destino del suboficial “Diego” estuvo marcado por cinco meses de
despliegue ininterrumpido en la Base Contrasubversiva del distrito de Agua
Blanca, en la provincia de El Dorado, departamento de San Martín. Eran tiempos
donde la selva alta respiraba peligro y los reportes del Servicio de
Inteligencia alertaban con insistencia sobre la presencia de columnas armadas
del Partido Comunista del Perú - Sendero Luminoso atrincheradas en las alturas
del sector Mina de Sal.
Con la misión clara de
neutralizar la amenaza mediante emboscadas y patrullajes de reconocimiento, la
patrulla contrasubversiva se internó en el monte en dos oportunidades. Al mando
de la fuerza se encontraba un oficial comando, un teniente del Ejército que
operaba bajo el seudónimo de "Marte". Bajo sus órdenes marchaban
cuarenta hombres de tropa del Servicio Militar Obligatorio: soldados nativos,
hombres nacidos en la propia Amazonía que conocían el secreto de cada árbol y
la profundidad de cada quebrada. El itinerario de combate los llevó a cruzar a
pie firme el sector Mina de Sal, las zonas del distrito de Pasarraya, San
Francisco, el Centro Poblado Mayor de Rejis, el imponente cerro Sica Sica,
Fausa Sapina, Fausa Lamista, Santa Rosa y los indómitos sectores del distrito
de Alto Saposoa, en la provincia de Huallaga.
El teniente "Marte"
era un hombre temperamental, un oficial de primera línea tocado por la paranoia
y la genialidad que imprime la guerra en la mente de los comandos. Solía
comentar con gravedad que un antiguo técnico de comunicaciones del Ejército se
había pasado a las filas subversivas y, conociendo los códigos castrenses, se
dedicaba a interceptar las comunicaciones de la red de Alta Frecuencia (HF) de
las patrullas operativas. Con ese argumento, "Marte" ordenó que el
suboficial “Diego” se trasladara de inmediato a la base militar del distrito de
San José de Sisa para ejecutar un mantenimiento preventivo de urgencia a los
equipos de radio y orientar con precisión la antena dipolo del equipo de radio
Thomson TRC-340.
Durante los siete días que
duró aquel trabajo técnico especializado en San José de Sisa, el personal de
tropa compartía en voz baja las excentricidades del oficial comando. Los
muchachos de la selva contaban que, al caer la noche profunda, el teniente salía
a los servicios higiénicos del base completamente armado, con el fusil FAL en
la mano y el dedo en el disparador, listo para repeler un ataque sorpresa. Hubo
madrugadas en las que incluso se le vio caminar por el recinto cargando un
lanzacohetes RPG al hombro, en un estado de alerta perpetua que solo entienden
quienes han sentido de cerca el aliento del enemigo oculto en la oscuridad de
la selva.
Aquellos sucesos, que hoy se leen como anécdotas y recuerdos de un tiempo memorable, representan la verdadera historia de una juventud entregada a la patria, marchando por trochas invisibles y cruzando ríos profundos a la caza de la subversión. Hoy, con los años encima y las condecoraciones bien ganadas, el suboficial “Diego” contempla el presente desde la distancia de su retiro. Mira al Ejército actual, gobernado por modernas normas de escritorio y corrección política, y no puede evitar sonreír con nostalgia y orgullo por aquellos viejos hechos del ayer. El tiempo puede ser ingrato con los hombres, pero los ríos de San Martín y el eco de las radios HF Thomson en la inmensidad del monte guardarán para siempre el paso de los verdaderos soldados de la nación de próximo QRX.

En la segunda semana de
octubre de 1994, la patrulla recibió la orden de marchar hacia el sector más
peligroso del sur de Agua Blanca. Allí se alzaba una cadena de montañas
imponente y empinada, coronada por una mina de sal que los pobladores locales
explotaban para su consumo. Era un territorio de geografía hostil, cubierto por
una vegetación densa y surcado por trochas ancestrales que los combatientes de
Sendero Luminoso utilizaban como rutas de tránsito. Los informes de
inteligencia eran categóricos: una columna subversiva operaba en las alturas.
Para el despliegue, la patrulla de cuarenta soldados del Servicio Militar
Obligatorio fue reforzada por cinco ronderos civiles del pueblo, hombres recios
que cargaban a la espalda las municiones de reserva, las granadas y las
provisiones, armados apenas con sus escopetas de caza.
Al iniciar el ascenso, el
suboficial “Diego” asumió la responsabilidad más peligrosa de la patrulla:
marchar como hombre en punta. Avanzaba cien metros adelante de los grupos de
asalto, abriendo camino en la densa maleza, seguido a solo diez metros por un
sargento segundo. Ser el hombre en punta en la selva significa caminar con la
muerte al hombro. En ese terreno sinuoso, el suboficial avanza y marcha en
absoluta desventaja; el adversario, agazapado en una posición defensiva, cuenta
con cubierta y abrigo, observando todo sin ser visto. Un francotirador enemigo
apostado estratégicamente en esas cumbres no falla; elimina su objetivo en
cuestión de segundos. El encuentro inopinado es la norma, y el primero en caer
siempre es el que abre la marcha. A pesar de su fortaleza física, las piernas
del suboficial flaqueaban ante la pendiente interminable. El cansancio
entumecía sus músculos, pero la mente se mantenía tensa, alerta al menor
crujido de las ramas. Superando el desgaste y el miedo, lideró el ascenso hasta
que, gracias a Dios, los cuarenta y siete hombres coronaron la cumbre más alta
sin novedad.
A las 14:30 horas, la patrulla
ocupó una loma protegida por árboles gigantescos para recuperar el aliento.
Mientras los soldados descansaban, los ronderos se internaron brevemente en el
monte y, con la destreza propia de los hombres de la selva, cazaron cuatro
paujiles, aquellas aves negras de cresta vistosa y pico rojo que asemejan a un
pavo silvestre. En pocos minutos los pelaron y los prepararon a la brasa sobre
las brasas ocultas. Con esa carne fresca, la patrulla entera se alimentó,
compartiendo un momento de camaradería bajo un sol que aún entibiaba la tarde.
Decidieron pasar la noche en
la cima, protegidos por el dosel de la selva. Improvisaron refugios tendiendo
ramas sobre el suelo y cubriéndose con plásticos que hacían las veces de
ponchos de jebe. Sin embargo, a la una de la mañana, el cielo de San Martín se
rompió. Un diluvio torrencial, una cortina de agua imparable, cayó sobre la
cumbre destruyendo las frágiles hojas de árboles. En menos de cinco minutos,
con los uniformes completamente empapados, los hombres de la patrulla se
pusieron de pie en medio de la oscuridad. Aseguraron las mochilas y cubrieron
los cañones de los fusiles con bolsas de plástico para proteger los mecanismos
del agua. La orden fue iniciar el descenso inmediato por una trocha angosta que
corría al borde de acantilados profundos, con abismos de más de mil metros que
caían hacia el distrito de Pasarraya, en el Alto Saposoa.
La oscuridad era absoluta. Los
manuales de táctica redactados en los escritorios de Lima prohibían
estrictamente encender luces para no delatar la posición ante el enemigo. Pero
en el fango de la realidad, aquellas normas mediocres se rompieron por instinto
de supervivencia. De no haber sido por los haces de las linternas de mano,
muchos soldados habrían rodado hacia el vacío, hacia abismos donde el rescate
de los restos habría sido imposible. Con los plásticos protegiendo las
mochilas, la columna avanzó a un ritmo lento, guardando una distancia de medio
metro entre hombre y hombre.
El terreno se había convertido
en una trampa resbaladiza donde corría el agua, rodaban piedras y los inmensos
árboles caídos se cruzaban como obstáculos de una pista de combate real. En
esas condiciones extremas, sin ponchos de jebe reglamentarios ni un bolsón de
primeros auxilios para atender un accidente, el oficial arengó a la tropa en
plena marcha. Recordó las crudas palabras del instructor Gamboa en La ciudad
y los perros, aquella frase que todo soldado peruano lleva grabada en el
alma: "El arma nunca debe caer al suelo. Es preferible romperse la cara
antes que soltar el fusil. Para el soldado, el arma es tan importante como sus
propios huevos. ¿Usted cuida mucho sus huevos, soldado?". Con esa
misma advertencia, transmitida de viva voz bajo la tormenta, los muchachos
aseguraron los correajes y apuntaron los cañones hacia abajo para evitar que se
inundaran.
Paso a paso, aferrados a su armamento y desafiando al barro y al abismo, la patrulla avanzó en la noche. Eran hombres de hierro formados en el rigor de un Ejército que no conocía de concesiones, cumpliendo la misión en el límite de la vida y la muerte, donde el fusil y el honor eran lo único que quedaba en pie.
las seis de la mañana, la patrulla
inició el descenso final. El agotamiento y el hambre mordían el estómago de los
cuarenta y siete hombres. Al cruzar una chacra de la zona, la desesperación
pudo más que la prudencia; varios soldados se arrojaron sobre unas plantaciones
de piña verde. Las comieron con ansias, ignorando el rigor del fruto ácido que
a los pocos minutos les provocó un doloroso sangrado en la lengua. Nadie se
quejó; el hambre de campaña no era para poca cosa.
Continuaron la marcha cuesta
abajo y, exactamente a las 07:45 horas, el imponente terreno se abrió para
mostrar el lado este del distrito de Pasarraya. El hermoso valle amaneció
envuelto en una densa neblina que abrazaba la selva baja, mientras a lo lejos
se escuchaba el rugir sordo, amenazante y turbulento del río Saposoa, una
barrera de agua que los separaba de su destino.
En medio de la densa
vegetación, la patrulla descubrió dos casas rústicas con techos de hojas de
plátano. El lugar estaba desierto. Los ocupantes, presuntos narcotraficantes,
habían escapado precipitadamente ante la inminente llegada de la patrulla del
Ejército, dejando atrás un enorme cargamento de hojas de coca en proceso de
secado, tres sacos de arroz de primera calidad y quince gallos de pelea en sus
corrales. Aquella mañana, los animales se convirtieron en el sustento de la
tropa. Todos los gallos terminaron en las ollas de campaña. Tras el suculento
banquete con caldo de gallo, los cinco ronderos civiles, habiendo cumplido con
creces su misión, se despidieron para emprender el retorno a Agua Blanca.
La patrulla descansó el resto
del día en el inmueble abandonado para recuperar las fuerzas tras el brutal
desgaste físico. Al caer la noche, la alerta se mantuvo al máximo: nadie se
quitó el uniforme ni los borceguíes. A las dos de la mañana, el silencio de la
selva fue roto por el zumbido de un motor aéreo. Una avioneta apareció de la
nada, sobrevolando el valle en círculos concéntricos mientras iluminaba el
terreno con potentes reflectores. No había dudas: era un vuelo del
narcotráfico.
Bajo una oscuridad total, el
teniente "Marte" ordenó formar de inmediato. La patrulla se desplazó
a paso largo a través de una trocha barrosa y cubierta por el monte con
dirección al aeropuerto informal del Centro Poblado Mayor de Rejis. Al llegar a
la orilla del Saposoa, el panorama era desolador. Debido al diluvio de la
madrugada anterior, el río bajaba crecido, turbulento y con una fuerza interna
imponente. En un pequeño puerto natural encontraron una precaria balsa
fabricada con troncos de madera de topa. Sin pensarlo dos veces,
"Marte" amarró una soga de sesenta metros a la embarcación y,
completamente uniformado y armado, se lanzó al agua turbulenta. Nadó en la
negrura absoluta hasta alcanzar la orilla opuesta, desde donde aseguró la línea
y ordenó el cruce.
Los clases y soldados del
Servicio Militar Obligatorio, legítimos hijos de la selva y expertos nadadores,
cruzaron el río de cinco en cinco, flotando sin titubeos con el uniforme puesto
en un tramo de sesenta metros de oscuridad. Mis respetos para esa tropa de la
selva.
El suboficial “Diego” se quedó
en la orilla inicial junto a ocho soldados, con la misión de asegurar el equipo
pesado sobre la balsa de topa. Mientras los muchachos amarraban con fuerza los
fusiles, las mochilas, la ametralladora MAG, el lanzacohetes RPG y el pesado
equipo de radio Thomson TRC 340, el pánico se apoderó de la mente del suboficial.
El miedo humano, aquel que no entiende de grados ni galones, le oprimía el
pecho. “Son más de sesenta metros en la oscuridad más absoluta”, se
repetía a sí mismo. Casi se orina de miedo en ese instante de desesperación.
Tratando de buscar un asidero
de valor, su memoria viajó en el tiempo. Recordó sus años de adolescente,
cuando nadaba más de cien metros en la profunda represa de la hacienda agrícola
Santa Rosa en Sayán, al norte de Lima; evocó también los remolinos traicioneros
del río Pallar en Huamachuco, donde se sumergía junto a sus amigos de infancia.
Aquellos recuerdos llegaron como un acicate para el espíritu, pero la realidad
era ingrata: los años habían pasado y el entrenamiento básico de piscina de
veinticinco metros que da el cuartel no servía para enfrentar la furia de un
río amazónico en tinieblas. Pensó en subirse a la balsa sobre el armamento,
pero la vergüenza ante sus subordinados fue mayor que el temor. Un superior
jamás justifica el miedo ante la tropa.
Cuatro soldados se colocaron a
cada lado de la topa para custodiar el cargamento. Desde la otra orilla, la voz
de "Marte" ordenó el paso y el grueso de la tropa comenzó a jalar la
soga con fuerza colosal. En un acto de pura desesperación, el suboficial “Diego”
se arrojó al agua turbulento, se colgó de la retaguardia de la balsa y aferró
sus manos a una soga gruesa entre las crucetas de la madera. No la soltó por
nada del mundo. El río los arrastró mientras la tropa tiraba desde el otro lado
de la orilla.
Cuando la balsa encalló en el
barro de la ribera opuesta, la confusión de la noche impidió que lo vieran
salir de inmediato debido a la estrechez del desembarcadero y la oscuridad.
—¿Dónde está el suboficial? ¿Dónde está el suboficial? —gritó alarmado el
teniente "Marte" en la oscuridad.
El suboficial emergió del
lodo, respirando agitado, pero con el honor intacto. Con el uniforme empapado,
el grupo recuperó sus mochilas y armamento. Sin perder un minuto, el suboficial
volvió a ocupar su puesto de peligro: marchó nuevamente como hombre en punta.
Bajo una caminata forzada por un camino hostil y cubierto de fango, la patrulla
rompió filas en el aeropuerto informal del Centro Poblado Mayor de Rejis a las
06:40 de la mañana. No hallaron rastro de la aeronave. Los presuntos narcos
habían escapado.
Aquel desplazamiento nocturno había sido un error táctico tremendo, una orden arriesgada en los límites de la imprudencia. Pero el destino no se equivoca; por alguna misteriosa razón el río perdonó la vida de sus hombres, permitiendo que hoy, décadas después, el suboficial “Diego” pueda sentarse frente al papel a rescatar del olvido los días en que el valor y el acero se forjaban en la oscuridad de la selva peruana.
La marcha de aquellos ocho
días fue una vuelta completa a un infierno verde que abarcó Mina de Sal,
Pasarraya, Rejis, San Francisco, Fausa Lamista, Fausa Sapina y Santa Rosa. Pero
fue en el descenso del imponente Cerro Sica Sica donde la patrulla chocó de
frente con la cruda realidad del circuito del narcotráfico que financiaba la
subversión. En medio de la espesura, los cuarenta y siete hombres sorprendieron
un campamento clandestino de cocaleros en plena actividad. Tres pozas de
maceración rebosaban de hojas de coca mezcladas con queroseno y otros insumos
químicos para la elaboración de pasta básica de cocaína.
La jefa del negocio era una
mujer de contextura gruesa, natural del departamento de Piura, al igual que la
mayoría de sus peones. Al verse acorralada por los fusiles del Ejército, la
astuta piurana intentó "arreglar" la situación apelando al viejo
recurso del soborno. Afirmó que no tenía dinero en efectivo porque, según su
versión, el personal de tropa le había robado seiscientos dólares americanos
durante el registro de las chozas. Ante la gravedad de la acusación, el
suboficial “Diego” ordenó formar de inmediato a toda la tropa en una línea
perfecta para que la mujer identificara al presunto ladrón. La señora caminó
lentamente delante de los soldados, mirándolos de cerca uno por uno, pero su
artimaña se desmoronó ante la falta de pruebas; solo atinaba a repetir con
nerviosismo: "Uno de ellos ha sido, uno de ellos ha sido...".
Al descubrirse la falsedad del
reclamo y ante las amenazas verbales que comenzó a lanzar la mujer, el teniente
"Marte" ordenó prender fuego a las tres pozas de maceración. El humo
negro y espeso se elevó sobre el dosel de la selva mientras se procedía a la
detención de diecinueve personas: la jefa piurana —quien cargaba en brazos a un
bebé de un año—, tres mujeres trabajadoras también con hijos menores, y quince
peones agrícolas. El traslado de semejante columna humana a través del monte se
convirtió en una procesión penosa. Los detenidos marchaban a pie cargando sus
propias mochilas, bidones, ollas y platos. Los niños lloraban por el cansancio
y las mujeres sufrían el rigor de las trochas resbaladizas. Esa tarde llegaron
a un centro poblado mayor cuyo nombre el tiempo ha borrado de la memoria; los
diecinueve prisioneros pasaron la noche bajo estricta custodia cerrados en el
local comunal, mostrando rostros sombríos donde se adivinaba el peso del
arrepentimiento.
Al día siguiente, a las seis
de la mañana y con el estómago vacío por la falta de rancho, la patrulla y los
civiles reiniciaron la extenuante caminata. Nueve horas después, a las 15:00
horas, el grupo alcanzó exhausto el cruce de la carretera entre Santa Rosa y
Fausa Lamista. Las mujeres con sus hijos en brazos ya no podían dar un paso
más. El suboficial “Diego”, haciendo gala de la iniciativa y la autoridad que
el uniforme imponía en aquellos años de emergencia, tomó a dos sargentos y
avanzó a paso ligero hasta el paradero del distrito de Santa Rosa. Allí divisó
cuatro camionetas 4x4 y quedaron requisados.
Con paso firme y rostro
adusto, el suboficial intervino a los choferes solicitando de inmediato sus
documentos de identidad y los del vehículo. Era una táctica de presión; en
aquellos tiempos de guerra interna, la presencia militar inspiraba un respeto
absoluto y los civiles obedecían las órdenes sin murmullos ni dilaciones.
—Síganme al cruce. Tenemos personal herido y niños que no pueden caminar. En la
Base Contrasubversiva de Agua Blanca les devuelvo todos sus documentos —ordenó
el suboficial con voz de mando.
Los conductores acataron en
silencio. Las cuatro camionetas llegaron al cruce vial, donde se embarcó
rápidamente a la patrulla, a los quince peones y a las mujeres con sus hijos.
Gracias a esa requisa temporal de transporte, la misión concluyó con éxito esa
misma tarde al ingresar los vehículos por el portón de la Base de Agua Blanca.
Cumpliendo la palabra empeñada, el suboficial devolvió las pertenencias a los
cuatro choferes, quienes se retiraron de la base sin contratiempos. Al amanecer
del noveno día, los diecinueve detenidos fueron puestos a disposición de la
Fiscalía en la ciudad de Tarapoto, bajo la custodia de otros efectivos cuyos
seudónimos la neblina del tiempo ha terminado por ocultar.
El suboficial “Diego” cierra hoy su bitácora de memorias, pidiendo disculpas si el paso implacable de los años ha alterado alguna palabra o el orden exacto de los nombres en esta crónica. Las trochas de San Martín, los abismos de Pasarraya, las aguas del Saposoa y el humo de las pozas del cerro Sica Sica quedan registrados no solo en estos párrafos, sino en la historia oficial de un país que se mantuvo en pie gracias al sudor y al coraje de sus hombres de armas.

















