La Marcha Nocturna al Cerro Coyonitas. - El 10 de julio de 1987 el viento del desierto de Lobitos soplaba y el norte peruano parecía querer tragarse
a los miles de hombres que avanzaban en la oscuridad del silencio. Los cuatro
batallones de infantería, el Grupo de Artillería N° 8, el Batallón de Servicios
y el de Ingeniería de Combate —la columna vertebral de la 8ª División de
Infantería de Lobitos— se habían convertido en una hilera de fantasmas. Al
frente de la división, el General Brigada Atilio Rojas Herrada sabía que el
desierto de Talara era un enemigo tan implacable como cualquier ejército
extranjero. El reto: cuarenta kilómetros a pie, a través de laberintos de arena
y sombras, con un único destino final: la conquista del cerro Coyonitas.
Eran las dieciocho horas
cuando el portón de la guardia de prevención del Batallón de Infantería
Motorizado «Iquique» N° 31 crujió al abrirse. El polvo ya flotaba en el aire
como una neblina sucia, suspendida por las botas de cientos de soldados. Al
cruzar el Puesto de Control N° 2, pisando la arena carrozable que conectaba con
la antigua Panamericana Norte, la noche cayó de golpe. No fue una transición
suave; fue un apagón que devoró la silueta de las lomas y sepultó la tenue luz
de las estrellas.
A la vanguardia, devorando
kilómetros con paso firme, marchaba el mayor Fidel Vivar Anaya. A su lado, el
operador de comunicaciones respiraba con dificultad bajo el peso del equipo.
Vivar era un jefe de los que ya escaseaban: campechano, de mirada franca, pero
con una autoridad de hierro que no necesitaba gritos para hacerse respetar. En
su mente, sin embargo, la procesión iba por dentro. Sabía que el éxito de la
infiltración dependía de un hilo invisible.
Pronto, el plan táctico
comenzó a fracturarse en la oscuridad. Las compañías empezaron a disgregarse,
tomando rumbos distintos por las quebradas profundas del terreno. En esos
cañones de tierra, el ruido del mundo desapareció. El silencio se volvió denso,
roto únicamente por el silbido agudo del viento y el latido acelerado en las
sienes de los soldados.
—Mantenga el paso, operador
—susurró Vivar, sin girar la cabeza—. Que no se estire la columna.
—Sí, mi mayor… pero la arena
está suelta. El terreno cede —respondió el soldado, acomodándose las correas
que le cortaban la circulación de los hombros.
A la espalda de la tropa, las
mochilas de combate se sentían cada vez más pesadas, como si se llenaran de
plomo con cada hora transcurrida. Cada compañía dependía por completo de su
operador de radio AN/PRC-77. Ese bloque de metal verde oliva, diseñado para
resistir los peores maltratos, era el único lazo que los unía a la cordura.
Pero el desierto jugaba con las frecuencias. Avanzar sobre aquellas dunas
inestables era una tortura psicológica: por cada dos pasos hacia adelante, la
arena deslizante te obligaba a retroceder uno. La boca, seca y pastosa, sabía a
metal, a fatiga, a miedo de quedarse rezagado. Las linternas estaban
prohibidas. Los visores nocturnos eran un lujo inexistente. La orden del
comando central resonaba en la cabeza de todos: disciplina de luces absoluta.
El enemigo simulado esperaba atrincherado en la cresta de Coyonitas, y
cualquier destello significaría la muerte ficticia de toda la unidad.
A la medianoche, el mayor
Vivar levantó la mano. La vanguardia se detuvo al unísono, como un solo cuerpo.
El oficial se arrodilló, encorvó la espalda y usó su propia casaca de combate
para tapar el exterior. Debajo del abrigo, en la más estricta penumbra,
encendió un segundo la brújula táctica. La aguja imantada fluctuó antes de
fijarse.
—Dos grados a la izquierda… —manifestó
para sí—. Este es el vector. Aquí deberíamos juntarnos con los fusileros y la
Compañía de Morteros.
Vivar se puso de pie y miró
hacia atrás. La Lomada estaba desierta. Aguzó la vista en la negrura, buscando
el destello de un casco o el roce de un uniforme. Nada. El desierto se había
tragado a sus hombres. Una punzada de angustia le recorrió el estómago. Sabía
que las lluvias del Fenómeno de El Niño de unos años antes habían dejado el
terreno plagado de hoyos ciegos y zanjas ocultas por la arena fina. En la
oscuridad, esos agujeros eran rompedores de extremidades. «Ya debemos tener
heridos», pensó con frustración, tragándose la saliva reseca.
Junto al personal de la
Compañía de Comando y Servicios, que conformaba su improvisado Estado Mayor,
Vivar ordenó reanudar la marcha. A las dos de la madrugada, las piernas ya no
respondían por reflejo, sino por pura inercia. El agotamiento físico había dado
paso a una bruma mental. Exhaustos, se desplomaron en una hondonada.
—¿Dónde estamos, mi mayor?
—preguntó el teniente Manuel Arroyo, con la voz quebrada por el frío que ya empezaba a
calarles los huesos.
Vivar miró a su alrededor. Las
dunas eran idénticas entre sí. No había puntos de referencia.
—No lo sé, teniente Arroyo. Estamos
perdidos —admitió el mayor en voz baja, sintiendo el peso del fracaso sobre los
hombros.
El operador de radio
interrumpió el tenso silencio. El auricular de la AN/PRC-77 emitía una estática
ensordecedora, interrumpida por voces distorsionadas y desesperadas.
—¡Aquí Delta! ¡No vemos nada!
¡Nos metimos en un callejón sin salida! ¡Repito, atrapados en una quebrada
profunda! —gritaba una voz al otro lado de la línea antes de disolverse en el
ruido blanco. El desastre táctico era total. La ceguera de la noche había
dispersado las piezas del tablero.
No había tiempo para
lamentaciones. El reloj corría y el frío de la madrugada ahora congelaba el
sudor en sus espaldas, un contraste brutal con el infierno de calor que habían
soportado doce horas antes. Volvieron a caminar. Las botas entraban y salían de
la arena fina en un ritmo hipnótico. En ese punto, la marcha ya no era una
prueba de fuerza física; era una guerra de desgaste entre la mente y el cuerpo.
El soldado que se dejaba vencer por el dolor de los pies heridos, se quedaba
atrás. Y quedarse atrás en esa inmensidad significaba desaparecer.
Cuando los primeros hilos
dorados del amanecer comenzaron a rasgar el horizonte, tiñendo el desierto de
un tono violáceo, la vanguardia del mayor Vivar alcanzó por fin la base del
cerro Coyonitas. El oficial miró hacia la cima asignada, pero en su rostro no
había alegría. Estaban solos. El objetivo militar estaba en ruinas.
Horas más tarde, las primeras
columnas de las otras compañías empezaron a materializarse en la distancia.
Avanzaban en un silencio sepulcral, como procesión de penitentes. Venían con
los uniformes rasgados, los rostros cubiertos de costras de polvo y los ojos
inyectados en sangre por el esfuerzo sobrehumano. Tenían la mirada fija en el
frente, vacía pero digna. Aquellos hombres habían derrotado al desierto en su
noche más hostil, habían sobrevivido a la sed y a las trampas de la arena; sin
embargo, el veredicto militar era inapelable: habían llegado demasiado tarde
para el asalto final. El enemigo simulado seguía dueño de la altura.

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