sábado, 22 de agosto de 2026

LA 8VA DIVISIÓN DE INFANTERÍA DE LOBITOS: MARCHA NOCTURNA PARA LA CONQUISTA DEL CERRO "COYONITAS"

La Marcha Nocturna al Cerro Coyonitas. - El 10 de julio de 1987, el viento del desierto del distrito de Lobitos soplaba con fuerza. El norte peruano, entre algarrobos y dunas, parecía querer tragarse a los miles de hombres que avanzaban en la oscuridad del silencio, con destino al cerro Coyonitas, ubicado en el distrito de El Alto, provincia de Talara.

Los cuatro batallones de infantería, el Grupo de Artillería N° 8, el Batallón de Servicios y el de Ingeniería de Combate —la columna vertebral de la 8ª División de Infantería de Lobitos— se habían transformado en una hilera de lobos del desierto. Al frente de la división, el General de Brigada Atilio Rojas Herrada sabía perfectamente que el desierto de Talara era un enemigo tan implacable como cualquier ejército extranjero. El reto era mayúsculo: cuarenta kilómetros a pie a través de laberintos de arena y sombras, con un único objetivo final: la conquista del cerro Coyonitas.

Eran las dieciocho horas cuando el portón metálico de la guardia de prevención del glorioso Batallón de Infantería Motorizado «Iquique» N° 31 crujió al abrirse. El polvo ya flotaba en el aire como una neblina sucia, suspendida por las botas de cientos de soldados. Al salir del cuartel, nos desplazamos al compás del ruidoso balancín petrolero, aquel armatoste que nosotros conocíamos simplemente como «el zancudo»; nos despedía con su vaivén eterno, extrayendo el crudo de las entrañas de la tierra mediante su sistema de bombeo. Luego cruzamos por la tranquera del polvoriento Puesto de Control N° 2, custodiado firmemente por un oficial y dieciocho soldados del Servicio Militar Obligatorio (SMO). Al pisar la arena carrozable y avanzar para poner nuestras botas en la antigua Panamericana Norte, la noche cayó de golpe. No fue una transición suave; fue un apagón rotundo que devoró la silueta de las lomas y sepultó la tenue luz de las estrellas.

A la vanguardia, devorando kilómetros con paso firme, marchaba el mayor de infantería Fidel Vivar Anaya. A su lado, el operador de comunicaciones respiraba con dificultad bajo el peso del equipo de radio AN/PRC-77 de fabricación israelí. Vivar era un jefe de los que ya escaseaban: campechano y de mirada franca, pero con una autoridad de hierro que no necesitaba de gritos para hacerse respetar. En su mente, sin embargo, la procesión iba por dentro; sabía que el éxito de la infiltración pendía de un hilo invisible.

Pronto, el plan táctico comenzó a fracturarse en la penumbra. Las compañías de fusileros empezaron a disgregarse, tomando rumbos distintos por las profundas quebradas del terreno. En aquellos cañones de tierra, el ruido del mundo desapareció por completo. El silencio se volvió denso, roto únicamente por el silbido agudo del viento que jugaba con las ramas de los algarrobos y por el latido acelerado en las sienes de los soldados.

En la mañana de aquel mismo día, de cara a las maniobras, cinco cadetes de infantería de la Escuela Militar de Chorrillos habían arribado procedentes de Lima para realizar sus prácticas profesionales. Sin preámbulos ni anestesia, cada uno fue asignado de inmediato a las compañías de fusileros. Jamás en sus vidas habrían imaginado semejante recibimiento: pocas horas después de pisar el norte, ya se encontraban junto con la Tropa marchando en la inmensidad de la noche piurana.

—Mantenga el paso, operador —susurró Vivar, sin girar la cabeza—. Que no se estire la columna.

—Sí, mi mayor… pero la arena está suelta. El terreno cede —respondió el soldado, acomodándose las correas que le cortaban la circulación de los hombros.

A la espalda de la tropa, las mochilas de combate se sentían cada vez más pesadas, como si se llenaran de plomo con cada hora transcurrida. Cada companía de fusileros dependía por completo de su operador de radio AN/PRC-77. Ese bloque de metal verde oliva, diseñado para resistir los peores maltratos, era el único lazo que los unía a los jefes de las companías para su reporte de sus ubicaciones bajo el silencio de la noche. Pero el desierto jugaba con las frecuencias. Avanzar sobre aquellas dunas inestables era una tortura psicológica: por cada dos pasos hacia adelante, la arena deslizante te obligaba a retroceder uno. La boca, seca y pastosa, sabía a metal, a fatiga, a miedo de quedarse rezagado. Las linternas estaban prohibidas. Los visores nocturnos eran un lujo inexistente. La orden del comando central resonaba en la cabeza de todos: disciplina de luces absoluta. El enemigo simulado esperaba atrincherado en la cresta de Coyonitas, y cualquier destello significaría la muerte ficticia de toda la unidad.

A la medianoche, el mayor Vivar levantó la mano. La vanguardia se detuvo al unísono, como un solo cuerpo. El oficial se arrodilló, encorvó la espalda y usó su propia casaca de combate para tapar el exterior. Debajo del abrigo, en la más estricta penumbra, encendió un segundo la brújula táctica. La aguja imantada fluctuó antes de fijarse.

—Dos grados a la izquierda… —manifestó para sí—. Este es el vector. Aquí deberíamos juntarnos con todo los fusileros y la Compañía de Morteros.

Vivar se puso de pie y miró hacia atrás. La Lomada estaba desierta. Aguzó la vista en la negrura, buscando el destello de un casco o el roce de un uniforme en las ramas de los algarrobos. Nada. El desierto se había tragado a sus hombres. Una punzada de angustia le recorrió el corazón. Sabía que las lluvias del Fenómeno de El Niño de unos años antes habían dejado el terreno plagado de hoyos ciegos y zanjas ocultas por la arena fina. En la oscuridad, esos agujeros eran rompedores de extremidades. «Ya debemos tener heridos», pensó con frustración, tragándose la saliva reseca.

Junto al personal de la Compañía de Comando y Servicios, que conformaba su improvisado Estado Mayor, Vivar ordenó reanudar la marcha. A las dos de la madrugada, las piernas ya no respondían por reflejo, sino por pura inercia. El agotamiento físico había dado paso a una bruma mental. Exhaustos, se desplomaron en una hondonada.

—¿Dónde estamos, mi mayor? —preguntó el teniente Manuel Arroyo, con la voz quebrada por el frío que ya empezaba a calarles los huesos.

Vivar miró a su alrededor. Las dunas eran idénticas entre sí. No había puntos de referencia.

—No lo sé, teniente Arroyo. Estamos perdidos —admitió el mayor en voz baja, sintiendo el peso del fracaso sobre los hombros.

El operador de radio interrumpió el tenso silencio. El auricular de la AN/PRC-77 emitía una estática ensordecedora, interrumpida por voces distorsionadas y desesperadas.

—¡Aquí Delta! ¡No vemos nada! ¡Nos metimos en un callejón sin salida! ¡Repito, atrapados en una quebrada profunda! —gritaba una voz al otro lado de la línea antes de disolverse en el ruido blanco. El desastre táctico era total. La ceguera de la noche había dispersado las piezas del tablero.

Para los inexpertos cadetes de Chorrillos, la jornada se transformó en un bautizo de fuego inolvidable. Tras marchar a ciegas durante toda la noche por la hostil geografía, el desierto les cobró el derecho de piso: terminaron perdiendo sus mochilas con todo su equipo en la oscuridad. Al romper el alba, los extenuados jóvenes amanecieron tiritando y muriendo del gélido frío del desierto, aferrados únicamente al fusil asignado que les recordaba que ya no estaban en las aulas de la escuela, sino en el implacable corazón de la 8ª División.

No había tiempo para lamentaciones. El reloj corría y el frío de la madrugada ahora congelaba el sudor en sus espaldas, un contraste brutal con el infierno de calor que habían soportado doce horas antes. Volvieron a caminar. Las botas entraban y salían de la arena fina en un ritmo hipnótico. En ese punto, la marcha ya no era una prueba de fuerza física; era una guerra de desgaste entre la mente y el cuerpo. El soldado que se dejaba vencer por el dolor de los pies heridos, se quedaba atrás. Y quedarse atrás en esa inmensidad significaba desaparecer.

A las cinco de la mañana, nosotros, integrando la vanguardia junto al Mayor Vivar, logramos alcanzar una elevación que en la Carta Nacional figuraba con un nombre profético: la «Loma del Zorro». Desde esa posición estratégica, recortado contra las primeras luces del día, el cerro Coyonitas finalmente se hizo visible ante nuestros ojos; sin embargo, los instrumentos indicaban que todavía nos distaban ocho agónicos kilómetros de marcha. La tensión en la loma era máxima. El plan maestro del General Atilio Rojas Herrada estipulaba que el asalto simulado al campamento de los subversivos del PCP-Sendero Luminoso —una fuerza calculada en quinientos hombres que pernoctaban en las faldas del cerro— debía ejecutarse puntualmente a las 06:00 horas.

Pero el desierto ya había impuesto sus propias reglas. El reloj avanzaba implacable superando la hora cero y las compañías de fusileros seguían sin aparecer en el horizonte, devoradas por las quebradas. El tiempo se congeló en una tensa espera de tres horas bajo el sol naciente, hasta que recién a las ocho de la mañana el grueso de las tropas rezagadas comenzó a coronar la «Loma del Zorro».

Como era de esperarse en el ámbito militar, la demora desató llamadas de atención por todos lados. El rigor de la cadena de mando se hizo sentir con fuerza. Ante el Mayor Vivar, los capitanes y jefes de las compañías de fusileros adujeron en su defensa que la accidentada geografía, plagada de quebradas ciegas y profundos huecos, les había bloqueado el avance bajo la absoluta oscuridad de la noche, provocando que se perdieran irremediablemente en los cañones de arena. El factor sorpresa se había esfumado por completo debido a la geografía norteña. Ante el resultado de la maniobra, el comando de la 8ª División de Infantería tuvo que programar otra marcha para subsanar los errores, pero eso... eso ya es otra historia.

 

 

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