Testimonio de la patrulla "Huascarán" — Puerta del Monte, Provincia de Pataz.- La tarde del viernes 16 de julio de 1993 lucía falsamente pacífica bajo un sol brillante. El resplandor del fuego andino caía a plomo sobre nuestras espaldas; éramos veintiún hombres los que conformábamos la patrulla «Huascarán». Con el fusil FAL firmemente sujeto en las manos, llevábamos el cuerpo cubierto por el mismo uniforme descolorido: la chompa verde modelo "Jorge Chávez", el pasamontaña y las botas gastadas. En ese instante, sentíamos el alma suspendida de un hilo.
Desde el caserío de Utcubamba,
seguíamos el rastro fresco de una columna del PCP-Sendero Luminoso. Se trataba
de ciento veinticuatro combatientes conformados por campesinos cocaleros
procedentes de la provincia de Tocache, en la región San Martín. Aquel ejército
guerrillero avanzaba invisible bajo el mando del implacable camarada «Gerardo»,
sembrando consignas, terror y muerte a su paso.
A las 13:30 horas, tras quince
kilómetros de una marcha forzada que nos calaba hasta los huesos, el terreno
finalmente cedió. Pusimos nuestras botas en el solitario paraje de Puerta del
Monte, en la provincia de Pataz, a 3,365 metros sobre el nivel del mar. Aquel
lugar era una auténtica bisagra del mundo: hacia atrás quedaba la ceja de
selva; hacia adelante, la helada puna.
Llevábamos los labios
partidos, los ojos hundidos y el estómago vacío. Flotábamos en un limbo de
privaciones tras nueve días de marcha constante, durmiendo a la intemperie con
el fusil al pecho. Sobrevivíamos apenas a base de tragos de agua y plátanos verdes
arrancados a toda prisa en los caminos de Ongón. El hambre ya no era una simple
sensación; se había convertido en un animal salvaje que nos pegaba las tripas
al espinazo.
Allí, donde el viento empezaba
a cortar la piel, se levantaban dos chozas de paja. Eran el hogar de Juan
Montes, un campesino de mirada esquiva y manos curtidas por el frío. Al romper
la línea de la vivienda, el suboficial Miguel Pineda, jefe de nuestra patrulla,
contuvo el aliento. Bajo el techo de paja descansaba el botín del enemigo: dos
piernas de toro, costillas y dos cabezas de ganado que aún goteaban sangre
fresca.
—Jefe —nos habló el campesino con voz trémula, adivinando la pregunta en los ojos del militar—. Ayer llegaron los «compañeros». La mayoría se atrincheró en las alturas esperando emboscarlos. Otros bajaron a la pampa, fusilaron a mis toros bravos y comieron harta carne hasta saciarse. Pasaron la noche aquí, pero andaban asustados por el zumbido del helicóptero. Hoy a las once de la mañana se desplazaron con rumbo al caserío de Pachacrahuay. Recién acaban de doblar el cerro del frente. Son más de cien hombres, jefe. Tienen leñadores, cargadores de medicinas, andan bien armados, pero con pocas municiones.
El hombre hizo una pausa,
queriendo ofrecer un aliento de paz que en esa cordillera no existía.
Pero en ese momento, a los
hombres de la «Huascarán» no les importaban los fusiles enemigos. El hambre
acumulada era un monstruo más feroz que cualquier columna subversiva. Olvidando
el protocolo y la prudencia, los soldados del Servicio Militar Obligatorio se
abalanzaron sobre los restos de carne que los terroristas habían abandonado esa
misma mañana.
El paraje se convirtió en un
escenario de supervivencia pura. El silencio tenso se rompió con el crujir de
la madera. Algunos soldados improvisaron un caldo en las pequeñas ollas del
campesino; otros, más desesperados, filetearon los trozos de res y los arrojaron
directamente sobre las piedras calientes que el sol de mediodía había
convertido en planchas de cocina.
No hubo banquetes solemnes,
sino una comunión en la desgracia. Alrededor del fuego a medio encender, los
veintiún soldados compartimos la comida con Cuto, Cucurucha y Blanca, los tres
perros de la patrulla que arrastraban las costillas marcadas por la caminata y el hambre.
Comieron en un mutismo casi sagrado. Era una carne semicruda, hervida apenas
con un puñado de sal, un asado que todavía chorreaba sangre viva entre los
dientes y sabía a hierro y a miedo. Sabían que devoraban la ración que el
enemigo había dejado atrás en su huida, pero el estómago lleno trajo una
bendición momentánea. Después de una semana de agonía, estaban satisfechos.
Sin embargo, la cordillera
andina no perdona los regalos del enemigo.
Pocas horas después, la
patrulla reinició la marcha. El terreno se encrespó violentamente, obligándolos
a subir hacia la helada puna, un páramo implacable por encima de los 4,000
metros de altitud, con rumbo al caserío de Huanapampa. Fue entonces cuando la
carne cruda, cargada de grasa y excesivamente salada, comenzó a pasar factura.
Las entrañas de los soldados se transformaron en un desierto de fuego. Una sed insoportable, abrasadora y violenta, se apoderó de cada uno de ellos. El ascenso a las alturas se convirtió en un nuevo calvario, donde cada paso costaba la vida y el agua se volvía el tesoro más lejano de la tierra.

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