lunes, 25 de mayo de 2026

LA PATRULLA "HUASCARÁN" HAMBRIENTOS COMIMOS CARNE CRUDA DE RES "LA PUERTA DEL MONTE" PATAZ 1993

Testimonio de la patrulla "Huascarán" — Puerta del Monte, Provincia de Pataz.- La tarde del viernes 16 de julio de 1993 lucía falsamente pacífica bajo un sol brillante. El resplandor del fuego andino caía a plomo sobre nuestras espaldas; éramos veintiún hombres los que conformábamos la patrulla «Huascarán». Con el fusil FAL firmemente sujeto en las manos, llevábamos el cuerpo cubierto por el mismo uniforme descolorido: la chompa verde modelo "Jorge Chávez", el pasamontaña y las botas gastadas. En ese instante, sentíamos el alma suspendida de un hilo.

Desde el caserío de Utcubamba, seguíamos el rastro fresco de una columna del PCP-Sendero Luminoso. Se trataba de ciento veinticuatro combatientes conformados por campesinos cocaleros procedentes de la provincia de Tocache, en la región San Martín. Aquel ejército guerrillero avanzaba invisible bajo el mando del implacable camarada «Gerardo», sembrando consignas, terror y muerte a su paso.

A las 13:30 horas, tras quince kilómetros de una marcha forzada que nos calaba hasta los huesos, el terreno finalmente cedió. Pusimos nuestras botas en el solitario paraje de Puerta del Monte, en la provincia de Pataz, a 3,365 metros sobre el nivel del mar. Aquel lugar era una auténtica bisagra del mundo: hacia atrás quedaba la ceja de selva; hacia adelante, la helada puna.

Llevábamos los labios partidos, los ojos hundidos y el estómago vacío. Flotábamos en un limbo de privaciones tras nueve días de marcha constante, durmiendo a la intemperie con el fusil al pecho. Sobrevivíamos apenas a base de tragos de agua y plátanos verdes arrancados a toda prisa en los caminos de Ongón. El hambre ya no era una simple sensación; se había convertido en un animal salvaje que nos pegaba las tripas al espinazo.

Allí, donde el viento empezaba a cortar la piel, se levantaban dos chozas de paja. Eran el hogar de Juan Montes, un campesino de mirada esquiva y manos curtidas por el frío. Al romper la línea de la vivienda, el suboficial Miguel Pineda, jefe de nuestra patrulla, contuvo el aliento. Bajo el techo de paja descansaba el botín del enemigo: dos piernas de toro, costillas y dos cabezas de ganado que aún goteaban sangre fresca.

—Jefe —nos habló el campesino con voz trémula, adivinando la pregunta en los ojos del militar—. Ayer llegaron los «compañeros». La mayoría se atrincheró en las alturas esperando emboscarlos. Otros bajaron a la pampa, fusilaron a mis toros bravos y comieron harta carne hasta saciarse. Pasaron la noche aquí, pero andaban asustados por el zumbido del helicóptero. Hoy a las once de la mañana se desplazaron con rumbo al caserío de Pachacrahuay. Recién acaban de doblar el cerro del frente. Son más de cien hombres, jefe. Tienen leñadores, cargadores de medicinas, andan bien armados, pero con pocas municiones.

El hombre hizo una pausa, queriendo ofrecer un aliento de paz que en esa cordillera no existía.

Pero en ese momento, a los hombres de la «Huascarán» no les importaban los fusiles enemigos. El hambre acumulada era un monstruo más feroz que cualquier columna subversiva. Olvidando el protocolo y la prudencia, los soldados del Servicio Militar Obligatorio se abalanzaron sobre los restos de carne que los terroristas habían abandonado esa misma mañana.

El paraje se convirtió en un escenario de supervivencia pura. El silencio tenso se rompió con el crujir de la madera. Algunos soldados improvisaron un caldo en las pequeñas ollas del campesino; otros, más desesperados, filetearon los trozos de res y los arrojaron directamente sobre las piedras calientes que el sol de mediodía había convertido en planchas de cocina.

No hubo banquetes solemnes, sino una comunión en la desgracia. Alrededor del fuego a medio encender, los veintiún soldados compartimos la comida con Cuto, Cucurucha y Blanca, los tres perros de la patrulla que arrastraban las costillas marcadas por la caminata y el hambre. Comieron en un mutismo casi sagrado. Era una carne semicruda, hervida apenas con un puñado de sal, un asado que todavía chorreaba sangre viva entre los dientes y sabía a hierro y a miedo. Sabían que devoraban la ración que el enemigo había dejado atrás en su huida, pero el estómago lleno trajo una bendición momentánea. Después de una semana de agonía, estaban satisfechos.

Sin embargo, la cordillera andina no perdona los regalos del enemigo.

Pocas horas después, la patrulla reinició la marcha. El terreno se encrespó violentamente, obligándolos a subir hacia la helada puna, un páramo implacable por encima de los 4,000 metros de altitud, con rumbo al caserío de Huanapampa. Fue entonces cuando la carne cruda, cargada de grasa y excesivamente salada, comenzó a pasar factura.

Las entrañas de los soldados se transformaron en un desierto de fuego. Una sed insoportable, abrasadora y violenta, se apoderó de cada uno de ellos. El ascenso a las alturas se convirtió en un nuevo calvario, donde cada paso costaba la vida y el agua se volvía el tesoro más lejano de la tierra.

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