La patrulla “Huascarán” Los
centinelas de la niebla en los andes del departamento de La Libertad
El valor no se mide en el
estruendo de los fusiles, sino en el silencio con que se aguanta el frío cuando
el cuerpo ya no puede más. Entre los años de 1992 y 1993, los veintiún hombres
de la patrulla "Huascarán" al mando del suboficial EP igual Pineda aprendieron
que el verdadero enemigo no siempre vestía trapos oscuros ni cargaba consignas
de muerte. A veces, el adversario era la misma dureza de la naturaleza andina, el
viento sopla con furia a más de 4200 metros sobre el nivel del mar, en los
dominios del distrito de Quiruvilca. Allí arriba, donde el aire escasea y los
cerros hablan, el soldado andaba harapiento bajo las nubes pesadas, arrastrando
los pies, pero llevando en el pecho un orgullo limpio y una moral que no se
doblegaba ante la puna de Santiago de Chuco y la provincia de Sánchez Carrión.
El hambre ya era un viejo
conocido, como siempre el perro “cuto” caminaba al lado de la tropa. Mientras
los hombres avanzaban entre los roquedales grises, esquivando las piedras
filudas, el pensamiento volaba lejos, cruzando las cordilleras para buscar el
recuerdo de la madre, de la esposa, de los hijos que se habían quedado allá
abajo, muy lejos del alcance de los brazos. Al caer la tarde, cuando el sol se
escondía con un brillo desolado, la madre naturaleza les extendía una mano de
color verdusco en los campos de Quesquenda. Era una soledad inmensa la que
acompañaba la carretera, donde solo el ichu se mecía con el viento, custodiando
el camino que unía a Quiruvilca con Huamachuco, entre los parajes sagrados y
temidos de la Laguna "El Toro", Quesquenda y los gigantes de piedra
conocidos como los Frailones.
Del miércoles 8 al domingo 12
de septiembre de 1993, la patrulla pareció volverse parte de la misma niebla.
Durante cinco días eternos permanecieron en las alturas, siempre en movimiento,
como almas en pena que no debían detenerse. Su misión era sagrada para los
pueblos: patrullar de día y de noche para que los buses de pasajeros, los
camiones cargados de papa y todo viajero de la carretera pudieran cruzar en
paz, libres del fantasma del Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso, que
acechaba el ande liberteño con la sombra del terror. Por esos días, el cielo se
cerró con rabia y la lluvia se desató con una fuerza salvaje. La nevada y la
neblina espesa envolvieron las cumbres, tragándose por completo la silueta del
imponente cerro Huaylillas y las laderas del cerro Cuyulga, dejando a los
hombres a merced de la penumbra.
A las veinte horas del domingo
12 de septiembre, con la noche encima y el frío congelando la sangre, se dio la
orden de iniciar el repliegue a pie desde las alturas de la Laguna
"El Toro". El destino era el distrito de Huamachuco, donde aguardaba
el Batallón Contrasubversivo N° 323 en el sector La Cuchilla. Sabían que les
tocaba marchar la distancia de 38 kilómetros (treinta y ocho kilómetros) de distancia de subidas
y bajadas.
En el mundo de arriba, la oscuridad de la noche es como una manta pesada que te teje el cerro alrededor; te oculta de los ojos del enemigo, sí, pero jamás te salva de sus balas si te descubren. Caminar en esa negrura era andar a ciegas por senderos sinuosos que entraban y salían como serpientes entre los roquedales antiguos. En medio de ese silencio sepulcral, con los oídos atentos al menor crujido de la paja y el corazón latiendo con fuerza en la garganta, cada soldado avanzaba con el dedo pegado al guardamonte del fusil FAL. Sabían muy bien que, en esas soledades, ante un encuentro inopinado o una emboscada nacida de la nada, no habría tiempo para palabras: solo el trueno del acero decidiría quién de los veintiuno volvería a ver el sol del amanecer.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario