La gran marcha de las fuerza
peruanas desde Tarma hacia el norte. - La tercera etapa de la Campaña
de la Breña, comprendida entre el 6 de mayo y el 2 de agosto de 1883, estuvo
marcada por un esfuerzo logístico sobrehumano. El 21 de mayo de ese año,
cumpliendo con lo resuelto por la Junta de Tarma, el Ejército del Centro —compuesto
por 2260 hombres bajo el mando del general Andrés Avelino Cáceres— abandonó la
ciudad de Tarma, en Junín. Con ello iniciaron un largo y penoso desplazamiento
a pie hacia el norte del Perú. La misión era perentoria: capturar al general
Miguel Iglesias Pino, quien, tras disolver el Ejército del Norte que comandaba,
había entablado negociaciones de paz con los jefes de ocupación chilenos,
aceptando la entrega territorial de Tarapacá, Tacna y Arica.
Tras cruzar las difíciles
geografías de Cerro de Pasco y Huánuco, las fuerzas peruanas arribaron la noche
del jueves 7 de junio al distrito de Aguamiro —conocido en la actualidad como
La Unión, capital de la provincia huanuqueña de Dos de Mayo—. El domingo 10 de
junio, a las 07:00 horas, el contingente reanudó su marcha con destino al
milenario distrito de Chavín de Huántar, en la provincia de Huari. Una hora
después, una vez que el último soldado hubo iniciado el despliegue, partió el
general Cáceres acompañado de sus ayudantes, secretarios y escolta personal.
Desde el primer momento, el
trayecto se tornó sumamente difícil debido a un terreno pedregoso y plagado de
atolladeros. Sin embargo, en ciertos tramos, el antiguo camino de los Incas (el
Qhapaq Ñan) les ofreció un trazo admirable, llano y espacioso que
despertó el asombro de los combatientes breñeros. Al respecto, el combatiente
De los Heros anotó en sus crónicas: «Parece una calle ancha, horizontal y bien
alineada, y en ella se notan claramente los vestigios de esa gran obra de la
civilización imperial, tanto más asombrosa por las inmensas dificultades que
vencieron para construirla». Tras una sacrificada jornada de seis leguas a
través de las rutas de Tambillo, el ejército alcanzó la puna de Taparaco, en el
sector de Andachupa. Allí pasaron la noche soportando el frío extremo del
invierno andino. En aquel inhóspito paraje solo hallaron tres chozas de paja
abandonadas; ante la absoluta falta de leña, se vieron en la necesidad de
desmantelar las casuchas para utilizar su material como combustible. El fuego
apenas sirvió para tostar un poco de cancha, único alimento que los soldados
pudieron consumir esa noche. El general, por su parte, se conformó con una
infusión de hojas de coca, bebida a la que se había habituado para resistir el
rigor de las marchas en las altas cumbres.
A las 06:00 horas del lunes 11
de junio, se reanudó el avance desde la puna de Taparaco hacia Chavín de
Huántar. Según el testimonio de todos los cronistas, esta fue una de las
jornadas más desgarradoras de la campaña. El combatiente Pedro Manuel Rodríguez
la describió como un «camino infernal», mientras que De los Heros relató la
presencia de laderas resbaladizas, bajadas empinadas, quebradas hondas y
atolladeros a cada paso. Por su parte, el intelectual y combatiente
huamachuquino Abelardo Gamarra recordó que marcharon por el «peor camino
imaginable, cubierto de profundos pantanos, en algunos de los cuales fue
preciso colmar con piedras y fajina para que pudieran pasar los animales con
sus cargas de artillería, cajas de municiones y otros». El propio general
Cáceres refirió en sus memorias que, debido a estas condiciones, «se despeñaron
algunas mulas en los barrancos, o quedaron sumidas en el cieno, perdiéndose con
ellas la carga que llevaban; la artillería se trasladó con mucho cuidado y las
bestias cuidadosamente guiadas por sus acemileros».
El ejército patriota, conformado en su gran mayoría por aguerridos e infatigables soldados huancayinos y ayacuchanos, recorrió a pie una distancia de 40 kilómetros sobre la llanura de Ichic Kolla y Jatum Kolla, superando los 4000 metros de altitud con el único sustento de la infaltable coca y la cancha tostada. Venciendo toda clase de obstáculos, el contingente de 2260 hombres arribó a las 15:00 horas de una tarde soleada al paraje de Huayrongha, próximo al caserío de Chalhuayaco, en el flanco sur del distrito de San Marcos, Huari. En este hermoso y encajonado paraje, cubierto por frondosos árboles de quinual, el grueso del ejército pernoctó soportando temperaturas nocturnas de hasta diez grados bajo cero. Como era su costumbre para mantener la moral de la tropa, el general Cáceres pasó aquella gélida noche a la intemperie junto a sus soldados, acompañado de su esposa e hijas. Finalmente, antes del mediodía del martes 12 de junio de 1883, la vanguardia y el grueso de las fuerzas peruanas hicieron su ingreso al histórico distrito de Chavín de Huántar.
La recepción patriótica en
Chavín de Huántar y el valor de la memoria oral. - El
martes 12 de junio de 1883, a las 07:00 horas, el general Andrés Avelino
Cáceres abandonó el paraje de Huayrongha, en el sector del caserío de
Chalhuayaco, al sur del distrito de San Marcos. La memoria oral de la región ha
preservado con nitidez los pormenores de aquella mañana. Testigos presenciales
de la época —cuyos relatos fueron transmitidos a través de generaciones, como
el testimonio de Eliceo Ramírez Cadillo, quien entonces tenía ocho años—
recordaban haber visto al general descender desde el encajonado paraje de
Huayrongha montado en un hermoso caballo negro de frente blanca. Al llegar al
caserío de Chalhuayaco, los campesinos locales lo recibieron con abundante
chicha de jora, un gesto de hospitalidad con el que Cáceres brindó junto a su
escolta y ayudantes antes de continuar el avance por los caseríos de Chullus y
Quercos. En la retaguardia del grueso del ejército se desplazaba su esposa, la
señora Antonia Moreno Leyva, junto a sus tres hijas, quienes marchaban
acompañadas por quince campesinas y firmemente custodiadas por un destacamento
de guerrilleros.
Gracias a las diligentes
gestiones del subprefecto Bouby, los pobladores del distrito de Chavín de
Huántar y sus caseríos acudieron en masa para rendir tributo y ovacionar a los
combatientes. Para este acontecimiento histórico, los chavinos engalanaron las
calles con vistosos arcos y banderas, y prepararon un abundante rancho que
alivió el hambre de la tropa. Además, el vecindario proveyó de caballos y mulas
para el traslado de los oficiales, los soldados enfermos y las cargas pesadas,
pues hasta ese momento muchos oficiales se habían visto obligados a realizar a
pie la extenuante caminata. Al recibir este vital apoyo, Cáceres lamentó
profundamente no haber dispuesto de tales elementos de movilidad con
anterioridad. Durante el tránsito desde Aguamiro, especialmente al cruzar las
inhóspitas alturas de Ichic Kolla y Jatum Kolla, la falta de acémilas lo había
obligado a abandonar varias cajas de municiones y a dejar rezagados a algunos
enfermos. Lamentablemente, estos hombres cayeron poco después en manos de las
fuerzas de ocupación enemigas, como el subprefecto Pardo, quien fue cruelmente
asesinado en Aguamiro bajo presuntas órdenes del coronel peruano Luis Milón
Duarte, un oficial que había traicionado la causa nacional para alinearse con
los chilenos.
Durante los días 12 y 13 de junio de 1883, el histórico distrito de Chavín —afamado por su clima templado y el fervor patriótico de sus habitantes— sirvió de campamento general y brindó un reparador descanso al Ejército del Centro. Las tropas patriotas quedaron profundamente impresionadas por el imponente monumento arqueológico que floreció allí durante el Horizonte Temprano, erigido en el corazón de un hermoso valle a 3185 metros sobre el nivel del mar. La fisonomía de este paisaje sagrado estaba configurada por la confluencia de dos torrentes: el río Mosna, que nace en las alturas de la puna de Taruscancha y discurre de sur a norte regando Recudo y los caseríos de Quinín, Mosna, Machac y Quercos; y el río Huachecsa, cuyas aguas descienden desde las faldas del nevado Huantsán para recorrer el flanco oeste de Chavín a través de los pintorescos caseríos de Jato, Chichucancha, Chacpar y Lanchán. Fue en este entorno andino donde el Ejército de la Breña templó las fuerzas para reemprender su marcha hacia el norte.
Exploración en el laberinto
arqueológico y el juego de sombras estratégico. - El
miércoles 13 de junio, oficiales y secretarios del Estado Mayor solicitaron
autorización al general Cáceres para visitar el monumento arqueológico de
Chavín de Huántar. Concedido el permiso, los combatientes De los Heros y
Rodríguez realizaron una detallada crónica de su visita, describiendo la
estructura preincaica como un laberinto de piedra con callejones estrechos y
edificaciones de dos pisos, incluyendo un pilar central con representaciones de
dragones y figuras humanas.
Los oficiales notaron el
deterioro causado por la búsqueda de tesoros y documentaron la zona, contando
con la colaboración del comandante La Puente, el amanuense Cortés y los
ingenieros Paz y Remy. La crónica, que describe la construcción con un aspecto
más cercano a una prisión que a un palacio, detalla un puente de piedra sobre
el río extraído del mismo sitio y menciona la colocación de inscripciones por
parte del ejército.
Simultáneamente, el 13 de
junio en Aguamiro, el coronel chileno Marco Aurelio Arriagada recibió
información de sus colaboradores peruanos sobre la ubicación de las fuerzas de
Cáceres en Chavín de Huántar, mientras el general peruano desconocía por completo
la posición y ruta del enemigo. Arriagada optó por un camino alternativo,
evitando las rutas convencionales de Tambillos, Taparaco y las Kolla,
desplazándose hacia el distrito de Huallanca y llegando a la puna Torres de la
familia Llanos el 15 de junio.
En Chavín de Huántar, el
general Cáceres ignoraba que un tercio del ejército enemigo, bajo el mando del
coronel León García, se desplazaba hacia su posición. De haber tenido
conocimiento, las tropas peruanas —caracterizadas por su alto valor, moral y
sacrificio, compuestas mayoritariamente por campesinos andinos mal armados—
probablemente habrían emboscado y aniquilado al contingente chileno, que era
superado numéricamente.
El cruce de Yanashallas y el
descenso al Callejón de Huaylas. - El jueves 14 de junio de 1883,
a las 07:00 horas, el Ejército del Centro abandonó el distrito de Chavín de
Huántar, ignorando por completo los movimientos que las fuerzas invasoras
realizaban a su retaguardia. Como era su costumbre, el general Cáceres y su
escolta partieron en la retaguardia dos horas más tarde. La tropa marchaba con
la moral en lo más alto, reconfortada por el cálido y patriótico apoyo brindado
por los chavinenses. Desde Chavín, los patriotas prosiguieron su avance a
través de la ruta ancestral preincaica, cruzando los sectores de Nunupata,
Chuna, Lanchán, Chacpar y Chichucancha. Tras recorrer la puna de Shongo, la
vanguardia alcanzó a las 12:00 horas la imponente cordillera de Yanashallas, a
más de 4700 metros sobre el nivel del mar. Esta ascensión representó un
verdadero reto físico, teniendo como testigo al imponente nevado Huantsán, con
sus 6370 metros de altitud.
Tras un esfuerzo admirable
bajo una tarde radiante de sol, el grueso del ejército logró trasponer la
cordillera de los Andes a las 17:00 horas. Los soldados plantaron su campamento
en las faldas de la puna de Arhuaycancha, enfrentando los rigores de las heladas
nocturnas del invierno andino a 4500 metros de altitud. Al alcanzar la cumbre,
los incansables combatientes breñeros contemplaron un espectáculo
impresionante: desde aquella enorme altura se divisaba el majestuoso nevado
Huascarán y el hermoso Callejón de Huaylas, enmarcado por las cordilleras
Blanca y Negra.
Desde este punto estratégico,
el general Cáceres envió en comisión de servicio a los oficiales De los Heros,
Manuel Rodríguez y Eléspuru hacia el distrito de Olleros. Su misión era
perentoria: solicitar acémilas de carga a las autoridades de Recuay y Huaraz,
puesto que, de lo contrario, el ejército se vería obligado a abandonar más
cajas de municiones y equipaje pesado, comprometiendo seriamente el transporte
de la artillería. Sin embargo, don Jesús Elías solo pudo enviar una modesta
cantidad de mulas y caballos desde Olleros, lo que obligó nuevamente a los
oficiales peruanos a desmontar para ceder sus cabalgaduras al acarreo de los
pertrechos militares.
El ejército patriota,
habituado a vencer cualquier dificultad geográfica, ascendió la larga y
empinada cuesta del camino preincaico desde Chavín hasta la cumbre de
Yanashallas. El trayecto se presentó hostil, cubierto de atolladeros y
precipicios sumamente peligrosos. En múltiples tramos, debido a que ninguna
bestia de carga lograba resistir la extenuante subida de casi cinco leguas, los
soldados tuvieron que cargar la artillería y las cajas de municiones a pulso
sobre sus propios hombros y espaldas. En medio de este crítico escenario, las
oportunas arengas pronunciadas por el general Cáceres sirvieron como un
poderoso acicate que insufló valor a la tropa para superar los obstáculos de
las inmensas montañas.
Al día siguiente, viernes 15
de junio a las 06:00 horas, las fuerzas peruanas reanudaron la marcha desde el
paraje de Arhuaycancha. Tras pasar por el caserío de Huaripampa, el general
Cáceres y su ejército hicieron su ingreso a Canray Chico y al distrito de
Olleros a las 11:00 horas. En esta localidad permanecieron únicamente una hora
para consumir el rancho que el generoso y patriota pueblo andino los había
preparado. En horas de la tarde, el grueso del contingente descendió desde
Olleros hasta el puente Bedoya, continuando por un terreno llano con destino a
la capital del departamento. Durante este trayecto se incorporaron formalmente
al Estado Mayor el jefe político y militar del Norte, don Jesús Elías, y el
prefecto de Lima, don Elías Mujica. Finalmente, tras culminar la épica travesía
andina, las fuerzas peruanas hicieron su ingreso a la ciudad de Huaraz el mismo
viernes 15 de junio de 1883 en horas de la tarde.


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