
Amores de Plaza y Personajes de Tayabamba.- Cuando llegué al distrito de Tayabamba en el mes de marzo de 1993, el primer civil con quien entablé conversación fue César. Era un joven de veinte años, estudiante del instituto pedagógico local y a quien todos conocían cariñosamente como «Shesha».
Un domingo, al finalizar el
izamiento del pabellón nacional en la Plaza de Armas, me quedé por las
inmediaciones contemplando algunas plantas. En esas circunstancias, el
muchacho, vistiendo el uniforme de su institución, se me acercó de manera muy
amigable para iniciar una charla. Al instante advertí su orientación homosexual
debido a sus ademanes y a su marcado tono de voz afeminado. Con total soltura,
me saludó: «Hola, ¿cómo está, suboficial? ¿Qué le parece el distrito de
Tayabamba? Ante todo, bienvenido. Suboficial, para que usted no se sienta solo,
le voy a presentar a mis amigas. Yo estudio en el instituto, todas las chicas
me conocen y son mis amigas; usted dígame nomás a cuál de ellas quiere para
sacarla por la noche».
Como solía ocurrir con estos
personajes locales, él ofrecía favores a cambio de ciertas concesiones por
parte de los mandos de la base militar. Con picardía, me lanzó su propuesta:
«Suboficial, un favor, si se puede... Quisiera que me deje entrar por las
noches a la cuadra del personal de tropa. La mayoría de ellos son mis amigos.
Una mano lava la otra, pues jefe, ¿qué le parece?». Ante su oferta, decidí
ponerlo a prueba. Desde mi llegada al pueblo, le había puesto la puntería a una
muchacha que justamente aquella mañana había participado en el izamiento con su
uniforme de estudiante del pedagógico. Le di sus características físicas
exactas a «Shesha» y quedé a la espera del resultado.
Aquella misma noche me encontraba sentado en una de las bancas de la plaza, junto a la pileta, invadido por una comprensible ansiedad. De pronto, vi aparecer al muchacho bajando por la calle de la iglesia en compañía de su amiga. Cumpliendo su palabra, me trajo a Jaqueline, nos presentó y se retiró discretamente. Nos sentamos juntos en la misma banca y la plática fluyó con tal naturalidad que parecía que nos conociéramos de hace años. La conversación se tornó tan amena que ella olvidó por completo regresar a tiempo a su casa. Mientras hablábamos, intuí que Jaqueline guardaba algún despecho, y no me equivoqué: acababa de terminar su relación sentimental con su enamorado, un suboficial de la policía cuya comisaría quedaba a escasos cuarenta metros de donde nos encontrábamos.

El Diablo Negro del Rincón
Quita Calzón.- En el distrito de Tayabamba, la calle donde se
ubica el local municipal se prolonga hacia una curva donde se inicia el camino
a pie hacia el caserío de Collay. En dicha curva existía desde hacía muchos
años una iglesia con un crucifijo al fondo; siempre permanecía sin puerta, por
lo que semejaba una inmensa cueva. Los lugareños solían tejer historias de
fantasmas, demonios y fenómenos paranormales que, según decían, se manifestaban
a altas horas de la noche. Sin embargo, lejos de asustar a los militares y policías,
este lúgubre rincón era el escenario predilecto para las citas amorosas y era
popularmente conocido como el «Rincón Quita Calzón».
Para mi primer encuentro
carnal en el pueblo, en una noche de marzo bajo una lluvia torrencial, salí de
la Base Militar uniformado, armado con mi fusil FAL y con un puñal de combate
al cinto. Cumpliendo estrictamente las normas de seguridad, dejé la consigna de
mi ubicación a los centinelas de la puerta principal por si ocurría alguna
emergencia. Tras caminar en la absoluta oscuridad, llegué a la iglesia y me
aposté al fondo, pegado a una pared lateral, donde permanecí en completo
silencio como si estuviera ejecutando una emboscada.
En esas circunstancias,
cubierta con un poncho negro, apareció la cholita Margarita, de diecinueve
años, a quien había citado a las 20:30 horas. A su llegada, entramos en acción
de inmediato entre besos y caricias apasionadas. Justo cuando iniciábamos el
coito, apareció en mi búsqueda «Cuto», mi perro negro cruzado con dóberman. El
animal, poseído por una ira incontrolable al desconocer a la mujer, se le fue
encima; con gran fuerza la sujetó de la cintura, sacudiéndola y mordiéndole las
manos y las piernas. Confundida y dolorida, Margarita salió despavorida de la
iglesia gritando con terror: «¡Escapen, hay un diablo negro! ¡Escapen, hay un
diablo negro! ¡Escapen, hay un diablo negro!». Al oír los gritos, dos o tres
parejas más que se encontraban ocultas en las inmediaciones cortaron
abruptamente sus momentos de placer y corrieron despavoridas en distintas
direcciones.
Aquella noche, «Cuto» me hizo
pasar el peor de los momentos y arruinó el acto sexual. Procedí a retornar por
la misma calle hacia la base. Al ingresar, los soldados de servicio me
preguntaron: «Mi suboficial, su perro salió de la base y se fue corriendo hacia
la curva, ¿lo encontró?». Pasé frente a ellos sin pronunciar una sola palabra.
En aquellos tiempos, Tayabamba era un pueblo muy pequeño para ser la capital
provincial; no existían hostales ni casas de hospedaje y la gente se acostaba
muy temprano, sobre todo en época de lluvias. Por ello, muchas parejas de
jóvenes aprovechaban la oscuridad a partir de las siete de la noche para
transitar por lugares tan solitarios como ese. Si hablara aquel rincón de citas
—un lugar sagrado por la presencia del crucifijo—, cuántas anécdotas nos
contaría, especialmente los encuentros de los policías con la tía «Pituca», una
madre soltera de la zona. Era el rincón preferido de los enamorados y de los
infieles que nunca faltan en este mundo.
Este escenario de aparente calma provinciana coexistía con una realidad violenta. Desde el año 1988, durante el gobierno del doctor Alan García Pérez, la violencia política se había incrementado drásticamente en los caseríos y distritos de la provincia de Pataz. Columnas subversivas del PCP-Sendero Luminoso, procedentes en su mayoría del departamento de San Martín y conformadas por entre 120 y 200 combatientes bien armados, comenzaron a transitar y a sembrar el terror en el ande patacino. Por esta razón, los militares y policías, como defensores permanentes del Estado peruano, nos vimos obligados a combatir sin tregua en defensa de la democracia y del orden constitucional.
El Referéndum de 1993 y las
Alas sobre el Ande.- El domingo 5 de abril de 1992, ante la negativa
del Congreso de la República de concederle amplios poderes para legislar sin
fiscalización, el ingeniero Alberto Fujimori Fujimori ejecutó un autogolpe de
Estado. Con el respaldo de las Fuerzas Armadas, disolvió el Parlamento
arguyendo que su antecesor, el doctor Alan García Pérez, había dejado al país
en desastrosas condiciones económicas, políticas y sociales. Asimismo, denunció
las trabas que ponía el Poder Legislativo en la elaboración de leyes cruciales
para combatir a los grupos terroristas. Obligado por las circunstancias,
Fujimori tomó medidas excepcionales con el propósito fundamental de preservar
el Estado de derecho y la democracia, amenazados en ese momento por las
organizaciones subversivas PCP-Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario
Túpac Amaru (MRTA). Como es de conocimiento general, tras la disolución, el
mandatario convocó a un Congreso Constituyente Democrático que redactó un nuevo
proyecto de carta magna, sometido a referéndum el domingo 31 de octubre de 1993
para definir su aprobación o rechazo por parte de la ciudadanía.
Tres días antes de la votación, el jueves 28 de octubre de 1993, las Fuerzas Armadas iniciaron el despliegue de seguridad para el proceso electoral dispuesto por el Gobierno. Desde las instalaciones del Batallón Contrasubversivo N° 323, acantonado en el distrito de Huamachuco (provincia de Sánchez Carrión), dos helicópteros Mi-17 del Ejército comenzaron a trasladar a varias patrullas de veintiún hombres. El objetivo era brindar cobertura y resguardo en los centros de votación del distrito de Tayabamba, capital de la provincia de Pataz, y del distrito de Bambamarca, capital de la provincia de Bolívar.
Alas de Acero sobre Pataz y el
Recibimiento en Gochapita.- El 28 de octubre, a las 11:45
horas, en el aeródromo del cuartel de Huamachuco, se encendió el motor del
helicóptero ruso Mi-8, con matrícula EP-620. Las hélices comenzaron a girar
como un inmenso ventilador en el sector de La Cuchilla, en el extremo este de
la histórica llanura de Purrumpampa. La patrulla «Huascarán», conformada por
veinte hombres listos en las inmediaciones, abordó la aeronave. Una vez dentro,
el personal se ubicó en los asientos laterales, manteniendo el cañón de los
fusiles FAL apuntando hacia el piso. En mi condición de jefe de patrulla, ocupé
un asiento junto a una de las ventanas. Cuando la nave se elevó con rumbo a la
provincia de Pataz, contemplé el bello paisaje de la cordillera de los Andes,
donde las caprichosas formaciones geológicas dibujaban llanuras, montañas,
quebradas y ríos cristalinos que se abrían paso entre los cerros para tributar
al caudaloso río Marañón. Todo pasaba ante mis ojos como si fuera una película,
lo que me llevó a rememorar mis vivencias transcurridas entre marzo y el 31 de
agosto en la Base Contrasubversiva de Tayabamba.
Mientras avanzábamos en esa
misión de alto riesgo, el estruendo de las hélices —piloteadas por hombres que
luchaban por la vida y la libertad— hacía que algunos pobladores salieran de
sus casas o dejaran sus herramientas en las chacras para mirar al cielo con
curiosidad. Al mismo tiempo, yo cavilaba centrando mis pensamientos en
Jaqueline, una muchachita tayabambina de veintidós años, estudiante de
pedagogía, a quien le gustaba jugar a doble cachete. Ella era la enamorada del
suboficial de la Policía Nacional Eulogio Rivas; cuando se peleaban por celos,
me buscaba de inmediato para consolarla y, como es natural, yo la atendía por
las noches en la curva que conocíamos como el «Rincón Quita Calzón». En mis
recuerdos también irrumpía la imagen de Piri Villanueva, de veintiún años,
quien merodeaba disimuladamente las inmediaciones de la base al caer la noche
para terminar desfilando por esos rincones oscuros. En la lista no podía faltar
la linda cholita Margarita, otra «cachaquerita» que estudiaba para profesora en
el pedagógico. Con las tres en la mente, me hice una pregunta inevitable: ¿al
llegar a Tayabamba, a cuál de ellas la buscaré para el encuentro de esta noche
en el «Rincón Quita Calzón»?
En este tipo de incursiones,
tanto los pilotos como la tripulación sabían perfectamente que la nave podía
ser acribillada por los subversivos en cualquier momento. De pronto, el Mi-8
sobrevoló las montañas que dominan los distritos de Buldibuyo, Huaylillas y
Tayabamba. Al divisar los caseríos de Pachacrahuay y Arcaypata, recordé los
viejos tiempos en los que pasaba las horas sorteando el peligro en patrullajes
diurnos y nocturnos a pie. Finalmente, tras surcar el infinito cielo azul, el
helicóptero comenzó a descender hasta aterrizar en la pista de tierra afirmada
del aeródromo del caserío de Gochapita, ubicado en las partes altas a más de
3800 metros sobre el nivel del mar. Tras desembarcarnos, la nave se retiró de
inmediato para continuar trasladando personal a otros puntos estratégicos.
A las 12:30 horas, la patrulla —ahora con veintiún hombres— inició el descenso a pie con destino al distrito de Tayabamba. En las faldas del cerro, al pasar junto a una pequeña escuela de educación primaria, varios niños y niñas nos recibieron con una alegría desbordante que les brotaba del corazón. Corrieron hacia nosotros gritando a viva voz: «¡Soldados del Perú! ¡Soldados del Perú! ¡Soldados del Perú!». Se nos acercaban entusiasmados y nos estrechaban entre sus pequeños brazos, devolviéndonos en un instante el aliento y recordándonos el verdadero valor de nuestra misión.
El Retorno a Tayabamba y las
Huellas de la Barbarie en Urpay
Entre el caserío de Gochapita
y el distrito de Tayabamba se extienden, desde hace siglos, profundas quebradas
originadas por fallas geológicas que los pobladores de todas las edades
transitan siempre a pie. Por un camino angosto, pedregoso y sinuoso descendió
la patrulla «Huascarán». Aparecimos por la parte alta del distrito y bajamos
entonando a todo pulmón himnos de guerra, de muerte y de sangre. Cruzamos la
calle del mercado de abastos, pasamos frente a la iglesia y finalmente formamos
ante la municipalidad, lugar donde se encontraba instalada la Base Militar
Contrasubversiva. Desde la época en que presté servicios en dicha instalación,
continuaba como jefe el capitán de infantería conocido bajo el seudónimo de
«Águila», un oficial miserable que se encontraba coludido con los
narcotraficantes de la zona. Tras recibirnos, nos dio estrictas advertencias y
recomendaciones de no abandonar la base por ningún motivo, manteniéndonos
prácticamente encerrados. Pasé la noche en el mismo alojamiento que había ocupado
meses atrás. Como era natural, el retorno a estas tierras me inundó de
recuerdos, especialmente de la fiesta patronal de abril en honor a Santo
Toribio de Mogrovejo.
Evoqué cómo aquel silencioso
distrito se llenaba de vida y la Plaza de Armas bullía con la llegada de
residentes tayabambinos desde Lima, Trujillo y el extranjero, además de
comerciantes de la costa y la selva. Al ritmo de huaynos y cumbias ejecutados
por la banda de músicos, bajo el estallido de cohetes y fuegos artificiales, el
pueblo y las autoridades se convertían en uno solo. Son costumbres de siglos en
los pueblos de la sierra, donde el jefe de la base y las autoridades
distritales brindaban sin distinción con los representantes de los caseríos más
humildes. En esos días festivos no existía la discriminación; el alma del
pueblo se engrandecía. Recuerdo como una gran anécdota cuando el teniente de la
Policía Nacional brindaba con el teniente gobernador del caserío de Chunco, y
el humilde campesino le dijo al oficial con picardía: «Por si acaso, jefe,
estamos brindando de teniente a teniente».
La realidad del deber nos
despertó bruscamente. El viernes 29 de octubre, a las 05:00 horas, los veintiún
hombres de la patrulla salimos al pequeño patio de armas con los fusiles FAL en
la mano, esperando la orden de marcha. Nos aguardaba, por tercera vez en el
año, el distrito de Urpay, ubicado a 2688 metros sobre el nivel del mar; las
dos veces anteriores habíamos acudido por motivos de terrorismo y narcotráfico.
Procedí a pasar revista al personal. Aquella mañana tampoco hubo rancho
caliente para nadie; no recibimos viáticos, ni raciones de rancho frío
embolsado, ni contábamos con un bolsón de primeros auxilios. La tropa,
conformada por jóvenes de la costa y de la sierra, formó con sus mochilas y
armamento; algunos, incluso, cargaron a la espalda el material electoral para
el proceso de referéndum.
Al salir de la base, los hombres en punta iniciaron el ascenso por el camino empinado que bordea el Estadio Municipal y el cementerio. Este cerro, que vigila a Tayabamba y sirve como un excelente mirador, exige al soldado una gran fortaleza y resistencia física. Tras cinco horas de penosa marcha, a las 10:00 horas alcanzamos la cumbre de la cadena de montañas. Allí descansamos por espacio de una hora, contemplando el ichu que, mecida por el viento, formaba un ondulante vaivén bajo la nubosidad constante que cubría los verdes cerros y pajonales. Aquel día el clima nos fue favorable. Desde la cumbre, descendimos a paso lento en medio de una puna de hermoso paisaje, arribando al distrito de Urpay a las 15:00 horas. Ocupamos el local municipal, el cual todavía lucía su antena parabólica destruida y montones de documentos quemados; cicatrices visibles de la violenta incursión que los combatientes del PCP-Sendero Luminoso habían perpetrado en el mes de julio de 1993.

La Lección de Urpay: El Perú
Profundo ante las Urnas.- El domingo 31 de octubre de 1993 amaneció
nublado sobre el pequeño distrito de Urpay. A las 06:30 horas, nos constituimos
en las instalaciones del colegio «César Vallejo Mendoza», local elegido para el
proceso de referéndum constitucional. Muy temprano, decenas de campesinos
empobrecidos durante el primer gobierno del doctor Alan García Pérez comenzaron
a descender desde sus caseríos, aglomerándose ante la puerta del plantel. Desde
mi ubicación en el ingreso principal del inmueble, observaba a la multitud: los
varones vestían ropas de bayeta y calzaban ojotas; las mujeres, ataviadas con
sus tradicionales polleras, también llevaban ojotas en lugar de zapatos.
Cuando la concentración superó
las doscientas personas de todas las edades, decidí romper el protocolo
militar. Con el puñal de combate en la mano y frente a esa masa humana, me
atreví a hablarles abiertamente sobre la historia de la República, desde el 28
de julio de 1821 hasta el régimen de Alberto Fujimori, propiciando una profunda
reeducación ideológica e histórica in situ. Mis palabras resonaron
firmes ante los comuneros:
«El 28 de julio de 1821, el
Perú criollo celebró el separatismo de España. Sin embargo, esta celebración
carece de sentido para el Perú profundo. Las guerras entre los generales San
Martín, Bolívar, Sucre, La Serna, Canterac y Rodil no fueron más que la continuidad
de los viejos pleitos feudales entre los Pizarro, Almagro, La Gasca y Centeno.
A pesar de esto, se sigue engañando en las escuelas a un pueblo en crisis de
identidad, haciéndole creer que con las mágicas palabras de San Martín logramos
la verdadera independencia nacional. Lo cierto es que, en aquel entonces, la
ciudad de Lima estaba sitiada por guerrillas autóctonas a las que tanto el
español peninsular José de la Serna como el español americano José de San
Martín detestaban ancestralmente. Para San Martín era urgente liberar a los
criollos del yugo hispano, pero de ninguna manera a los indígenas del yugo
criollo y español».
Durante treinta minutos expuse
los desatinos de los presidentes que gobernaron el país y cómo nuestras
riquezas habían sido saqueadas por los grandes capitalistas extranjeros en
complicidad con malos gobernantes. En el clímax de la explicación, les lancé
una pregunta directa: «¿San Martín está más cercano al visitador Areche o a
Túpac Amaru?». Ante la interrogante, la multitud me miró estupefacta; un
silencio absoluto se apoderó del lugar y nadie refutó el argumento. Como
consecuencia directa de esta concientización, los campesinos ingresaron uno a
uno a la cámara secreta y votaron masivamente en blanco. Aquel día, en Urpay,
nadie votó a favor del proyecto de Alberto Fujimori.
No obstante, a nivel nacional el panorama fue distinto. Aquel domingo triunfó el «japones» Fujimori y la fujiconstitución de 1993 comenzó a regir los destinos de la patria. Desde entonces, esa carta magna se ha vuelto intocable para una clase política que cada cinco años se enriquece más, manteniendo un continuismo donde la derecha codiciosa no aporta nada, los pseudopartidos han dejado de producir ideas y la robocracia continúa gobernando el país.
La Ruta de los Traqueteros con droga y la Justicia de la Patrulla.- El lunes 1 de noviembre, día de Todos los Santos, amaneció con lluvia. Fue una mañana fría y de abundante nubosidad que cubría por completo los cerros circundantes. La silenciosa y empobrecida Plaza de Armas del distrito de Urpay aún exhibía pintas subversivas en las fachadas de algunas casas, mudos testigos de la incursión que los combatientes del PCP-Sendero Luminoso habían perpetrado en el mes de julio. Tras pasar la noche en el segundo piso del local municipal soportando el intenso frío de la madrugada, la gran mayoría de nosotros amanecimos con las piernas endurecidas y arrastrando el hambre de no haber probado rancho desde el día anterior. Ante las circunstancias y sin perder tiempo, el sargento más antiguo mandó formar al personal en las inmediaciones de la plaza para iniciar el inmediato repliegue a pie con destino a Tayabamba, nos separaba una distancia de 38 kilómetros de marcha en las altas punas sobre los 4400 m.s.n.m. Nos aguardaban diez horas de marcha por las altas cumbres. Habíamos elegido una de las rutas principales, la misma que utilizaban los llamados «traqueteros»: hombres que trasladaban cocaína a la espalda enmochilada desde el departamento de San Martín, cruzando por los distritos de Ongón, Utcubamba, la ruta de Guacamayo, Puerta del Monte, Huancaspata y otros. Todos estos senderos convergían en Urpay, donde existía una pista de aterrizaje desde la cual «la merca» salía en avionetas rumbo a Colombia, contando con el visto bueno y la complicidad de diversas autoridades del Estado, principalmente alcaldes y policías.A las 06:00 horas, justo
cuando los hombres en punta daban los primeros pasos, divisamos a lo lejos a un
campesino que avanzaba apurado hacia la plaza por la calle principal. Por un
instante pensé que traía información de inteligencia relacionada con columnas
terroristas Sendero Luminoso. Sin embargo, a su arribo, el hombre, sudoroso y
jadeante, denunció que un abigeo le había robado dos toros de cinco años —sus
valiosas yuntas utilizadas para el arado de la tierra—. El lugar de los hechos
quedaba a unos dos kilómetros de distancia. En el acto, decidí enviar al
sargento conocido bajo el seudónimo de «Rata», acompañado por el soldado
Barahona. Guiados por el denunciante, partieron con la misión de capturar al
delincuente. Dos horas después, retornaron con el detenido con las manos amarradas,
quien llegó escoltado por su esposa. La pareja reconoció el delito y propuso un
arreglo económico con el afectado, dado que los animales ya habían sido
sacrificados y una parte de la carne ya se había vendido en el mercado local.
Con el fin de formalizar el acuerdo, mandé llamar de inmediato al gobernador del distrito para que testificara en representación del Estado, pero la autoridad no pudo ser ubicada en ningún lado. Ante el vacío de poder, propuse a las partes llegar a un acuerdo salomónico; sin embargo, ninguna de las dos cedió en sus pretensiones. Como consecuencia de la falta de entendimiento y al no haber ley civil presente, decidí trasladar al detenido bajo custodia con destino a Tayabamba. Para que pagara en algo su falta y aliviara la carga de la tropa, le ordené llevar a la espalda los pesados paquetes que contenían todo el material electoral del proceso de referéndum.
La Laguna de la Puna y la Ley del Fusil.- A las 08:30 horas iniciamos la salida de aquel pequeño distrito. La lluvia de la madrugada había dejado una densa nubosidad baja que cubría gran parte del sendero sinuoso. En geografías tan abruptas, el ascenso resulta sumamente exigente y agotador; sin embargo, con los pulmones habituados a la altura, continuamos la marcha entre eucaliptos, magueyes y pastos naturales. Las subidas se tornaban cada vez más empinadas, obligándonos a realizar paradas para recuperar el aliento cada quince o veinte minutos. En medio de la columna avanzaba el delincuente cargando a la espalda el material del referéndum, flanqueado por el comunero denunciante y por su esposa, quien con lágrimas en los ojos se colocaba constantemente a mi costado para suplicar: «Jefe, ¿hasta dónde lo llevará detenido? Por favor, suéltelo, aquí tiene trescientos soles para sus gastos». Conocedora de que la patrulla marchaba sin rancho, intentaba tentarme mostrando los billetes que guardaba en el bolsillo derecho de su chompa de lana de oveja, tejida de manera artesanal. Suponía que podría comprarme con el sucio dinero, sin sospechar mi rotunda negativa. Tras unos minutos de silencio, volvió a inquirir con temor: «Seguro que lo lleva a la Base de Tayabamba por abigeo nada más... ¿O por terruco? Dígame la verdad».Embadurnados en sudor por la
exigencia de la subida, ingresamos a un sendero estrecho cubierto de
vegetación. Al salir, nos topamos de sorpresa con una laguna profunda y de
aguas gélidas, rodeada de pastizales verdes y arbustos oscuros. En ese paraje
ordené al delincuente que se desnudara, le amarré las manos hacia atrás con una
soga larga y lo arrojé a la parte más profunda. Cuando estaba a punto de
ahogarse, lo sacamos a la orilla y le ordené al civil afectado que descargara
toda su ira. Este comenzó a golpearlo con saña hasta hacerle sangrar el rostro
y el cuerpo, mientras la mujer lloraba y clamaba a Dios a gritos. Ante el
castigo, el abigeo imploró perdón y se comprometió verbalmente a pagar el
precio de los toros en un lapso de seis meses. Tras escuchar la promesa, el
dueño de los animales se dio por satisfecho y retornó a su caserío. Concluido
el castigo a orillas de la laguna, el detenido, ensangrentado y herido, se
vistió, volvió a cargar el material electoral y proseguimos la marcha.
Al caer la tarde, bajo un
cielo de oscuros nubarrones, una ligera llovizna anunció la proximidad de una
tempestad. En plena puna nos sorprendió una lluvia torrencial con granizada y
potentes truenos que sacudían las montañas. Pese a las condiciones meteorológicas
tan adversas, la patrulla continuó ascendiendo con el uniforme empapado y sin
ponchos de jebe. El delincuente se comportaba ahora de manera sumiso y
sumamente respetuoso. Tras soportar el implacable granizo, nos faltaba apenas
medio kilómetro para coronar la cumbre. Al ver que la esposa no cesaba de
llorar, me compadecí de ellos. Tras meditarlo bien, ordené desnudar nuevamente
al hombre y confisqué toda su ropa y zapatos. Acto seguido, lo encaré con
dureza: «En Tayabamba me espera un helicóptero. Si te hago llegar a la base
militar, diré que eres un terrorista». Para intimidarlo, saqué de mi mochila
una bandera de Sendero Luminoso y un par de cartuchos de dinamita con su mecha
lenta, elementos que siempre cargaba para infundir temor a esta clase de delincuentes
común que para los militares eran conocidos como los DDCC, pues sabía que bajo
la acusación de terrorismo permanecerían encarcelados, mientras que la justicia
civil ordinaria solía dejarlos libres por tecnicismos y corrupción. «Diré que
este material fue hallado en tu casa y con esta prueba te irás preso mínimo
treinta años», sentencié.
Al escuchar la amenaza que en
realidad solo era para asustarlo nada más, pues a él solo lo emplee para que cargue
el material del Proceso de Referéndum, ya había pensado que en la cumbre lo dejaría
libre para que retorne a su caserío en Urpay. La mujer se desmayó del impacto.
Los soldados tuvieron que echarle aire para reanimarla. Cuando reaccionó, me
dirigí al abigeo: «Las lágrimas de tu mujer han ablandado mi corazón. Voy a
cerrar los ojos y contar hasta diez; al abrirlos, no quiero verlos aquí. Tienen
que hacerse humo o te llevo por terrorista». Apenas inicié el conteo, el
hombre, completamente desnudo y descalzo, emprendió una veloz carrera cuesta
abajo seguido por su esposa, rumbo a Urpay. Para asegurar el susto, efectué una
ráfaga de veinte cartuchos al aire con mi fusil FAL «mochito», famoso por su
eficacia. Aterrorizados y sin voltear, ambos desaparecieron por una quebrada.
En aquellos tiempos de excepción, estos métodos expeditivos aplicados a civiles eran una de las formas corrientes de combatir la delincuencia común, y a mi criterio resultaban sumamente eficaces. En otras ocasiones, el personal aplicaba castigos como raparles la cabeza, desnudarlos, bañarlos con agua helada y propinarles una pateadura antes de liberarlos; el temor a ser falsamente procesados por terrorismo los mantenía en absoluto silencio. Es innegable que en medio de estas acciones implementadas para frenar a la subversión y al hampa organizada, también perdieron la vida algunos inocentes. Eran épocas donde la sociedad civil permanecía en completo silencio; nadie reclamaba ni protestaba, y mucho menos los abogados mafiosos que venden su alma por dinero, pues sabían que acercarse a una dependencia militar ponía en riesgo sus propias vidas.
Esta misma lógica operaba en
otros frentes. Por ejemplo, durante el tiempo que laboré en el Frente Huallaga,
en el departamento de San Martín, nos desplazábamos a pie dentro del monte,
pero al salir a las carreteras confiscábamos vehículos. Se ordenaba bajar a
todos los pasajeros y los civiles obedecían en absoluto silencio; la patrulla
abordaba y si el chofer advertía que estaba bajo de combustible, nos dirigíamos
al grifo más cercano donde se le ordenaba al despachador: «Tanquea el vehículo,
la patrulla necesita trasladarse». El grifero, sin dudas ni murmuraciones,
llenaba el tanque. Lo mismo ocurría en los ríos al confiscar los botes
«peque-peque».
Hoy en día, muchos analistas y críticos calificarán este accionar militar de ilegal, informal, abusivo y violatorio de los derechos humanos. No obstante, cabe calibrar la realidad objetiva de aquel escenario: si las operaciones contrasubversivas se hubiesen conducido estrictamente bajo los parámetros de la democracia formal y los manuales teóricos de derechos humanos, la guerra interna la habría ganado el Partido Comunista del Perú - Sendero Luminoso. Por su parte, el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) se autoeliminó debido a sus propios errores estratégicos, fracasando en su fortín de San Martín, donde fue contundentemente derrotado por el Ejército peruano.
El Humo Blanco de los Andes y el Jamón de la Puna. Aquella tarde alcanzamos la cumbre, ubicada a más de 4000 metros sobre el nivel del mar, arrastrando más de cuarenta y ocho horas de hambre continua. Desde la cima, iniciamos el descenso hacia Tayabamba empleando la misma ruta del despliegue, el sinuoso y único sendero que baja en dirección al cementerio general. En la sierra peruana existe la costumbre de que, a partir de las tres de la tarde, las familias comiencen a montar sus ollas para preparar la cena. A esa hora, como una señal inconfundible, de los tejados brota un humo blanco si cocinan con leña seca, o un humo denso y grisáceo si emplean leña húmeda. Los hábitos del campesino andino en el norte del país guardan gran similitud, compartidos entre las regiones de Áncash, Cajamarca y La Libertad. Su gastronomía varía según las estaciones: durante el invierno —de febrero a mayo— predomina el consumo de papa sancochada con ají molido y huacatay, sopas de papa y mates de huamanripa o muña; en los meses de verano, la dieta cambia a sopa de trigo, mazamorra de calabaza, mote, oca sancochada y mazamorras de caya o cebada, reservando para ocasiones especiales el picante de cuy con papa, el caldo de gallina o el de cordero.
Tras hora y media de marcha
cuesta abajo, a las 17:00 horas, arribamos a un caserío de aproximadamente
cuarenta viviendas. Aguijoneados por la necesidad, coordiné previamente con la
tropa para ingresar a los hogares en parejas y conseguir alimento. Al estar
cerca, algunos soldados comentaron con entusiasmo que la cena ya debía estar
lista. Les ordené actuar con absoluta cortesía: «Van a ingresar a las casas en
parejas y pedirán comida con mucho respeto, sin forzar a nadie». En el acto, la
mayoría de los muchachos corrió hacia las viviendas, entrando de sorpresa. Por
tradición y seguridad cultural, estas humildes casas del ande suelen carecer de
puertas, por lo que los campesinos quedaron estupefactos al ver aparecer a
estos intrusos uniformados y hambrientos suplicando por un plato de comida.
Por mi parte, ingresé a una
vivienda situada al borde del camino. Allí encontré a una pobladora muy humilde
sentada frente a sus ollas de barro, conocidas en la región como allpa manca,
dándole los últimos toques de sabor a sus guisos con condimentos locales. Le
solicité un poco de alimento, pero ella se negó con amabilidad: «Soldado, no te
puedo invitar la cena porque he cocinado estrictamente para mis hijos, que esta
noche llegarán desde la ciudad de Lima». Aturdido por el hambre, fui incapaz de
asimilar sus razones. Sin mediar palabra, de un solo impulso destapé sus ollas
de barro una a una. En la vasija principal hervía un suculento puchero serrano:
jamón de chancho con coliflor, del cual sobresalían dos piernas seccionadas.
Ante la mirada atónita de la mujer, extraje dos trozos de carne, uno grande y
otro mediano, y procedí a engullir el primero para mitigar la debilidad del
cuerpo. Ya un poco saciado, miré a la campesina y le dije: «Muchas gracias,
señora, me retiro».
Abandoné el inmueble a paso
largo llevando el segundo trozo en la mano. Mientras continuaba el descenso por
el camino y me disponía a saborearlo, comencé a deshilachar las fibras de la
carne; para mi enorme sorpresa, el jamón estaba plagado de gusanos vivos. Al
ver la pieza en mis manos, los soldados de la tropa exclamaron con envidia:
«¡Usted sí, jefe de patrulla! ¡Qué buen pedazo de jamón le ha tocado!». Sin
revelarles el hallazgo, le obsequié la carne a uno de ellos. El grupo se la
repartió de inmediato entre cuatro hombres y en cuestión de segundos la
devoraron por completo. En diversas zonas de la sierra norte, los lugareños
consumen el jamón agusanado de manera habitual; según la creencia popular, las
larvas son parte intrínseca de la maduración de la carne, no causan daño alguno
y, por el contrario, le confieren un sabor mucho más intenso y concentrado.






No hay comentarios.:
Publicar un comentario