El general de división Francisco Morales Bermúdez comandaba los destinos del país desde el Palacio de Gobierno, liderando la llamada «Segunda Fase» del régimen militar. Aquel fue un periodo marcado por el desmantelamiento de las reformas más radicales de su antecesor y por una severa crisis económica que se hacía sentir en cada rincón de la república. En las calles de las ciudades y en los pueblos andinos, el camión de la «leva» era una sombra temida: un vehículo impredecible que capturaba jóvenes al azar para llenar las filas del Ejército. Para un muchacho de la época, cruzar voluntariamente las puertas de un cuartel no era solo un acto de servicio, sino un salto ciego hacia un universo cerrado, regido por un orden implacable.
Fue
precisamente el 3 de enero de 1977 cuando tomé la decisión que marcaría mi
juventud. En aquellos tiempos de reclutamiento forzoso, opté por presentarme de
manera voluntaria para cumplir con el servicio militar en el Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado “Huascarán”
N° 112, acantonado entonces en el distrito de Caraz, en la provincia de
Huaylas, Áncash.
Durante
las primeras noches de la «reclutada» —un severo periodo de adaptación que por
entonces duraba dos meses—, el rigor del cuartel se manifestaba con puntualidad
matemática para los 180 reclutas, en su mayoría hijos de campesinos del Callejón de Huaylas, Callejón de los Conchucos, las zonas de Bolognesi y zonas de Chimbote. Al marcar
las 21:00 horas, la totalidad del personal debía encontrarse ya en pijama y
dentro de sus respectivas camas. Para muchos de nosotros, era la primera vez
que dormíamos cubiertos por sábanas blancas; sin embargo, aquel ansiado y breve
descanso siempre estaba precedido por la temida revista de «perras».
Para
esta inspección nocturna, los reclutas debíamos lavarnos previamente los pies
con jabón y, tendidos de espaldas sobre las camas, presentarlos perfectamente
alineados hacia el pasillo central. El sargento de semana y los monitores procedían entonces a
pasar la revista valiéndose de la bayoneta de un fusil FAL. En el espacio
interdigital suele acumularse una descamación cutánea en forma de grasa que, al
ser removida por el frío metal, salía con un color blanquecino. A esta
exfoliación los sargentos la denominaban cínicamente «queso» y, como un acto de
pura humillación, ordenaban abrir la boca para tragársela.
En
aquellos tiempos, esa era la tradicional y abusiva «perrada» que debíamos
sufrir los soldados recién incorporados: un régimen de castigo físico y total sumisión
amparada en la jerarquía, el cual no quedaba más remedio que resistir con
estoicismo. Al principio, al vernos rodeados de jóvenes procedentes de
distintas localidades del departamento de Áncash —todos con las cabezas rapadas
y convertidos en «pelados»—, experimentábamos una profunda y mutua sensación de
extrañeza en la penumbra de las cuadras.
La
rutina diaria iniciaba implacablemente a las 05:00 horas con el toque de diana.
A partir de ese instante, el tiempo para cada actividad corría con precisión
cronométrica y sin compasión. La jornada comenzaba con el tendido de la cama:
la frazada debía quedar perfectamente doblada, con la franja bicolor orientada
hacia el frente; las sábanas blancas, con sus respectivos dobleces
reglamentarios; y la colcha, estirada sin una sola arruga. Para otorgar el
visto bueno, el jefe de compañía lanzaba una moneda sobre la superficie; si
esta rebotaba, la revista quedaba aprobada. Asimismo, el piso de la cuadra
debía lucir reluciente de rincón a rincón, los servicios higiénicos impecables
y las áreas verdes regadas al milímetro, satisfaciendo el exigente estándar del
comandante del batallón. En el ínterin, debíamos hacer auténtica magia con el
tiempo para cumplir con el aseo personal, convirtiéndonos cada mañana en
hombres polifacéticos que compartíamos el mismo corte de cabello, el mismo
uniforme, el armamento y un itinerario de entrenamiento físico dictado por los
instructores en una constante e intensa progresión.