miércoles, 21 de octubre de 2026

EL BAUTIZO DE RANCHO EN EL BATALLÓN DE INGENIERIA DE COMBTAE MOTORIZADO N° 112 CARAZ ANCASH PERÚ

En la tarde del 3 de enero de 1977, los 180 reclutas que integrábamos el contingente del Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado «Huascarán» N° 112, acantonado en el distrito de Caraz, Huaylas, Áncash, llevábamos ya varias horas de pie en el patio de armas. Los sargentos monitores, implacables, nos habían mantenido rugiendo bajo el sol y la tensión; pero las horas avanzaban y, en medio de aquel desgaste, desde la guardia de prevención escuchamos por primera vez el toque de corneta para el rancho. Entre los soldados antiguos corría el chusco rumor de que aquella melodía repetía: «Se quema la papa y se quema el arroz, se quema la papa y se quema el arroz y los soldados ni cuenta se dan». Recibiríamos, por fin, el primer rancho de tropa de nuestras vidas, preparado en unas pailas de gran tamaño: sopa de verduras, guiso de carne de res, un pan y café.

Para conducirnos al comedor, sin embargo, los monitores nos obligaron a adoptar la posición de «marcha de pato» a lo largo de los ciento cincuenta metros que separaban el patio de armas de la explanada de la cocina. El ejercicio consistía en avanzar en cuclillas, con las manos firmes en la cintura, imitando el andar de estas aves mientras exclamábamos a coro: «¡Cua, cua, cua, cua!». Muchos de mis promocionales, especialmente los de extracción campesina, jamás habían sometido su cuerpo a semejante exigencia. Tras escasos veinte metros de avance, el dolor en las articulaciones se tornó agudo y los muslos comenzaron a arder con intensidad. El deseo de ponernos de pie era generalizado, pero los monitores se mostraban implacables y prohibían cualquier queja en las filas. Con sarcasmo, nos inquirían en plena marcha: «"Perros", ¿quema?». Al responder la formación con un unísono «¡Sí!», los instructores replicaban con dureza: «¡Soplen pues, carajo!». Aquel que cedía al cansancio y se enderezaba para aflojar los músculos era confinado de inmediato a la retaguardia del contingente para reiniciar el trayecto bajo un castigo mayor.

Con gran dificultad alcanzamos la explanada del rancho, portando nuestras bandejas de guarnición, tazones y cubiertos metálicos. El protocolo militar imponía un orden estricto: primero desfilaron ante las pailas las cinco compañías del personal más antiguo de la unidad. Nosotros, en nuestra condición de reclutas, observábamos con atención cada movimiento, especialmente cuando los sargentos de semana coordinaban las raciones de los denominados «racioneros» —el personal asignado a comisiones de servicio fuera del cuartel, a quienes se les debía reservar el alimento reglamentario—. Para nuestra promoción, la cena constituyó una verdadera prueba de resistencia para gobernar el apetito, pues el avance hacia las pailas era exasperantemente lento. En ese intermedio aprendimos el manejo de las «gamelas de guarnición» —el juego de cubiertos de campaña— y la estricta etiqueta del comedor: sentarse y comer en «escuadra», manteniendo la cuchara en un ángulo vertical perfecto hasta la altura de la boca para luego introducirla en sentido horizontal. Asimismo, descubrimos que toda interacción verbal debía estar precedida por el vocativo «Mi...», una fórmula obligatoria que expresaba subordinación jerárquica. El tuteo estaba proscrito y el mando se manifestaba de forma vertical, bajo la premisa indiscutible de que «las órdenes se cumplen sin dudas ni murmuraciones; el superior que las imparte es el único responsable de la orden emitida».

Aquella primera cena fue una auténtica odisea que, no obstante, aguardábamos con ansiedad. Aunque en las pailas el servicio era equitativo, no todos lograban alimentarse por igual; con frecuencia, sargentos abusivos actuaban como aves de rapiña, despojando a los reclutas de sus raciones de pan o frutas. Además, el cuartel obligaba a adaptarse a un nuevo régimen alimenticio: si en la vida civil no se acostumbraba consumir menestras, allí era mandatorio hacerlo. El nerviosismo y el miedo hacían que algunos soldados derramaran gotas de sopa sobre la mesa, un error que resultaba fatal. Quien lo cometía era privado de inmediato del alimento bajo el argumento de los monitores de que se estaba desperdiciando una comida que bien podría mitigar el hambre de los desposeídos, acusando al infractor de ser un «perro miserable» que arruinaba el rancho adrede. Habíamos probado un poco de todo, pero la instrucción no otorgaba tregua. Cuando nos disponíamos a consumir el camote que integraba la ración, un sargento ordenó con voz enérgica: «Dejen el camote y, a la cuenta de tres, se han comido la cáscara. ¡Uno, dos, tres!». Sin más opción, deglutimos la cáscara de inmediato.

Poco después, el Oficial de Día, quien supervisaba el comedor, irrumpió con un grito: «¡Perros... atención!». Ante la orden, nos pusimos de pie de forma instantánea; sin embargo, el violento estrépito provocado por el choque de las bandejas, tazones y cucharas sobre las mesas enfureció al oficial. «¡Sentarse!... ¡Carajo, esto es un escándalo! En el comedor están prohibidos los alborotos», bramó. Acto seguido, repitió la secuencia con severidad: «¡De pie! ¡Sentarse! ¡De pie!», reiterando los comandos hasta lograr que el comedor quedara sumido en un silencio absoluto. El despliegue formaba parte de un Brindis de Bienvenida previamente planificado. Uno de los sargentos más antiguos entre los monitores tomó la palabra para pronunciar un breve discurso de recepción: «¡Brindemos por los reclutas del primer contingente de enero de 1977, quienes tienen el altísimo honor de pertenecer a las filas del Ejército! ¡Salud, señores!». La tropa respondió con un unísono «¡Salud!». En ese instante, la mayoría supuso que el tazón contenía vino; no obstante, se trataba de un bautizo castrense: una densa mixtura elaborada con desperdicios de ensalada, azúcar, ají, sal, vinagre, limón y pimienta. Impulsados por una sed extrema, bebimos el brebaje por completo.

Concluido el rancho, procedimos al lavado reglamentario de las bandejas antes de volver a formar en el patio exterior. Los castigos disciplinarios se sucedían sin interrupción. Cualquier infracción menor —como un leve movimiento en las filas, hablar sin autorización o mostrar lentitud en los desplazamientos— se saldaba con una sanción de «cien completas», es decir, cien planchas o flexiones de pecho. Tras cumplir rigurosamente el castigo, el recluta debía ponerse en pie de inmediato y reportar en voz alta y firme: «Orden cumplida, mi sargento», «mi cabo» o «mi antiguo», según correspondiera. Los instructores nos repetían de manera incesante una máxima del adiestramiento: «La mente domina al cuerpo; tienen que endurecer esos cuerpos acostumbrados a la vida ociosa».

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