domingo, 25 de octubre de 2026

EL 29 DE MAYO DE 1995 ME INTERROGARON POR TERRORISMO EN LA AVIACIÓN DEL EJÉRCTO EN CALLAO PERÚ

En mi caso, desde el 1 de enero de 1995 pertenecía administrativamente a la Compañía de Comunicaciones N° 800 Aviación del Ejército en el Callao, la falta de relevo me obligó a continuar como jefe de la Base Contrasubversiva del distrito de Pelejo, departamento de San Martín hasta el 29 de enero de 1995 y en ese mes se origina el conflicto con el Ecuador. El 6 de febrero desde Yurimaguas nos trasladaron con destino a la zona de Guerra. Al finalizar las operaciones militares contra las tropas invasoras de Ecuador en el Alto Cenepa 1995 todos retornamos al distrito de Rioja, sede del Batallón Contrasubversivo N° 28 para el relevo con la corporación entrante.

El día lunes 13 de febrero de 1995 en la cota 1232 del Valle del Cenepa casi perdí la vida; ergo, mi retorno a la sede de Rioja, previo al del resto de la tropa, obedeció a estrictas razones de fuerza mayor médica. En el enfrentamiento contra la Brigada de Fuerzas Especiales N° 9 "Patria" de Ecuador, sufrí una fractura en el quinto metacarpiano de la mano izquierda y la explosión de 4 granadas de morteros de 60 mm cuyas esquirlas me perforaron el omóplato izquierdo, en total recibí 43 esquirlas de granadas de morteros en la espalda. Aquel día de sol radiante desde el Puesto de Vigilancia N° 1 muchos heridos fuimos evacuados de urgencia vía aérea desde la zona de conflicto e internado en el Hospital Militar de Bagua, en Amazonas. Permanecí internado 14 durante días. Tras recibir el alta y aun encontrándome con un descanso médico relativo de 30 días, solicité formalmente mi reincorporación a la zona de guerra en el Helipuerto Tormenta; sin embargo, el capitán médico Carlos Smith Verástegui, jefe del centro médico de la 5ª División de Infantería de Selva, denegó mi petición debido a mi estado de salud. Ante esta negativa, el 3 de marzo opté por regresar al distrito de Rioja, San Martín.

Recuerdo que el 4 de marzo de 1995 retorné por mis propios medios al distrito de Rioja sede del Batallón Contrasubversivo N° 28 para continuar con mi descanso médico, pero por la escases de personal de oficiales y suboficiales en el acto me ordenaron para ocupar el puesto como jefe de la Base Militar de Yurimaguas, por lo que me desplace también por mis propios medios para ocupar el puesto asignado donde permanecí hasta el 10 de mayo de 1995. Como es habitual en el control de personal, y ante mi ausencia física, la Compañía de Comunicaciones N° 800 de la Aviación del Ejército acantonado en el Callao indagó sobre mi situación laboral mediante su procedimiento de PC 15. Fue en ese momento cuando el Comando Interino del Batallón Contrasubversivo N° 28 de Rioja proporcionó una información inexacta a través del radiograma N° 213/S-1/BCS N° 28, del 13 de mayo de 1995, reportando erróneamente que yo me había despedido del distrito de Rioja el 16 de abril de ese año. En consecuencia, y debido a este desfase administrativo, el Comando de la Compañía de Comunicaciones N° 800 procedió a denunciarme por abandono de empleo ante la Justicia Militar.

El 8 de mayo de 1995 se presentó en la Base Contrasubversiva de Yurimaguas un suboficial enfermero militar procedente de la ciudad de Lima, con quien procedí a efectuar el relevo formal del personal, del material bélico y de los activos del Banco Agrario de Yurimaguas. Finalizado este proceso, el 11 de mayo viajé al distrito de Rioja, arribando por la tarde con la copia del estado de relevo para ser entregado al oficial de logística (S-4).

El 12 de mayo de 1995, una vez concluidos los trámites administrativos, me despedí formalmente del Batallón Contrasubversivo N° 28 de Rioja. Tras permanecer seis meses consecutivos totalmente incomunicado con mis familiares y con poco dinero que recibí como Viatico en la tesorería de la Unidad. Desde el mes de enero mi sueldo de 5 meses se encontraba en la tesorería de la Companía de Comunicaciones N° 800 en el Callao. Mi viaje desde el distrito de Rioja a hasta la ciudad de Lima fue una odisea, en camiones viajé desde Rioja hasta Chiclayo y en un camión también llegue a la ciudad de Lima en lapso de cinco días—periodo en el cual mis padres, hermanos y demás familiares no tuvieron noticia alguna de mi paradero—, el 18 de mayo llegue a la ciudad de Huaraz para un anhelado reencuentro familiar; posteriormente, partí de inmediato hacia la Aviación del Ejército en el Callao.

El 29 de mayo de 1995, me presenté en la oficina de personal (G-1) de la Aviación del Ejército, ubicada en el Callao. Dicha dependencia estaba a cargo del teniente coronel de infantería Javier Da Cruz del Águila —apodado «Charapín», un oficial caracterizado por ser tranquilo y comprensivo—, mientras que el general de brigada Luis Enrique Mayaute Ghezzi se desempeñaba como comandante general de la GUC. Ingresé portando mi papeleta de tránsito, la cual había sido debidamente firmada en el distrito de Rioja con fecha 12 de mayo. Sin embargo, en lugar de un trámite regular, recibí una severa e injusta reprimenda por parte de un mayor cuyo nombre no recuerdo, quien fungía como adjunto del comandante Da Cruz. Los oficiales asumieron erróneamente que yo no había participado en la guerra con el Ecuador y, de forma despectiva, afirmaron que mis documentos eran apócrifos. Acto seguido, me notificaron que había sido denunciado por el delito de Abandono de Destino —lo que hoy se conoce como abandono de empleo— ante la 2ª Zona Judicial del Ejército, mediante el Oficio N° 396 A-1/02.42.02 de fecha 18 de mayo de 1995. Según aquel documento, se me consideraba infractor desde el 24 de abril; una acusación que ignoraba por completo que, en esa misma fecha, yo me encontraba ejerciendo funciones al mando del personal de tropa en la base contrasubversiva de Yurimaguas, en Loreto. El G-1 estaba completamente equivocado. 

Al salir de la oficina del G-1, un capitán me trasladó de inmediato y sin escalas hacia el despacho del G-2, el oficial de Inteligencia. Allí me esperaban un comandante ya entrado en años, tres oficiales de menor graduación y un técnico que cumplía las funciones de auxiliar de Estado Mayor. Sin preámbulos, el comandante me espetó: «Suboficial, ¿Dónde ha permanecido desde el mes de enero hasta el mes de mayo? Dígame la verdad, ¿ha ido a operar para el PCP-Sendero Luminoso, ¿sí o no?», además me dijo que yo era un mando militar y como personal de comunicaciones había creado una IOC para el uso de los terroristas.

En esas horas me interrogaban con amenazas como si fuera un terrorista. Aquella hostilidad no era nueva para mí; desde 1987 sospechaba que la gente de inteligencia seguía mis pasos bajo la sospecha de que era un integrante más de las filas del PCP Sendero Luminoso. Ya me habían alertado de ello, pero ¿por qué me habían fichado? Simplemente porque veían que entre mi bibliografía personal contaba con abundantes obras de José Carlos Mariátegui, Carlos Malpica, José María Arguedas y Manuel González Prada, entre otros. Además, yo era un suboficial muy recalcitrante, de los que no se callaban: cuestionaba y reclamaba abiertamente a los comandantes ladrones por el robo de combustible de vehículos y de rancho, pésimo rancho, robo de prendas y por la alarmante falta de comida para el personal de tropa. También denunciaba el impago de los viáticos por las Elecciones Municipales y Presidenciales —cuyo dinero era enviado expresamente por la ONPE—, la retención del dinero extra que venía fuera de planilla por nuestras labores en las Zonas de Emergencia, y el desvío de los fondos provenientes del convenio minero, nunca recibí pago por mis labores en las zonas de emergencia en la Sierra y Selva del Perú, entre otros abusos. Para el comando de los batallones donde laboré, ese comportamiento no era normal; un militar que exigía derechos y se negaba a ser sumiso debía ser, invariablemente, un terrorista. Volviendo a lo ocurrido en aquella oficina del G-2 de la Aviación del Ejército en el Callao, el interrogatorio se prolongó, bajo una intensa presión psicológica, por un lapso de dos horas. El G-2 estaba completamente equivocado, eran otros tiempos casos de abuso como la que describo ameritaba una acción legal.

Posteriormente, fui citado formalmente para comparecer ante la 2ª Zona Judicial del Ejército, ubicada en la segunda cuadra de la avenida Arenales, en Lima. Acudí al tribunal debidamente uniformado, manteniendo la dignidad de mi cargo. Al presentarme, los magistrados pretendieron obligarme a designar un abogado particular para asumir mi defensa. Ante lo que consideré un flagrante abuso de autoridad y un atropello a mis derechos, protesté enérgicamente en plena sala; alegué mi absoluta inocencia y me rehusé firmemente a contratar una defensa privada por un delito que jamás cometí.

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