El Puka Kunka que aparecía por
las curvas de Yanasara. - Corría el año 1978. Mientras en Lima el
gobierno militar del General Francisco Morales Bermúdez movía las piezas de la
política nacional, en las alturas de La Libertad se libraba otra batalla: la de
ganarle terreno a la roca y al olvido. Mediante una resolución ministerial, el
Ministerio de Guerra ordenó a la Compañía “A” del Batallón de Ingeniería N° 112
transformarse en Jefatura Militar. ¿La misión? Construir carretera desde el
Puente Pallar hasta la remota localidad de Calemar, con el sueño de alcanzar
algún día la selva de Juanjuí.
Fue así como el 16 de marzo de
aquel año, las pesadas máquinas y las botas militares irrumpieron en el caserío
de El Pallar. El campamento se levantó sobre las tierras de don Francisco
Pinillos, un anciano de ochenta y tres años, dueño absoluto de inmensas chacras
que se extendían con orgullo entre Yanasara y El Pallar Bajo y el Pallar Alto,
en la provincia de Sánchez Carrión.
Eran tiempos recios y el
personal de oficiales y suboficiales escaseaba en el campamento militar. A
falta de oficiales, técnicos y suboficiales, la responsabilidad cayó sobre los
hombros de los sargentos de tropa del Servicio Militar Obligatorio. Muy
jóvenes, pero con el pecho firme, asumimos el servicio como oficiales de
guardia, custodiando con celo la puerta principal del campamento.
La rutina era implacable. De
lunes a viernes, el trabajo forzado nos arrebataba las fuerzas desde las ocho
de la mañana hasta las seis de la tarde; los sábados la faena se acortaba hasta
la una de la tarde. El cansancio se nos pegaba al cuerpo como el polvo del
camino. No había tiempo para descansar, ni para lavar nuestras prendas, y mucho
menos para armar un partido de fútbol, aquel ansiado desahogo que la geografía
y el deber nos negaban. El domingo era el único oasis esperado, pero el destino
tenía otros planes.
A partir de abril, los
domingos perdieron su paz por culpa de una camioneta blanca. Venía sorteando
las curvas desde Huamachuco, conducida por el padre Sebastián Rosell, un
sacerdote español, natural de Mallorca, cuya estampa era la de un hombre gordo
y sumamente colorado. El religioso llegaba puntual para mortificarnos el
descanso con misas y charlas obligatorias que se extendían desde las ocho de la
mañana hasta pasadas las nueve y media.
Desde lo alto del torreón de
la puerta principal, el centinela de turno vigilaba el horizonte de Yanasara.
En cuanto el vehículo blanco asomaba a lo lejos, su voz quechua rompía el
silencio matutino para alertarnos:
—¡Mi sargento, ya viene el
puka kunka! ¡Mi sargento, ya viene el puka kunka!
Al escuchar la advertencia, la
guardia entera murmuraba y renegaba entre dientes. Los soldados, muchachos
ancashinos que arrastraban el dulce y ancestral idioma de Huaraz, bautizaron
así al párroco. "Puka kunka" —cuello rojo— le decían en secreto,
burlándose del color encendido que el implacable sol andino le pintaba en la
nuca al extranjero.
Así pasábamos los días en El
Pallar: abriendo caminos para el país, madurando a golpes de disciplina en las
guardias, y compartiendo contraseñas en quechua para sobrevivir a la fatiga y a
los eternos sermones del domingo.
En la guardia convivían
temperamentos tan opuestos como los paisajes de la sierra. Estaba el Sargento
de Segunda Martín Chilca Vásquez, alias “Cara de Perro”. Natural de Pampas
Grande, allá por la zona de Pira, frente a la ciudad de Huaraz, Chilca era un
cholo corpulento de un metro setenta y cinco de estatura. Su fama de abusivo lo
precedía: en las calles se agarraba a golpes por puro gusto con dos o tres
civiles a la vez, masacrándolos solo porque le daba la gana. Muchos en el
campamento pensaban que un "valiente bruto" como él sería el hombre
indicado para detener al fastidioso sacerdote y refundirlo en el calabozo por
veinticuatro horas; pero Chilca, ante el peso de la sotana, nunca se atrevió.
La verdadera sorpresa la daba
el Cabo Jamanca. Él era un cholo de rostro indio y autóctono, proveniente de
las alturas de Huaraz. Alto y robusto como Chilca, Jamanca era, en cambio, un
soldado obediente, sumiso en su conducta, pero poseedor de una mirada
extraordinariamente observadora. Un día, con una lucidez que me dejó atónito,
se me acercó y me dijo:
—Mi sargento, he observado
tanto a este cura español y veo que es la mismísima reencarnación del miserable
Vicente Valverde, ese que actuó en nombre de Dios en Cajamarca el 16 de
noviembre de 1532en l captura del Inca Atahualpa. Este desgraciado todos los
domingos nos jode, nos adormece la mente y por su culpa ni siquiera podemos
jugar al fútbol.
Aquellas palabras me calaron
hondo. Yo mismo había sostenido largas y tensas discusiones con el cura
mallorquín cuando este se sentaba a descansar en las bancas de la Guardia de
Prevención. Aprovechaba esos momentos para encararle la verdad histórica: la
sangrienta invasión de las tierras del Tahuantinsuyo comandada por el
analfabeto Francisco Pizarro, el exterminio de nuestra raza, el trabajo forzado
en las mitas y toda la herencia de males que los españoles nos dejaron. Pero el
cura, con una retórica ensayada, justificaba la invasión de mil maneras,
tratando siempre de engañarme o confundirme con sus argumentos teológicos.
Fue en una de esas tardes, sintiendo cómo la verborrea del clérigo insultaba la memoria de nuestros ancestros y el cansancio de mis soldados, que la ira me nubló la vista. Mientras Jamanca observaba en silencio y el "Cara de Perro" miraba hacia otro lado, me guardé el orgullo bajo el uniforme militar y me propuse firmemente una última misión: la próxima vez que el puka kunka cruzara la puerta, lo capturaría y lo encerraría veinticuatro horas en el calabozo.
Un domingo por la mañana,
justo después de haberme relevado como oficial de guardia entrante, el
centinela apostado en el torreón dio la alarma. La camioneta blanca del español
acababa de aparecer por la esquina donde vendían la chicha de jora embotellada
en viejos envases de aceite Capri. Todo estaba fríamente preparado. Salí
de inmediato a recibirlo mientras él estacionaba el vehículo en las
inmediaciones de la guardia.
Con fingida cortesía, invité
al sacerdote a sentarse en las bancas junto a la sala de guardia. Al frente, al
pie de la muralla y bajo la sombra, el personal de tropa de retén y reserva
observaba en un silencio sepulcral. Nos sentamos y, como de costumbre,
iniciamos el bombardeo de preguntas y respuestas. Fue entonces cuando el plan
se puso en marcha.
En un movimiento rápido y
certero, armé la ametralladora UZI abastecida con treinta y dos municiones de
calibre 9 milímetros. Sin titubear, le coloqué el frío cañón directamente en la
sien izquierda.
—Vas a morir, español de
mierda— le susurré con la voz cargada de siglos de indignación.
El sacerdote se congeló. No
articuló una sola palabra, el rostro se le desencajó y gruesas gotas de sudor
comenzaron a brotarle de la frente. Mientras el metal presionaba su cabeza, por
mi mente desfilaron las sombras de nuestros antepasados caídos a manos de
aquellos conquistadores.
—Levántate y camina en esta
dirección— ordené de golpe.
Obediente y quebrado por el
miedo, el puka kunka avanzó con el cañón escoltándolo hasta el calabozo
ubicado en la parte posterior de la sala de guardia. Lo deposité tras las rejas
como se lo merecía aquel descendiente espiritual del satanás de Cajamarca. La
mayoría del personal de la guardia presenció el acto histórico. Nadie habló.
Ninguno de los testigos pronunció palabra alguna; en el fondo, todos compartían
el mismo rechazo hacia la opresión dominical de aquel religioso.
El destino jugó a nuestro
favor esa tarde. El suboficial Mariano Negri Estrada, quien ejercía como
oficial de día, había pedido permiso para ausentarse un par de horas; vivía con
su familia al frente del campamento, cruzando el Puente Pallar, en una casa
alquilada. Las horas transcurrieron en una tensa calma y nadie preguntó por el
sacerdote. Su camioneta seguía allí, pero el párroco continuaba confinado en la
penumbra del calabozo, sin probar bocado.
Al verse libres de la misa,
los muchachos de la tropa sintieron una alegría que no experimentaban en meses.
Desfilaron contentos por la puerta principal para disfrutar de su paseo. Su
destino favorito era aquella misma esquina de la chicha de jora en botellas de Capri.
La dueña de la cantina sabía hacer su negocio: tenía dos hermosas hijas de
diecisiete y diecinueve años, de ojos cautivadores, que se convirtieron en el
imán de los soldados y de algunos civiles que intentaban cortejarlas. Mientras
el cura padecía el encierro, afuera la vida vibraba con risas, música y
juventud.
A las ocho de la noche, la
realidad militar volvió a imponerse. Inicié la lista de retreta con el personal
de la guardia. A esa misma hora, el suboficial Negri Estrada regresaba de su
casa para pasar lista con el resto de la Compañía. Mientras yo impartía
instrucciones a mis hombres, un sargento conocido por todos como el "Cholo
Blanco" llegó corriendo a la guardia.
—¿Llegó el sacerdote
español por la mañana?— me preguntó con intriga.
Miré de reojo la camioneta
estacionada en el patio y, manteniendo la sangre fría, mentí sin parpadear:
—El sacerdote se fue a la
localidad de Cochabamba y no ha retornado hasta este momento.
Con esa falsa información, el
"Cholo Blanco" dio media vuelta para reportar al oficial de día. Yo
me quedé organizando los tres turnos de vigilancia para la noche.
A las nueve, el primer turno
de la guardia ocupó sus puestos bajo el mando del cabo de guardia. Los hombres
de retén y reserva se retiraron a la sala de descanso. Llamé de inmediato al
cabo de castigados y le di una orden estricta: nadie, bajo ninguna
circunstancia, debía acercarse al calabozo. El clase se plantó frente a la
celda con el fusil FAL cargado y con el seguro puesto.
Me quedé solo con mis
pensamientos, caminando de un lado a otro en la penumbra de la Jefatura. Miles
de preguntas me rondaban la cabeza: ¿Qué pasará si le hago amanecer en el
calabozo a este miserable español? ¿Hasta dónde llegará el escándalo? En
realidad, no me importaban los castigos, las cortes militares ni las amenazas
de los superiores. Había hecho justicia por el fútbol cancelado, por el
cansancio de la tropa y por la memoria de Atahualpa.
Satisfecho con la lección histórica dictada en el caserío de El Pallar, decidí que ya había sido suficiente. Me acerqué a la reja y le otorgué la libertad.
Siendo las diez de la noche,
una quietud estricta cubrió el campamento militar. Era la hora en que el
oficial de día pedía el Parte de Instalación a todos los sargentos de semana.
El reporte fue el de siempre: el personal de tropa estaba acostado en las
cuadras y el servicio de imaginarias permanecía alerta. El sacerdote seguía allí,
depositado en la oscuridad.
A las diez y cuarenta y cinco
de la noche, decidí que la lección estaba dada. Me acerqué lentamente al
calabozo y le ordené al cabo de castigados que abriera la puerta. Al ingresar,
encendí mi linterna de mano. El haz de luz barrió los rincones hasta encontrar
al sacerdote mallorquín, sentado sobre el piso de tierra en una esquina. Me
miró sin remordimientos, pero con unos ojos que, dentro de su fisonomía gorda y
colorada, clamaban en silencio por su libertad.
Me quedé de pie observándolo.
Por un instante, la compasión templó mi rabia.
—Padre, ya pasó todo tu
castigo. Te vas— le dije, bajando la linterna—. Pero le advierto que se
retire sin abrir la boca. Calladito nomás.
El hombre obedeció de
inmediato. Salió a paso lento y silencioso, arrastrando el hambre de todo el
día. Lo acompañé sin decir palabra hasta que abordó su camioneta blanca. Se
colocó al volante, arrancó el motor despacio y su silueta se perdió en las curvas
de la noche, alejándose de la guardia con rumbo a Huamachuco.
Pasé el resto de la madrugada
despierto, midiendo en mi mente las represalias. ¿Qué sanción recibiré si
soy tropa?, me preguntaba mientras caminaba por la prevención. ¿Me
patearán, me golpearán con un palo, me pondrán de plantón o me darán arresto de
rigor en este mismo calabozo? Al final, asumí el riesgo; no me importaba
nada. Sin embargo, cuando amaneció, el miedo se disipó. Los soldados de la
guardia saliente se me acercaron en secreto para felicitarme y alabarme. “No
hay nadie como usted, mi sargento”, murmuraban los más antiguos con una
sonrisa cómplice. “Con esta mala experiencia, ese puka kunka no vuelve más”.
Los menos antiguos, asustados, solo se limitaban a mirarme con un respeto
renovado.
Le habíamos dado el susto de
su vida al heredero espiritual de Vicente Valverde, el clérigo que junto a
Francisco Pizarro exterminó a nuestros ancestros en nombre de Dios. Y la
profecía de la tropa se cumplió: el cura jamás volvió a pisar el campamento de
El Pallar.
Pasaron los años y la historia
del Perú cambió de rostro. Entre 1988 y 1995, la sierra de La Libertad se
transformó en una zona de emergencia convulsionada por el terror del PCP
Sendero Luminoso. Para combatirlos, el Ejército levantó el cuartel "La
Cuchilla" en la llanura de Purumpampa, instalando el Batallón
Contrasubversivo “Coronel Oscar de la Barrera” Nº 323, con bases desplegadas
desde Tayabamba hasta Quiruvilca.
En la primera semana de julio
de 1992, el destino me trajo de vuelta. Procedente del Batallón de Infantería
Motorizado "Iquique" N° 31 de Lobitos, en Talara, me incorporé al
Batallón N° 323. Ya no era el sargento
recluta de antaño; ahora ostentaba el grado de Suboficial de Segunda antiguo,
sirviendo como especialista en la Compañía de Comando y Servicios como Mecánico
de Comunicaciones y Electrónica.
Al pisar Huamachuco después de
doce largos años, el primer recuerdo que saltó a mi mente fue el del viejo
sacerdote Sebastián Rosell. Quise buscarlo, pero la gente del pueblo me recibió
con una amarga sorpresa: el cura había huido de regreso a España. Y no se había
ido con las manos vacías; se había llevado consigo una histórica campana de oro
macizo que colgaba desde los tiempos de la colonia en el campanario de la Plaza
de Armas. “Ese cura ladrón se la llevó y nadie le reclama”, me decían
los pobladores con indignación.
En ese momento, mientras
contemplaba el campanario vacío bajo el frío de la sierra, apreté los puños y
pensé para mis adentros: “A ese desgraciado mejor lo hubiera ejecutado en El
Pallar en el año 78”. Al final, había resultado ser un saqueador más, fiel
a la estirpe de los que llegaron en 1532.
Sin embargo, me quedó el consuelo de la memoria. Sé muy bien que el padre Sebastián Rosell, en lo que le quede de su perra vida allá en España, jamás olvidará la tarde en que los soldados tahuantinsuyanos le pusimos una UZI en la sien en el Campamento Militar de El Pallar.



LINDO TU ESCRITURA SOBRE EL PADRE ESPAÑOL,LO HUBIERAS EJECUTADO LA VERDAD NO ME ACUERDO DE ESE ANEGNOTA.
ResponderBorrar