Los Hombres de la Pala, el Pico y el Fusil.- En el año de 1977, el eco de los motores y las botas marcaba el paso en el distrito de Caraz, allá en la provincia de Huaylas. El Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado "Huascarán" N° 112 operaba bajo el mando firme del teniente coronel de Ingeniería don Renán Ortiz Guillermo, un oficial recuayino que conocía la dureza de la tierra ancashina. Por aquellos tiempos, el cuartel albergaba a un contingente de cuatrocientos ochenta jóvenes del Servicio Militar Obligatorio. Eran muchachos que alternaban la rigidez de la vida castrense con el rudo trabajo de abrir caminos, organizados en cinco compañías que se repartían las tareas y el territorio.
Organización del Batallón.- La Compañía de Comando y
Servicios marchaba bajo las órdenes del capitán Víctor Valderrama Chávez; la
Compañía “A” respondía al capitán Alberto Cordero Núñez; la Compañía “B” seguía
al capitán Raúl Hermosa Ramírez; la Compañía "C" estaba a cargo del
teniente Roberto Hurtado Jiménez, y la Compañía de Equipo y Mantenimiento se
movía bajo la dirección del capitán de ingeniería José Durán Quesnay. Cada companía era un
engranaje en una maquinaria que construía patria con las manos.
El destino separó los rumbos
del batallón. Mientras la Compañía "C" permanecía destacada en la
lejana provincia de Pomabamba, la Compañía “A” fue enviada a la ciudad de
Huaraz. Se instalaron al frente de la vieja cárcel, muy cerca de las inmediaciones
del Estadio Rosas Pampa. Aquel campamento se convirtió en parte del paisaje
urbano durante varios años. Su presencia se anunciaba con el rugido de los
tractores, los cargadores frontales y una flota de volquetes de un vivo color
anaranjado que contrastaba con el gris de la cordillera.
Al caer la tarde, el traqueteo de aquellos volquetes anaranjados anunciaba el retorno del contingente. En las tolvas viajaba la tropa, cubierta de polvo, pero con la frente en alto, cargando sus herramientas de combate diario: palas, picos y carretillas tras extenuantes jornadas en las carreteras. Quienes éramos jóvenes civiles en ese entonces los mirábamos pasar desde las aceras. Con esa picardía propia de la juventud, les gritábamos “cachamulas”, aunque en todo Huaraz también se les conocía con respeto y afecto como los populares “pala picos”. Eran soldados de la ingeniería que, antes de empuñar un fusil en las fronteras, moldearon las rutas y los caminos de su propio pueblo.

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