Los Platos Rotos del Comandante de Batallón.- El polvo grisáceo del desierto de Talara se colaba por las rendijas de la guarnición del distrito de Lobitos, cubriéndolo todo con una fina capa de olvido. Era la primera semana de enero de 1990. El país se caía a pedazos bajo una hiperinflación asfixiante, pero dentro del Batallón de Infantería Motorizado "Iquique" N° 31, la verdadera tormenta llegó con el nuevo jefe: el teniente coronel de infantería César Gálvez Bardales. Un hombre cuya imponente obesidad y mirada fría delataban a un oficial curtido en las sombras del Frente Huallaga.
Yo pasaba los días atrapado
entre el zumbido de los radios HF y VHF de comunicaciones y las cajas de cerveza de la
cantina de la tropa, un puesto informal que manejaba desde hacía un año. Una
tarde, el comandante me citó a su despacho. El humo de su cigarrillo flotaba
pesado en el aire.
—Suboficial —dijo Gálvez,
recostándose en su sillón con una sonrisa ensayada—, me han dado excelentes
referencias suyas. Usted va a continuar a cargo de la cantina de Tropa. Es más, he
decidido nombrarlo también tesorero de la Unidad.
Sentí un escalofrío. El manejo
de dinero en ese cuartel era una soga al cuello.
—Mi comandante, le agradezco
la confianza —respondí, midiendo cada palabra—, me quedo con la cantina, por el
afecto al puesto... Pero le pido que me exima de la tesorería. El trabajo en el campo de
las comunicaciones me absorbe por completo.
Gálvez entornó los ojos,
clavándome una mirada densa.
—Como quiera, suboficial. Pero
se pierde una oportunidad. Yo no necesito dinero, ¿sabe? Vengo del Frente Huallaga,
allí las cosas son distintas. Quédese con su cantina.
Acepté sin saber que estaba
firmando mi propia sentencia.
A las pocas semanas, el decoro
militar se hizo añicos. El comandante regresó desde Huallaga arrastrando los
pies y de la mano de una mujer joven, una "charapita" de veinticinco
años que trajo de la Selva. Desde ese día, el alojamiento de oficiales se
convirtió en su búnker personal. Mientras la tropa marchaba bajo el sol, Gálvez
permanecía encerrado con ella, día y noche. Peor aún, el camión administrativo
del batallón —el único recurso logístico operativo— pasó a ser el vehículo de
sus juergas. Escapaban a las diversiones en la ciudad de Tumbes, Talara y Piura, gastando lo que generaba la cantina.
La crisis nacional no
perdonaba, y los caprichos de la mujer eran caros. Una noche de febrero, a las
once de la moche, un golpe seco interrumpió mi permanencia en la cantina de
tropa del batallón. Era el chofer del comandante.
—Mi técnico, el comandante lo espera en su habitación. Urgente.
Fui con el estómago revuelto.
Al tocar la puerta del alojamiento, el olor a cerveza y perfume barato me
golpeó la cara. La mujer reía al fondo de la cama. Gálvez, en bividí, ni
siquiera me miró a los ojos.
—Suboficial, necesito efectivo
de la cantina. Dame cincuenta mil intis ahora mismo.
—Mi comandante —balbuceé, sintiendo que la sangre se me congelaba—, ese dinero
es para pagar a los proveedores de cerveza y los abarrotes. Los proveedores de
Talara ya no quieren fiarnos...
—¡No me interesa la cantina, carajo! —rugió, dando un golpe en la mesa que hizo
temblar los vasos—. Mañana lo reponemos. Dame el dinero y retírate.
La escena se repitió noche
tras noche. El desfalco hormiga me estaba hundiendo. En marzo, con las deudas
al cuello y los proveedores amenazándome con denuncias, no aguanté más. Entré a
su oficina y puse mi carta sobre la mesa.
—Mi comandante, vengo a
presentar mi renuncia irrevocable a la cantina. No puedo seguir.
—¿Qué estás diciendo? —Gálvez cambió el tono, su rostro se desfiguró en una
súplica patética—. No me dejes la cantina ahora, suboficial. Quédate, yo te voy
a apoyar, resolvemos lo de los proveedores la otra semana...
—No, mi comandante. Ya tomé una decisión. El relevo tiene que ser inmediato.
Gálvez se transformó. La
súplica pasó a ser una amenaza directa. El hombre se puso de pie, su enorme
silueta recortada contra la ventana.
—Está bien. Te releva el teniente
Marco Vilela. Pero atente a las consecuencias. Si falta un solo inti en ese
inventario, te hundo. No voy a reconocer ninguna supuesta deuda tuya.
El relevo con el teniente
Vilela, quien también era el tesorero del batallón, fue un calvario. Los
números no mentían: el bache financiero provocado por los vicios del comandante
estaba allí. Vilela me miró con una mezcla de lástima y frialdad
administrativa.
—Suboficial, usted sabe cómo
es esto —me dijo el teniente a puerta cerrada, mostrando las planillas—. El
viejo no va a pagar. Alguien tiene que cubrir este hueco con los proveedores o
nos metemos en un problema general.
—¡Pero ese dinero se lo llevó él, teniente! ¡Usted lo sabe! —exclamé con
impotencia.
—Bajé la voz —ordenó Vilela, mirando hacia la puerta con temor—. Aquí nadie
sabe nada. Para regularizar la cantina, voy a tener que descontarle su sueldo
completo. Un mes y medio. Es eso, o caso contrario serás sancionado por mal
relevo.
Me tragué las lágrimas de
rabia. Me descontaron hasta el último centavo de mi salario, dejándome a mí y a
mi familia en la miseria absoluta, mientras Gálvez seguía paseando con su
amante, joven charapita de 25 años.
El batallón, sin liderazgo,
cayó en la anarquía. Gálvez jamás salía a correr, su presencia física causaba
vergüenza entre la tropa y el prestigio del Batallón de Infantería Motorizado "Iquique"
N° 31 se arrastraba por los suelos. Pronto, la ambición del comandante llegó al
plato de comida de todos. El dinero que los oficiales y suboficiales
aportábamos de nuestro sueldo para el rancho desapareció en las manos de la
tesorería.
Un mediodía, las mesas del
comedor de oficiales estaban vacías. Fuimos a reclamarle al Oficial de Rancho.
—Mi teniente, ¿qué pasa con la
comida? Ya es tarde.
—No hay plata, señores —respondió el oficial, encogiéndose de hombros con
desprecio—. No hay plata para insumos. Vean cómo resuelven.
Al día siguiente, vimos con
indignación cómo las ollas destinadas a la Tropa del Servicio Militar
Obligatorio eran desviadas hacia la cocina de los oficiales. Nos sirvieron el
rancho de los soldados de servicio militar. A los muchachos del servicio,
jóvenes hambrientos y mal pagados, empezó a faltarles la ración diaria. El
cuartel era un polvorín de hambre, pero nadie se atrevía a cruzar la línea del
comando.
Una tarde, intenté hablar con
uno de los oficiales más antiguos del batallón mientras veíamos el desvío de la
comida.
—Mi capitán, esto es un abuso.
Los soldados se van a enfermar. Alguien tiene que darle cuenta al jefe del
batallón, o al inspector de la División.
El capitán con el seudónimo de
“Toro Sentado” me tomó del brazo y me arrastró hacia la sombra de un pasillo.
Sus ojos reflejaban un pánico absoluto.
—¿Te volviste loco,
suboficial? Aplica la única ley que funciona aquí: NPT. No Pelear con el Tema.
¿Quieres que el comandante te destruya la carrera? Cierra el pico y vive feliz.
Los oficiales de menor jerarquía no fiscalizamos a los superiores. Si ellos
roban, es su problema. Nosotros cerramos la boca y sobrevivimos.
Miré a mis compañeros suboficiales. Todos agachaban la cabeza al pasar frente a la comandancia. No era cobardía; era el peso de la nota de fin de año, el temor a ser destacados al rincón más inhóspito del país, el miedo a dejar a sus hijos sin sustento. El sistema estaba diseñado para proteger al corrupto. Yo me quedé con los bolsillos vacíos, pagando la fiesta ajena, mientras el BIM "Iquique" N° 31 se hundía lentamente en la miseria de un desierto donde el honor militar se había cambiado por un fajo de billetes devaluados y los caprichos del oficial superior que venía del Frente Huallaga.
La Ley del Silencio.- Romper
el conducto regular en el Ejército es jugar a la ruleta rusa con la carrera.
Todo está fríamente diseñado para que la queja muera en el peldaño inferior:
del jefe de Sección al jefe de Compañía, siempre con venia, siempre de
rodillas. Pero la mañana en que entregué mi servicio como Oficial de Día, algo
se quebró dentro de mí.
La formación del Batallón
"Iquique" N° 31 estaba alineada bajo el sol abrasador de Lobitos. Yo
caminaba en la retaguardia de mi capitán, a quien todos llamábamos "Toro
Sentado". Al ver la silueta obesa del comandante César Gálvez al frente,
la rabia acumulada por los meses de desfalco y las deudas que yo había tenido
que pagar con mi propio sueldo me nubló la vista. Sin pedir autorización, di
tres pasos al frente, levanté la voz y rompí el silencio en la hora de lista de
Diana en el patio de formación.
—¡Mi comandante! —levanté la
voz, haciendo que la tropa SMO entera centrara la mirada en mí.
"Toro Sentado"
volteó bruscamente. Sus ojos reflejaban un pánico absoluto. Me clavó la mirada
e intentó callarme a gritos en el aire, susurrando con desespero:
—¡Cállese la boca, suboficial!
¡Cállese la boca! ¡Cállese la boca, carajo!
Pero yo ya no tenía frenos. El
informe verbal salió de mi garganta como un torrente:
—¡Mi comandante, informo que
diariamente falta rancho para el personal de Tropa! ¡Los últimos cincuenta
soldados de la fila no reciben sus raciones de acuerdo al gramaje establecido
por el Comando del Ejército! ¡En vez de recibir arroz, a esos muchachos les
sirven el concolón quemado de las ollas! ¡Y para el comedor de oficiales y
suboficiales se está empleando el mismo rancho confiscado a la Tropa Servicio
Militar!
El silencio que siguió fue
sepulcral. Gálvez, con el rostro desencajado por la humillación pública, buscó
un chivo expiatorio sobre la marcha. Clavó el dedo acusador hacia la formación:
—¡Toda la responsabilidad de
este mal manejo es del Oficial de Rancho, el Subteniente Marco Morán Gonzales!
—gritó el comandante, intentando salvar el cuello.
Pero el subteniente Morán, un
oficial subalterno con más dignidad que sus superiores, no se quedó callado.
Dio un paso al frente, se cuadró con fiereza y le replicó en la cara delante de
todo el batallón:
—¡Mi comandante, eso es falso!
¡Usted se lleva todo el dinero del rancho del personal de oficiales y
suboficiales para cubrir los caprichos y los gastos de su amante!
Aquel cuartel pareció
estallar. Gálvez dio gritos al cielo, fuera de sí, con las venas del cuello a
punto de reventar.
—¡S-1! —rugió buscando al
oficial de personal—. ¡Cuatro días de arresto simple para este subteniente por
insubordinación! ¡Que lo releven de inmediato y me lo mandan castigado a la
Guardia de Prevención en el PCA-1, al puesto de control de la salida a la
ciudad de Talara! ¿Y a este suboficial? —me miró con odio— ¡Cuatro días de
arresto también por saltarse el conducto regular!
"Toro Sentado"
cumplió la orden de inmediato. Pero el castigo no quedó ahí: mandaron el
informe al G-1 de la Gran Unidad de Combate para que lo remitieran a Lima,
adjuntándolo en mi Legajo Personal N° 1 como un antecedente imborrable para
truncar mi ascenso al grado inmediato superior.
La indignación me quemaba por
dentro. No me iba a quedar de brazos cruzados. Días después, burlando la
vigilancia del batallón, caminé hasta el Cuartel General de la 8va División de
Infantería dispuesto a todo. Toqué la puerta de la comandancia general. Cuando
el sargento plantón abrió la madera pesada, divisé al fondo al General Oscar
Tramontana Monje. Me paré en el umbral, saqué el pecho y grité con todo el
porte militar que me quedaba:
—¡Permiso, mi General, para
ingresar a su oficina!
—Adelante —respondió el viejo general, sin levantar la vista de sus papeles.
Caminé de frente, firme,
marcando el paso sobre el piso pulido, y me cuadré a exactos seis pasos de su
escritorio. Sin titubear, le expuse verbalmente cada una de las miserias, los
desfalcos y el hambre que se vivía en el BIM "Iquique" N° 31. El
General Tramontana me escuchó en silencio, con el rostro imperturbable. Al
terminar, llamó a un plantón.
—Acompañe a este suboficial a
la Inspectoría —ordenó.
En la oficina de Inspectoría
me recibieron como si fuera un bicho raro, una anomalía en un sistema
perfectamente aceitado para callar. Nuevamente me cuadré a seis pasos ante el coronel
Inspector. Volví a relatar la verdad del rancho, el robo y el abuso. Un técnico
lo anotó todo en un acta. Salí de esa oficina con el pecho inflado, creyendo
ilusamente que la justicia existía y que saldría victorioso. Qué poco conocía
la miseria humana.
Al día siguiente, la
Inspectoría montó un operativo relámpago. Mandó llamar a la Comandancia a todos
los Oficiales, Suboficiales y sargentos reenganchados del batallón para
tomarles declaración testimonial. Uno a uno entraron a la sala. Y uno a uno,
absolutamente todos, me dieron la espalda.
Días después, el coronel
Inspector me hizo llamar a solas a su despacho. Sobre la mesa reposaba un file
grueso. Me miró con una mezcla de desprecio y lástima.
—Suboficial, todos han
declarado en contra tuya. Lo que usted ha venido a decir aquí es una completa
mentira. Mire, léalo usted mismo.
Me extendió las hojas. Con las
manos temblorosas, leí las declaraciones de mis propios colegas de armas. Los
oficiales negaban el desfalco; los sargentos decían que la comida era
abundante; y mis compañeros suboficiales, los mismos con los que compartía la
guardia y las quejas en voz baja, firmaron actas jurando que el rancho era
excelente y que jamás faltaba un solo gramo en el plato de la tropa. Sentí una
decepción tan profunda que se me revolvió el estómago. No era dolor; era asco
por la falta de hombría de quienes vestían el mismo uniforme.
Salí de la oficina con una ira
incontenible quemándome la sangre. Al llegar al cuartel del BIM Iquique” Ni 31,
mandé llamar a un rincón a los suboficiales menos antiguos. Los encaré con el
documento mentalizado.
—¡Son unos cobardes! —les
grité, con la voz quebrada por la rabia—. ¡Les enseñé las pruebas, me jugué el
pellejo por el rancho de todos y me han traicionado con sus mentiras ante la
Inspectoría! ¡¿Dónde está su hombría?!
Uno de ellos, mirando al suelo
y con los ojos humedecidos, dio un paso adelante y habló por todos:
—Suboficial Pineda... nosotros
tenemos familia. No queremos problemas con el comando. Si contradecimos a los
oficiales, salimos perdiendo. Nos van a destacar al rincón más olvidado de la
frontera y vamos a perjudicar a nuestros hijos. Ellos nos ponen la nota de
concepto a fin de año; con ellos no se puede chocar. Compréndanos, por favor.
Tenían razón. Esa era la cruda
realidad del Ejército peruano en aquellos tiempos: estábamos atados de manos,
atrapados por el miedo a la calificación anual que decidía si ascendías o te
ibas a la baja. Para colmo de males, descubrí el precio de la traición de la
base: a los sargentos reenganchados, para que declararan en mi contra, el
comando les había regalado sacos de víveres de la misma despensa del cuartel.
Mi denuncia había fracasado estrepitosamente. La corrupción había ganado por
goleada.
La impunidad volvió al comandante
Gálvez intocable, y el cuartel se sumergió en una anarquía surrealista. El
lunes 6 de agosto de 1990, a las dos de la mañana, me encontraba de servicio
como comandante de la Guardia de Prevención del batallón. El desierto estaba en
completo silencio, roto solo por el viento frío. De pronto, unos pasos
acelerados en la pista de asfalto encendieron las alarmas de las garitas.
Lo que vimos mis centinelas
del segundo turno y yo quedó grabado en mi memoria como la postal más grotesca
de aquella gestión. La joven "charapita", visiblemente ebria, cruzó
corriendo frente a la Guardia de Prevención totalmente desnuda, gritando bajo
las estrellas de Lobitos. Segundos después, doblando la esquina del pabellón,
apareció el comandante Gálvez. El jefe del batallón corría tras ella, también
completamente desnudo y descalzo, con las carnes agitándose en una silueta
patética. La alcanzó en plena pista, la tomó del cabello en medio de un
forcejeo penoso y, tras una breve riña de insultos ebrios, regresaron caminando
tomados de la mano hacia su alojamiento. Los soldados de guardia me miraron en
silencio, con una mezcla de risa y profunda vergüenza ajena. Ese era nuestro
comandante.
Para mantener contenta a la
mujer, que andaba siempre vestida con ropa cara y a la última moda, Gálvez
inventó una nueva modalidad de estafa. Una mañana, durante la Lista de Diana,
se paró frente al batallón y ordenó:
—¡Capitán S-1! A partir de la
fecha, cuarenta hombres de la tropa saldrán de permiso mensualmente. Pero con
una condición: sus propinas se quedarán retenidas en la tesorería. Ese dinero
lo emplearemos exclusivamente para comprar repuestos y reparar los vehículos de
apoyo de combate del batallón.
Otra mentira. Los camiones de
apoyo de combate siguieron malogrados y el dinero de las propinas de los
soldados antiguos y reclutas terminó directo en la cartera de la amante.
El nivel de descomposición y
desgobierno llegó a tal punto que el cuartel se convirtió en tierra de nadie.
Había un grupo de soldados que necesitaba salir de permiso por quince o veinte
días para ver a sus familias en el sur (Piura, Chiclayo y otros), pero no
querían perder sus propinas mensuales bajo el decreto del comandante. Como
nadie respetaba nada, la firma de César Gálvez se convirtió en el garabato más
falsificado de Lobitos. Los sargentos de semana falsificaban la rúbrica en las
papeletas a cambio de favores. Incluso los soldados llegaban desesperados a mi
propio alojamiento en las noches. Yo, contagiado por el espíritu de rebeldía y
cansado de ver tanta injusticia, agarraba el lapicero y les firmaba los
permisos por quince días, imitando los trazos del comandante.
El desenlace de la farsa
ocurrió una mañana en la hora de lista, nuevamente en la Lista de Diana. El
Oficial de Personal leyó las novedades del día ante un comandante Gálvez que
aún tenía ojos de resaca.
—...Informo a usted mi comandante
que a la fecha se registran noventa y ocho hombres de tropa con papeleta de
permiso vigente —leyó el S-1 (oficial de personal).
Gálvez dio un brinco, abrió
los ojos como platos y miró a sus oficiales con genuina sorpresa.
—¿Qué? ¿Noventa y ocho
hombres? ¿Tantas papeletas he firmado yo? —preguntó, desconcertado, mirando sus
propias manos.
Nadie se movió. En la explanada del batallón de Infantería Motorizado "Iquique" N° 31, oficiales y suboficiales permanecimos en un completo, absoluto y sepulcral silencio. Nadie se atrevió a mirarlo a los ojos. El desierto de Lobitos volvió a callar, guardando el secreto de un cuartel donde las firmas eran falsas, los comandantes corrían desnudos en la noche y el honor militar se había cambiado por un saco de víveres y el miedo al fin de año.
El Precio de la Resistencia. -
No
me iba a quedar con los brazos cruzados viendo cómo me arrebataban el sueldo
para pagar los caprichos de la charapita del comandante. Desde la última semana
de marzo de 1990, convertí mi propio alojamiento en una trinchera comercial:
una cantina informal para la tropa. Empecé a vender lo que el cuartel racionaba
o encarecía: plátanos, galletas, polos estampados, casacas y bizcochos. La
cantina oficial del batallón, administrada ahora por el teniente Marco Vilela
bajo la sombra de Gálvez, vendía tres bizcochos por un sol. Yo planté cara y
ofrecí cinco por el mismo precio.
El resultado fue inmediato. La
tropa me prefería a mí y la cantina oficial se quedó vacía, convertida en un
desierto de estanterías solitarias. Pero en un cuartel la envidia vigila. Los
soplones, que nunca faltan para ganarse el favor del jefe, corrieron con el
chisme a la comandancia. Gálvez vio en mi iniciativa un desafío directo a su
monopolio y su venganza no tardó en ejecutarse.
A fines de agosto de 1990,
violando mis derechos laborales y mi especialidad técnica en comunicaciones, el
comandante firmó mi orden de castigo. Fui destacado al Cuartelillo de la ciudad
de Talara, una instalación oculta en las faldas del cerro, justo a la espalda
del Estadio Campeonísimo del club Atlético Torino y a pocos metros de la
Clínica El Pacífico. Me confinaron allí hasta el 5 de enero de 1991.
El Cuartelillo era un universo
ajeno a la milicia de combate. Estaba bajo el mando de un subteniente de
infantería, acompañado por dos sargentos reenganchados y cuarenta soldados
replegados de distintos batallones. Nuestra misión de fin de semana era puramente
logística: custodiar los vehículos militares que bajaban desde Lobitos trayendo
a la tropa de paseo, unidades que se quedaban estacionadas hasta el domingo
para el retorno.
Pero de lunes a viernes, el
comandante me redujo a peón de campo. Pasé cinco meses con las manos en la
tierra, sembrando hortalizas al lado de los soldados. Regábamos y cultivábamos
tomates, coliflores, camotes, yucas y cebollas para abastecer las despensas de
los batallones de la 8va División de Infantería de Lobitos; también nos
encargaron la crianza de pavos, gallinas, patos y pollos. Cumplí cada orden con
disciplina, pero la indignación me carcomía por dentro. Mientras yo alimentaba
aves y limpiaba surcos por el capricho de un superior corrupto, la Sección de
Comunicaciones del batallón quedó en el abandono más absoluto. Sin mi
instrucción, el personal de tropa de comunicaciones carecía de guía, y los
costosos equipos alámbricos e inalámbricos se deterioraron por falta de
mantenimiento. Durante cinco meses se incumplieron las directivas preventivas
del escalón superior. En mi carrera he visto a muchos comandantes como Gálvez:
hombres desleales que daban el peor ejemplo a la subordinación, pero a quienes
el Comando del Ejército seguía entregando la jefatura de batallones de combate
tipo BI.
La soberbia en el cuartel
tenía otro rostro: el del Mayor de infantería “Pecho” Farfán Valdivieso,
oficial de instrucción (S-3) del batallón durante 1990 y 1991. Farfán cargaba
con ínfulas de héroe; había servido en el Destacamento Leoncio Prado en el
Frente Huallaga durante los años más duros de la guerra contrasubversiva. Por
el solo hecho de haber pisado el departamento de San Martín, se creía un
"comando" de élite, pero en el día a día no pasaba de ser un oficial
del montón. Me miraba con un desprecio insoportable, buscándome la sinrazón en
cada guardia.
—Machucado —me soltaba con
tono burlón en los pasillos—, por si acaso yo vengo del Frente Huallaga.
Cuidadito conmigo.
En el argot militar,
"machucado" es el término despectivo para quien vive prendido de los
descansos médicos. Me llamaba así porque pasé un mes y medio con la pierna
derecha enyesada debido a una fractura accidental en el empeine. Una lesión pasajera.
Lo irónico es que el verdadero "machucado" de la Unidad era él:
bastaba que corriera un par de kilómetros a paso lento junto a la tropa para
que al día siguiente se pasara las horas cojeando y quejándose por los rincones
del cuartel.
El estallido definitivo
ocurrió la mañana del 20 de agosto de 1990, exactamente a las siete. El
Batallón iniciaba su desplazamiento en marcha de campaña para vivaquear en el
sector de la quebrada Pariñas. Como Oficial de Comunicaciones del batallón,
pasé la noche en vela instalando el Centro de Comunicaciones N° 1 a bordo de un
camión Unimog, asegurando los enlaces con radios Thomson TRC 372 de alta
frecuencia y equipos AN/VRC-64 de muy alta frecuencia para las redes interna y
externa. De igual forma, dejé listas las radios portátiles AN/PRC-77 para todas
las compañías de fusileros, morteros y comando y servicios.
El grueso de la Unidad, un
bloque imponente de seiscientos hombres divididos en compañías de ciento veinte
soldados, ya había cruzado la salida del cuartel rumbo a la quebrada de Pariñas.
Yo me disponía a marchar a pie junto a mis cinco soldados ayudantes y
operadores de comunicaciones con sus respectivos equipos de radio AN/PRC-77 en
la espalda, cuando el mayor Guido Farfán me interceptó a propósito en las
inmediaciones de la Guardia de Prevención.
—Suboficial, cargue un equipo
de radio —me ordenó de golpe, con una prepotencia que delataba el abuso de su
grado—. Suboficial, cargue un equipo de radio.
Ese aparato, por reglamento
estricto y cuadro orgánico, correspondía únicamente al personal de tropa
operador. Me detuve en seco, manteniendo el porte militar y el respeto debido:
—Mi mayor, no me corresponde
cargar este tipo de radio porque es un equipo de radio tipo Tropa. Además, soy
el Oficial de Comunicaciones; por el puesto que desempeño en la Unidad, no me
corresponde cargar ningún material de este tipo.
Farfán se puso más terco que
una mula. Su arrogancia chocó contra mi negativa y el intercambio de palabras
subió de tono en un segundo. Bloqueándome el paso en la salida de la guardia,
me lanzó el ultimátum definitivo:
—¡Si no cargas el equipo de
radio ahora mismo, te sancionaré con arresto de rigor y te quedas depositado
aquí!
En esa milésima de segundo, la
cordura acumulada durante meses de injusticias, sueldos robados y humillaciones
agrícolas se evaporó de mi cabeza. Iba armado con una ametralladora UZI de
calibre 9 mm. Con un movimiento fulminante y felino, cargué el arma con un
chasquido metálico que congeló la sangre de los presentes y salté sobre él.
Antes de que pudiera parpadear, le hundí el cañón frío de la UZI directamente
en la sien derecha, justo encima de la oreja.
El metal perforó su soberbia.
Farfán se quedó paralizado, con los ojos desorbitados y la respiración
contenida. El "comando" del Huallaga temblaba visiblemente bajo mi
mano.
—¿A quién vas a sancionar con
arresto de rigor? —le grité al oído, con el dedo índice rozando el gatillo—.
¡Habla antes de que te reviente la cabeza aquí mismo, carajo!
El mayor se sumergió en un
silencio de tumba. Pasaron los segundos más largos de su vida hasta que, con
una voz trémula y desprovista de todo orgullo, balbuceó mirando al suelo:
—Suboficial... tengo mis
hijos... y hay testigos.
Una sonrisa amarga y cargada
de sarcasmo se dibujó en mi rostro.
—Ah... tienes tus hijitos.
Pobrecito. Felizmente te has quedado calladito, porque de lo contrario te
hubiera disparado en el acto.
En ese instante pensé
seriamente en pegarle una ráfaga a los pies para hacerlo ranear y rampar sobre
el polvo de la guardia, pero contuve el impulso y bajé el cañón. Farfán, libre
del acero, dio media vuelta y se alejó a paso largo y apresurado con dirección
a la quebrada Pariñas, con el pánico metido en los huesos.
Llegué horas más tarde al
sector asignado para el Puesto de Comando tras una extenuante caminata bajo el
sol. Me dediqué de inmediato a camuflar el camión Unimog con mallas y ramas,
actuando con total normalidad, como si la mañana hubiera sido ordinaria. Farfán
ya había llegado mucho antes, desencajado por el susto. No tardé en enterarme
de que, rompiendo toda dignidad, se había presentado ante el comandante César
Gálvez delante de oficiales y suboficiales para acusarme con voz estridente y
repetitiva:
—¡Mi comandante, casi me ha
matado el cholo! ¡Mi comandante, casi me ha matado el cholo! ¡Mi comandante,
casi me ha matado el cholo!
Gálvez, estupefacto ante el
llanto de su oficial de instrucción, le preguntó arqueando las cejas:
—¿Quién es el cholo que te
quiere matar?
—¡Mi comandante, el cholo Pineda! ¡El cholo Pineda! ¡El cholo Pineda es, mi
comandante!
La escena del temido
"comando" temblando por un suboficial desató las burlas y las risas
de todo el campamento en la quebrada. Durante el resto de la campaña, el
comandante Gálvez no se atrevió a decirme ni una sola palabra; el respeto que
no daba el reglamento lo había impuesto el frío cañón de la UZI. Solo el
suboficial chinchano, el negro Paulino Cueto Flores, se me acercó por la tarde
riéndose a carcajadas mientras asegurábamos las mallas de camuflaje.
—¿Mi suboficial, qué diablos
le hiciste al mayor Farfán? —me preguntó en voz baja— Ese hombre está
totalmente asustado, parece que hubiera visto a la muerte.
Miré el horizonte desértico de la quebrada de Pariñas, sintiendo el peso de mi arma reglamentaria. El sistema me había quitado el rancho, me había descontado el sueldo y me había desterrado a criar patos en un cerro, pero esa mañana, frente a la Guardia de Prevención, el miedo por fin había cambiado de bando.
Cuentas Cobradas y Secuelas
del Barro.- El aparente silencio del campamento era solo
una tregua armada. El sábado 25 de agosto, a las quince horas, el batallón
retornó del vivac de la quebrada Pariñas. Teníamos las botas cargadas de polvo
y los uniformes sudados. Farfán, herido en lo más profundo de su orgullo por la
humillación ante el comando, esperó a que todo el personal estuviera formado en
el patio de armas con sus fusiles y mochilas, exactamente frente al almacén del
material de comunicaciones.
Sin mediar palabra, el Mayor
Farfán dio un paso al frente, desenfundó su pistola Browning de calibre 9 mm de
dotación y me apuntó directo a la cabeza. Estábamos a una distancia de diez
metros. El patio de armas se congeló; seiscientos hombres contuvieron el
aliento al ver el cañón del oficial apuntando a un subordinado.
—¡Suboficial! —ordenó Farfán
con la voz tensa— ¡Vaya a la chanchería en el cerro del lado Este, por las
inmediaciones de la bola metálica! ¡Averigüe si el personal de tropa que
trabaja como chanchero ha recibido sus prendas de dotación y sus propinas!
En ese segundo, frente a la
boca de la Browning, no sentí miedo. No hubo susto ni temblor en mis manos. Al
contrario, la patética escena de Farfán intentando recuperar su hombría con un
arma me causó una risa amarga. Lo miré con absoluto desprecio.
—Mi mayor, para ordenar a un
subordinado no se necesita hacer uso del arma —le respondí en voz alta, para
que todo el batallón lo escuchara.
Farfán apretó los dientes,
manteniendo el brazo firme pero con la mirada desencajada.
—Yo sí te puedo volar la
cabeza —amenazó, mascullando las palabras.
Para no hacer más grande el
problema y evitar una tragedia en el patio de armas, di media vuelta. Salí del
cuartel y trepé el cerro hacia la chanchería. Regresé al poco tiempo trayendo
conmigo a los dos soldados que cumplían la función de chancheros y se los
entregué al mayor en su propia cara. Eran los hermanos Chiroque, dos muchachos
analfabetos de Catacaos, del Bajo Piura. El comando los había asignado allí
porque no entendían nada en las horas de instrucción militar. Al verse frente a
Farfán, los muchachos, asustados, empezaron a reclamar con timidez, diciendo
que querían hablar con su jefe de sección y con el capitán de la Compañía
"C", la subunidad a la que pertenecían orgánicamente.
La orden de Farfán había sido
una total sinrazón, una provocación adrede: esos soldados no pertenecían a la
Sección de Comunicaciones bajo mi mando, ni a la Compañía de Comando y
Servicios donde yo prestaba servicio. Pero en el batallón, la lógica militar se
había torcido por completo.
Aquel cuartel era un nido de
anécdotas absurdas y tragedias invisibles. En octubre de ese mismo año, un
equipo de inspectores de la Primera Región Militar llegó desde el Cuartel
General de Piura. La plana mayor ordenó una formación general en el patio de
armas. Los oficiales inspectores, en su mayoría coroneles imponentes con
uniformes impecables, comenzaron a caminar despacio entre las columnas de la
tropa, examinando las prendas y el estado de los soldados. Uno de los coroneles
se detuvo en seco frente a Mauro Chiroque, uno de nuestros soldados chancheros.
Al ver su mirada perdida y su uniforme desgastado por el trabajo del corral, el
coronel lo observó detenidamente y le preguntó con ironía:
—Soldado, ¿usted no vive la
situación?
Chiroque, sin entender el
doble sentido de la frase y con su marcado dejo norteño, se cuadró, sacó el
pecho y respondió a viva voz:
—¡Que viva, que viva mi
coronel! ¡Bienvenido a mi cuartel!
El coronel soltó una carcajada
limpia. Sorprendido y divertido por la ingenuidad del recluta, se dio media
vuelta y pasó a la siguiente compañía de fusileros, dejando atrás la miseria
del batallón camuflada por un chiste.
Pero el destino me cobraría
las facturas del desierto al año siguiente. Un miércoles por la tarde del mes
de junio de 1991, durante las horas de deporte, jugábamos un partido de mini
fútbol en la cancha de tierra ubicada detrás de la comandancia, justo al frente
de las cuadras de la Compañía de Comando y Servicios. En una jugada dividida,
sentí un crujido seco. Me había fracturado el empeine del pie derecho. El pie
se me hinchó de inmediato como un mazo y el dolor se volvió insoportable. Nadie
me auxilió; pasé la noche entera en mi camastro del cuartel, aguantando los
pinchazos del hueso roto.
Al día siguiente, viajé por
mis propios medios hasta la ciudad de Talara. En la clínica me sacaron una
placa radiográfica que confirmó la fractura. Regresé a Lobitos por la tarde con
la pierna enyesada hasta la altura de la rodilla y una orden médica de descanso
absoluto por un lapso de tres meses.
El descanso fue otra burla. No
había cumplido ni quince días postrado cuando el Mayor Farfán, ensañado y
buscando cualquier excusa para romper mi moral, me obligó a salir del alojamiento
de suboficiales.
—A mí no me importa su yeso,
suboficial —me dijo con frialdad—. Usted se presenta a pasar lista general con
el resto del personal.
Casi a finales de julio, la
tensión aumentó con la llegada de la inspección de la 8va División de
Infantería. El comando ordenó alistar el material para la verificación técnica.
Me mandaron llamar de urgencia al patio: tenía que colocar las radios en los
vehículos Unimog del Centro de Comunicaciones N° 1 y N° 2, que estaban
cuadrados frente al almacén. Cojeando, arrastrando el pesado bloque de yeso y
aguantando un dolor que me hacía sudar frío, subí como pude a la plataforma de
los camiones con la ayuda de algunos soldados. Empecé a conectar los cables,
las radios y las antenas vehiculares.
Mientras estaba arriba, los
oficiales inspectores cruzaron la puerta principal y comenzaron su recorrido
por los galpones. De pronto, vi aparecer desesperado por la esquina de la sala
de conferencias al comandante César Gálvez. Su rostro estaba rojo de la
ansiedad y el miedo a ser descubierto en su negligencia. Al verme arriba,
comenzó a gritarme con insultos de todos los calibres:
—¡Salta del vehículo, carajo!
¡Bájate y esconde esos cables vehiculares y las monturas que están en el piso!
¡Muévete, que no lo vean los inspectores!
Era un abuso psicológico
brutal. Yo estaba atrapado en la plataforma, con el dolor punzante en el
empeine.
—¡Mi comandante, no puedo
saltar ni bajar! —le grité desde arriba, sosteniendo un cable—. ¡Apenas he
subido con ayuda de la tropa por el yeso! ¡No puedo!
Ignoré sus insultos y seguí
trabajando en lo mío, negándome a bajar para encubrir sus faltas. Segundos
después, la comitiva de inspectores apareció en el sector. Uno de los
comandantes del equipo se acercó al Unimog, me miró la pierna enyesada y luego
observó los tableros.
—Suboficial, ¿funcionan las
radios o no? —me preguntó con tono firme.
—Por supuesto, mi comandante —le respondí, cuadrándome desde la plataforma—.
Cinco por cinco. A las pruebas de transmisión me remito.
Los oficiales inspectores asintieron
conformes al verme trabajar en esas condiciones y continuaron su camino hacia
las cuadras de la tropa. Yo me quedé arriba, dando los últimos toques y pruebas
de recepción, mientras el comandante Gálvez me clavaba una mirada de odio desde
la distancia.
La estocada final de Farfán
llegó cuando cumplí un mes y medio con la pierna inmovilizada. Entró a mi
alojamiento y, señalándome el pie con desprecio, me lanzó una orden letal:
—Ya mucho tiempo estás
cabreado con esa cochinada en la pierna. Te me quitas ese yeso mañana mismo. Pasas
listas normal, uniformado y con los borceguíes puestos. Bajo tu
responsabilidad.
Presionado por el temor a una
nueva sanción y cumpliendo las órdenes abusivas de un oficial sin escrúpulos,
cometí el error más grave de mi vida militar. Agarré una cuchilla, me corté el
yeso a la fuerza y obligué a mi pie deforme a entrar en el cuero rígido del
borceguí. El dolor me nubló la vista; el empeine se volvió a hinchar de
inmediato, duplicando su tamaño dentro de la bota.
Así, cojeando y mordiéndome la
lengua en cada paso, permanecí en actividad durante más de cinco meses. Cumplí
con total normalidad los servicios de Oficial de Día y Oficial de Guardia en la
puerta principal, arrastrando la pierna por el polvo de Lobitos. No podía
correr, no podía ponerme en la posición de ranas, pero el sistema exigía
sumisión absoluta.
Hoy, las secuelas de aquella fractura mal curada siguen presentes en mi vida diaria, recordándome cada mañana el precio de haber vestido el uniforme en ese batallón. El pie derecho mantiene una limitación funcional irreversible; no puedo patear con fuerza y el dolor crónico aparece con el frío. Es el mapa de mi resistencia, el recuerdo imborrable de un año en que las verdades se pagaban con el sueldo, el honor se arrastraba desnudo por la pista y las órdenes se firmaban con el cañón de una UZI sobre la cabeza de los cobardes.
El Fin de la Jornada y la
Factura del Silencio. - El año 1991 arrastraba sus últimos meses
bajo el sol plomizo del distrito de Lobitos, pero en el Batallón de Infantería
Motorizado "Iquique" N° 31 la persecución no daba tregua. El jueves
12 de setiembre, a las quince horas, me encontraba cubriendo el servicio de
Oficial de Guardia. Sobre la mesa de la prevención, lejos de ocultarme, tenía
desplegado mi verdadero arsenal: el pasquín Cambio —vinculado al
Movimiento Revolucionario Túpac Amaru—, junto a las páginas combativas de Los
dueños del Perú de Carlos Malpica Silva, Peruanicemos al Perú de
José Carlos Mariátegui, Horas de Lucha de Manuel González Prada y la
desgarradora realidad de Todas las Sangres de José María Arguedas.
Los caducos reglamentos del
Ejército, copiados al calco de los manuales norteamericanos —el de Servicio
Interior, el de Servicio en Guarnición y el Código de Justicia Militar—,
descansaban bajo llave en un cajón. Me los sabía de memoria, párrafo por párrafo;
solo los sacaba para cumplir el protocolo cuando los jefes de ronda o de
seguridad hacían la verificación en las madrugadas.
En ese momento, la puerta se
abrió de golpe. El Mayor Pecho Farfán ingresó a la sala de sorpresiva
inspección. Al clavar los ojos en los libros, su rostro se transformó en una
mueca de asco y furia.
—¿Qué es esto, suboficial?
—rugió Farfán, con una prepotencia que pretendía conminarme— ¡¿Por qué tiene
estas cochinadas en la mesa de la Guardia de Prevención en vez de tener los
reglamentos de la Unidad?!
No me moví y permanecí en
atención. Con total parsimonia, abrí el pequeño cajón, saqué los manuales
oficiales y se los puse sobre el tablero con un golpe seco.
—Mi mayor, los reglamentos no
son para estar estudiándolos a cada rato; se llevan en la cabeza —le respondí,
sosteniéndole la mirada con firmeza—. Y estas obras no son cochinadas, son
literatura e historia.
Farfán dio un paso atrás,
midiendo el peligro de encender otra mecha conmigo.
—Ah, muy bien... —masculló
entre dientes—. Ya veremos.
Se dio media vuelta y salió de
la prevención. Al día siguiente, habiendo entregado el servicio, me encontraba
en mi alojamiento realizando mi higiene bucal matutina cuando la puerta fue
derribada de manera sorpresiva. Un comando de allanamiento, encabezado por el
Oficial de Inteligencia (S-2), irrumpió en mi privacidad. Registraron mi
habitación de rincón a rincón, levantando un inventario minucioso de cada
libro, revista y periódico en mi poder, como si las ideas fueran explosivos
plásticos.
A partir de ese día, el
estigma quedó sellado. Los oficiales comenzaron a mirarme con ojos de sospecha.
Una tarde, el Capitán Pinedo, un oficial de reserva del Batallón de Infantería
Motorizado "Glorioso Ayacucho" N° 3, se me acercó con una sonrisa
burlona:
—¿Cómo estás, terruquito? —me
soltó en tono de mofa.
No permití el agravio. Me
planté frente a él y lo puse en su sitio con el lenguaje rudo y directo que
correspondía, obligándolo a tragarse su ironía. Eran tiempos de abuso, racismo
y discriminación cotidiana en los cuarteles. El Mayor Farfán no toleraba haberse
topado con un suboficial que se negara a comportarse como un ignorante
doméstico; mi educación le causaba una ira incontenible y su única salida era
buscar la sinrazón en la falta más insignificante para intentar destruirme.
La verdadera venganza del
sistema llegó con el frío de diciembre de 1990 y 1991. Quienes me conocen en la
Región Militar del Norte saben que nunca fui un mediocre. En mi especialidad de
comunicaciones fui el más eficiente; fui un atleta de primera línea en la 8va
División de Infantería y uno de los mejores fondistas de la Primera Región
Militar del Perú. Era un técnico apto para el combate en cualquier guarnición
del país.
Pero en el Ejército peruano,
diciembre es el mes de las calificaciones, el momento donde los oficiales
cobran las cuentas pendientes con el lapicero. En esos dos años, fui el
suboficial peor calificado de toda la Unidad. Me asentaron una nota de 92.000 puntos
en 1990 y un infame 91.500 en 1991. Con esos números en el legajo, el ascenso
se vuelve una quimera jurídica. Me condenaron a quedarme "marcando el
paso" en el grado de Suboficial de Segunda por muchos años.
Mi único delito fue decir la
verdad en la oficina del General Oscar Tramontana Monje. Mi culpa fue reclamar
el rancho de la tropa, defender el gramaje de los soldados analfabetos y no
permitir que ningún superior me pisara el poncho. Ese es el precio que se paga
en los cuarteles del Perú por hacerse respetar.
Mientras tanto, los mediocres,
los ineptos y los inaptos celebraban en las oficinas del comando. En cada
diciembre, esos elementos eran recompensados con las mejores calificaciones
porque a lo largo del año se habían comportado como sirvientes domésticos:
agachando la cabeza ante el racismo, tolerando la marginación y, sobre todo,
guardando un silencio cómplice ante el robo descarado que cometían los
comandantes con el dinero del rancho.
Salí de la guarnición de Lobitos con la frente en alto y el pie derecho fracturado para siempre, pero con la dignidad intacta. Mis colegas de armas —los suboficiales Paulino Cueto Flores, Adelicio Mejía Sánchez, Víctor Ordóñez Vidal, José Rengifo Corcuera, García Chapiama y Odón Flores— quedaron atrás como testigos mudos de aquella infamia. Ellos eligieron el silencio y el saco de víveres para proteger el ascenso y el traslado familiar. Yo elegí el metal de mi UZI, el peso de mis libros y la verdad gritada a viva voz bajo el cielo del desierto, sabiendo que la historia, a diferencia de los coroneles de la Inspectoría, nunca se equivoca al calificar a los hombres.
LA
HISTORIA DEL COMANDANTE JOSÉ GALVEZ Y EL SUBTENIENTE ENRIQUE BRAVO
Las Pistolas de la Diana.- El año
1991 no trajo la paz al desierto del distrito de Lobitos. En enero, el Batallón
de Infantería Motorizado "Iquique" N° 31 vio cruzar su puerta de la guardia
de prevención a un oficial subalterno que parecía tallado para la guerra, pero
que terminó siendo el peor fantasma del comandante César Gálvez: el Subteniente
Enrique Bravo. Era un moreno fornido, de gran estatura, que arrastraba la
leyenda de haber sido la estrella del equipo de básquet de la Escuela Militar
de Chorrillos. Pero detrás de su imponente estampa se ocultaba un hombre que ya
había cruzado la línea de no retorno. Bravo fumaba cocaína.
Desde su llegada, el
subteniente se convirtió en un dolor de cabeza crónico para la comandancia. Se
negaba rotundamente a cubrir el servicio de guardia en el polvorín o en el
Puesto de Control N° 1, escudándose siempre en unas supuestas hemorroides crónicas
que nadie creía. Pero cuando cruzaba la salida del cuartel hacia la ciudad de Talara,
su letargo desaparecía. Bravo era una fuerza de la naturaleza desatada por la
droga. Peleaba a puño limpio con la Policía Nacional; un día masacró él solo a
un capitán y a dos suboficiales que intentaron calmarlo.
Sus antecedentes delictivos se
extendían como la pólvora por Talara, El Alto y los alrededores, donde los
transportistas y dueños de restaurantes le temían. El Sargento 1° reenganchado,
Richard Castro Vásquez, se me acercó una tarde a comentarlo en susurros:
—Mi suboficial, el negro Bravo
es el terror de los restaurantes. Llega a los restaurantes, pide las mejores
fuentes de comida, traga a lo grande y, de pronto, como por arte de magia, se
desaparece. Si lo descubren, dice que dejó la billetera en la mochila o inventa
cualquier astucia y se larga sin pagar un solo inti.
La farsa tocó fondo una
madrugada de invierno mientras yo cubría el servicio de Oficial de Guardia del
batallón. Un patrullero de la policía de Talara frenó ruidosamente en la puerta
principal. Los agentes bajaron a empujones a un hombre engrilletado, con la
cabeza cubierta por una casaca y completamente dopado. Era el subteniente
Bravo; lo habían capturado asaltando a transeúntes indefensos cerca al campo
ferial de la ciudad.
El escándalo salpicaba
directamente al comando, y Gálvez decidió cortar por lo sano de la peor manera.
A la mañana siguiente, durante la Lista de Diana, el comandante mandó llamar a
Bravo al frente y comenzó a humillarlo y a gritarle delante de todo el batallón
formado. Pero el subteniente, con los ojos inyectados en sangre y la mandíbula
rígida, no se dejó intimidar. Dio un paso al frente y comenzó a responderle a
Gálvez, echándole en cara sus propias miserias.
La paciencia del comandante
estalló. Con el rostro desfigurado por el odio, Gálvez metió la mano a la
funda, desenfundó su pistola plateada de calibre 9 milímetros, montó el arma
con un golpe metálico que resonó en toda la explanada y le apuntó directo a la
frente a una distancia de diez metros.
—¡Te voy a matar, miserable de
mierda! —rugió Gálvez, con el brazo temblando de rabia.
La tropa se paralizó, pero
Bravo ni pestañeó. En un movimiento reflejo, el subteniente echó mano a su
propia pistola de dotación, la cargó y se la plantó en el pecho al comandante.
Ambos oficiales quedaron frente a frente, con el dedo en el gatillo, listos
para fusilarse mutuamente ante los ojos atónitos de seiscientos soldados rasos,
oficiales y suboficiales que presenciábamos el duelo en un silencio de tumba.
—¡Dispara, miserable!
¡Dispara! ¿Qué esperas? ¡Dispara! —le retaba Bravo a gritos, ensanchando el
pecho.
La tensión arañaba las
gargantas de los centinelas. Un segundo más y el patio de armas se habría
convertido en un matadero. Pero la cobardía de Gálvez pesó más; lentamente bajó
el cañón plateado y Bravo imitó el gesto, guardando su arma con desprecio. Sin
pedir permiso a nadie, el subteniente dio media vuelta, ordenó a su compañía de
120 hombres que rompiera filas y abandonó el cuartel marchando a pie con su
tropa hacia la Comandancia General de la 8va División de Infantería ubicado en
la plaza de armas de Lobitos para denunciar el hecho.
No llegó lejos. La Policía
Militar interceptó la marcha en las inmedicaiones; Bravo fue capturado y
desarmado, mientras que los soldados de su tropa fueron conminados a retornar al
cuartel del BIM “IQUIQUE” N° 31 bajo amenaza de calabozo. El subteniente pasó
veinticuatro horas encerrado en las celdas de la PM en Lobitos y esa misma
noche lo trajeron de regreso al batallón como un prisionero de alto riesgo.
Gálvez mandó acondicionar un
calabozo especial dentro del propio alojamiento de oficiales. Dispuso un
servicio de guardia reforzado las veinticuatro horas del día, con cinco
soldados custodiando la puerta permanentemente. Bravo pasó treinta días bajo
tierra, incomunicado, recibiendo el rancho en recipientes oxidados dentro de su
celda.
Pero el ingenio del adicto es
persistente. Aprovechando los relevos de la guardia, el "negro"
comenzó a corromper a los sargentos que lo custodiaban, utilizándolos como
estafetas para enviar pequeños papelitos doblados con mensajes secretos. Los
destinatarios éramos un grupo reducido de oficiales y suboficiales a quienes él
consideraba sus amigos o parte de las "fuerzas leales" dentro de la
anarquía del cuartel. Una tarde, un sargento me deslizó uno de esos papeles en
la mano. La caligrafía era rápida, nerviosa:
"Suboficial Pineda,
averigua bien mi situación administrativa. Me dijeron que el parte ya estaba
listo para ser enviado a Piura. Espero respuesta de este asunto y otros. Firma:
El Subteniente Bravo".
El destino del reo se decidió
un mes después. Mi almacén de comunicaciones colindaba con la sala de
operaciones del batallón, separados apenas por una débil división de madera
contrachapada que dejaba pasar hasta los suspiros. Una mañana, el General de Brigada
Oscar Tramontana Monje, comandante General de la 8va División, llegó de
imprevisto y reunió a toda la oficialidad a puertas cerradas. Pegando el oído a
los tablones, escuché cada palabra de la conferencia con total claridad. El
General Tramontana, cansado del problema administrativo que representaba el
recluso, golpeó la mesa y dio una orden inesperada:
—Autorizo para que el
subteniente salga al patio a distraerse. No lo quiero metido en ese agujero
todo el día.
Esa misma tarde, Bravo cruzó
el umbral del calabozo escoltado por sus cinco custodios. Al verlo caminar con
la mirada perdida por el patio, me acerqué y le hablé en voz alta:
—Mi subteniente, vamos a jugar
un fulbito en la canchita de tierra de la Compañía de Comando y Servicios. Para
estirar las piernas.
Bravo asintió con una media
sonrisa. Durante varios días, jugar fútbol hasta el anochecer se convirtió en
nuestra rutina. Los cinco soldados de la escolta se relajaron, sentándose en
las piedras del borde a mirar el partido como simples espectadores, acostumbrados
al vaivén diario de la pelota. Pero el partido del bache final tenía otra
estrategia.
Al terminar el juego de una
tarde gris, mientras nos limpiábamos el sudor, Bravo se me acercó y me tomó del
hombro. Sus ojos ya no tenían el brillo de la droga, sino la fijeza de un
prófugo.
—Suboficial Pineda, muchas
gracias por todo —me dijo en voz baja, con un tono que me heló la sangre—. Hoy
día me voy del cuartel y nunca más me volverán a ver. Me despido de todos
ustedes.
No tuve tiempo de responder.
Otro oficial del batallón, miembro silencioso de las "fuerzas
leales", se encargó de montar la distracción perfecta al otro extremo del
patio, llamando a los cinco efectivos de la seguridad para un supuesto encargo urgente
de la comandancia. Nadie vio nada. Nadie supo cómo el "negro" burló
los candados del calabozo ni por qué rincón del desierto saltó la alambrada.
A las veintitrés horas de esa
noche, el rugido del motor del camión administrativo anunció la llegada del comandante
César Gálvez desde la ciudad de Talara. Al bajar del vehículo, Gálvez se detuvo
en seco en el patio, pensativo, y mandó llamar al Capitán de Día de inmediato.
—Capitán, acabo de regresar de
la ciudad y creo haber visto la silueta del negro Bravo caminando cerca de la
avenida principal... O me estoy equivocando. Vayan y verifiquen el calabozo
ahora mismo —ordenó con desconfianza.
El personal de la guardia corrió
hacia el calabozo y luego al alojamiento de oficiales, pero era demasiado
tarde. El cerrojo estaba intacto, pero la celda vacía. El subteniente Bravo se
había esfumado del cuartel y del Ejército para siempre. El desespero se apoderó
de la plana mayor; buscaron por los galpones, las caletas de Lobitos y los
burdeles de Talara, pero el resultado fue un cero absoluto. Al día siguiente,
para evitar que las cabezas del comando rodaran en la región militar de Piura,
el Oficial de Inteligencia (S-2) redactó un parte de abandono de destino
fastuoso, adjuntando los peores antecedentes del "negro" para
culparlo de todo. Todos los jefes se limpiaron las manos con la fuga.
Si la justicia militar hubiera sido limpia y horizontal en aquellos años de 1991, el que tendría que haber salido expulsado del Ejército, con los galones arrancados en el patio de armas, era el propio comandante José Gálvez por su inmoralidad, sus desfalcos y el nefasto ejemplo que daba a la subordinación. Pero el sistema protegía a los suyos. Gálvez se mantuvo firme en su puesto, atornillado al mando del batallón gracias al manto de impunidad que le tendía su protector: el tristemente célebre General de Brigada Oscar Tramontana Monje. El "negro" Bravo corría libre por las carreteras del norte, el comandante seguía robándose el rancho de los soldados, y nosotros, las fuerzas leales, nos quedamos en el desierto cuidando equipos abandonados y rumiando una rabia que solo el tiempo se encargaría de hacer justicia.
ESTAFA
A LOS SOCIOS EN EL BATALLÓN DE INFANTERÍA MOTORIZADO “IQUIQUE” N° 31
El Naufragio de la Cooperativa
y la Última Trinchera.- El 31 de diciembre de 1991 se consumó la
gran estafa y, con ella, el descalabro definitivo de nuestra fe en la
institución. Los primeros días de enero de 1992 amanecieron con el peso de la
derrota flotando en el aire de Lobitos. Dispuesto a dar la última batalla
legal, viajé al Cuartel General de la 8va División de Infantería en Lobitos
para presentar una denuncia minuciosa y por escrito ante la Inspectoría.
La respuesta en las oficinas
fue una bofetada de burocracia y soberbia. Los técnicos y oficiales me miraron
como si fuera un bicho raro, un paria que osaba alterar el orden de las cosas.
—No le vamos a recibir este
documento, suboficial —me dijo un oficial de mesa de partes, rechazando los
papeles con desprecio—. Usted sabe perfectamente que toda queja o denuncia se
tramita estrictamente por el conducto regular. Llévese esto.
El espíritu de cuerpo funcionó
como una maquinaria perfecta y aceitada. Todos los oficiales de la Comandancia
General, a una sola voz, cerraron filas y me dieron la espalda. Nadie me
hablaba en los pasillos; el silencio a mi alrededor era absoluto y punitivo.
De regreso al cuartel, la
frustración me oprimía el pecho. No podía creer el nivel de desfachatez del
comando. Yo no solo estaba defendiendo el honor militar; estaba defendiendo el
sudor de mi frente y los ahorros de muchos años. Yo había sido el mayor inversionista
de la llamada "Cooperativa Interna" del batallón.
La historia de ese fraude
había comenzado en las primeras semanas de enero de 1990, recién llegado el teniente
coronel César Gálvez al mando. Con el pretexto de generar bienestar para el
personal, Gálvez creó un fondo cooperativo donde obligó a participar a todos
los oficiales y suboficiales, adquiriendo diferentes cantidades de acciones.
Con el capital reunido, la Unidad compró una pequeña embarcación pesquera
artesanal.
El negocio era sumamente
rentable. El bote partía diariamente desde el muelle de la ciudad de Talara
rumbo a alta mar. Al principio, la faena estuvo bajo el mando del Suboficial de
1ra Aurelio Herrera Cáceres, un instructor militar que trabajaba a tiempo
completo liderando a cinco soldados rasos en las redes de pesca. Tiempo
después, tomó la posta el Suboficial de 2da García Chapiama, un enfermero
militar que continuó la labor con la misma tripulación de cinco soldados.
Durante dos años enteros, el mar norteño fue generoso: la embarcación produjo
excelentes ganancias y el dinero entró a raudales en la caja que custodiaba la
comandancia.
Pero al llegar el 31 de
diciembre de 1991, Gálvez levantó el campamento y barrió con todo. Nos estafó a
todos los aportantes sin el menor remordimiento. El comandante se marchó del
batallón con las alforjas llenas y a nadie, absolutamente a nadie, le devolvieron
un solo céntimo de sus inversiones. Por ser el mayor aportante del fondo, yo
fui el gran perjudicado de aquel naufragio financiero. Mientras nosotros nos
quedamos rumiando la pérdida, Gálvez fue premiado para el año 1992 con un
puesto administrativo en la propia comandancia de la 8va División de Infantería
en Lobitos, cobijado bajo el ala protectora de su íntimo amigo y padrino: el
General de Brigada Oscar Tramontana Monje.
El miedo al castigo y al
traslado forzoso acobardó al resto de los aportantes. Mis compañeros se
tragaron el robo en silencio, pero yo decidí no cruzarme de brazos. En el mes
de febrero de 1992, aprovechando el cambio de mando, redacté Mi Informe N° 001/MPR,
dirigido al nuevo comandante de Batallón, el teniente coronel de Infantería
José Aliaga Chávez. Al ver la gravedad de los datos, la oficina del S-1 del
batallón tuvo que darle trámite oficial, remitiéndolo mediante el Oficio N° 042
S-1/BIM 31, con fecha 25 de febrero de 1992, con destino directo al despacho
del General Oscar Tramontana.
Tenía diez acciones en mi
poder, que en aquellos tiempos de crisis equivalían a setecientos cincuenta
dólares americanos en efectivo ($750); una fortuna para un suboficial de
segunda con el sueldo devaluado. Luché solo, sin el respaldo de un solo colega,
exigiendo que se nos restituyera el capital de nuestros ahorros.
Como era de esperarse en un
sistema diseñado para encubrir al superior, la Inspectoría de la 8va División
ni siquiera se tomó la molestia de abrir una investigación preliminar sobre el
desfalco de la lancha pesquera. Al contrario, el General de Brigada Oscar
Tramontana Monje firmó mi castigo definitivo para acallar las protestas: me
sancionó con ocho días de arresto simple por insubordinación y desacato. Guardé
esa papeleta de sanción no como un castigo, sino como el medio probatorio más
fehaciente de su complicidad.
Quedó totalmente comprobado ante mis ojos que cuando se trata de dinero, los oficiales cierran filas y las inspectorías actúan como cómplices firmantes del saqueo. En aquellos primeros meses de 1992, la justicia no vestía el uniforme de la patria. Gálvez se quedó con los dólares de la pesca, Tramontana firmó los arrestos y yo me quedé en mi puesto con las manos vacías y el legajo manchado, pero con la certeza de que mi apellido jamás formaría parte de esa cofradía de ladrones con galones.
El Destierro y la Última
Trinchera.- En los pasillos de los cuarteles del Perú, el
racismo y el clasismo eran las leyes no escritas que sostenían el abuso. Cuando
un suboficial agachaba la cabeza, guardaba silencio ante los robos y actuaba
con la sumisión de un sirviente, los oficiales le daban una palmada en la
espalda y sentenciaban con condescendencia: "Eres un buen cholo".
Pero si te atrevías a levantar la mirada, a leer, a educarte y a reclamar con
la ley en la mano tus derechos y los de la tropa, el insulto brotaba de
inmediato con rabia contenida: "Cholo de mierda, serrano de mierda,
ahora quiere levantar la cabeza porque ha leído algo". Ese fue el
trato discriminatorio que recibí de la superioridad, un maltrato que buscaba
quebrar mi moral por el solo hecho de no comportarme como un ignorante
doméstico.
Tras el portazo que me dieron
en la Inspectoría de la 8va División de Infantería, donde se negaron a
investigar la estafa de la Cooperativa Interna y la lancha pesquera, no me
crucé los brazos. El dinero de mis diez acciones —mis ahorros y el sudor de dos
años de campaña— seguía en los bolsillos del comandante César Gálvez. Como en
Lobitos la justicia estaba amordazada, decidí quemar mis naves. Viajé a la
ciudad de Piura y me presenté directamente en la Inspectoría de la Primera
Región Militar, saltándome por completo el conducto regular.
En Piura me escucharon, pero
el sistema judicial militar estaba perfectamente blindado para proteger a los
de arriba.
—Suboficial, entendemos su
reclamo —me dijo el Coronel de turno tras revisar mis apuntes—, pero la
Inspectoría Regional solo puede actuar si su expediente llega elevado
formalmente por la vía del conducto regular desde la 8va División de Infantería
de Lobitos. Proceda conforme a la ley y envíelo.
Era una trampa perfecta. Una
burla burocrática. Lo que yo ignoraba en ese momento es que los Generales y los
Coroneles ya habían coordinado todo por teléfono. El Ejército siempre ha sido
de ellos; ellos se sienten los dueños de la institución, ellos mandan,
coordinan las impunidades y luego difaman, calumnian e inventan faltas
inexistentes para hundir al subordinado. La queja de un suboficial, por más
pruebas y razón que tenga, no significa nada para su argolla; se reclama
sabiendo que se va a salir perdiendo. En ese camino tortuoso perdí la batalla
legal, pero jamás la guerra de mi dignidad. Procedí como me ordenaron en Piura
y tramité los papeles por el conducto regular en Lobitos. Como era de
esperarse, mis documentos nunca llegaron a su destino; los desaparecieron en
alguna oficina técnica para que jamás regresaran a Piura.
El mismo día de mi visita al
Cuartel General de Piura, me entregaron un sobre cerrado y lacrado dirigido al
G-1 de la 8va División. Al regresar a Lobitos y abrirse el documento, la
sorpresa me golpeó el rostro: contenía mi orden de destaque inmediato a la
Primera División de Caballería en la ciudad de Sullana. Me cambiaban de
batallón de un momento a otro, desterrándome al Regimiento de Servicios N° 51.
Este traslado repentino,
ejecutado sin el goce de los viáticos que por ley me correspondían, fue un
golpe anímico demoledor. Me desarraigaban de mi entorno por el solo hecho de
exigir honradez. Aun así, saqué las garras de soldado, empaqué mis pocas
prendas y cumplí la orden. Mi situación era la de un destacado: laboraba en las
caballerizas y almacenes de Sullana, pero administrativamente seguía
perteneciendo a mi unidad de origen, el Batallón de Infantería Motorizado
"Iquique" N° 31 de Lobitos. Esto significaba una humillación extra:
cada fin de mes me veía obligado a viajar largas horas desde Sullana hasta
Lobitos solo para poder cobrar mi devaluado sueldo en las ventanillas de la Unidad
que me había expulsado.
En Sullana solo me dejaron
tranquilo cuatro meses. Para el sistema yo seguía siendo un elemento peligroso,
un suboficial que "seguía jodiendo" con informes y reclamos que
ponían nerviosos a los jefes. Con fecha uno de julio de 1992, emitieron una
nueva orden para trasladarme aún más lejos: me cambiaron a la 32ª Brigada de
Infantería con sede en la ciudad de Trujillo. Y desde Trujillo, sin darme
respiro, me enviaron directamente a la primera línea de fuego de la guerra
contrasubversiva: al Batallón Contrasubversivo N° 323, con sede en el distrito
de Huamachuco, en la provincia de Sánchez Carrión, en la sierra del
departamento de La Libertad.
Me pasearon de guarnición en
guarnición por todo el territorio del norte durante el año 1992, usando los
pases de Batallón como un mecanismo de desgaste psicológico y castigo
encubierto para silenciar mi voz. Pasaron los meses, volaron los años y nunca recibí
una sola respuesta ni un centavo de los setecientos cincuenta dólares de mis
aportes robados por Gálvez. Lo único que me gané en aquella cruzada solitaria
fueron papeletas de arresto simple que sumaron doce días de encierro, firmadas
nada más ni nada menos que por el protector y cómplice de la estafa: el señor
General de Brigada Oscar Tramontana Monje, comandante General de la 8va
División de Infantería con sede en el distrito de Lobitos.
Ellos se quedaron con el dinero de las hortalizas, con las ganancias de la lancha pesquera y con las calificaciones de ascenso de fin de año. Me dejaron el pie derecho lisiado por una fractura mal curada y me pasearon por los cuarteles más duros del norte, pero los papeles y estas memorias que hoy redacto siguen hablando. Son el testimonio vivo e irrefutable del daño psicológico y la injusticia que cometieron contra mi persona. Se llevaron el capital, pero no pudieron comprar mi silencio ni doblegar mi hombría.






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