El capitán que no pudo ser
general (1977).-
Aquel capitán, hablador y
gritón, se jactaba abiertamente de ser un genio militar. Protegido por los años
de servicio que llevaba a cuestas, no le hacía caso a nadie. En el cuartel,
tanto el mayor como el propio comandante del batallón el recuayino don Renán
Ortiz Guillermo— le pasaban por alto muchas faltas que a cualquier otro le
habrían costado muchas sanciones, simplemente por respeto a su antigüedad.
Durán Quesnay no pasaba lista, ignoraba las revistas y hasta los inspectores
que venían de Lima lo trataban con mucho respeto por su antigüedad.
Pero detrás de esa
insubordinación permitida había un soldado de raza, drástico y riguroso. A
punta de palazos en las nalgas, hizo que los sargentos reenganchados
aprendieran a dominar el manejo de los tractores y cargadores frontales. La tropa le
profesaba un miedo reverencial, sobre todo porque no toleraba las debilidades.
Una tarde, estando yo de guardia, me acerqué a su oficina para avisarle que
requerían su presencia en la guardia de prevención. Cometí el grave error de hablarle
en voz baja. El viejo capitán se levantó de su asiento como un resorte, con el rostro
encendido de furia, y me gritó:
—¡Habla fuerte, cara de perro!
La era de su impunidad terminó abruptamente el primero de enero de 1978. Ese día, el teniente coronel de ingeniería don Roberto Saldaña Vásquez asumió la jefatura del batallón. Saldaña no creía en leyendas urbanas ni en antigüedades mal entendidas. En la primera formación, el nuevo comandante puso al capitán en su sitio. A partir de entonces, rumiando su rabia entre dientes, Durán Quesnay tuvo que pasar lista y presentarse a las revistas como el más recluta de los oficiales.
En marzo de ese mismo año, el
destino lo llevó a formar parte de la comitiva que marchó hacia el caserío de
El Pallar, en Huamachuco, para instalar a la Compañía "A". Cumplida
la misión de dejar asentada la subunidad, retornó a Caraz. Poco después, el
viejo capitán pasó a la situación de retiro. Lejos del fragor de la maquinaria
pesada, encontró un nuevo frente: durante muchos años trabajó como profesor en
la Escuela Técnica del Ejército, en los claustros de Chorrillos, en Lima.
Tuvieron que pasar tres
décadas para que nuestros caminos se cruzaran por última vez. En el mes de
junio del año 2007, yo me encontraba como oficial de guardia en el cuartel del
Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 32 de Caraz. De pronto, vi aparecer
a un anciano a pie por la esquina del grifo contiguo al cuartel. Caminaba
lento, pero con una postura que delataba el uniforme que ya no vestía. Lo
reconocí de inmediato. Al acercarse a la guardia de prevención, con la misma
voz tronante de siempre, me miró y dijo:
—Suboficial, deseo una
entrevista con el jefe de Unidad.
Tenía ya cerca de setenta
años. Mandé llamar al mayor Luis Silva Cabrejos, y al verse, ambos ingenieros
militares se fundieron en un saludo efusivo. El viejo capitán pidió recorrer
las instalaciones de rincón a rincón. Lo vi caminar despacio, contemplando los
patios, los talleres y las Oficinas del Estado Mayor, mirando cada rincón como
quien busca algo perdido en el tiempo. En ese instante, un frío presentimiento
me recorrió el cuerpo. Aquel exoficial no había venido de visita; había
regresado a recoger sus huellas, a despedirse del lugar donde fue temido y
respetado. Estaba invadido por un cáncer avanzado. Al cabo de un año, murió.
En el año 2012, mientras caminaba por los pabellones del cementerio Presbítero Maestro en Lima, me detuve en seco. A un costado de la imponente Cripta de los Héroes de la Guerra con Chile, descansaba una modesta placa recordatoria con su nombre. El capitán que no pudo ser general por amar a una mujer del sur, descansaba ahora, por una ironía del destino, al lado de los defensores de la patria.
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