lunes, 8 de diciembre de 2014

CAPITAN QUE NO PUDO SER GENERAL: LA HISTORIA DEL CAPITÁN JOSÉ DURAN QUESNAY CARAZ HUAYLAS ANCASH

El capitán que no pudo ser general (1977).- En el Batallón de Ingeniería de Combate "Huascarán" N° 112, en Caraz, Huaylas, Ancash, prestaba servicios un hombre que parecía suspendido en el tiempo. Era el capitán de ingeniería José Durán Quesnay, jefe de la Compañía de Equipo y Mantenimiento. Para el año 1977, el capitán era tan antiguo en su grado que los oficiales de su misma promoción ya ostentaban el rango de generales de brigada. El motivo de su estancamiento no era la falta de capacidad, sino un juicio en la Justicia Militar: se había casado con una ciudadana chilena, una mujer alta y de tez blanca que de vez en cuando cruzaba la guardia del cuartel, desafiando las estrictas miradas de una época marcada por las tensiones fronterizas.

Aquel capitán, hablador y gritón, se jactaba abiertamente de ser un genio militar. Protegido por los años de servicio que llevaba a cuestas, no le hacía caso a nadie. En el cuartel, tanto el mayor como el propio comandante del batallón el recuayino don Renán Ortiz Guillermo— le pasaban por alto muchas faltas que a cualquier otro le habrían costado muchas sanciones, simplemente por respeto a su antigüedad. Durán Quesnay no pasaba lista, ignoraba las revistas y hasta los inspectores que venían de Lima lo trataban con mucho respeto por su antigüedad.

Pero detrás de esa insubordinación permitida había un soldado de raza, drástico y riguroso. A punta de palazos en las nalgas, hizo que los sargentos reenganchados aprendieran a dominar el manejo de los tractores y cargadores frontales. La tropa le profesaba un miedo reverencial, sobre todo porque no toleraba las debilidades. Una tarde, estando yo de guardia, me acerqué a su oficina para avisarle que requerían su presencia en la guardia de prevención. Cometí el grave error de hablarle en voz baja. El viejo capitán se levantó de su asiento como un resorte, con el rostro encendido de furia, y me gritó:

—¡Habla fuerte, cara de perro!

La era de su impunidad terminó abruptamente el primero de enero de 1978. Ese día, el teniente coronel de ingeniería don Roberto Saldaña Vásquez asumió la jefatura del batallón. Saldaña no creía en leyendas urbanas ni en antigüedades mal entendidas. En la primera formación, el nuevo comandante puso al capitán en su sitio. A partir de entonces, rumiando su rabia entre dientes, Durán Quesnay tuvo que pasar lista y presentarse a las revistas como el más recluta de los oficiales.

En marzo de ese mismo año, el destino lo llevó a formar parte de la comitiva que marchó hacia el caserío de El Pallar, en Huamachuco, para instalar a la Compañía "A". Cumplida la misión de dejar asentada la subunidad, retornó a Caraz. Poco después, el viejo capitán pasó a la situación de retiro. Lejos del fragor de la maquinaria pesada, encontró un nuevo frente: durante muchos años trabajó como profesor en la Escuela Técnica del Ejército, en los claustros de Chorrillos, en Lima.

Tuvieron que pasar tres décadas para que nuestros caminos se cruzaran por última vez. En el mes de junio del año 2007, yo me encontraba como oficial de guardia en el cuartel del Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 32 de Caraz. De pronto, vi aparecer a un anciano a pie por la esquina del grifo contiguo al cuartel. Caminaba lento, pero con una postura que delataba el uniforme que ya no vestía. Lo reconocí de inmediato. Al acercarse a la guardia de prevención, con la misma voz tronante de siempre, me miró y dijo:

—Suboficial, deseo una entrevista con el jefe de Unidad.

Tenía ya cerca de setenta años. Mandé llamar al mayor Luis Silva Cabrejos, y al verse, ambos ingenieros militares se fundieron en un saludo efusivo. El viejo capitán pidió recorrer las instalaciones de rincón a rincón. Lo vi caminar despacio, contemplando los patios, los talleres y las Oficinas del Estado Mayor, mirando cada rincón como quien busca algo perdido en el tiempo. En ese instante, un frío presentimiento me recorrió el cuerpo. Aquel exoficial no había venido de visita; había regresado a recoger sus huellas, a despedirse del lugar donde fue temido y respetado. Estaba invadido por un cáncer avanzado. Al cabo de un año, murió.

En el año 2012, mientras caminaba por los pabellones del cementerio Presbítero Maestro en Lima, me detuve en seco. A un costado de la imponente Cripta de los Héroes de la Guerra con Chile, descansaba una modesta placa recordatoria con su nombre. El capitán que no pudo ser general por amar a una mujer del sur, descansaba ahora, por una ironía del destino, al lado de los defensores de la patria.

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