El sargento SMO que comandó
una base contrasubversiva y el convoy de los secretos.- Entre
los años 1988 y 1996, la geografía andina del distrito de Huacrachuco, una de
las tres parcialidades de la provincia de Marañón en el departamento de
Huánuco, se convirtió en un escenario de fuego y doctrina. Columnas armadas del
Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso, en su mayoría provenientes de la
región de San Martín, irrumpieron en la zona con una fuerza devastadora.
Desataron acciones armadas, propagación de propaganda y asesinatos selectivos
contra las autoridades del Estado. Entre 1988 y 1989, los subversivos
arrinconaron y derrotaron a las fuerzas de la Policía Nacional. Ante el
inminente colapso del orden, el gobierno ordenó el despliegue urgente del
Ejército peruano, estableciendo una Base Contrasubversiva bajo el mando de un
oficial, dos suboficiales y sesenta soldados del Servicio Militar Obligatorio.
Para el año 1992, la base
contrasubversiva de Huacrachuco estaba asignada al subteniente de infantería
Francisco Javier Costa Gallegos, natural del Cuzco; al suboficial operador de
comunicaciones Juan Moreno Salazar, huaracino de nacimiento; y al suboficial
mecánico de armamento Castro Quipusco, trujillano de nacimiento. Este último
solía descender constantemente hacia el Puesto de Comando del Batallón
Contrasubversivo N.° 323, acantonado en Huamachuco, con el único fin de
regularizar los cargos de armas, granadas y municiones en los almacenes. Eran
tiempos de un rigor asfixiante. En aquellas fortificaciones de primera línea no
existían las rotaciones, los planes de bienestar ni los permisos para el
personal destacado. La frustración devoraba a los oficiales y suboficiales,
atrapados entre sueldos exiguos, propinas de hambre, uniformes desgastados y un
pésimo racionamiento. El desabastecimiento crónico provocaba que los víveres
rara vez llegaran a tiempo; por ende, el rancho diario se reducía a una porción
pobre y repetitiva.
Vencidos por el abandono y
ante la tajante negativa del comandante del batallón de concederles días libres
a cuenta de sus vacaciones, el subteniente Costa Gallegos y el suboficial
Moreno Salazar tomaron una decisión desesperada entre los meses de agosto y
septiembre de 1992. Sin autorización alguna, firmaron sus propias papeletas de
permiso y desertaron de la base contrasubversiva, viajando a sus tierras
natales con la promesa de regresar antes de ser descubiertos. En ese vacío de
poder, apelando al más puro y arriesgado espíritu de cuerpo, el sargento
segundo de la tropa, Rudecindo Vásquez Gonzales, asumió la responsabilidad como
jefe interino de la Base Militar.
Desde el primero de agosto
hasta el trece de octubre —durante dos agobiantes meses y trece días—, el
sargento Vásquez Gonzales se sentó frente a la estación de radio en cada hora
de reporte: a las 08:00, a las 14:00 y a las 20:00 horas. Con la voz firme para
no levantar sospechas, daba cuenta al Puesto de Comando de Huamachuco sobre las
novedades del personal y el material. Cuando los operadores del batallón le
inquirían sobre el paradero del oficial y el suboficial, el sargento, mostrando
una lealtad a prueba de balas para cubrirles las espaldas a sus superiores,
respondía invariablemente con la misma mentira: «El subteniente Costa y el
suboficial Moreno se encuentran ejecutando patrullaje contrasubversivo en los
sectores de Cholón y San Pedro de Chonta. El suboficial Castro se encuentra en
la ciudad de Huamachuco. Armamento y personal sin novedad». La repetición
exacta del reporte diario, sin embargo, encendió las alarmas en el comando,
donde comenzaron a sospechar que el sargento ocultaba un secreto de enormes
proporciones.
La farsa militar comenzó a desmoronarse en la primera semana de octubre. En el cuartel de Huamachuco se organizó un convoy de cuatro camiones pesados con una doble misión: realizar una inspección inopinada a la base de Huacrachuco y ejecutar el relevo completo de los oficiales, suboficiales y la tropa del Servicio Militar Obligatorio. Para este despliegue, el Comando del Batallón dispuso también el relevo del suboficial Castro Quipusco, nombrando en su reemplazo al suboficial de tercera Carlos Girio Ferromeque. Pero el destino guardaba una última carta. Castro Quipusco se había enamorado perdidamente de una hermosa colegiala huacrachuquina y, con el corazón en la mano, le suplicó al comandante del batallón que le permitiera regresar a la base en lugar de ser relevado. Contra todo pronóstico, su pedido fue aceptado, ignorando que el camión en el que viajaría lo conducía directo hacia el desenlace de la gran mentira que el sargento Rudecindo Vásquez Gonzales había sostenido en la radio del ande.
El retrovisor del destino y la
capilla ardiente de Huamachuco.- A las 05:00 de la mañana del 8
de octubre de 1992, bajo un cielo encapotado y una ligera llovizna que
humedecía la sierra, se puso en marcha el convoy militar para el relevo. El
teniente coronel de infantería Riki Santos Román, comandante del Batallón
Contrasubversivo N° 323 de Huamachuco, encabezó la marcha acompañado por tres
oficiales, tres suboficiales y un contingente de la tropa del Servicio Militar
Obligatorio. La comitiva avanzaba en un convoy de apoyo de combate conformado
por cuatro vehículos pesados: dos camiones Mercedes-Benz tipo LA 1113 y dos
camiones Unimog, todos conducidos por experimentados sargentos reenganchados.
En aquellas rutas de altísimo peligro, donde la geografía andina se aliaba con
la amenaza subversiva, los choferes desplazaban las unidades a gran velocidad
para evitar convertirse en blancos fijos, pero cuidando siempre de mantener la
distancia táctica reglamentaria. Sin embargo, la prisa sobre las trochas
angostas y las curvas cerradas al borde del abismo convertía cada kilómetro en
una ruleta rusa para las patrullas que iban a bordo.
La fatalidad aguardaba
agazapada en los desfiladeros de Molino Viejo, dentro de la jurisdicción del
distrito de Cochorco. Al tomar una curva pronunciada, el camión Unimog
conducido por el sargento Ágreda perdió el agarre y se volcó estrepitosamente,
rodando más de mil metros hacia el fondo de un inmenso acantilado. El impacto
fue devastador: el accidente dejó un saldo de seis soldados heridos de suma
gravedad y un muerto. La única víctima mortal fue el suboficial de segunda
mecánico de armamento Castro Quipusco; el mismo hombre que con tanta
insistencia había suplicado al comandante regresar a la base militar de
Huacrachuco. En una macabra ironía del destino, la barra metálica del espejo
retrovisor del lado derecho del camión Unimog se desprendió durante las vueltas
de campana, atravesando limpiamente el pecho del suboficial, justo a la altura
de su corazón enamorado. La comitiva suspendió de inmediato el viaje a
Huacrachuco y, al caer la tarde, los camiones sobrevivientes ingresaron de
vuelta al Puesto de Comando de Huamachuco transportando a los heridos, al
personal ileso y los restos mortales del suboficial.
La emergencia movilizó los
recursos de la base. Un helicóptero MI-8 de fabricación rusa, que permanecía
apostado en el helipuerto militar para el apoyo de las operaciones
contrasubversivas, encendió sus motores esa misma tarde y levantó vuelo con
rumbo a la ciudad de Lima, evacuando de urgencia a los seis soldados heridos
que presentaban múltiples y complejas fracturas. Mientras tanto, en la
comandancia del batallón se improvisó una capilla ardiente para velar a Castro
Quipusco. Sobre una tarima rústica descansaba el ataúd y, dentro de él, el
cuerpo del mecánico de armamento vestía el uniforme de campaña impecable y
llevaba puestos sus borceguíes tipo comando, como si estuviera listo para una
última revista. En la penumbra del velorio, entre el humo de los cigarrillos y
el olor a café, el eco de los murmullos de mis compañeros de armas sentenciaba
la tragedia: «Castro pierde la vida cojudamente por el amor de una chibola».
Aquella noche, la guarnición entera recordó la vieja máxima de las trincheras:
en las misiones de riesgo jamás hay que ofrecerse como voluntario, porque los
resultados suelen ser funestos.
La mañana del 9 de octubre, el cuerpo del suboficial Castro fue trasladado por vía terrestre hacia su natal Trujillo. Pasaron los meses y, aprovechando un viaje a la costa, me apersoné a la vivienda de sus padres, ubicada en la avenida América Norte, casi frente al cuartel Ramón Zavala. Aunque acudí tarde a entregar mis condolencias, su anciana madre me recibió con nobleza. En el centro de la sala, bajo una luz tenue, descansaba un cuadro con la fotografía del difunto, colocado allí por sus seres queridos para resguardar su memoria. Al contemplar el retrato, comprendí el dolor profundo y silencioso que la guerra contrasubversiva sembraba en los hogares peruanos, apagando vidas jóvenes en un instante y transformando los sueños de los soldados en el triste recuerdo de una sala familiar.
Las vueltas de la radio y el
indulto del comandante.- A las 10:00 de la mañana del 13 de octubre
de 1992, bajo un cielo nítido y completamente despejado, el rugido de los
motores de un helicóptero MI-8 rompió la tensa calma del distrito de
Huacrachuco. A bordo de la nave de fabricación rusa viajaba el contingente de
relevo, encabezado en persona por el teniente coronel de infantería Riki Santos
Román. La comitiva militar aterrizó por sorpresa en la base contrasubversiva,
donde el primer impacto para el jefe de batallón fue ser recibido únicamente
por el sargento segundo de la tropa, Rudecindo Vásquez Gonzales. De inmediato,
las principales autoridades políticas del distrito se apersonaron a las
instalaciones de la base militar para entrevistarse con el comandante. Sin
rodeos, le revelaron la cruda verdad: el oficial y el suboficial a cargo
llevaban meses desaparecidos de la guarnición, y las ceremonias cívicas de
izamiento del Pabellón Nacional habían sido presididas, con total hidalguía,
por el sargento SMO Vásquez. El comandante Santos Román masticó su amargura en
silencio; incapaz de disimular la indignación ante semejante falta, tuvo que
escuchar una seguidilla de informes negativos sobre la conducta de sus
oficiales subordinados.
Tras la agria reunión con las autoridades
civiles, la comitiva procedió a ejecutar una exhaustiva y rigurosa revista de
todo el material bélico de la base. Se inspeccionaron palmo a palmo los cargos
del material de guerra, las estaciones de comunicaciones y el equipo de
ingeniería. Para fortuna del comandante, el sargento Vásquez había cuidado la base
militar con celo de veterano: todo el inventario se encontraba completo y sin
novedad. Solo en ese instante, Santos Román pudo inflar el pecho y respirar con
verdadera tranquilidad. Sin embargo, la falta militar era gravísima, por lo que
su primera medida fue relevar de inmediato al subteniente de infantería
Francisco Costa Gallegos del mando de la base, disponiendo su traslado forzoso
al Puesto de Comando en Huamachuco.
La mañana del 16 de octubre de
1992 se inició el traspaso formal del material y el personal para que el
oficial entrante asumiera la comandancia de Huacrachuco. Fue en medio de ese
ajetreo cuando, de manera imprevista, el subteniente Francisco Costa Gallegos
regresó a la base, luciendo un rostro desencajado por el miedo y la vergüenza.
Al día siguiente, por la tarde, hizo su aparición el suboficial operador de
comunicaciones Moreno Salazar. Ambos infractores recibieron una reprimenda
feroz de parte del teniente coronel Santos Román, quien los amenazó con
aplicarles la máxima sanción de quince días de arresto de rigor en el calabozo.
Sin embargo, en el último momento, la severidad del jefe de batallón se quebró.
Mirando a los atribulados militares, el comandante les confesó conmovido:
—Subteniente Costa, suboficial
Moreno, les voy a perdonar la falta porque yo también tengo un hijo varón que
sueña con ser militar. Para tranquilidad de todos, el sargento ha cuidado bien
la base y el material está sin novedad. Usted, subteniente, mañana más tarde
será coronel o tal vez llegará a general; y usted, suboficial, llegará a ser
técnico jefe. Pensando en el futuro de mi propio hijo, no quiero destruirles la
carrera.
El 18 de octubre, la comitiva
abandonó definitivamente Huacrachuco, llevando de regreso a Huamachuco al
subteniente Costa y al suboficial Moreno, ambos formalmente relevados pero
salvados del tribunal militar por el corazón de un padre.
Las vueltas que da la vida y
las paradojas del destino no dejan de sorprender en el mundo de los cuarteles.
Décadas después de aquel abandono de puesto, el subteniente Costa Gallegos
continuó ascendiendo peldaño a peldaño en la jerarquía militar; llegó a
ostentar los galones de coronel y, posteriormente, alcanzó las estrellas de General
de División del Ejército peruano, desempeñándose en altas jefaturas del
Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas y sirviendo como representante del Perú
ante la Junta Interamericana de Defensa (JID) en los Estados Unidos. Por
su parte, la suerte del operador de comunicaciones fue muy distinta: en el año
1993, Moreno Salazar incurrió en un definitivo abandono de destino —lo que las
leyes actuales sancionan como abandono de empleo— y, tras colgar el uniforme de
forma definitiva, se formó como abogado en las calles de la ciudad de Huaraz.
A pesar de las estrellas
doradas que hoy adornan los hombros del general de división Francisco Javier
Costa Gallegos, en los rincones más profundos de su memoria siempre persistirá
el recuerdo nítido de la «reclutada» que cometió en las alturas de Huacrachuco.
Esa falta de juventud, el haber dejado una base contrasubversiva bajo la única
custodia de la radio y la lealtad de un sargento de la tropa, es una mancha
invisible que no se borra de la conciencia. Tuvo, sin duda alguna, una fortuna
descomunal; una suerte esquiva que rara vez ampara a los oficiales en tiempos
de guerra, y que en su caso se vistió con la generosidad de un comandante que
prefirió mirar el rostro de su propio hijo antes que firmar una sentencia de
deshonor.






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