La Marcha de la Patrulla Huascarán: 270 Kilómetros de Huamachuco a Tayabamba abril 1993.- El domingo 4 de abril de 1993, a las 13:30 horas, se produjo una sangrienta emboscada en la zona de Frailones (Quesquenda), en el distrito de Huamachuco, provincia de Sánchez Carrión. Combatientes del Partido Comunista del Perú - Sendero Luminoso atacaron una patrulla mixta integrada por fuerzas policiales y del Ejército. En el atentado perdieron la vida dieciocho efectivos de la Policía Nacional del Perú, tres miembros del Ejército y un civil que conducía el camión cisterna. Tras este golpe, el miedo se apoderó de los transportistas de carga y pasajeros; los camioneros se rehusaban terminantemente a prestar apoyo con sus unidades para el traslado de las patrullas del batallón acantonado en distrito de Huamachuco y de las diversas bases contrasubversivas de Pataz y de Sánchez Carrión.
Ante el peligro inminente de
sufrir una emboscada en un desplazamiento vehicular, el 11 de abril de 1993, la
patrulla «Huascarán» —conformada por veintiún hombres— inició una marcha a pie
desde el Puesto de Comando del Batallón Contrasubversivo N° 323 en Huamachuco
con destino al distrito de Tayabamba, en Pataz. Nos esperaba una travesía de
270 kilómetros por rutas altamente peligrosas que cruzaban el caserío de
Yanasara, El Pallar, el distrito de Chugay, el siempre temido centro poblado
menor de El Molino Viejo en Cochorco, el distrito de Chagual, la localidad de
Retamas en Parcoy, la mina Marsa en Buldibuyo, el distrito de Huaylillas y,
finalmente, la Base Militar del distrito de Tayabamba, provincia de Pataz. Aquel desplazamiento nos tomaría
cinco días.
La mañana de la partida
amaneció nublada sobre el patio de armas del batallón. El teniente de
Intendencia César Cáceres me hizo entrega de las provisiones para el personal
de tropa del Servicio Militar Obligatorio (SMO) destacado en Tayabamba: tres
sacos de arroz, tres de azúcar, tres de harina, tres de trigo, dos de fréjol,
tres de avena, cinco cajas de leche, dos de manteca, fideos, atún y tres cajas
de manteca blanca. Sin embargo, para el transporte de aquella carga no recibí
ni un solo céntimo del comandante del batallón. Cuando se lo solicité, su
respuesta fue tajante: «Ya tú verás cómo lo trasladas; dinero no hay».
Ante la indiferencia del
comando, ordené sacar todos los víveres al frente de la guardia de prevención.
Allí esperé a los camiones que venían desde Lima y Trujillo con destino a
Tayabamba y Huacrachuco. Los camioneros siempre habían colaborado con las patrullas
bajo mi mando; conocedor de la sensibilidad y el respeto que nos mostraban en
las rutas, aguardé con paciencia. Conforme aparecieron, les solicité apoyo: el
primer camión cargó los sacos de arroz; el segundo, los de azúcar. Apelando a
la buena voluntad de los choferes, logré despachar todos los artículos de clase
I para el rancho de la base. No hubo documentos de por medio; solo anoté en mi
libreta el nombre de cada conductor y el número de placa de su vehículo,
confiando en su palabra para que la carga fuera entregada en la base militar del
distrito de Tayabamba.
Pasado el mediodía, tras
concluir el envío de los víveres, inicié el desplazamiento a pie con los
hombres de mi patrulla. Esa tarde marchamos hasta el caserío de El Pallar,
donde llegamos a las 19:00 horas. Pasamos la noche y el amanecer sentados en la
vereda de la casa de la familia Gaytán, quienes generosamente nos prestaron
pellejos de carnero y frazadas para soportar la jornada nocturna.
Al día siguiente, lunes 12 de
abril, a las 06:45 horas, bajo un cielo igualmente encapotado, tomamos desayuno
en El Pallar. Fue un suculento caldo de cabeza de carnero acompañado de la
tradicional papa huayro sancochada y su respectivo ají con huacatay, todo
preparado por la señora Juana, esposa de un licenciado del Ejército conocido
bajo el seudónimo de «Tacora». Con las energías renovadas, a las 08:00 horas
reiniciamos la marcha ascendiendo por un cerro empinado a través de antiguos
caminos de herradura con dirección a Chugay.
Llegamos a este pintoresco distrito antes del mediodía y nos tomamos un merecido descanso de aproximadamente una hora. Tras aprovisionarnos con galletas y latas de atún, emprendimos la segunda etapa del día: una marcha forzada en plena puna, a más de 3500 metros sobre el nivel del mar. A las 22:30 horas, con el hambre y el agotamiento a cuestas, arribamos al centro poblado de El Molino Viejo. Este pueblo, de oscuros antecedentes por los constantes asaltos a transportistas y la proliferación del narcotráfico, se asentaba al pie de un inmenso cerro, con casas de tapial y techos de teja donde reinaban la oscuridad y un silencio absoluto. Tocamos varias puertas solicitando el apoyo de frazadas o pellejos para protegernos del clima de frio intenso, pero nadie nos abrió. La desconfianza y el miedo imperaban en el lugar. Así, nos vio amanecer otra vereda, sentados y soportando el intenso frío de la zona.
La Bajada al Marañón y el Abismo de Chagual.- El martes 13 de abril, a las 06:00 horas, bajo una mañana nublada y de frío intenso, abandonamos el centro poblado de El Molino Viejo. Nuestro destino era la localidad de Chagual, ubicada a orillas del caudaloso río Marañón. Avanzamos siempre a pie, descendiendo por una carretera sinuosa rodeada de un impresionante y hermoso paisaje andino. Todo el recorrido fue de bajada. En la zona del distrito de Cochorco, durante los meses de marzo, abril y mayo, hay abundantes cosechas de papa y choclo de excelente calidad. Así, llegamos a una chacra donde los campesinos iniciaban la cosecha de papa blanca. Nos acercamos para solicitarles el apoyo de medio saco del tubérculo; gracias a Dios, accedieron de inmediato. No solo nos regalaron las papas, sino que nos proporcionaron abundante leña, ollas y ají molido con huacatay. La tropa comenzó a sancochar el alimento en una paila grande, convirtiendo aquella mañana en un desayuno reconfortante a base de riquísima papa blanca sancochada. Con el estómago lleno, el personal de la patrulla expresó su profundo agradecimiento al dueño de la chacra y reiniciamos la marcha.
Continuamos
el descenso hasta el puente metálico que cruza el imponente río Marañón. A las
13:00 horas, arribamos al caluroso distrito de Chagual, un lugar de escasa
población donde descansamos apenas treinta minutos. En esta localidad no
logramos conseguir el apoyo de los pobladores para el rancho, por lo que
tuvimos que reanudar la jornada con hambre.
Cuando
la patrulla reiniciaba la marcha a pie con destino a la Base Contrasubversiva
de la mina Retamas, nos alcanzó un camión de carga. El chofer nos permitió
subir al vehículo, pero pronto entramos a una zona sumamente peligrosa. Había
gran cantidad de piedras y tierra deslizadas desde las partes altas, las cuales
tapaban parcialmente la carretera. Al pie del inmenso cerro, el camión se
desplazaba tambaleante, inclinándose peligrosamente hacia el abismo del río
Marañón. En ese instante, el miedo nos paralizó a todos; permanecimos en total
silencio, implorando a Dios. Sentados sobre la carga y con los fusiles en la
mano, vimos de cerca la muerte. Una mala maniobra del chofer o una falla
mecánica nos habría arrojado a las aguas de uno de los ríos más grandes del
Perú, que en esa zona corre amenazante y turbulento, sobre todo en época de
lluvias. Fue admirable la valentía y la osadía de aquel conductor para cruzar
casi trescientos metros de una ruta tan letal. Tras superar el peligro y dejar
atrás el gran susto, el sargento segundo EP Puntillo Conco, demostrando
iniciativa, ordenó dar tres vivas por el chofer, a lo que toda la patrulla
respondió a una sola voz.
Aquel valiente camionero nos trasladó de forma gratuita hasta el cruce de la carretera hacia el distrito de Chilia. Desde ese punto, la patrulla continuó el desplazamiento a pie y a marcha forzada, espoleada por el hambre que nos acosaba. Cuando el hambre ataca a un ser humano o a cualquier animal, se es capaz de todo; el hambre no perdona. Alargamos los pasos con la esperanza de llegar a la mina Retamas antes de la medianoche para encontrar algo de comida, pero el esfuerzo fue en vano; la distancia parecía interminable. Recién arribamos al centro minero a las 04:00 horas del miércoles 14 de abril, recorrimos más de 25 kilómetros. Afortunadamente, la Base Militar ubicada en ese estrecho cañón de Retamas contaba con todas las comodidades, gracias al apoyo logístico proporcionado por la empresa minera. En este lugar descansamos un día completo, donde el jefe de la base nos brindó un excelente alojamiento y comida en abundancia.
El Secreto de los Socavones y el Contraste de la Guerra.- En la mina Retamas, el personal de la Base del Ejército, de la Policía Nacional del Perú y los elementos de seguridad privada —los conocidos «guachimanes»— controlaban el ingreso y salida de los trabajadores a través de los túneles. La seguridad se apostaba en las bocas de los socavones, cumpliendo guardias continuas en turnos de doce horas, desde las 18:00 hasta las 06:00 horas. Sin embargo, al caer la noche, el personal militar y policial, en abierta complicidad con el vigilante privado, permitía el ingreso clandestino de civiles conocidos en la zona como los «parqueros» o robaminerales. Estos sujetos extraían el mineral en bruto cargando dos costales de cincuenta kilos por hombre, los cuales trasladaban de inmediato a sus caseríos ubicados en las inmediaciones de la mina.
A simple vista, aquel mineral
parecía insignificante —apenas unas piedras de color plomo— que los parqueros
ocultaban en sus viviendas. Durante el día, lo molían de manera artesanal y, si
la suerte los acompañaba, lograban extraer de tres a cinco gramos de oro por
molienda. La consigna en el lugar era clara e ineludible: para el jefe de la
base militar se asignaba obligatoriamente un gramo en calidad de cupo, otro
gramo iba para el soldado que cubría el servicio nocturno, y el resto del oro
quedaba en manos del parquero. Para asegurar la continuidad del negocio y
seguir saqueando los socavones de la empresa, cada civil debía matricularse por
la noche con este gramo de oro destinado al jefe de la base militar o policial.
De esta manera, y sin mover un solo dedo, el jefe de la base recaudaba
diariamente entre cuarenta y cinco y cincuenta gramos de oro, o incluso más.
En aquellos tiempos, el gramo
de oro en Retamas se cotizaba en veinticinco nuevos soles. Permanecer destacado
en esa base resultaba un negocio sumamente rentable. Además, el personal
destacado gozaba de un trato privilegiado, ya que la empresa minera les
proporcionaba rancho a discreción, un excelente alojamiento y diversos
beneficios. No obstante, cualquiera no lograba acceder a un puesto en esa base;
los traslados estaban fuertemente condicionados, pues las ganancias obtenidas
de la molienda también escalaban hasta alcanzar a los comandos superiores.
La realidad de la patrulla
«Huascarán» era el reverso exacto de esa medalla. En la fotografía se observa
con absoluta claridad la precariedad con la que operábamos: en aquellos años
carecíamos de uniformes adecuados y la gran mayoría del personal de tropa ni
siquiera contaba con borceguíes para afrontar las marchas. Mientras en la base
de Retamas se amasaban fortunas en oro bajo la complicidad y la sombra de los
socavones, nosotros caminábamos descalzos o con calzado improvisado desafiando
el frío de las punas. La imagen habla por sí sola.
Poco después, iniciamos el
ascenso por el inmenso y empinado cerro de la mina Marsa. En aquellos tiempos,
nadie nos superaba en las marchas forzadas en este tipo de geografías del ande
peruano. Éramos hombres completamente habituados a la supervivencia: marchábamos
sin poncho de jebe para protegernos de las tormentas, sin raciones de rancho
frío y sin un bolsón de primeros auxilios. Superando todo tipo de situaciones
adversas y a paso firme, a las 11:45 horas alcanzamos la zona conocida como la
«Punta Olímpica», ubicada a unos 4500 metros sobre el nivel del mar. En la
cumbre, la lluvia y la densa neblina nos cubrieron de pronto con su manto
blanco, obligándonos a refugiarnos en una pequeña caseta de los vigilantes de
la empresa minera. Bajo aquel techo descansamos media hora para recuperar
energías.
Desde esa cumbre, el camino
continuó en plena puna, pero esta vez todo el terreno era de bajada hacia el
pintoresco distrito de Buldibuyo. Tras cruzar este pueblo, ingresamos a las
chacras de maíz de los alrededores, donde los soldados cortaron y mascaron gran
cantidad de caña, lo cual sirvió como nuestro único almuerzo aquel día. Como la
meta trazada era avanzar lo más posible, continuamos la marcha hasta el
distrito de Huaylillas, una zona de clima mucho más abrigado.
La Recompensa en Tayabamba y la Lección de las Punas.- El viernes 16 de abril, a las 06:00 horas, bajo un cielo azul despejado, abandonamos el abrigado distrito de Huaylillas. Tampoco aquella mañana hubo desayuno para nadie. En esas condiciones, reiniciamos el desplazamiento a pie a través de la polvorienta carretera con destino a la Base Militar del distrito de Tayabamba. Tras dos horas y media de marcha, el ascenso ya nos ponía freno al ritmo de marcha en esas circunstancias apareció de sorpresa un camión Unimog del Ejército, perteneciente a la Base Contrasubversiva de la mina Marsa. El vehículo, que durante la semana había viajado a Tayabamba para transportar provisiones de apoyo, había sido enviado como «auxilio» para recoger a la patrulla “Huascarán” por orden del capitán bajo el seudónimo de «Águila». Al subir al camión, el personal de tropa experimentó una inmensa alegría; no solo por el descanso físico, sino porque nos enteramos de que Tayabamba se encontraba de fiesta en honor a su santo patrón, Santo Toribio de Mogrovejo.
Arribamos a Tayabamba a las 11:30
horas. La pequeña Plaza de Armas bullía de gente de todas las condiciones
sociales, mientras una banda de músicos amenizaba la festividad con lo mejor de
su repertorio. Para participar de las celebraciones, también habían bajado
desde la mina Marsa el teniente Castañeda y el sargento primero Ágreda, chofer
del Unimog. Después de cinco extenuantes días de marcha forzada desde la
guarnición de Huamachuco, llegamos sin novedad a nuestro destino. Habíamos
completado la travesía sin recibir un solo céntimo de viáticos ni raciones de
rancho frío, careciendo de un bolsón de primeros auxilios y sin ponchos de jebe
para guarecernos. Pasamos noches enteras sentados en las veredas de los
pueblos, cubiertos apenas por nuestros capotines y alguna frazada prestada. En
suma, habíamos vencido al terreno, al frío y al peligro subversivo.
Una vez reunida la patrulla en
el pequeño patio de armas de la Base Contrasubversiva, ordené la revista
reglamentaria de armamento. Verificamos minuciosamente el estado físico de los
fusiles, cacerinas, municiones y granadas. Cumplido el protocolo, di parte al
capitán de todas las ocurrencias del desplazamiento y me retiré a mi
alojamiento. Tras una necesaria ducha de agua helada, me vestí de civil y salí
en compañía del teniente Castañeda. Recuerdo con profunda nostalgia que durante
tres días participamos activamente en la fiesta patronal junto a las
autoridades locales: bailamos, asistimos a las corridas de toros y, como es
tradición en la sierra peruana, disfrutamos de comida abundante y cerveza
helada brindada generosamente por los alferados. Fueron jornadas inolvidables
que hasta el día de hoy guardo en un rincón especial de mi corazón.
Recomendación táctica para el combatiente: En las Zonas de Emergencia, si se quiere evitar caer en una emboscada de los grupos subversivos, el desplazamiento debe realizarse estrictamente a pie. Basado en la experiencia y la información del terreno, especialmente en las regiones de puna, es imperativo utilizar caminos no convencionales y avanzar siempre dominando las partes altas.








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