Urpay Pataz 31 octubre 1993: La noche que el Jefe de la Patrulla Huascarán vio a la muerte
El día domingo 31 de octubre de 1993, la
patrulla “Huascarán” había dado por terminada sus labores de seguridad en el
colegio César Vallejo Mendoza, tras una intensa jornada de Referéndum Nacional,
el frío de la tarde llegaba hasta los huesos, por ello, los veintiún hombres
de la patrulla ocupamos el segundo piso de la humilde municipalidad que en el
mes de julio había sido quemado por las huestes del PCP Sendero Luminoso al mando del camarada “Gerardo”. El país
vivía los años del primer gobierno de Alberto Kenya Fujimori. Tiempos
las huestes de Sendero Luminoso acechaban desde las sombras de la sierra
liberteña.
A las nueve de la noche se
organizaron los tres turnos de vigilancia. Mientras el personal de primer turno salía
a los exteriores, los soldados de retén y la reserva buscamos el descanso en el piso.
Desplegué una frazada sobre el frío suelo para que me sirviera de colchón y me
cobijé bajo mi capotín de campaña, ansiando recuperar las fuerzas necesarias
para el repliegue a pie que, al amanecer, nos llevaría de regreso a Tayabamba
una distancia de 38 kilómetros en las escarpadas punas. A la medianoche, el
relevo del personal de servicio se ejecutó sin novedad. Seis centinelas del segundo turno bajaron a
custodiar el perímetro bajo un cielo gobernado por una luna en cuarto
menguante, cuya pálida claridad recortaba las siluetas del pueblo.
Fue a la una y cuarenta y
cinco cuando mi cuerpo se rebeló. Un dolor estomacal agudo, punzante e
insoportable, me despertó de golpe. En una patrulla militar que carecía de
bolsón de primeros auxilios, la única opción era resistir o buscar un lugar
donde aliviarse. Decidí bajar. Aseguré mi fusil FAL, lo abastecí con una
cacerina de veinte municiones y deslicé un proyectil en la recámara; el arma
estaba cargada, lista para abrir fuego. Por si acaso, guardé una segunda
cacerina llena en el bolsillo del capotín.
Dejé atrás el calor del grupo
y a los centinelas que vigilaban el edificio municipal. Crucé la plaza de armas
a paso largo, espoleado por los cólicos. El silencio en Urpay era total,
sepulcral. Caminé algo más de cien metros guiado por el resplandor de la luna,
suficiente para no tropezar en la penumbra. Al doblar una curva por un sendero
estrecho, me adentré en un terreno desolado donde se ubicaba un rústico baño
público. Era una letrina abandonada: un silo sin techo, sin puerta, sin agua ni
desagüe, dividido únicamente por toscos muros de adobe.
Obligado por la urgencia del
dolor, ingresé a tropezones al oscuro cubículo. Avancé con la mirada clavada en
el suelo para no errar el paso y caer en el foso. Busqué firmeza en mis pies,
giré sobre mis talones para quedar de espaldas al silo y, justo antes de
bajarme el pantalón, levanté la cabeza.
El aire se congeló en mis
pulmones.
A escasos cuatro metros de mí,
suspendida en la nada, se erigía una entidad espantosa. Tenía la estatura de un
hombre promedio, apenas un metro sesenta, pero vestía un ropaje negro y pesado,
idéntico al hábito de una monja, con una falda larga que llegaba a la altura de
las pantorrillas. Su rostro poseía una palidez espectral, una tez tan blanca
que brillaba con luz propio en la oscuridad del adobe. Lo más terrorífico eran
sus ojos: fijos, inhumanos, carentes de parpadeo o emoción, clavados
directamente en los míos. El ser no tenía pies; flotaba en el aire estancado
del baño, balanceándose levemente de izquierda a derecha, como una hoja
pendiendo de un hilo invisible, pero sin moverse de su sitio.
En ese instante, el terror
biológico anuló mi condición de soldado. Aquella entidad sobrenatural me
despojó de toda voluntad y bloqueó mis terminales nerviosas. Quise mover las
piernas para huir, pero mis botas parecían fundidas al cemento. Quise levantar
el fusil FAL que colgaba de mi hombro derecho, pero mis brazos pesaban como el
plomo. Intenté abrir la boca para lanzar un grito de guerra, para pedir auxilio
a los centinelas que estaban a cien metros, pero de mi garganta no brotó el más
mínimo sonido. Quedé mudo, petrificado, transformado en una estatua de carne y
uniforme de campaña ante la mirada de la muerta.
El cuerpo, sometido a un
pánico indescriptible que la mente no alcanzaba a procesar, comenzó a colapsar
por sí solo. Desde mi boca salió una espumosa baba que se deslizaba sin control
en hilos blanquecinos hacia mi pecho. Mis ojos, obligados a sostener el duelo
de miradas con el espectro paranormal derramaban lágrimas en abundancia,
nublándome la vista. Finalmente, el calor de la orina corrió por mis piernas,
empapando el pantalón de campaña. Estaba completamente indefenso, atrapado en
la peor de las emboscadas: una donde las balas de mi fusil no servían de nada y
donde el enemigo no era de este mundo, sino un ánima que reclamaba su
territorio en la madrugada del Día de los Muertos.
En total silencio, la
eternidad se contrajo en aquellos cuatro metros que nos separaban. Permanecimos
frente a frente por un lapso que calculo en veinte agónicos minutos. Aunque mis
músculos estaban adormecidos como anestesiado, mis sentidos permanecieron
extrañamente funcionado: mi cerebro, la vista y el oído me funcionaban con una
nitidez quirúrgica. Eso me permitió observarla al detalle. Miré su rostro
redondo, de una blancura de cal, perfectamente enmarcado por la tela negra, y
contemplé esas pantorrillas flotantes que terminaban en la nada. La silueta no
era del todo sólida; se mecía de forma inestable, cediendo levemente ante las
ráfagas del viento andino como si fuera una cortina de humo denso. Esos minutos
fue un suplicio. Mi mente era un hervidero: hacía esfuerzos sobrehumanos por
gritar, por levantar el fusil FAL, por reaccionar, pero la parálisis corporal
reducía mis intenciones a meras ilusiones. Yo era un prisionero dentro de mi
propio uniforme.
La salvación llegó de la forma
más mundana. A unos ochenta metros de distancia, en una de las pocas casas del
pueblo, un perro rompió el silencio con un ladrido seco. El efecto fue
inmediato. El ser extraño giró violentamente sobre sí mismo y, cortando el aire
a ras del suelo sobre las chacras, se alejó a una velocidad inverosímil con
dirección al distrito de Santiago de Challas. No caminaba; se desplazaba
flotando como un trozo de papel arrastrado por un torbellino. Aún
semiparalizado, la seguí con la mirada a lo largo de trescientos metros.
Conforme avanzaba, los perros de las otras estancias despertaron en cadena,
saliendo a perseguir la sombra y rompiendo a aullar en la oscuridad de las chacras.
El espectro se disolvió en la noche profunda.
El hechizo se rompió. Sentí
cómo la anestesia que congelaba mis extremidades cedía gradualmente. No llegué
a defecar, pero el agudo dolor estomacal había desaparecido por completo,
borrado por la descarga de adrenalina. Con el pecho surcado por cantidad de
baba espumosa y el pantalón empapado en orina, salí de la letrina y doblé la
curva del camino a velocidad entre los magueyes. Me faltaban piernas para
correr. Crucé la plaza de armas como alma que lleva el diablo con dirección al
local municipal, al que ingresé sudoroso, jadeante y con la conciencia a medio
recuperar.
Subí al segundo piso en
silencio. Sin decir una sola palabra a mis compañeros de armas, me eché de
nuevo sobre la frazada. El pantalón seguía húmedo y la espuma seca manchaba el
tejido de mi capotín de campaña, pero el orgullo y el código militar me obligaron
a morder el secreto. No volví a pegar el ojo. Pasé el resto de la madrugada con
la mirada fija en el techo, presagiando oscuros augurios para mi vida.
El lunes primero de noviembre
amaneció fiel al Día de los Muertos: una mañana fría, encapotada por una lluvia
persistente y una densa nubosidad que devoraba las cumbres de los cerros
circundantes. A las ocho y media, la empobrecida y silenciosa plaza de armas de
Urpay vio salir a los veintiún hombres de la patrulla "Huascarán". En
las fachadas de adobe aún se borraban las pintas del Partido Comunista del
PCP-Sendero Luminoso, recuerdo de la violenta incursión que el pueblo había
sufrido en julio de ese mismo año.
La marcha de repliegue comenzó
bajo la llovizna. La nubosidad baja borraba el sendero sinuoso. Aunque éramos
soldados andinos, con los pulmones templados para la altura, el ascenso entre
eucaliptos, magueyes y pastos naturales se volvió cada vez más empinado,
obligándonos a detenernos cada quince minutos para recuperar el aliento.
Durante todo el camino anduve sumido en mis pensamientos. Sentía que mis pasos
ya no eran los mismos. Avanzaba a tropezones, como si continuara escapando de
la letrina en la madrugada, con el rostro al frente y sin atreverme a voltear
ni una sola vez hacia el distrito de Urpay. Cargaba en mi mundo interno el peso
de un encuentro para el que ningún manual de combate me había preparado. Por
muchos años, fiel a mi cosmovisión y al temor de ser juzgado, decidí callar.
Sin embargo, el fantasma de
Urpay no se quedó en Pataz; se mudó a mis sueños. Durante décadas, la
experiencia se transformó en una tortura iterativa. En mis pesadillas, la
silueta negra me perseguía en parajes desolados y desconocidos, a veces con el
rostro ensangrentado. En ese plano onírico, yo luchaba con desesperación para
no ser secuestrado por el ser paranormal, logrando escapar la mayoría de las
veces al levantar el vuelo hacia el espacio infinito o saltando de la cumbre de
un cerro a otro. Cada vez que el ser paranormal estaba a punto de atraparme,
despertaba de golpe: sudoroso, jadeando con violencia y con el corazón
golpeándome las costillas. Pasar el resto de la noche en vela, caminando por la
casa o viendo la televisión hasta el amanecer, se volvió mi rutina.
Cuando se cumplieron veinte años de aquella madrugada, decidí romper el silencio. Comencé a relatar el encuentro a mis familiares y a mis colegas del Ejército en los diferentes cuarteles donde estuve destacado. La respuesta fue la muralla del escepticismo. Nadie me cree. Algunos lo toman a burla, otros deslizan con ligereza que he perdido la cordura, y los más escépticos se escudan en que, para la ciencia, tales apariciones son imposibles. Pero no me importa. Sé lo que vi, sé lo que mi cuerpo sintió bajo la luna menguante de Urpay, y sé que aquella madrugada, mientras mis compañeros cuidaban el perímetro de los vivos, a mí me tocó hacerle guardia a la muerte.

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