lunes, 12 de noviembre de 2018

EL CAMINO INCA "LA ESCALERILLA" QUE GUIO AL "BRUJO DE LOS ANDES" Y GUARDÓ EL SECRETO DE LOS HÉROES

El camino inca «La Escalerilla» es una notable vía construida durante el incanato que se prolonga por la inhóspita puna, entre el cerro Huaylillas y la laguna Cushuro. A pesar de atravesar terrenos empinados y deshabitados, esta ruta fue el eje preferido por el Imperio incaico para el tránsito hacia el norte, conectando la capital, el Cuzco, con Quito (en la actual República del Ecuador). Es admirable la capacidad de la ingeniería inca para edificar una obra de tal magnitud en un territorio tan difícil. En varios de sus tramos aún se aprecian numerosas escalinatas de piedra que, aunque hoy lucen cubiertas de ichu y pasto por el paso de los años, se mantienen notablemente conservadas y transitables en la actualidad.

Siglos después, durante la tercera etapa de la Campaña de la Breña en la Guerra del Pacífico, este histórico sendero fue aprovechado por el general Andrés Avelino Cáceres para trasladar a su ejército desde la localidad de Tres Ríos hacia Huamachuco. El avance comenzó la mañana del domingo 8 de julio de 1883; al marchar entre las altas cumbres de la cordillera Huaylillas, Cáceres logró sorprender a las tropas chilenas, que se encontraban cómodamente instaladas en el pueblo. A las 13:00 horas, el general y sus oficiales ya se habían posicionado en las alturas del cerro Cuyulga, un punto estratégico que dominaba toda la ciudad y la llanura de Purrumpampa.

Dos días más tarde, el 10 de julio, tras sufrir una dolorosa derrota, Cáceres y los sobrevivientes de su estado mayor y la tropa —entre heridos e ilesos, incluido el coronel Leoncio Prado Gutiérrez— se vieron obligados a escapar por la misma vía por la que habían ingresado. Tomaron nuevamente el camino de «La Escalerilla» a través del cerro Cuyulga y la cadena del Huaylillas, fijando el caserío de Cushuro como su punto de reunión.

Durante esta retirada, el general peruano fue tenazmente perseguido por el enemigo. Al respecto, el teniente del ejército chileno Abel Policarpo Llabaca narró en sus memorias que intentó capturarlo durante varias horas, y que Cáceres logró salvarse únicamente gracias a las condiciones de su magnífica cabalgadura. Llabaca relató: «Si nuestra caballería no hubiera estado en la imposibilidad absoluta de dar siquiera un galope, el héroe cae en nuestras manos. Cáceres, montado en un excelente caballo, pudo ganar distancia cuando nuestros soldados lo llevaban tal vez a un cuarto de cuadra. El famoso guerrillero logró así escapar, acompañado de dos o tres oficiales».

Montado sobre su fiel caballo «Elegante», Cáceres ascendía por el camino inca mientras los jinetes chilenos lo acechaban a escasos cincuenta metros de distancia. Al voltear una curva, el animal dio un salto limpio sobre una profunda zanja, salvándole la vida a su jinete. Al llegar a ese punto, la caballería perseguidora se vio obligada a detenerse, totalmente extenuada. Ante la frustración de perderlo de vista, los soldados chilenos no encontraron más consuelo que atribuirle propiedades místicas al general peruano, afirmando que Cáceres era realmente un «brujo» que se había desvanecido entre los roquedales.

La tragedia de la batalla también alcanzó a otros héroes en esta ruta. La mañana del 13 de julio de 1883, el teniente de artillería chileno Aníbal Fuenzalida Lazo, al mando de cincuenta jinetes y guiado por el campesino local Julián Carrión, ascendió por «La Escalerilla» con rumbo a Cushuro. El destacamento llegó hasta una cueva en el cerro Huaylillas donde se refugiaba el coronel Leoncio Prado Gutiérrez, quien yacía herido sobre pellejos de carnero, cubierto con mantas y con la pierna izquierda completamente destrozada.

Tras ser capturado junto a sus ayudantes —los soldados Patricio Lanza y Felipe Trujillo— y el propio guía Julián Carrión, el oficial peruano fue conducido por la tarde, en calidad de prisionero, de regreso a Huamachuco. Allí lo confinaron en la vivienda del ciudadano huamachuquino Marino Acosta, inmueble que las fuerzas de ocupación habían convertido en el Cuartel General de la artillería chilena, donde poco después se escribiría el capítulo final de su vida.


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