jueves, 5 de noviembre de 2015

LA HISTORIA DEL SOLDADO EP JUAN VÁSQUEZ PANIAGUA "EL SACOCHADOR" CAMPAÑA MILITAR ALTO CENEPA 1995

El arrepentido de mirada profunda: Juan el Sacochador del Cenepa.- El 19 de octubre de 1994, el reloj de la Ley de Arrepentimiento agonizaba. Faltaban apenas veinticuatro horas para que expirara el decreto N° 26220, aquella última base legal que el gobierno de Alberto Fujimori había lanzado para desarmar la subversión del PCP Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario de Tupac Amaru (MRTA). En ese último suspiro de tregua, un grupo de muchachos emergió del monte y cruzó el umbral del Batallón Contrasubversivo N° 16 de Tingo María. Entre ellos caminaba Juan Vásquez Paniagua. Tenía dieciocho años, la mirada profunda de arrepentimiento y esa mediana estatura que comparte la gran mayoría de los hombres del Perú. Tras firmar su rendición, trocó la clandestinidad por el uniforme y el fusil del Estado, iniciando su servicio militar obligatorio como un recluta más que buscaba borrar el pasado.

La tregua con su propio destino duró poco. En febrero de 1995, la alarma roja rasgó la calma del puesto de comando en Tingo María, Huánuco. Las tropas de Ecuador se habían infiltrado en el Valle del Cenepa, un territorio soberano, pero aún no demarcado. En el patio, el batallón bullía organizando las patrullas que partirían hacia el Puesto de Vigilancia N° 1 en Amazonas. Juan leyó las listas y no encontró su nombre. Sin dudarlo, rompió la formación y solictó al oficial al mando:

—Mi teniente, yo también quiero ir —pidió con firmeza.
El teniente Delgado Valderrama lo miró de arriba abajo antes de responder:
—Tú no estás considerado en las patrullas, soldado.

Juan no dio un paso atrás. Exigió, argumentó y porfió con esa terquedad que da el conocer la selva. Tras unas rápidas consultas con la superioridad, el oficial asintió y lo asignó como fusilero. Pero Juan, consciente del fuego que llevaba dentro, pidió algo más letal:

—Mi teniente, a mí deme un lanzacohetes RPG.

Conocía el peso, el retroceso y el lenguaje de esa arma soviética. Se la entregaron sin saber que ponían en sus manos el instrumento de su propia leyenda.

El 8 de febrero, antes de que el sol alcanzara el mediodía, el cielo de la Base Militar de Ciro Alegría se llenó con el rugido de los helicópteros MI-8 y MI-17. El viaje hacia el PV1 estuvo preñado de un silencio sepulcral. El aire pesaba; los pilotos volaban con los nervios de punta sabiendo que la artillería antiaérea ecuatoriana y sus misiles ocultos en las laderas de Cóndor Mirador ya habían derribado dos naves peruanas. En la cabina, el tirador de la ametralladora instaló la cinta de municiones y soltó una ráfaga ciega hacia el infinito manto verde para ahuyentar el miedo. “Estamos cerca de la línea, esta zona es el infierno”, masculló. Cada soldado a bordo caviló en la posibilidad de un misil brotando de la espesura, un golpe letal contra el que una ametralladora no era más que un juguete de hojalata. Dios, sin embargo, quiso que aterrizaran sin novedad.

A la orilla del río Cenepa se reunieron los hombres del Batallón Contrasubversivo N° 16. Parecían un ejército de fantasmas de otra época: armados con viejos fusiles FAL de los años sesenta, ametralladoras MAG y Lanzacohetes RPG compradas en el gobierno de Velasco Alvarado; hombres sin cascos ni chalecos, con fornituras deshechas en hilachas y morrales remendados. Allí, bajo el lodo y la lluvia, escucharon la arenga de su comandante de batallón. Sellaron un juramento unánime de expulsar al invasor y, con el eco de sus propias voces aun flotando en los árboles, iniciaron la marcha hacia el sector conocido como la "Ye".

Para el 10 de febrero, la selva ya olía a humedad, a pólvora, a sangre y a muerte. Una llovizna persistente y una densa neblina encapotaron el cielo hasta el sábado 11, cuando el batallón alcanzó el cerro “Helipuerto Tormenta”, al que los ecuatorianos llamaban Base Norte. De pronto, el cielo relampagueó. Los lanzadores múltiples BM-21 del enemigo, apostados en Coangos, empezaron a vomitar fuego. Las explosiones reventaban a ras de suelo, despedazando árboles centenarios y haciendo crujir la tierra.

En medio de ese caos de astillas y metralla, Juan avanzaba invisible. Su baja estatura, que antes lo hacía pasar desapercibido, era ahora su mejor armadura; se mimetizaba con los matorrales como si fuera parte del mismo monte. “Yo estoy hecho para la guerra, tengo que estar donde las papas queman”, solía repetirle a sus compañeros. Y cuando el enemigo asomaba la cabeza, él no dudaba: se arrodillaba o se erguía en medio de las balas, apuntaba con una frialdad matemática y disparaba el RPG. Las granadas estallaban generando un infierno de tres mil grados de calor que calcinaba todo a veinte metros a la redonda.

En el silencio sepulcral de las noches amazónicas, el rumor corrió entre las trincheras ecuatorianas. Se decía que había un peruano loco y suelto en la maleza, un tirador fantasma que aparecía de la nada y desataba el pánico con una precisión quirúrgica. Lo bautizaron como “El Sacochador”. Sus oficiales y compañeros contemplaban atónitos el idilio de Juan con su arma: en las breves treguas del combate, el muchacho la limpiaba con devoción, le hablaba en susurros y le daba palmaditas como si fuera un animal fiel.

Pero la selva cobra siempre su tributo. El 22 de febrero de 1995, en el punto más álgido de la ofensiva, Juan se adelantó a la vanguardia y subió a una loma despejada para ganar ángulo de tiro. Un disparo certero lo alcanzó en el pecho. Al verlo caer, el teniente Delgado apresuró el paso para auxiliarlo, pero la voz herida de Juan lo detuvo en seco:

—¡No, mi teniente, no suba! ¡No!

Desde su trágica altura, el muchacho veía lo que la patrulla abajo ignoraba: las trincheras enemigas estaban listas para emboscarlos; si el oficial subía, los barrerían a todos. Con las vísceras encendidas por el dolor, Juan se arrastró colina arriba. Usó el último aliento de sus fuerzas para disparar las granadas que le quedaban en el RPG, sembrando el desconcierto en las líneas contrarias. Luego, le arrebató el fusil FAL a su proveedor y gritó su última orden: “¡Mi teniente, déjeme a mí solo!”.

Los soldados peruanos, agazapados ladre abajo, escucharon el tableteo del fusil FAL perderse en la espesura. Luego, sobrevino el silencio. “Ya se lo tumbaron”, pensaron con amargura. Sin embargo, el coraje ciego de aquel muchacho moribundo que avanzaba disparando directo hacia ellos aterró a los defensores ecuatorianos, quienes abandonaron sus posiciones y huyeron hacia la seguridad del monte.

Cuando el teniente Delgado ordenó asegurar la loma, encontraron el escenario de la batalla. El lanzacohetes RPG había rodado a media pendiente, pero el cuerpo de Juan Vásquez Paniagua yacía en la cima de la colina, protegiendo con su pecho el fusil FAL, con los ojos fijos en el cielo de la selva que había defendido. Murió admirado por el personal del Batallón Contrasubversivo N° 16, pero el destino le reservaba una última ironía: por haber militado en las filas de Sendero Luminoso, el sistema que ayudó a salvar prefirió sepultar su nombre en el olvido, borrando al héroe para no recordar al arrepentido.

 

1 comentario:

  1. La conmovedora historia de este muchacho, es una realidad que no se da a conocer tan fácilmente; por el simple hecho de que fue un «terruco». Esta historia nos da a conocer un aspecto que los militares, con seguridad, el ejército regular, desconocía. Sendero Luminoso, tenía tropas muy bien entrenadas, preparadas ideológica, como militarmente. Por eso lo llevaron al Cenepa. El, conocía la selva muy bien. Cuál sería su origen, se desconoce. Juan era un verdadero hijo del pueblo. Se insertó en las filas de SL porque amaba al Perú, quería un cambio radical de todos los males, la corrupción, la concesión, casi gratuita de nuestra país por parte de gobernantes traidores. Desertó, seguro convencido de la propaganda gubernamental que mientras ellos exponían el pellejo para demostrar sus verdades; sus dirigentes se daban la buena vida en la capital. La reflexión que nos deja esta lectura es que Juan en una u otra fila demostró que amaba a su país y se inmoló por ello.

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