domingo, 15 de noviembre de 2015

LA HISTORIA DEL CAPITÁN MÉDICO JORGE TON SAM 8va DIVISIÓN DE INFANTERÍA LOBITOS TALARA PIURA 1985

El misterio de la enfermería vacía y la bolsa del capitán Jorge Ton Sam.- En el año de 1985, los vientos polvorientos del distrito de Lobitos, en Talara, custodiaban un secreto militar que no figuraba en ningún manual de estrategia. En la Compañía de Comando y Servicios del Batallón de Infantería Motorizado «Iquique» N.° 31, la sección de Sanidad poseía una pequeña enfermería de doce camas que parecía extraída de un hospital fantasma. Los catres relucían en un blanco inmaculado, las sábanas permanecían tensas y las colchas, perfectamente alineadas, jamás conocían una arruga. El milagro de aquella pulcritud no se debía a la higiene, sino al terror sagrado que infundía su jefe: el capitán asimilado Jorge Ton Sam.

Ton Sam era un médico civil vestido de uniforme, carente del porte atlético y la estampa recia de los oficiales de armas. El reglamento le prohibía comandar tropas o imponer castigos, pero él había diseñado su propio método de persuasión. Cada mañana, durante la Lista de Diana, cuando algún recluta daba un paso al frente quejándose de alguna dolencia, los capitanes de armas exclamaban con ironía: «¡Capitán Ton Sam, accione!». El médico, girando con lentitud, clavaba sus ojos en el desdichado y sentenciaba con una sonrisa gélida: «No se preocupen, cholitos, terminando la lista los pongo operativos en el acto».

La farsa de la sanación comenzaba en la sala de Sanidad. Ton Sam ordenaba a los soldados desnudarse por completo para dar inicio a lo que él llamaba «la prueba de valor». Uno a uno, los hombres debían apoyar el pecho contra la pared. El capitán tomaba una distancia reglamentaria de dos metros hacia atrás, medía el aire y, dando un zancada larga y teatral, clavaba una enorme jeringa directamente en la nalga del soldado a medio metro de distancia. La escena era tan dantesca que los sargentos y conscriptos que esperaban en la fila, presas del pánico, preferían recoger sus prendas y huir corriendo descalzos hacia las cuadras. Nadie volvía a enfermarse en Lobitos. La enfermería permanecía en un silencio sepulcral, siempre impecable para el ojo clínico de la superioridad.

A espaldas del médico, la tropa masticaba su desprecio. «Este civil uniformado no sabe ni ponerse en la posición de atención, pero se cree el más cachacazo del cuartel», murmuraban los clases en las sombras del patio de armas, soportando los castigos físicos que Ton Sam imponía de manera ilegal: ranas, planchas y extenuantes polichinelas que incluso pretendía aplicar a los suboficiales antiguos.

El destino, sin embargo, aguardaba pacientemente su turno en el caluroso febrero de 1995. El termómetro en Talara arañaba los 35 grados a la sombra cuando el batallón entero abandonó el vivac para adentrarse en la Quebrada Pariñas. El ejercicio de campaña exigía que todos los oficiales, técnicos y suboficiales marcharan a pie cargando sus pesadas bolsas de impedimenta en la espalda, mientras la tropa avanzaba con mochilas y morrales bajo un sol que abrazaba el desierto. Remolinos de viento blanco jugaban sobre las dunas y los soldados apenas calmaban la sed con sorbos medidos de sus cantimploras. Allí marchaba también Ton Sam, con el rostro empapado en sudor, el casco de acero mal encajado y la hidalguía desmoronándose a cada paso junto a los camilleros.

La mañana del viernes 22 de febrero, el teniente coronel Jorge Ramos Varillas dictó la orden de repliegue general. El retorno al cuartel se realizaría a pie, entre senderos secos y algarrobos espinosos. Mientras yo me encontraba en la Sección Comunicaciones, desconectando cables y cargando el material pesado en el camión Unimog, el capitán Ton Sam apareció de la nada junto a sus asistentes de Sanidad. Con un tono de voz que pretendía ser una orden incuestionable, dejó caer su bolsa de lona a mis pies:

—Suboficial, lleve mi bolsa de impedimenta y me la entrega en el cuartel.

—Mi capitán —le respondí, mirándolo fijamente—, la orden del comandante del batallón ha sido muy clara: todos regresamos a pie con nuestro propio equipo al hombro.

Al médico no le importó la advertencia. Dio media vuelta y se marchó con paso apurado, confiando en que el peso de sus galones movería la lona. Yo, simplemente, di media vuelta y abandoné la bolsa en el mismo sitio, bajo la sombra indiferente de un algarrobo.

El regreso fue un calvario de 35 kilómetros de polvo y calor. Por la tarde, las cinco compañías del batallón ingresaron al cuartel formadas en columnas compactas, con los uniformes rígidos por la sal del sudor y las botas cubiertas por la tierra del desierto. Tras la rigurosa revisión del armamento en el patio de armas, el mayor Grados, oficial de instrucción (S-3), avanzó entre las filas de oficiales y técnicos pasando una estricta revista de equipo.

Fue en ese preciso instante cuando el mayor S-3 clavó su mirada en el espacio vacío sobre los hombros del médico. Ton Sam, percatándose del peligro, estiró el cuello hacia la retaguardia y, con los ojos desorbitados por el nerviosismo, me buscó entre la formación:

—¿Suboficial, mi bolsa? ¿Suboficial, mi bolsa? —susurró con desesperación.

—Mi capitán —le respondí en un tono lo suficientemente claro para que resonara en el patio—, su bolsa se quedó en la Quebrada Pariñas.

El rostro del médico pasó del sudor a la palidez. Renegó entre dientes, murmuró maldiciones y despotricó contra el desierto, pero el daño ya estaba hecho. Aunque la bolsa de impedimenta fue rescatada al día siguiente por un vehículo de apoyo, el mayor S-3 no tuvo compasión: le impuso de inmediato seis días de arresto simple por desobedecer una orden directa del comando. Aquella tarde, en el patio de armas de Lobitos, la tropa comprendió que ni la jeringa más larga del capitán Ton Sam podía salvarlo de las leyes implacables del desierto.

El último diagnóstico del capitán Ton Sam.- El sábado 17 de agosto de 1985 comenzó con el ajetreo propio del mantenimiento general en el cuartel de Lobitos. Entre el polvo y el calor, un grupo de reclutas subió a reparar los precarios techos de calamina y eternit de la Compañía «C». En medio de la faena, el soldado Mauro Chiroque, un muchacho noble natural del Bajo Piura, pisó en falso y cayó pesadamente al vacío. Aunque se golpeó la cabeza, Chiroque se levantó como si nada, se sacudió el uniforme y continuó limpiando el resto del día sin quejarse. Sin embargo, la muerte ya caminaba silenciosa a su lado.

A las 20:25 de la noche, el destino cobró la factura: un dolor de cabeza insoportable y fulminante dobló al soldado. Ante la gravedad de los síntomas, la comandancia ordenó alistar la ambulancia de inmediato para trasladarlo de urgencia al Hospital Militar Regional en la ciudad de Piura. Al mando de la misión médica partió el capitán asimilado Jorge Ton Sam, acompañado por el suboficial de tercera Rodríguez, un enfermero militar apodado por todos como «Choches».

El viaje transcurrió en aparente calma. Al llegar a Sullana, al ver que el paciente permanecía completamente estable en su camilla, el capitán Ton Sam decidió que su presencia ya no era necesaria. Recordando sus viejos tiempos como oficial «reclutero» en esa provincia, donde había conocido a una hermosa mujer, le ordenó al enfermero: «Choches, el muchacho está bien. Quédate tú al frente, yo me bajo aquí en la avenida José de Lama. Internas al paciente en Piura y regresas a Sullana por mí». Rodríguez asintió, y la ambulancia continuó su marcha bajo el mando del sargento chofer.

Fue entonces cuando la negligencia y la fatalidad se vistieron de comedia negra. En la carretera que une Sullana con Piura se erguía un prostíbulo muy antiguo y concurrido. Cerca de las luces de neón, «Choches» no pudo resistir la tentación y ordenó detener el vehículo militar por escasos cinco minutos. Dejando la ambulancia y al convaleciente bajo la custodia del chofer, el enfermero ingresó al lenocinio para «verificar la calidad del ambiente». Se paseó rápidamente entre las luces de colores y los cuerpos de las mujeres; insatisfecho con lo que vio, decidió marcharse. Sin embargo, al abrir la puerta de la ambulancia para reanudar el viaje, se topó con una ingrata sorpresa: el soldado Chiroque ya no respiraba; había fallecido en el absoluto abandono de la carretera.

Preso del pánico, el enfermero pensó en dar marcha atrás para buscar al capitán Ton Sam en Sullana, pero comprendiendo que el tiempo jugaba en su contra, ordenó al chofer acelerar hacia Piura. La ambulancia ingresó al hospital militar a las 23:45 de la noche, entregando un cadáver en lugar de un paciente.

A primera hora del domingo 18 de agosto, un radiograma con carácter de urgencia máxima (OP) hizo temblar el Batallón «Iquique» N.° 31. El comandante, consternado, ordenó al capitán de la Compañía «C» y al jefe de sección viajar de inmediato a Piura para hacerse cargo de los funerales. Todo el proceso, entre los trámites y el entierro en el Bajo Piura, duró tres agobiantes días. Los comisionados regresaron al cuartel con el peso de la tragedia a cuestas. Mientras tanto, el capitán Ton Sam, completamente enamorado y feliz en Sullana, ignoraba por completo la muerte de su soldado.

La farsa terminó al quinto día. Eran las 15:00 horas cuando me encontraba cumpliendo mi servicio en la guardia de prevención. De pronto, el capitán Ton Sam apareció cruzando la entrada principal con una sonrisa de oreja a oreja. Al verme, levantó el pulgar y exclamó con el clásico dejo norteño:

—¡Cachete, suboficial! El chiquillo Chiroque ya se está recuperando en el hospital de Piura. Todo está OK.

En ese preciso instante, la sonrisa se le congeló en el rostro. Detrás de él aparecieron, en formación de tormenta, el comandante Ramos, el mayor Grados (S-3) y el capitán de personal (S-1). Lo que siguió fue una reprimenda feroz que retumbó en todo el cuartel. Al principio, Ton Sam sonrió con nerviosismo, pensando que se trataba de una broma pesada de sus superiores, pero cuando la frialdad de las palabras le demostró la terrible realidad, el miedo lo paralizó.

Sabiéndose responsable de abandonar a un paciente en estado crítico para irse de juerga, y consciente de las implicancias penales, el oficial asimilado apeló al último recurso de los cobardes. Perdiendo toda la soberbia que solía mostrar con sus jeringas en la enfermería, exclamó con voz temblorosa:

—¡Me voy de baja y punto! ¡Pido mi baja en este acto!

Nadie lo detuvo. Al día siguiente, el ahora ex capitán Ton Sam se paseaba por el patio de armas vestido con ropa civil, fingiendo una indiferencia que no sentía. Con la maleta en la mano y tratando de limpiar su orgullo, le comentaba a quien quisiera escucharlo que se marchaba a Lima para trabajar en el prestigioso Hospital Edgardo Rebagliati. A media tarde, cruzó la guardia de prevención y se perdió en el horizonte de Lobitos para siempre, dejando tras de sí la memoria de un soldado del Bajo Piura que pagó con su vida la negligencia de sus cuidadores.

Moraleja: La autoridad de un líder no se mide por la rigidez de sus castigos ni por el temor que infunde en la tranquilidad de un despacho, sino por el nivel de responsabilidad y lealtad que demuestra hacia sus subordinados en el momento de la verdad. En la vida militar, la soberbia y el abandono del deber no solo quiebran la cadena de mando; destruyen vidas y se pagan con el deshonor y el olvido.

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