La noche de julio de 1993 cayó
sobre la Base Contrasubversiva N° 323 de Tayabamba con el peso de una
sentencia no escrita. No había sutilezas en el aire de Pataz; solo el frío
andino que calaba los huesos de un puñado de muchachos del Servicio Militar Obligatorio.
Eran los rostros jóvenes de la tropa, hombres del pueblo que apenas empezaban a
descifrar la vida, pero que esa noche recibieron un nombre que los marcaría
para siempre: la patrulla «Huascarán».
La orden llegó sin preámbulos desde el Puesto de Comando del BCS N° 323 de Huamachuco. Desde las sombras de Tocache, en San Martín, una columna de ciento veinte
combatientes de Sendero Luminoso avanzaba decidida bajo el mando del «camarada
Gerardo». Su ruta cruzaba el distrito de Ongón con un único objetivo: quebrar
la tranquilidad de la provincia de Pataz. Para detenerlos, la patrulla «Huascarán» debía
convertirse en un fantasma capaz de morderles los talones. El punto de partida
de la cacería fue el caserío de Pampa Seca, un rincón que parecía olvidado por
Dios, pero no por el soldado.
A partir de ese instante, el
tiempo se midió en pasos. Setenta y ocho kilómetros recorridos a pie separaban
a los soldados de su base. El paisaje se transformó en un enemigo más: del
gélido desamparo de las altas punas pasaron, sin transición, a la boca del lobo
de la selva alta, donde la vegetación era tan densa que el día parecía una
noche perpetua. Patrullaron sin descanso, encadenando las jornadas bajo el
cielo abierto. Durmieron a la intemperie, abrazados al suelo para no congelarse
bajo un frío infernal. No había un rancho caliente esperándolos al final de la
marcha, tampoco viáticos en los bolsillos, ni un mísero botiquín de primeros
auxilios para aliviar las heridas que el monte infligía en sus cuerpos.
Mientras la patrulla avanzaba
en la oscuridad de la selva, en los escritorios iluminados de la capital
resonaba el eco de siempre. Los políticos de turno justificaban las carencias
con su frase predilecta: «no hay presupuesto». No había presupuesto para botas
nuevas, ni para mejorar el rancho de los soldados, ni para elevar las propinas
de vergüenza que recibía la tropa. El narrador de esta historia sabía bien que
las carencias materiales eran lo de menos; lo que pesaba era la verdad que se
escondía detrás de la burocracia. Los hijos de los ministros no temblaban en el
frío de Ongón, ni los herederos de los grandes potentados arriesgaban la piel
en los desfiladeros de Pataz. La clase política legislaba de espaldas a los
fusiles que defendían su propia democracia.
Sin embargo, a miles de metros sobre el nivel del mar, la patrulla «Huascarán» no esperaba compasión ni aplausos. El orgullo de pertenecer al glorioso Ejército del Perú se llevaba por dentro, en silencio. Al final de la extenuante jornada, el soldado miró sus pies encallecidos, curtidos por la piedra y el barro de una caminata que parecía eterna. Suspiró hondo, ajustó el correaje de su fusil y reanudó la marcha. Sus pies jamás le reclamaron un descanso, porque entendían que cada paso en ese territorio hostil no se daba por una orden superior, sino por el sueño sagrado de alcanzar la paz para su patria.

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