martes, 8 de diciembre de 2020

ALBERTO KENYA FUJIMORI: BUSCANDO LA REELECIÓN UTILIZÓ LOS CUARTELES COMO SU LOCAL PARTIDARIO

Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 32 Caraz Huaylas: Las fechorías de Fujimori, dádivas, maletines con dinero y censura en el Callejón de Huaylas (1999 – 2000).- El galpón del Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 32, en Caraz, Huaylas, nunca había tenido ese olor a fechorías políticas. Aquel viejo galpón construido en la época del general Velasco para maquinaria pesada de ingeniería, acostumbrado al aroma de la grasa y aceite para tractores, fusiles, vehículos, herramientas de zapadores y a la lona de las mochilas, cambió de pronto su rutina. En la madrugada andina del 20 de enero del año 2000, bajo el silencio cómplice de los generales del Ejército y del comandante del batallón, el recinto se llenó de pesados tráileres procedentes de Lima que apagaron sus motores justo frente a la cocina de la tropa.

De sus remolques descendió la última estrategia de Alberto "El Chino" Fujimori: ciento treinta y cinco motocarros celestes de fabricación china, con llantas diminutas, idénticos a los que se ven transitar en los Pueblos Jóvenes de Lima. Llegaron flanqueados por cinco camiones repletos de frazadas y platos de plástico. El cuartel de Caraz ya no parecía una instalación militar para la defensa; se había convertido en el almacén logístico de un partido político en campaña que aspiraba a una reelección. Era el plan del ingeniero agrónomo quien, buscando su tercera reelección, decidió regalarlo todo, canjear el descontento popular por dádivas y comprar la conciencia de los pobladores pobres en los caseríos y distritos más altos de la provincia de Huaylas.

Durante ocho días, los pequeños vehículos celestes, las frazadas y otros permanecieron bajo control militar en los galpones. Luego, las autoridades de los distritos y centros poblados como gobernadores, alcaldes y subprefectos desfilaron por la puerta del batallón para recoger la carga. Pero el engaño gubernamental tiene patas cortas. En menos de tres meses, los frágiles motocarros colapsaron ante la accidentada geografía del Callejón de Huaylas y sus repuestos resultaron impagables para las comunidades. El mismo galpón que los vio partir los recibió de vuelta, mudos y averiados, antes de ser despachados a Lima para ser rematados como chatarra. Para entonces, Fujimori y su socio Vladimiro Montesinos ya estaban en la cuerda floja.

Mientras tanto, en las calles del distrito de Caraz el ambiente se cortaba con navaja. Ni las frazadas, ni los motocarros chinos, ni los tápers de plástico lograban apagar el fuego del descontento. La televisión, la radio y la prensa escrita denunciaban a diario las maniobras de la cúpula cívico-militar. En las plazas, la doctora Vilma Melo encabezaba marchas civiles que desafiaban el miedo.

Dentro del cuartel, el trabajo no se detenía. La Sección de Inteligencia, el S-2, operaba en la penumbra. En sus archivadores descansaba el mapa de la disidencia local: listas detalladas con los nombres, apellidos, direcciones y filiaciones políticas de cada director de medio de comunicación de la provincia. Teníamos los ojos puestos en todos lados. Infiltramos al sargento primero reenganchado José Alegre, quien logró colocarse como chofer del propio alcalde de Caraz; cada noche, Alegre traía el eco de los pasillos municipales. Otros soldados de tropa, seleccionados por su astucia, andaban con el cabello largo y vestidos de civil, mimetizados entre la multitud de las protestas para tomar fotos y grabar casetes de audio.

En la oficina de inteligencia bajo mi comando, cinco sargentos trabajaban a contrarreloj redactando las Notas de Información. Mis dedos digitaban el teclado de los aparatos de cifrado GRETAG, transformando la realidad en hileras de códigos secretos. Luego, el equipo de radio de Alta Frecuencia HF/BLU PRC 2200 lanzaba esos datos encriptados hacia los receptores del Servicio de Inteligencia en la ciudad de Trujillo.

Afuera, la noche de Caraz era oscura, pero el eco de las consignas contra la dictadura se colaba por las rendijas de las ventanas. El país se caía a pedazos debido a la corrupción generalizada, las radios seguían gritando la verdad y nosotros, encerrados en el cuartel, continuábamos tecleando en secreto el guion de un gobierno al que se le acababa el tiempo.

El mes de febrero trajo consigo una tensión diferente. Una mañana, el comandante G-2 (Inteligencia) de la 32ª Brigada de Infantería de Trujillo, perteneciente a la Región Militar del Norte, cruzó por sorpresa la guardia de prevención del batallón. Entró directo a la oficina del comandante Gálvez, jefe de nuestra unidad. Tras una larga reunión a puerta cerrada, el oficial de Inteligencia procedente del Cuartel Ramón Zavala apareció en el Centro de Comunicaciones portando un pesado maletín de cuero marrón.

—Técnico, ¿usted ha leído el Mensaje a García? —me preguntó a quemarropa apenas tomó asiento.
—Afirmativo, mi comandante —le respondí.
—Yo necesito hombres como García —sentenció con frialdad, antes de exigirme el legajo secreto de los directores de medios de comunicación locales.

Al revisar la carpeta y constatar que la columna de observaciones marcaba a todos como opositores recalcitrantes al régimen, el comandante dudó. Primero me ordenó acompañarlo, pero luego cambió de parecer:
—Tú quédate enviando los reportes al G-2 de Trujillo. Saldré solamente con el sargento.

A las de diez de la mañana, el oficial abandonó el cuartel junto a mi adjunto, el sargento segundo SMO Luis Melgarejo Pineda, llevando consigo el maletín y la lista de direcciones. Regresaron cerca de las dos de la tarde. El comandante se encerró nuevamente con el jefe de batallón sin dirigirme la palabra. Fue el sargento Melgarejo quien entró al Centro de Comunicaciones, desencajado y riendo a carcajadas por los nervios.

—¡Mi técnico, ni se lo imagina! ¡Aquel maletín estaba forrado en millones! He visto fajos y fajos de billetes —exclamó con los ojos abiertos.
—¿Y qué hicieron con tanto dinero? —le pregunté en un susurro.
—El comandante ingresó a las sedes de todos los medios de comunicación con su maletín. Sobornó a los dueños y a los locutores. Al final, el maletín regresó totalmente vacío. Con ese dinero lo ha arreglado todo para que dejen de joder al "Chino" Fujimori.

El efecto fue fulminante. Al día siguiente, Caraz amaneció bajo un silencio cómplice. Ningún medio de comunicación local volvió a emitir una sola consigna en contra de la dictadura. De un momento a otro, absolutamente todos se volvieron fujimoristas.

La paranoia del S-2 no perdonaba nada y la búsqueda de información era insaciable. Enviábamos al personal de tropa a sus lugares de origen en calidad de franco, pero con la misión específica de actuar como órganos de búsqueda; al retornar, me informaban de cada novedad en sus localidades. En la ciudad, obligábamos a los hoteles y hospedajes a llenar minuciosamente un formato nocturno con el registro de cada extranjero que ingresaba o salía.

Fue mediante ese control que saltaron las alarmas. Identificamos a un ciudadano chileno que llevaba muchos años viviendo en el Perú, oculto bajo el oficio de chofer. Tras rastrear su historial, supimos que había trabajado en la empresa de transportes Tepsa y que, en ese momento, se desempeñaba nada menos que como conductor personal del alcalde del distrito de Santa Cruz, en la provincia de Huaylas. Fue detenido de inmediato. Era un eslabón más en la interminable red de sospechas, control y espionaje.

Afuera, la noche de Caraz era oscura, pero el eco de las consignas contra la dictadura se colaba por las rendijas de las ventanas. El país se caía a pedazos, las radios seguían gritando la verdad y nosotros, encerrados en el cuartel, continuábamos tecleando en secreto el guion de un gobierno al que se le acababa el tiempo; un régimen que luego se fugó y cuyos descendientes, hoy en pleno 2026, pretenden nuevamente capturar el poder.


 

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