Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 32 Caraz Huaylas: Las fechorías de Fujimori, dádivas, maletines con dinero y censura en el Callejón de Huaylas (1999 – 2000).- El galpón del Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 32, en Caraz, Huaylas, nunca había tenido ese olor a fechorías políticas. Aquel viejo galpón construido en la época del general Velasco para maquinaria pesada de ingeniería, acostumbrado al aroma de la grasa y aceite para tractores, fusiles, vehículos, herramientas de zapadores y a la lona de las mochilas, cambió de pronto su rutina. En la madrugada andina del 20 de enero del año 2000, bajo el silencio cómplice de los generales del Ejército y del comandante del batallón, el recinto se llenó de pesados tráileres procedentes de Lima que apagaron sus motores justo frente a la cocina de la tropa.
De sus remolques descendió la
última estrategia de Alberto "El Chino" Fujimori: ciento treinta y
cinco motocarros celestes de fabricación china, con llantas diminutas,
idénticos a los que se ven transitar en los Pueblos Jóvenes de Lima. Llegaron
flanqueados por cinco camiones repletos de frazadas y platos de plástico. El
cuartel de Caraz ya no parecía una instalación militar para la defensa; se
había convertido en el almacén logístico de un partido político en campaña que aspiraba a una reelección. Era
el plan del ingeniero agrónomo quien, buscando su tercera reelección, decidió
regalarlo todo, canjear el descontento popular por dádivas y comprar la
conciencia de los pobladores pobres en los caseríos y distritos más altos de la
provincia de Huaylas.
Durante ocho días, los pequeños
vehículos celestes, las frazadas y otros permanecieron bajo control militar en los galpones. Luego,
las autoridades de los distritos y centros poblados como gobernadores, alcaldes y subprefectos desfilaron por la puerta
del batallón para recoger la carga. Pero el engaño gubernamental tiene patas
cortas. En menos de tres meses, los frágiles motocarros colapsaron ante la
accidentada geografía del Callejón de Huaylas y sus repuestos resultaron
impagables para las comunidades. El mismo galpón que los vio partir los recibió
de vuelta, mudos y averiados, antes de ser despachados a Lima para ser
rematados como chatarra. Para entonces, Fujimori y su socio Vladimiro
Montesinos ya estaban en la cuerda floja.
Mientras tanto, en las calles
del distrito de Caraz el ambiente se cortaba con navaja. Ni las frazadas, ni
los motocarros chinos, ni los tápers de plástico lograban apagar el fuego del
descontento. La televisión, la radio y la prensa escrita denunciaban a diario
las maniobras de la cúpula cívico-militar. En las plazas, la doctora Vilma Melo
encabezaba marchas civiles que desafiaban el miedo.
Dentro del cuartel, el trabajo
no se detenía. La Sección de Inteligencia, el S-2, operaba en la penumbra. En
sus archivadores descansaba el mapa de la disidencia local: listas detalladas
con los nombres, apellidos, direcciones y filiaciones políticas de cada
director de medio de comunicación de la provincia. Teníamos los ojos puestos en
todos lados. Infiltramos al sargento primero reenganchado José Alegre, quien
logró colocarse como chofer del propio alcalde de Caraz; cada noche, Alegre
traía el eco de los pasillos municipales. Otros soldados de tropa,
seleccionados por su astucia, andaban con el cabello largo y vestidos de civil,
mimetizados entre la multitud de las protestas para tomar fotos y grabar
casetes de audio.
En la oficina de inteligencia
bajo mi comando, cinco sargentos trabajaban a contrarreloj redactando las Notas
de Información. Mis dedos digitaban el teclado de los aparatos de cifrado
GRETAG, transformando la realidad en hileras de códigos secretos. Luego, el
equipo de radio de Alta Frecuencia HF/BLU PRC 2200 lanzaba esos datos
encriptados hacia los receptores del Servicio de Inteligencia en la ciudad de
Trujillo.
Afuera, la noche de Caraz era
oscura, pero el eco de las consignas contra la dictadura se colaba por las
rendijas de las ventanas. El país se caía a pedazos debido a la corrupción
generalizada, las radios seguían gritando la verdad y nosotros, encerrados en
el cuartel, continuábamos tecleando en secreto el guion de un gobierno al que
se le acababa el tiempo.
El mes de febrero trajo
consigo una tensión diferente. Una mañana, el comandante G-2 (Inteligencia) de
la 32ª Brigada de Infantería de Trujillo, perteneciente a la Región Militar del
Norte, cruzó por sorpresa la guardia de prevención del batallón. Entró directo
a la oficina del comandante Gálvez, jefe de nuestra unidad. Tras una larga
reunión a puerta cerrada, el oficial de Inteligencia procedente del Cuartel
Ramón Zavala apareció en el Centro de Comunicaciones portando un pesado maletín
de cuero marrón.
—Técnico, ¿usted ha leído el Mensaje a García? —me
preguntó a quemarropa apenas tomó asiento.
—Afirmativo, mi comandante —le respondí.
—Yo necesito hombres como García —sentenció con frialdad, antes de exigirme el
legajo secreto de los directores de medios de comunicación locales.
Al revisar la carpeta y constatar que la columna de
observaciones marcaba a todos como opositores recalcitrantes al régimen, el
comandante dudó. Primero me ordenó acompañarlo, pero luego cambió de parecer:
—Tú quédate enviando los reportes al G-2 de Trujillo. Saldré solamente con el
sargento.
A las de diez de la mañana, el oficial abandonó el cuartel
junto a mi adjunto, el sargento segundo SMO Luis Melgarejo Pineda, llevando
consigo el maletín y la lista de direcciones. Regresaron cerca de las dos de la
tarde. El comandante se encerró nuevamente con el jefe de batallón sin
dirigirme la palabra. Fue el sargento Melgarejo quien entró al Centro de
Comunicaciones, desencajado y riendo a carcajadas por los nervios.
—¡Mi técnico, ni se lo imagina! ¡Aquel maletín estaba
forrado en millones! He visto fajos y fajos de billetes —exclamó con los ojos
abiertos.
—¿Y qué hicieron con tanto dinero? —le pregunté en un susurro.
—El comandante ingresó a las sedes de todos los medios de comunicación con su
maletín. Sobornó a los dueños y a los locutores. Al final, el maletín regresó
totalmente vacío. Con ese dinero lo ha arreglado todo para que dejen de joder
al "Chino" Fujimori.
El efecto fue fulminante. Al día siguiente, Caraz amaneció
bajo un silencio cómplice. Ningún medio de comunicación local volvió a emitir
una sola consigna en contra de la dictadura. De un momento a otro,
absolutamente todos se volvieron fujimoristas.
La paranoia del S-2 no perdonaba nada y la búsqueda de
información era insaciable. Enviábamos al personal de tropa a sus lugares de
origen en calidad de franco, pero con la misión específica de actuar como
órganos de búsqueda; al retornar, me informaban de cada novedad en sus
localidades. En la ciudad, obligábamos a los hoteles y hospedajes a llenar
minuciosamente un formato nocturno con el registro de cada extranjero que
ingresaba o salía.
Fue mediante ese control que saltaron las alarmas.
Identificamos a un ciudadano chileno que llevaba muchos años viviendo en el
Perú, oculto bajo el oficio de chofer. Tras rastrear su historial, supimos que
había trabajado en la empresa de transportes Tepsa y que, en ese momento, se
desempeñaba nada menos que como conductor personal del alcalde del distrito de
Santa Cruz, en la provincia de Huaylas. Fue detenido de inmediato. Era un
eslabón más en la interminable red de sospechas, control y espionaje.
Afuera, la noche de Caraz era oscura, pero el eco de las
consignas contra la dictadura se colaba por las rendijas de las ventanas. El
país se caía a pedazos, las radios seguían gritando la verdad y nosotros,
encerrados en el cuartel, continuábamos tecleando en secreto el guion de un
gobierno al que se le acababa el tiempo; un régimen que luego se fugó y cuyos
descendientes, hoy en pleno 2026, pretenden nuevamente capturar el poder.

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