domingo, 23 de agosto de 2015

COLLAY TAYABAMBA PATAZ INCURSIÓN DE 120 COMBATIENTES DEL PCP SENDERO LUMINOSO 3 DE AGOSTO 1993

La Oscuridad en la Puna de Collay.- En el gélido julio de 1993, la provincia de Pataz vio fracturarse su silencio secular. Desde el llano amazónico del departamento de San Martín, una densa marea subversiva del PCP Sendero Luminoso escaló las cumbres. Eran ciento veinte hombres de la fuerza principal de Sendero Luminoso, guiados por el ala oscura del camarada "Gerardo". Como una niebla espesa y persistente, su columna se filtró por los pliegues de siete distritos: Ongón, Tayabamba, Huaylillas, Buldibuyo, Taurija, Urpay, Santiago de Chayas, Huancaspata y Huarichaca. Día y noche, los caseríos andinos se transformaron en anfiteatros forzosos, donde el eco de la propaganda y el adoctrinamiento político subversivo ahogaba el murmullo de los ríos.

El martes 3 de agosto, la quietud de la Base Contrasubversiva N° 323 de Tayabamba se quebró con la llegada de la noche. Cerca de las veinte horas, el umbral de la base militar recibió a un mensajero emponchado con sobrero de las alturas: un anciano de ochenta años, con la piel labrada por el sol de las alturas y las sienes coronadas de escarcha. Llegaba desde el centro poblado mayor de Collay.

—Jefes —susurró el viejo, con una voz trémula que parecía brotar de la misma tierra—. Los terrucos han tomado Collay. Han tendido sus mantas en la plaza de armas y dicen que allí van a pernoctar. Son más de cien fusiles.

Tan pronto como entregó el peso de su secreto, el paso del anciano se disolvió en el camino de retorno por la esquina del “rincón quita calzón” en la misma dirección del local de la municipalidad. En la base militar contrasubversiva, la vigilia comenzó. Nos reunimos con el capitán "Águila" bajo la luz mortecina de los candiles para diseñar un cerco implacable sobre el pueblo dormido. Mi sugerencia fue inmediata: partir a las veintidós horas para devorar la distancia bajo el amparo de las primeras sombras. Sin embargo, mi advertencia naufragó. El capitán y el suboficial Rentería, a quien la tropa llamaba "Burro", prefirieron retrasar el avance hasta la una de la madrugada. En la base solo quedó un retén mínimo de diez soldados, mientras la Policía Nacional doblaba sus guardias, con el fusil al pecho, esperando un golpe en la retaguardia.

A la hora señalada, el frío ya cortaba como navaja. Dos hilos de hombres nos internamos en el abismo andino. La patrulla Alfa, guiada por el capitán "Águila" y conmigo guardando sus espaldas, marchó con veinticinco soldados por las laderas bajas. A la patrulla Bravo, comandada por Rentería, se le encomendó la cumbre: un flanqueo extenuante y alto para sellar la garganta de escape que conducía al caserío de Huarichaca.

Avanzar era un acto de fe. La noche en la puna no tenía estrellas; era una oscuridad compacta, mineral, que obligaba a los hombres a tantear las rocas con las botas y a adivinar el abismo. Alcanzamos los cuatro mil metros sobre el nivel del mar, donde el aire escasea y el pecho quema. Allí, entre los brazos espinosos de los magueyes, el follaje áspero de las achupallas y los arbustos achaparrados de la altura, nos convertimos en piedra. Soportamos un frío invernal que entumecía los dedos, con los ojos fijos en las sombras del valle, esperando el primer destello del alba.

A las tres de la mañana, la fatalidad no vistió el uniforme del enemigo. La inmensidad de la cordillera se había tragado la orientación de la patrulla Bravo. Perdido en los laberintos de la puna, Rentería guiaba a sus hombres de regreso hacia nuestras propias posiciones, descendiendo por una vertiente equivocada y mortal.

Al borde del sendero, las pupilas dilatadas de nuestro centinela rasgaron la niebla. El crujido de la hojarasca y el contorno confuso de siluetas armadas congelaron la noche.

—Vienen, mi capitán... Vienen —articuló la voz el centinela en un soplido helado.

El tiempo se detuvo. Los resortes de la guerra se activaron en un latido: los fusiles FAL pasaron sus selectores a la posición de ráfaga y el tubo frío del lanzacohetes RPG se encajó en el hombro del apuntador, listo para escupir fuego. La muerte estuvo a un milímetro de distancia; el índice de un soldado ya vencía la resistencia del disparador cuando la voz del capitán "Águila", serena y cortante como un témpano, frenó el desastre:

—¡Esperen, esperen! ¡Todo a mi voz!

Esa pausa contuvo el abismo. El capitán contuvo el aliento, dejó que las siluetas ganaran el terreno suficiente para que la distancia revelara sus perfiles y lanzó el "Santo y Seña" como un latigazo al viento. Al otro lado de la penumbra, una respuesta temblorosa pero exacta devolvió el alma a los cuerpos. La templanza del oficial había salvado a la patrulla de Rentería de una carnicería fratricida.

Minutos después, cobijados por la misma sombra que casi los convierte en fantasmas, el capitán descargó su furia contenida sobre el suboficial descaminado.

—Mi capitán, me he perdido en la oscuridad —balbuceó el "Burro", con el rostro desencajado y la voz quebrada por el espanto—. No sabía hacia dónde caminar y aparecí en este filo sin darme cuenta.

El silencio de la puna volvió a sellar las alturas, recordándonos que, en los pliegues de Pataz, la geografía y la noche eran fuerzas tan implacables y ciegas como la misma guerra.

El engaño de los mensajeros de edad avanzada de los "terrucos" en la fría puna.- Agazapados en las encrucijadas de entrada y salida que unían los caseríos de Collay y Gochapita, permanecimos bajo cubierta. El abrigo de las rocas apenas mitigaba el frío infernal de aquella madrugada, una paradoja helada del verano serrano. Cuando el sol finalmente rasgó el horizonte, la cruda realidad se reveló ante nosotros: las calles estaban desiertas. No quedaba un solo elemento del Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso. Una vez más, el velo del engaño nos había envuelto; habíamos soportado la tortura del hielo andino por una plaza vacía.

Los astutos combatientes subversivos habían burlado nuestro cerco mucho antes de la medianoche. Abandonaron Collay en sigilo y se desplazaron hacia el caserío de Huanapampa. Mientras nosotros combatíamos el congelamiento en las alturas, ellos celebraron el amanecer bebiendo licor, jactándose de un mes entero de impunidad. Contaban sus victorias en Pachacrahuay, Arcaypata, Acobamba, Chunco, Huarichaca, Gochapita, Collay y Huanapampa; una geografía de incursiones exitosas donde la población local jugaba el rol más amargo: el de informantes del enemigo. Eran, en su mayoría, ancianas y ancianos de rostro inofensivo que nos tendían trampas de falsas certezas. El temor a las denuncias de los Derechos Humanos nos ataba de manos; no podíamos colgar a aquellos viejos para forzar una declaración real. Frustrados, iniciamos el repliegue. Retornamos a la base militar con las manos vacías y el sabor amargo del resultado negativo.

Aquella mañana, mientras las patrullas limpiaban el hollín de los fusiles en el patio de la base militar, una humilde anciana cruzó el umbral. Traía la verdad fresca en los labios.

—Jefes —dijo en un murmullo—. Los terrucos han bebido toda la noche en el caserío de Huanapampa. Están borrachos, vencidos por el alcohol. Se la han pasado cantando y dando vivas por el éxito de sus incursiones en toda la provincia de Pataz. Ahora duermen. Sus armas están tiradas en el camino, casi abandonadas.

La oportunidad brilló ante mis ojos como un relámpago. Me volví hacia el capitán y le sugerí salir de inmediato con cuarenta hombres de tropa. A marcha forzada, cruzando los desfiladeros, habríamos caído sobre ellos en hora y media. Pero el oficial, desgastado o indolente ante el curso de la contrasubversión, cortó mi entusiasmo de un plumazo:

—No. Es solo otra trampa de los terrucos, la anciana miente. A estas horas ya deben estar de retorno por la Puerta del Monte, huyendo hacia el distrito de Ongón.

Así, entre el recelo y la desconfianza, concluyeron los primeros días de agosto de 1993, cerrando una de las mayores ofensivas que Sendero Luminoso ejecutó en los siete distritos de la provincia de Pataz. Vinieron a tomarnos el pulso, buscando saciar una sed de venganza contenida. En su memoria aún ardían sus viejas y catastróficas derrotas: los treinta y ocho muertos que dejaron sus huestes en el caserío de Asia, y los sesenta y ocho caídos en el distrito de Chilia. Por eso no se atrevieron a golpear la base directamente. Sabían que cuando salíamos a cazarlos, terminaban huyendo en desbandada, como les ocurrió en Arcaypata y en los confines de Ongón. Su única ventaja real nunca fue el valor, sino el silencio cómplice de los campesinos que usaron como escudos e informantes en el tablero de la guerra.

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