Entrenados en la Arena y el Mar: El Nacimiento de dos Batallones Contrasubversivo en Lobitos.- El año 1984 me encontraba laborando en la Compañía de Comunicaciones N° 211 en El fuerte 24 de julio en Tablazo, sede de la 9na División Blindada en la Guarnición de Tumbes, perteneciente a la Primera Región Militar del Perú.
En la última semana de junio de ese año, la gran mayoría de suboficiales de tercera y algunos suboficiales de segunda fuimos notificados mediante un memorándum múltiple para constituirnos al G-1 de la 8va División de Infantería, ubicada en el distrito costero de Lobitos, en la provincia de Talara, departamento de Piura.
Al llegar a la guarnición de Lobitos, situada a orillas del mar, fuimos centralizados en las instalaciones del Batallón de Infantería Motorizada "Iquique" N° 31. También arribaron numerosos oficiales subalternos en los grados de subtenientes, tenientes y algunos capitanes. Con este personal de oficiales y suboficiales, y sobre la base de la tropa del Servicio Militar Obligatorio (SMO) seleccionada de los Batallones de Infantería Motorizada “Iquique” Nº 31 y “Glorioso Ayacucho” Nº 3, se formaron por primera vez dos Batallones Contrasubversivos en la Primera Región Militar. En aquellos tiempos, cada uno de estos batallones de infantería contaba con un efectivo de seiscientos hombres de tropa SMO.
Todo el personal seleccionado se concentró en el BIM "Iquique" N° 31, donde la instrucción contrasubversiva comenzó la primera semana de julio y se extendió de forma ininterrumpida hasta el 31 de agosto del mismo año. La rutina diaria era sumamente rigurosa: nos levantaban a las cuatro y media de la mañana para formar en ropa de deporte y, de inmediato, el personal se desplazaba a paso ligero hacia el campo de fútbol ubicado en el lado norte de la guarnición.
A las 05:00 horas, los instructores solicitaban el parte para dar inicio a la instrucción de acuerdo a la progresión establecida. Esta comenzaba con gimnasia básica, alternando diariamente series con y sin armas, la cual culminaba a las 06:00 horas. Posteriormente, ejecutábamos una carrera diaria de ocho kilómetros; el itinerario partía desde el campo de fútbol hacia el este por una trocha carrozable que conducía a la quebrada Pariñas, y reingresábamos por el lado sur de la guarnición a través del Puesto de Control Nº 1. Entrábamos corriendo y entonando con fuerza canciones de guerra, de sangre y de muerte, concluyendo finalmente el trote en las instalaciones del Batallón de Ingeniería de Combate Nº 8.
Forjados en la Arena, el Mar y
la Mística: En la parte posterior del Batallón de
Ingeniería de Combate N° 8 se ubicaba el muelle del distrito de Lobitos. Tras
culminar la carrera diaria de ocho kilómetros, todo el personal formábamos en
aquella vieja estructura de madera y fierro, la cual aún permanecía en pie
desde la época en que operaban las compañías estadounidenses. Desde allí éramos
lanzados al mar para realizar prácticas de natación de combate, nadando
uniformados una distancia de cincuenta metros de ida y vuelta. Esta extenuante
jornada en el agua concluía a las 08:00 horas, momento en el que nos dirigíamos
a paso ligero hacia nuestras respectivas unidades para pasar el rancho del
desayuno.
A las 09:00 horas,
correctamente equipados con el uniforme de campaña y el armamento asignado, nos
reuníamos en el patio de formación para marchar hacia el campo de tiro. En este
recinto practicábamos el tiro con fusil FAL en las posiciones de tirador
tendido y a la cadera; asimismo, ejecutábamos prácticas con el lanzacohetes RPG
y lanzamientos de granadas de fusil y de mano. Estas intensas jornadas de fuego
real se extendían hasta las 12:30 horas.
Por la tarde, el personal
formaba nuevamente a las 14:00 horas con uniforme de campaña y sin armamento.
Este espacio estaba reservado para la instrucción teórica en las aulas y
explanadas, donde se nos impartían cátedras relacionadas con la doctrina de subversión
y contrasubversión, culminando las actividades a las 17:00 horas. De lunes a
viernes, a las 20:00 horas en punto, la totalidad de oficiales, suboficiales y
tropa del Servicio Militar Obligatorio (SMO) pasábamos estricta lista de
retreta portando casco de acero, armamento y equipo de combate completo.
Una vez a la semana,
específicamente los viernes, se llevaba a cabo la marcha nocturna táctica.
Durante estos ejercicios, los instructores nos asignaban rumbos mediante
brújula para ubicar objetivos específicos en la geografía desértica. Completar
una distancia de treinta kilómetros bajo la densa oscuridad norteña resultaba
sumamente difícil, al punto de que muchas veces retornábamos a la guarnición
recién a las 05:00 horas del sábado, dando así por concluida la instrucción de
la semana. Los sábados al mediodía, tras realizar el riguroso mantenimiento de
armamento y prendas militares, se otorgaba el derecho de salida a la calle para
todos los grados, debiendo retornar a la base el domingo a las 23:00 horas.
La Guarnición de Lobitos tenía
como objetivo central entrenar minuciosamente a este contingente para ser
destacado a las zonas declaradas en emergencia de Aucayacu y Tingo María. No
obstante, al finalizar el periodo de instrucción, la gran mayoría retornamos a
nuestras unidades de origen. Únicamente dos compañías reforzadas se desplazaron
hacia los sectores mencionados en el Alto Huallaga. Una de aquellas unidades
estuvo integrada por el Capitán de Infantería Carlos Noriega Montes, el teniente
de Infantería Guevara, el Suboficial de Tercera MCE César Rodríguez López
(conocido como el «Tigre») y el Suboficial de Tercera MA Manuel Gonzales Bustos
(conocido como el «Ojón»); la tropa de dicha compañía procedía en su gran
mayoría del Batallón de Infantería Motorizada “Iquique” Nº 31.
En mi condición de suboficial
de tercera, y aunque internamente renegaba por las condiciones, cumplí con mi
entrenamiento en silencio y con disciplina. Considero que la preparación
puramente técnica y física estaba bien estructurada; sin embargo, discrepé
profundamente con la orientación operacional y psicosocial impartida. El
discurso diario se centraba de manera ciega en la eliminación física del
adversario. En su mayoría, los oficiales instructores manifestaban un marcado
prejuicio antiserrano. Esta tropa, compuesta mayoritariamente por jóvenes
costeños, norteños y cobrizos, era adoctrinada para percibirse como una entidad
distinta a los pobladores de los Andes de Ayacucho, Huancavelica o Apurímac.
Era frecuente escuchar a ciertos instructores predicar diariamente consignas
extremas: «Tenemos que ir a exterminar a esos serranos, a esos terrucos de
mierda, en Ayacucho, Huancavelica, Aucayacu y Tingo María». Al escuchar
aquellas arengas antiandinas por parte de mis superiores, y conociendo la
asimilación de estos mensajes por muchos de mis compañeros, sentí una profunda
indignación. Como hombre cholo y serrano, originario del Perú profundo,
aquellos malos tratos y discursos racistas golpeaban lo más íntimo de mis
valores y afectaban directamente mi cosmovisión andina, haciéndome sentir que
se atentaba contra la verdadera identidad de mi patria.
En la superficie terrestre
siempre demostré excelentes aptitudes militares; en las marchas de campaña y
carreras de resistencia logré superar por un amplio margen a muchos soldados
con entrenamiento de comandos. No obstante, el medio acuático representaba mi
mayor debilidad. Cada vez que nos formaban en la plataforma del muelle viejo,
el temor me dominaba físicamente debido al peligro latente; sin embargo, en
cumplimiento del deber, salté al mar en múltiples oportunidades. En una de
aquellas ocasiones sufrí un percance grave de asfixia y estuve a punto de
ahogarme, siendo rescatado oportunamente por el Capitán de Infantería Carlos
Noriega Montes, un oficial comando de condiciones excepcionales (A1) por quien
guardo hasta hoy un profundo respeto profesional.
El desplazamiento de las dos
compañías contrasubversivas a la zona de Aucayacu se materializó en la primera
semana de septiembre de 1984. Entre el personal existía gran expectativa debido
a los comentarios sobre la fuerte circulación de dólares y actividades ligadas
al narcotráfico en aquella región, por lo que el contingente marchó con
entusiasmo. El retorno de este personal se produjo en marzo de 1985. Para esa
fecha, yo ya había sido cambiado de colocación, prestando servicios efectivos
dentro del propio Batallón de Infantería Motorizada “Iquique” Nº 31 de Lobitos.
Pude presenciar directamente el regreso del Capitán Carlos Noriega Montes, el teniente
Guevara y los suboficiales César Rodríguez y Manuel Gonzales Bustos. El impacto
económico de su estadía en la zona de emergencia era evidente: retornaron con
importantes sumas de dinero en efectivo. El citado capitán realizaba viajes
aéreos semanales a Lima los días sábado y retornaba los domingos, logrando
adquirir un automóvil del año y un departamento en el exclusivo distrito de
Miraflores. Por su parte, el teniente Guevara, apodado «Boquini», estableció un
negocio de venta de repuestos automotrices en la ciudad de Piura, mientras que
mis compañeros de promoción adquirieron bienes inmuebles según sus propios
testimonios.
Para el Año Fiscal (AF) 1985,
la Superioridad determinó que los oficiales mencionados y el Suboficial Manuel
Gonzales Bustos continuaran prestando servicios en el BIM “Iquique” Nº 31.
Mientras los oficiales acataron la orden de inmediato, el Suboficial Gonzales
Bustos rechazó terminantemente la decisión de permanecer en la Guarnición de
Lobitos. Ante la orden directa del teniente coronel de Infantería Jorge Ramos
Varillas, comandante del Batallón, para que se uniformara y asumiera el relevo
en la Guardia de Prevención, el suboficial abandonó intempestivamente las
instalaciones militares. Tras registrarse su ausencia prolongada, se le formuló
el respectivo parte por abandono de destino (delito tipificado militarmente).
Posteriormente, se conoció que Gonzales Bustos se había internado en el
Hospital Militar Central en Lima bajo la especialidad de Salud Mental, logrando
eventualmente su transferencia definitiva a una guarnición de la capital. En
tanto, el Suboficial de Tercera César «El Tigre» Rodríguez fue reasignado al
Batallón de Servicios N° 8.
Al analizar históricamente este periodo, se puede concluir que, así como las profundas injusticias de la época colonial gestaron el levantamiento de Túpac Amaru II, las graves fallas estructurales y el abandono del Estado republicano propiciaron la aparición del Partido Comunista del Perú - Sendero Luminoso y del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA). En este doloroso conflicto armado interno entre compatriotas, donde las fuerzas estatales se enfrentaron a los grupos subversivos, el gran ganador político y militar fue el Estado peruano, utilizando como primera línea de combate y carne de cañón a ciudadanos de extracción popular (un enfrentamiento directo de cholos contra cholos). El Estado logró imponerse de manera contundente y por amplia ventaja en los campos militar y político sobre el MRTA; sin embargo, frente a Sendero Luminoso, la victoria fue clara en el ámbito estrictamente militar, pero quedó inconclusa y a medias en el terreno político y social.


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