La historia de sonso Andrés en Urpay, Pataz.- Durante las primeras semanas de julio de 1993, las escarpadas punas de la provincia de Pataz se convirtieron en el tablero de una cacería silenciosa. Una columna de ciento veinte combatientes del PCP Sendero Luminoso, procedentes de Tocache y bajo el mando implacable del camarada "Gerardo", se desplazaba como una hueste fantasmal por los caseríos de la región. El grupo lo componían mayoritariamente jóvenes campesinos cocaleros, muchos de ellos niños y adolescentes reclutados a la fuerza, cuyos cuerpos delataban el peso del hambre y las marchas interminables. Conscientes de que el viento les pisaba los talones, su única táctica era el engaño: sembrar propaganda en los caseríos y huir con ingenio ante el menor indicio de peligro, evitando a toda costa el choque frontal con el Ejército.
La mañana del domingo 11 de
julio, el destino tejió un cruce invisible en el olvidado Caserío de Pampa
Seca, un pueblo de agricultores y pescadores del río Misholio. Apenas unas
horas antes, mi unidad, la patrulla "Huascarán", había abandonado el
lugar con destino al distrito de Ongón. Los subversivos sabían de nuestros pasos, pero
nosotros desconocíamos por completo la proximidad de las huestes del camarada
"Gerardo". Fue una auténtica gracia divina que no nos cruzáramos en
la ruta; de lo contrario, se habría desatado un enfrentamiento infernal con un
saldo trágico de muertes. Los hombres de "Gerardo" pernoctaron en
Pampa Seca, lanzando vivas por la fallecida camarada Norah, pintarrajearon paredes de las casas, piedras y al amanecer del
lunes, a las ocho y treinta de la mañana, prosiguieron la marcha a toda prisa.
No era para menos: a sus espaldas, reforzada por la patrulla "Judío"
del subteniente López Palomino, mi patrulla iniciaba una persecución
implacable dentro de la densa vegetación.
Las condiciones nos resultaban
esquivas. La neblina densa cubría el valle, anulando el apoyo de los
helicópteros. Los subversivos aprovechaban el día para ocultarse en la maleza
del monte y caminaban en la penumbra de la noche por miedo a ser bombardeados.
Así comenzó una frenética persecución a través de la geografía indomable de la
región. El rastro nos llevó por las rutas de Utcubamba y la imponente Puerta
del Monte; ellos escapaban por Pachacrahuay y Huaylillas, hasta llegar al
caserío de Arcaypata. Sabiendo que sentían el aliento del Ejército a pocos
kilómetros, los senderistas se ocultaron como sombras entre las viviendas de
Chunco y Ucrumarca, cruzaron Taurija y, finalmente, buscaron refugio en el
distrito de Urpay.
Para la última semana de
julio, la fatiga extrema había vencido a la columna subversiva. Agotados,
hambrientos y con los vigías con la guardia baja, los combatientes se adueñaron
de la Plaza de Armas de Urpay. Allí, sentados en los recovecos del pueblo, chacchaban
coca en un intento desesperado por engañar al estómago y recuperar fuerzas,
mientras exigían cupos a los pobladores para subsistir.
Fue en ese escenario de
aparente calma donde el destino jugó su carta más extraña a través del
"sonso Andrés", un poblador local sordomudo que descendía de las
partes altas de la montaña. En el cruce del camino, cerca del caserío de Saire,
Andrés se había topado con dos centinelas subversivos fuertemente armados con
fusiles y granadas. Asustado, apresuró el paso y entró a la Plaza de Armas con
el rostro desencajado por la agitación. Al ver a los mandos principales, se les
acercó y, con movimientos frenéticos y desesperados, comenzó a hacer señas
hacia las alturas. En su mente, Andrés pensaba que aquellos vigías armados que
dejó atrás eran soldados del Ejército y quería advertir a los recién llegados
del peligro inminente.
La señal del sordomudo cayó
como una bomba psicológica en medio de la plaza. Los mandos de Sendero
Luminoso, carcomidos por la paranoia de saberse perseguidos día y noche por las
patrullas "Huascarán" y "Judío", interpretaron las señas
como el anuncio de un cerco militar masivo. El pánico se apoderó de ellos en un
segundo.
—¡Vienen los soldados! ¡Nos
tienen rodeados! —pareció gritar el mando militar, rompiendo el tenso silencio
de la plaza.
La orden de retirada fue
inmediata y caótica. Aquellos combatientes que un momento antes yacían
exhaustos en el suelo se levantaron de golpe, imbuidos por el terror.
Emprendieron la huida a toda velocidad con dirección al distrito de Santiago de
Challas. Un poblador que presenció la escena lo narraría después con asombro:
«La gran mayoría eran casi
niños, flacos y muertos de hambre. Ante la noticia del sordomudo, escaparon
despavoridos, arrastrando sus armas, las cintas de las ametralladoras y los
equipos de comunicaciones. Corrieron con tal desesperación que, del gran susto
que tenían, recién se atrevieron a voltear la mirada cuando ya estaban en las
faldas del cerro que va para el distrito de Challas».
De esta manera, sin disparar un solo cartucho y armada únicamente con el malentendido de un hombre sin voz, la confusión desalojó por completo a la columna subversiva de la Plaza de Armas de Urpay. Mientras los hombres del camarada "Gerardo" llegaban totalmente asustados y exhaustos a Santiago de Challas para intentar recuperar el aliento, el eco de aquel engaño involuntario quedaba grabado para siempre en la historia de la pacificación de Pataz y de la Pacificación Nacional del Perú.
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