viernes, 7 de agosto de 2015

URPAY PATAZ UN SORDO MUDO HIZO CORRER A 120 COMBATIENTES DEL PCP SENDERO LUMINOSO JULIO 1993

La historia de sonso Andrés en Urpay, Pataz.- Durante las primeras semanas de julio de 1993, las escarpadas punas de la provincia de Pataz se convirtieron en el tablero de una cacería silenciosa. Una columna de ciento veinte combatientes del PCP Sendero Luminoso, procedentes de Tocache y bajo el mando implacable del camarada "Gerardo", se desplazaba como una hueste fantasmal por los caseríos de la región. El grupo lo componían mayoritariamente jóvenes campesinos cocaleros, muchos de ellos niños y adolescentes reclutados a la fuerza, cuyos cuerpos delataban el peso del hambre y las marchas interminables. Conscientes de que el viento les pisaba los talones, su única táctica era el engaño: sembrar propaganda en los caseríos y huir con ingenio ante el menor indicio de peligro, evitando a toda costa el choque frontal con el Ejército.

La mañana del domingo 11 de julio, el destino tejió un cruce invisible en el olvidado Caserío de Pampa Seca, un pueblo de agricultores y pescadores del río Misholio. Apenas unas horas antes, mi unidad, la patrulla "Huascarán", había abandonado el lugar con destino al distrito de Ongón. Los subversivos sabían de nuestros pasos, pero nosotros desconocíamos por completo la proximidad de las huestes del camarada "Gerardo". Fue una auténtica gracia divina que no nos cruzáramos en la ruta; de lo contrario, se habría desatado un enfrentamiento infernal con un saldo trágico de muertes. Los hombres de "Gerardo" pernoctaron en Pampa Seca, lanzando vivas por la fallecida camarada Norah, pintarrajearon paredes de las casas, piedras y al amanecer del lunes, a las ocho y treinta de la mañana, prosiguieron la marcha a toda prisa. No era para menos: a sus espaldas, reforzada por la patrulla "Judío" del subteniente López Palomino, mi patrulla iniciaba una persecución implacable dentro de la densa vegetación.

Las condiciones nos resultaban esquivas. La neblina densa cubría el valle, anulando el apoyo de los helicópteros. Los subversivos aprovechaban el día para ocultarse en la maleza del monte y caminaban en la penumbra de la noche por miedo a ser bombardeados. Así comenzó una frenética persecución a través de la geografía indomable de la región. El rastro nos llevó por las rutas de Utcubamba y la imponente Puerta del Monte; ellos escapaban por Pachacrahuay y Huaylillas, hasta llegar al caserío de Arcaypata. Sabiendo que sentían el aliento del Ejército a pocos kilómetros, los senderistas se ocultaron como sombras entre las viviendas de Chunco y Ucrumarca, cruzaron Taurija y, finalmente, buscaron refugio en el distrito de Urpay.

Para la última semana de julio, la fatiga extrema había vencido a la columna subversiva. Agotados, hambrientos y con los vigías con la guardia baja, los combatientes se adueñaron de la Plaza de Armas de Urpay. Allí, sentados en los recovecos del pueblo, chacchaban coca en un intento desesperado por engañar al estómago y recuperar fuerzas, mientras exigían cupos a los pobladores para subsistir.

Fue en ese escenario de aparente calma donde el destino jugó su carta más extraña a través del "sonso Andrés", un poblador local sordomudo que descendía de las partes altas de la montaña. En el cruce del camino, cerca del caserío de Saire, Andrés se había topado con dos centinelas subversivos fuertemente armados con fusiles y granadas. Asustado, apresuró el paso y entró a la Plaza de Armas con el rostro desencajado por la agitación. Al ver a los mandos principales, se les acercó y, con movimientos frenéticos y desesperados, comenzó a hacer señas hacia las alturas. En su mente, Andrés pensaba que aquellos vigías armados que dejó atrás eran soldados del Ejército y quería advertir a los recién llegados del peligro inminente.

La señal del sordomudo cayó como una bomba psicológica en medio de la plaza. Los mandos de Sendero Luminoso, carcomidos por la paranoia de saberse perseguidos día y noche por las patrullas "Huascarán" y "Judío", interpretaron las señas como el anuncio de un cerco militar masivo. El pánico se apoderó de ellos en un segundo.

—¡Vienen los soldados! ¡Nos tienen rodeados! —pareció gritar el mando militar, rompiendo el tenso silencio de la plaza.

La orden de retirada fue inmediata y caótica. Aquellos combatientes que un momento antes yacían exhaustos en el suelo se levantaron de golpe, imbuidos por el terror. Emprendieron la huida a toda velocidad con dirección al distrito de Santiago de Challas. Un poblador que presenció la escena lo narraría después con asombro:

«La gran mayoría eran casi niños, flacos y muertos de hambre. Ante la noticia del sordomudo, escaparon despavoridos, arrastrando sus armas, las cintas de las ametralladoras y los equipos de comunicaciones. Corrieron con tal desesperación que, del gran susto que tenían, recién se atrevieron a voltear la mirada cuando ya estaban en las faldas del cerro que va para el distrito de Challas».

De esta manera, sin disparar un solo cartucho y armada únicamente con el malentendido de un hombre sin voz, la confusión desalojó por completo a la columna subversiva de la Plaza de Armas de Urpay. Mientras los hombres del camarada "Gerardo" llegaban totalmente asustados y exhaustos a Santiago de Challas para intentar recuperar el aliento, el eco de aquel engaño involuntario quedaba grabado para siempre en la historia de la pacificación de Pataz y de la Pacificación Nacional del Perú.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario