Memorias del Cenepa: El
Verdadero Valor en las Trincheras. -El 22 de febrero de 2020 se
cumplieron veinticinco años de la Campaña Militar del Alto Cenepa de 1995, un
escenario donde estuve presente como combatiente del Perú. Hoy, a pesar del
tiempo transcurrido, no se han borrado de mi mente las imágenes y emociones que
experimenté durante aquellos días de combate. Sigo recordando lo frondoso de la
vegetación, la densa neblina que oscurecía y entristecía el cielo, y el
sobrecogedor olor a muerte en las trochas. Aún siento la humedad, el caminar
sobre el fango pantanoso, el ataque silencioso de la «manta blanca» y el
bombardeo incesante de la artillería ecuatoriana que, durante el día y gran
parte de la noche, resonaba como un desesperado manotazo de ahogado. También
permanece el miedo latente a las minas sembradas a discreción por el enemigo en
cada sendero, así como el recuerdo de los errores que cometimos por exceso de
confianza y la valiente reacción de nuestro personal ante las emboscadas. Todo
lo que pasé me hace volver a vivir aquellos momentos como si estuviera allí
nuevamente; me hace recordar y sentirme profundamente orgulloso de ser un
soldado patriota que contribuyó con su propia sangre para alcanzar la ansiada
paz esperada por siglos.
Es imposible olvidar la muerte
del sargento segundo EP Inocente Nicolás Vásquez Gonzales, conocido como
«Lechuza», ocurrida en la cota 1232 aquel 13 de febrero. Cayó en medio de la
densa vegetación durante un duro combate contra el personal de la Brigada de
Fuerzas Especiales N° 9 «Patria» de Ecuador. Tampoco puedo olvidar a nuestros
prisioneros ni a los más de treinta y cinco heridos del Batallón
Contrasubversivo N° 28 de Rioja, San Martín.
Desde la fecha en que regresé
de las operaciones militares, he escuchado innumerables comentarios sobre lo
sucedido en el valle del Cenepa. Por un lado, los ecuatorianos se consideran
vencedores; por el otro, los peruanos celebramos el triunfo cada 22 de febrero.
Más adelante, el 26 de octubre de 1998, se suscribió el tratado de Itamaraty
bajo el mandato de Alberto Fujimori, a quien considero un traidor por habernos
dejado tres puñaladas en el corazón de nuestra Amazonía: dos en Loreto
(Pijuayal y Saramiriza) y una en el departamento de Amazonas (Tiwinza). Los
dimes y diretes de los combatientes, altos mandos y gobernantes de Ecuador solo
han servido para engañar a sus connacionales con una falsa victoria que ellos
también celebran. Incluso en nuestro país, algunos periodistas cuestionan el
triunfo de las fuerzas peruanas o afirman que solamente empatamos. Sin embargo,
en la campaña de 1995, los ecuatorianos fueron derrotados tanto militar y
politicamente; como dice el refrán: «Fueron por lana y volvieron trasquilados».
Cuando los recuerdos te calan
el alma es porque por tus venas corre la sangre del soldado que un día se
encomendó a Dios y marchó a la frontera con la blanquirroja en el pecho. Por
ello, desde 1995 me prometí no leer ni un solo libro más de las «memorias»
peruanas o ecuatorianas. Asumí que fueron escritos por oficiales y periodistas
que estuvieron muy lejos de las trincheras, basándose únicamente en reportes de
terceros y en comentarios populares que bien podrían ser falsos o ciertos. Es
obvio que, tras un conflicto, las partes involucradas orientan sus esfuerzos a
maquillar sus errores y justificar sus acciones con resultados a conveniencia.
Tanto el Perú como Ecuador aplicaron esta tradicional forma de evaluar una
guerra, lo que ha llevado a que, por desconocimiento de muchos y el silencio de
otros, no se diga la verdad hasta el día de hoy.
En mi condición de veterano de
esta campaña militar, reafirmo que el Perú derrotó a Ecuador en el campo de
batalla. Es cierto que nos derribaron nueve aeronaves entre aviones y
helicópteros: un bombardero Canberra, dos cazabombarderos Sukhoi Su-22, un avión
subsónico A-37, un helicóptero Mi-25, tres helicópteros Mi-8 y un helicóptero
Twin Bell. Asimismo, perdimos la vida de valiosos oficiales, técnicos,
suboficiales y personal de tropa, sumando ochenta y tres efectivos del Ejército
y siete de la Fuerza Aérea del Perú; en total, sufrimos noventa muertos y
ochocientos treinta y seis heridos, de los cuales sesenta y seis quedaron con
invalidez permanente.
Las acciones en el Alto Cenepa siempre fueron sumamente sacrificadas para las tropas peruanas debido a lo agreste del terreno, la falta de suministros esenciales como rancho, agua, medicinas y uniformes, y la carencia de un poder de fuego de infantería acorde con la doctrina, lo que hacía imposible batir frontalmente las posiciones de la artillería enemiga ubicadas en las partes altas de puestos como Coangos, Cóndor Mirador y Banderas. Sin embargo, ante todo tipo de carencias, lo que más nos sobró fue valor y moral para vencer. Y vencimos, respetando la decisión del gobierno de turno de no avanzar más allá de las líneas de nuestra frontera.
Para las Operaciones Militares
del Alto Cenepa en 1995, las Fuerzas Armadas de Ecuador se habían preparado
minuciosamente durante catorce años. Mediante la adquisición de armamento con
tecnología de última generación, equiparon óptimamente a sus tropas para luego
infiltrarse en territorio peruano. Una vez allí, adoptaron una sólida posición
defensiva y recurrieron a la estrategia de la doble toponimia para confundir
tanto a sus propios ciudadanos como a la opinión pública internacional. Un
claro ejemplo de esto fue la existencia de dos bases llamadas Cueva de los
Tayos: la original, ubicada en el lado ecuatoriano, y una falsa, instalada de
forma clandestina en suelo peruano.
En el teatro de operaciones,
las tropas del norte aguardaban sistemáticamente en sus trincheras, minaron las
trochas y posicionaron a sus observadores avanzados (OA) en las copas de los
árboles para reglar el fuego de artillería. A pesar de estas ventajas
tangibles, ante la arremetida de la gloriosa infantería peruana, el enemigo se
vio obligado a retroceder de forma constante, abandonando sus posiciones día
tras día. De este modo, las fuerzas peruanas recuperaron sectores clave como la
"Y", Cueva de los Tayos, Base Sur, Base Norte y el Helipuerto
Tormenta. Aunque el adversario pretenda negar su repliegue frente al avance
terrestre del Perú, la realidad militar demuestra que las batallas se deciden y
consolidan en tierra firme, donde las tropas invasoras terminaron huyendo.
Ciertamente combatieron, pero lo hicieron en constante retirada, a pesar de
haber causado un daño material y humano innegable que el Perú no oculta: el
derribo de nueve aeronaves —entre aviones y helicópteros—, así como un saldo de
90 caídos y 836 heridos.
Esta infiltración generalizada
tuvo un antecedente crítico en 1991, cuando Ecuador instaló el puesto de
vigilancia teniente Hugo Ortiz frente al puesto peruano Pachacútec,
desplazándose nueve kilómetros hacia el interior de nuestra frontera original.
Toda esta maniobra se ejecutó ante la mirada pasiva del personal militar
acantonado en el Puesto de Vigilancia N° 1 y contó con el consentimiento
temporal de los altos mandos y del gobierno de turno, quienes optaron por
dilatar el tiempo debido a las carencias operativas de las Fuerzas Armadas
peruanas. En aquella oportunidad, el presidente Alberto Fujimori intentó buscar
una salida distinta a la de sus antecesores y nombró al canciller Carlos Torres
y Torres Lara para entablar una negociación pacífica. Esto derivó en el célebre
"Pacto de Caballeros" con el ministro ecuatoriano Diego Cordobés,
acuerdo mediante el cual el Perú aceptó provisionalmente la permanencia del
puesto Teniente Hugo Ortiz dentro de su territorio, así como la estancia de las
tropas norteñas en la zona de la falsa Tiwinza (Cota 1061). Debido a esta
extrema cercanía, los soldados de ambas naciones convivieron casi de forma
hermanada: jugaban partidos de fulbito, intercambiaban provisiones y compartían
la presencia de mujeres que ejercían la prostitución y rotaban constantemente
entre las bases.
La falsa Tiwinza (Cota 1061)
se convirtió en el último bastión de la resistencia ecuatoriana. Allí se
libraron los combates más sangrientos de la campaña, pues los peruanos tenían
la misión inquebrantable de recuperar el sector, mientras que los ecuatorianos
cargaban con la obligación de retenerlo. Engañados por sus gobernantes y mandos
militares, los combatientes del norte creían legítimamente que defendían su
propio suelo, por lo que resistieron hasta la llegada de la Misión de
Observadores Militares de los Países Garantes (MOMEP). Finalmente, en estricto
cumplimiento del Protocolo de Río de Janeiro de 1942, los invasores se vieron
obligados a desocupar el territorio, quedando dicho sector bajo la soberanía
definitiva del Perú. Aunque en el relato ecuatoriano se afirme que jamás
abandonaron Tiwinza, la historia registra que el miércoles 22 de febrero de
1995 las fuerzas peruanas lanzaron una ofensiva masiva por diversos flancos
sobre la Cota 1061. Como consecuencia de este feroz asalto, el enemigo sufrió
un colapso total con numerosas bajas, un episodio que el propio gobierno de
Ecuador reconoció trágicamente como el "Miércoles Negro" y donde sus
muertos quedaron sepultados para siempre.
Esta crisis final estuvo
directamente ligada a las decisiones estratégicas de los gobiernos peruanos
previos. Durante su segundo mandato (1980-1985), el arquitecto Fernando
Belaúnde Terry enfrentó en los primeros meses de 1981 el conflicto del
"Falso Paquisha" en la Cordillera del Cóndor, departamento de
Amazonas, donde las tropas ecuatorianas ya habían intentado invadir el
territorio nacional antes de ser desalojadas por el Ejército y la Fuerza Aérea
del Perú. Posteriormente, en el primer semestre de 1982, la FAP participó en
apoyo a la República Argentina durante la Guerra de las Malvinas, enviando
aviones Mirage M-5, lo que disminuyó temporalmente la capacidad operativa y
disuasiva del país. Previendo que las invasiones ecuatorianas podrían repetirse
a mayor escala en la frontera nororiental —como en efecto ocurrió en las
cabeceras del río Cenepa—, Belaúnde tomó la decisión de adquirir en Francia una
flota de 26 cazas Mirage 2000 a las empresas Aviones Marcel Dassault,
Thomson-CSF y Snecma por un valor de 650 millones de dólares. Para el
mandatario, esta compra no fue un gasto inútil ni demagógico, sino una medida
de previsión geopolítica crucial.
Sin embargo, al asumir la
presidencia el 28 de julio de 1985, Alan García Pérez se presentó ante la
comunidad internacional como un promotor del desarme regional. Con gran
solemnidad y ante la presencia de mandatarios extranjeros en el Congreso de la
República, anunció la reducción drástica de las compras de material bélico,
recortando la adquisición de los Mirage 2000 de 26 a solo 12 unidades,
modificando los contratos Júpiter I y Júpiter II. Aunque este discurso
compasivo hacia las necesidades del pueblo fue aplaudido unánimemente, entre
los invitados en el hemiciclo se encontraba un amigo cercano del presidente, el
ciudadano libanés Abdul Rahman El Assir, conocido traficante de armas. Detrás
de aquella supuesta búsqueda de la paz se escondía uno de los escándalos de
corrupción y negociación ilícita más graves de la historia republicana. Durante
su gestión, el gobierno aprista redujo los presupuestos de Defensa a su mínima
expresión, provocando que el material bélico del Perú quedara obsoleto y
desatendido por falta de mantenimiento, una debilidad estructural que las
fuerzas nacionales tuvieron que suplir con puro heroísmo una década después en
el Valle del Cenepa.
El 28 de julio de 1990, el
ingeniero Alberto Fujimori Fujimori asumió la presidencia del Perú y fue
inmediatamente informado sobre la gravedad de la situación fronteriza. Sin
embargo, las Fuerzas Armadas no estaban en condiciones de afrontar una guerra con
el vecino país del norte. La Fuerza Aérea del Perú (FAP) contaba con una flota
mayoritariamente obsoleta e inoperativa, mientras que el Ejército y la Marina
de Guerra carecían de los recursos necesarios para encarar con éxito un
conflicto total en múltiples frentes. Ante este escenario, el mandatario
recorrió los principales cuarteles del país y constató personalmente una triste
realidad: el parque automotor y de blindados sufría una alarmante
inoperatividad, afectando especialmente a los tanques T-55 de origen soviético.
Del mismo modo, el material de comunicaciones —que incluía radios de alta
frecuencia (HF) y muy alta frecuencia (VHF), centrales telefónicas y teléfonos
de campaña— se encontraba en un estado crítico de obsolescencia.
Dado que la capacidad
operativa de las Fuerzas Armadas no garantizaba una victoria militar, el
presidente Fujimori tomó el control directo de la política exterior y viajó en
varias ocasiones a Ecuador con el propósito de alcanzar un arreglo pacífico.
Sin embargo, estas gestiones diplomáticas ante su homólogo ecuatoriano no
dieron los frutos esperados, dejando las armas como la única vía para desalojar
al invasor del territorio nacional.
Una vez más, la guerra
sorprendió al Perú en una situación de total desprevención. Los cazas Mirage
2000, considerados en el papel como las mejores aeronaves de combate de Sudamérica,
eran prácticamente un cascarón vacío: carecían de sensores avanzados, radares
modernos y sistemas misilísticos de mediano o largo alcance. En el ámbito
marítimo, el histórico crucero BAP Almirante Grau padecía una obsolescencia
similar; aun así, fue desplegado estratégicamente en la zona de El Salto, en
Tumbes. Con el tiempo, marinos de aquella época que participaron en la
movilización revelarían en conversaciones que ninguno de los cañones del buque
insignia estaba operativo, evidenciando que su traslado se realizó únicamente
con fines de disuasión y engaño psicológico frente al enemigo.
En el frente terrestre, la
situación de la tropa reflejaba el mismo abandono presupuestario. Los
batallones contrasubversivos desplegados desde el Frente Huallaga, en los
departamentos de San Martín y Huánuco, marcharon hacia la zona de combate
pésimamente uniformados y en condiciones casi harapientas. El armamento
individual consistía en viejos fusiles FAL de los modelos 1958 y 1969
repotenciados, ametralladoras MAG y lanzacohetes RPG-7V, material que había
sido adquirido en la década de 1970 durante el régimen del general Juan Velasco
Alvarado.
La escasez del material bélico era generalizada: no se disponía de morteros de 81 ni de 120 milímetros, y los oficiales de dicha especialidad se encontraban desactualizados. Asimismo, los batallones combaten carecían de herramientas básicas de navegación como brújulas o dispositivos GPS. Mientras que unidades de élite como el Batallón de Comandos "Comandante Espinar" N° 19 y el Batallón de Paracaidistas N° 61 de la Primera Brigada de Fuerzas Especiales combatieron utilizando fusiles Galil de calibre 5.56 mm, la gran mayoría de los contingentes —incluyendo a la Compañía Especial N° 115 de Tarapoto, el Batallón de Infantería Motorizado "Iquique" N° 31 de Cañete, así como diversos batallones provenientes de Huancayo y de la 5ª División de Infantería de Selva— tuvieron que enfrentar al enemigo equipados únicamente con los repotenciados fusiles FAL de calibre 7.62 mm.
El helipuerto Tormenta estaba cerca a Falsa Tiwinza?
ResponderBorrarhttps://www.youtube.com/watch?v=GetJ7QxI7bc VIDEO TESTIMONIAL DE LA DERROTA ECUATORIANA
ResponderBorrarHONOR Y GLORIA A LOS BRAVOS SOLDADOS DE LA PATRIA COMO UD!! TCO1 EP MIGUEL PINEDA RAMIREZ
COMO CIUDADANO PERUANO LE ESTOY AGRADECIDO DE POR VIDA. GRACIAS POR ARRIESGAR SU VIDA DEFENDIENDO LA PATRIA!!
MIENTRAS LOS TRAIDORES FUJIMORI Y MONTESINOS HACIAN LO CONTRARIO.
LARGA VIDA A UD QUE DIOS LE BENDIGA A UD Y A SU HONORABLE FAMILIA!!
VIVA EL PERU!!
Viva el Perú carajo .. y los mo... abajo...
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