Gobernaba el Perú el general
Francisco Morales Bermúdez, en aquellos tiempos en que el Servicio Militar era
estrictamente obligatorio. En las ciudades, los caseríos y los caminos, la leva
forzada era una realidad cotidiana. Bajo esas circunstancias, el 3 de enero de
1977, un grupo de cuatrocientos ochenta jóvenes procedentes de diversos
rincones del departamento de Áncash nos concentramos en la Oficina de
Reclutamiento N° 0-26 de Huaraz. Por la tarde, fuimos trasladados bajo
custodia, a bordo de volquetes del ejército, con destino al Batallón de
Ingeniería de Combate Motorizado “Huascarán” N° 112, acantonado en el distrito
de Caraz, en la provincia de Huaylas.
Mi vocación había despertado
mucho antes. En 1966, a la corta edad de ocho años, yo ya me sentía un soldado.
En mi espíritu influyeron profundamente las constantes narraciones de mi
abuelo, don Eliseo Ramírez Cadillo, quien, a sus propios ocho años, en junio de
1883, había presenciado la llegada del poderoso ejército chileno a las tierras
de Áncash durante la tercera etapa de la Campaña de la Breña. Desde aquellos
días de infancia, los relatos de la resistencia liderada por el general Andrés
Avelino Cáceres penetraron en mi alma de forma imborrable, preparándome para
afrontar las situaciones duras y difíciles de la vida castrense.
Al cumplir los 18 años, lejos
de eludir el Servicio Militar, decidí abandonar mis estudios en el afamado
Colegio Nacional de "La Libertad", en la ciudad de Huaraz, para
presentarme en el cuartel como voluntario. Siempre creí que el servicio a la
patria era un deber sagrado, especialmente en aquellos años de fuerte tensión
geopolítica con Chile. Por ello, sin pensar en propinas ni en beneficios
futuros, y con el único anhelo de aprender el manejo de las armas y el arte de
la guerra, emprendí el viaje por mis propios medios.
El 3 de enero, a las 13:30
horas, llegué al distrito de Caraz y me planté ante la puerta principal del
Batallón de Ingeniería de Combate "Huascarán" N° 112. Contemplé la
fachada y me dije a mí mismo: «A partir de hoy, este será mi cuartel».
En aquella época, el personal de guardia solía llamar "número" a los soldados. En cuanto crucé el portón, el sargento de guardia exclamó: «¡Un
número voluntario!». Al instante, un soldado de mediana estatura saltó de
la banca como un resorte, recibiendo la orden del clase: «Lleva a este
"perro" voluntario al patio de armas».
Corrí muy asustado hacia el
patio. Al llegar, observé el semblante de la multitud de jóvenes, en su mayoría
hijos de campesinos. En el grupo se mezclaban la algarabía, la tristeza y la
preocupación; mientras algunos se sentían orgullosos de convertirse en los
nuevos "perros" reclutas del contingente de enero de 1977, la gran
mayoría albergaba el íntimo deseo de ser liberada del servicio.
Una vez que los cuatrocientos
ochenta jóvenes estuvimos formados en el patio de armas, aparecieron seis
sargentos monitores con los galones de metal reluciendo en el pecho. Nos
hablaban a gritos, obligándonos a rugir a todo pulmón. Algunos de ellos cargaban
puñados de tierra para amedrentar a quienes no gritaban con la fuerza
requerida. Fue así como varios reclutas probaron esa tarde el amargo
"azúcar dulce": les ordenaban abrir la boca y, con violencia, les
arrojaban la tierra hasta el fondo de la garganta. Esa fue nuestra recepción.
Permanecimos rugiendo en posición de atención, con la mirada fija en el
infinito, por un lapso aproximado de tres horas.
En medio de aquella tensión,
se aproximó un oficial de tez morena y un metro ochenta y cinco de estatura.
Era el capitán de ingeniería Víctor Valderrama Chávez, oficial de personal
(S-1) del batallón. Con palabras francas, firmes y sinceras, nos dio la bienvenida:
«Han ingresado a este batallón para ser combatientes de primera y defender
los sagrados intereses de la patria. Aquí se come lo que se da y se hace lo que
se ordena».
Acto seguido, el capitán
Valderrama se colocó al frente y, con su característica voz ronca, lanzó una
oferta inesperada: «Señores, solamente necesitamos ciento ochenta reclutas.
Los que desean servir quédense en su propio emplazamiento; los que no lo
deseen, formen en la pista mirando hacia la guardia de prevención». Apenas
terminó de hablar, la gran mayoría corrió despavorida hacia la pista. Para mi
sorpresa, solo cuarenta voluntarios permanecimos firmes en nuestro sitio.
Al ver la reacción general, el capitán actuó con rapidez y ordenó regresar de inmediato a todo el personal que hubiese culminado el quinto año de educación secundaria. En mi caso, debido a que solo contaba con el tercer año de secundaria, terminé sirviendo dos años completos (1977-1978) a pesar de haber ingresado por voluntad propia en tiempos de leva forzada. En contraste, la mayoría de mi promoción con secundaria completa se licenció en apenas once meses. Al final, el trato dentro del cuartel fue el mismo para voluntarios y levados; en aquellos tiempos, de nada servía haber ido por propia voluntad.
Horas más tarde, apareció el
capitán S-4, oficial de logística del batallón, acompañado por sus sargentos
almaceneros de prendas. Nos llevaron a paso ligero hacia los almacenes y allí,
en un santiamén, nos entregaron los uniformes de campaña. El despliegue estaba
fríamente calculado: había un sargento con trescientas sesenta camisas; más
allá, otro con trescientas sesenta pantalones; un tercero vigilaba trescientas
sesenta birretes y uno más controlaba los trescientos sesenta pares de
borceguíes. Cada uno de ellos administraba una cantidad idéntica de pertrechos
para el reparto, pues nuestra dotación inicial consistía en dos mudas de ropa
completamente nuevas.
Los "perros",
sumidos en el pánico, pasábamos a la carrera mientras nos arrojaban las prendas,
el cual debíamos recoger sin detener el paso ligero. Hubo quienes recibieron
borceguíes de números distintos o sin pasadores; cuando alguien osaba reclamar,
la respuesta del instructor era tajante: «No sé, a partir de este momento el
"perro" es mago. ¿Alguna pregunta?». El ritmo era frenético. Los
más lentos pagaban de inmediato su letargo ejecutando innumerables ranas y
polichinelas como sanción. A los más "chatos" la camisa, el pantalón
y el birrete les quedaban inmensos; a otros, el calzado les apretaba los pies.
Una vez uniformados, salimos a
toda velocidad hacia el patio de armas, donde los sargentos monitores nos
aguardaban nuevamente. Mientras tanto, en la puerta del cuartel se había
aglomerado una multitud de familiares. Muchas madres lloraban desconsoladas por
sus hijos reclutados; como único consuelo, recibieron de vuelta las prendas
civiles que estos llevaban puestas, sabiendo que durante los próximos dos meses
sus muchachos no tendrían derecho a pisar la calle. Ya investidos con el
uniforme de la patria, los ciento ochenta "perros" continuamos
formados en el patio de armas. Dentro del contingente destacaba un
"gringo" serrano —rubio y de ojos azules— procedente del distrito de
San Luis, en el Callejón de los Conchucos. Al lado suyo se encontraba otro
muchacho, un campesino de rasgos autóctonos proveniente de los caseríos de
Huaraz. Al observarlos detenidamente en esa circunstancia, el capitán
Valderrama sentenció: «A partir de la fecha, el "gringo" y el
autóctono son hermanos. Ya veremos quién es más valiente en el campo de
batalla».
Desde el 3 de enero de 1977
hasta el 16 de marzo de 1978, permanecí como soldado de tropa en el Batallón de
Ingeniería de Combate "Huascarán" N° 112, con sede en el distrito de
Caraz, provincia de Huaylas. En aquellos tiempos del Servicio Militar
Obligatorio, el personal de tropa era objeto de constantes abusos, sufriendo
maltrato tanto físico como psicológico. Estas agresiones provenían
principalmente de los oficiales y de algunos suboficiales de origen costeño o
mestizos de la sierra.
Un claro ejemplo era el
capitán de ingeniería cuzqueño Raúl Hermosa Ramírez. Este oficial, de tez
blanca y ojos azules, solía proteger su mirada de la intensa radiación solar
con unos lentes Ray-Ban. Durante la Lista de Diana, el capitán manifestaba un racismo
recalcitrante; nos humillaba e insultaba a todos en la formación con frases
ofensivas como: «Incas de mierda, no sirven para nada. Al indio y al mulo,
palo en el culo». Ante tales agravios, el personal de tropa murmuraba entre
filas. Los soldados más antiguos solían replicar en voz baja: «Cuzqueño de
mierda, viene de la misma tierra de los incas y aquí nos insulta. Será porque
tiene cara de palo pelado».
Otro instructor sumamente
abusivo y racista era el suboficial de tercera OEI José Machuca Juárez, natural
del departamento de Piura. Al personal de tropa procedente del Callejón de los
Conchucos —de las provincias de Huari, Piscobamba, Pomabamba y zonas aledañas—
solía espetarles: «Serranos de Huashahuacta, el ejército es para los vivos,
no para los cojudos», lo que en buen romance significaba que la institución
no admitía tontos. Durante los servicios de guardia, si alguien cometía la más
mínima falta, a este suboficial le gustaba ordenar a la tropa ponerse en ángulo
recto o en la posición de "veinte uñas". Luego, ordenaba de forma
vulgar: «Agarra bien tus huevos», y propinaba desde atrás una patada con
todas sus fuerzas. El impacto hacía que el soldado rodara por el suelo de forma
violenta. Lo que se retrata en la película La ciudad y los perros no
dista en absoluto de la cruda realidad que vivimos en aquellos años dentro de
los cuarteles del Ejército del Perú.
La mañana del 5 de junio de
1977, mientras ensayábamos para la ceremonia del Juramento de Fidelidad a la
Bandera del 7 de junio, el capitán Raúl Hermosa Ramírez, por una simple
equivocación en el orden cerrado a pie firme y sobre la marcha, me propinó una
patada debajo de la rodilla izquierda. El golpe me abrió la piel; la herida
lacerada quedó expuesta y sangró profundamente. En esas deplorables condiciones
tuve que continuar marchando toda la mañana bajo una radiación solar
abrasadora. Con el paso de los días, la zona afectada en mi pierna izquierda se
tornó morada y se hinchó considerablemente. El dolor se volvió tan intenso que
ya no podía caminar, pero los sargentos de sección me amenazaban para evitar
que acudiera a la enfermería.
Una madrugada, le pedí permiso
al imaginaria del tercer turno y salí cojeando de la cuadra con dirección a los
servicios higiénicos; desde allí, me desvié directamente hacia la enfermería
del batallón. Al ver la gravedad de mi lesión, el suboficial enfermero exclamó
sorprendido: «¡Huevón! Estando con la pierna podrida sales a correr
diariamente veinte kilómetros hasta el distrito de Pamparomas. ¡Carajo! ¿Por
qué no habías pedido visita médica?». Desde ese momento, ya no regresé a la
cuadra de la Compañía de Comando y Servicios. Quedé internado y, tras tres
semanas de recibir decenas de dosis de penicilina, comencé a recuperarme
lentamente. En aquella época, nadie se quejaba por esa clase de golpes o
maltratos físicos y psicológicos, los cuales llegaban a ser peores para los
soldados considerados indisciplinados.
El Reglamento del Servicio
Interior (RE 34-5) se cumplía al pie de la letra para regir los servicios y
controlar la disciplina en todos los grados, afectando con especial dureza a la
tropa del Servicio Militar Obligatorio. Sin embargo, existía un castigo que no
figuraba en este reglamento y que el comando aplicaba de manera ilegal para
expulsar definitivamente a los soldados incorregibles. A estos individuos
indeseables los echaban del cuartel completamente desnudos, sin permitirles
llevar siquiera el calzoncillo para disimular en algo su condición humana. Se
les cubría el cuerpo desde el cuello hasta las rodillas únicamente con un
costal de papas de la proveeduría, y en la espalda se les colocaba un letrero
con la palabra «INDESEABLE».
Bajo este procedimiento inhumano se expulsó, en el mes de junio de 1977, a un soldado de la localidad de Yuracmarca, perteneciente al distrito de Huallanca. Este recluta tenía el apelativo de "Medio Beso" debido a su labio leporino. Era un tipo sumamente indisciplinado: salía de paseo los fines de semana y se quedaba "falto" (ausente), o retornaba después de las 22:00 horas en completo estado etílico y desprovisto de su prenda de cabeza. Al acumular tantos malos antecedentes, el Comando del Batallón decretó su humillante expulsión. Una mañana, el soldado salió del calabozo descalzo y con el costal de papas como único ropaje. Fue conducido por el oficial de personal S-1 hasta las inmediaciones de la Guardia de Prevención. Delante de todos los miembros de su promoción, quienes se encontraban formados en el patio, se le ordenó abandonar el cuartel por miserable. Al cruzar el portón, el muchacho corrió de inmediato a refugiarse en la casa de doña Rosa, una vivienda situada cerca del cementerio antiguo del distrito de Caraz. Los oficiales, técnicos y suboficiales nos repetían constantemente que esa era la forma de expectorar a los elementos indeseables, alegando que un personal incorregible e indisciplinado no merecía estar en un cuartel.
El personal de oficiales,
técnicos y suboficiales controlaba la disciplina de manera sumamente rigurosa.
No se permitían evasiones, deserciones, hurtos ni que los soldados retornaran
en estado etílico al término de su franquicia; es decir, no existían las
contemplaciones ni la mano blanda para el personal de tropa indisciplinado.
Por ejemplo, cualquier soldado
que regresaba del paseo de fin de semana con síntomas de ebriedad ingresaba
directamente al calabozo para purgar un castigo mínimo de siete días. Allí
permanecían despojados de las correas de sus pantalones y de los pasadores de
sus borceguíes. Si el oficial de guardia se compadecía de ellos, autorizaba por
las noches al cabo de castigados para que les permitiera usar un colchón y una
frazada, únicamente desde las 22:00 horas hasta las 05:00 de la mañana. Sin
embargo, en otras ocasiones, los arrestados debían pasar la noche entera de
"plantón" frente a la sala del oficial de guardia, manteniéndose de
pie hasta el amanecer. Aquel era un suplicio indescriptible, sobre todo durante
el verano serrano, cuando el cielo despejado hacía que el frío nocturno
descendiera bajo cero. En estas circunstancias, los oficiales y suboficiales
más jóvenes se mostraban como los más drásticos e implacables; en contraste,
los suboficiales que superaban los cuarenta años solían ser más comprensivos, destacando
entre ellos el suboficial de primera MA Luis Castellanos Aragonés, quien ya
contaba con cincuenta y cinco años de edad.
Dentro de las cuadras de las compañías, el rigor no disminuía. El soldado que se dejaba robar sus prendas, el que pasaba una mala revista de equipo o el que se quedaba dormido durante su servicio de imaginaria recibía un castigo inmediato. Lo mismo ocurría con aquel que se quedaba "falto" o llegaba tarde después de su salida de paseo. Los correctivos se aplicaban normalmente a golpes con palos, baquetones o, en muchos casos, a patadas mientras el infractor permanecía sometido en la humillante posición de "veinte uñas". En aquellos tiempos, todos los oficiales, técnicos, suboficiales y sargentos castigaban físicamente al personal menos antiguo ante la mínima falta cometida, por insignificante que pareciera. Los elementos considerados incorregibles permanecían recluidos en las celdas, vistiendo únicamente el costal de papas con la palabra «INDESEABLE» rotulada en la espalda. Bajo esa lamentable condición, custodiados siempre por el cabo de castigados, logré ver a muchos de ellos salir rumbo a los malacates para realizar sus necesidades fisiológicas.
El 29 de septiembre de 1977,
el día de mi onomástico, me nombraron de servicio de guardia. Durante la noche,
ocupé el puesto de centinela en la puerta principal durante el segundo turno,
que iba desde las 00:00 hasta las 03:00 horas. Permanecí tres horas en el
torreón con el fusil dotado de cacerina abastecida y la bayoneta calada. En
este puesto, cada cinco minutos tenía que "rugir" a todo pulmón para
alertar al centinela del torreón N° 1 de la siguiente manera: «Para el Perú
la gloria, para Chile y Ecuador la muerte. ¡Centinela de la puerta principal,
sin novedad! ¡Centinela del puesto de vigilancia número uno, canta en tu
puesto!». De inmediato, el centinela del torreón N° 1 contestaba: «¡Puesto
de vigilancia número uno, sin novedad! ¡Puesto de vigilancia número dos, canta
en tu puesto!». Así, en una cadena perfecta, se realizaba la alerta.
A pesar de los gritos a todo
pulmón, algunos centinelas se quedaban dormidos en la madrugada, llegando
incluso a dejarse quitar el fusil FAL. En aquellos tiempos, permitir que te
arrebataran el armamento estando de servicio era considerado un delito gravísimo;
desde ese instante, uno ya se consideraba un hombre muerto, pues no sabía la
masacre que le esperaba al finalizar sus funciones, ya fuera a manos del propio
oficial de guardia o del sargento de guardia. No había perdón; a veces, el
infractor amanecía haciendo ranas, rampando o de plantón.
El día de mi cumpleaños pasé
toda la jornada con el casco de fibra puesto, cubriendo los puestos en los
torreones, y por la noche me tocó el citado segundo turno en la puerta
principal. Aquella fecha, el suboficial de tercera OEI José Machuca Juárez se encontraba
como oficial de guardia. Al finalizar mi turno, dicho suboficial me separó de
la fila y me recriminó con dureza: «Perro, no has rugido ni mierda».
Bajo el pretexto de que no había cumplido bien mis funciones, me mandó repetir
el turno como castigo, obligándome a cubrir también el tercer turno, desde las
03:00 hasta las 06:00 horas. Para colmo, en este nuevo lapso me ordenó
colocarme en el torreón de cabeza, de modo que mis borceguíes quedaran hacia
arriba simulando ser mi testa. Por fortuna, como el servicio se realizaba con
el casco de fibra puesto, pude soportar el castigo apoyando la cabeza. A ese
tipo de tratos y sanciones se llegaba en el cuartel. Hoy, después de casi
cuatro décadas, escribo este recuerdo para que los jóvenes conozcan lo que fue
el Servicio Militar Obligatorio de antaño. No había quejas, no había llantos,
no existían la Defensoría del Pueblo ni los Derechos Humanos; en fin, son solo
etapas de la vida que, para bien o para mal, los soldados supimos soportar en
los cuarteles del Perú.
Por otro lado, el teniente de
ingeniería Roberto Hurtado Jiménez era un oficial sumamente serio y exigente.
Cuando se encontraba de servicio como capitán de día, los oficiales de día de
las diferentes compañías se esmeraban al máximo en la puntualidad y, sobre
todo, en la limpieza de sus sectores de responsabilidad. Al toque de corneta
para el rancho, salíamos corriendo a toda velocidad hacia el patio de armas,
donde el personal formaba en estricto orden y silencio. Como era costumbre, los
sargentos de semana anotaban a los tres últimos en llegar de toda la formación.
A estos rezagados, por lentos, se les sancionaba con ranas, planchas o
polichinelas, y después del almuerzo se les enviaba a limpiar los malacates de
la tropa.
En aquella época, el batallón
contaba con cuatrocientos ochenta hombres. Con las compañías ya formadas, el
teniente ordenaba: «¡Darse frente!», y procedía a pasar una rigurosa
revista de útiles de rancho, manos y uñas. Los que pasaban una mala revista
iban saliendo a un costado para formar un grupo aparte. Luego, este pelotón se
desplazaba a la retaguardia del grueso del batallón ejecutando la dolorosa
marcha de "pato", con sus bandejas de acero apoyadas sobre la nuca,
cubriendo los aproximadamente ciento cincuenta metros de distancia que
separaban el patio de armas de la zona del rancho.
Mientras tanto, los soldados
que pasaban una buena revista se desplazaban marchando y cantando hacia el
comedor para recibir sus alimentos. En el trayecto, el teniente nos observaba
minuciosamente, mientras los oficiales de día caminaban a nuestro lado exhortándonos
a mantener la disciplina y la marcialidad. Una vez ocupado nuestro
emplazamiento, el oficial se colocaba al frente y exclamaba en voz alta: «¡Batallón,
batallón! No puedo ordenar el alto porque no levantan la rodilla». Ante esa
advertencia, elevábamos las piernas con aún más energía. Él insistía: «No
puedo hacer el alto», y nosotros, ya con el rostro empapado en sudor, nos
esforzábamos al máximo. Finalmente, concluía diciendo: «No me ha gustado el
desplazamiento del personal, ha sido cualquier cosa menos una marcha», y
nos ordenaba ponernos en la posición de rana.
Entonces comenzaba el conteo: «Para
ranas, un, dos... ¡cien ranas! Mejor doscientas, mejor trescientas, mejor
ciento cincuenta... ¡A principiar!». En ese momento, todos cantábamos a
todo pulmón mientras rebotábamos contra el suelo sin abrir las rodillas; en
nuestro fuero interno, implorábamos para que el teniente se apiadase de
nosotros, pues las articulaciones ya no resistían. Para aflojar las piernas,
ordenaba: «Un, dos... ¡nadie se mueve!». Después de un breve intervalo,
buscando cualquier pretexto, volvía a arremeter: «¡Se movieron, se movieron!
Para ranas, un, dos... ¡ciento cincuenta ranas, a principiar!». En estas
situaciones, incluso un soldado fuerte sentía un dolor agudísimo en la parte
posterior de la rodilla tras ejecutar ciento cincuenta ranas bien hechas; sin
embargo, nadie se atrevía a ponerse de pie sin su autorización. Así pasaban los
minutos. Nos dejaba en esa posición y ordenaba: «La primera compañía de pie,
¡adelante!». A esa voz, ese grupo comenzaba a desfilar hacia las pailas.
Los demás pensábamos con envidia: «Qué suerte tienen ellos, que ya se
pusieron de pie». El personal avanzaba lentamente recibiendo la comida en
su bandeja y tazón de acero, mientras para otros la espera se hacía eterna. Al
levantarnos tras el largo castigo, el intenso dolor en la corva nos impedía
caminar con normalidad durante los primeros minutos.
A la última compañía nos
tocaba el turno al final. Desde la zona del rancho hasta el comedor había una
distancia de sesenta metros aproximadamente. Ya sabíamos que, en cuanto el
último soldado ingresaba al comedor, este oficial ordenaba inmediatamente: «¡Todo
el personal de pie! ¡Nadie come! ¡Salir!». Por ende, los veinte últimos en
recibir sus raciones tenían que pasar rancho sobre la marcha, es decir, comer
en pleno trayecto hacia el comedor. En ese tipo de encrucijadas uno tenía que
ser sumamente veloz. En una oportunidad me tocó ser el último de todos en
recibir mis alimentos. Caminando hacia el comedor a paso apresurado, devoré la
sopa de un solo bocado; en cuatro o cinco cucharadas terminé el segundo, me
pasé la carne por completo y tomé el refresco de un tirón. El plátano y el pan
me los guardé rápidamente en el bolsillo, saliendo de inmediato a formar para
evitar ser anotado entre los tres últimos.
Durante mi permanencia en la Compañía de Comando y Servicios del Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado "Huascarán" N° 112, cumplí diversas funciones: trabajé como lampero en la carretera que va de Caraz al distrito de Huallanca, fui operador de la central telefónica en el cuartel e integré la banda de músicos. Finalmente, cuando llegó la orden mediante una ley para el traslado de la Compañía "A" N° 112 con destino al caserío de El Pallar, me incorporé de manera voluntaria el 10 de marzo de 1978. Fui parte de los ciento veinticinco hombres de tropa destinados a ser trasladados a Huamachuco, en la provincia de Sánchez Carrión, departamento de La Libertad.
En el año de 1978, en el
Campamento Militar de "El Pallar" a falta de personal de Oficiales,
Técnicos y Suboficiales, los sargentos de Tropa SMO cubrimos el servicio como
oficiales de guardia en la puerta principal del Campamento. Desde los
primeros días del mes de abril del año 1978, siempre nos visitaba un cura
español nacido en Mallorca, se llamaba Sebastián Rosell, este religioso venía
desde el distrito de Huamachuco, él era un gordito bien colorado, este cura nos
tenía cansado y mortificado con sus charlas y misas todos los días domingo
desde las 09:00 horas hasta las 10:30 horas, como el personal de Tropa
trabajaba todos los días desde las tempranas horas hasta el anochecer, casi no
teníamos tiempo ni para lavar nuestras prendas, mucho menos no había tiempo
para jugar fútbol y fulbito. Los días domingo en las horas de la mañana el
centinela que se encontraba en el torreón principal avisaba cuando veía la
camioneta blanca del cura español, cuando éste aparecía por las curvas de
Yanasara, nos alertaba diciendo: “mi sargento ya viene el puca cunka, mi
sargento ya viene el puca cunka”, al escuchar el aviso todos murmuraban y
renegaban. "Puca kunca" traducido en español, significa "cuello
rojo", en aquellos tiempos todo el personal de Tropa ancashino hablaba el
idioma quechua, idioma ancestral de los huaras.
El Sgto2 SMO Chilca Vásquez
Martiniano, era un cholo de 1.75 de estatura aproximadamente, corpulento, quien
tenía el apelativo de “cara de perro”, era natural de Pampas Grande que está
por la zona del distrito de Pira al frente de la ciudad de Huaraz, este
sargento era muy abusivo con el personal civil, en las calles, así por gusto se
peleaba con dos o tres civiles a quienes les masacraba simplemente porque le
daba la gana; muchos pensaban que él era el hombre indicado para capturar al
cura español para mantenerlo en el calabozo por 24 horas; pero él nunca se
atrevió en su condición de valiente bruto. El Cabo SMO Jamanca, era un cholo de
uno de los caseríos de las alturas de Huaraz, con su rostro de indio autóctono,
era también alto y corpulento, obediente y muy sumiso en su conducta, pero bien
observador, un día me dice, lo siguiente: “ He observado tanto a este cura
español y veo que este es la reencarnación del miserable Vicente Valverde que
actuó en nombre de Dios en Cajamarca el 16 de Noviembre de 1532, este todos los
días domingo nos jode, adormece nuestra mente y por este desgraciado ni
siquiera podemos jugar futbol”, al escuchar esas palabras, me quedé totalmente
sorprendido. Yo muchas veces había discutido con este cura cuando llegaba y se
sentaba en las bancas de la guardia de prevención, se discutía principalmente
de la invasión a estas tierras tahuantinsuyanas, de parte de los
españoles comandado por el analfabeto Francisco Pizarro Gonzales, del
exterminio de nuestra raza, del trabajo forzado en las mitas y de todos los
males que nos dejaron como herencia los españoles, pero el cura justificaba de
mil maneras la invasión y todo los demás, este cura siempre trataba de
engañarme o también confundirme con sus argumentos, tal es así que un día me
llené de irá y me propuse a capturarlo y mantenerlo en el calabozo durante las
24 horas.
Un día domingo, cuando ya me
había relevado como oficial de guardia entrante, el soldado centinela de la
puerta principal, desde el torreón dio aviso de la aproximación del cura
español, quien había aparecido en su camioneta blanca por la esquina donde vendían
la chicha de jora embotellada, en las botellas de aceite “capri”, ante el aviso
yo salí inmediatamente para recibirlo, quien como siempre estacionó su vehículo
en las inmediaciones de la guardia. Cuando el párroco bajó del vehículo le
invité a sentarse en las bancas de la guardia, la tropa de reten y reserva se
encontraba sentado al frente al pie de la muralla bajo la sombra, al cura lo
llevé a la banca que estaba junto a la sala de guardia, nos sentamos y como
siempre iniciamos la conversación, entonces preguntas van y respuestas vienen,
pero todo ya estaba preparado, en esas circunstancias armé la ametralladora UZI
que estaba abastecido con 32 municiones de calibre 9 mm, el cañón se la coloqué
en la sien del lado izquierdo, le dije vas a morir español de mierda, entonces
el cura se silenció y no me contestó ni una palabra, el “pobresito” comenzó a
botar sudor, mientras yo pensaba en nuestros antepasados que murieron en manos
de estos ladrones españoles, le dije levántate y camina en esta dirección, ante
mis requerimientos se levantó y caminó con dirección al calabozo, el calabozo
se encontraba en la parte posterior de la sala de guardia, ahí lo llevé siempre
con el cañón puesto en la cabeza, caminó obediente y lo deposité así como se
merecía a este desgraciado puca cunka. Todo estaba coordinado, la tropa vio
todo y nadie hablo, es que todos estaban en desacuerdo con la presencia de este
“religioso” español; el oficial de día, el suboficial Mariano Negri Estrada se
encontraba en su casa, vivía al frente del campamento pasando el puente Pallar,
por ahí tenía una casa alquilada. Pasaron las horas y nadie averiguo ni le
dieron la importancia, tal es así que el cura continuaba en el calabozo, sin
almuerzo y sin cena. Aquella tarde el personal de Tropa después de mucho tiempo
salió de paseo, que contentos se sentían, todos desfilaron por la puerta
principal del campamento, en su mayoría merodeaban por esa esquina donde
vendían chicha de jora en botellas de aceite “capri”, es que donde hay licor
también hay mujeres, la señora dueña de la cantina pues aprovechaba bien el
momento porque tenía dos hermosas hijas de 17 y 19 años respectivamente,
entonces ese inmueble era frecuentado por muchos jóvenes y adultos que trataban
de conquistar a esas lindas chiquillas de hermosos ojos.
20:00 horas de aquel día, comencé a pasar lista de retreta con el personal de la guardia, a esa hora también el suboficial Mariano Negri Estrada, en su condición de oficial de día pasaba lista con el personal de la Compañía, en esas circunstancias cuando me encontraba impartiendo instrucción llegó corriendo a la guardia un sargento que todos le conocíamos como el “cholo blanco” y me preguntó que si había llegado el cura en la mañana, cómo el vehículo del religioso se encontraba cuadrado en las inmediaciones de la guardia le contesté manifestando que el cura se encontraba en Cochabamba y no había retornado hasta este momento, con dicha información retornó el cholo blanco y le informó al oficial de día, mientras yo me quedé organizando los tres turnos de servicio para la noche, esa noche pasé por alto algunas faltas de la tropa menos antiguo, nadie raneó, nadie rotó. Siendo las 21:00 horas el primer turno ocupó sus puestos bajo el comando del cabo de guardia, el turno de reten y el turno de la reserva se dirigieron a la sala de descanso de la guardia, donde procedieron a descansar. Cuando terminó de instalar a los centinelas en sus respectivos torreones, llamé al cabo de castigados e inmediatamente le impartí órdenes para que nadie se apersoné al calabozo, este clase permanecía parado delante de la puerta con el fusil FAL cargado y al seguro, en ese momento por mi cabeza reinaba miles de preguntas, caminé de un lado a otro y decía que pasaría si le hago amanecer en el calabozo a este miserable, al final no me interesaba nada, ni castigos, ni amenazas de nadie, pero decidí darle liberad.
Después del parte de
instalación de las 22:00 horas —momento en que el oficial de día solicita el
reporte a todos los sargentos de semana, quienes informan que el personal de
tropa ya se encuentra acostado y el servicio de imaginarias permanece alerta en
las cuadras—, la quietud se apoderó del campamento. Siendo las 22:45 horas, me
acerqué lentamente al calabozo y ordené abrir la puerta. Al ingresar, encendí
mi linterna de mano; al iluminar los rincones, encontré al pobre cura español
sentado sobre el piso de tierra en una de las esquinas. Me miró sin
remordimientos, como si clamara en silencio por su libertad. Los ojos del
párroco, tan robusto y colorado, brillaban en medio de la absoluta oscuridad.
Me quedé parado por unos instantes observándolo bien y, al final, me compadecí
de él. Le dije: «Padre, ya pasó todo su castigo. Se puede ir, pero le
advierto que debe retirarse sin abrir la boca, calladito nomás».
Obedeció de inmediato. Salió
en silencio y a paso lento, como siempre. El pobrecito debió de haber tenido
muchísima hambre. Cuando dobló la esquina, lo acompañé sigilosamente hasta que
abordó su vehículo. Subió, se colocó al volante, arrancó el motor lentamente y
se alejó de la guardia. A partir de ese momento, pasé el resto de la noche
pensando en las represalias que podrían adoptar mis superiores. Sin embargo, al
final me dije a mí mismo: «¿Qué sanción podré recibir si soy tropa? ¿Me
patearán, me golpearán con un palo, me pondrán de plantón o me sancionarán con
arresto de rigor en el calabozo? ¿Nada más?». En eso medité toda la
madrugada y, para mi sorpresa, al final no pasó nada.
Al día siguiente, la mayoría
del personal de la guardia saliente me felicitó. Me alababan diciendo: «No
hay nadie como usted, mi sargento», y muchos añadían: «Con esa mala
experiencia, creemos que nunca más volverá ese puca cunka español». «Pero
si regresa, ¿qué le va a hacer?», bromeaban otros. Todas aquellas
felicitaciones y conversaciones relacionadas con la detención se manejaban casi
en secreto; solo hablaban de ello los más antiguos en grado, mientras que los
menos antiguos se limitaban a mirarme con asombro y temor. De ese modo, le
dimos un susto descomunal a ese descendiente del "padre" Vicente
Valverde, el satanás de Cajamarca y cómplice del jefe invasor Francisco Pizarro
González, quienes asesinaron, torturaron y exterminaron a millones de hombres y
mujeres en estas tierras en nombre de Dios. El padre Sebastián Rosell se
acordará mientras tenga vida de lo que le hicimos los soldados tahuantinsuyanos
en el Campamento Militar de El Pallar en el año 1978. Jamás volvió a pisar
dicha instalación militar.
El mayor recuerdo que conservo
de mi estancia en ese lugar es haber trabajado en la construcción de la
carretera que va desde el puente Pallar con destino al caserío de Convento.
Allí laboré como obrero con pico y pala, como minador y también como ayudante
del operador de comunicaciones. Lamentablemente para mi promoción, cuando nos
licenciamos en el Campamento Militar "El Pallar" de Huamachuco en el
mes de diciembre de 1978, no hubo ceremonia, ni desfile, ni despedida, ni
diplomas. Por no haber, ni siquiera recibimos la medalla Bolognesi. El oficial
de personal S-1 simplemente nos entregó nuestros certificados y algunos
documentos adicionales, y nos retiramos en total silencio.
Para mí fue una despedida breve y sin glorias, pero el destino me deparaba el regreso a las armas. Tras dos años en la vida civil, postulé a la Escuela Técnica del Ejército e ingresé sin inconvenientes, iniciando así la carrera profesional que me llevaría, años más tarde, a defender a la patria en el Conflicto del Alto Cenepa.


a ya me acordé de ustedes, bueno escribes unas cuantas anegnotas q pasamos pero lo mas importantes estan en la mente de cada soldado, yo me acuerdo casi en cabalidad de tantas cositas q pasó y era muy lamentables.asi yo cumplí mis 2 años de servicio obligatorio.
ResponderBorrara ya me acordé de ustedes, bueno escribes unas cuantas anegnotas q pasamos pero lo mas importantes estan en la mente de cada soldado, yo me acuerdo casi en cabalidad de tantas cositas q pasó y era muy lamentables.asi yo cumplí mis 2 años de servicio obligatorio.
ResponderBorrara ya me acordé de ustedes, bueno escribes unas cuantas anegnotas q pasamos pero lo mas importantes estan en la mente de cada soldado, yo me acuerdo casi en cabalidad de tantas cositas q pasó y era muy lamentables.asi yo cumplí mis 2 años de servicio obligatorio.
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