El mal agüero del sargento «Gato» y las sombras de Huamachuco.- El 22 de diciembre de 1993 quedó grabado en el calendario del Batallón Contrasubversivo N° 323 de Huamachuco con el frío sordo de las tragedias anunciadas. Fue el día en que la muerte reclamó al sargento segundo del Ejército peruano apodado «Gato», un chimbotano recio y curtido en el servicio. Apenas una semana antes, durante siete días consecutivos, «Gato» había formado parte de la patrulla «Huascarán» bajo mi mando. Juntos habíamos ejecutado extenuantes patrullajes disuasivos en las gélidas alturas de la laguna El Toro, Quesquenda y Frailones. Para evitar las letales emboscadas en vehículos, el Comando nos obligaba a desplazarnos siempre a pie, realizando el repliegue bajo el amparo de la oscuridad nocturna. Aquella misión se cumplía a puro lomo: jamás recibimos viáticos, rancho de campaña ni un bolsón de primeros auxilios. Sobrevivimos a más de 4,200 metros de altura en la puna gracias a la solidaridad de los camioneros que transportaban papas, y cuando las lluvias de la madrugada arreciaban, pernoctábamos en las cuevas de los cerros o en las precarias chozas de los pastores de la zona.
Nuestro retorno se inició la
noche del 21 de diciembre. A las 20:00 horas, la patrulla emprendió la caminata
de regreso al cuartel de Huamachuco. Avanzamos toda la noche soportando el
viento helado y la llovizna. Atrás quedaron las siluetas de La Ramada, la
Arenilla y la llanura de Yamobamba. A las 05:00 de la mañana, cruzamos frente a
la puerta de la discoteca Aruba y por la parte posterior del histórico
campanario de la Plaza de Armas, para luego enfilar por la avenida 10 de Julio.
Al fondo se recortaba el cerro El Toro, guardián de una incalculable riqueza de
oro. Gracias a Dios, entramos al cuartel sin novedad. Rendido, pasé todo ese
día descansando en mi alojamiento, eximido de la lista.
La mañana del 22 de diciembre
asumí el servicio como Oficial de Guardia del Batallón. Buscando el tibio
amparo de los primeros rayos solares, me senté en una de las rústicas bancas de
madera destinadas a los civiles que visitaban el cuartel. Desde allí vi
reunirse en el patio de armas a la patrulla del subteniente Reynaldo López
Palomino. Entre los hombres asignados estaba el sargento «Gato», cargando sobre
la espalda el pesado equipo de radio de alta frecuencia HF/BLU Thomson TRC 340,
de fabricación francesa. Al verlo nuevamente en la línea de partida, un mal
presentimiento me encogió el pecho y me quedé pensativo. En el argot de los
viejos patrulleros existía una ley no escrita de funestos resultados: salir de
patrulla voluntariamente siempre atraía a la desgracia; los voluntarios en esas
misiones solían encontrar la muerte.
La situación en el ande
liberteño era crítica. En la ruta que unía la mina Quiruvilca con Huamachuco,
los combatientes del Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso detenían
constantemente los autobuses y camiones en mitad de la noche. Bajo la amenaza de
volar las unidades con dinamita, los subversivos exigían el pago de cupos de
guerra. Para dar tranquilidad a los choferes y pasajeros, el batallón enviaba
continuamente patrullas a batir esas zonas de frío infernal. Por reglamento del
Batallón Contrasubversivo N° 323, la tropa del Servicio Militar Obligatorio que
retornaba de operaciones debía permanecer en el cuartel un mínimo de quince
días realizando labores administrativas o servicios internos. Sin embargo,
«Gato» ignoró las normas de descanso. Movido por su espíritu voluntarioso,
pidió integrarse a la patrulla del subteniente de infantería López Palomino,
bautizada como patrulla «Judío». Su destino era la Central Eléctrica de
Yamobamba, donde brindarían seguridad durante quince días para prevenir los
atentados terroristas que Sendero Luminoso solía planear en las fiestas de
Navidad y Año Nuevo.
A las 13:00 horas de aquel 22
de diciembre, la patrulla «Judío», conformada por veinte soldados del Servicio
Militar Obligatorio, desfiló frente a mi puesto en la Guardia con rumbo a
Yamobamba, con la consigna de custodiar la central hasta el 5 de enero de 1994.
Mientras los soldados se
marchaban hacia la puna, en la comandancia del batallón se vivía un ambiente
completamente ajeno al rigor de las trincheras. A esa misma hora se inició la
ceremonia de imposición de galones para el personal de oficiales, técnicos y
suboficiales recientemente ascendidos. Tras los actos protocolares vino el
brindis reglamentario, que pronto se convirtió en un festejo mayor inundado por
cajas de cerveza y licores. El personal permaneció bebiendo en el casino de
oficiales hasta altas horas de la noche, para luego trasladarse en grupo a
continuar la celebración en la discoteca Aruba. Aquella noche, el mando del
cuartel había quedado en manos de un capitán médico como capitán de día,
secundado por dos sargentos reenganchados.
Sin embargo, la juerga y el alcohol caminaban sobre un terreno minado de viejos rencores. Desde enero de 1992, cuando un suboficial del Ejército murió tras ser baleado por la espalda por un efectivo de la Policía Nacional del Perú en la puerta del club San Francisco, las relaciones entre ambas instituciones estaban totalmente rotas. No había coordinación ni respeto entre los mandos; al contrario, existía una enemistad profunda alimentada por constantes roces y peleas de faldas en el mundo nocturno. Las mujeres de la diversión de Huamachuco dividían sus simpatías entre militares y policías, lo que convertía los fines de semana en el Club Social San Francisco y en la discoteca Aruba en un polvorín a punto de estallar, donde los hombres de uniforme a menudo olvidaban al enemigo común para enfrentarse entre ellos en la oscuridad de las calles.
Sangre en la curva de La Ramada: El último secreto de Yamobamba.- A las 15:00 horas del fatídico 22 de diciembre de 1993, la patrulla al mando del subteniente de infantería Reynaldo López Palomino alcanzó su posición en la Central Eléctrica de Yamobamba. Tras la extenuante caminata, el oficial dejó sus fornituras, su mochila y su arma de reglamento cerca de un inmueble, alejándose momentáneamente para verificar las instalaciones y los terrenos colindantes. Fue en ese breve instante de distracción cuando la fatalidad movió sus hilos. Sin autorización alguna, el sargento Maik Papa tomó la pistola Browning de calibre 9 milímetros del subteniente y, en una imprudencia temeraria, comenzó a jugar con ella. Un disparo seco rasgó el aire de la puna. El proyectil impactó de lleno en la mejilla izquierda del sargento «Gato», saliendo en diagonal justo por encima de su oreja derecha. El chimbotano se desplomó pesadamente, agonizando durante un par de agobiantes horas antes de que la muerte se lo llevara para siempre.
Al regresar y contemplar la
trágica escena, el pánico devoró al subteniente López Palomino. Viéndose al
borde del abismo militar y penal, el oficial se las ingenió junto con la tropa
para urdir un plan que los salvara de la desgracia. La primera alternativa que
cruzó por sus mentes fue desaparecer el cadáver, enterrarlo en las orillas del
río cercano y reportar a la superioridad que el sargento simplemente había
desertado de la patrulla. Sin embargo, optaron por una farsa más elaborada:
simular una emboscada nocturna. Compraron una gallina en un caserío cercano y
arrastraron el cuerpo sin vida de «Gato» hasta una pronunciada curva próxima al
caserío de La Ramada. En ese punto, dispararon la pistola Browning desde tres
ángulos distintos, dejando los casquillos esparcidos en las inmediaciones como
falsos medios probatorios; una farsa de la cual fui testigo in situ al
acudir al lugar de los hechos poco después. Con el simulacro terminado,
tendieron el cadáver en mitad de la carretera, sacrificaron a la gallina y
regaron su sangre debajo de la cabeza del occiso para fingir una hemorragia
masiva causada por el supuesto ataque terrorista.
La patrulla se atrincheró en
el lugar aguardando el paso del primer vehículo. Cuando apareció un camión
procedente de Trujillo con destino a Huamachuco, los soldados le entregaron al
chofer un mensaje urgente: su unidad había sido emboscada y tenían un muerto en
combate. El transportista, pálido de espanto, llegó al pueblo directo a la
comisaría ubicada en la Plaza de Armas. La noticia no tardó en movilizar a las
autoridades policiales.
Mientras tanto, a las 23:00
horas de esa misma noche, la quietud envolvía el Fuerte Mayor «Santiago
Zavala», en el sector La Cuchilla de Huamachuco. El servicio transcurría sin
novedades hasta que el ulular de una sirena policial rompió el silencio andino.
Un patrullero subía a toda velocidad desde la Plaza de Armas, recorriendo la
avenida 10 de Julio con las luces encendidas. En la Guardia de Prevención, los
soldados de la tropa murmuraron con desdén: «Qué escandalosos son estos
tombitos. Mi suboficial, estos tombos miedosos seguro vienen a pedir apoyo
porque les tiemblan las piernas ante los terrucos».
A los pocos minutos, el
vehículo frenó bruscamente en la puerta del cuartel. De la cabina descendió un
comandante de la Policía Nacional, quien con rostro desencajado me informó de
inmediato que una patrulla del Ejército había sufrido una emboscada nocturna
cerca de la Central Eléctrica de Yamobamba. Tras soltar la alerta, el oficial
dio media vuelta y se retiró a toda prisa. Sin perder un segundo, le comuniqué
la novedad al capitán de día —el médico del batallón—, quien ordenó a un
sargento reenganchado localizar urgentemente al comandante de la unidad, Manuel
León Rocha.
Sin embargo, el jefe del
batallón se encontraba en la discoteca Aruba, sumergido en una profunda
borrachera mientras celebraba el ascenso de los oficiales. Nublado por el
alcohol, el comandante León Rocha ignoró por completo el drama de la patrulla
del subteniente López, asumiendo en su embriaguez que los policías solo
buscaban refuerzos por puro miedo. Al retornar de la discoteca, el sargento
reenganchado me confesó con amargura: «Mi suboficial, ya le informé al
comandante, pero me ha dicho que no jodan esos tombos de mierda». Tras el
desaire, el mensajero se retiró a descansar. Yo, combatiendo el frío que calaba
los huesos, me arrinconé en la sala de la guardia, atento a que los centinelas
cantaran sus puestos cada cinco minutos para mantenerse despiertos.
A la 01:30 de la madrugada del
23 de diciembre, la sirena policial volvió a taladrar la noche de Huamachuco.
El patrullero subió nuevamente por la avenida 10 de Julio haciendo un ruido
infernal. Esta vez, el comandante de la policía llegó con mayor rigor y exigió
hablar cara a cara con el capitán de día, advirtiendo que la patrulla destacada
en Yamobamba pedía refuerzos con desesperación. Mandé llamar al médico de
servicio y, tras una breve y tensa charla entre ambos oficiales, el capitán de
día corrió en busca del comandante León Rocha. Lo halló en el interior de la
discoteca Aruba, sumido en un absoluto estado etílico que lo incapacitaba para
dar cualquier orden lógica.
La macabra procesión concluyó
a las 03:00 de la mañana. El patrullero de la policía regresó a la Guardia de
Prevención, pero esta vez transportaba en la tolva los restos mortales de un
sargento que las autoridades aún no lograban identificar. Al bajar el cuerpo
del vehículo, un frío helado me recorrió la espalda al reconocer la verdad: era
el sargento segundo «Gato». Llevaron su cadáver al calabozo y lo dejaron
tendido en el suelo. Vestía el mismo uniforme de campaña con el que había
marchado bajo mi mando horas antes, llevaba puestas sus fornituras y calzaba el
mismo par de zapatos de su última patrulla. Sobre su pecho inerte colocaron su
fusil FAL. Con el paso de las horas, el vientre del occiso comenzó a hincharse
lentamente. Al revisar de cerca el cuerpo, constaté con mis propios ojos la
trayectoria del proyectil: la entrada en la cara izquierda y la salida en
diagonal sobre la oreja derecha. En ese instante, ignorando aún la negligencia
del sargento Maik Papa, sentí una inmensa amargura y maldije con furia a los
«terrucos» por habernos arrebatado a un buen elemento.
Agotado por la vigilia y la tensión, a las 04:00 de la mañana me senté en una pequeña banca de madera cerca del calabozo donde reposaba el cuerpo. El cansancio me venció y me quedé dormido por escasos diez minutos, atrapado en una pesadilla violenta que me oprimía el pecho. De pronto, la voz de alerta del centinela de la puerta principal me arrancó del sueño, resonando con fuerza en el patio de armas: anunciaba que la plana mayor de oficiales, técnicos y suboficiales estaba cruzando la entrada del cuartel, caminando a trompicones y arrastrando una pesada resaca mientras regresaban de la discoteca Aruba, completamente ajenos a que la muerte ya dormía dentro de su propia guarnición.
La mentira del peritaje y la noche de las sogas.- A las 05:00 de la mañana del 23 de diciembre, el patio de armas del cuartel se convirtió en un hervidero de actividad. Rápidamente se organizaron cinco patrullas de combate; cada una integrada por veinte soldados del Servicio Militar Obligatorio y comandada por oficiales y suboficiales. El comando del batallón me nombró al frente de uno de estos contingentes, relevándome de inmediato de mi puesto en la Guardia de Prevención me hice cargo de una de las patrullas de combate. Con los hombres listos y el armamento al hombro, salimos con rumbo al punto donde supuestamente se había perpetrado el ataque terrorista. En la reunión de comandantes recibí una ruta clara: debía avanzar hacia la localidad de Tres Ríos, ascender hasta el caserío de Cushuro y ejecutar el repliegue cruzando el histórico camino de La Escalerilla y la cadena de montañas del Huaylillas.
Las patrullas iniciaron el
despliegue a las 08:00 horas en distintas direcciones, pero la lógica de la
guerra dio un vuelco repentino. A las 11:00 de la mañana, en plena marcha por
los desfiladeros, nuestras radios estallaron con una orden tajante: debíamos
replegarnos de inmediato al cuartel. Aquella contraorden inesperada sembró la
duda en nuestras mentes; era evidente que el comando escondía algo turbio sobre
la muerte del sargento «Gato». Con la sospecha martillándonos la cabeza, las
columnas de diferentes patrullas ingresamos al cuartel por la tarde. En las
cuadras, el chisme corría como la pólvora; todos repetían la versión oficial de
la emboscada, asegurando que un francotirador del PCP Sendero Luminoso había
elegido deliberadamente a «Gato» debido a su imponente estatura y su recia
presencia física, confundiéndolo con el jefe de la patrulla.
Durante los primeros
interrogatorios, el subteniente Reynaldo López Palomino sostuvo la mentira con
frialdad ante sus superiores: «A las 22:00 horas del 22 de diciembre, mientras
nos desplazábamos cerca de la curva de La Ramada, fuimos atacados desde el cerro,
a unos cincuenta metros de distancia. El francotirador disparó de arriba hacia
abajo, confundiendo al sargento con el oficial al mando. El proyectil entró
sobre la oreja derecha y salió por la cara izquierda». Presionados por el
miedo, los soldados que declararon como testigos corroboraron la farsa palabra
por palabra. Convencidos de que el engaño funcionaba, esa misma noche el
comando despachó un sobre lacrado a través de la empresa de transportes Sánchez
López con destino a la 32.ª División de Infantería en Trujillo, conteniendo el
parte oficial de la supuesta emboscada.
Sin embargo, la farsa
científica duró muy poco. A las 10:30 de la mañana de ese mismo 23 de
diciembre, los médicos legistas del Hospital Leoncio Prado de Huamachuco
desbarataron el burdo complot durante la necropsia. El examen pericial
determinó científicamente que el disparo se había efectuado a una distancia
cortísima de apenas cinco centímetros, con una trayectoria inversa: la bala
entró por la mejilla izquierda y salió en diagonal por encima de la oreja
derecha. Con la verdad al descubierto, al comandante de batallón no le quedó
más remedio que ordenar por radio el repliegue de las patrullas que buscaban
fantasmas en los cerros. Pese al contundente informe médico, el mando del
batallón decidió encubrir adrede el homicidio interno para salvar la carrera
del subteniente López, quien deambulaba por el cuartel aterrorizado. El parte
inicial de la emboscada jamás fue corregido, quedando registrado como un
documento válido para los trámites legales y los beneficios de los familiares
de la víctima. Solo por debajo de la mesa, un informe reservado y lacrado
partió rumbo al G-1 y a la Inspectoría de la 32.ª División en Trujillo.
El secreto, guardado bajo
siete llaves por la oficialidad, reventó la lluviosa noche del 6 de enero de
1994. A las 23:45 horas, un grupo numeroso de sargentos, cabos y soldados
—todos naturales de Chimbote y compañeros de armas del finado— regresó al cuartel.
Envalentonados por el abundante licor que habían consumido en las cantinas del
pueblo durante su salida de fin de semana, decidieron hacer justicia por su
paisano. Con paso firme y rostros desencajados, la turba rodeó la oficina del
teniente coronel Manuel León Rocha, comandante del Batallón Contrasubversivo N°
323. Cinco sargentos irrumpieron con violencia en el despacho del jefe,
mientras el resto custodiaba la entrada. Sin rodeos, los subalternos le
cantaron la verdad al comandante, amenazando con revelar el complot militar a
los familiares de «Gato» y a los medios de comunicación de Trujillo si el
crimen quedaba impune.
Esa noche me encontraba
cumpliendo mis funciones como Oficial de Día. Alertado por la conmoción, el
plantón del comandante me llamó con urgencia. Al ingresar a la comandancia,
encontré al jefe de batallón pálido y acorralado frente a los cinco sargentos chimbotanos.
Al verme, el Comandante León Rocha me dictó una orden tajante:
—¡Suboficial! Vaya de
inmediato a la Compañía Morteros y capture al sargento Maik Papa.
Para cumplir la misión,
convoqué al cabo de castigados y tomé una soga de nailon larga y gruesa por si
el sospechoso ofrecía resistencia. Entramos con sigilo a la oscura cuadra de la
tropa. Guiado por el soldado imaginaria, llegué hasta el camarote donde
descansaba el implicado. Retiré la manta de golpe y el sargento Maik Papa
despertó sobresaltado en la penumbra.
—¡Levántese, sargento! —le
ordené con firmeza—. A partir de este momento queda usted detenido.
Le tomé las manos por la
espalda y las aseguré firmemente con la soga de nailon. Para mi sorpresa, el
agresor se mostró dócil y cortés, caminando hacia el calabozo sin oponer la más
mínima resistencia. Mientras avanzábamos bajo la lluvia por el patio de armas,
Maik Papa bajó la cabeza y me confesó con resignación:
—Mi suboficial, soy el único
culpable de la muerte del sargento «Gato». Me iré a la cárcel, caballero nomás,
el subteniente no es culpable.
El destino final de la
patrulla «Judas» se selló en los tribunales de la costa. Por la absurda
imprudencia de jugar con el arma de su superior y arrancar la vida de su
compañero, el sargento Maik Papa fue sentenciado por la justicia militar,
purgando una condena de varios años tras los barrotes de un penal en la ciudad
de Trujillo. Su confesión en la noche lluviosa de Huamachuco desenterró para
siempre el cuerpo de la verdad, que el comando había pretendido sepultar en la
curva de La Ramada.



Asi como esa historias ,han pasado muchas soy promo Oct 86 destacado en el pallar y sta Elena.
ResponderBorrarEs cierto no es la primera vez que se trata de tapar una negligencia que pasa con el personal de tropa y oficiales al no aplicar los procedimientos correctos y establecidos en el uso de arma de fuego.
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