El Cabo SMO que presagio su
muerte y murió abriendo los caminos del Perú
La mañana del sábado 16 de
septiembre de 1978 comenzó con un presagio que nadie quiso escuchar. A las
siete en punto, tras apurar el rancho de la mañana en el Campamento Militar de "El
Pallar", el cabo EP Ernesto Cabrera caminaba entre la tropa con la mirada
perdida.
—He soñado que en la zona de
trabajo me caía del cerro —decía Cabrera a quien quisiera oírlo, con una
insistencia que rayaba en el temor—. Tenía un dolor de cabeza terrible y luego
viajaba en un helicóptero, bajo un inmenso cielo azul. ¿Qué significado tendrá
este sueño? ¿Qué significará?.
Nadie le prestó atención. El
tiempo en el cuartel se mide en segundos y las preguntas metafísicas no tenían
espacio frente a las órdenes del oficial de día. Los soldados corrieron a las diferentes cuadras a
guardar los útiles de rancho y salieron de inmediato a formar en el patio de
armas. El Oficial de Día en el acto pidió parte, constató los efectivos y la columna se
puso en marcha. Los cuatro grupos de trochadores —quince hombres de tropa entre
clases y soldados, entre ellos el propio Cabrera— marcharon con las
herramientas de siempre al hombro: picos, palas, barretas y sogas gruesas.
Sin embargo, dos sargentos del mismo grupo de trabajo decidieron escribir su propio destino aquel fatídico sábado. Cansados
por las jornadas de trabajos forzados en la apertura de la carretera, el
narrador y su promoción, Wenceslao Ramírez, ambos nacidos en las zonas de Huaraz planearon lo que en el argot militar
peruano se conoce como "cabrearse" del trabajo forzado.
Salieron con el grueso del
contingente simulando ir al tajo. El cansancio de romper la roca a golpe de
combo pesaba en los huesos, y aquella mañana la rebeldía juvenil venció a la
disciplina militar. Al cruzar el puente "Pallar", justo en las
inmediaciones de la casa del empleado civil apodado la "Cresta del
Gallo" —suegro del indomable Sargento 1° reenganchado Leónidas Anco
Mamani—, ambos ejecutaron la maniobra. Fingiendo que debían acomodarse las
correas de las ojotas, se retrasaron adrede. Esperaron a que la patrulla
desapareciera tras la curva del "Viento" para deslizarse como sombras
entre los árboles. Cruzaron el río a hurtadillas y caminaron por un sendero
oculto entre campos verdes hasta apostarse justo al frente de la zona de trabajo.
Desde su refugio, echados
plácidamente sobre el gras y protegidos por la sombra de los árboles, los dos
desertores temporales vieron pasar las horas. Conversaban con nostalgia del
Colegio Nacional de La Libertad de Huaraz, las aulas que ambos habían abandonado
antes de terminar la secundaria para vestir el uniforme del Servicio Militar
Obligatorio. Desde esa posición privilegiada, tenían una vista panorámica
perfecta: al frente, la trocha polvorienta vibraba con el ajetreo y el esfuerzo
de sus compañeros, ajenos al drama que estaba por desatarse.
A la distancia, el sueño de
Cabrera se materializó con una precisión de pesadilla. En medio del fragor del
trabajo en la pendiente, el cabo perdió el equilibrio y rodó por el abismo,
cayendo a una profundidad de sesenta metros. El impacto fue seco y certero
contra las rocas; tal como lo había soñado, su cabeza recibió la peor parte del
golpe.
La tragedia movilizó al
campamento, transformando la modorra de la tarde en un despliegue desesperado,
pero el destino ya había cerrado las salidas. Aunque los altos mandos ordenaron
la evacuación inmediata hacia el Hospital Militar Central en Lima, el cielo
azul que Cabrera vio en su letargo se transformó en una muralla gris. Una
tormenta implacable y una densa neblina envolvieron la sierra de Huamachuco.
El helicóptero enviado para el
rescate —un enorme MI-8 de fabricación rusa— luchó contra las ráfagas de
viento, pero las condiciones meteorológicas adversas le impidieron llegar al
campamento. La mole de metal tuvo que aterrizar de emergencia en las alturas,
en la inhóspita zona conocida como "Los Frailones". El cabo Ernesto
Cabrera nunca subió a la aeronave. Murió en la tierra que rompía con su pico,
dejando a la tropa sumida en un asombro lúgubre. En las cuadras, mientras caía
la noche, los soldados repetían una y otra vez las palabras del clase,
comprendiendo demasiado tarde que Cabrera no había tenido un sueño, sino una
despedida.
La Trampa de Polvo y la Soga
Suelta
La rutina de los trochadores
seguía un ciclo implacable de sudor y pólvora. De lunes a viernes, los hombres
perforaban las partes altas del cerro a puro pulmón, hundiendo barretas, picos
y lampas en la roca viva hasta abrir hoyos de dos metros de profundidad,
retirando la tierra en baldes desde el fondo de la excavación. Los sábados por
la mañana llegaba el momento de la verdad: cada pozo se cargaba con dinamita
combinada con doscientos kilos de anfo, se compactaba con tierra húmeda y se
encendía la mecha lenta. La voladura en las faldas del macizo rocoso era un
espectáculo dantesco que sacudía la cordillera, desprendiendo toneladas de
piedra y tierra que sepultaban la ladera en un tramo de doscientos metros a la
redonda.
Aquel fatídico sábado, a las
once en punto de la mañana, el fuego corrió por las mechas. La explosión fue
brutal, un trueno que hizo temblar el campamento y cubrió el horizonte con una
densa y asfixiante nube de polvareda que tardó varios minutos en disiparse.
Cuando el aire se aclaró, el personal de tropa inició el descenso por el
acantilado, amarrados a sogas de seguridad y empuñando barretas para limpiar
los bloques de piedra que habían quedado sueltos en las alturas del abismo.
Fue en ese instante cuando el
destino cobró la profecía de la mañana. El cabo Ernesto Cabrera, confiado en su
destreza, cometió un error fatal: no aseguró correctamente la soga a su cintura
y saltó sobre una roca que parecía firme. El peso de su cuerpo venció la piedra
movida, el nudo se deshizo en el aire y Cabrera cayó al vacío en una caída
libre de sesenta metros, rebotando contra las rocas y la tierra removida del
fondo.
El cabo no murió en el acto.
Con un valor desesperado, intentaba ponerse de pie sobre los escombros, pero el
brutal impacto que había recibido en el cráneo ya era una sentencia de muerte.
El jefe de trabajo ordenó detener las labores de inmediato. Los soldados
rescataron el cuerpo a toda prisa y lo subieron a la única camioneta del
destacamento para evacuarlo al campamento. El repliegue fue tan caótico y veloz
que la mayoría de los reclutas y peones civiles que limpiaban la parte alta del
cerro no lograron identificar al herido en la camilla. Entre el polvo y el
pánico, corrió un rumor equivocado por las pendientes:
—¡Es Pineda! ¡Se cayó el
sargento segundo Miguel Pineda Ramírez! ¿Dónde está Pineda? ¿Dónde está Pineda?
—se preguntaban angustiados unos a otros, buscando con la mirada entre la
polvareda.
Ellos no sabían que el
sargento Pineda se encontraba a salvo, completamente "cabreado" al
otro lado del río, contemplando el desastre bajo la sombra fresca de los
árboles.
Desde su escondite, Pineda y
su promoción, Wenceslao Ramírez, observaron con desconcierto el repliegue
masivo y apresurado del contingente. Los oficiales y suboficiales se marcharon
apiñados en el vehículo, mientras la tropa regresaba a pie a paso acelerado. Al
expirar las horas de su descanso clandestino, ignorantes de la identidad de la
víctima, los dos “cabreados” emprendieron el retorno. Caminaron despacio por el
sendero que cruzaba las extensas chacras del hacendado Francisco Pinillos y se
colaron sigilosamente en el campamento por el sector del Puesto de Vigilancia
N° 7, burlando la mirada del Oficial de Día.
Al cruzar los pasadizos de las
cuadras, se toparon con los rostros desencajados y pálidos de sus compañeros.
Al preguntarles qué había ocurrido, la verdad los golpeó de frente: el cabo
Cabrera era quien agonizaba en la enfermería. El herido había llegado al
campamento mostrando una resistencia asombrosa, intentando levantarse una y
otra vez sobre la camilla ante los ojos del sanitario, pero las fuerzas se le
escaparon en pocos minutos. Aquella tarde, mientras la neblina andina empezaba
a bajar sobre El Pallar, Pineda comprendió el motivo de las preguntas que
Cabrera hacía temprano junto a las pailas de rancho, y por qué el destino había
decidido cambiar los nombres en la boca de sus compañeros mientras él
descansaba bajo los árboles.
El Sudario de Oliva y la
Tierra de Pallasca
Al amanecer del día siguiente, domingo 17 de septiembre, el campamento amaneció con el peso del luto. Se organizó de inmediato una comisión de honor. Al mando del Suboficial de Tercera OEI EP Segundo Tuñoque Tejada, jefe de sección, tres elementos de la Tropa del Servicio Militar Obligatorio —entre ellos el sargento Pineda— subieron al vehículo con rumbo al hospital de la ciudad.
Al ingresar a la morgue, el
frío del ambiente los recibió de golpe. Sobre una fría plataforma de cemento
yacía el cuerpo sin vida de su compañero de armas. El daño interno era
evidente: su cabeza se encontraba totalmente hinchada por el trauma de la caída.
Con el respeto que se le debe a un soldado caído en primera línea, la comisión
procedió a prepararlo para su último desfile. Le colocaron un uniforme nuevo,
limpio y planchado, pero la tarea se tornó difícil. La muerte lo había
sorprendido en plena lucha, y sus extremidades, totalmente extendidas y
rígidas, ofrecieron una tenaz resistencia antes de poder acomodarlo dentro del
cajón.
Esa noche, el féretro fue
trasladado al Club de Tiro de la ciudad de Huamachuco. El pueblo entero y las
principales autoridades políticas de la provincia de José Faustino Sánchez
Carrión se volcaron al recinto para velar al soldado de la patria. El velorio
se convirtió en un rito de resistencia andina y castrense: los oficiales, los
soldados y los civiles chaccharon harta hoja de coca durante toda la noche,
manteniendo los ojos abiertos y el espíritu alerta, compartiendo el amargor de
la hoja verde en memoria del amigo ausente.
Al tercer día, la provincia se
detuvo por completo. Se decretó feriado en la ciudad; los colegios cerraron sus
aulas y los escolares, junto al pueblo en general, marcharon en una
multitudinaria procesión hacia el Cementerio General. Los restos del Cabo Ernesto
Cabrera quedaron depositados momentáneamente en uno de los nichos del
camposanto huamachuquino, bajo el resguardo de los cerros que tanto había
trabajado.
Sin embargo, el descanso en Huamachuco sería temporal. Un mes después, sus familiares llegaron desde su tierra natal para reclamar su cuerpo. El cabo Cabrera emprendió el viaje final hacia su origen: la ciudad de Cabana, en la provincia de Pallasca, Áncash. Allí, bajo el mismo cielo azul e inmenso que vio en su sueño del sábado, el "Hombre del Huascarán" recibió sepultura definitiva con los máximos honores militares, despedido por su pueblo como un héroe de la ingeniería militar que entregó su vida abriendo los caminos del Perú.


el cabo fallecido no es de ancash si ,no de trujillo de la 1ra promocion de la libertad,de la cual pertenesco soy tte,e,p en retiro.me gustaria contacrme contigo para cambiar experiencia,saludos
ResponderBorrarDurante el año 1978 falleció en cabo SMO Ernesto Cabrera, él fue de Cabana, con él partimos desde Caraz. A la primera promoción de Tropa que llegó de la "Libertad" en mi condición sargento semana yo les recibí, de ustedes tengo muchos recuerdos porque jugamos fútbol en Cochabamba, Chugay, El Pallar, etc. El segundo muerto si es de Trujillo, él murió mas abajo, cuyo nombre no recuerdo.
ResponderBorrarentonces es el 2do frio,ya que el que murio mi promo hera de laredo,tu promocion creo es pantoja un colorado q le encontre una vez en trujillo,tu estuviste cuando le clavaron rigor a tuñoque,por llegar borracho y masacrarlo a mi promo nureña,y nosotros le fuimos a levantar al my machivelo quien le ordeno que le encierren en el calabozo,sabias q de la 2da promocion de trujillo salio un renganchado que luego fue sub oficial nos reconocimos en tumbes,y el actual alcalde de huamachuco es de la 1ra promo de huamachuco.saludos.
BorrarBIEN AMIGO PINEDA SI ASI FUE, Q, NO TE ACUERDAS DE MÍ .
ResponderBorrarYo, soy Miguel Pineda, llegué al caserío de Pallar con el grado de sargento 2do, soy mas antiguo que Pantoja, me licencié en el mes de diciembre de 1978. Hubo un problema para este licenciamiento, en esos días habían detectado la infiltración de tropas de Ecuador al territorio peruano en la Cordillera del Cóndor en el departamento de Amazonas; por ende, suspendieron la baja del personal hasta nuevo orden, el mayor Walter Machiavelo Corcuera había viajado a la 7ma División de Lambayeque, pues administrativamente pertenecimos a Lambayeque y operativamente al batallón de Caraz. Resulta que ya finalizaba el año 1978 y no llegaba el mayor Machiavelo, según comentarios iba a retornar después del año nuevo trayendo consigo la ropa civil, medalla de bolognesi, diploma de los licenciados etc. Pero también había comentarios que la baja se suspendería hasta nueva orden por posible Guerra con Ecuador, pero ya no había dotación de rancho para nosotros. En esas situaciones de incertidumbre e la mañana del 22 de diciembre de 1978 se reunió todo mi promoción y juntos fuimos donde la oficina del S-1 y le obligamos al teniente Gustavo Espinoza para que nos entregue de inmediato todo nuestros documentos, como: La libreta Militar, certificado de Servicio Militar y la Constancia, nos lo entregaron sin problemas, bueno lo que queda como anécdota es lo siguiente: Para mi promoción que se licenció en el campamento Militar de El Pallar, no hubo ceremonia, no recibimos la medalla de Bolognesi, no recibimos la ropa civil, zapatos, y otros. Nadie nos dio la mano, nadie nos dijo gracias por los servicios prestados, nos retiramos en total silencio.
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