Era la primera semana de enero
de 1981 cuando puse un pie en la ciudad de Lima. Tenía veintidós años y el pecho cargado con
todas las ilusiones provincianas de quien llega a la gran capital, esa inmensa
mole de cemento y acero, dispuesto a ganarse un lugar en el mundo. Venía con la
mística del cuartel en las venas, pues ya había servido a la patria como tropa
del Servicio Militar Obligatorio. Mi meta estaba clara: la Escuela Técnica del
Ejército en Chorrillos.
El examen de admisión fue una
batalla dura. Logré ingresar en el puesto 260 de un total de 500 alumnos. Sin
embargo, la alegría se tiñó de incertidumbre cuando me enteré de que las
vacantes para las dos especialidades que yo anhelaba —Auxiliar de Abastecimiento
y Operador de Comunicaciones— se habían agotado de inmediato. Aquellos sueños
trazados desde mis tiempos de recluta parecían truncarse de golpe. Me convertí,
a mi pesar, en uno de esos alumnos flotantes, un alumno sin especialidad.
Una mañana, el destino nos dio
cita en el auditorio de la escuela. Nos reunió el teniente coronel de
Infantería Antonio Alcocer Pajares. Al mirar a mi alrededor, la sorpresa fue
grande: éramos 145 los alumnos que seguíamos en el limbo. El comandante leyó
las necesidades del Ejército con voz firme: hacían falta 60 hombres para
mecánicos de comunicaciones, 55 para mecánicos de vehículos a rueda y 30 para
músicos militares.
Al escuchar la última opción,
el corazón me dio un vuelco. Recordé mis días en el distrito de Caraz, allá en
Huaylas, Ancash, donde me deleitaba tocando el trombón de barra durante el
servicio militar. Resignado, pensé para mis adentros: «Es mejor ser un buen
músico que un mecánico de comunicaciones mediocre».
Fue entonces cuando el
comandante Alcocer, a cargo de la parte académica, se plantó frente a nosotros
y nos dio una verdadera «lavada de cabeza». Sus palabras resonaron con la
fuerza de una orden de combate:
—El personal de mecánicos de
comunicaciones y electrónica es el mejor considerado a nivel Ejército, ¡y sin
embargo aquí nadie quiere esa especialidad! —exclamó, barriéndonos con la
mirada—. Los mecánicos de vehículos a rueda, además de ganarse el respeto de
sus jefes, tienen el futuro asegurado porque pueden trabajar en la calle y
ganarse un ingreso extra. Y ser músico militar es un orgullo inmenso; muchos de
ellos integran la Sinfónica Nacional y la Gran Banda del Ejército.
Cuando el comandante guardó
silencio, el auditorio se convirtió en un nido de murmullos. A mi lado, unos
alumnos decían con sorna que ser músico era para «huevones»; otros replicaban
que los mecánicos de vehículos vivían eternamente cochinos, cubiertos de grasa.
El ruido de las críticas me llenó de dudas y los nervios empezaron a
traicionarme.
—¡Salir al frente los que
desean ser mecánicos de comunicaciones y electrónica! —rompió la voz del
comandante.
El piso tembló. Decenas de
alumnos corrieron a formar una fila india. Espoleado por el instinto, corrí
también y logré acomodarme en el puesto número 35. Cuando volteé a mirar, la
fila se extendía detrás de mí con más de 60 postulantes. Acto seguido, se convocó
a los mecánicos de vehículos a rueda y otra marea humana se lanzó a la carrera.
Como era de esperarse, ambas especialidades terminaron con exceso de personal,
mientras que la fila de los músicos seguía desierta. Sin dar más vueltas al
asunto, los oficiales ordenaron a los últimos de los grupos excedentes pasar a
cubrir los 30 puestos de músico militar. El problema quedó resuelto en un
plumazo.
Los meses pasaron y la vida
militar me enseñó a observar el terreno con ojos críticos. Con el tiempo, pude
constatar una gran verdad dentro del Ejército peruano: casi la totalidad de los
músicos militares provenían de la reserva, civiles captados como personal
asimilado. Lo mismo ocurría con muchos excelentes mecánicos de vehículos. Si
bien eran impecables y brillantes en sus oficios técnicos, a todos ellos les
faltaba algo sagrado: la fibra del militar moldeado en las escuelas de
formación. Por su escasa doctrina, carecían de ese don de mando necesario para
guiar a la tropa y, cuando las papas quemaban en el frente, no participaban en
las operaciones de combate como comandantes de patrulla.
Aquel día en el auditorio de Chorrillos, el azar y un grito a tiempo me salvaron de la música y me entregaron a la electrónica, dándome el carácter y el mando que solo un verdadero soldado de escuela posee.
El peso del cemento y la sangre.
- Siempre
me sentí orgulloso de mis raíces. Llevaba en las venas la herencia de mis
ancestros autóctonos de Chavín de Huántar, allá en Huari, Ancash. Era un joven
mestizo andino y mi primer idioma, el que modeló mis pensamientos, fue el
quechua ancashino. Recién a los nueve años, cuando mis padres me matricularon
en una escuela rural, escuché el español por boca de una profesora que dictaba
las clases en esa lengua extraña. Aquella transición fue un proceso lento y
gradual. Con el tiempo, tras cruzar la primaria y la secundaria, me volví
bilingüe, aunque cargaba con ese dejo y esas incorrecciones gramaticales
propias de quien aprende el castellano como segunda lengua.
En el Colegio Nacional «La
Libertad» de Huaraz, donde cursé la secundaria, jamás experimenté el desprecio;
la cosmovisión del hombre andino se respetaba. Sin embargo, el verdadero choque
con la realidad me aguardaba en Lima, dentro de los muros de la Escuela Técnica
del Ejército, entre 1981 y 1983. Allí sentí, por primera vez y con todo su
peso, la hostilidad cultural y racial.
Lo más doloroso era el origen
de esa crueldad. Venía de muchachos cobrizos como yo, hijos de migrantes
serranos o «charapas» que habían inundado los conos de la capital
convirtiéndolos en pueblos jóvenes. Aquellos muchachos de apellidos Quispe o
Mamani, ya aculturados por la corriente occidental de la costa, se creían
distintos. En las reuniones sociales, cuando sonaba la salsa o el rock and
roll, se transformaban. Al abrigo de la masa, liderados siempre por algún
cabecilla, se burlaban con cobardía de mi tono de voz y de mis frases. En el
campo aprendí que los animales atacan en manada al que ven diferente; me dolió
comprobar que el ser humano cae con facilidad en esa misma conducta salvaje.
En ese ambiente, el hombre de
la sierra tiene que ser fuerte, tanto en el espíritu como en los puños. Esos
conflictos solo encontraban solución en el terreno del combate. En el cuartel,
si triunfabas en una pelea, te ganabas el respeto de todos; un respeto
hipócrita, tal vez, pero efectivo para acallar las afrentas directas. Así fue
como tuve que cuadrar a golpes a varios alumnos discriminadores del norte, al
panameño Juan Tovar y a algunos compañeros afroperuanos. Tras el veredicto de
los puños, las burlas se redujeron a murmullos a mis espaldas.
Pero el veneno no solo corría
entre los alumnos. Venía también de arriba, de oficiales y suboficiales que
debieron ser guías y terminaron siendo verdugos. Recuerdo claramente al
Suboficial de Tercera e instructor militar Faichin García Jarol. Con una saña
constante, nos espetaba a los provincianos y a los muchachos más corpulentos
insultos que pretendían quebrar nuestra dignidad: «Serranos de mierda,
indios de mierda... al indio y al mulo, palo en el culo», solía gritarnos,
para luego rematar contra los gorditos: «Mejor pide tu baja, tú con ese
cuerpo das vergüenza en el Ejército».
La discriminación alcanzaba
incluso a la música, el alma de los pueblos. El huayno, el huaylas y la
naciente música chicha de Los Shapis, Chacalón o Los Mirlos estaban proscritos.
En el auditorio de la escuela, durante el Día de la Madre o las festividades
oficiales, solo se permitía la salsa, el rock, la música criolla y las danzas
afroperuanas. Esa misma censura la sufrí en las fiestas de sección y de
compañía por diferentes zonas de Lima; nuestra música era tratada como algo
inferior.
A pesar de la hostilidad, el desprecio y el barro que intentaron arrojarnos, la constancia se impuso. Soporté tres años de exigencia técnica y coroné el esfuerzo con el curso básico de paracaidismo militar. El 14 de diciembre de 1983, con la frente en alto y la identidad intacta, me gradué como Suboficial de Tercera en la especialidad de Mecánico de Comunicaciones y Electrónica. Salí de Chorrillos con el título en las manos, como un orgulloso integrante de la 12ª Promoción «Soldado Alfredo Vargas Guerra», demostrando que la fibra andina no se quiebra ante el cemento de la capital.
La cofradía de los cabreados.
- A
las trece y treinta horas, el pabellón de las cuadras se transformaba en un
tablero de ajedrez. Era la hora de la revista de roperos y sectores de
limpieza. Siempre sobresalí en ese ritual; el orden y la pulcritud eran mis
cartas de presentación. En contraste, aquellos elementos costeños que se
jactaban de ser los más "vivos" de la promoción solían pasar una
revista desastrosa. En el código militar de aquellos tiempos, la injusticia era
una ley no escrita: «Por uno pagan todos». Así nacían las llamadas
"masacres", castigos colectivos donde cuarenta alumnos pagaban con
sudor la negligencia de un par de descuidados.
Cuando la orden de castigo
restallaba en el aire, el destino habitual era la pista de combate.
Cuatrocientos metros de longitud y catorce obstáculos que debíamos devorar en
dos o tres vueltas infernales. Regresábamos a las cuadras empapados en sudor y
con el uniforme cubierto de polvo. En otras ocasiones, el escenario del
suplicio era la huerta de manzanos ubicada detrás del auditorio. Allí, bajo el
sol implacable, nos obligaban a rampar de pecho, de espalda, a dar volantines,
a "ranear" y "cangurear" hasta que las piernas dijeran
basta.
Esas prácticas no eran un
juego. A mediados de 1981, la tragedia golpeó a la escuela. El alumno piurano
Buenaventura Murguía Quevedo, de la especialidad de Mecánica de Armamentos,
calculó mal un salto durante el pasaje de obstáculos en la pista de combate. Su
cabeza impactó de lleno contra el borde de cemento del pozo del terraplén. Hubo
un silencio espantoso; brotó sangre de su nariz y la vida se le escapó allí
mismo, sobre la tierra.
Aquella muerte me reafirmó en
una convicción: había que ser inteligente para sobrevivir. Durante mis tres
años en la ETE, logré esquivar las masacres más severas. Participé, por
supuesto, en sanciones menores en horas de las noches, pero cuando el ambiente
olía a un castigo de gran envergadura, yo simplemente me esfumaba. Me buscaban
por mar y tierra, pero nadie daba conmigo.
Tenía mis santuarios. A veces
ganaba el taller y almacén de material de comunicaciones del Técnico de Tercera
Córdoba Cajapuri; cerraba la puerta por dentro y me ponía a limpiar los equipos
con un celo profesional intachable. Otras veces, me refugiaba en los servicios
higiénicos cercanos a las aulas, sentado en un rincón apartado, devorando mis
libros en silencio. Mi escondite favorito, sin embargo, era la proveeduría.
Llegaba corriendo, me ofrecía voluntario para fregar los pisos o acomodar los
pesados costales de víveres en los anaqueles y, a cambio del esfuerzo, los
encargados me recompensaban permitiéndome comer harto pan en la tranquilidad de
la despensa.
No estaba solo en esta
estrategia de supervivencia. En cada sección de las distintas especialidades
existía un reducto de hasta seis alumnos a los que llamábamos los
"cabreados". Éramos una logia silenciosa. Nos conocíamos las caras,
compartíamos los códigos y guardábamos un pacto sagrado: jamás delatar los
escondites del otro.
Sé que muchos de mi promoción
guardan un recuerdo amargo del día previo a nuestra graduación. El mando
decidió despedirnos con una masacre antológica. Primero los molieron en la
pista de combate, donde ramparon hasta quedar cubiertos de tierra. Luego, a paso
ligero, los llevaron al lodazal detrás del auditorio. Allí, los futuros
suboficiales de la patria terminaron rampando de espaldas sobre el fango.
Yo, en cambio, contemplaba el
espectáculo cómodamente apostado tras una de las ventanas de la enfermería. Sin
embargo, la fortuna casi nos traiciona. El mismísimo comandante del Batallón de
Alumnos, el teniente coronel de Infantería Samuel Echáis Feijoo, notó el vacío
en las filas. Al percatarse de que faltaba un número considerable de hombres,
avanzó dando gritos enfurecidos hacia la enfermería, donde nos ocultábamos seis
"cabreados" de diferentes secciones.
El eco de las botas del
comandante sobre el piso nos heló la sangre. El tiempo se detuvo. En un
parpadeo, gané el armario donde se guardaban las prendas de los enfermos, me
metí en él y jalé la puerta corrediza de madera. Los otros corrieron
despavoridos hacia la parte posterior de los galpones.
—¡¿Dónde están los cabreados?!
¡¿Dónde están los cabreados?! —bramó el comandante Echáis al entrar, encarando
al alumno adjunto del enfermero de servicio.
El oficial revisó cada ambiente de rincón a rincón, abriendo estancias y bufando de rabia, pero el clóset no se movió y no encontró a nadie. Minutos después, el peligro pasó. Mientras la gran mayoría de aquellos seudo "vivos" costeños y "charapas" se revolcaban en el lodo con el cuerpo cubierto de barro, yo pasé las últimas horas de mi vida de alumno en absoluta calma, mirando el paisaje desde el ventanal. Al día siguiente, con el uniforme impecable y sin un solo rastro de lodo, me gradué como suboficial del Ejército peruano.
La noche del casco rodante del teniente de infantería César Lozano Chumpitaz . - Dentro
del cuerpo de oficiales de la escuela, cada uno tenía su fama, pero el teniente
de Infantería César Lozano Chumpitaz destacaba por derecho propio. Natural de
Ica y con un dejo medio tartamudo que intentaba camuflar con rudeza, se
desempeñaba como comandante de la sección "B" de los mecánicos de
comunicaciones y electrónica. Su pasatiempo favorito era irrumpir en las horas
del estudio obligatorio nocturno para "masacrar" a los alumnos sin
mayor motivo que el de imponer su presencia. Sin embargo, conmigo se topó con
la horma de su zapato. Más de una vez utilicé mi astucia de
"cabreado" para hacerle pasar malos ratos.
La ocasión perfecta se
presentó una noche en que el teniente Lozano se encontraba como Oficial de
Guardia y a mí me tocó servir como su adjunto. Sabía perfectamente cómo operaba
la burocracia del cuartel y decidí jugarle una carta arriesgada. Aprovechando
un descuido, tomé las llaves de la puerta principal de la escuela y las escondí
deliberadamente en el fondo de uno de los cajones del escritorio.
Dieron las veintidós horas y
el reloj encendió las alarmas: el vehículo del subdirector de la escuela se
disponía a salir y las rejas estaban completamente encadenadas. El teniente
Lozano entró en pánico, buscó las llaves por todos lados tartamudeando de la
rabia, pero el auto del superior no pudo cruzar el umbral. Aquel "descuido"
administrativo le costó caro al oficial: el mando lo sancionó con dos días de
arresto simple.
Por supuesto, Lozano no tardó
en sospechar de su adjunto. Como represalia inmediata, esa misma noche desató
toda su furia contra mí. Me ordenó ranear y rampar sin tregua bajo la oscuridad
del patio. El ejercicio era extenuante, pero mi resistencia física, forjada en
el campo y en el servicio militar previo, me mantenía firme.
A eso de la una de la mañana,
la fatiga ya hacía mella en el cuerpo, pero no en mi orgullo. El teniente,
parado con postura rígida, me ordenó rotar a toda velocidad por la parte
posterior del monumento al Sargento 2do Fernando Lores Tenazoa. Pasé a toda
velocidad por su costado y, en un movimiento calculado para que pareciera un
accidente, mi hombro impactó contra su casco de fibra. El golpe fue certero: el
casco salió volando por los aires y rodó ruidosamente por el asfalto a más de
veinte metros de distancia.
Aquello fue la gota que
derramó el vaso. Lozano, fuera de sí y con la cara desencajada por la
humillación, me impuso el castigo definitivo para lo que restaba de la
madrugada:
—¡P-p-póngase en posición de
rana y se m-me queda como centinela de la puerta principal hasta el amanecer!
—bramó.
Soporté el suplicio físico sin emitir una sola queja. Permanecí en esa posición incómoda, viendo cómo las estrellas de Chorrillos se apagaban lentamente para dar paso a la claridad del nuevo día. No dormí ni un solo minuto de aquella jornada. Pocas horas después de ponerme de pie y sacudirme el polvo del uniforme, ingresé al aula para rendir el examen final del exigente curso de electrónica. Lozano pensó que me había quebrado, pero ignoraba que la mente de un soldado de escuela puede funcionar a la perfección incluso cuando el cuerpo exige tregua.
El capitán de la buena estrella.
- La
primera semana de enero de 1981 no solo trajo el frío cemento de la capital,
sino también la dura realidad de la postulación. Me presenté a la Escuela
Técnica del Ejército con el orgullo de ser licenciado de tropa y ostentar el
grado de sargento segundo. Sin embargo, en el tablero de las admisiones de
aquellos años, yo corría con desventaja: era un joven provinciano que venía
solo, sin un padrino, sin un oficial de alta graduación que sacara la cara por
mí en caso de una eliminación injusta o un error burocrático.
Fui asignado al Grupo Número
20, una masa de cincuenta postulantes que compartíamos el mismo nerviosismo. El
proceso comenzó con el examen de perfil antropométrico, una prueba donde los
médicos revisaban cada centímetro de nuestra anatomía con la minuciosidad de
quien examina ganado. Nada más empezar, la mala fortuna me golpeó en el rostro.
Los oficiales médicos ordenaron apartarme de la fila. Dictaminaron que mis
hombros estaban ligeramente desnivelados y, con un trazo de lapicero, me
declararon inapto.
El mundo se me vino abajo.
Durante interminables veinticinco minutos permanecí de pie en las inmediaciones
de la puerta del consultorio, con el pecho apretado por la preocupación y el
miedo de ver truncado mi futuro antes de haber empezado a marchar.
Fue entonces cuando ocurrió el
milagro. Como si hubiese sido enviado por un diseño superior, un "ángel
salvador" de uniforme apareció de la nada. Era un capitán de tez blanca,
rasgos caucásicos y cabello castaño a quien jamás había visto en mi vida. El
oficial se detuvo frente a mí, me escudriñó con la mirada por unos segundos y,
con voz firme, me preguntó:
—¿Eres licenciado?
—Afirmativo, mi capitán
—respondí de inmediato, cuadrándome con la fibra que me quedaba—. Soy
licenciado con el grado de sargento segundo. Aquí están mis documentos.
El capitán tomó mis papeles,
les dio una mirada rápida y, sin dudarlo, cruzó el umbral del consultorio
médico. Adentro, plantándose frente a los doctores que me habían descartado,
abogó por mí con una seguridad que no admitía réplicas:
—Este postulante es licenciado
del Ejército con el grado de sargento segundo. Hace setenta planchas, quince
barras y, por si fuera poco, es atleta.
La autoridad de sus palabras pesó más que cualquier examen visual. Los médicos, sin emitir una sola palabra de reclamo, cambiaron mi condición y estamparon el sello de aprobado. Aquel oficial providencial se llamaba Rolando Jurutunay Makperson, a quien en los pasillos de la Escuela Técnica del Ejército todos conocían bajo el apelativo de "Mono Blanco". Su intervención no solo corrigió una injusticia médica, sino que me devolvió a la carrera, permitiéndome demostrar que, efectivamente, la fibra de sargento ya corría por mis venas.
Las especialidades de papel. -
El
tiempo y los años de servicio otorgan una lucidez que los manuales de
escritorio no pueden contradecir. Tras transitar por los pasillos de la Escuela
Técnica del Ejército y quemar mis pestañas en el campo, entendí que existen
cinco especialidades que, aunque útiles, carecen de verdadera relevancia
técnica e importancia estratégica en la institución: Estado Mayor, Operador de
Comunicaciones, Policía Militar, Instructor Militar y Auxiliar de
Abastecimientos. En mis tiempos de alumno, la ETE obligaba a los jóvenes a
estudiar estas ramas durante tres largos años; una inversión de tiempo absurda
si se considera que cualquier soldado con criterio y un entrenamiento básico
puede desempeñarlas con éxito en el terreno.
Mi propia carrera es el
testimonio vivo de esa redundancia burocrática. Sin poseer el título oficial de
Estado Mayor, asumí con éxito las riendas logísticas como S-4 titular de un
batallón completo. También me desempeñé como Instructor Militar sin haber cursado
esa especialidad, y durante años alterné las funciones de Operador de
Comunicaciones con las de Mecánico de Comunicaciones y Electrónica sin el menor
inconveniente.
A pesar de esta realidad, en
los últimos tiempos el Ejército se ha dedicado a inventar títulos vacíos:
Auxiliar de Infantería, Auxiliar de Ingeniería, Auxiliar de Comunicaciones,
Auxiliar de Artillería, rancheros y un largo etcétera. En el campo de las realidades,
estas ramificaciones no tienen razón de ser. Un verdadero Mecánico de
Comunicaciones, por ejemplo, debe poseer el conocimiento integral para abarcar
tanto la operación como el mantenimiento de todo el material de campaña. Crear
una especialidad para el operador, y peor aún, una para el
"auxiliar", solo sirve para fragmentar la eficiencia militar.
La Escuela Técnica del
Ejército debe dejar de lado la burocracia y priorizar las especialidades
técnicas de alto nivel, aquellas que marcan la diferencia entre la victoria y
la derrota: comunicaciones y electrónica avanzada, blindados, aeronáutica,
mecánica de vehículos pesados, armamento, cohetería y maquinaria pesada de
ingeniería.
Lamentablemente, el sistema
prefiere el papeleo al conocimiento real. Durante mis treinta y cinco años y
seis meses de permanencia en el Ejército del Perú, jamás recibí una
capacitación técnica real o de vanguardia. La institución siempre nos alimentó
con engaños impresos, cursos que solo existían en el papel y manuales repletos
de "paporretas" teóricas que no servían para solucionar los problemas
reales de los equipos en el frente. Al final, la verdadera destreza no la dio
la escuela con sus títulos inventados, sino la fibra y la astucia del técnico
que aprendió a resolver el caos con sus propias manos.
Las batallas en la hora del rancho.
- En
los primeros años de la década de los ochenta, el racismo en el Perú era una
herida abierta y purulenta. La peor parte se la llevaban siempre los alumnos
recién «bajados» de las zonas de la sierra, y en esa maquinaria de desprecio,
la ciudad de Lima le llevaba la delantera al resto de la costa. Esa era nuestra
compleja y hostil realidad.
Los roces empezaron temprano,
en enero de 1981, cuando apenas era un postulante que intentaba asimilar el
rigor del cuartel. El hostigamiento provenía de grupos de postulantes negros y
zambos que jamás actuaban solos; fieles a la costumbre de la calle criolla, se
movían siempre en «mancha». Bastaba que nos cruzáramos en los patios para que
un grupo de tres o cinco de ellos se agrupara y uno lanzara el dardo: «Serrano
piojoso, serrano come cancha». Acto seguido, el resto estallaba en risas
burlonas, celebrando la afrenta como si fuera una gran hazaña.
Frente a la provocación en
grupo, la prudencia dictaba guardar silencio. Sin embargo, no era un silencio
de sumisión, sino de acumulación. Fui guardando cada palabra ofensiva, cada
risa cobarde, masticando la rabia en el fondo del pecho mientras esperaba mi
momento.
La oportunidad de cobrarme
aquellas deudas llegó cuando pasé a ser alumno de primer año. El escenario
elegido fue el comedor, durante las horas del rancho. Allí, entre el tintineo
de los cubiertos de metal y el bullicio de cientos de hambrientos, comencé a
ejecutar mi venganza. Aprovechaba cualquier descuido en las filas de
distribución, el reparto de las raciones o los pasadizos estrechos entre las
mesas para empujarlos, quitarles espacio o hacerles sentir el rigor de mis
puños de forma solapada.
Pero en la escuela nadie juega solo. Aquellos elementos costeños tenían sus propios defensores; entre ellos se apoyaban de inmediato, cerrando filas para no quedarse atrás. Lo que empezaba como un cruce de miradas en la fila del rancho se transformaba rápidamente en un hervidero de tensiones contenidas, donde los platos de comida y las bancas de madera eran testigos de una guerra sorda por el territorio y la dignidad. Ellos tenían la ventaja de la mancha, pero yo tenía la paciencia y la fuerza del hombre de la cordillera que no sabe rendirse.
La hora de Rancho: La venganza
del servidor y el escape del ropero. - En los comedores de la Escuela
Técnica del Ejército, el almuerzo y la cena no eran momentos de paz, sino una
extensión de la jerarquía de la vida castrense. Las mesas estaban dispuestas
para diez comensales. A la cabeza, como jefe de mesa, se sentaba un alumno de
tercer año o, en su defecto, uno de segundo. Los asientos restantes los
ocupaban los menos antiguos, y al alumno de primer año le correspondía la tarea
de «servidor». En 1981, siendo yo un alumno de primer año, descubrí que ese
puesto de sirviente era, en realidad, una posición de poder. Me ofrecía como
voluntario adrede.
Teniendo el cucharón en la
mano, aplicaba mi propia ley. A los alumnos negros y zambos que se la pasaban
insultándome en los patios les servía una miseria, apenas una cucharada que se
perdía en el fondo del plato. En cambio, a los muchachos de apariencia serrana
les llenaba el plato hasta los bordes. Al final, haciendo honor al viejo refrán
que dice «el que parte y reparte, se lleva la mejor parte», servía mi
propio rancho. Mi plato era una montaña imponente de arroz, guiso y frijoles
que bien parecía el Morro Solar de Chorrillos.
Semejante atrevimiento no
pasaba desapercibido. Los jefes de mesa costeños, cerrando filas para apoyar a
los suyos, a menudo me arrebataban el plato lleno y se repartían mi comida ante
mis ojos, dejándome con el estómago vacío. En otras ocasiones, me dejaban cenar
en paz, pero con una doble intención.
—Termina de tragar, perro —me
decían.
Apenas dejaba el cubierto, me
conducían a sus cuadras para someterme a una «masacre» por relajado. Con el
estómago lleno y pesado, me obligaban a ranear, cangurear, hacer planchas y
polichinelas bajo una lluvia de insultos: «Eres muy relajado y pendejo,
serrano de mierda». Hubo noches en que la indignación superaba al
cansancio. Me rebelaba. Me plantaba firme, los miraba a los ojos y me negaba a
cumplir las órdenes. Al ver que los golpes no me quebraban, tres o cinco
antiguos me rodeaban lanzando amenazas espumosas: «Perro, te vamos a hacer
volar en conducta... ya te jodiste, estás en la lista negra». Al final,
incapaces de doblar mi voluntad, sus gritos se apagaban y yo regresaba
victorioso a mi cuadra.
Sin embargo, el abuso rozó el
límite la noche en que el alumno arequipeño Granda Tapia me llevó a su sector.
Tras hacerme ranear y rampar por el piso debajo de los camarotes, me ordenó
trepar a lo alto de su ropero de metal. El espacio entre el mueble y el cielo
raso de la cuadra era mínimo. Tuve que permanecer allí arriba, agachado en una
incómoda posición de rana, con las palmas de las manos sosteniendo el techo
para no golpear mi cabeza.
Antes de meterse a su cama,
Granda me miró desde abajo con desprecio:
—Perro, ahí te vas a quedar
por relajado y pendejo hasta las cero trescientas horas. ¿Alguna pregunta?
Desde las sombras de un
rincón, la voz de otra promoción azuzó el castigo:
—Ah, ese serrano de mierda es
muy relajado. Déjalo ahí toda la noche.
Los murmullos se apagaron y
las luces de la cuadra se redujeron a la penumbra. Desde mi puesto de vigía
forzado, contemplé el silencio. Pasó una hora y media eterna. Mis músculos
protestaban, pero mi mente permanecía fría. Pronto, los primeros ronquidos pesados
empezaron a resonar en el ambiente. Sabía que el tiempo jugaba en mi contra;
debía moverme antes del primer relevo del servicio de imaginaria.
Calcule el movimiento. Con el
sigilo de un felino, salté del ropero al piso, amortiguando el golpe, y crucé
la puerta lateral de la cuadra a toda velocidad. Una vez afuera, gané la
oscuridad del patio y corrí por la parte posterior de los pabellones. Detrás de
mí, la alarma se encendió. El imaginaria y dos alumnos —estoy seguro de que uno
era el propio Granda— salieron en mi persecución gritando como locos en medio
de la noche: «¡Alumno! ¡Alumno!».
Hice una maniobra evasiva
entre los galpones y me deslicé como un fantasma en los baños de la sección de
primer año «B». Me oculté en un rincón oscuro, conteniendo la respiración. Los
pasos furiosos pasaron de largo por el pasadizo. Me buscaron por todos lados,
pero la noche y la astucia andina volvieron a jugar a mi favor. No me
encontraron.
El encuentro con el “chino” en
la avenida Colmena. - La Escuela Técnica del Ejército ocupaba un
espacio inmenso en Chorrillos. Mantener ese gigante de cemento requería una
mano de obra constante, por lo que la distribución de los jardines y las
extensas áreas verdes estaba rígidamente dividida por sectores. Cada promoción
de alumnos era responsable de la limpieza, el regado de las plantas y el
mantenimiento del césped.
Un día sábado de enero de
1982, un alumno de tercer año, conocido por todos como el "chino"
Uzin Chota, pretendió usar su antigüedad para abusar de mí. Me llevó hasta el
sector bajo su responsabilidad, ubicado en las inmediaciones de la cancha de
fútbol, y con tono autoritario me ordenó resembrar el gras y limpiar el
terreno. Fiel a mi carácter y cansado de las arbitrariedades, lo miré
fijamente, me negué rotundamente a cumplir una orden que no me correspondía y
di la vuelta para regresar a mi cuadra.
Aquel acto de rebeldía hirió
el orgullo del "chino". Desde ese preciso momento, apoyado por la
jauría de sus compañeros de promoción, Uzin Chota se dedicó a buscarme la
sinrazón. Me hostigaba en las formaciones, me vigilaba con saña en las horas de
rancho y buscaba cualquier pretexto para perjudicarme durante los servicios de
guardia. Pasaron los meses bajo esa sorda tiranía de pasillo, pero yo sabía que
la paciencia es la mejor virtud del hombre de la sierra. El trato en la escuela,
después de todo, no dura para siempre.
El destino decidió cobrarse la
deuda un día domingo de mayo de ese mismo año. Me encontraba disfrutando de mi
paseo de salida y caminaba por el bullicioso Cercado de Lima. Mientras bajaba
por la histórica Avenida Colmena, a unos pasos del emblemático Hotel Bolívar,
la marea de peatones se abrió y nos puso frente a frente. Ahí estaba el "chino"
Uzin, despojado del uniforme que le daba valor y reducido a un civil común y
corriente entre la multitud.
No dudé un segundo. Me planté
ante él, cortándole el paso, y lo miré con toda la determinación que había
acumulado durante meses.
—Alumno Uzin —le dije con voz
gélida y firme—, ahora sí estamos completamente solos. Muéstrame tu pendejada
aquí en la calle, tal como lo haces en la escuela.
El cambio en su rostro fue
instantáneo. La altanería de Chorrillos se evaporó en el asfalto del centro de
Lima y el temido antiguo arrugó por completo. Visiblemente asustado y con las
manos temblorosas, intentó ensayar una disculpa diplomática:
—Alumno Pineda... lo que pasa
dentro de la escuela es solo parte de la formación —balbuceó, tratando de
salvar el pellejo—. Tal vez me habré excedido contigo. Te pido disculpas,
hermano. Desde ahora somos patas, ¿ya?
Me extendió una mano floja y temerosa. La estreché solo para sellar su rendición. Uzin Chota dio la vuelta y se retiró a paso apresurado, perdiéndose entre la gente con el orgullo hecho pedazos. A partir de aquella tarde en la Avenida Colmena, el "chino" nunca más volvió a cruzarse en mi camino, demostrando que la verdadera valentía no se mide por los galones de la escuela, sino por el carácter con el que se sostiene la mirada en la vida real.
La ley del cachaco viejo en el
Puesto Siete.- En el mes de junio de 1981, el destino me puso
de facción en el Puesto de Vigilancia Número 7. Aquella garita se levantaba en
las inmediaciones de la cancha de fútbol de la Escuela Técnica, justo en la
línea invisible que colindaba con los dominios de la Escuela Militar de
Chorrillos. Eran cerca de las seis y treinta de la mañana. Yo me encontraba
como servicio de guardia saliente, con el cansancio de la vigilia encima,
cuando el silencio del alba se rompió por el compás de unas botas.
Apareció una sección completa
de cadetes de primer año de la Escuela Militar; los famosos «perros» que apenas
empezaban a conocer el rigor castrense. Se dirigían hacia los campos de tiro de
la playa La Chira, allá al fondo de los acantilados chorrillanos, y me
solicitaron permiso para cruzar mi puesto. Les abrí la tranquera de madera y
los dejé pasar. Sin embargo, al observar la columna, mi instinto de viejo
soldado se encendió. El alumno brigadier que los comandaba marchaba sin firmeza
y su personal cruzaba el puesto en total desorden: unos hacían bulla y otros
conversaban alegremente en la formación, como si estuvieran en un paseo
escolar.
En ese instante, pesó más mi
condición de «cachaco viejo», de licenciado del Ejército con el grado de
sargento segundo, que mi actual situación de alumno de primer año. Me atreví a
tomar atribuciones que reglamentariamente no me correspondían, pero que la
mística militar exigía. Con una voz de trueno que hizo eco en el descampado,
les ordené:
—¡Sección, aaaal... to!
El brigadier y sus cadetes se
clavaron en el sitio. Me planté frente a ellos, les llamé fuertemente la
atención por su falta de disciplina y, aprovechando que la gran mayoría eran
apenas unos adolescentes hijos de civiles que no distinguían un uniforme de
otro, les ordené ponerse en posición de ranas. Confundidos y asustados, me
obedecieron sin dudar ni murmurar.
—¡Cien ranas! ¡Cantando
fuerte! —les grité.
La pista se llenó del coro de
los cadetes saltando. Apenas terminaron, sin darles respiro, los mandé al
suelo. Les ordené ejecutar cincuenta planchas. Algunos muchachos más
corpulentos ya no podían con su propio peso y temblaban sobre la tierra. Cuando
lograban levantarse, los regresaba de inmediato a la posición de rana. Así,
entre saltos y flexiones, los mantuve bajo mi mando durante veinte extenuantes
minutos hasta que el sudor les empapó los uniformes.
Estaba tan concentrado en mi
faena de instructor improvisado que cometí un error de principiante: descuidé
mi retaguardia. De la nada, apareció un teniente de la Escuela Militar. El
oficial se detuvo, contempló la escena con legítima sorpresa y luego clavó sus
ojos en mí con severidad.
—Alumno, usted ha cometido una
falta grave —me dijo con voz cortante—. Voy a formular un parte dirigido al
señor director de la Escuela Técnica. Deme su nombre y apellido completo ahora
mismo.
En el pecho de mi uniforme
llevaba cosido el marbete con mis iniciales: M. Pineda R. El corazón me
dio un vuelco, pero la sangre fría del hombre de la sierra no me abandonó. Miré
al teniente a los ojos y, sin titubear un solo milímetro, le mentí con total
naturalidad:
—¡Alumno Mario Pineda Ríos, mi
teniente!
El oficial anotó el nombre
falso en su libreta de apuntes, dio media vuelta y se retiró con paso firme
hacia su sector.
Toda esa semana la pasé con el alma en un hilo. Cada vez que sonaba la corneta o se anunciaba una orden general, sentía el temor de que me cayeran ocho días de arresto de rigor en el calabozo. Sin embargo, los días corrieron y el castigo jamás llegó. Nunca supe si el teniente olvidó el incidente en el papeleo diario o si, efectivamente, el parte llegó a la dirección pero terminó archivado en el olvido porque nadie en la escuela logró encontrar jamás al inexistente alumno Mario Pineda Ríos. Lo único real es que esa mañana, en el Puesto Siete, la jerarquía de la experiencia se impuso sobre los galones del futuro.
Las luces de Lomo de Corvina en Villa El Salvador.- Agosto de 1983 trajo consigo la prueba definitiva para nuestra promoción: el Curso Básico de Paracaidismo Militar. El escenario elegido para los cinco saltos reglamentarios fue el "Lomo de Corvina", un inmenso y traicionero arenal empotrado en la parte alta de Villa El Salvador. Durante un mes entero, la Escuela de Paracaidistas del Ejército nos sometió a un entrenamiento feroz en la base de Las Palmas. Empezamos con gimnasia especial, pasamos al balanceo y saltamos desde las torres de frente y de costado, ensayando la caída perfecta.
Fue en la pista de cuerdas
donde la muerte me dio su primer aviso. Al soltarme de uno de los aparejos
altos, perdí el equilibrio en el aire y caí de espaldas. Mi cabeza y mi columna
impactaron secamente contra el suelo duro. El golpe me privó del conocimiento
de inmediato. En medio de una nebulosa de dolor, atrapado en una pesadilla,
sentía que me ahogaba y gritaba con desesperación pidiendo que me retiraran el
casco de acero. Me había quedado sin aire.
Pasaron treinta y cinco
minutos antes de que pudiera mover las extremidades. Para mí, todo había
ocurrido en un abrir y cerrar de ojos, pero mis compañeros, consternados, me
confirmaron que la conmoción cerebral me había mantenido desmayado media hora.
Me senté en la tierra, me quité la camisa y, al intentar ponerme de pie, un
dolor agudo e intolerable me atravesó la espalda. Sin embargo, la fibra de
sargento se impuso. Me puse el polo, me abotoné la camisa y continué corriendo
hasta terminar el circuito. No hubo asistencia médica ni enfermería. Las tres
primeras noches dormí rígido, en la posición de atención; cualquier intento de
girar en la cama era un suplicio. Aun así, al día siguiente continué saltando
en las torres de balanceo, tragándome el dolor en cada impacto.
El primer salto desde el avión
Antonov del Ejército fue un acto de puro instinto. El miedo estaba allí, pero
gracias a Dios todo salió sin novedad. El verdadero infierno me aguardaba en el
segundo salto.
Crucé la puerta del avión y me
lancé al vacío. Al abrirse el paracaídas, sentí un tirón violento e irregular.
Los cordones se habían enredado por completo, impidiendo que la campana de seda
se desplegara con normalidad. El aire me atrapó y empecé a dar vueltas y
vueltas como un trompo en el cielo. Cuando por fin el paracaídas se templó,
miré hacia arriba y el corazón se me congeló: la seda presentaba una enorme
rotura en uno de sus extremos. El descenso se volvió vertiginoso.
Desde el aire, el Capitán
Soria, jefe del curso, vio el desastre y se lanzó en su propio paracaídas
intentando acercarse. Su voz me llegó como un eco desesperado entre el viento:
—¡Abre la reserva, concha de
tu madre! ¡Abre la reserva! ¡Abre la reserva!
Pero mi cerebro se bloqueó. No
reaccioné. Paralizado por el pánico, me quedé mirando el suelo; la tierra subía
hacia mí a una velocidad aterradora. El impacto fue inevitable. Caí de espaldas
sobre el arenal con el cuello doblado por la fuerza de la gravedad. El golpe
fue tan brutal que el protector cubrenuca de fibra y el propio casco de acero
se rompieron en pedazos, absorbiendo el impacto y salvándome la vida. En esa
milésima de segundo, sentí una explosión en mi cerebro, como si miles de fuegos
artificiales estallaran dentro de mi cabeza. Luego, la oscuridad total.
Permanecí inconsciente durante
unos ocho minutos. Cuando abrí los ojos, me habían despojado de los arneses y
me encontraba sin camisa sobre la arena, rodeado de instructores que me
aplicaban los primeros auxilios. Me puse de pie como pude y me reincorporé a la
fila. El camión nos regresó a Las Palmas y, desde allí, nos trasladaron al paso
ligero hasta la Escuela Técnica en Chorrillos.
Al mirarme en el espejo, me
asusté: mis ojos estaban completamente inyectados en sangre debido a un severo
derrame ocular provocado por la presión del golpe, y la columna me ardía del
lado derecho. Me evacuaron de urgencia al Hospital Militar Central. Sabiendo
que un diagnóstico adverso me costaría el curso, decidí mentirles a los
médicos. Soportando los pinchazos en la espalda, sonreí y repetí una y otra vez
que me sentía perfectamente. Engañados por mi firmeza, me dieron de alta esa
misma noche, entregándome una hoja de recomendación para abandonar el
entrenamiento.
Para sorpresa y desconcierto de los instructores y de mis propios compañeros de promoción, a la mañana siguiente me planté temprano en la formación de la Escuela de Paracaidistas. Con la mirada ensangrentada y el cuerpo magullado, abordé el avión tres veces más. Completé mis cinco saltos reglamentarios y me gané el derecho de llevar las alas doradas en el pecho. El derrame de mis ojos tardó dos meses en desaparecer por sí solo, pero el orgullo de haberme graduado como paracaidista del Ejército peruano curó cualquier herida.
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bonita historia, pero siempre los erranos somos fuertes y mejores alumnos en la ETE
ResponderBorrarMuy buena historia.....gracias por compartirla.
ResponderBorrarHola: Trabajé en la ETE, aunque no directamente para la ETE, a finales del ‘80 a comienzos del ‘82. Me impresioné mucho al leer su experiencia en la escuela. Se que no era cosa fácil. Algunas veces fui testigo de las “masacres” aunque tengo que admitir que en algunas ocasiones el masacrador hacía un alto cuando yo pasaba cerca, esto era en ese patio grande casi en medio de las cuadras. Con su historia también recordé al Comandante Alcócer, al Sub teniente Chávez, Técnico Llontop, recordé a tres panameños entre ellos Tovar creo que era el “más fornido. Pero hubo algo que me impresionó mucho y es que al leer la parte de su relato que lee: “muchos instructores entre oficiales y suboficiales también discriminaban a los alumnos de procedencia serrano; uno de ellos fue el suboficial de tercera Instructor Militar….” Por alguna razón vino a mi mente, al unísono y mientras leía, el nombre de Faichin García Jarol, nunca vi ni escuché nada malo salir de él pero no sé cómo terminé con ese nombre. Tengo que admitir que, en las pocas veces que hablé con él, siempre noté que no me “pasaba” nunca me importo ya que fue respetuoso y yo también, pero a veces el cerebro y mente perciben cosas que, en circunstancias comunes y corrientes uno no se puede dar cuenta y luego afloran, como en este caso. Por otro lado, recuerdo que entró un alumno, el era bién alto, ahora no recuerdo el nombre, y un alumno de 3 lo forzó a ponerse un pañal y con un chupón de bebés lo hizo correr no sé cuántas vueltas por ese patio grande, fue degradante. A veces me ponía a pensar que, nunca me gustaría ver lo que realmente pasaba en las cuadras. Y si, recuerdo el fallecimiento de aquel alumno, se habló calladamente de ello entre las pocas personas que yo conocía, muy triste. En fin no le puedo llamar un sobreviviente más bien un luchador y un ganador, Salió adelante a pesar de todo y no siguió la tradición de la “masacre” y eso es bueno. Lo felicito y gracias por compartir su experiencia en la ETE 👍
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