martes, 9 de diciembre de 2014

ESCUELA TÉCNICA DEL EJÉRCITO CHORRILLOS LIMA PERÚ (1981 - 1983)

Era la primera semana de enero de 1981 cuando puse un pie en la ciudad de Lima. Tenía veintidós años y el pecho cargado con todas las ilusiones provincianas de quien llega a la gran capital, esa inmensa mole de cemento y acero, dispuesto a ganarse un lugar en el mundo. Venía con la mística del cuartel en las venas, pues ya había servido a la patria como tropa del Servicio Militar Obligatorio. Mi meta estaba clara: la Escuela Técnica del Ejército en Chorrillos.

El examen de admisión fue una batalla dura. Logré ingresar en el puesto 260 de un total de 500 alumnos. Sin embargo, la alegría se tiñó de incertidumbre cuando me enteré de que las vacantes para las dos especialidades que yo anhelaba —Auxiliar de Abastecimiento y Operador de Comunicaciones— se habían agotado de inmediato. Aquellos sueños trazados desde mis tiempos de recluta parecían truncarse de golpe. Me convertí, a mi pesar, en uno de esos alumnos flotantes, un alumno sin especialidad.

Una mañana, el destino nos dio cita en el auditorio de la escuela. Nos reunió el teniente coronel de Infantería Antonio Alcocer Pajares. Al mirar a mi alrededor, la sorpresa fue grande: éramos 145 los alumnos que seguíamos en el limbo. El comandante leyó las necesidades del Ejército con voz firme: hacían falta 60 hombres para mecánicos de comunicaciones, 55 para mecánicos de vehículos a rueda y 30 para músicos militares.

Al escuchar la última opción, el corazón me dio un vuelco. Recordé mis días en el distrito de Caraz, allá en Huaylas, Ancash, donde me deleitaba tocando el trombón de barra durante el servicio militar. Resignado, pensé para mis adentros: «Es mejor ser un buen músico que un mecánico de comunicaciones mediocre».

Fue entonces cuando el comandante Alcocer, a cargo de la parte académica, se plantó frente a nosotros y nos dio una verdadera «lavada de cabeza». Sus palabras resonaron con la fuerza de una orden de combate:

—El personal de mecánicos de comunicaciones y electrónica es el mejor considerado a nivel Ejército, ¡y sin embargo aquí nadie quiere esa especialidad! —exclamó, barriéndonos con la mirada—. Los mecánicos de vehículos a rueda, además de ganarse el respeto de sus jefes, tienen el futuro asegurado porque pueden trabajar en la calle y ganarse un ingreso extra. Y ser músico militar es un orgullo inmenso; muchos de ellos integran la Sinfónica Nacional y la Gran Banda del Ejército.

Cuando el comandante guardó silencio, el auditorio se convirtió en un nido de murmullos. A mi lado, unos alumnos decían con sorna que ser músico era para «huevones»; otros replicaban que los mecánicos de vehículos vivían eternamente cochinos, cubiertos de grasa. El ruido de las críticas me llenó de dudas y los nervios empezaron a traicionarme.

—¡Salir al frente los que desean ser mecánicos de comunicaciones y electrónica! —rompió la voz del comandante.

El piso tembló. Decenas de alumnos corrieron a formar una fila india. Espoleado por el instinto, corrí también y logré acomodarme en el puesto número 35. Cuando volteé a mirar, la fila se extendía detrás de mí con más de 60 postulantes. Acto seguido, se convocó a los mecánicos de vehículos a rueda y otra marea humana se lanzó a la carrera. Como era de esperarse, ambas especialidades terminaron con exceso de personal, mientras que la fila de los músicos seguía desierta. Sin dar más vueltas al asunto, los oficiales ordenaron a los últimos de los grupos excedentes pasar a cubrir los 30 puestos de músico militar. El problema quedó resuelto en un plumazo.

Los meses pasaron y la vida militar me enseñó a observar el terreno con ojos críticos. Con el tiempo, pude constatar una gran verdad dentro del Ejército peruano: casi la totalidad de los músicos militares provenían de la reserva, civiles captados como personal asimilado. Lo mismo ocurría con muchos excelentes mecánicos de vehículos. Si bien eran impecables y brillantes en sus oficios técnicos, a todos ellos les faltaba algo sagrado: la fibra del militar moldeado en las escuelas de formación. Por su escasa doctrina, carecían de ese don de mando necesario para guiar a la tropa y, cuando las papas quemaban en el frente, no participaban en las operaciones de combate como comandantes de patrulla.

Aquel día en el auditorio de Chorrillos, el azar y un grito a tiempo me salvaron de la música y me entregaron a la electrónica, dándome el carácter y el mando que solo un verdadero soldado de escuela posee.

El peso del cemento y la sangre. - Siempre me sentí orgulloso de mis raíces. Llevaba en las venas la herencia de mis ancestros autóctonos de Chavín de Huántar, allá en Huari, Ancash. Era un joven mestizo andino y mi primer idioma, el que modeló mis pensamientos, fue el quechua ancashino. Recién a los nueve años, cuando mis padres me matricularon en una escuela rural, escuché el español por boca de una profesora que dictaba las clases en esa lengua extraña. Aquella transición fue un proceso lento y gradual. Con el tiempo, tras cruzar la primaria y la secundaria, me volví bilingüe, aunque cargaba con ese dejo y esas incorrecciones gramaticales propias de quien aprende el castellano como segunda lengua.

En el Colegio Nacional «La Libertad» de Huaraz, donde cursé la secundaria, jamás experimenté el desprecio; la cosmovisión del hombre andino se respetaba. Sin embargo, el verdadero choque con la realidad me aguardaba en Lima, dentro de los muros de la Escuela Técnica del Ejército, entre 1981 y 1983. Allí sentí, por primera vez y con todo su peso, la hostilidad cultural y racial.

Lo más doloroso era el origen de esa crueldad. Venía de muchachos cobrizos como yo, hijos de migrantes serranos o «charapas» que habían inundado los conos de la capital convirtiéndolos en pueblos jóvenes. Aquellos muchachos de apellidos Quispe o Mamani, ya aculturados por la corriente occidental de la costa, se creían distintos. En las reuniones sociales, cuando sonaba la salsa o el rock and roll, se transformaban. Al abrigo de la masa, liderados siempre por algún cabecilla, se burlaban con cobardía de mi tono de voz y de mis frases. En el campo aprendí que los animales atacan en manada al que ven diferente; me dolió comprobar que el ser humano cae con facilidad en esa misma conducta salvaje.

En ese ambiente, el hombre de la sierra tiene que ser fuerte, tanto en el espíritu como en los puños. Esos conflictos solo encontraban solución en el terreno del combate. En el cuartel, si triunfabas en una pelea, te ganabas el respeto de todos; un respeto hipócrita, tal vez, pero efectivo para acallar las afrentas directas. Así fue como tuve que cuadrar a golpes a varios alumnos discriminadores del norte, al panameño Juan Tovar y a algunos compañeros afroperuanos. Tras el veredicto de los puños, las burlas se redujeron a murmullos a mis espaldas.

Pero el veneno no solo corría entre los alumnos. Venía también de arriba, de oficiales y suboficiales que debieron ser guías y terminaron siendo verdugos. Recuerdo claramente al Suboficial de Tercera e instructor militar Faichin García Jarol. Con una saña constante, nos espetaba a los provincianos y a los muchachos más corpulentos insultos que pretendían quebrar nuestra dignidad: «Serranos de mierda, indios de mierda... al indio y al mulo, palo en el culo», solía gritarnos, para luego rematar contra los gorditos: «Mejor pide tu baja, tú con ese cuerpo das vergüenza en el Ejército».

La discriminación alcanzaba incluso a la música, el alma de los pueblos. El huayno, el huaylas y la naciente música chicha de Los Shapis, Chacalón o Los Mirlos estaban proscritos. En el auditorio de la escuela, durante el Día de la Madre o las festividades oficiales, solo se permitía la salsa, el rock, la música criolla y las danzas afroperuanas. Esa misma censura la sufrí en las fiestas de sección y de compañía por diferentes zonas de Lima; nuestra música era tratada como algo inferior.

A pesar de la hostilidad, el desprecio y el barro que intentaron arrojarnos, la constancia se impuso. Soporté tres años de exigencia técnica y coroné el esfuerzo con el curso básico de paracaidismo militar. El 14 de diciembre de 1983, con la frente en alto y la identidad intacta, me gradué como Suboficial de Tercera en la especialidad de Mecánico de Comunicaciones y Electrónica. Salí de Chorrillos con el título en las manos, como un orgulloso integrante de la 12ª Promoción «Soldado Alfredo Vargas Guerra», demostrando que la fibra andina no se quiebra ante el cemento de la capital.

La cofradía de los cabreados. - A las trece y treinta horas, el pabellón de las cuadras se transformaba en un tablero de ajedrez. Era la hora de la revista de roperos y sectores de limpieza. Siempre sobresalí en ese ritual; el orden y la pulcritud eran mis cartas de presentación. En contraste, aquellos elementos costeños que se jactaban de ser los más "vivos" de la promoción solían pasar una revista desastrosa. En el código militar de aquellos tiempos, la injusticia era una ley no escrita: «Por uno pagan todos». Así nacían las llamadas "masacres", castigos colectivos donde cuarenta alumnos pagaban con sudor la negligencia de un par de descuidados.

Cuando la orden de castigo restallaba en el aire, el destino habitual era la pista de combate. Cuatrocientos metros de longitud y catorce obstáculos que debíamos devorar en dos o tres vueltas infernales. Regresábamos a las cuadras empapados en sudor y con el uniforme cubierto de polvo. En otras ocasiones, el escenario del suplicio era la huerta de manzanos ubicada detrás del auditorio. Allí, bajo el sol implacable, nos obligaban a rampar de pecho, de espalda, a dar volantines, a "ranear" y "cangurear" hasta que las piernas dijeran basta.

Esas prácticas no eran un juego. A mediados de 1981, la tragedia golpeó a la escuela. El alumno piurano Buenaventura Murguía Quevedo, de la especialidad de Mecánica de Armamentos, calculó mal un salto durante el pasaje de obstáculos en la pista de combate. Su cabeza impactó de lleno contra el borde de cemento del pozo del terraplén. Hubo un silencio espantoso; brotó sangre de su nariz y la vida se le escapó allí mismo, sobre la tierra.

Aquella muerte me reafirmó en una convicción: había que ser inteligente para sobrevivir. Durante mis tres años en la ETE, logré esquivar las masacres más severas. Participé, por supuesto, en sanciones menores en horas de las noches, pero cuando el ambiente olía a un castigo de gran envergadura, yo simplemente me esfumaba. Me buscaban por mar y tierra, pero nadie daba conmigo.

Tenía mis santuarios. A veces ganaba el taller y almacén de material de comunicaciones del Técnico de Tercera Córdoba Cajapuri; cerraba la puerta por dentro y me ponía a limpiar los equipos con un celo profesional intachable. Otras veces, me refugiaba en los servicios higiénicos cercanos a las aulas, sentado en un rincón apartado, devorando mis libros en silencio. Mi escondite favorito, sin embargo, era la proveeduría. Llegaba corriendo, me ofrecía voluntario para fregar los pisos o acomodar los pesados costales de víveres en los anaqueles y, a cambio del esfuerzo, los encargados me recompensaban permitiéndome comer harto pan en la tranquilidad de la despensa.

No estaba solo en esta estrategia de supervivencia. En cada sección de las distintas especialidades existía un reducto de hasta seis alumnos a los que llamábamos los "cabreados". Éramos una logia silenciosa. Nos conocíamos las caras, compartíamos los códigos y guardábamos un pacto sagrado: jamás delatar los escondites del otro.

Sé que muchos de mi promoción guardan un recuerdo amargo del día previo a nuestra graduación. El mando decidió despedirnos con una masacre antológica. Primero los molieron en la pista de combate, donde ramparon hasta quedar cubiertos de tierra. Luego, a paso ligero, los llevaron al lodazal detrás del auditorio. Allí, los futuros suboficiales de la patria terminaron rampando de espaldas sobre el fango.

Yo, en cambio, contemplaba el espectáculo cómodamente apostado tras una de las ventanas de la enfermería. Sin embargo, la fortuna casi nos traiciona. El mismísimo comandante del Batallón de Alumnos, el teniente coronel de Infantería Samuel Echáis Feijoo, notó el vacío en las filas. Al percatarse de que faltaba un número considerable de hombres, avanzó dando gritos enfurecidos hacia la enfermería, donde nos ocultábamos seis "cabreados" de diferentes secciones.

El eco de las botas del comandante sobre el piso nos heló la sangre. El tiempo se detuvo. En un parpadeo, gané el armario donde se guardaban las prendas de los enfermos, me metí en él y jalé la puerta corrediza de madera. Los otros corrieron despavoridos hacia la parte posterior de los galpones.

—¡¿Dónde están los cabreados?! ¡¿Dónde están los cabreados?! —bramó el comandante Echáis al entrar, encarando al alumno adjunto del enfermero de servicio.

El oficial revisó cada ambiente de rincón a rincón, abriendo estancias y bufando de rabia, pero el clóset no se movió y no encontró a nadie. Minutos después, el peligro pasó. Mientras la gran mayoría de aquellos seudo "vivos" costeños y "charapas" se revolcaban en el lodo con el cuerpo cubierto de barro, yo pasé las últimas horas de mi vida de alumno en absoluta calma, mirando el paisaje desde el ventanal. Al día siguiente, con el uniforme impecable y sin un solo rastro de lodo, me gradué como suboficial del Ejército peruano.

La noche del casco rodante del teniente de infantería César Lozano Chumpitaz . - Dentro del cuerpo de oficiales de la escuela, cada uno tenía su fama, pero el teniente de Infantería César Lozano Chumpitaz destacaba por derecho propio. Natural de Ica y con un dejo medio tartamudo que intentaba camuflar con rudeza, se desempeñaba como comandante de la sección "B" de los mecánicos de comunicaciones y electrónica. Su pasatiempo favorito era irrumpir en las horas del estudio obligatorio nocturno para "masacrar" a los alumnos sin mayor motivo que el de imponer su presencia. Sin embargo, conmigo se topó con la horma de su zapato. Más de una vez utilicé mi astucia de "cabreado" para hacerle pasar malos ratos.

La ocasión perfecta se presentó una noche en que el teniente Lozano se encontraba como Oficial de Guardia y a mí me tocó servir como su adjunto. Sabía perfectamente cómo operaba la burocracia del cuartel y decidí jugarle una carta arriesgada. Aprovechando un descuido, tomé las llaves de la puerta principal de la escuela y las escondí deliberadamente en el fondo de uno de los cajones del escritorio.

Dieron las veintidós horas y el reloj encendió las alarmas: el vehículo del subdirector de la escuela se disponía a salir y las rejas estaban completamente encadenadas. El teniente Lozano entró en pánico, buscó las llaves por todos lados tartamudeando de la rabia, pero el auto del superior no pudo cruzar el umbral. Aquel "descuido" administrativo le costó caro al oficial: el mando lo sancionó con dos días de arresto simple.

Por supuesto, Lozano no tardó en sospechar de su adjunto. Como represalia inmediata, esa misma noche desató toda su furia contra mí. Me ordenó ranear y rampar sin tregua bajo la oscuridad del patio. El ejercicio era extenuante, pero mi resistencia física, forjada en el campo y en el servicio militar previo, me mantenía firme.

A eso de la una de la mañana, la fatiga ya hacía mella en el cuerpo, pero no en mi orgullo. El teniente, parado con postura rígida, me ordenó rotar a toda velocidad por la parte posterior del monumento al Sargento 2do Fernando Lores Tenazoa. Pasé a toda velocidad por su costado y, en un movimiento calculado para que pareciera un accidente, mi hombro impactó contra su casco de fibra. El golpe fue certero: el casco salió volando por los aires y rodó ruidosamente por el asfalto a más de veinte metros de distancia.

Aquello fue la gota que derramó el vaso. Lozano, fuera de sí y con la cara desencajada por la humillación, me impuso el castigo definitivo para lo que restaba de la madrugada:

—¡P-p-póngase en posición de rana y se m-me queda como centinela de la puerta principal hasta el amanecer! —bramó.

Soporté el suplicio físico sin emitir una sola queja. Permanecí en esa posición incómoda, viendo cómo las estrellas de Chorrillos se apagaban lentamente para dar paso a la claridad del nuevo día. No dormí ni un solo minuto de aquella jornada. Pocas horas después de ponerme de pie y sacudirme el polvo del uniforme, ingresé al aula para rendir el examen final del exigente curso de electrónica. Lozano pensó que me había quebrado, pero ignoraba que la mente de un soldado de escuela puede funcionar a la perfección incluso cuando el cuerpo exige tregua.

El capitán de la buena estrella. - La primera semana de enero de 1981 no solo trajo el frío cemento de la capital, sino también la dura realidad de la postulación. Me presenté a la Escuela Técnica del Ejército con el orgullo de ser licenciado de tropa y ostentar el grado de sargento segundo. Sin embargo, en el tablero de las admisiones de aquellos años, yo corría con desventaja: era un joven provinciano que venía solo, sin un padrino, sin un oficial de alta graduación que sacara la cara por mí en caso de una eliminación injusta o un error burocrático.

Fui asignado al Grupo Número 20, una masa de cincuenta postulantes que compartíamos el mismo nerviosismo. El proceso comenzó con el examen de perfil antropométrico, una prueba donde los médicos revisaban cada centímetro de nuestra anatomía con la minuciosidad de quien examina ganado. Nada más empezar, la mala fortuna me golpeó en el rostro. Los oficiales médicos ordenaron apartarme de la fila. Dictaminaron que mis hombros estaban ligeramente desnivelados y, con un trazo de lapicero, me declararon inapto.

El mundo se me vino abajo. Durante interminables veinticinco minutos permanecí de pie en las inmediaciones de la puerta del consultorio, con el pecho apretado por la preocupación y el miedo de ver truncado mi futuro antes de haber empezado a marchar.

Fue entonces cuando ocurrió el milagro. Como si hubiese sido enviado por un diseño superior, un "ángel salvador" de uniforme apareció de la nada. Era un capitán de tez blanca, rasgos caucásicos y cabello castaño a quien jamás había visto en mi vida. El oficial se detuvo frente a mí, me escudriñó con la mirada por unos segundos y, con voz firme, me preguntó:

—¿Eres licenciado?

—Afirmativo, mi capitán —respondí de inmediato, cuadrándome con la fibra que me quedaba—. Soy licenciado con el grado de sargento segundo. Aquí están mis documentos.

El capitán tomó mis papeles, les dio una mirada rápida y, sin dudarlo, cruzó el umbral del consultorio médico. Adentro, plantándose frente a los doctores que me habían descartado, abogó por mí con una seguridad que no admitía réplicas:

—Este postulante es licenciado del Ejército con el grado de sargento segundo. Hace setenta planchas, quince barras y, por si fuera poco, es atleta.

La autoridad de sus palabras pesó más que cualquier examen visual. Los médicos, sin emitir una sola palabra de reclamo, cambiaron mi condición y estamparon el sello de aprobado. Aquel oficial providencial se llamaba Rolando Jurutunay Makperson, a quien en los pasillos de la Escuela Técnica del Ejército todos conocían bajo el apelativo de "Mono Blanco". Su intervención no solo corrigió una injusticia médica, sino que me devolvió a la carrera, permitiéndome demostrar que, efectivamente, la fibra de sargento ya corría por mis venas.

Las especialidades de papel. - El tiempo y los años de servicio otorgan una lucidez que los manuales de escritorio no pueden contradecir. Tras transitar por los pasillos de la Escuela Técnica del Ejército y quemar mis pestañas en el campo, entendí que existen cinco especialidades que, aunque útiles, carecen de verdadera relevancia técnica e importancia estratégica en la institución: Estado Mayor, Operador de Comunicaciones, Policía Militar, Instructor Militar y Auxiliar de Abastecimientos. En mis tiempos de alumno, la ETE obligaba a los jóvenes a estudiar estas ramas durante tres largos años; una inversión de tiempo absurda si se considera que cualquier soldado con criterio y un entrenamiento básico puede desempeñarlas con éxito en el terreno.

Mi propia carrera es el testimonio vivo de esa redundancia burocrática. Sin poseer el título oficial de Estado Mayor, asumí con éxito las riendas logísticas como S-4 titular de un batallón completo. También me desempeñé como Instructor Militar sin haber cursado esa especialidad, y durante años alterné las funciones de Operador de Comunicaciones con las de Mecánico de Comunicaciones y Electrónica sin el menor inconveniente.

A pesar de esta realidad, en los últimos tiempos el Ejército se ha dedicado a inventar títulos vacíos: Auxiliar de Infantería, Auxiliar de Ingeniería, Auxiliar de Comunicaciones, Auxiliar de Artillería, rancheros y un largo etcétera. En el campo de las realidades, estas ramificaciones no tienen razón de ser. Un verdadero Mecánico de Comunicaciones, por ejemplo, debe poseer el conocimiento integral para abarcar tanto la operación como el mantenimiento de todo el material de campaña. Crear una especialidad para el operador, y peor aún, una para el "auxiliar", solo sirve para fragmentar la eficiencia militar.

La Escuela Técnica del Ejército debe dejar de lado la burocracia y priorizar las especialidades técnicas de alto nivel, aquellas que marcan la diferencia entre la victoria y la derrota: comunicaciones y electrónica avanzada, blindados, aeronáutica, mecánica de vehículos pesados, armamento, cohetería y maquinaria pesada de ingeniería.

Lamentablemente, el sistema prefiere el papeleo al conocimiento real. Durante mis treinta y cinco años y seis meses de permanencia en el Ejército del Perú, jamás recibí una capacitación técnica real o de vanguardia. La institución siempre nos alimentó con engaños impresos, cursos que solo existían en el papel y manuales repletos de "paporretas" teóricas que no servían para solucionar los problemas reales de los equipos en el frente. Al final, la verdadera destreza no la dio la escuela con sus títulos inventados, sino la fibra y la astucia del técnico que aprendió a resolver el caos con sus propias manos.

Las batallas en la hora del rancho. - En los primeros años de la década de los ochenta, el racismo en el Perú era una herida abierta y purulenta. La peor parte se la llevaban siempre los alumnos recién «bajados» de las zonas de la sierra, y en esa maquinaria de desprecio, la ciudad de Lima le llevaba la delantera al resto de la costa. Esa era nuestra compleja y hostil realidad.

Los roces empezaron temprano, en enero de 1981, cuando apenas era un postulante que intentaba asimilar el rigor del cuartel. El hostigamiento provenía de grupos de postulantes negros y zambos que jamás actuaban solos; fieles a la costumbre de la calle criolla, se movían siempre en «mancha». Bastaba que nos cruzáramos en los patios para que un grupo de tres o cinco de ellos se agrupara y uno lanzara el dardo: «Serrano piojoso, serrano come cancha». Acto seguido, el resto estallaba en risas burlonas, celebrando la afrenta como si fuera una gran hazaña.

Frente a la provocación en grupo, la prudencia dictaba guardar silencio. Sin embargo, no era un silencio de sumisión, sino de acumulación. Fui guardando cada palabra ofensiva, cada risa cobarde, masticando la rabia en el fondo del pecho mientras esperaba mi momento.

La oportunidad de cobrarme aquellas deudas llegó cuando pasé a ser alumno de primer año. El escenario elegido fue el comedor, durante las horas del rancho. Allí, entre el tintineo de los cubiertos de metal y el bullicio de cientos de hambrientos, comencé a ejecutar mi venganza. Aprovechaba cualquier descuido en las filas de distribución, el reparto de las raciones o los pasadizos estrechos entre las mesas para empujarlos, quitarles espacio o hacerles sentir el rigor de mis puños de forma solapada.

Pero en la escuela nadie juega solo. Aquellos elementos costeños tenían sus propios defensores; entre ellos se apoyaban de inmediato, cerrando filas para no quedarse atrás. Lo que empezaba como un cruce de miradas en la fila del rancho se transformaba rápidamente en un hervidero de tensiones contenidas, donde los platos de comida y las bancas de madera eran testigos de una guerra sorda por el territorio y la dignidad. Ellos tenían la ventaja de la mancha, pero yo tenía la paciencia y la fuerza del hombre de la cordillera que no sabe rendirse.

La hora de Rancho: La venganza del servidor y el escape del ropero. - En los comedores de la Escuela Técnica del Ejército, el almuerzo y la cena no eran momentos de paz, sino una extensión de la jerarquía de la vida castrense. Las mesas estaban dispuestas para diez comensales. A la cabeza, como jefe de mesa, se sentaba un alumno de tercer año o, en su defecto, uno de segundo. Los asientos restantes los ocupaban los menos antiguos, y al alumno de primer año le correspondía la tarea de «servidor». En 1981, siendo yo un alumno de primer año, descubrí que ese puesto de sirviente era, en realidad, una posición de poder. Me ofrecía como voluntario adrede.

Teniendo el cucharón en la mano, aplicaba mi propia ley. A los alumnos negros y zambos que se la pasaban insultándome en los patios les servía una miseria, apenas una cucharada que se perdía en el fondo del plato. En cambio, a los muchachos de apariencia serrana les llenaba el plato hasta los bordes. Al final, haciendo honor al viejo refrán que dice «el que parte y reparte, se lleva la mejor parte», servía mi propio rancho. Mi plato era una montaña imponente de arroz, guiso y frijoles que bien parecía el Morro Solar de Chorrillos.

Semejante atrevimiento no pasaba desapercibido. Los jefes de mesa costeños, cerrando filas para apoyar a los suyos, a menudo me arrebataban el plato lleno y se repartían mi comida ante mis ojos, dejándome con el estómago vacío. En otras ocasiones, me dejaban cenar en paz, pero con una doble intención.

—Termina de tragar, perro —me decían.

Apenas dejaba el cubierto, me conducían a sus cuadras para someterme a una «masacre» por relajado. Con el estómago lleno y pesado, me obligaban a ranear, cangurear, hacer planchas y polichinelas bajo una lluvia de insultos: «Eres muy relajado y pendejo, serrano de mierda». Hubo noches en que la indignación superaba al cansancio. Me rebelaba. Me plantaba firme, los miraba a los ojos y me negaba a cumplir las órdenes. Al ver que los golpes no me quebraban, tres o cinco antiguos me rodeaban lanzando amenazas espumosas: «Perro, te vamos a hacer volar en conducta... ya te jodiste, estás en la lista negra». Al final, incapaces de doblar mi voluntad, sus gritos se apagaban y yo regresaba victorioso a mi cuadra.

Sin embargo, el abuso rozó el límite la noche en que el alumno arequipeño Granda Tapia me llevó a su sector. Tras hacerme ranear y rampar por el piso debajo de los camarotes, me ordenó trepar a lo alto de su ropero de metal. El espacio entre el mueble y el cielo raso de la cuadra era mínimo. Tuve que permanecer allí arriba, agachado en una incómoda posición de rana, con las palmas de las manos sosteniendo el techo para no golpear mi cabeza.

Antes de meterse a su cama, Granda me miró desde abajo con desprecio:

—Perro, ahí te vas a quedar por relajado y pendejo hasta las cero trescientas horas. ¿Alguna pregunta?

Desde las sombras de un rincón, la voz de otra promoción azuzó el castigo:

—Ah, ese serrano de mierda es muy relajado. Déjalo ahí toda la noche.

Los murmullos se apagaron y las luces de la cuadra se redujeron a la penumbra. Desde mi puesto de vigía forzado, contemplé el silencio. Pasó una hora y media eterna. Mis músculos protestaban, pero mi mente permanecía fría. Pronto, los primeros ronquidos pesados empezaron a resonar en el ambiente. Sabía que el tiempo jugaba en mi contra; debía moverme antes del primer relevo del servicio de imaginaria.

Calcule el movimiento. Con el sigilo de un felino, salté del ropero al piso, amortiguando el golpe, y crucé la puerta lateral de la cuadra a toda velocidad. Una vez afuera, gané la oscuridad del patio y corrí por la parte posterior de los pabellones. Detrás de mí, la alarma se encendió. El imaginaria y dos alumnos —estoy seguro de que uno era el propio Granda— salieron en mi persecución gritando como locos en medio de la noche: «¡Alumno! ¡Alumno!».

Hice una maniobra evasiva entre los galpones y me deslicé como un fantasma en los baños de la sección de primer año «B». Me oculté en un rincón oscuro, conteniendo la respiración. Los pasos furiosos pasaron de largo por el pasadizo. Me buscaron por todos lados, pero la noche y la astucia andina volvieron a jugar a mi favor. No me encontraron.

El encuentro con el “chino” en la avenida Colmena. - La Escuela Técnica del Ejército ocupaba un espacio inmenso en Chorrillos. Mantener ese gigante de cemento requería una mano de obra constante, por lo que la distribución de los jardines y las extensas áreas verdes estaba rígidamente dividida por sectores. Cada promoción de alumnos era responsable de la limpieza, el regado de las plantas y el mantenimiento del césped.

Un día sábado de enero de 1982, un alumno de tercer año, conocido por todos como el "chino" Uzin Chota, pretendió usar su antigüedad para abusar de mí. Me llevó hasta el sector bajo su responsabilidad, ubicado en las inmediaciones de la cancha de fútbol, y con tono autoritario me ordenó resembrar el gras y limpiar el terreno. Fiel a mi carácter y cansado de las arbitrariedades, lo miré fijamente, me negué rotundamente a cumplir una orden que no me correspondía y di la vuelta para regresar a mi cuadra.

Aquel acto de rebeldía hirió el orgullo del "chino". Desde ese preciso momento, apoyado por la jauría de sus compañeros de promoción, Uzin Chota se dedicó a buscarme la sinrazón. Me hostigaba en las formaciones, me vigilaba con saña en las horas de rancho y buscaba cualquier pretexto para perjudicarme durante los servicios de guardia. Pasaron los meses bajo esa sorda tiranía de pasillo, pero yo sabía que la paciencia es la mejor virtud del hombre de la sierra. El trato en la escuela, después de todo, no dura para siempre.

El destino decidió cobrarse la deuda un día domingo de mayo de ese mismo año. Me encontraba disfrutando de mi paseo de salida y caminaba por el bullicioso Cercado de Lima. Mientras bajaba por la histórica Avenida Colmena, a unos pasos del emblemático Hotel Bolívar, la marea de peatones se abrió y nos puso frente a frente. Ahí estaba el "chino" Uzin, despojado del uniforme que le daba valor y reducido a un civil común y corriente entre la multitud.

No dudé un segundo. Me planté ante él, cortándole el paso, y lo miré con toda la determinación que había acumulado durante meses.

—Alumno Uzin —le dije con voz gélida y firme—, ahora sí estamos completamente solos. Muéstrame tu pendejada aquí en la calle, tal como lo haces en la escuela.

El cambio en su rostro fue instantáneo. La altanería de Chorrillos se evaporó en el asfalto del centro de Lima y el temido antiguo arrugó por completo. Visiblemente asustado y con las manos temblorosas, intentó ensayar una disculpa diplomática:

—Alumno Pineda... lo que pasa dentro de la escuela es solo parte de la formación —balbuceó, tratando de salvar el pellejo—. Tal vez me habré excedido contigo. Te pido disculpas, hermano. Desde ahora somos patas, ¿ya?

Me extendió una mano floja y temerosa. La estreché solo para sellar su rendición. Uzin Chota dio la vuelta y se retiró a paso apresurado, perdiéndose entre la gente con el orgullo hecho pedazos. A partir de aquella tarde en la Avenida Colmena, el "chino" nunca más volvió a cruzarse en mi camino, demostrando que la verdadera valentía no se mide por los galones de la escuela, sino por el carácter con el que se sostiene la mirada en la vida real.

La ley del cachaco viejo en el Puesto Siete.- En el mes de junio de 1981, el destino me puso de facción en el Puesto de Vigilancia Número 7. Aquella garita se levantaba en las inmediaciones de la cancha de fútbol de la Escuela Técnica, justo en la línea invisible que colindaba con los dominios de la Escuela Militar de Chorrillos. Eran cerca de las seis y treinta de la mañana. Yo me encontraba como servicio de guardia saliente, con el cansancio de la vigilia encima, cuando el silencio del alba se rompió por el compás de unas botas.

Apareció una sección completa de cadetes de primer año de la Escuela Militar; los famosos «perros» que apenas empezaban a conocer el rigor castrense. Se dirigían hacia los campos de tiro de la playa La Chira, allá al fondo de los acantilados chorrillanos, y me solicitaron permiso para cruzar mi puesto. Les abrí la tranquera de madera y los dejé pasar. Sin embargo, al observar la columna, mi instinto de viejo soldado se encendió. El alumno brigadier que los comandaba marchaba sin firmeza y su personal cruzaba el puesto en total desorden: unos hacían bulla y otros conversaban alegremente en la formación, como si estuvieran en un paseo escolar.

En ese instante, pesó más mi condición de «cachaco viejo», de licenciado del Ejército con el grado de sargento segundo, que mi actual situación de alumno de primer año. Me atreví a tomar atribuciones que reglamentariamente no me correspondían, pero que la mística militar exigía. Con una voz de trueno que hizo eco en el descampado, les ordené:

—¡Sección, aaaal... to!

El brigadier y sus cadetes se clavaron en el sitio. Me planté frente a ellos, les llamé fuertemente la atención por su falta de disciplina y, aprovechando que la gran mayoría eran apenas unos adolescentes hijos de civiles que no distinguían un uniforme de otro, les ordené ponerse en posición de ranas. Confundidos y asustados, me obedecieron sin dudar ni murmurar.

—¡Cien ranas! ¡Cantando fuerte! —les grité.

La pista se llenó del coro de los cadetes saltando. Apenas terminaron, sin darles respiro, los mandé al suelo. Les ordené ejecutar cincuenta planchas. Algunos muchachos más corpulentos ya no podían con su propio peso y temblaban sobre la tierra. Cuando lograban levantarse, los regresaba de inmediato a la posición de rana. Así, entre saltos y flexiones, los mantuve bajo mi mando durante veinte extenuantes minutos hasta que el sudor les empapó los uniformes.

Estaba tan concentrado en mi faena de instructor improvisado que cometí un error de principiante: descuidé mi retaguardia. De la nada, apareció un teniente de la Escuela Militar. El oficial se detuvo, contempló la escena con legítima sorpresa y luego clavó sus ojos en mí con severidad.

—Alumno, usted ha cometido una falta grave —me dijo con voz cortante—. Voy a formular un parte dirigido al señor director de la Escuela Técnica. Deme su nombre y apellido completo ahora mismo.

En el pecho de mi uniforme llevaba cosido el marbete con mis iniciales: M. Pineda R. El corazón me dio un vuelco, pero la sangre fría del hombre de la sierra no me abandonó. Miré al teniente a los ojos y, sin titubear un solo milímetro, le mentí con total naturalidad:

—¡Alumno Mario Pineda Ríos, mi teniente!

El oficial anotó el nombre falso en su libreta de apuntes, dio media vuelta y se retiró con paso firme hacia su sector.

Toda esa semana la pasé con el alma en un hilo. Cada vez que sonaba la corneta o se anunciaba una orden general, sentía el temor de que me cayeran ocho días de arresto de rigor en el calabozo. Sin embargo, los días corrieron y el castigo jamás llegó. Nunca supe si el teniente olvidó el incidente en el papeleo diario o si, efectivamente, el parte llegó a la dirección pero terminó archivado en el olvido porque nadie en la escuela logró encontrar jamás al inexistente alumno Mario Pineda Ríos. Lo único real es que esa mañana, en el Puesto Siete, la jerarquía de la experiencia se impuso sobre los galones del futuro.

Las luces de Lomo de Corvina en Villa El Salvador.- Agosto de 1983 trajo consigo la prueba definitiva para nuestra promoción: el Curso Básico de Paracaidismo Militar. El escenario elegido para los cinco saltos reglamentarios fue el "Lomo de Corvina", un inmenso y traicionero arenal empotrado en la parte alta de Villa El Salvador. Durante un mes entero, la Escuela de Paracaidistas del Ejército nos sometió a un entrenamiento feroz en la base de Las Palmas. Empezamos con gimnasia especial, pasamos al balanceo y saltamos desde las torres de frente y de costado, ensayando la caída perfecta.

Fue en la pista de cuerdas donde la muerte me dio su primer aviso. Al soltarme de uno de los aparejos altos, perdí el equilibrio en el aire y caí de espaldas. Mi cabeza y mi columna impactaron secamente contra el suelo duro. El golpe me privó del conocimiento de inmediato. En medio de una nebulosa de dolor, atrapado en una pesadilla, sentía que me ahogaba y gritaba con desesperación pidiendo que me retiraran el casco de acero. Me había quedado sin aire.

Pasaron treinta y cinco minutos antes de que pudiera mover las extremidades. Para mí, todo había ocurrido en un abrir y cerrar de ojos, pero mis compañeros, consternados, me confirmaron que la conmoción cerebral me había mantenido desmayado media hora. Me senté en la tierra, me quité la camisa y, al intentar ponerme de pie, un dolor agudo e intolerable me atravesó la espalda. Sin embargo, la fibra de sargento se impuso. Me puse el polo, me abotoné la camisa y continué corriendo hasta terminar el circuito. No hubo asistencia médica ni enfermería. Las tres primeras noches dormí rígido, en la posición de atención; cualquier intento de girar en la cama era un suplicio. Aun así, al día siguiente continué saltando en las torres de balanceo, tragándome el dolor en cada impacto.

El primer salto desde el avión Antonov del Ejército fue un acto de puro instinto. El miedo estaba allí, pero gracias a Dios todo salió sin novedad. El verdadero infierno me aguardaba en el segundo salto.

Crucé la puerta del avión y me lancé al vacío. Al abrirse el paracaídas, sentí un tirón violento e irregular. Los cordones se habían enredado por completo, impidiendo que la campana de seda se desplegara con normalidad. El aire me atrapó y empecé a dar vueltas y vueltas como un trompo en el cielo. Cuando por fin el paracaídas se templó, miré hacia arriba y el corazón se me congeló: la seda presentaba una enorme rotura en uno de sus extremos. El descenso se volvió vertiginoso.

Desde el aire, el Capitán Soria, jefe del curso, vio el desastre y se lanzó en su propio paracaídas intentando acercarse. Su voz me llegó como un eco desesperado entre el viento:

—¡Abre la reserva, concha de tu madre! ¡Abre la reserva! ¡Abre la reserva!

Pero mi cerebro se bloqueó. No reaccioné. Paralizado por el pánico, me quedé mirando el suelo; la tierra subía hacia mí a una velocidad aterradora. El impacto fue inevitable. Caí de espaldas sobre el arenal con el cuello doblado por la fuerza de la gravedad. El golpe fue tan brutal que el protector cubrenuca de fibra y el propio casco de acero se rompieron en pedazos, absorbiendo el impacto y salvándome la vida. En esa milésima de segundo, sentí una explosión en mi cerebro, como si miles de fuegos artificiales estallaran dentro de mi cabeza. Luego, la oscuridad total.

Permanecí inconsciente durante unos ocho minutos. Cuando abrí los ojos, me habían despojado de los arneses y me encontraba sin camisa sobre la arena, rodeado de instructores que me aplicaban los primeros auxilios. Me puse de pie como pude y me reincorporé a la fila. El camión nos regresó a Las Palmas y, desde allí, nos trasladaron al paso ligero hasta la Escuela Técnica en Chorrillos.

Al mirarme en el espejo, me asusté: mis ojos estaban completamente inyectados en sangre debido a un severo derrame ocular provocado por la presión del golpe, y la columna me ardía del lado derecho. Me evacuaron de urgencia al Hospital Militar Central. Sabiendo que un diagnóstico adverso me costaría el curso, decidí mentirles a los médicos. Soportando los pinchazos en la espalda, sonreí y repetí una y otra vez que me sentía perfectamente. Engañados por mi firmeza, me dieron de alta esa misma noche, entregándome una hoja de recomendación para abandonar el entrenamiento.

Para sorpresa y desconcierto de los instructores y de mis propios compañeros de promoción, a la mañana siguiente me planté temprano en la formación de la Escuela de Paracaidistas. Con la mirada ensangrentada y el cuerpo magullado, abordé el avión tres veces más. Completé mis cinco saltos reglamentarios y me gané el derecho de llevar las alas doradas en el pecho. El derrame de mis ojos tardó dos meses en desaparecer por sí solo, pero el orgullo de haberme graduado como paracaidista del Ejército peruano curó cualquier herida.

3 comentarios:

  1. bonita historia, pero siempre los erranos somos fuertes y mejores alumnos en la ETE

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  2. Hola: Trabajé en la ETE, aunque no directamente para la ETE, a finales del ‘80 a comienzos del ‘82. Me impresioné mucho al leer su experiencia en la escuela. Se que no era cosa fácil. Algunas veces fui testigo de las “masacres” aunque tengo que admitir que en algunas ocasiones el masacrador hacía un alto cuando yo pasaba cerca, esto era en ese patio grande casi en medio de las cuadras. Con su historia también recordé al Comandante Alcócer, al Sub teniente Chávez, Técnico Llontop, recordé a tres panameños entre ellos Tovar creo que era el “más fornido. Pero hubo algo que me impresionó mucho y es que al leer la parte de su relato que lee: “muchos instructores entre oficiales y suboficiales también discriminaban a los alumnos de procedencia serrano; uno de ellos fue el suboficial de tercera Instructor Militar….” Por alguna razón vino a mi mente, al unísono y mientras leía, el nombre de Faichin García Jarol, nunca vi ni escuché nada malo salir de él pero no sé cómo terminé con ese nombre. Tengo que admitir que, en las pocas veces que hablé con él, siempre noté que no me “pasaba” nunca me importo ya que fue respetuoso y yo también, pero a veces el cerebro y mente perciben cosas que, en circunstancias comunes y corrientes uno no se puede dar cuenta y luego afloran, como en este caso. Por otro lado, recuerdo que entró un alumno, el era bién alto, ahora no recuerdo el nombre, y un alumno de 3 lo forzó a ponerse un pañal y con un chupón de bebés lo hizo correr no sé cuántas vueltas por ese patio grande, fue degradante. A veces me ponía a pensar que, nunca me gustaría ver lo que realmente pasaba en las cuadras. Y si, recuerdo el fallecimiento de aquel alumno, se habló calladamente de ello entre las pocas personas que yo conocía, muy triste. En fin no le puedo llamar un sobreviviente más bien un luchador y un ganador, Salió adelante a pesar de todo y no siguió la tradición de la “masacre” y eso es bueno. Lo felicito y gracias por compartir su experiencia en la ETE 👍

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