viernes, 12 de diciembre de 2014

La 9na DIVISIÓN BLINDADA TUMBES PERÚ 1984

El despliegue estratégico de la 9ª División Blindada en Tumbes (1981). - La zona fronteriza entre el Perú y el Ecuador mantuvo históricamente un clima de alta tensión geopolítica desde los albores de la época republicana. Uno de los episodios más críticos de esta relación ocurrió en enero de 1981 con el conflicto del Falso Paquisha, desencadenado en la cordillera del Cóndor. Este acontecimiento motivó una respuesta estratégica inmediata por parte del alto mando peruano: el traslado definitivo de la 9ª División Blindada desde su sede original en la ciudad de Lima hacia la guarnición militar de Tumbes, movimiento que se ejecutó de forma masiva en el mes de febrero de ese mismo año.

A su arribo a la calurosa ciudad norteña, esta gran unidad de combate procedió a ocupar de manera estratégica las instalaciones de la región. El Cuartel General y el núcleo de su potencia de fuego se asentaron en el Fuerte «24 de Julio», ubicado en la meseta de El Tablazo. En este recinto se posicionaron los Batallones de Tanques Nº 222 y Nº 223, unidades dotadas con los imponentes tanques T-55 de fabricación soviética, vehículos de 36 toneladas equipados con cañones de 100 mm. Asimismo, el fuerte albergó al Grupo de Artillería Antiaérea (GAAA) Nº 111, el cual contaba con los sistemas autopropulsados ZSU-23-4B1 Shilka; a la Compañía de Comunicaciones Nº 211; a la Compañía de Policía Militar y a la Compañía Comando.

De forma complementaria, el despliegue se extendió hacia el distrito de Corrales, donde las unidades de apoyo, ingeniería e infantería ocuparon el Fuerte «5 de Julio». En esta guarnición se establecieron el Batallón de Ingeniería de Combate «Machupicchu» Nº 211, el Batallón de Infantería Blindada «Cahuide» Nº 211 y una Compañía Antitanque especializada. El soporte logístico, el abastecimiento y el mantenimiento técnico de toda la gran unidad quedaron bajo la responsabilidad del Batallón de Servicios Nº 211, consolidando así un poderoso dispositivo de disuasión y defensa en el extremo norte del territorio nacional.

Las ondas del deber: Memorias de la Compañía de Comunicaciones Nº 211 en el Hito 500.- Hacia el año 1984, la 9ª División Blindada se erigía como el puño de acero en la frontera norte del Perú. La Gran Unidad ostentaba un imponente parque bélico de procedencia soviética que se mantenía en un óptimo y envidiable estado de operatividad. La rutina en la guarnición no conocía el descanso; constantemente, los batallones de maniobra y las compañías independientes abandonaban los cuarteles para internarse en el terreno, ejecutando rigurosos ejercicios de tiro y maniobras de campaña conjuntas en el estratégico sector del Hito 500, en Zarumilla, justo en la línea misma que dividía las soberanías.

En aquel escenario de polvo, mística y estepa norteña, le tocó actuar a la Compañía de Comunicaciones Nº 211. Entre sus filas marchaban jóvenes suboficiales de 3ra, Miguel Pineda, recién egresados de las aulas de la Escuela Técnica del Ejército, quienes debían asumir de inmediato la enorme responsabilidad técnica y operativa de la especialidad. Sin importar la jerarquía, el personal cumplía funciones polivalentes, alternando con destreza los roles de mecánicos de mantenimiento y operadores de radio. La compañía jamás se quedaba en la retaguardia; se desplazaba por completo hacia la zona de operaciones desplegando sus camiones equipados con cabinas Shelter, laboratorios móviles que daban vida a la red de comando a través de una rigurosa organización táctica.

El sistema se articulaba a partir de dos núcleos fundamentales. El primero de ellos era el Centro de Comunicaciones Nº 1, el vehículo principal encargado de asegurar el enlace vital con el Escalón Superior y mantener el control de todas las unidades subordinadas en la línea de fuego. En su interior, el zumbido de los equipos delataba una actividad frenética: un radio de Onda Corta y Banda Lateral Única (C/V BLU) enlazaba las unidades de maniobra y el apoyo de fuegos; un segundo equipo de Frecuencia Modulada (C/V FM) comunicaba directamente a los comandantes en el frente; un tercer radio BLU mantenía el cordón umbilical con el alto mando del Escalón Superior; mientras que una Central Telefónica manual administraba la compleja red de campaña cableada en el terreno.

1. Centro de Comunicaciones Nº 1 (Enlace de Comando y Escalón Superior)

Este vehículo aseguraba de forma directa las comunicaciones con el Escalón Superior y la dirección táctica de todas las unidades subordinadas en la línea de fuego. Su equipamiento de radio constaba de:

  1. Red de Maniobra y Apoyo de Fuegos: Un equipo de radio C/V de Banda Lateral Única (BLU), empleado para enlazar a las unidades de combate de primera línea y la artillería en el terreno.
  2. Red de Comandantes: Un equipo de radio C/V en Frecuencia Modulada (FM), destinado a la comunicación directa entre el Comando de la División y los jefes de las distintas unidades y apoyos de combate.
  3. Red del Escalón Superior: Un segundo equipo de radio C/V de Banda Lateral Única (BLU), exclusivo para mantener el enlace estratégico con el alto mando.
  4. Red Telefónica de Campaña: Una Central Telefónica destinada a la administración y conmutación de la red de cables y teléfonos desplegados en el sector.

2. Centro de Comunicaciones Nº 2 (Enlace del 2do Escalón del Cuartel General)

Este vehículo garantizaba el flujo de información administrativa y el soporte logístico para la retaguardia de la Gran Unidad. Su equipamiento estaba distribuido de la siguiente manera:

  1. Red Administrativa Superior: Un equipo de radio C/V de Banda Lateral Única (BLU) dedicado al enlace con la unidad de apoyo administrativo del Escalón Superior.
  2. Red Logística de la División: Un equipo de radio C/V en Frecuencia Modulada (FM) para la comunicación y coordinación directa con el Batallón de Servicios Nº 211.
  3. Red de Teletipo y Mensajería: Un equipo de Centro de Mensajes (C/M) destinado a la transmisión formal, escrita y cifrada de las órdenes militares.
  4. Red Telefónica de Retaguardia: Una Central Telefónica propia para la gestión de las líneas telefónicas de hilo en su zona de responsabilidad.

Orugas hacia el Norte: El rugido de la 9ª Blindada (1984). - Para un suboficial de tercera recién egresado de la Escuela Técnica del Ejército, el año 1984 quedó cincelado a fuego en el alma. La vida en la 9ª División Blindada, bajo el mando del General de Brigada Jorge Ruiz Calderón y su Estado Mayor —integrado por los coroneles Torrico y Diez—, era una escuela constante de disciplina, coraje y mística. En aquel rincón de la patria, perteneciente a la entonces Primera Región Militar, el orgullo de vestir el uniforme se respiraba en cada rincón de los cuarteles.

Uno de los recuerdos más imborrables y espectaculares que quedó grabado en la memoria de los cientos de asistentes, tanto militares como civiles, fue ver la imponente maniobra de un Vehículo Porta Tropa a Oruga (PTO) perteneciente al Batallón de Infantería Blindado «Cahuide» Nº 211 de Corrales. Ante la mirada atenta del pueblo tumbesino, el blindado anfíbio cruzó con total éxito y destreza las bravas aguas del río Tumbes, demostrando que no existía barrera geográfica capaz de detener el avance de la gran unidad.

Pero más allá del rugido de los motores y el peso del acero, lo que verdaderamente sacudía las fibras más íntimas del personal de todos los grados era la música. Durante los intensos desfiles por motivo de las inspecciones de comando, la banda de músicos rompía el aire con los acordes de la emblemática y combativa canción «A Quito nos vamos». A sus sones, los soldados, suboficiales y oficiales marchaban al unísono, cantando a todo pulmón con una moral inquebrantable que hacía retumbar la tierra. Esas vivencias, marcadas por el polvo del camino y la lealtad a la bandera, se convirtieron en un faro que iluminó un largo y digno trajinar dentro de las filas del Ejército del Perú.

A QUITO NOS VAMOS

            A Quito nos vamos (bis)                                  
            A Quito marcharemos llenos de valor 
            Alerta muchachos (bis)                                                                                               
            Alerta que los monos traicioneros son              
            Por nuestras fronteras                                      
            Por nuestros hermanos                                    
            Por ellos que vilmente fueron muertos              
            Vengar su sangre
            Nos toca ahora
            Ya que la patria siempre nos recordará
            Ya me voy amor, amor (bis)
            Ya me voy con la esperanza de volver
            Si el destino vé por mí (bis)
            Si el divino quiere pronto volveré.
            yo te pido que rogues (bis)
            y a la virgen una cera encenderas
            no me llores ni me tengas compasión bella mujer
            que en mi pecho siempre tú has de reinar.

La vida en los cuarteles del Tablazo. - En los tiempos en que el desierto de Tumbes parecía arder bajo el sol, la vida en los cuarteles de la 9ª División Blindada del Tablazo seguía un ritmo propio, dictado más por la necesidad que por los reglamentos. Cada quincena, o al cumplirse el mes, el rugido de los motores administrativos rompía la rutina. Eran los camiones militares que partían rumbo a la Frontera Norte, con suboficiales de la reserva al volante y sargentos reenganchados como copilotos, listos para una misión tan vital como informal: el abastecimiento.

Al llegar a las inmediaciones del puente internacional, los vehículos maniobraban hasta detenerse en el pampón. Desde allí, los uniformados cruzaban a pie hacia Huaquillas, territorio ecuatoriano, donde la economía vecina se convertía en el salvavidas de la tropa peruana. El contrabando hormiga era el verdadero motor logístico de la frontera. Por eso, cualquiera que entrara a las cantinas del Servicio Militar Obligatorio se topaba con un paisaje extranjero: las galletas y las gaseosas que los reclutas devoraban con ansia eran de procedencia ecuatoriana. Incluso el plato fuerte del día, el lomo saltado, se cocinaba con carne traída del otro lado del canal, siempre escoltado por una Coca-Cola bien helada, también de etiqueta norteña. Aquel comercio era un negocio redondo para los comandantes de batallón, quienes administraban los almuerzos extras y los antojos de la tropa, quedándose con las propinas de los muchachos.

Los fines de semana, el ritual cambiaba de protagonistas. Los sábados y domingos, los técnicos y suboficiales casados emprendían su propio viaje hacia la línea de frontera; regresaban al caer la tarde, cargados con las bolsas del mercado que asegurarían el alimento de sus familias para la semana entera. Los oficiales, siempre celosos de las apariencias y más solapados en sus andanzas, preferían no mezclarse en el tumulto. Ellos aprovechaban la discreción de los viajes administrativos, dejando que sus encomiendas personales viajaran camufladas entre las cajas destinadas a los ranchos de los soldados.

La frontera era un ente vivo y contradictorio. El técnico Lozada Neyra, viejo roble de la Compañía de Comunicaciones Nº 211, solía contar que ni el estallido de las armas en el conflicto de 1981 logró romper los lazos del mercado. En pleno conflicto armado, civiles y militares peruanos seguían cruzando al lado ecuatoriano con total normalidad para hacer sus compras. En aquellos años, Ecuador era la tierra de la abundancia barata. Mientras en el Perú la tecnología era un lujo prohibitivo, en Huaquillas aparecían los primeros televisores Sony a color de 14 pulgadas a un precio de risa: apenas 215 soles, frente a los exorbitantes 570 soles que costaban en territorio nacional.

Para el año 1984, durante los últimos tramos del gobierno del arquitecto Fernando Belaúnde Terry, la crisis económica ya mostraba sus garras más afiladas. La inflación avanzaba sin tregua y el dólar subía día tras día, devorando el valor del dinero con una voracidad que asustaba. Con un sueldo de 470 soles que apenas alcanzaba para cubrir las necesidades más básicas del hogar, la supervivencia se convirtió en un arte de magia. Hubo que ajustar los gastos al extremo, vigilar cada moneda y renunciar a cualquier capricho. Solo así, estirando el presupuesto bajo el sol del norte, fue posible rescatar del torbellino económico un pequeño tesoro: seiscientos soles de ahorro al final del año, el humilde trofeo de un soldado que aprendió a ganarle la batalla a la escasez.

Mal uso de los vehículos de apoyo de combate. - Al llegar a la guarnición de Tumbes, en los cuarteles de la 9na División Blindada, encontré muchos camiones Man modelo 20-280 (DFAEG) 6 x 6, vehículo de apoyo de combate recientemente adquirido, diseñado para transporte de tropa, carga diversa y tracta remolques y piezas de artillería en todo terreno, puede tractar o cargar hasta 21 toneladas, es de fabricación alemana, son excelentes en todo terreno. Estos camiones habrían llegado a la 9na División Blindada como dotación durante el año de 1983, por lo que se encontraban aún semi nuevo. A estos vehículos los comandantes de Unidades le daban mal uso, los alquilaban a las ladrilleras, a las langostineras, otros se dedicaban al transporte de leña, etc. Todo el año 1984 estos vehículos transitaron con sus cargas ilícitas por todo lado, normalmente los manejan los sargentos reenganchados y los suboficiales de procedencia reserva; las Unidades que no contaban con este tipo de vehículos, alquilaban a sus vehículos de tipo LA para el transporte de leña a las ladrilleras.

En aquellos tiempos desconocí el costo del alquiler de estos vehículos, tampoco no sé cuánto de ingreso habría generado mensualmente cada camión; solo se hablaba que generaban recursos propios para los batallones y companías, en realidad para quien habría sido el dinero que se obtenía así de esa forma y en que bolsillo habría terminado dicho ingreso ilícito.

Yo permanecí destacado al mando de 12 hombres de Tropa, durante dos meses consecutivos en los montes que se encuentran al fondo, pasando la zona  de Cabuyal, corté leña por orden expresa del mayor de comunicaciones Hermoza Ramírez Raúl, más conocido como la “burra” Jefe de la Compañía de Comunicaciones N° 211, cada fin de la formada un vehículo Man llegaba y retornaba cargado de leña, conducido por un sargento renganchado, toda la carga de leña salía con destino a las ladrilleras que en aquellos tiempos abundaba en la ciudad de Tumbes. Por el trabajo ilegal que realicé no recibí ningún tipo de pago, solo cumplí órdenes.

Bajo el Techo de Eternit. - El techo de la Compañía de Comunicaciones Nº 211 no era un edificio, sino un galpón inmenso en la calurosa tierra norteña. Una estructura de metal techada con planchas de Eternit a doble caída que se elevaba a doce metros del suelo, como queriendo atrapar el calor sofocante de Tumbes. Bajo esa misma cubierta, sin más fronteras que las siluetas grises de unos roperos metálicos de tropa, convivían tres unidades: Comunicaciones, la Policía Militar Nº 211 y la Compañía Comando, que albergaba a los músicos del fuerte. Allí se amontonaban las cuadras de los soldados, las oficinas del Estado Mayor y los camastros de los técnicos y suboficiales.

En ese enorme hangar, la privacidad era un mito. Al caer la noche, el eco de las botas del servicio de guardia contra el cemento astillaba el silencio, impidiendo cualquier intento de descanso. Era una convivencia incómoda, casi cruel para los técnicos más antiguos. Hombres con más de veinte años de servicio, cuyos cuerpos ya reclamaban la paz de un hogar, se veían obligados a soportar el desorden y las risas destempladas de los suboficiales jóvenes que regresaban de madrugada, bendecidos por el alcohol y la inconsciencia de la juventud.

Al frente de la compañía estaba el Mayor Hermoza Ramírez. De contextura gruesa, mediana estatura y con la cuarentena a cuestas, el Mayor era la antítesis del rigor atlético. Raras veces se le vio correr liderando a la tropa; carecía de ese fuego sagrado y la actitud guerrera que se espera de un oficial de infantería o blindados. Entre dientes y a sus espaldas, el personal lo llamaba "La Burra", juzgándolo como un hombre poco apto para las penurias de una campaña larga, ya fuera en los mapas de una guerra convencional o en el fango de un conflicto asimétrico antisubversivo. Su pericia teórica en el arma de comunicaciones siempre fue un misterio protegido por su escritorio.

El verdadero brazo ejecutor del cuartel era el teniente Ricardo Anderson Cojatsu, el ejecutivo y S-3. Con veintiocho años y un cabello canoso prematuro que le daba un aire severo, Anderson era alto, fuerte y hábil en las pichangas de fulbito sobre las canchas de cemento del fuerte. Era el típico oficial criollo: "bravo en el cuartel", pero de esos oficiales costeños que, según la voz popular de los cuarteles, no resistirían una marcha forzada en las punas heladas o en la espesura de la selva contrasubversiva. En el Compañía de Comunicaciones lo apodaban "La Vieja".

El teniente Anderson comandaba con mano de hierro y un carácter despótico. Para la tropa floja o indisciplinada no había discursos, sino violencia. Cuando el mal humor lo dominaba, el cableado grueso de los equipos de radio vehicular CX-4720/VRC o los chicotazos del cable CX-7059/VRC se convertían en látigos improvisados. Otras veces, eran las antenas AS-1729/VRC, los baquetones de limpieza o las pesadas baterías TNC-7725 de las radios mochileras A/PRC-77 los que caían sobre las espaldas de los soldados de tropa. Eran tiempos duros, donde el abuso físico y psicológico se camuflaba bajo el rótulo de la corrección drástica.

Pero el desprecio de Anderson no distinguía jerarquías. Los técnicos de segunda Gabriel Lorenzo Casimiro, apodado "Cachito", y Héctor Chumpitaz Gonzáles —hombres con treinta y veintiocho años de servicio impecable— eran humillados públicamente. El teniente los reprendía a gritos como si fueran sus entenados, pisoteando sus canas frente a los suboficiales más jóvenes. A nosotros, los de menor rango, nos mantenía a raya con una lluvia incansable de papeletas de castigo. Cuatro días de arresto simple eran el mínimo por cualquier pestañeo. En su vocabulario no existía la compasión ni el "pobrecito, tiene familia".

A pesar de las injusticias, el Técnico Casimiro, el más antiguo de la caompanía, jamás bajó los brazos. Su puntualidad era exacta, su porte militar intachable y su energía contagiaba el respeto que el teniente le negaba.

Lo único rescatable de aquel encierro en la 9ª División Blindada era la calidad de la instrucción. El fuerte funcionaba con la precisión y el aislamiento de una escuela militar: cada minuto del día estaba tabulado para la preparación de una guerra inminente con el Ecuador. En la Compañía 211, los soldados de la tropa se convirtieron en un complemento perfecto para los técnicos. Manejaban con destreza teórica y práctica los sistemas de radio de Alta Frecuencia (HF) y Muy Alta Frecuencia (VHF), tendían líneas telefónicas, operaban centrales y dominaban la electricidad de campaña. Se les entrenaba para ser hombres de guerra, listos para operar bajo el fuego, ignorando que el verdadero enemigo, muchas veces, dormía bajo su mismo techo de Eternit.

La Huelga de los Platos Vacíos. - En el Fuerte 24 de Julio, el rancho era una frontera más hostil que la misma línea de guerra con el Ecuador. La 9ª División Blindada separaba los estómagos con un rigor implacable: un comedor exclusivo atendía a la oficialidad, mientras el otro alimentaba a la masa de doscientos cincuenta comensales compuesta por técnicos, suboficiales, sargentos reenganchados y empleados civiles. El descuento para costear la comida se aplicaba de forma obligatoria y directa en la planilla, pero lo que llegaba a las mesas a cambio era una miseria indigna.

Los desayunos consistían en una pequeña taza china con un té o café ralo, escoltado por dos panes untados con una capa invisible de mantequilla. Al almuerzo, el calvario era logístico y físico: las mesas estaban rígidamente ordenadas según la antigüedad, obligando a los suboficiales jóvenes a formar filas interminables mientras los cubiertos —cucharas, tenedores y cuchillos— se extinguían antes de llegar a la mitad de la cola. La cena ganaba por mérito propio el apelativo de "muerte lenta": un locro de zapallo aguado donde flotaban náufragos unos cuantos granos de arroz, acompañado por el eterno té en la taza de loza barata.

El hambre generalizada no era un accidente; era un negocio. El runrún diario en los rincones del cuartel apuntaba hacia la Jefatura de la Junta Económica de Rancho (JEROPA), entonces en manos de un capitán, en complicidad con el suboficial de tercera Velasco, alias "El Mostro", quien se turnaba como adjunto del oficial de rancho. Los comentarios, nacidos de la impotencia de la corporación de técnicos y suboficiales, aseguraban que los víveres de primera calidad eran desviados de madrugada en camiones administrativos, cruzando la mismísima Guardia de Prevención con el amparo del silencio aduanero militar. Todos sabían, todos hablaban, pero nadie se atrevía a cruzar la línea de la denuncia formal.

El descontento, contenido desde enero de 1984, estalló el 26 de noviembre. Una consigna anónima y silenciosa corrió como pólvora entre los batallones: nadie pisaría el comedor. El boicot fue absoluto. En la Compañía de Comunicaciones Nº 211 la gran mayoría sacrificó el desayuno. Al mediodía, el hambre se alivió de forma clandestina en la cantina de tropa del Grupo de Artillería Antiaérea (GAAA) Nº 111 y por la noche, los suboficiales se congregaron en el casino técnico ubicado en las inmediaciones de la plaza de armas de Tumbes. Lo que inició como el hábito rutinario de juntarse a ver televisión y tomar unas cervezas, se transformó en un cabildo encubierto donde tomó forma la verdadera insurrección: el día siguiente, 27 de noviembre, Día del Arma de Infantería, los batallones dejarían vacío el patio de honor.

El 27 de noviembre, la paradoja militar se hizo presente. Los suboficiales egresados de la Escuela Técnica del Ejército (ETE) acataron la huelga silenciosa con precisión táctica. Los técnicos de los dos batallones de tanques T-55 se atrincheraron dentro de las moles de acero, cerrando las escotillas y negándose a salir. El resto del personal abandonó el fuerte temprano, dispersándose y camuflándose en las calles de la ciudad de Tumbes para regresar recién a la mañana siguiente, fingiendo amnesia.

La fractura de la protesta, sin embargo, expuso el arraigado clasismo de la institución. Las filas del desfile se poblaron casi exclusivamente por el personal de procedencia reserva y los asimilados. Para la perspectiva de los técnicos de carrera, aquella sumisión reflejaba una mentalidad servil, donde el oficial ya no era un superior jerárquico, sino el patrón de una hacienda uniformada; un despojo de dignidad humana y militar que los más jóvenes no lográbamos comprender. En nuestra propia Compañía de Comunicaciones, los únicos en marchar fueron los técnicos de segunda Gabriel Casimiro Lorenzo y Héctor Chumpitaz Gonzales, ambos formados en la vieja escuela de la tropa. Ante los reclamos por su actitud, sus respuestas se refugiaron en el peso de los años de servicio, el temor a perder la pensión y el bienestar de los hijos que los esperaban en casa. "A más grado, más viejo; y a más viejo, más cojudo", dictaba la implacable sentencia en los cuarteles.

El 28 de noviembre el cuartel amaneció sin rancho para nadie. Al mediodía, el comandante General de la División, el General de Brigada Jorge Ruiz Calderón, ordenó una reunión de emergencia en el comedor general. La corporación en pleno asistió: los técnicos más antiguos ocuparon la primera fila como escudos humanos; los suboficiales de primera y el resto del personal nos apiñamos de pie en la retaguardia.

El preámbulo fue brutal. Tres oficiales de menor rango ingresaron al recinto: un mayor y dos capitanes. El más antiguo, un auxiliar de la sección de personal (G-1), se plantó al frente y descargó un monólogo de insultos y amenazas que duró cinco minutos exactos. Nos trató de "rosquetes", "cobardes" y "miserables", buscando quebrar la moral colectiva mediante la humillación verbal. Desde el fondo de la sala, la indignación contenida buscaba un escape; miré a los viejos técnicos de la primera fila esperando que el orgullo de sus canas saltara, pero todos clavaban la vista en el piso de cemento. Fue entonces cuando el silencio se rompió desde atrás: un suboficial de segunda de las unidades de tanques se puso de pie con una energía rabiosa, plantándole cara al oficial del G-1. Las injurias mutuas escalaron rápidamente hacia los argumentos lógicos en un ambiente que amenazaba con desatar la violencia, justo en el instante en que las voces de alerta anunciaron el ingreso del comando oficial.

El General Ruiz Calderón entró escoltado por los coroneles Diez y Torrico, junto al resto del Estado Mayor. El tono cambió, adoptando la frialdad de las cortes marciales. El comando lanzó advertencias severas, asegurando que el oficial de inteligencia (G-2) ya tenía identificados a los cabecillas de la asonada y que los castigos serían ejemplares. Pese a las amenazas de cambio de colocación a lugares remotos, algunos técnicos antiguos rompieron el mutismo generalizado para exponer, con voz firme, la miseria que se servía en los platos. El comando escuchó.

Aquel motín silencioso demostró que para cambiar la historia de un cuartel era necesario arriesgar la carrera. Días después del incidente, la respuesta llegó desde Lima: el Comité Femenino de Apoyo a la Familia Militar (COFA-FAM) envió dotaciones completas de ollas industriales, cucharones, vajillas nuevas, cubiertos relucientes, manteles para las mesas desnudas, un televisor a color de 24 pulgadas para el casino y dos mozos uniformados para agilizar el servicio. El rancho cambió drásticamente en cantidad y sazón.

Antes de dar por cerrado el episodio, el General Ruiz Calderón volvió a pararse frente a la corporación en el comedor reformado. Miró fijamente a la masa de técnicos y suboficiales y preguntó con ironía: «¿Ahora están contentos?». Tras un silencio espeso, remató con la vieja fórmula eclesiástica: «¿Alguna pregunta? Hablen ahora o callen para siempre». Nadie abrió la boca. El General dio la vuelta y se retiró con su Estado Mayor, sellando el final de la pequeña revolución que un suboficial de tercera atestiguó bajo el sol del norte en noviembre de 1984.

El Retablo de la Plaza y la Cosecha de la Noche. - Los domingos por la noche, el calor denso de Tumbes se trasladaba a la Plaza de Armas. Entre las ocho y las once, el centro de la ciudad se transformaba en una feria humana, un hormiguero de juventud de todas las condiciones sociales. El ritual era exacto: las mujeres caminaban despacio por las veredas en un desfile silencioso, mostrándose con el orgullo de la juventud bajo las farolas, mientras los caballeros formaban racimos en las esquinas y los bordes del pavimento, midiendo con miradas disimuladas a cada silueta que cruzaba el perímetro. Era el prólogo de la noche.

Mientras la plaza bullía, los salones de baile preparaban su propia arquitectura. Las orquestas afinaban los metales, el hielo crujía y las cajas de cerveza y gaseosa ingresaban por cargamentos a los locales. En cuanto daban las once, la masa que había pasado tres horas dando vueltas en la plaza se dividía con precisión quirúrgica según el bolsillo y el linaje.

La clase media, los profesionales y la oficialidad de la guarnición militar —desde los alféreces hasta los técnicos y suboficiales— enfilaban hacia los amplios salones del Club Deportivo. Allí la salsa dictaba el ritmo y el ambiente se poblaba de las llamadas “cachaqueritas” de cierto nivel social y cultural, mujeres que buscaban la seguridad o el porte del uniforme. Al otro lado del espectro, subiendo hacia El Tablazo, en los corralones sin techo que rodeaban el Mercado Nuevo y el Mercado Antiguo, la realidad era otra. Con servicios higiénicos escasos y el cielo por cobertura, los obreros, agricultores y pequeños comerciantes se ahogaban en el ritmo de la música chicha. Eran los años dorados de Los Shapis de Chupaca, y en esos locales retumbaban El Aguajal, Mi Tallercito o El Borrachito Borrachón. En esos bastiones populares, la madrugada no solo traía alcohol, sino también el estallido de los botellazos cuando los celos o los tragos encendían las lealtades de la calle.

Las mujeres de Tumbes. -  Era la mujer cuyo pulso se aceleraba ante la presencia de un militar; para muchas, el primer contacto con un uniforme significaba una emoción intensa, el hallazgo de un amor que podía durar una guardia de fin de semana o extenderse para toda la vida. La sabiduría de los batallones describía a la mujer tumbesina común como dueña de una belleza esquiva en el rostro, pero generosa de la cintura para abajo, poseedora de buenas piernas que los técnicos más viejos atribuían, entre risas y mitos de cuartel, al plátano que nunca faltaba en sus mesas.

En esa tierra calurosa, la cosecha de mujeres parecía inagotable, regulada únicamente por la jerarquía y el dinero. Había un mercado de afectos para cada grado: cachaqueritas para oficiales y otras para la corporación de técnicos. El único requisito era tener algunos soles en el bolsillo entre el viernes y el domingo. Donde se instalaban los cachacos, las mujeres aparecían por docenas. Bastaban un par de cajas de cerveza para calentar el motor de cuatro o cinco parejas. Entre pieza y pieza, con el cuerpo empapado en sudor por el clima norteño, se jugaba la persistencia del soldado: si la dama aceptaba una gaseosa, el terreno estaba ganado en un noventa por ciento. Tras un breve susurro al oído, la noche solía morir en las habitaciones de algún hostal de paso.

Al amanecer, la tregua de la noche se disolvía. Al cruzarse en la calle al día siguiente, el reconocimiento mutuo se reducía a una mirada silenciosa, un pacto de caballeros donde nadie debía nada. Los colegas de físico más presentable, los más "pintones" y "pendejos", jamás regresaban solos al cuartel; salían de cada fiesta escoltados por las mejores jovencitas de la provincia. Así era el mundo nocturno en el Tumbes de aquellos años: un torbellino de música tropical, mujeres esquivas, cerveza helada y la astucia criolla floreciendo bajo las estrellas del norte.

Retrato de la Frontera Herida. - Tumbes, el rincón más septentrional de la patria, era en 1984 un territorio de contrastes geográficos y abandonos estatales. Con apenas 4,669 kilómetros cuadrados de extensión —el departamento más pequeño del mapa peruano—, esta cuña de tierra tropical limitaba al este con el Ecuador, al sur con Piura, y al oeste y norte con la inmensidad del Océano Pacífico. El antiguo territorio de los Tumpiz, que en tiempos de los Incas albergó fortalezas y palacios, se sostenía en el siglo XX bajo un clima riguroso que promediaba los 24 grados anuales, pero que entre enero y marzo estallaba en unos sofocantes 38 grados que evaporaban la paciencia de cualquiera. Sus valles, bendecidos por las aguas de los ríos Tumbes y Zarumilla, convivían con una economía que miraba con nostalgia el viejo esplendor de su puerto ballenero, ahora en total declive, mientras al sur sobrevivían la refinería, algunos pozos de petróleo y minas de carbón atravesadas por la Carretera Panamericana.

Aunque el Protocolo de Río de Janeiro de 1942 había sellado legalmente la pertenencia de Tumbes al Perú, la frontera seguía siendo una herida abierta en la identidad de sus habitantes. Las lenguas aborígenes de las numerosas etnias locales habían desaparecido bajo el peso de las colonizaciones, dejando paso a un castellano mal pronunciado pero sonoro. En esa tierra de tez cobriza, sin embargo, el quechua y el aimara no eran reliquias respetadas, sino idiomas despreciados bajo el estigma de la "serranía". En más de una ocasión, al responder con un orgullo limpio que sí hablaba el quechua, la respuesta del entorno fue tildarme de serrano e ignorante. Aquellos críticos de frontera ignoraban que las lenguas andinas poseen estructuras gramaticales milenarias, en muchos casos más elaboradas y complejas que las de las más difundidas lenguas indoeuropeas, capaces de comunicar el espíritu de culturas que florecieron mucho antes de que el llamado "mundo civilizado" pisara estas costas.

Como un joven militar subalterno recién egresado de la Escuela Técnica del Ejército, mi paso por Tumbes se limitó al año de 1984. Doce meses bastaron para observar, desde dentro y fuera del cuartel, las costuras de una sociedad fracturada. En aquellas calles aún se respiraba el lodo seco y el desamparo que dejó el devastador Fenómeno de El Niño de 1983. Tumbes era el reflejo de un sistema donde reinaba el egoísmo y la indiferencia; un pueblo incapaz de organizarse para el bien común, acostumbrado a mirar hacia el norte con sospecha y hacia Lima con una eterna actitud de espera, aguardando que el gobierno central resolviera hasta el más mínimo de sus males. Las instituciones locales carecían de la estructura para reaccionar ante desastres naturales, epidemias o, peor aún, ante la inminencia de una guerra convencional con el vecino del norte. No había un engranaje que uniera a la masa poblacional con las Fuerzas Armadas en caso de una movilización general.

Ese patriotismo tumbesino, empírico e instintivo, estaba muy lejos de ser un nacionalismo de corazón. Al poblador civil le faltaba el orden y la disciplina que el territorio exigía. Una prueba irrefutable de este desarraigo se escondía dentro de los propios muros militares: tanto en nuestra 9ª División Blindada del Tablazo como en la 1ª División de Infantería, el noventa y cinco por ciento del personal de la tropa del Servicio Militar Obligatorio provenía de otros departamentos del Perú. Eran los hijos de la sierra y del centro quienes custodiaban la línea de frontera, mientras la juventud local miraba de costado.

La precariedad del Estado se ensañaba con los servicios públicos esenciales. Los hospitales e instalaciones sanitarias eran infraestructuras deficientes, con un puñado de médicos para una población que veía con alarmante normalidad los índices de mortalidad infantil, especialmente en las zonas rurales. Incluso el aire que se respiraba estaba colonizado. En el espectro de los medios de comunicación de masas, las pantallas locales apenas sintonizaban las señales débiles de los canales 4 y 5 de Lima. En la radiodifusión, la señal de Radio Nacional de Tumbes solo recordaba su peruanidad los domingos por la mañana, durante la hora del desfile cívico-militar; el resto de la semana, sus ondas se inundaban de música y giros lingüísticos ecuatorianos. En los hogares tumbesinos, e incluso dentro de los dormitorios del Fuerte 24 de Julio y del Fuerte 5 de Julio en Corrales, las miradas no apuntaban a los canales patrios, sino a las pantallas de Teleamazonas de Ecuador. El vecino del norte, ausente en los mapas, gobernaba el día a día a través del aire, el comercio y la cultura, dejando las memorias de este suboficial como testigo de un año donde la patria se defendía con fusiles importados y el estómago vacío.

El Peaje de los Gallinazos. - El verdadero filtro de la frontera no estaba en las trincheras, sino en el control aduanero de Zarumilla, en ese imponente bloque de cemento que todos conocían simplemente como “El Complejo”. Aquel lugar era un agujero negro donde la ley se maleaba al mejor postor y donde el dinero corría con la misma fluidez que el agua del canal internacional. En sus inmensos almacenes se acumulaban cerros de artefactos decomisados: televisores, radiograbadoras y electrodomésticos que esperaban el pago de un rescate fijado al ojo y según el humor del aduanero de turno. Las tarifas se cobraban a la manera de ellos; allí no existían los tickets, las boletas ni los registros oficiales. Reclamar un derecho era una ingenuidad peligrosa: bastaba levantar la voz para que los policías te amenazaran con quitarte la mercadería por completo.

En una de mis salidas a Huaquillas, decidí tentar a la suerte y compré un televisor Panasonic a color de catorce pulgadas y una radiograbadora. Al cruzar El Complejo, la realidad me cobró el peaje de la frontera: tuve que desembolsar cincuenta soles por el televisor y treinta por la radio para evitar que terminaran en el almacén de los olvidos. En ese ecosistema de corrupción, el contrabando tenía sus propias reglas y divisas. Las mujeres dedicadas al negocio del pase, dueñas de una presencia llamativa y de cierta simpatía, manejaban un método de pago muy distinto al de los soles, negociando con su propio cuerpo ante la mirada cómplice de las autoridades para coronar su mercadería al otro lado de la línea. Ante tanto flujo clandestino de billetes, la pregunta flotaba siempre en el pensamiento del soldado: ¿en qué bolsillo terminaría la inmensa fortuna que se recaudaba a diario bajo ese techo?

A unos cien metros del local principal pasaba la Carretera Panamericana, la arteria que conectaba la frontera con el resto del país. Desde allí, los policías y los agentes aduaneros vigilaban el asfalto con una paciencia de cazadores. En cuanto divisaban un vehículo que avanzaba de norte a sur, se lanzaban sobre él como gallinazos hambrientos. No importaba si el artefacto comprado en Ecuador era ínfimo o de poco valor; la orden implícita era confiscarlo, arrastrarlo hacia El Complejo y obligar al dueño a pagar por el pase. Era la corrupción total y desembozada, un negocio redondo que florecía a vista y paciencia de todos, demostrando que en Zarumilla la soberanía nacional pesaba menos que el valor de un fajo de billetes

El Espejo Roto del Puente Internacional. - Si el viejo puente internacional que une a Huaquillas y Zarumilla pudiera hablar, sus palabras serían una protesta amarga. Aquella estructura de concreto no solo unía dos naciones; se alzaba sobre un canal cuyas aguas turbias arrastraban las verdaderas cochinadas y vergüenzas de la frontera, un rincón donde las ratas abundaban en el fango y los buitres se disputaban los restos de algún perro muerto. El canal internacional, cargado de inmundicia, funcionaba como la línea divisoria oficial entre quienes el ingenio y la rivalidad popular de América del Sur apodaban los “monitos” del norte y las “gallinas” del sur.

Cruzando el puente, el contraste golpeaba el orgullo de cualquier peruano. Huaquillas, la ciudad ecuatoriana que tantos estudiantes de los colegios fronterizos soñaban con visitar, se plantaba con el porte de la modernidad: exhibía edificios de varios pisos, calles limpias y asfaltadas, casas construidas con material noble y tiendas con bazares repletos de mercancía barata. Del lado peruano, la realidad se desmoronaba en el abandono. El comercio nacional sobrevivía hacinado bajo el techo precario de simples casuchas de esteras. En lugar de avenidas, la entrada al Perú era un inmenso “pampón” que se asemejaba más a un botadero de basura que a un puerto de entrada. Allí se estacionaban camiones y colectivos de todo tipo, abriéndose paso entre los caballos y burros que los “pasadores” utilizaban para arrastrar el contrabando por las trochas.

Aquel sector peruano era un laberinto sucio y maloliente, cercado por cantinas y bares de mala muerte donde la música chicha se mezclaba con el olor a cerveza barata. En esos locales, los visitantes y los pasadores gastaban los pocos centavos que les dejaba el día en compañía de prostitutas muy jóvenes, muchachas traídas de Chiclayo, Amazonas o Sullana que la necesidad o el engaño habían empujado hasta el último confín del mapa. Esa era la estampa que mis ojos de suboficial de tercera presenciaron a lo largo de 1984: una frontera donde el desarrollo se quedaba en el norte y la miseria se refugiaba bajo las esteras del sur.

El Sabor de la Frontera y los Hechizos del Amor Pasajero. - Aquella noche de mayo, las luces de la fiesta en la zona de frontera en Tumbes cortaban la oscuridad costera. El anfitrión era un oficial de mar de la Marina de Guerra del Perú que trabajaba en "El Salto", y el local en la avenida Teniente Vásquez se había convertido en un territorio neutral exclusivo para solteros, donde se mezclaban técnicos y suboficiales del Ejército con marinos de la guarnición. Como era costumbre, el inmueble estaba repleta de las más lindas "cachaqueritas" de Tumbes. Entré al local al filo de la una de la madrugada, cuando el ambiente ya estaba encendido: los licores iban y venían, el sudor brillaba en la pista y las risas de las chiquillas se ahogaban en el ruido de los parlantes. Convencido de que había llegado muy tarde a la pesca, me resigné a buscar una esquina junto a mi promoción Juan Callalli, conformándome con apurar unas cervezas heladas mientras contemplaba el ruedo.

A unos metros, mi otro promoción, José Sánchez, el "Chivo", sudaba la gota gorda persiguiendo por todos los rincones a una jovencita de mirada esquiva. A fuerza de insistencia, parecía que el “Chivo” estaba por coronar la noche. Sin embargo, tras un breve intervalo de silencio, la orquesta soltó los primeros acordes de Llorarás de Oscar D’León. Esa salsa era mi favorita, un imán que me arrancó de la esquina y me aventó directo al ruedo. Por esas carambolas del destino, terminé parado frente a la pretendiente de mi amigo. Sin pensarlo mucho, estiré la mano: «¿Bailamos?». Ella aceptó.

En pleno vaivén de la salsa le armé la conversación. Me dijo que se llamaba Rocío. Al terminar la pieza, le elogié el ritmo; ella sonrió y, cuando amagué con retirarme para no quebrar los códigos de promoción, me soltó una propuesta que me dejó helado: «¿Me acompañas a mi casa?». Algo sorprendido y con la culpa rondándome, alcancé a balbucear: «¿Y el otro?», señalando a mi promoción de alias “Chivo”. Rocío ni parpadeó: «Tu amigo es muy jovencito. A ti te veo más hombre y centrado; por eso te pido que me acompañes». El orgullo del uniforme pudo más que la lealtad de cuartel: acepté encantado y ganamos la calle.

Caminamos tres cuadras bajo la luna norteña. Confiado por la ventaja, la abracé y le planté un beso a la fuerza. El rechazo fue inmediato y seco. Me trató de abusivo y oportunista, amagando con regresar corriendo al local. Tuve que sujetarla del hombro, pedirle disculpas a media voz y suplicarle que se calmara hasta que el enojo se le pasó. Continuamos el trayecto en una tregua tensa, donde ella insistía en indagar mis generales de ley: «¿Cómo te llamas? ¿En qué cuartel trabajas?». Sin malicia, le entregué la verdad: «En la Compañía de Comunicaciones Nº 211, en El Tablazo».

Al llegar a su puerta, la tensión se evaporó. Nos quedamos conversando unos quince minutos y, sintiendo que la cancha volvía a inclinarse a mi favor, saqué la artillería pesada del romanticismo juvenil: «Eres hermosa, tienes unos labios bellísimos; para mis ojos y el gusto de mi corazón, eres la más linda del mundo». Rocío floreció con los halagos. Me despedí con un beso limpio en la mejilla y emprendí la subida hacia El Tablazo. Mientras caminaba bajo el cielo de Tumbes, cavilé en silencio: en los ojos de esa chiquilla de diecisiete años había visto algo distinto, un corazón que no se parecía al de las tantas cachaqueritas que poblaban las cantinas de la frontera. Con esa duda clavada en la mente, entré a las instalaciones de la Compañía de Comunicaciones N° 211 en Tablazo y me tiré sobre el camastro.

Al amanecer, el cuartel se convirtió en un infierno de burlas. Desde los suboficiales hasta los técnicos más viejos me tenían la puntería tomada: me cantaban "atrasador", "mal amigo" y "serrucho". Pero el verdadero golpe de teatro ocurrió a las doce y media del mediodía. Para sorpresa de la Guardia de Prevención, Rocío apareció en la reja portando unas viandas relucientes. El menú era un banquete de reyes frente al rancho del fuerte Tablazo: ceviche norteño, cabrito tierno y un refresco con trozos de hielo que tintineaban contra el metal.

Al ver el cargamento, los viejos lobos del cuartel soltaron la carcajada apocalíptica: «Ya te jodiste, pinche. En esa comida ya te dieron de todo para que te quedes amarrado en Tumbes para toda la vida». En el cuartel, los mitos de los brebajes y las pócimas de amor se tomaban como verdades de fe. El miedo me cerró el estómago: jamás probé una sola pizca de ese ceviche. Todo el banquete terminaba invariablemente en las panzas agradecidas de los sargentos de guardia. La rutina se repitió día tras día, de mayo a diciembre de 1984; si no iba Rocío, aparecía su hermana menor puntualmente a la misma hora. En las noches, al cruzarnos en la Plaza de Armas o en las inmediaciones del mercado, ella me preguntaba con ilusión: «¿Qué tal estuvo el almuerzo? ¿Te agradó?». Y yo, sosteniendo la farsa con hipocresía militar, le respondía: «Sí, gracias, estaba riquísimo, sobre todo el ceviche».

La red se seguía tejiendo. Rocío me pedía los uniformes para lavarlos y aplancharlos en su casa, y los fines de semana insistía en integrarme a su mesa familiar. Yo inventaba mil excusas, más por la vergüenza de la mentira que por otra cosa, sintiendo cómo pretendía atraparme en sus redes de buena fe. A tanta insistencia, cedí en dos oportunidades. Conocí a sus padres, unos señores correctos que desde el primer minuto me trataron como al hijo consentido de la casa, atendiéndome con un cariño del que hoy guardo un recuerdo inolvidable y nostálgico. Eran los gajes de una juventud indómita, donde uno transita por la vida dejando corazones rotos, jugando ese viejo y peligroso juego de la edad: el arte de engañar y ser engañado.

La Fuga de Tumbes y el Destino en Lobitos. - Diciembre llegó arrastrando el viento de los cambios de colocación, ese momento del año donde los tableros de personal se sacuden y el destino de cada militar se redefine. Durante la tercera semana del mes, la noticia cayó sobre mi escritorio: mi nuevo destino era el Batallón de Infantería Motorizado "Iquique" Nº 31, acantonado en el desértico distrito de Lobitos, en la provincia piurana de Talara. Lejos de sentir el alivio del traslado, una urgencia sorda me apretó el pecho. Todos los días se me iba el pensamiento calculando cómo desvanecerme de la ciudad, pues Rocío vigilaba cada uno de mis movimientos, cercándome con especial celo durante los fines de semana.

La oportunidad de la fuga se presentó con ropaje de azar el 14 de enero de 1985. Esa tarde, Rocío me anunció que viajaría junto a su madre por dos días hacia el caserío de Cabuyal, donde su familia poseía unas chacras. En cuanto la vi alejarse, sentí una oleada de felicidad casi eléctrica: el tablero quedaba limpio; había llegado el momento exacto para escapar de Tumbes por la vía más rápida.

Al amanecer del 15 de enero, inicié la carrera burocrática para tramitar mi papeleta de tránsito. Con los papeles en mano, me presenté en la oficina del Mayor Raúl Hermoza Ramírez buscando la firma reglamentaria. Fiel a su estilo pesado, "La Burra" se ensombreció y me frenó en seco: «Primero preséntame la hoja de no adeudamiento de todos los locales comerciales y concesionarios de la ciudad y de la Novena División». El requisito era un laberinto de ventanillas que amenazaba con demorarme días. Sabiendo que no le debía un solo céntimo a nadie, gané la calle de inmediato y apelé a la astucia de supervivencia: me dediqué a falsificar una por una las firmas y sellos de solvencia de todos los establecimientos, incluyendo la del afamado Restaurante “Samoa”, que se levantaba frente al casino de Técnicos y Suboficiales.

De regreso en el fuerte, me planté nuevamente ante el Mayor Hermoza con el pliego falsificado, pero el oficial continuó sembrando trabas en el papeleo. El tiempo corría en mi contra y la paciencia se me terminó. Cuadrándome con firmeza, le solté una verdad adornada con necesidad: «Con todo el respeto que se merece, mi Mayor, yo me retiro en este instante a mi nueva unidad en Lobitos. No tengo un sol más para costearme un solo día de permanencia en esta guarnición». Así, dándole la espalda a la burocracia, sin autorización oficial, sin papeleta de tránsito, sin Legajo Personal Nº 2 y sin el Historial de Desempeño (HDB), crucé la Guardia de Prevención por última vez y tomé el primer transporte que me alejara de Tumbes.

El viaje al sur fue un tránsito de alivio. Al pisar el suelo árido de Lobitos, me dirigí directo a la sección de personal (G-1) de la 8ª División de Infantería. El Jefe de Personal midió mi llegada con desconfianza: «¿Dónde están tus documentos que avalan tu salida de la Novena Blindada?». Sosteniendo la mirada, le armé un engaño perfecto, argumentando que, por tratarse de documentación de carácter estrictamente reservado, todo mi legajo viajaba rezagado por la vía oficial de la valija militar. El oficial del G-1 contrastó mi nombre con las planchas del PC-15 del año fiscal 1985 y, dando por válidas mis palabras, estampó la orden de presentación. El 16 de enero de 1985, exactamente a las trece horas, crucé la entrada del Batallón de Infantería Motorizado “Iquique” Nº 31, dejando atrás el fantasma del ceviche embrujado, los ojos de diecisiete años de Rocío y el eterno techo de Eternit del Tablazo.


35 comentarios:

  1. MI,NOMBRE,ES,WILDER,YAGUA,COSI,LICENCIADO,DEL.GLORIOSO,EJERCITO,PERUANO,PERTENECIAL.BATALLON,DE,TANQUES,BTQ,222.DE.LA,9NA.DIVICION.BLINDADA.PROMOCION.ENERO.1981.ME.DA.GUSTO.VER.Y.LEER.TU.NARRATIVAS.SOY.DE.LOS.QUE.FUIMOS.DEL.RIMAC.HASTA.TUMBES.CON.MUCHAS.MAS.ADELANTE.LES.COMENTARE.EL.SUB.OFICIAL.VELASCO.ES.EL.RENGANCHADO.DE.MI.EX.BATALLON.BTQ.222.MI.PROMO.SANDIGA.FERNANDEZ.TANBIEN.LLEGO.A.SER.SUB.OFICIAL.ESTOY.TRATANDO.DE.COMUNICARME.CON.ALGUNO.DE.ELLOS.MI.MOVIL.ES.959043572.VIVO.EN.PUENTE.PIEDRA.LIMA.PERU.GRACIAS.UN.ABRAZO.A.TODOS...

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  2. CABO.EP. (Lic.) EDWIN GARCIA ESPINO - BTQ N° 222 Compañía "Comando" (ENE-DIC 1981)
    Como olvidar esos momentos inolvidables que vivimos en nuestra gloriosa 9na División Blindada del Ejército, recuerdo a mis compañeros: Cano Sam, Teran Villanueva, Fernandez Quispilay, Ramos Celadita, Bravo Damasen, Toyco, Chino Estrada, Macarlupu, Caligula, Siete Buches, Tnte Crnl. Babilonia Braizat y otros compañeros de otras compañias como: Espejo, Pari, Valencia, Sandiga Fernandez y claro me acuerdo de tu apellido "Yagua" pero no te ubico. Saludos

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  3. Quisiera sabercomo mi papá puede acceder al bono militar el se llama teodocio benancio castañeda el participó conflicto del ecuador en el falso paquisha en el año 1980 y 1981

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  4. El gobierno ha dado cinco años de plazo para que gestionen su reconocimiento para todos los ex combatientes de 1978, 1981, 1995. Solicitar en el Cuartel General del Ejército (Pentagonito) en Lima, en la oficina de COTE (Comando de Operaciones Terrestre) el Parte de Guerra del Batallón donde prestaron servicio, esta constancia tienen que presentarlo al Comando Conjunto de la Fuerzas Armadas. Lo importante para este trámite es que sus nombres y apellidos figure en el Parte de Guerra.

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  5. Soy Promocion Enero - 80 de la 9na -División blindada, Cuartel Mariscal Caceres, BIB CAHUIDE 211 Sección A., lo maximo, mi instructor el Comando Alfz. EP Segundo VALENCIA SANCHE, el CAp. Alfaro, el Alfz. Valer Sandoval que buenos recuerdos de los combatientes de la Cordillera del Condor heroes del perú.

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  6. mi padre es sargento segundo Pablo Alberto Piscoya Vilchez , mi promoción del 1983 de la 9na DIVISION BLINDADA , cuartel 24 de julio, grupo de artillería antiaérea 111 , comandado por el teniente coronel Victor Silva Mendoza, participe en la guerra del FALSO PAQUISHA. Recuerdo a mis promociones: SERRATO HUAMAN, GONZALES PACHERRES, ZAMBRANO, DAVILA MEGO,MARIO RAMOS RIVAS, entrE otros que no recuerdo el nombre, Espero comunicarme con ellos por este medio.

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    1. Para Piscoya, creo que estuviste con nosotros un año y el segundo postulaste a la Policía, que fué de tí amigo.Y claro como no me voy a acordar de Dávila Mego, que después estuvo en el almacén, al chiquito Gonzales Pacherres, y Ya no ya Ramos Rivas, me acuerdo de Rivas Arrunátegui, Serrato Huamán. Espero poder seguir comunicándonos, Ah , radico en Trujillo.

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  7. SOY PROMOCION ENERO 81 POMA VERGARAY GUSTAVO DEL BTQ 223LOS QUE NOS DESPLAZAMOS DESDE LIMA A TUMBES CON LA NOVENA DIVISIÓN BLINDADA UN 28 DE ENERO DE 1981 EN EL BARCO INKA PACHACUTEC RESGUARDADO CON DOS BUQUES DE GUERRA DE LA MARINA Y DOS SUBMARINOS Y CON LAS EXPLOSIONES CADA 20 A 30 MINUTOS DEBAJO DE NUESTRO BARCO POR SI ACASO NOS MINABAN LOS HOMBRES RANAS ECUATORIANOS LIMA PAITA PAITA TALARA PERMANECIMOS MAS DE DOS MESES A 20 KILOMETROS CON LA FRONTERA ECUATORIANA POR EL CONFLICTO FALSO PAQUISHA TAMBIÉN HICIMOS CURSO DE CAÑONERO T 55 CON EL BTQ 222 PARI , TUPAC , ESPEJO , PERLECHE ,VALENCIA , ALANIA, MUY BUENO LOS COMENTARIOS NARRATIVAS DEL SUB OFICIAL HAY MUCHA HISTORIA QUE CONTAR.

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  8. Buenas tardes, mi papá estubo en el conflicto del 81 , sargento Ferrer Muñoz Blas BIB 211, como hacer para que le reconozcan algún beneficio, si alguien lo conoce y desea comunicarse les dejo este número 991562380

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  9. HOLA SOY LIC. DEL EJERCITO CABO BATALLON DE TANQUES BTQ 222 -COMPAÑIA C ESTOY ORGULLOSO DE SERVIR A MI PATRIA AL EJERCITO VOLUNTARIO TENIENDO COMO MI COMANTANDE TC LUIS BABILONIA BRAIZAT A MI CAPITAN GONZAALES A MIS SUB. PINTO EL FLACO AL TECNICO SAMANIEGO UN GRAN MECANICO DE LOS T.55 AL SUB,ESPINOZA DE LA ENFERMERIA A LA PROMOCION DE ESE AÑO DE LIMA HASTA TUMBES 1981 TOYCO EL NEGRITO CORAL DE SAN MARTIN DELGADO TIPACTI QUE VIVIA PUERTO SUPE PEDRO DEL CASTILLO QUE ERA DE TRUJILLO DEL CHINO HUGO Y TODOS MIS PROMOCIONES DE UN FUERTE ABRAZO YO VIVO EN IQUITOS QUE SE COMUNIQUE CELULAR 991990984 QUE VIVA 09 DIVICION BLINDAD GLORIA AL EJERCITO Y TODOS QUE SEGUIMOS LUCHANDO POR LA PACIFICACCION DE NUESTRO PERU

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  10. ALGUN COMENTARIO MI O EN PUBLICACION MI CORREO DANZA_CONLOBOS_ULA@HOTMAIL.COM MI CELULAR 990910984
    VIVO EN IQUTOS MUCHO LO AGRADECERE COMUNICARSE MI PROMOCION 1981 SALUDOS PARA TODO ESE PERSONAL QUE SERVIO SU PATRIA CON MUCHA HOMBRIA AL PIE DE LA LETRA SIN MURMURACIONES UN SALUDO SUB.CUHPIZUTA ARANA UN INSTRUCTOR DEL EJERCITO EL EREA DE AREQUIPA

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  11. POR FAVOR QUISIERA UNA INFORMACION SOY PROMOCION ENERO 80 PERTENECI AL CUARTEL MARISCAL CACERES DEL BIB 211 CAHUIDE 9NA DIVISION BLINDADA SI ME PUDIERAN OTORGAR EL NUMEO TELEFONICO DEL CUARTEL DE CORRALES

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    1. Hola promo, tambien estoy igual soy promo Enero-80 del BIB CAHUIDE 211, SECCIÓN A, CON EL Cap. Alfaro, Tnte Segundo Valencia.

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  12. " TANQUES; TIGRES" - "TIGRES; TANQUES"
    BTQ 222 9na. DIVISION BLINDADA. CLASE 81.
    PROMOCIÖN 83-84 FUERTE 24 DE JULIO TABLAZO TUMBES. UN FRATERNAL SALUDO A LA PROMOCIÖN. DE PARTE PAT SAAVEDRA BECERRA DE LA COMPAÑIA COMANDO Y TODOS LICENCIADOS DE ESA GRAN EPOCA

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  13. recordar es volver a vivir - yo soy promoción abril 1995 marzo 1997, del batallón de infantería blindada CAHUIDE 211, fusilero 1 y monitor de 2 promociones de la compañía C, llegue a estar en zona de emergencia por el conflicto con ECUADOR, ahí conocí al Gral NICOLAS DE VARI HERMOSA RIOS. También recuerdo mucho a teniente ANTAURO HUMALA LAZO apodado en ese entonces EL LOCO, por su forma de ser, cuando hacia guardia en las noches nos leila la biblia o alguna otra obra y criticaba mucho a vida, nos tenia despierto hasta altas horas de la noche, después escogía que compañía lo iba acompañar en su servicio y piña amanecíamos en el patio. también llego a ser tesorero, pagaba a la tropa, recuerdo nos daba una moneda y nos decía VOLAO ¿ENTENDIDO?, a pesar que no consumíamos nada en la cantina y nos hacia firmar la planilla. Hay tantas cosas por contar.
    Una pregunta, siendo de la promoción 1995-1997 entro al Bono Militar???

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    1. Yo soy abril. 93 y antauro himala tazo lo deje de capitan, tu no puedes decir q has estado en zona de emergecia por el comflicto porq de zona de movilizacion nos regresaron antes q tu llegues al cuartel, conoces a villegas becerra, correa sanchez,llaque cruz, espinoza placencia, chavez chavez, samame cruzado ellos son de la cia c, mis promos yo soy de la cia b

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  14. Gracias por el mensaje
    Lindos recuerdos soy
    Jacinto Raymundo Farfan
    Licenciado del ejército promoción 85. 87 del arma inf de la 9 na DB
    En el fuerte 5 de julio corrales
    Saludos cordiales atodas las diferentes promociones
    Principal mis compañeros de cat NRO. 211 nuestro jefe el Mayor Barrantes Limo Alberto

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    1. lindos recuerdos reyes sanchez esgar ppromocion abril 91 corrales tumbes cia antitanque 211

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  15. Grandes recuerdos del general al darme el diploma de honor nunca olvidare esas grandes emonosiones q no volveran saludos a todos

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  16. Que gusto de verlos amigos licenciados Soy Luis García Garcia serví en el GAAA N° 111 PROM. 82-84
    MIS COMPAÑEROS ERAN DE PIURA CHICLAYO Y TUMBES, de Trujillo éramos algo de cuatro o cinco.
    a quien recuerdo es al comandante SILVA MENDOZA VICTOR Y YANQUI CERVANTES JUAN, MAYOR DE LA ROCA, PRINCIPE GAMBINI JOSE, AL ALFEREZ CARLOS SIERRA, OLANO, CHESPIRITO, Y OTROS QUE MENCIONARÉ, mas adelante, de sub oficiales del que mas me acuerdo es el TIO ALBAN. Gracias por esos hermosos recuerdos.

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  17. Hola, ha Sido un gusto con sentimiento de nostalgia recordar el año Set.77 Ago 78, fecha en la que ingresé a SMO en el BIB CAHUIDE 211 9na. Division Blindada en el fuerte Rimac, el Cmdte. Acc. Era el Coronel Ramón Ojeda Cárdenas, quien fue el que me hizo entrega de mi arma como más caracterizado de mi Batallón, en dic. 77 llegó un pequeño grupo de tropa de la amazonia que hizo corres a una compañía completa que había ingresado a nuestra tierra por zona amazónica, fueron recibidos como héroes y con un gran agazajo en la comandancia de la Novena División, integre la comisión de recepción y compartí con ellos y con mucha emoción toda esa aventura heroica de enfrentamiento real que debo embobado a todos incluyendo a los altos jefes, oficiales y el personal designado, participé en el arreglo de la catedral de Lima para la misa y el velatorio del Gral. Velazco, tome asiento en el sillón presidencial en esos tiempos no había celular para un selfie, hacíamos patrullaje por el toque de queda y el día, existía una convulsión social, exigían el retorno a la democracia, reconociendo algo de captación y verbo en mi persona el oficial encargado, Tte. Valle, quien llegó a ser posteriormente Crnel director del colegio militar Leoncio Prado, me encargó siendo Cabo y bajo su supervisión la instrucción de mi compañía para la labor de la FFAA en las elecciones para la asamblea constituyente que se realizó en 1978. Posteriormente postulé a la marina así pasé de una gran institución a otra dónde egresando como OM3 estudié en la UNFV una carrera universitaria, posteriormente y con un total de 10 años de servicio al estado me retire formando una empresa de servicios y una familia. Gracias a esas instituciones que me formaron es que en mi siempre vive esa identificación con lo nuestro y esa identidad nacional tan faltante en nuestras autoridades y profesionales actualmente. Gracias por leer este humilde comentario.

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  18. Conocer un poco mas de nuestra 9na división soy promoción abril 89 BiB Cahuide 211 alguien q sepa del capitán Chávez Argomego fecales muchos saludos y muchas gracias x darnos buenos consejos ser un gran capitan

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  19. 9na Dv Blindada cuartel 5 de Julio Corrales Tumbes
    Morterista pieza 120 Promo 82

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  20. Hola soy segundo ascona ramirez soy ex combatiente del comflicto peri ecuador falso faquiche

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  21. Promoción abril 89/ marzo 91'
    Sgto 2do Campos Mendoza Ricardo
    Cia morteros
    Sección 120
    BIB CAHUIDE 211 Corrales -Tumbes

    Saludos sres licenciados.

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  22. Buen día para todos, que gusto saber de este espacio virtual, soy Licenciado de hace 36 años, presté servicio Militar en la 9na División Blindada, "Arma de la decisión" Promoción Abril 1984 hasta Marzo 1985, en la cía "ANTI TANQUES 211" - "Fuerte 5 de julio" - Corrales - Tumbes. Desde Chiclayo saludo y felicito a todos los que hemos pasado por este valeroso servicio a nuestra Patria Amada, que viva el Perú libre, un abrazo virtual.

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  23. ÁHOLA SOY EL LICENCIADO SARGETO 2DO ARMANDO COBEÑAS REYES SALUDOS PARA LA PROMOCION OCTUBRE 87 89 DEL GRUPO ARTILLERIA ANTIAERIA ARMANDO BLONDEL NRO
    111 DE LA 9NA DIVICION BLINDADA DEL FUERTE 24 DE JULIO TABLAZOS TUMBES SALUDOS PARA EL COMANDATE MARIO ARBULU SEMINARIO CAPITAN VASQES DABALO Y EL ALFERZ POZO CASANOBA JORGE Y LOS TCOS Y SUB OFICALES

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  24. Armando Cobeñas reyes Promociones mi fono es 9180 23302

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  25. YO OSCAR ACUÑA MILLIAN :CABO DE LA GLORIOSA ARMA DE INFANTERIA TERRESTRE NOVENA DIVISION BLINDADA - BS 211.LISIERA CONTACTAR CON MIS PROMOCIONES : ENERO 82.

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  26. Promoción 84 BIB 211 compañía C
    Cabo Cisneros Rivas geniales recuerdos y feliz de haber servido a mi Patria

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  27. Soy Sargento Segundo de la Promocion 82-84 compañia C del Batallon de Tanques 223, mi nombre es Pedro Manuel Zavaleta de la Cruz, de Trujillo en estos años radico en la ciudad de Pucallpa cualquier comunicacion con mis promociones x favor por el facebook a mi Nombre y Apellido le agredeceria, en cuanto al testimonio del Sub- Oficial es totalmente cierto un saludo al sub- oficial y a todos los oficiales y sub- oficiales y tropa de aquellos años

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  28. Soy seferino Sosa ZAPATA promocion 86 Baja 88 tumbes 9na division blindada arms de la decision fuerte 24 Julio saludos Para todos Las promosiones de este glorioso ejercito peruano

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