Crónica del Batallón de
Ingeniería de Combate “Huascarán” N° 112: Del Desastre de Áncash a la Conquista
de El Pallar en La Libertad.- En el año 1978, durante el
gobierno militar del General de División Francisco Morales Bermúdez Cerruti, se
creó el proyecto para la construcción de la carretera que uniría el caserío de
El Pallar, en el distrito de Huamachuco, con la provincia de Juanjuí, en el
departamento de San Martín. Mediante la Resolución Ministerial N.° 0034-78-TC,
el Ministerio de Guerra ordenó que la Compañía «A» de Ingeniería N° 112 se
constituyera como Jefatura Militar para asumir la ejecución del tramo
comprendido entre el sector del Puente Pallar y la localidad de Calemar. Para
cumplir con esta misión, la compañía inició su traslado desde su sede en el
distrito de Caraz, provincia de Huaylas (Áncash), hacia su nuevo destino en el
departamento de La Libertad. El campamento base se instaló en terrenos donados
por don Francisco Pinillos, un anciano de ochenta y cinco años que era el
propietario absoluto de extensas haciendas en Yanasara y El Pallar, en la
provincia de Sánchez Carrión.
El despliegue militar comenzó
formalmente el 16 de marzo de 1978. El convoy partió desde Caraz siguiendo una
exigente ruta que atravesó Huaraz, Callán Punta, Casma, Pariacoto, Casma,
Chimbote y Trujillo. Esa primera noche, el contingente pernoctó en las
instalaciones del Colegio Militar Ramón Castilla, en la ciudad de Trujillo. El
traslado del personal se realizó en vehículos de la Empresa de Transportes
«Trome» y estuvo bajo el mando del mayor de ingeniería Walter Macchiavello
Corcuera. El cuadro orgánico que lideró la marcha estuvo integrado por el
capitán de ingeniería Carlos Flores Saucedo, el subteniente de ingeniería
Gustavo Espinoza Gómez, el técnico de tercera enfermero militar de apellido
Espejo Valenzuela, el técnico de tercera mecánico de armamento Fortunato Lucano
Leyva, los suboficiales de tercera OEI Segundo Tuñoque Tejada y Mariano Negri
Estrada, y el suboficial de segunda OC Antonio García Cruz; todos ellos
acompañados por ciento veinticinco hombres de tropa del Servicio Militar
Obligatorio. A la comitiva también se sumó, de forma temporal, el capitán de
ingeniería José Durán Quesnay.
Al día siguiente, 17 de marzo,
a las 08:00 horas, el convoy militar reinició el emplazamiento desde el Colegio
Militar Ramón Castilla con rumbo a la ciudad de Huamachuco. Durante este
trayecto, la columna pasó por la mina Quiruvilca, la laguna El Toro, Quesquenda,
Frailones, La Ramada, La Arenilla y Yamobamba, arribando finalmente a
Huamachuco a las 17:00 horas. Inmediatamente después de su llegada, el personal
formó en una de las calzadas de la inmensa Plaza de Armas de la histórica
ciudad, donde ejecutó un gallardo desfile ante la atenta mirada de las
principales autoridades locales y la población civil. Concluido el acto, la
tropa pasó rancho en el afamado Colegio San Nicolás, donde se sirvió un
abundante guiso de carne de res y de oveja.
A las 18:00 horas se reanudó
la marcha hacia el caserío de El Pallar, lugar al que el grupo principal llegó
cerca de las 21:00 horas. Sin embargo, el convoy pesado de ingeniería
—compuesto por un tráiler y cinco volquetes cargados con el material técnico—
recién pudo arribar en horas de la madrugada. La estrechez y el cerrado diseño
de las curvas en el sector de El Potrerillo, ubicado en la parte alta de la
zona de Yanasara, obstaculizaron severamente el tránsito de la maquinaria
pesada; de hecho, durante este difícil tramo, algunos de los roperos de la
tropa cayeron hacia el fondo de un inmenso acantilado, quedando completamente
destrozados y resultando imposible su recuperación. Tras permanecer una semana
apoyando el establecimiento de un campamento militar en El Pallar, el capitán
José Durán retornó a Caraz comandando el convoy de vehículos de regreso.
Meses después, el 11 de julio de 1978, el Comando del Ejército emitió el Oficio N° 36-O-1/07.00. En este documento se dispuso que, a partir del 1 de agosto de ese año, la Compañía «A» de Ingeniería N° 112 pasara a operar como unidad componente de la 7ª División de Infantería (Unidad de Reserva Movilizables) para efectos de la Defensa Interior del Territorio (DIT). De esta manera, quedaba bajo su dependencia administrativa mientras durase la misión de construcción vial, pero mantenía su pertenencia al Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado «Huascarán» N° 112 (Unidades del Servicio Activo) para casos de guerra convencional en el frente externo. La Compañía «A» se mantuvo en esta particular situación operativa hasta el 1 de marzo de 1985, fecha en la que pasó a depender de la 32.ª División de Infantería con sede en Trujillo, consolidándose nuevamente como parte del Batallón «Huascarán» N° 112, el cual retenía el control integral de sus tres compañías históricas.
El Campamento Militar «El
Pallar» y el legado de don Francisco Pinillos Montoya. - La
consolidación de la Jefatura Militar en el caserío de El Pallar fue posible
gracias al espíritu filantrópico y patriótico de don Francisco Alfonso Pinillos
Montoya, el gran hacendado de la zona. En aquellos tiempos, don «Panchito»
—como lo llamaban afectuosamente sus primos hermanos, el líder político Víctor
Raúl Haya de la Torre y el intelectual Jorge Juan Pinillos Cox— afirmaba tener
ochenta años de edad, manteniéndose soltero y sin descendencia directa. Era el
dueño absoluto de vastas extensiones de tierras en los caseríos de El Pallar y
Yanasara, y solía jactarse con orgullo de que ni el mismísimo gobierno
revolucionario del general Juan Velasco Alvarado se había atrevido a
expropiarle sus dominios. En un gesto de profundo desprendimiento, regaló una
de sus chacras al Ejército del Perú para que fuera convertida en un campamento
militar, espacio donde se instaló la Compañía «A» de Ingeniería N° 112 tras su
arribo definitivo desde Caraz, Huaylas, Ancash.
Cuando el contingente militar
tomó posesión del terreno donado por el hacendado Pinillos, se encontró con una
pampa completamente vacía y desprovista de infraestructura. Ante esta
situación, el cuerpo de oficiales y suboficiales dispuso extenuantes jornadas
de trabajo que se extendieron de día y de noche. El personal de tropa levantó
desde los cimientos las cuadras para los soldados, la cocina, el comedor, las
letrinas, los almacenes, los galpones, los torreones de vigilancia y los
polvorines para los explosivos. Debido a la dureza de estos trabajos forzados,
desarrollados en un entorno hostil que inicialmente carecía de servicios
básicos como energía eléctrica, agua potable y red de desagüe, muchos
conscriptos llegaron a lamentar su traslado a dicho paraje.
Don «Panchito» Pinillos había
nacido en la ciudad de Trujillo el 7 de octubre de 1898. Estudió en el Colegio
Instituto Moderno de aquella ciudad, donde se graduó con calificaciones
sobresalientes. A la temprana edad de diecisiete años, asumió la administración
general y el saneamiento económico de la monumental hacienda de Chusgón, un
latifundio que agrupaba bajo su jurisdicción a los predios de Pampatac, Santa
Rosa, Huayllahual, El Pallar, Moyán, Cochabamba, Macullida, Sitabal, La Succha
y sus respectivos anexos, así como las haciendas de Tayanga, Uchubamba y
Chugay. Enamorado por completo del ande liberteño, alternaba sus labores
agrícolas con aficiones de gran arraigo: fue un criador de gallos de pelea de
pico sumamente respetado, cuyo galpón ganó renombre en Trujillo, Guadalupe,
Cajamarca, Cajabamba y Huamachuco gracias a las legendarias victorias de su
gallo «Columbo». Asimismo, destacó como ganadero especializado en reses bravas
de casta; llegó a poseer doscientos cincuenta vientres criados en la hacienda
de La Succha, cuyos machos (erales) se recriaban posteriormente en los
alfalfares de Yanasara bajo el sello de la ganadería brava «Yanasara-Succha».
Su rutina diaria reflejaba una
disciplina férrea y una profunda curiosidad intelectual: dedicaba el bloque
horario de las 06:00 a las 15:00 horas a la lectura de diversos temas,
mostrando una marcada predilección por la veterinaria, la botánica y el estudio
de la toponimia quechua. Con el soporte de la mano de obra campesina,
transformó a Yanasara en una hacienda modelo que despertaba la admiración de
toda la región. Además, don «Panchito» ejercía de forma ad honorem como médico,
veterinario, abogado, educador y conciliador de disputas conyugales en
beneficio de sus trabajadores, convirtiéndose en el protector económico de sus
comunidades. En 1978, tras permanecer de manera ininterrumpida por más de
sesenta y cinco años en sus tierras, retornó a su natal Trujillo, donde
falleció el 20 de junio de 1980. Sus restos mortales fueron trasladados a
Huamachuco y luego conducidos a Yanasara; su ataúd fue cargado en hombros por
los lugareños, quienes le dieron cristiana sepultura en la iglesia de Colpa
Yanasarina en medio de las lágrimas y rezos de centenares de pobladores.
La apertura de la carretera:
Del Puente Pallar al caserío de Convento. - Una vez concluidas las
edificaciones esenciales del campamento militar, el grueso del personal de
todos los grados fue desplegado inmediatamente a las labores de apertura de la
carretera, iniciando el tramo desde el sector del Puente Pallar con dirección
al caserío de Convento. Los suboficiales, los sargentos reenganchados y los
empleados civiles abrieron el camino empleando tractores trochadores livianos
en las pendientes más altas, mientras que la maquinaria pesada operaba en las
zonas bajas. El relieve geográfico presentaba un desafío formidable y de
altísima peligrosidad debido a los constantes deslizamientos de lodo y rocas
gigantescas.
En este frente de operaciones, el personal de tropa desempeñó roles vitales y especializados como ayudantes de ingenieros, topógrafos y perforistas. La tarea más riesgosa la ejecutaba la gran mayoría en las cumbres altas del trazo de la vía: suspendidos en el vacío y asegurados únicamente por sogas atadas a la cintura, los soldados picaban la roca con barretas para horadar orificios de gran profundidad. En estas cavidades se introducían potentes cargas de dinamita que, al ser activadas mediante mecha lenta, producían colosales explosiones en cadenas de hasta doscientos metros de longitud. El estallido desplomaba toneladas de piedra y tierra hacia el abismo. Una vez que la densa nube de polvo y azufre se disipaba, los soldados volvían a colgarse de los acantilados con barretas en mano para remover los bloques sueltos y limpiar las laderas hasta encontrar la roca firme. Solo después de que las alturas quedaban estabilizadas y seguras, los tractoristas ingresaban por la parte baja para realizar la limpieza general del material suelto, permitiendo que la ingeniería militar continuara avanzando con paso firme hacia el caserío de Convento.
El Día de la Ingeniería
Militar y la jarana en El Pallar. - El 24 de abril de 1978, el
campamento militar de El Pallar vistió sus mejores galas para celebrar el Día
de la Ingeniería Militar. Para el almuerzo de camaradería se extendió la
invitación a numerosos civiles, destacando la presencia de las principales autoridades
de la provincia de Huamachuco y un distinguido grupo de damas locales. Aquella
jornada, el personal de tropa del Servicio Militar Obligatorio fue agasajado
con una abundante y exquisita pachamanca de tres sabores, acompañada por la
entrega de dos cervezas para cada soldado. Al concluir el almuerzo, todo el
personal que no se encontraba cubriendo servicio de guardia recibió permiso de
paseo hasta las 22:00 horas. Esto provocó que muchos conscriptos se desbandaran
por las cantinas del pueblo para continuar bebiendo durante la tarde.
Mientras tanto, en el recinto
oficial, el jefe de la unidad, mayor de ingeniería Walter Macchiavello
Corcuera, junto al cuerpo de oficiales, suboficiales e invitados civiles,
inició el baile al son de una orquesta contratada directamente en la ciudad de Huamachuco.
La fiesta comenzó a las 14:00 horas y se prolongó con gran entusiasmo hasta las
22:00 horas. En la pista destacaron el capitán Flores, el subteniente Gustavo
Espinoza y los suboficiales Tuñoque y Negri. Las esposas de los militares,
unidas a las hermosas damas huamachuquinas, se convirtieron en el centro de
atención del festejo. Con el firme propósito de observar de cerca el desarrollo
de la reunión, me ofrecí como voluntario para atender en la cantina del evento,
asumiendo la responsabilidad del despacho de las gaseosas y cervezas. Conforme
avanzaron las horas, los efectos del alcohol se hicieron notar; de hecho,
varios civiles terminaron tan embriagados que tuvieron que pasar la noche
durmiendo en las cuadras del personal de tropa.
Cuando la orquesta contratada se retiró, un silencio absoluto inundó el campamento. Los oficiales, suboficiales y los pocos civiles que aún resistían en pie se miraban las caras en la penumbra, sosteniendo sus vasos y botellas de cerveza en la mano. Fue en ese preciso instante cuando irrumpió sorpresivamente el suboficial de comunicaciones, de apellido Chapoñán Mego, cargando una guitarra y un cajón criollo. Al momento se le unió un empleado civil que trabajaba como capataz en la obra de la carretera, a quien la tropa apodaba cariñosamente «Sopla pito». Ambos resultaron ser músicos excepcionales. El suboficial, de origen chiclayano, tomó la guitarra, mientras que el capataz, natural de Trujillo, se acomodó en el cajón. Tras una breve afinación, los acordes norteños rompieron el frío de la noche liberteña y encendieron una entrañable jarana criolla a ritmo de marinera, prolongando la celebración bajo el cielo de El Pallar.
El cancionero norteño y el cierre de la velada
Soy el huaquero viejo que vengo de sacar huacos (bis)de la huaca mas arriba, de la huaca mas abajo (bis)
yo tenía una cholita que se llamaba Jacoba (bis)
y toditos las noches sonaba la barbacoba (bis)
Huaquero, huaquero, huaquero vamos a huaquear (bis)
coba, coba, coba al amanecer, coba coba, coba al anocher (bis)
Huaquero, huaquero, huaquero vamos a huaquear (bis)
coba, coba, coba al amanecer, coba coba, coba al anocher (bis)
Huaquero, huaquero, huaquero vamos a huaquear (bis)
coba, coba, coba al amanecer, coba coba, coba al anocher (bis)..
Cuando finalizaron con el primer repertorio de la noche, muchos aplaudieron, muchos daban vivas al norte del Perú, como no hay primera sin segunda inmediatamente comenzaron a cantar la marinera norteña "La Chiclayanita", ahí si salieron a bailar las pocas damas que aun permanecían en el grupo., para esta ocasión los artistas improvisados ya estaban puestos sus sombreros de ala ancha al estilo norte del Perú y comenzó a sonar la canción que decía:
Chiclayanita dame tu amor, chiclayanita dame tu amor (bis)
como prueba de tu cariño contigo me quiero casar (bis)
Chiclayanita dame tu amor, chiclayanita dame tu amor (bis)
como pago de tu cariño contigo me quiero casar (bis)
que será de mi chiclayana que no ha venido por la calle real (bis)
hay batiendo su pañuelo enseñándome enamorar (bis)
que será de mi chiclayana que no ha venido por la calle real (bis)
hay batiendo su pañuelo enseñándome enamorar (bis)
hay batiendo su pañuelo enseñándome a acariciar (bis)
Chiclayanita dame tu amor, chiclayanita dame tu amor (bis)
como prueba de tu cariño contigo me quiero casar (bis)
Chiclayanita dame tu amor, chiclayanita dame tu amor (bis)
como pago de tu cariño contigo me quiero casar (bis)
que será de mi chiclayana que no ha venido por la calle real (bis)
hay batiendo su pañuelo enseñándome enamorar (bis)
que será de mi chiclayana que no ha venido por la calle real (bis)
hay batiendo su pañuelo enseñándome enamorar (bis)
hay batiendo su pañuelo enseñándome a acariciar (bis)
En el transcurso de la jarana, al contemplar cómo los pañuelos blancos jugueteaban en el aire, el rítmico zapateo de mi capitán Flores luciendo su sombrero, y el coqueteo de las hermosas damas huamachuquinas, me dije para mis adentros que en ese preciso instante comenzaba la verdadera fiesta. Al concluir esta segunda pieza, el suboficial de tercera OIE Mariano Negri dio un paso al frente con un vaso de cerveza en la mano. Levantándolo con orgullo, lanzó vibrantes vivas por la Ingeniería Militar, por el Ejército del Perú y por todo el norte peruano. Tras aquel brindis, se sucedieron muchos temas más, extendiendo la jarana, la música y la alegría bajo el cielo de El Pallar hasta las 05:00 de la mañana.
El silencioso e imprevisto licenciamiento de Tropa SMO del contingente de enero de 1977.- En marzo de 1978, la promoción del personal de tropa del Servicio Militar Obligatorio, perteneciente al contingente de enero de 1977, arribó al caserío de El Pallar tras haber sido trasladada desde el Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado «Huascarán» N° 112 de Caraz. Nuestra misión en este destino liberteño era clara y demandante: trabajar como obreros y peones en la apertura de la carretera que uniría el Puente Pallar con la provincia de Juanjuí, en San Martín. Sin embargo, al llegar el mes de diciembre de ese mismo año, el panorama nacional e internacional cambió drásticamente. Chile y Argentina se encontraban al borde de un conflicto armado por la disputa de las islas del canal Beagle y el Cabo de Hornos. En paralelo, Ecuador —actuando como aliado estratégico de los chilenos— infiltró tropas en la Cordillera del Cóndor, en el departamento de Amazonas. Ante esta inminente amenaza, los altos mandos ordenaron suspender la baja del personal militar hasta nuevo aviso.
Para obtener claridad sobre
estas directivas, el jefe de la unidad, mayor Walter Macchiavello Corcuera,
viajó a la sede de la 7ª División de Infantería en Lambayeque, dado que en
aquella época dependíamos administrativamente de Chiclayo, aunque
operativamente seguíamos vinculados al batallón de Caraz. El año 1978 llegaba a
su fin y el mayor Macchiavello no retornaba. Los rumores en el campamento
apuntaban a que volvería recién después de Año Nuevo, trayendo consigo las
mudas de ropa civil, los zapatos, los diplomas y las medallas de Bolognesi para
los licenciados. No obstante, también cobraba fuerza el desalentador comentario
de que la baja se postergaría por un año o más debido a la probable guerra con
Ecuador; una situación agravada por el hecho de que ya no contábamos con
dotación presupuestal para nuestro rancho diario.
Inmersos en este escenario de
total incertidumbre, la mañana del 22 de diciembre de 1978, la promoción en
pleno decidió unirse. Nos apersonamos en bloque a la oficina de personal (S-1)
y le exigimos al subteniente Gustavo Espinoza la entrega inmediata de nuestros
documentos. El oficial accedió sin oponer resistencia y nos otorgó las libretas
militares, las constancias y los certificados de servicio. De este modo quedó
registrada una de las anécdotas más amargas de nuestro tiempo en filas: para
los soldados que nos licenciamos en el campamento de El Pallar no hubo
ceremonia oficial de devolución de armas, ni medallas, ni vestimenta civil, ni
ninguno de los beneficios que la ley estipulaba.
Aquella mañana de diciembre
nadie nos estrechó la mano, nadie pronunció una palabra de agradecimiento por
los servicios prestados a la nación. Nos retiramos del campamento militar en un
absoluto y sepulcral silencio. Siendo jóvenes de la sierra ancashina, la gran
mayoría sentía un profundo temor ante el largo viaje que debíamos emprender
hacia Trujillo y, posteriormente, a Huaraz. Una vez en Huamachuco, intentamos
fletar colectivamente un autobús de la Empresa Quiróz, pero las discusiones y
la desunión del momento hicieron que el grupo se fragmentara en pequeñas
facciones.
En medio de esa confusión,
apareció un camión mercante. Sin perder tiempo, la mayor parte del personal
abordó el vehículo. Viajar en un camión desprovisto de carpa resultó ser un
castigo intolerable; al alcanzar las gélidas alturas de Frailones y Quesquenda,
a más de cuatro mil metros de altitud, el frío se tornó desgarrador y comenzó a
caer una intensa lluvia. Envueltos en la total oscuridad de la puna, decidí
bajarme junto a los cabos Botello y Ramírez. Permanecimos cerca de media hora
desamparados en aquel páramo desolado hasta que, por gracia de Dios, apareció
un camión de gran tonelaje que transportaba papas. El chofer nos permitió subir
y, afortunadamente, el vehículo estaba protegido por una buena carpa y repleto
de costales de yute, los cuales nos sirvieron para contrarrestar las bajas
temperaturas.
Tras una extenuante jornada, pisamos por primera vez el suelo costeño al arribar a la ciudad de Trujillo. Caminamos desconcertados y temerosos por el peligro de la delincuencia en la «Ciudad de la Eterna Primavera». Luego de pasar todo el día recorriendo sus calles, por la noche abordamos un autobús de la Empresa de Transportes Chinchaysuyo con destino a la sierra de Áncash. Llegamos a la ciudad de Huaraz la mañana del 24 de diciembre de 1978, en plena víspera navideña. Desde aquel histórico y accidentado día, el destino me distanció de mis compañeros de promoción, y nunca más he vuelto a tener la oportunidad de reencontrarme con ninguno de aquellos valerosos soldados de la Tropa SMO.
El repliegue forzado de la Compañía «A» N.° 112 y el impacto de la violencia subversiva.- Desde marzo de 1978, en el distrito de Huamachuco, provincia de Sánchez Carrión, departamento de La Libertad, resonaba con fuerza entre la población el eco de las labores que el Ejército del Perú realizaba en el caserío de El Pallar. Allí se abría una carretera que prometía conectar la región con Juanjuí, en el departamento de San Martín. Llegué a El Pallar el 18 de marzo de ese mismo año como uno de los ciento veinticinco soldados del Servicio Militar Obligatorio trasladados desde Caraz. En aquellos tiempos, por el antiguo puente Pallar transitaban únicamente los autobuses de las empresas Maqui y Rosario, los cuales transportaban pasajeros desde Tayabamba, en Pataz, hacia Trujillo y Lima. Tras cruzar Chagual y Molino Viejo, los choferes y viajeros arribaban a El Pallar en su segundo día de ruta para tomar el desayuno. En este punto estratégico, un destacamento de quince efectivos de la Guardia Civil custodiaba el puente día y noche, dedicados principalmente al control del narcotráfico.
Para la población civil, la
añorada posibilidad de viajar en vehículos de carga y pasajeros hacia San
Martín a través del valle huamachuquino era un tema de conversación constante.
Con ese propósito, la Compañía «A» N.° 112 del Batallón «Huascarán» asumió la
colosal tarea de construir una vía de ciento ochenta y cuatro kilómetros de
longitud. Los soldados zapadores trabajamos de día y de noche en una obra de
altísimo riesgo y extrema dificultad, abriendo la carretera casi en paralelo a
la ribera del río Chusgón. El personal militar mantuvo el esfuerzo por más de
una década; una labor que costó la vida de dos sargentos, dos cabos y un
soldado, quienes regresaron a sus hogares en ataúdes debido a los fatales
desquinches de roca y tierra suelta. A diferencia de las corporaciones privadas
actuales, la ingeniería militar carecía de alta tecnología, y el Estado no
proveía los presupuestos que hoy manejan los gobiernos regionales. El avance,
por ende, se tornó lento y distanció la ansiada llegada a la amazonía de San
Martín.
Con el tiempo, el Ministerio
de Transportes y Comunicaciones comenzó a recortar sistemáticamente los fondos,
provocando que los pobladores comentaran que la obra avanzaba «a velocidad de
tractor a oruga». El desarrollo se frenó drásticamente debido a la millonaria
inversión que demandaba levantar un puente sobre el río Marañón en la zona de
Calemar; en esa época, las instituciones no disponían de las estructuras
metálicas modulares que existen hoy. A este panorama se sumó el colapso
económico del país y el recrudecimiento de la violencia terrorista desatada por
el Partido Comunista del Perú - Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario
Túpac Amaru (MRTA). Estos grupos subversivos, surgidos tras siglos de
postergación e injusticias sociales, golpearon con especial dureza a las
provincias de Sánchez Carrión y Pataz.
Sin presupuesto y con la
maquinaria destruida, el Ejército no tuvo más alternativa que abandonar el
proyecto tras el sangriento ataque a su campamento adelantado en el caserío de
Convento, perpetrado el 17 de diciembre de 1992. Una columna de treinta combatientes
senderistas asaltó la instalación militar, la cual se encontraba custodiada
únicamente por cinco soldados sin armamento que resguardaban el equipo técnico.
Los subversivos incendiaron el campamento y dinamitaron la totalidad de la
maquinaria pesada, sin dejar una sola máquina operativa. Ante los alarmantes
rumores de que Sendero Luminoso planeaba atacar también la base principal de El
Pallar, se solicitó con urgencia el apoyo de una patrulla de combate. Fue
entonces cuando bajé como refuerzo desde el Batallón Contrasubversivo N° 323 de
Huamachuco, al mando de la patrulla “Huascarán”.
La marcha nocturna se realizó
bajo una tensión absoluta. Caminábamos en medio de una oscuridad total, donde
el frío calaba los huesos y el silencio solo se rompía por el crujido de
nuestras botas en las piedras de la carrosable y el roce de los fusiles contra
el equipo. Nadie se atrevía a encender una linterna, pues una sola chispa de
luz nos habría convertido en blancos fáciles para una emboscada en la
inmensidad andina. La Tropa, muchachos de dieciocho años avanzaban con el
seguro del FAL quitado y el miedo reflejado en el rostro, enfrentando una
guerra que no terminaban de comprender.
—Mi suboficial, ¿usted cree
que sigan ahí? Dicen que eran treinta —susurró el cabo Ocas Raico Pedro,
natural del distrito de El Porvenir, Trujillo, con la voz entrecortada.
—Silencio, Ocas. Vista larga y paso corto. Mantén la disciplina y avanza —le
ordené, ocultando mi propia incertidumbre.
Al fondo del desfiladero, el
rugido del río Chusgón parecía aliarse con el enemigo, recordándonos que la
geografía también nos jugaba en contra. Los gritos de mando de los oficiales,
tan efectivos dentro de las paredes de un cuartel o durante los golpes de
Estado contra políticos corruptos en la capital, resultaban inútiles frente a
la terquedad del relieve andino y la ferocidad de la subversión. A lo lejos,
una densa columna de humo negro tiñó el cielo de naranja. Al llegar al
campamento destruido de Convento, constaté in situ la devastación total.
El olor a combustible quemado impregnaba el ambiente y en el lugar reinaba un
silencio sepulcral. Para evitar ser detenidos o victimizados, los campesinos de
las inmediaciones habían huido hacia las alturas de la puna, dejando en la zona
únicamente a unos cuantos ancianos, mujeres y niños que nos miraban con
desconfianza y terror desde sus humildes casas.
Ante la asfixia económica, la
pérdida total de su equipo en Convento y las constantes amenazas de muerte, la
Compañía «A» N° 112 se vio obligada a replegarse y retornar a su cuartel de
origen en el distrito de Caraz, Huaylas. El sueño de la integración vial
quedaba temporalmente sepultado bajo el polvo de la guerra interna.
Hoy los tiempos han cambiado
de forma radical. Los gobiernos regionales y locales disponen de recursos
económicos en abundancia, a menudo salpicados por el despilfarro y la
corrupción. No obstante, el progreso ha continuado: para el 10 de mayo de 2018,
un flamante puente metálico cruzó finalmente el río Marañón en Calemar,
esperando que la naturaleza lo respete. Asimismo, recientemente se otorgó la
buena pro al Consorcio Naranjillo para asfaltar los setenta y cuatro kilómetros
que separan el Puente Calemar del Abra El Naranjillo, en el límite regional,
quedando el tramo restante hacia Juanjuí bajo la responsabilidad del Gobierno
Regional de San Martín.
El cierre de esta historia
militar se configuró originalmente en junio de 1992, cuando el núcleo del
Batallón de Ingeniería de Combate «Huascarán» N° 112 fue trasladado desde Caraz
hacia el Destacamento «Leoncio Prado» en Juanjuí. La Compañía «A» permaneció
temporalmente en El Pallar como una subunidad independiente, hasta que
finalmente se replegó al Cuartel Huascarán en Caraz. Aunque hoy en día la
Compañía «A» Ingeniería N° 112 ya no figura en el escalafón con ese nombre, su
legado permanece intacto: sobre la base de aquella histórica subunidad y sus
veteranos de la selva y la sierra, se fundó el actual Batallón de Ingeniería de
Combate Motorizado N° 32, que hasta el día de hoy custodia con orgullo la
provincia de Huaylas en el departamento de Áncash.











LINDO LA ESCRITURA LA VERDAD ASI PASO, FATAL LOS 2 AÑOS Q PASO .
ResponderBorrarPocos conocen la labor que desepenña nuestro ejército.
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