El 2 de marzo de 1993, a las
17:00 horas, llegué como parte del relevo a la Base Contrasubversiva N° 323 del
distrito de Tayabamba, en la provincia de Pataz. Durante mi permanencia en
dicha base, me desplacé a pie en tres oportunidades hacia el distrito de Urpay,
situado al oeste de Tayabamba y a una altitud promedio de 2688 metros sobre el
nivel del mar. El primer viaje tuvo un fin netamente de patrullaje disuasivo y
estuvo al mando de la «Patrulla Huascarán», la cual conformaba junto a veinte
efectivos de tropa del Servicio Militar Obligatorio. La segunda ocasión ocurrió
bajo circunstancias muy especiales bajo el comando de un capitán cuyo seudónimo
era «Águila». El tercer desplazamiento se realizó durante el proceso del
Referéndum Constitucional de ese mismo año, celebrado el 31 de octubre.
Fue durante el primer
patrullaje a dicho distrito cuando hallé, en la plaza de armas del centro
poblado mayor de Saire, una camioneta 4x4 con lunas polarizadas, un vehículo de
alto costo y totalmente inusual para circular por aquella zona. Con estas evidencias,
comencé los trabajos de inteligencia e investigué la vida que llevaban las
principales autoridades políticas y los miembros de la Policía Nacional del
Perú. El objetivo era responder quiénes habían financiado la construcción de
los aeropuertos del distrito de Urpay y del caserío de Gochapita, así como
determinar cuáles eran sus verdaderas finalidades. Con la información que me
brindó un civil apodado «Zorro», residente en Urpay, me convencí de que, desde
tiempos inmemoriales, las principales autoridades políticas de diferentes
épocas —tales como alcaldes y gobernadores— y los miembros de la Policía
Nacional siempre habían estado coludidos con los narcotraficantes de la zona y
de San Martín.
En la ciudad de Tayabamba,
durante la permanencia de los suboficiales de la PNP Pinto, Rivas, «Tarzán» y
otros, los efectivos policiales permanecían sin ningún tipo de control por
parte de sus superiores. El teniente que ejercía como jefe de la dependencia
carecía de autoridad sobre ellos, por lo que los suboficiales, indisciplinados
en su totalidad, hacían lo que les daba la gana. La mayoría de las veces
permanecían en las cantinas situadas en las inmediaciones del mercado, donde
pasaban las horas del día libando cerveza a discreción. Siempre llevaban sus
armas de dotación AKM a la bandolera, sobre la espalda. En ocasiones, en total
estado etílico y en medio de discusiones mutuas, realizaban disparos en ráfaga
hasta vaciar las cacerinas. En una de estas borracheras, el suboficial Rivas se
quedó dormido en una cantina y perdió su fusil AKM, el cual fue sustraído por
civiles involucrados en el narcotráfico. Durante los meses que permanecí en
este distrito, los miembros de la Policía Nacional nunca participaron en los
patrullajes contrasubversivos ni realizaron detenciones de mochileros con
droga. En las noches, cerraban las puertas de la comisaría y dormían confiados
en el servicio de seguridad que brindaba el personal de la base militar del
Ejército.
El 19 de mayo de 1993, a las
15:45 horas, los policías subalternos asesinaron al teniente de la Policía
Nacional en lo que pareció ser un ajuste de cuentas. A esa hora, yo me
encontraba jugando fulbito con el personal de tropa en la cancha de tierra de la
escuela primaria. De pronto, se escuchó un disparo de fusil entre la base del
Ejército y la comisaría. En ese momento, todos dejamos de jugar y, ante la
presunción de un ataque del PCP Sendero Luminoso, corrimos hacia la base a toda
velocidad. Como la base militar y la comisaría eran colindantes, se oía el
alboroto que habían armado los policías, y fue allí donde nos enteramos de que
el teniente había sido asesinado por sus propios subalternos. Los subordinados
habían llegado a la comisaría en estado etílico y el oficial les había llamado
la atención. En esas circunstancias, un suboficial conocido normalmente como el
«Fumón» cargó su fusil AKM y le disparó en la cabeza, causándole la muerte en
el acto.
Posteriormente, el asesino
escapó con la ayuda y complicidad de sus compañeros hacia el distrito de
Santiago de Challas, lugar donde tenía como enamorada a una profesora y donde
permaneció escondido por mucho tiempo. Respecto al crimen, algunos comentaban
que se debió a que el oficial no había cumplido con la repartición de los cupos
de dinero en dólares entregados por los narcotraficantes de la zona. El cuerpo
del oficial se veló en la misma comisaría hasta la llegada de una avioneta que
trasladaría sus restos mortales a la ciudad de Trujillo. Durante cuatro días el
cadáver permaneció en el lugar y comenzó a descomponerse, lo que originó un
olor fétido insoportable que se percibía incluso en las inmediaciones de la
Plaza de Armas. Al cuarto día, apareció la avioneta y lo trasladó a su lugar de
origen. Llevar los restos por tierra era una tarea sumamente difícil, ya que
los vehículos tardaban aproximadamente cinco días desde Tayabamba hasta
Trujillo debido al pésimo estado de la carretera, sobre todo en los sectores de
Buldibuyo, Chagual y Molino Viejo. Después de este asesinato, el alto mando de
la Policía Nacional envió a un mayor y a un capitán, quienes llegaron
acompañados por un suboficial que tenía el apelativo de «Tarzán». Este mayor,
cuyo nombre no recuerdo, también jugó en la liga de fútbol local para el Club
Defensor Tayabamba junto con el suboficial Pinto y el mencionado «Tarzán».
En el mes de mayo de 1993, un
profesor se aventuró por primera vez a abrir una discoteca en este distrito. El
local, sumamente rústico, funcionaba en el segundo piso de un inmueble ubicado
en la parte posterior de la iglesia. Casi al mismo tiempo, en las inmediaciones
del mercado, otro docente comenzó a preparar por las noches pollo frito en
sartén, el cual hacía pasar como pollo a la brasa. De un momento a otro, aquel
típico pueblo serrano de noches silenciosas dio paso a veladas de juerga, donde
nunca faltaban en la pista de baile las estudiantes del Instituto Pedagógico y
los efectivos de la Policía Nacional del Perú.
En esa discoteca, los policías
me mostraban con total naturalidad sus billeteras repletas con miles de
dólares. Aquel dinero provenía de los acopiadores de droga, como el famoso «paisa»,
quien utilizaba una tienda cerca del mercado como fachada para sus actividades.
El dinero también correspondía al pago por la protección brindada a las
avionetas que sacaban los cargamentos ilícitos desde el aeródromo del distrito
de Urpay, desde donde despegaban dos aeronaves cada quince días.
En Urpay, uno de los
principales enlaces con las firmas de narcotraficantes era el conocido «Zorro».
Este sujeto poseía en su vivienda una estación de radio de Alta Frecuencia (HF)
de señal abierta, mediante la cual coordinaba las operaciones con las mafias
instaladas en la región San Martín. Logré interceptar dichas comunicaciones en
varias oportunidades utilizando el equipo de radio HF/BLU Thomson TRC 372,
instalado en el Centro de Comunicaciones de la Base Contrasubversiva de
Tayabamba. Los fines de semana, los mochileros llegaban a Tayabamba cargados de
droga, procedentes en su mayoría de Tocache, Uchiza, Ongón y San Francisco.
Nadie los detenía, pues todo estaba previamente arreglado con el personal de la
Policía Nacional del Perú. El contingente con la mercancía solía transitar por
la ruta de Ongón, Pampa Seca, Puerta del Monte, Huanapampa y Collay, para
cruzar Tayabamba y tener como destino final el distrito de Urpay.
Un día, intenté capturar al
«Zorro», pero antes de que pudiera ejecutar la detención, él se sometió
voluntariamente a una confesión sincera. «jefe, todo está arreglado —me
manifestó—. Los narcotraficantes le pagan mensualmente cinco mil dólares a la
Municipalidad de Tayabamba, otros cinco mil a la Policía Nacional y tres mil
dólares al gobernador».
Para comprobar la entrega de
estas cuantiosas sumas a las fuerzas policiales, tracé un plan. Como los
efectivos eran clientes habituales de la discoteca —principalmente los viernes,
sábados y domingos—, comencé a frecuentar el local en compañía del sargento
apodado «Rata». Durante aquellas noches de juerga, logré ganarme el acceso al
círculo de amistades del mayor de la PNP. Una noche me presenté ante él con una
caja de cerveza y le dije: «Mi mayor, este es mi presente para estrechar los
lazos de amistad entre los miembros de las Fuerzas del Orden». El oficial, un
hombre robusto y de apariencia bonachona, aceptó la iniciativa y me integró al
grupo donde se encontraban varios suboficiales.
A partir de ese encuentro,
cada vez que coincidía con los policías, libaba cerveza con ellos. Una vez
ganada su total confianza, desaparecieron los secretos: me revelaban
abiertamente los pormenores sobre la entrega de miles de dólares por parte de
los narcotraficantes a las principales autoridades de Tayabamba y a la propia
Policía. Para mi sorpresa, me enteré de que incluso el jefe de nuestra Base
Contrasubversiva del Ejército recibía mensualmente la suma de cinco mil dólares
americanos.
El 8 de agosto de 1993, a las
21:00 horas, me reuní nuevamente con los miembros de la Policía en la
incipiente discoteca, donde ya tenían dispuestas varias cajas de cerveza. Me
acerqué de inmediato al grupo para beber y bailar. En medio de la reunión, uno
de los efectivos me mostró su billetera llena de dólares y me preguntó: «Y tú,
¿cuánto has recibido? Por si acaso, a la Base del Ejército también le
corresponden cinco mil verdes: dos mil para el jefe, mil para cada suboficial y
mil para el rancho de la tropa. El dinero se recibe en la comisaría de la PNP y
luego se le entrega al capitán "Águila"».
Al día siguiente, el 9 de
agosto, durante la lista de diana, el capitán «Águila» —en su condición de jefe
de la base— me buscó la sinrazón y me increpó duramente delante de todo el
personal de tropa: «Suboficial Pineda, usted se junta demasiado con el personal
de la Policía Nacional y presumo que está filtrando información secreta o
estrictamente secreta. Por lo tanto, a partir de la fecha, tiene prohibido
ingresar al Centro de Comunicaciones». De inmediato, le ordenó al sargento José
Sarmiento trasladar el equipo de radio HF Thomson TRC-372 a su alojamiento
particular, dejándome a partir de ese momento sin acceso a las comunicaciones.
El 16 de agosto de 1993, a las
04:30 horas, el capitán «Águila» organizó la primera patrulla con un efectivo
de veinte hombres y me comunicó que se dirigirían al distrito de Urpay. A las
05:00 horas, el volquete de color anaranjado de la municipalidad distrital se
estacionó en la puerta principal de la base militar. Con rapidez, tomé mi
equipaje y mi fusil FAL y, sin que el oficial lo notara, subí a la tolva por la
parte posterior, ya que el capitán se había acomodado en la cabina junto al
chofer. En la tolva viajábamos el personal de tropa, un regidor de la
municipalidad, un efectivo de la policía Nacional del Perú vestido de civil y
dos civiles más.
Cuando el vehículo en marcha
alcanzó la cumbre más alta, justo antes de iniciar el descenso hacia el distrito
de Urpay, el regidor me comentó: «Ahora sí van a coronar bien, porque hay dos
vuelos de gran tonelaje». Le seguí la corriente, pues hasta ese instante
desconocía el verdadero motivo del patrullaje. Fue en ese momento cuando
descubriría que el desplazamiento tenía como fin proteger a los
narcotraficantes para el envió de sacos de cocaína. Le pregunté al regidor si
«llovería para todos», a lo que me respondió: «Por supuesto, es para todos».
A las 10:45 horas arribamos al
distrito de Urpay. Cabe precisar que el alcalde, Octavio Bogarín, ya se
encontraba en el lugar desde el día anterior, por lo que no viajó con nosotros.
El vehículo se detuvo en las inmediaciones de la Plaza de Armas de aquel
pequeño distrito y procedimos a descender. Al notar mi presencia junto la tropa
de la patrulla, el capitán «Águila» se molestó visiblemente y optó por no
dirigirme la palabra. Acto seguido, se cubrió el rostro con un pasamontaña
verde y, en compañía de sus dos ayudantes «chacales», desapareció del lugar. La
tropa me informó después que se habían dirigido en línea recta hacia el
aeródromo.
Mientras tanto, yo permanecí
en la plaza con el rostro descubierto y al mando del grueso del personal de la
patrulla. En esas circunstancias, se presentaron cuatro representantes de la
firma de narcotraficantes. Uno de ellos se confundió de rango, me saludó y me
dijo: «Capitán, pasemos a desayunar; que su personal pida lo que quiera». Con
ese fin, nos dirigimos al único restaurante de la calle principal. Al ingresar,
los narcotraficantes reiteraron el ofrecimiento. Sin dudarlo, ordené al
instante diez fuentes de lomo saltado con arroz, litros de gaseosa y galletas
para los soldados. Mientras preparaban el pedido, los sujetos solicitaron cinco
cajas de cerveza y empezamos a beber.
En todo momento se referían a
mí como «capitán» y me comentaban: «Capitán, somos muy caballeros con todos
ustedes y también con las autoridades políticas y la policía; pagamos el cupo puntualmente». Entre
tragos, cuando los efectos del alcohol ya se hacían notar, uno de ellos propuso:
«Capitán, antes de que traigan la comida hay que arreglar. Por esta vez, el
trato será de ocho mil dólares americanos para usted, y pusieron sobre la mesa cuatro paquetes, cada uno con dos mil dólares americanos, era pues el pago de las cuatro firmas, dos mil por firma». Yo les respondí que lo recibiría más tarde y en otro lugar porque en estos momentos hay mucha luz, pues desde que entramos al restaurante me percaté de que el
capitán «Águila» había dejado a otros de sus hombres de confianza para que me custodien.
Uno de ellos permaneció apostado a mi espalda en todo momento, mientras que los
demás me vigilaban permanentemente desde la puerta del inmueble para evitar que
yo saliera o recibiera algo ilícito.
El 17 de agosto de 1993, a las
03:00 horas, el capitán «Águila» ingresó al segundo piso de la Municipalidad
Distrital de Urpay, espacio donde permaneció el personal de la patrulla desde
el momento que llegamos a este distrito y me dio una orden directa para no
presenciar el acto ilícito: «Suboficial, me quedaré aquí con cinco hombres de
tropa para realizar unas coordinaciones de trabajo con el alcalde Octavio
Bogarín. Finalizada la reunión, a las 08:00 horas, retornaré al distrito de
Tayabamba. En este mismo momento, usted se repliega a la base con quince
efectivos de tropa». Obedecí la orden sin dudas ni murmuraciones, respondiendo
con un firme «comprendido, mi capitán». Soportando el gélido frío de la
madrugada, reuní de inmediato a los 15 hombre de tropa e iniciamos la marcha de
repliegue en columna de a uno.
Durante el camino, los
soldados comenzaron a manifestar sus sospechas, el sargento de seudónimo “rata”
me dijo: «Mi suboficial, el capitán quiere arreglar a solas con los
narcotraficantes; por eso nos envía de regreso a la base de Tayabamba a estas
horas de la madrugada» y otros también me sugerían para regresar y aguarle el
acto ilícito. Mientras avanzábamos, caminé cavilando en los dólares que no
había recibido por puro ingenuo. Pensé para mis adentros en la suerte de aquel capitán
tan miserable, esperando que fuera consciente conmigo y con la tropa, y que al
final la repartición resultara equitativa.
En el trayecto entre Urpay y
el centro poblado mayor de Saire, me pasaron mil cosas por la cabeza. Tras
meditarlo bien, decidí detener la marcha en el mencionado centro poblado.
Inicialmente nos sentamos en la explanada de la plaza de armas, pero al notar
la excesiva demora del oficial, ordené al personal desplazarse hacia la parte
alta del cerro. Sentados desde esa posición estratégica, podíamos observar con
total claridad todos los movimientos del capitán en la pista de aterrizaje,
utilizando el único binocular que portaba la patrulla a mi mando. El oficial
nos había asegurado que regresaría por la mañana, pero las horas transcurrían y
no aparecía. Aquella tensa espera, lejos de preocuparnos, nos mantenía alerta
ante las sorpresas que intuíamos que ocurrirían en el aeródromo.
A las 12:35 horas divisamos a
la distancia al capitán de infantería «Águila», cuyo nombre verdadero es Jorge
Sánchez Flores. Lo acompañaban los cinco sargentos de tropa que operaban como
sus secuaces, el policía vestido de civil y cinco civiles más; todo este grupo
permanecía apostado a un costado de la pista. Para sorpresa de todos nosotros,
a las 13:15 horas apareció la primera avioneta. La aeronave sobrevoló el valle
y aterrizó. De inmediato, los civiles salieron corriendo desde las
inmediaciones con sus cargas a cuestas. El proceso de embarque tardó
aproximadamente ocho minutos, tras los cuales la nave levantó vuelo. No pasó
mucho tiempo cuando apareció la segunda avioneta, realizando exactamente la
misma maniobra: aterrizó, los civiles corrieron con los bultos y, tras
finalizar la carga, despegó velozmente con dirección a la selva.
En ese instante, el capitán “águila”
y los sargentos de tropa, el policía y los civiles iniciaron su repliegue hacia
la plaza de armas del distrito de Urpay. Por nuestra parte, descendimos del
cerro hacia la pampa del caserío de Saire, donde nos tendimos en el suelo bajo
un sol radiante. A las 15:00 horas, el capitán «Águila» apareció a pie con su
grupo. El encuentro conmigo fue fatal. Comenzó a recriminarme con dureza
delante de toda la tropa: «Suboficial, ¿por qué no se desplazó a la base de
Tayabamba? Ha desobedecido mi orden. En cuanto lleguemos, lo pondré de
inmediato a disposición del Puesto de Comando de Huamachuco». Ante sus amenazas
y su agresión verbal, contuve la rabia; estuve a punto de perder el control y
agarrarlo a balazos.
Finalizada la discusión,
iniciamos el retorno al distrito de Tayabamba en total silencio. Aquel oficial
delincuente y desleal solía atacarnos a los suboficiales por nuestro lado más
vulnerable. En aquellos tiempos, el suboficial Rentería, a quien apodábamos el
«Burro», mantenía un romance con una profesora tayabambina, mientras que yo
estaba enamorado de una alumna del Instituto Pedagógico. Por el simple hecho de
cuidar nuestras relaciones y estar bien con nuestras parejas, soportábamos en
silencio toda clase de injusticias de su parte. Al pisar la base militar, le relaté
de inmediato al suboficial Rentería y al resto de la tropa todo lo acontecido
en el distrito de Urpay, haciéndoles saber que el capitán estaba plenamente
metido en el negocio ilícito con los narcotraficantes y que el dinero en dólares
destinado a la base jamás se había repartido.
Al día siguiente, el 18 de
agosto de 1993, a las 08:00 horas, durante la lista de diana, reventó el
problema en la Base Contrasubversiva de Tayabamba. El suboficial Rentería y
todo el personal de tropa se le fueron encima al capitán «Águila». El oficial perdió
por completo la autoridad en ese instante y, frente a todo el contingente,
negaba rotundamente las acusaciones. Los soldados le reclamaban en su cara:
«Capitán, todos sabemos que usted está involucrado con los narcotraficantes de
Urpay. Hemos hablado con el civil "Zorro" y con el
"Gringo", y ellos nos confirmaron que usted recibe cinco mil dólares
mensuales. Ese dinero entra a través de la Policía Nacional del Perú y usted a
pesar de recibir tanto, a nosotros nos mantiene pasando hambre».
Ante la contundencia del
reclamo, el capitán atinó a responder: «Yo jamás en mi vida he estado
involucrado en esas cochinadas. Si tanto me acusan, ¿dónde está ese civil
"Zorro"? ¿Dónde está el "Gringo"? Tráiganlos para meterles
bala por hablar estupideces». Acto seguido, el oficial miró hacia el cielo y
juró ante Dios que jamás había recibido dinero de las mafias de narcotraficantes
en el distrito de Urpay. En ese momento intervino con mayor vehemencia el
suboficial Rentería, amenazando con meterle bala junto al sargento conocido
como «Rata». Fueron minutos de altísima tensión en los que estuvimos a punto de
desatar una balacera dentro de la base, ya que todo el personal se encontraba
armado y equipado para la formación de la lista de diana.
Afortunadamente, la situación
se calmó. Decidí no intervenir en la disputa porque presumía que este negocio
ilícito ya estaba arreglado en los niveles superiores con el Comando del
Batallón Contrasubversivo Ni 323 de Huamachuco. Cuando las aguas se asentaron,
el oficial se dirigió a mí: «Suboficial Pineda, saque inmediatamente al patio
de armas todos los artículos de Intendencia, Comunicaciones, Sanidad y Material
de Guerra. Proceda a verificar los cargos y relévese con el suboficial
Rentería. Usted será el primero en irse al Puesto de Comando de la guarnición
de Huamachuco».
El 19 de agosto de 1993, a las
10:00 horas, ingresé de sorpresa al alojamiento del capitán «Águila». Lo
encontré sentado en su escritorio, y sobre el mueble tenía amontonada una gran
cantidad de paquetes de billetes de cien dólares americanos. Lo afirmo en
nombre de Dios Todopoderoso: lo sorprendí con las manos en la masa mientras
contaba los paquetes de billetes verdes. Como entré sin tocar la puerta, el
oficial se puso totalmente nervioso y no supo cómo reaccionar. Balbuceando intentaba
entablar conversación conmigo mientras, con movimientos lentos, abría el cajón
de su escritorio para camuflar los fardos de dinero. Me pareció que cada
paquete contenía unos cinco mil dólares, calculé que en ese montón había más de
100 mil dólares americanos.
En ese instante, le hablé con
firmeza: «Capitán "Águila", tranquilícese. Yo no soy tan cobarde ni
tan miserable como usted. Si yo fuera un ambicioso, en este mismo momento lo
fusilaría aquí mismo, porque tengo las evidencias y las pruebas frente a mí.
Usted, como jefe de la base, junto con los policías y las autoridades de
Tayabamba, reciben cinco mil dólares mensuales de los narcotraficantes, ¿sí o
no? No lo voy a delatar porque ese no es mi estilo, y no he entrado con la
intención de presenciar este acto miserable que usted negó ante la tropa
jurando en nombre de Dios. He ingresado para verificar el material de
comunicaciones que usted ordenó traer a su habitación para coordinar
secretamente el pago de cupos con las mafias de narcotraficantes».
El oficial, completamente
acorralado, solo atinó a decirme: «Está bien, suboficial Pineda, proceda a
sacar los equipos de radio HF/BLU Thomson TRC-372, las antenas y las baterías
para su verificación». Tras revisar los cargos, presenté formalmente el acta de
relevo, y a partir de ese momento el suboficial Rentería se hizo cargo de todo
el material. Cabe señalar que el capitán “águila” era, además, el padrino de
matrimonio de dicho suboficial. Con fecha 31 de agosto de 1993, retorné por mis
propios medios al Puesto de Comando del Batallón de Infantería Motorizado N°
323, acantonado en el distrito de Huamachuco.
Pasaron algunas semanas, ya en
el mes de setiembre de 1993, también relevaron a todo el personal de Tropa,
quienes también retornaron al distrito de Huamachuco. Yo me retiré de
Huamachuco el 15 de febrero de 1994, pues salí cambiado de colocación con
destino al Batallón Contrasubversivo N° 28 de la provincia de Rioja,
departamento de San Martín. El capitán alias “águila” y el suboficial Rentería
continuaron como destacados en la Base Contrasubversivo N° 323 del distrito de
Tayabamba, no descarto que el dinero del narcotráfico también haya llegado para
los mandos superiores, sino porque la preferencia de mantenerlos en el mismo
puesto a este oficial y suboficial por más de un año, en fin son historias que
se arrastra desde muchos años donde están involucrados con el narcotráfico los
Policías, las autoridades políticas así como los efectivos del Ejército, como
ocurrió en Tayabamba, Pataz en el año 1993.