martes, 1 de octubre de 2019

CAMPAÑA DE LA BREÑA: LLEGADA DE 200 GUERRILLEROS DE SANTIAGO DE CHUCO A HUAMACHUCO 9 JULIO 1883

El 9 de julio de 1883, siendo las 15:00 horas, 200 guerrilleros de la provincia de Santiago de Chuco acompañados por sus esposas e hijas llegaron al distrito de Huamachuco para reforzar a las fuerzas patriotas al mando del General Cáceres. Este grupo patriota en su mayoría integrado por campesinos llegó al mando del gobernador Ucedo, Santiago Calderón, José pinillos y los hermanos Porturas. 

En aquellos momentos difíciles para la patria los patriotas santiaguinos se presentaron a tomar un puesto en la defensa de la honra del Perú, y los que no pudieron hacerlo enviaron comida para la tropa, los santiaguinos llegaron con fiambres de pan, cancha de maíz, harina, coca y aguardiente que fue repartido inmediatamente a todo el personal de diferentes batallones, y Cáceres también pudo alimentarse luego de permanecer en ayunas durante tres días. 

Dejaron todo en su pueblo, las súplicas de sus padres, los ruegos de sus esposas e hijos, abandonaron sus trabajos por ir a defender a la nación bajo las ordenes del General Cáceres. Llegaron al cerro Cuyulga ubicado en el lado sur de la ciudad de Huamachuco, todos llenos de valor, dispuestos a participar en la batalla, y además fueron portadores de provisiones (víveres) tan necesarias para el ejército que pasaba hambre.  

El General Andres Avelino Cáceres Dorregaray tuvo palabras de homenaje para los santiaguinos, quienes finalizado la batalla padecerían por su patriotismo una salvaje represión de parte de las tropas chilenas: “En medio de la penuria general el pueblo santiaguino contribuyo con la sangre de sus hijos y con recursos para la defensa de la patria, desafiando la ira del enemigo que le castigó después, pero ganando un digno puesto al lado de los defensores del honor nacional”. 

En la foto vemos con mucho orgullo y admiración a cinco veteranos de aquella batalla, después de 50 años (10 de julio de 1933). 

sábado, 3 de agosto de 2019

LA PATRULLA "HUASCARÁN": EL ESCENARIO DE LAS URNAS EN URPAY PROVINCIA DE PATAZ 30 DE OCTUBRE 1993

El Escenario de las Urnas en Urpay

El sábado 30 de octubre de 1993, el polvo del camino quedó atrás cuando la patrulla «Huascarán» al mando del suboficial EP Miguel Pineda, pisó por tercera vez en su historia, el pequeño distrito de Urpay. Procedentes del Batallón Contrasubversivo N° 323 de Huamachuco, los veintiún hombres de la patrulla sabían que esta incursión era diferente. No se trataba de un asalto táctico directo, sino de custodiar el Proceso de Referéndum Constitucional convocado para el día siguiente, domingo 31 de octubre, bajo el primer periodo de gobierno del ingeniero Alberto Fujimori. El centro de operaciones y votación ya estaba definido: las aulas del colegio César Vallejo Mendoza.

Urpay apareció ante los ojos de la patrulla como el retrato vivo de un típico distrito serrano suspendido a 2,688 metros de altitud. Era un paraje de poca población, configurado por pequeñas calles sin asfalto y viviendas construidas de tapial con techos de teja que resistían el clima de la cordillera. Sin embargo, las paredes del pueblo hablaban de la fractura social del país: en los muros de adobe se mezclaban, en una tensa vecindad, las pintas de propaganda de los partidos políticos tradicionales con las consignas senderistas del PCP-Sendero Luminoso del camarada “Gonzalo”.

La conexión entre los distritos de Urpay y Tayabamba dependía de una angosta trocha carrozable. Era una ruta difícil, por la que solo esporádicamente se aventuraban los vehículos de la municipalidad o del Centro de Salud. Por ello, la norma para los pobladores y la ley para las patrullas del ejército era la misma: desplazarse a pie, desafiando la geografía.

Esa misma escasez de transporte motorizado convertía a la trocha en una arteria clandestina de alta peligrosidad. Por ese camino angosto transitaban a pie los «traqueteros» o mochileros provenientes de Tocache y de otras zonas del departamento de San Martín. Cruzaban las montañas cargando droga en sus espaldas con destino a los acopiadores de cocaína que operaban ocultos en Urpay y Tayabamba. Aquella economía ilegal no era un secreto en la zona; los cargamentos se movían bajo el amparo de la impunidad, protegidos habitualmente por los políticos, policías de la zona y las principales autoridades, incluidos alcaldes y gobernadores. Desde allí, la mercancía esperaba el momento de ser embarcada en avionetas clandestinas rumbo a las firmas del narcotráfico en Colombia, cerrando un círculo de corrupción que el gobierno de turno no podía combatir a través de sus autoridades políticas locales.


La Lección Bajo el Cielo de Urpay

El domingo 31 de octubre de 1993 amaneció con un cielo encapotado y frío. A las 06:30 horas, la patrulla tomó posiciones en el colegio César Vallejo Mendoza para custodiar las mesas de sufragio del Referéndum Constitucional. Desde la puerta principal del plantel, la realidad del Perú profundo se hizo evidente ante mis ojos. Una multitud de campesinos ya se agolpaba en el ingreso. Eran hombres y mujeres golpeados por la miseria extrema que había dejado el primer gobierno de Alan García Pérez. Bajaban temprano desde sus caseríos recónditos. Los varones vestían trajes de bayeta y las mujeres lucían sus polleras tradicionales; en los pies de ambos, las ojotas reemplazaban a los zapatos.

Al ver a más de doscientas personas reunidas en una tensa espera, tomé una decisión audaz. Con el puñal de combate en la mano como símbolo de autoridad, pero con la palabra armada de convicción, decidí hablarles. Me propuse sacudirlos del letargo histórico mediante una reeducación in situ, un "lavado de cerebro" directo sobre la historia de la República desde el 28 de julio de 1821 hasta los días de Alberto Fujimori. Mis palabras resonaron firmes frente al local:

—«El 28 de julio de 1821, el Perú criollo celebró el separatismo de España. Pero para el Perú profundo, eso careció de sentido. Las guerras entre San Martín, Bolívar, Sucre, La Serna, Canterac y Rodil no fueron más que la continuidad de las viejas disputas entre los Pizarros, Almagros, La Gasca y Centeno. Sin embargo, se engaña a los estudiantes y al pueblo en general, sumido en una crisis de identidad, haciéndoles creer que las mágicas palabras de San Martín nos dieron la independencia. Lo cierto es que en ese entonces Lima estaba sitiada por guerrillas autóctonas a quienes tanto el español peninsular José de la Serna como el español americano José de San Martín detestaban ancestralmente. Para San Martín era urgente liberar a los criollos del yugo hispano, pero de ninguna manera a los autóctonos del yugo criollo y español».

Durante treinta minutos desnudé ante ellos la historia de los presidentes que gobernaron el país. Les expliqué cómo nuestras riquezas habían sido saqueadas por los grandes capitalistas extranjeros en complicidad con malos gobernantes. Hacia el final del discurso, les lancé una pregunta directa al corazón de sus contradicciones:

—«¿José de San Martín está más cercano al visitador José Antonio de Areche o a Túpac Amaru?»

Un silencio sepulcral inundó la calle. Los campesinos y campesinas me miraban estupefactos, petrificados por la crudeza de la verdad; nadie se atrevió a refutarme. El impacto de aquella lección de historia caló hondo en su conciencia. Minutos después, al abrirse las mesas, la multitud ingresó ordenadamente a las cámaras secretas y ejecutó un silencioso acto de protesta: votaron masivamente en blanco. En todo el distrito de Urpay, nadie apoyó el proyecto de Alberto Fujimori.

Sin embargo, la historia fuera de aquellas montañas ya estaba escrita. A nivel nacional triunfó el "Chino" Fujimori. La fujiconstitución de 1993 comenzó su reinado, convirtiéndose en una carta intocable para una clase política que cada cinco años se hace más rica. Se impuso el continuismo de una derecha codiciosa que no aporta nada al país, mientras los seudopartidos actuales dejaron de producir ideas, permitiendo que la robocracia continúe gobernando con total impunidad.

miércoles, 24 de julio de 2019

HELIPUERTO TORMENTA COTA 1274 ALTO CENEPA AMAZONAS EN MIS RECUERDOS DE SIEMPRE FEBRERO 1995

Bajo el Manto del Cenepa: Las Horas en la “Ye” y la Cota 1274.- El sábado 11 de febrero de 1995 amaneció despacio en el sector La “Ye” en distrito de Cenepa, provincia de Condorcanqui en Amazonas. Sentados al pie de árboles colosales, contemplábamos la neblina densa que parecía abrazarse con furia a la vegetación de los cerros. El ambiente estaba saturado de una humedad que se metía en los huesos. Llevábamos más de un día sin probar rancho y carecíamos de medicamentos. El uniforme, que ya no recordábamos cuándo había estado seco, se nos pegaba al cuerpo, y nuestras botas estaban sepultadas bajo una costra pesada de barro selvático. Lo único que jamás se soltaba era el fusil FAL, aferrado a la mano como una extensión del propio cuerpo.

Las noches previas habían sido una prueba de resistencia. Dormíamos sobre colchones improvisados con hojarascas caídas, cubiertos apenas por ponchos de jebe y plásticos desgastados, soportando el embate del oscuro cerrazón de la selva. En medio de aquella penumbra y desamparo, yo me encomendaba a una pequeña cruz que había fabricado días atrás; dos simples astillas de madera unidas por la tira de un plástico viejo. Mirarla era mi forma de aferrarme a Cristo.

Desde las primeras luces del día, el rugido de la guerra rompió la calma. Soportamos el incesante hostigamiento de los lanzadores múltiples BM-21 de 40 bocas y las incursiones de la aviación ecuatoriana. Sin embargo, el enemigo disparaba a ciegas. Aquellos proyectiles lanzados desde las cotas altas de Cóndor Mirador, Coangos y Banderas estallaban por centenares en las faldas de los cerros circundantes, pero sus efectos se disolvían inútiles entre la resistencia de la indomable vegetación.

A eso de las nueve y media de la mañana, los primeros rayos del sol rasgaron el manto verde, calentando el aire húmedo. Con la luz, la cruda realidad del combate comenzó a materializarse bajo la sombra de las copas. Desde la dirección del Helipuerto Tormenta, apareció un grupo de soldados descalzos. Con paso pesado y rostros exhaustos, transportaban en una camilla rústica el cuerpo inerte de un compañero caído, mientras otros grupos evacuaban a los heridos hacia la Unidad Quirúrgica Médica que operaba entre la maleza. Eran muchachos de diecisiete a veinte años, reclutas del Servicio Militar Obligatorio llegados de la costa, la sierra y la selva. Jóvenes humildes que, con su sangre, estaban sellando una frontera para que las generaciones del futuro no tuvieran que marchar jamás hacia una línea de guerra.


La preocupación flotaba en el ambiente como la misma humedad. Al conversar con los suboficiales del Batallón Contrasubversivo Nº 314 de Huánuco —quienes ya arrastraban más días de brega en este infierno—, la realidad se desnudaba sin rodeos: los ecuatorianos nos habían superado en el control del espacio aéreo. La pérdida de nueve de nuestras naves, entre ellas cinco helicópteros, pesaba en el alma del combate. Nuestra defensa contra el cielo dependía de los viejos misiles tierra-aire Strella de 1970; un armamento de procedencia rusa que ya padecía de obsolescencia técnica ante la modernidad de los misiles Igla que el Ecuador había adquirido en Israel.

Aquel día, el Batallón Contrasubversivo Nº 28, integrado en su totalidad por aguerridos soldados nativos de la selva peruana, alcanzó la Cota 1274, el estratégico Helipuerto Tormenta que los ecuatorianos llamaban Base Norte. Nos desplegamos a la izquierda del Batallón 314. La tarde cayó hermosa, cálida y de una placidez casi irreal. Las cumbres, coronadas por un manto verde, descansaban bajo los últimos rayos del sol, mientras una densa neblina blanca dormía inmóvil en las quebradas. Era un paisaje que inspiraba una paz profunda, una tregua para el espíritu.

Me recosté sobre la tierra seca y apunté mis binoculares hacia la cresta de la Cordillera del Cóndor, en la Cota 1666. Allí, el Puesto de Vigilancia Coangos de Ecuador dominaba con absoluta ventaja todo el valle del Cenepa. Vi su bandera ondear al viento y a sus soldados caminar con tranquilidad. En ese silencio, las preguntas comenzaron a taladrar mi mente: ¿Por qué no se bombardeaba esa posición enemiga? Desde esa altura, ellos poseían el dominio total del terreno y el emplazamiento perfecto para sus armas de largo alcance, sus obuses y aquellos temibles lanzadores múltiples.

El silencio de la tarde empezó a diluirse mientras el grueso del personal terminaba de acondicionar el Puesto de Comando Avanzado. Los muchachos buscaban abrigos y cubiertas entre la maleza para pasar la noche, agrupándose para hablar de lo de siempre: el rancho que escaseaba. De pronto, a las 17:20 horas, el grito desgarrador de la tropa quebró la calma:

—¡Avión! ¡Avión! ¡Avión!

A lo lejos, el rugido sordo de un motor subsónico A-37 ecuatoriano rasgó el cielo. No había tiempo para más que encomendarse a Dios. Corrimos en silencio hacia los refugios improvisados, sabiendo con desesperación que aquellas ramas y troncos solo protegían de las balas de fusil, pero eran inútiles ante un bombardeo. Ya conocíamos el horror y el pánico que causaba una bomba de trescientos kilos.

En medio de la urgencia, logré divisar a un Técnico de la Fuerza Aérea del Perú. Salió a toda velocidad de su trinchera cargando al hombro el pesado tubo del Strella. Con una agilidad asombrosa, trepó a lo alto de un árbol, buscando un claro entre las copas para dominar el horizonte. El avión enemigo redujo su velocidad sobre nuestras cabezas y soltó dos bombas que pasaron de largo, estallando sucesivamente al otro lado del cerro. Sintiéndose victorioso, el piloto emprendió la retirada.

Fue cuestión de segundos. El tirador peruano, firme en las alturas, liberó el misil. El cohete salió eyectado con un rastro de fuego directo hacia la nave. En mi mente el grito de victoria ya estaba contenido: “¡Ya se jodió, carajo! ¡Ya lo pescó!”. Pero el piloto ecuatoriano, en una maniobra límite, hizo zigzaguear su aeronave repetidas veces y logró esquivar el impacto. El misil perdió el rastro, se desvaneció en el aire y se fue de picada a estallar al fondo de la quebrada. Por el puro susto del encuentro, el avión se fue hacia el fondo del valle de forma desesperada y luego para levantar vuelo para desaparecer tras el perfil de Coangos. Aquella nave se salvó por milagro, pero el enemigo se llevó una lección clara: nuestra defensa antiaérea estaba despierta, lista para blindar el avance de nuestra gloriosa infantería entre la espesura.

Una hora más tarde, a las 18:20, un segundo avión cruzó la misma ruta. Esta vez volaba más alto, quizá a dos mil metros, y a una velocidad endiablada. Soltó sus bombas lejos, dejando solo el eco de las explosiones antes de perderse en Coangos. Abajo, los tiradores lo esperaron con el dedo en el disparador, pero la velocidad y la altura impidieron que entrara en la zona de captura del misil. No se efectuó el disparo, pero en la Cota 1274 la determinación seguía intacta bajo la noche que empezaba a devorarse la selva.

El Abandono del Estado a las Fuerzas Armadas Descubierto en la Selva

El Batallón Contrasubversivo Nº 28 de Rioja marchaba con la desventaja escrita en el cuerpo. Su tropa, conformada en su totalidad por muchachos nacidos y criados en la selva peruana, vestía uniformes desgastados que apenas resistían el rigor del monte. En las manos cargaban fusiles FAL de los modelos 1958 y 1969; armas repotenciadas a la fuerza que ya mostraban las cicatrices del mal estado. No hubo para ellos una sola dotación de cascos de acero. Las fornituras y las cananas, roídas y deshilachadas, arrastraban el deterioro de los patrullajes incesantes en las Zonas de Emergencia, donde esos mismos jóvenes ya habían combatido a las huestes del Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso.

Faltaron las provisiones. El apoyo oportuno con raciones de campaña jamás llegó a la Cota 1274, pero aquellos jovenes del Servicio Militar Obligatorio poseían una ventaja que ningún manual militar podía enseñar: estaban acostumbrados a la vida en el monte. Soportaron el hambre, el frío y el desamparo con la misma firmeza con la que se camina sobre la hojarasca. Demostraron ser combatientes formidables, capaces de superar cualquier obstáculo en la línea de fuego. En el frente nadie flaqueaba; los que fallaban siempre eran los que permanecían ocultos detrás del soldado. La clase política del país, en su condición de mando supremo de las Fuerzas Armadas, cargaba con la responsabilidad directa de aquel abandono.

En aquellos tiempos de zozobra, la deslealtad también vestía uniforme de gala en la capital. Mientras la tropa ponía el pecho en el Cenepa, los altos mandos del Ejército —generales que traicionaron el honor de sus subordinados— se dedicaban a robar las propinas y el racionamiento de los combatientes, hundidos en un lodo de corrupción y escándalos mediáticos. Abajo, en la primera línea de la patria, los subalternos sostenían la soberanía con armamento obsoleto, sin chalecos, sin cascos y con los estómagos vacíos desde el primer día en que pisaron la zona de guerra.

Cuando los cañones por fin se callaron y el conflicto llegó a su término, los muchachos del Batallón 28 salieron de la espesura con los rostros amarillentos por las fiebres y un excesivo bajo de peso que delataba las semanas de privaciones. Pero para la Tropa del SMO no hubo un solo día de descanso, ni permisos, ni abrazos familiares de bienvenida. Inmediatamente después de abandonar el barro del Valle del Cenepa, todos fueron reembarcados hacia sus respectivas Bases Contrasubversivas. Volvieron al silencio de los valles y a las alturas andinas, sin transición alguna, para continuar la otra guerra pendiente contra el terror del PCP Sendero Luminoso. Habían salvado la frontera, y ahora debían seguir salvando al país.

domingo, 14 de julio de 2019

TRIBUTO DE SANGRE: EL OLVIDO DEL ESTADO AL HUMILDE SOLDADO QUE OFRENDA SU PRECIADA VIDA EN EL PERÚ

"El Tributo de la Sangre de los soldados de estrato social pobre: Desigualdad Social y el Olvido del Estado al Soldado en el Perú".- En la guerra del frente interno, la clase política tradicional —aquella que históricamente ha defendido los intereses de las potencias extranjeras y de los grandes potentados— ha enviado tradicionalmente al matadero a los jóvenes de los estratos sociales más vulnerables. Ante esta realidad, cabe preguntarse: ¿dónde están los verdaderos beneficios para el personal de tropa, aquellos pacificadores del país que combatieron con denuedo contra los grupos subversivos del PCP Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru, entre los años 1980 y 2000?

Por otro lado, en la guerra del frente externo queda en evidencia que, cuando los diplomáticos fracasan, los políticos recurren de inmediato a los soldados. Sin embargo, una vez finalizado el conflicto, los gobernantes de las naciones en pugna se reúnen, se abrazan, sonríen, comparten banquetes y se preguntan hipócritamente por qué pelearon si en el fondo son hermanos. Al concluir la contienda, los presidentes pasan a las páginas de la historia con el rótulo de pacifistas, mientras que los humildes soldados —por el hecho de no ser hijos de los grandes potentados— son condenados al olvido. Para ellos no existen beneficios, no hay derecho a una salud digna ni acceso a la vivienda; e incluso, si fallecen en plena acción de armas, el Estado les niega los derechos a sus deudos bajo el eterno y frío argumento de que no existe presupuesto.

En una guerra interna, los hijos de los sectores más poderosos del país también deberían «mojarse» en el frente de batalla; solo de esa manera se valoraría verdaderamente la vida y el sacrificio del soldado. Solo ante ese escenario, el Congreso de la República se movilizaría a una sola voz para emitir leyes justas y oportunas a favor de quienes defienden la patria, impulsados por el hecho de que sus propios hijos estarían en la línea de fuego.

Por todo ello, para postular a la presidencia de la república, al Parlamento, a las gobernaciones regionales o a las alcaldías, debería establecerse como un requisito indispensable haber servido en el cuerpo de tropa. Solo bajo esta premisa, los herederos del poder económico y político aportarían su propia cuota de sangre en la defensa de la democracia y del Estado de derecho, transformando la empatía teórica en un compromiso real con la nación.





martes, 9 de julio de 2019

LA HISTORIA DE LOS POLICÍAS Y NARCOTRAFICANTES EN EL DISTRITO DE TAYABAMBA PROVINCIA DE PATAZ 1993

El 2 de marzo de 1993, a las 17:00 horas, llegué como parte del relevo a la Base Contrasubversiva N° 323 del distrito de Tayabamba, en la provincia de Pataz. Durante mi permanencia en dicha base, me desplacé a pie en tres oportunidades hacia el distrito de Urpay, situado al oeste de Tayabamba y a una altitud promedio de 2688 metros sobre el nivel del mar. El primer viaje tuvo un fin netamente de patrullaje disuasivo y estuvo al mando de la «Patrulla Huascarán», la cual conformaba junto a veinte efectivos de tropa del Servicio Militar Obligatorio. La segunda ocasión ocurrió bajo circunstancias muy especiales bajo el comando de un capitán cuyo seudónimo era «Águila». El tercer desplazamiento se realizó durante el proceso del Referéndum Constitucional de ese mismo año, celebrado el 31 de octubre.

Fue durante el primer patrullaje a dicho distrito cuando hallé, en la plaza de armas del centro poblado mayor de Saire, una camioneta 4x4 con lunas polarizadas, un vehículo de alto costo y totalmente inusual para circular por aquella zona. Con estas evidencias, comencé los trabajos de inteligencia e investigué la vida que llevaban las principales autoridades políticas y los miembros de la Policía Nacional del Perú. El objetivo era responder quiénes habían financiado la construcción de los aeropuertos del distrito de Urpay y del caserío de Gochapita, así como determinar cuáles eran sus verdaderas finalidades. Con la información que me brindó un civil apodado «Zorro», residente en Urpay, me convencí de que, desde tiempos inmemoriales, las principales autoridades políticas de diferentes épocas —tales como alcaldes y gobernadores— y los miembros de la Policía Nacional siempre habían estado coludidos con los narcotraficantes de la zona y de San Martín.

En la ciudad de Tayabamba, durante la permanencia de los suboficiales de la PNP Pinto, Rivas, «Tarzán» y otros, los efectivos policiales permanecían sin ningún tipo de control por parte de sus superiores. El teniente que ejercía como jefe de la dependencia carecía de autoridad sobre ellos, por lo que los suboficiales, indisciplinados en su totalidad, hacían lo que les daba la gana. La mayoría de las veces permanecían en las cantinas situadas en las inmediaciones del mercado, donde pasaban las horas del día libando cerveza a discreción. Siempre llevaban sus armas de dotación AKM a la bandolera, sobre la espalda. En ocasiones, en total estado etílico y en medio de discusiones mutuas, realizaban disparos en ráfaga hasta vaciar las cacerinas. En una de estas borracheras, el suboficial Rivas se quedó dormido en una cantina y perdió su fusil AKM, el cual fue sustraído por civiles involucrados en el narcotráfico. Durante los meses que permanecí en este distrito, los miembros de la Policía Nacional nunca participaron en los patrullajes contrasubversivos ni realizaron detenciones de mochileros con droga. En las noches, cerraban las puertas de la comisaría y dormían confiados en el servicio de seguridad que brindaba el personal de la base militar del Ejército.

El 19 de mayo de 1993, a las 15:45 horas, los policías subalternos asesinaron al teniente de la Policía Nacional en lo que pareció ser un ajuste de cuentas. A esa hora, yo me encontraba jugando fulbito con el personal de tropa en la cancha de tierra de la escuela primaria. De pronto, se escuchó un disparo de fusil entre la base del Ejército y la comisaría. En ese momento, todos dejamos de jugar y, ante la presunción de un ataque del PCP Sendero Luminoso, corrimos hacia la base a toda velocidad. Como la base militar y la comisaría eran colindantes, se oía el alboroto que habían armado los policías, y fue allí donde nos enteramos de que el teniente había sido asesinado por sus propios subalternos. Los subordinados habían llegado a la comisaría en estado etílico y el oficial les había llamado la atención. En esas circunstancias, un suboficial conocido normalmente como el «Fumón» cargó su fusil AKM y le disparó en la cabeza, causándole la muerte en el acto.

Posteriormente, el asesino escapó con la ayuda y complicidad de sus compañeros hacia el distrito de Santiago de Challas, lugar donde tenía como enamorada a una profesora y donde permaneció escondido por mucho tiempo. Respecto al crimen, algunos comentaban que se debió a que el oficial no había cumplido con la repartición de los cupos de dinero en dólares entregados por los narcotraficantes de la zona. El cuerpo del oficial se veló en la misma comisaría hasta la llegada de una avioneta que trasladaría sus restos mortales a la ciudad de Trujillo. Durante cuatro días el cadáver permaneció en el lugar y comenzó a descomponerse, lo que originó un olor fétido insoportable que se percibía incluso en las inmediaciones de la Plaza de Armas. Al cuarto día, apareció la avioneta y lo trasladó a su lugar de origen. Llevar los restos por tierra era una tarea sumamente difícil, ya que los vehículos tardaban aproximadamente cinco días desde Tayabamba hasta Trujillo debido al pésimo estado de la carretera, sobre todo en los sectores de Buldibuyo, Chagual y Molino Viejo. Después de este asesinato, el alto mando de la Policía Nacional envió a un mayor y a un capitán, quienes llegaron acompañados por un suboficial que tenía el apelativo de «Tarzán». Este mayor, cuyo nombre no recuerdo, también jugó en la liga de fútbol local para el Club Defensor Tayabamba junto con el suboficial Pinto y el mencionado «Tarzán».

En el mes de mayo de 1993, un profesor se aventuró por primera vez a abrir una discoteca en este distrito. El local, sumamente rústico, funcionaba en el segundo piso de un inmueble ubicado en la parte posterior de la iglesia. Casi al mismo tiempo, en las inmediaciones del mercado, otro docente comenzó a preparar por las noches pollo frito en sartén, el cual hacía pasar como pollo a la brasa. De un momento a otro, aquel típico pueblo serrano de noches silenciosas dio paso a veladas de juerga, donde nunca faltaban en la pista de baile las estudiantes del Instituto Pedagógico y los efectivos de la Policía Nacional del Perú.

En esa discoteca, los policías me mostraban con total naturalidad sus billeteras repletas con miles de dólares. Aquel dinero provenía de los acopiadores de droga, como el famoso «paisa», quien utilizaba una tienda cerca del mercado como fachada para sus actividades. El dinero también correspondía al pago por la protección brindada a las avionetas que sacaban los cargamentos ilícitos desde el aeródromo del distrito de Urpay, desde donde despegaban dos aeronaves cada quince días.

En Urpay, uno de los principales enlaces con las firmas de narcotraficantes era el conocido «Zorro». Este sujeto poseía en su vivienda una estación de radio de Alta Frecuencia (HF) de señal abierta, mediante la cual coordinaba las operaciones con las mafias instaladas en la región San Martín. Logré interceptar dichas comunicaciones en varias oportunidades utilizando el equipo de radio HF/BLU Thomson TRC 372, instalado en el Centro de Comunicaciones de la Base Contrasubversiva de Tayabamba. Los fines de semana, los mochileros llegaban a Tayabamba cargados de droga, procedentes en su mayoría de Tocache, Uchiza, Ongón y San Francisco. Nadie los detenía, pues todo estaba previamente arreglado con el personal de la Policía Nacional del Perú. El contingente con la mercancía solía transitar por la ruta de Ongón, Pampa Seca, Puerta del Monte, Huanapampa y Collay, para cruzar Tayabamba y tener como destino final el distrito de Urpay.

Un día, intenté capturar al «Zorro», pero antes de que pudiera ejecutar la detención, él se sometió voluntariamente a una confesión sincera. «jefe, todo está arreglado —me manifestó—. Los narcotraficantes le pagan mensualmente cinco mil dólares a la Municipalidad de Tayabamba, otros cinco mil a la Policía Nacional y tres mil dólares al gobernador».

Para comprobar la entrega de estas cuantiosas sumas a las fuerzas policiales, tracé un plan. Como los efectivos eran clientes habituales de la discoteca —principalmente los viernes, sábados y domingos—, comencé a frecuentar el local en compañía del sargento apodado «Rata». Durante aquellas noches de juerga, logré ganarme el acceso al círculo de amistades del mayor de la PNP. Una noche me presenté ante él con una caja de cerveza y le dije: «Mi mayor, este es mi presente para estrechar los lazos de amistad entre los miembros de las Fuerzas del Orden». El oficial, un hombre robusto y de apariencia bonachona, aceptó la iniciativa y me integró al grupo donde se encontraban varios suboficiales.

A partir de ese encuentro, cada vez que coincidía con los policías, libaba cerveza con ellos. Una vez ganada su total confianza, desaparecieron los secretos: me revelaban abiertamente los pormenores sobre la entrega de miles de dólares por parte de los narcotraficantes a las principales autoridades de Tayabamba y a la propia Policía. Para mi sorpresa, me enteré de que incluso el jefe de nuestra Base Contrasubversiva del Ejército recibía mensualmente la suma de cinco mil dólares americanos.

El 8 de agosto de 1993, a las 21:00 horas, me reuní nuevamente con los miembros de la Policía en la incipiente discoteca, donde ya tenían dispuestas varias cajas de cerveza. Me acerqué de inmediato al grupo para beber y bailar. En medio de la reunión, uno de los efectivos me mostró su billetera llena de dólares y me preguntó: «Y tú, ¿cuánto has recibido? Por si acaso, a la Base del Ejército también le corresponden cinco mil verdes: dos mil para el jefe, mil para cada suboficial y mil para el rancho de la tropa. El dinero se recibe en la comisaría de la PNP y luego se le entrega al capitán "Águila"».

Al día siguiente, el 9 de agosto, durante la lista de diana, el capitán «Águila» —en su condición de jefe de la base— me buscó la sinrazón y me increpó duramente delante de todo el personal de tropa: «Suboficial Pineda, usted se junta demasiado con el personal de la Policía Nacional y presumo que está filtrando información secreta o estrictamente secreta. Por lo tanto, a partir de la fecha, tiene prohibido ingresar al Centro de Comunicaciones». De inmediato, le ordenó al sargento José Sarmiento trasladar el equipo de radio HF Thomson TRC-372 a su alojamiento particular, dejándome a partir de ese momento sin acceso a las comunicaciones.

El 16 de agosto de 1993, a las 04:30 horas, el capitán «Águila» organizó la primera patrulla con un efectivo de veinte hombres y me comunicó que se dirigirían al distrito de Urpay. A las 05:00 horas, el volquete de color anaranjado de la municipalidad distrital se estacionó en la puerta principal de la base militar. Con rapidez, tomé mi equipaje y mi fusil FAL y, sin que el oficial lo notara, subí a la tolva por la parte posterior, ya que el capitán se había acomodado en la cabina junto al chofer. En la tolva viajábamos el personal de tropa, un regidor de la municipalidad, un efectivo de la policía Nacional del Perú vestido de civil y dos civiles más.

Cuando el vehículo en marcha alcanzó la cumbre más alta, justo antes de iniciar el descenso hacia el distrito de Urpay, el regidor me comentó: «Ahora sí van a coronar bien, porque hay dos vuelos de gran tonelaje». Le seguí la corriente, pues hasta ese instante desconocía el verdadero motivo del patrullaje. Fue en ese momento cuando descubriría que el desplazamiento tenía como fin proteger a los narcotraficantes para el envió de sacos de cocaína. Le pregunté al regidor si «llovería para todos», a lo que me respondió: «Por supuesto, es para todos».

A las 10:45 horas arribamos al distrito de Urpay. Cabe precisar que el alcalde, Octavio Bogarín, ya se encontraba en el lugar desde el día anterior, por lo que no viajó con nosotros. El vehículo se detuvo en las inmediaciones de la Plaza de Armas de aquel pequeño distrito y procedimos a descender. Al notar mi presencia junto la tropa de la patrulla, el capitán «Águila» se molestó visiblemente y optó por no dirigirme la palabra. Acto seguido, se cubrió el rostro con un pasamontaña verde y, en compañía de sus dos ayudantes «chacales», desapareció del lugar. La tropa me informó después que se habían dirigido en línea recta hacia el aeródromo.

Mientras tanto, yo permanecí en la plaza con el rostro descubierto y al mando del grueso del personal de la patrulla. En esas circunstancias, se presentaron cuatro representantes de la firma de narcotraficantes. Uno de ellos se confundió de rango, me saludó y me dijo: «Capitán, pasemos a desayunar; que su personal pida lo que quiera». Con ese fin, nos dirigimos al único restaurante de la calle principal. Al ingresar, los narcotraficantes reiteraron el ofrecimiento. Sin dudarlo, ordené al instante diez fuentes de lomo saltado con arroz, litros de gaseosa y galletas para los soldados. Mientras preparaban el pedido, los sujetos solicitaron cinco cajas de cerveza y empezamos a beber.

En todo momento se referían a mí como «capitán» y me comentaban: «Capitán, somos muy caballeros con todos ustedes y también con las autoridades políticas y la policía; pagamos el cupo puntualmente». Entre tragos, cuando los efectos del alcohol ya se hacían notar, uno de ellos propuso: «Capitán, antes de que traigan la comida hay que arreglar. Por esta vez, el trato será de ocho mil dólares americanos para usted, y pusieron sobre la mesa cuatro paquetes, cada uno con dos mil dólares americanos, era pues el pago de las cuatro firmas, dos mil por firma». Yo les respondí que lo recibiría más tarde y en otro lugar porque en estos momentos hay mucha luz, pues desde que entramos al restaurante me percaté de que el capitán «Águila» había dejado a otros de sus hombres de confianza para que me custodien. Uno de ellos permaneció apostado a mi espalda en todo momento, mientras que los demás me vigilaban permanentemente desde la puerta del inmueble para evitar que yo saliera o recibiera algo ilícito.

El 17 de agosto de 1993, a las 03:00 horas, el capitán «Águila» ingresó al segundo piso de la Municipalidad Distrital de Urpay, espacio donde permaneció el personal de la patrulla desde el momento que llegamos a este distrito y me dio una orden directa para no presenciar el acto ilícito: «Suboficial, me quedaré aquí con cinco hombres de tropa para realizar unas coordinaciones de trabajo con el alcalde Octavio Bogarín. Finalizada la reunión, a las 08:00 horas, retornaré al distrito de Tayabamba. En este mismo momento, usted se repliega a la base con quince efectivos de tropa». Obedecí la orden sin dudas ni murmuraciones, respondiendo con un firme «comprendido, mi capitán». Soportando el gélido frío de la madrugada, reuní de inmediato a los 15 hombre de tropa e iniciamos la marcha de repliegue en columna de a uno.

Durante el camino, los soldados comenzaron a manifestar sus sospechas, el sargento de seudónimo “rata” me dijo: «Mi suboficial, el capitán quiere arreglar a solas con los narcotraficantes; por eso nos envía de regreso a la base de Tayabamba a estas horas de la madrugada» y otros también me sugerían para regresar y aguarle el acto ilícito. Mientras avanzábamos, caminé cavilando en los dólares que no había recibido por puro ingenuo. Pensé para mis adentros en la suerte de aquel capitán tan miserable, esperando que fuera consciente conmigo y con la tropa, y que al final la repartición resultara equitativa.

En el trayecto entre Urpay y el centro poblado mayor de Saire, me pasaron mil cosas por la cabeza. Tras meditarlo bien, decidí detener la marcha en el mencionado centro poblado. Inicialmente nos sentamos en la explanada de la plaza de armas, pero al notar la excesiva demora del oficial, ordené al personal desplazarse hacia la parte alta del cerro. Sentados desde esa posición estratégica, podíamos observar con total claridad todos los movimientos del capitán en la pista de aterrizaje, utilizando el único binocular que portaba la patrulla a mi mando. El oficial nos había asegurado que regresaría por la mañana, pero las horas transcurrían y no aparecía. Aquella tensa espera, lejos de preocuparnos, nos mantenía alerta ante las sorpresas que intuíamos que ocurrirían en el aeródromo.

A las 12:35 horas divisamos a la distancia al capitán de infantería «Águila», cuyo nombre verdadero es Jorge Sánchez Flores. Lo acompañaban los cinco sargentos de tropa que operaban como sus secuaces, el policía vestido de civil y cinco civiles más; todo este grupo permanecía apostado a un costado de la pista. Para sorpresa de todos nosotros, a las 13:15 horas apareció la primera avioneta. La aeronave sobrevoló el valle y aterrizó. De inmediato, los civiles salieron corriendo desde las inmediaciones con sus cargas a cuestas. El proceso de embarque tardó aproximadamente ocho minutos, tras los cuales la nave levantó vuelo. No pasó mucho tiempo cuando apareció la segunda avioneta, realizando exactamente la misma maniobra: aterrizó, los civiles corrieron con los bultos y, tras finalizar la carga, despegó velozmente con dirección a la selva.

En ese instante, el capitán “águila” y los sargentos de tropa, el policía y los civiles iniciaron su repliegue hacia la plaza de armas del distrito de Urpay. Por nuestra parte, descendimos del cerro hacia la pampa del caserío de Saire, donde nos tendimos en el suelo bajo un sol radiante. A las 15:00 horas, el capitán «Águila» apareció a pie con su grupo. El encuentro conmigo fue fatal. Comenzó a recriminarme con dureza delante de toda la tropa: «Suboficial, ¿por qué no se desplazó a la base de Tayabamba? Ha desobedecido mi orden. En cuanto lleguemos, lo pondré de inmediato a disposición del Puesto de Comando de Huamachuco». Ante sus amenazas y su agresión verbal, contuve la rabia; estuve a punto de perder el control y agarrarlo a balazos.

Finalizada la discusión, iniciamos el retorno al distrito de Tayabamba en total silencio. Aquel oficial delincuente y desleal solía atacarnos a los suboficiales por nuestro lado más vulnerable. En aquellos tiempos, el suboficial Rentería, a quien apodábamos el «Burro», mantenía un romance con una profesora tayabambina, mientras que yo estaba enamorado de una alumna del Instituto Pedagógico. Por el simple hecho de cuidar nuestras relaciones y estar bien con nuestras parejas, soportábamos en silencio toda clase de injusticias de su parte. Al pisar la base militar, le relaté de inmediato al suboficial Rentería y al resto de la tropa todo lo acontecido en el distrito de Urpay, haciéndoles saber que el capitán estaba plenamente metido en el negocio ilícito con los narcotraficantes y que el dinero en dólares destinado a la base jamás se había repartido.

Al día siguiente, el 18 de agosto de 1993, a las 08:00 horas, durante la lista de diana, reventó el problema en la Base Contrasubversiva de Tayabamba. El suboficial Rentería y todo el personal de tropa se le fueron encima al capitán «Águila». El oficial perdió por completo la autoridad en ese instante y, frente a todo el contingente, negaba rotundamente las acusaciones. Los soldados le reclamaban en su cara: «Capitán, todos sabemos que usted está involucrado con los narcotraficantes de Urpay. Hemos hablado con el civil "Zorro" y con el "Gringo", y ellos nos confirmaron que usted recibe cinco mil dólares mensuales. Ese dinero entra a través de la Policía Nacional del Perú y usted a pesar de recibir tanto, a nosotros nos mantiene pasando hambre».

Ante la contundencia del reclamo, el capitán atinó a responder: «Yo jamás en mi vida he estado involucrado en esas cochinadas. Si tanto me acusan, ¿dónde está ese civil "Zorro"? ¿Dónde está el "Gringo"? Tráiganlos para meterles bala por hablar estupideces». Acto seguido, el oficial miró hacia el cielo y juró ante Dios que jamás había recibido dinero de las mafias de narcotraficantes en el distrito de Urpay. En ese momento intervino con mayor vehemencia el suboficial Rentería, amenazando con meterle bala junto al sargento conocido como «Rata». Fueron minutos de altísima tensión en los que estuvimos a punto de desatar una balacera dentro de la base, ya que todo el personal se encontraba armado y equipado para la formación de la lista de diana.

Afortunadamente, la situación se calmó. Decidí no intervenir en la disputa porque presumía que este negocio ilícito ya estaba arreglado en los niveles superiores con el Comando del Batallón Contrasubversivo Ni 323 de Huamachuco. Cuando las aguas se asentaron, el oficial se dirigió a mí: «Suboficial Pineda, saque inmediatamente al patio de armas todos los artículos de Intendencia, Comunicaciones, Sanidad y Material de Guerra. Proceda a verificar los cargos y relévese con el suboficial Rentería. Usted será el primero en irse al Puesto de Comando de la guarnición de Huamachuco».

El 19 de agosto de 1993, a las 10:00 horas, ingresé de sorpresa al alojamiento del capitán «Águila». Lo encontré sentado en su escritorio, y sobre el mueble tenía amontonada una gran cantidad de paquetes de billetes de cien dólares americanos. Lo afirmo en nombre de Dios Todopoderoso: lo sorprendí con las manos en la masa mientras contaba los paquetes de billetes verdes. Como entré sin tocar la puerta, el oficial se puso totalmente nervioso y no supo cómo reaccionar. Balbuceando intentaba entablar conversación conmigo mientras, con movimientos lentos, abría el cajón de su escritorio para camuflar los fardos de dinero. Me pareció que cada paquete contenía unos cinco mil dólares, calculé que en ese montón había más de 100 mil dólares americanos.

En ese instante, le hablé con firmeza: «Capitán "Águila", tranquilícese. Yo no soy tan cobarde ni tan miserable como usted. Si yo fuera un ambicioso, en este mismo momento lo fusilaría aquí mismo, porque tengo las evidencias y las pruebas frente a mí. Usted, como jefe de la base, junto con los policías y las autoridades de Tayabamba, reciben cinco mil dólares mensuales de los narcotraficantes, ¿sí o no? No lo voy a delatar porque ese no es mi estilo, y no he entrado con la intención de presenciar este acto miserable que usted negó ante la tropa jurando en nombre de Dios. He ingresado para verificar el material de comunicaciones que usted ordenó traer a su habitación para coordinar secretamente el pago de cupos con las mafias de narcotraficantes».

El oficial, completamente acorralado, solo atinó a decirme: «Está bien, suboficial Pineda, proceda a sacar los equipos de radio HF/BLU Thomson TRC-372, las antenas y las baterías para su verificación». Tras revisar los cargos, presenté formalmente el acta de relevo, y a partir de ese momento el suboficial Rentería se hizo cargo de todo el material. Cabe señalar que el capitán “águila” era, además, el padrino de matrimonio de dicho suboficial. Con fecha 31 de agosto de 1993, retorné por mis propios medios al Puesto de Comando del Batallón de Infantería Motorizado N° 323, acantonado en el distrito de Huamachuco.

Pasaron algunas semanas, ya en el mes de setiembre de 1993, también relevaron a todo el personal de Tropa, quienes también retornaron al distrito de Huamachuco. Yo me retiré de Huamachuco el 15 de febrero de 1994, pues salí cambiado de colocación con destino al Batallón Contrasubversivo N° 28 de la provincia de Rioja, departamento de San Martín. El capitán alias “águila” y el suboficial Rentería continuaron como destacados en la Base Contrasubversivo N° 323 del distrito de Tayabamba, no descarto que el dinero del narcotráfico también haya llegado para los mandos superiores, sino porque la preferencia de mantenerlos en el mismo puesto a este oficial y suboficial por más de un año, en fin son historias que se arrastra desde muchos años donde están involucrados con el narcotráfico los Policías, las autoridades políticas así como los efectivos del Ejército, como ocurrió en Tayabamba, Pataz en el año 1993.

sábado, 22 de junio de 2019

EL PESO DEL UNIFORME Y EL LLANTO EN EL EJÉRCITO: LAS MUJERES EN LAS FUERZAS ARMADAS DEL PERÚ

El Peso del Uniforme y el Llanto en el Ejército hoy.- El viejo Veterano de Guerra no hablaba desde la cómoda distancia del civil que opina frente a una pantalla. Sus palabras cargaban el peso del barro de la selva, el frío de las punas y el olor a pólvora de los combates reales. Él era un soldado forjado en el Ejército de ayer, aquel que hoy parecía haber pasado definitivamente a la historia. Su viaje en la vida castrense comenzó en los años de 1977 y 1978, cuando prestó el Servicio Militar Obligatorio en el Batallón de Ingeniería de Combate "Huascarán" N° 112, acantonado en el distrito de Caraz, Huaylas, región Ancash.

En aquellos tiempos, la disciplina no admitía concesiones ni escritorios con aire acondicionado. El viejo militar recordaba con nitidez al comandante de su batallón colocado con firmeza a la cabeza de sus cinco compañías apenas terminaba la gimnasia básica. Todos juntos iniciaban una carrera exigente y a largo tranco hasta el puente Pueblo Libre en Caraz: dieciséis kilómetros de ida y vuelta bajo el cielo ancashino. En la pista de combate de catorce obstáculos, en el pasaje de cuerdas y en la brutal prueba de valor con la sangre de perro, los jefes de compañía siempre daban el ejemplo. El principio rector era sagrado, absoluto e inquebrantable: "ojo al guía". El oficial tenía que ser el espejo de su subordinado; debía ser el más veloz, el de mayor resistencia física, el mejor tirador, el instructor más implacable y quien dominara el trabajo de oficina mejor que el propio furriel. Solo así se ganaba la moral y la autoridad legítima para pararse frente a la tropa.

Posteriormente, reafirmó su vocación al ingresar a la Escuela Técnica del Ejército. Fueron tres años consecutivos de rigurosa formación, desde el 3 de enero de 1981 hasta el 14 de diciembre de 1983, graduándose con orgullo como suboficial en la especialidad de Mecánico de Equipo de Ingeniería (MCE), como miembro de la 12ª Promoción "Soldado Alfredo Vargas Guerra". A partir de ahí, su vida transcurrió en la primera línea de las Unidades de Combate de Infantería, Ingeniería y Fuerzas Especiales a lo largo de todas las Regiones Militares del país.

Le tocó vivir los años más oscuros y sangrientos de la historia republicana reciente. Entre 1980 y el año 2000, combatió en la Guerra Interna dentro de las Zonas de Emergencia de la sierra y la selva, enfrentando directamente a los elementos terroristas del Partido Comunista del Perú - Sendero Luminoso. Ejerció funciones de altísima responsabilidad como Jefe de Base y Comandante de Patrulla, arriesgando la vida a diario en emboscadas y patrullajes perpetuos. Por ese sacrificio, el Estado peruano lo condecoró legítimamente bajo la Ley N° 29031 con la "Medalla Defensor de la Democracia" y Veterano de la Pacificación Nacional.

Pero su servicio a la patria no se limitó al frente interno. En 1995, marchó al Frente Externo para repeler a las tropas invasoras del Ecuador en la Campaña Militar del Alto Cenepa. Allí, en la densidad de la selva en disputa, combatió cuerpo a cuerpo por la soberanía nacional, lo que le valió ser reconocido por la Ley N° 26511 como Defensor Calificado de la Patria. Finalmente, la Ley N° 30826 del 19 de julio de 2018 consolidó su estatus ante la historia al reconocerlo oficialmente con el título más noble que puede ostentar un viejo soldado: Veterano de Guerra.

Por eso, al contemplar lo que hoy llaman con ligereza el "Ejército Moderno", el veterano sentía un profundo desencanto. Para él, esa modernidad no era más que una fachada burocrática donde el Servicio Militar Voluntario había fracasado estrepitosamente. Han pasado más de dos décadas desde la promulgación de la Ley 26628 en junio de 1996, aquella norma impulsada y defendida fervientemente en el Congreso por figuras como la exministra Luisa María Cuculiza, quien insistía firmemente en que no existían diferencias de capacidades entre hombres y mujeres para ninguna profesión.

Sin embargo, la realidad de los cuarteles era otra. Al introducir al personal femenino en los batallones de primera línea y en las unidades de servicios y combate, el sistema tradicional de la vida castrense se había resquebrajado de forma irreversible, acumulando historias sumamente desventajosas para la operatividad militar.

El veterano miraba las ceremonias de hoy y se hacía las preguntas que los altos mandos preferían callar por miedo a las decisiones políticas de igualdad: ¿Podría una oficial actual, en su función de Jefa de Compañía, soportar al frente de sus soldados el desgaste físico extremo de campaña? ¿Podría correr diariamente esos dieciséis kilómetros exigentes, pasar la pista de catorce obstáculos con armas, las cuerdas, las vigas y liderar las pruebas de valor con el ejemplo físico y real? Peor aún, ¿tendrían los comandantes de batallón de estos tiempos la capacidad de ponerse a la cabeza de sus hombres en tales rigores?

Para el curtido defensor de la patria, el misticismo del "ojo al guía" se había disuelto en la burocracia de los escritorios. El uniforme, que antes se ganaba con sudor, sangre y una aptitud física indiscutible en el campo de batalla, parecía ahora un traje de gala para complacer agendas políticas, mientras los verdaderos soldados del ayer observaban en silencio el declive de la milicia activa.

Para el viejo veterano, la milicia peruana tenía un punto de partida sagrado: el 9 de diciembre de 1824, cuando los campos de Ayacucho sellaron la independencia del continente bajo el rigor y la exclusividad del brazo masculino. En su mente y en su concepción del deber, esa tradición debió permanecer intacta por la eternidad, en especial dentro de las Unidades de Combate donde la fuerza y el espíritu de sacrificio físico lo eran todo. Sin embargo, tras siglos de exclusión, el siglo XXI trajo consigo la oleada de la modernidad. Primero en los servicios, y luego en las propias unidades de armas, las mujeres comenzaron a ocupar los espacios de la milicia, amparadas por leyes nacionales e internacionales de igualdad de oportunidades. El problema, según el veterano, no radicaba en la ley ni en el intelecto, sino en algo más elemental y rudo: la aptitud para la guerra.

El choque con esa nueva realidad ocurrió en el mes de enero de 2007. Procedente de la Región Militar del Norte, el Veterano de Guerra llegó cambiado de colocación al Cuartel General del Ejército en San Borja, el "Pentagonito". Allí, por primera vez en su dilatada carrera, vio desfilar a oficiales, suboficiales y personal de tropa del sexo femenino. La confusión inicial que sintió en los pasillos de la gran guarnición limeña pronto se transformó en un desafío directo.

En enero de 2008, fue destacado desde el Comando Administrativo al Centro de Estudios Históricos Militares del Perú, ubicado en la antigua e histórica Avenida 9 de Diciembre, el Paseo Colón del Cercado de Lima. Aquella noble institución tenía la sagrada misión de cultivar y divulgar la historia militar de la patria. El personal a su cargo estaba compuesto por doce soldados varones encargados de la seguridad y el servicio, y ocho sargentos femeninas reenganchadas. Estas últimas, con cuatro o seis años de permanencia en la comodidad administrativa de la capital, se sentían intocables y ajenas al rigor de la vida de campaña.

Fiel a su estirpe, a sus cuarenta y ocho años de edad, el Veterano de Guerra asumió el mando con una directiva clara: reactivar la gimnasia básica sin armas y la carrera reglamentaria de ocho kilómetros. Con el alba, exactamente a las cinco de la mañana, mandaba pedir el parte de asistencia en las inmediaciones del Parque Neptuno. Él mismo se ponía al frente, ojo al guía, iniciando las repeticiones del uno al diez de la gimnasia básica, usando los perímetros del Parque de la Exposición para la carrera. La respuesta de la tropa femenina no tardó en manifestarse en forma de insubordinación. Se rehusaron tajantemente.

—Técnico, aquí no estamos en un cuartel para este tipo de ejercicios —dijeron a una sola voz, desafiando la jerarquía.

Tras coordinar con el General presidente de la institución, el entrenamiento matutino se impuso. Sin embargo, la resistencia física de la tropa femenina no soportó la exigencia de lunes a viernes: aparecieron las ampollas en los pies, los diagnósticos de tendinitis y, finalmente, las faltas injustificadas a la lista de diana. Amparadas en su condición y eludiendo de forma flagrante el conducto regular, las sargentos llamaban por teléfono o acudían directamente al despacho del General a presentar sus quejas. El Veterano de Guerra respondió aplicando el reglamento: arrestos simples y un aumento en la intensidad de la carrera, siempre predicando con el ejemplo de sus propios pasos.

La crisis estalló un lunes por la mañana. La sargento Luisa Peña se negó a correr y abandonó la formación sin solicitar el debido permiso. Al ser recriminada por su superior, el lenguaje cuartelero se desbordó: la sargento le mentó la madre al veterano y se retiró a su alojamiento. "Carajo, a estas situaciones hemos llegado con las mujeres en las filas", pensó el técnico con indignación. Inmediatamente redactó un parte de rigor dirigido a la presidencia del Centro por "falta de respeto e insulto al superior", solicitando arresto de rigor bajo el amparo de la Ley Nº 29131 del Régimen Disciplinario. Cuando el General mandó llamar a la infractora, la sargento ingresó a la oficina sumida en un llanto incontrolable, obligando a la secretaria civil, la señora Eliza, y a otras empleadas de la oficina a intervenir para consolarla. Cansado de la resistencia pasiva y de las lágrimas que reemplazaban a la disciplina, el veterano elevó un informe técnico detallado y canceló el destaque de toda la tropa femenina, devolviéndolas a sus unidades de origen en San Borja.

Años más tarde, en el 2013, su destino lo llevó a las filas de la legendaria 1ra Brigada de Fuerzas Especiales, en Las Palmas, Chorrillos. Allí, en el corazón de la élite operativa del Ejército, el panorama no fue distinto. Le tocó presenciar de cerca el día a día de suboficiales que eran madres lactantes o que tenían hijos menores. Los argumentos para faltar a los servicios o abandonar las guardias se volvieron una constante cotidiana: retrasos por llevar a los hijos a la Escuela de Educación Inicial, solicitudes de permisos tempranos para la lactancia, o llamadas de emergencia argumentando citas médicas en la posta de salud.

El viejo Veterano de Guerra miraba los cuadros de servicio vacíos y se preguntaba con amargura quién reemplazaba a ese personal durante la gestación, el posparto y la lactancia en un batallón de combate. La incorporación femenina, lejos de sumar operatividad, se había transformado en un constante dolor de cabeza logístico para los comandantes de unidad. Sin embargo, los jefes de batallón callaban por miedo a la prensa y ataque mediático y de los políticos. En el Perú de hoy, donde el temor a las denuncias, las calumnias y la presión de los estamentos del Estado en favor de la igualdad silenciaban las verdades del terreno, pocos se atrevían a decir lo que el viejo Veterano de Guerra escribía con el puño de la experiencia: que la milicia real exige un cuerpo y una mente que no entienden de licencias ni de escritorios.

Apagó la luz de su oficina, ajustó la boina de Fuerzas Especiales sobre su frente y miró el patio de honor vacío, sabiendo que su testimonio era el lamento de un ejército de hombres de hierro que veía extinguirse su propia era.

El recorrido del veterano continuó en el año 2014, cuando sus deberes lo llevaron a la rigurosa geografía de la 4ta Brigada de Montaña de Puno, integrando las filas del Batallón de Infantería Motorizado N° 55. Fue allí, bajo el frío penetrante de la meseta del Collao, donde presenció una escena que cristalizó sus convicciones. Durante una Lista de Diana, el comandante de batallón increpó con dureza y palabras soeces al subteniente Alarcón por una falla en el servicio. Quebrada por la rudeza del trato cuartelero, la joven oficial se retiró a la retaguardia de la formación y rompió en un llanto inconsolable. Entre sollozos que resonaron largo rato sin que nadie en la tropa les prestara atención, repetía una amarga confesión: "El culpable es mi papá, por haberme obligado a ingresar al ejército". Para el curtido Veterano de Guerra, la escena demostraba que el llanto y la milicia de primera línea eran agua y aceite.

La geografía puneña no perdonaba debilidades. Los polvorines de la brigada se ubicaban en Santa Rosa, una zona desolada a más de 5,000 metros sobre el nivel del mar, donde el invierno altiplánico congelaba los huesos y la señal de telefonía móvil simplemente no existía; toda comunicación con el mundo exterior dependía estrictamente de los equipos de radio de Alta Frecuencia (HF). El rol para custodiar aquella posición extrema obligaba a un oficial (teniente), un técnico o suboficial y treinta hombres de tropa a permanecer incomunicados y expuestos a los rigores del clima durante treinta días continuos. Sin embargo, cuando el rol tocaba a las tenientes o suboficiales femeninas, como ocurrió repetidas veces con la teniente de comunicaciones Maritza Calizaya, la orden se diluía. Acudían de inmediato a solicitar audiencia con el General de la brigada y conseguían ser dispensadas. La consecuencia administrativa era previsible: el rol corría y el sacrificio de pasar meses enteros en la puna incomunicada recaía siempre, de manera desproporcionada, sobre los hombros de los tenientes y suboficiales varones.

Para el estratega forjado en el Cenepa y en las Zonas de Emergencia, esta dinámica evidenciaba un problema estructural de recursos y liderazgo. Formar a una oficial en las escuelas militares con el dinero del Estado para que, antes de cumplir los treinta años, abandone el ritmo de un batallón de combate por la maternidad, representaba un gasto inútil para la defensa nacional. El embarazo, la lactancia y el cuidado de hijos menores de cinco años resultaban intrínsecamente incompatibles con las líneas de frontera, las bases contrasubversivas y los despliegues operativos que podían durar meses o años. Si una capitán al mando de una compañía de fusileros, o un comandante de batallón, debía abandonar su puesto de forma habitual amparada en las leyes de protección familiar, la cadena de mando se fragmentaba. En el terreno, frente al enemigo, buscar reemplazos constantes no solo desorganizaba la logística, sino que destruía la cohesión del liderazgo frente a la tropa.

El veterano guardaba en su memoria las lecciones más sombrías de la guerra interna de los años noventa. En la sierra y la selva, durante el combate directo contra las huestes del Partido Comunista del Perú - Sendero Luminoso, había visto el destino de las subversivas capturadas. Sabía, con la crudeza que da el campo de batalla, que en un conflicto real el personal femenino capturado se convertía de inmediato en un codiciado e indefenso botín de guerra. Lejos de las convenciones internacionales, el enemigo las transformaría en esclavas sexuales, sufriendo vejaciones sistemáticas que en el argot más oscuro del frente las reducirían a una trágica "Clase VII" o “Charly” para el consumo sexual de todo un batallón adversario.

Mientras los políticos de escritorio y los movimientos feministas de la capital celebraban la igualdad de oportunidades en las Fuerzas Armadas como un simple obstáculo cultural superable con discursos modernos, los comandantes en el terreno lidiaban a diario con problemas operativos, físicos y de mentalidad insalvables. La naturaleza misma de la guerra no entendía de cuotas de género.

Al final del día, el viejo Veterano de Guerra contempló el horizonte de los cuarteles modernos. Recordó las sagradas escrituras y la sabiduría de los antiguos códigos de la vida: Dios creó a la mujer con una naturaleza noble, diseñada para ser el complemento idóneo del hombre en las facetas de la vida, la creación y el hogar, pero no para cargar el fusil en el fango de la trinchera ni para liderar el choque brutal donde solo sobrevive la fuerza implacable. Con la convicción del deber cumplido y las medallas en el pecho, cerró su cuaderno de apuntes, sabiendo que la historia y el tiempo terminarían dando la razón a los soldados que, como él, defendieron la patria con el cuerpo entero y sin concesiones a la comodidad de la modernidad.

viernes, 31 de mayo de 2019

BANDERA PERUANA QUE SE UTILIZÓ EN LA BATALLA DE HUAMACHUCO EL 10 DE JULIO DE 1883


Huamachuco, 10 de julio de 1983. Versión del señor Armando Gamarra Crhuchaga, nieto de Abelardo Gamarra (sub prefecto 1983). - ¿Qué sabe de su abuelo don Abelardo Gamarra, "El Tunante"?. Cuando mi abuelo viajó a Chile, visitó un Museo Militar en Santiago y entre los objetos que había en dicho lugar vio una bandera peruana que había sido tomada por los chilenos como trofeo de guerra luego de la batalla del 10 de julio de 1883 en Huamachuco. Fue tal su emoción, que se le cayeron las lágrimas. Entonces, el director de dicho museo le obsequió la bandera, la misma que actualmente se encuentra aquí en la ciudad de Huamachuco, conservando aun manchas de sangre y huellas de perforación de balas. Justamente, he dispuesto que se exhiba dicho trofeo durante el desfile cívico militar que se realizará con motivo del centenario de la Batalla de Huamachuco.