"El Tributo de la Sangre de los soldados de estrato social pobre: Desigualdad Social y el Olvido del Estado al Soldado en el Perú".- En la guerra del frente interno, la clase política tradicional —aquella que históricamente ha defendido los intereses de las potencias extranjeras y de los grandes potentados— ha enviado tradicionalmente al matadero a los jóvenes de los estratos sociales más vulnerables. Ante esta realidad, cabe preguntarse: ¿dónde están los verdaderos beneficios para el personal de tropa, aquellos pacificadores del país que combatieron con denuedo contra los grupos subversivos del PCP Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru, entre los años 1980 y 2000?
Por otro lado, en la guerra
del frente externo queda en evidencia que, cuando los diplomáticos fracasan,
los políticos recurren de inmediato a los soldados. Sin embargo, una vez
finalizado el conflicto, los gobernantes de las naciones en pugna se reúnen, se
abrazan, sonríen, comparten banquetes y se preguntan hipócritamente por qué
pelearon si en el fondo son hermanos. Al concluir la contienda, los presidentes
pasan a las páginas de la historia con el rótulo de pacifistas, mientras que
los humildes soldados —por el hecho de no ser hijos de los grandes potentados—
son condenados al olvido. Para ellos no existen beneficios, no hay derecho a
una salud digna ni acceso a la vivienda; e incluso, si fallecen en plena acción
de armas, el Estado les niega los derechos a sus deudos bajo el eterno y frío
argumento de que no existe presupuesto.
En una guerra interna, los
hijos de los sectores más poderosos del país también deberían «mojarse» en el
frente de batalla; solo de esa manera se valoraría verdaderamente la vida y el
sacrificio del soldado. Solo ante ese escenario, el Congreso de la República se
movilizaría a una sola voz para emitir leyes justas y oportunas a favor de
quienes defienden la patria, impulsados por el hecho de que sus propios hijos
estarían en la línea de fuego.
Por todo ello, para postular a la presidencia de la república, al Parlamento, a las gobernaciones regionales o a las alcaldías, debería establecerse como un requisito indispensable haber servido en el cuerpo de tropa. Solo bajo esta premisa, los herederos del poder económico y político aportarían su propia cuota de sangre en la defensa de la democracia y del Estado de derecho, transformando la empatía teórica en un compromiso real con la nación.




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