martes, 9 de julio de 2019

LA HISTORIA DE LOS POLICÍAS Y NARCOTRAFICANTES EN EL DISTRITO DE TAYABAMBA PROVINCIA DE PATAZ 1993

El 2 de marzo de 1993, a las 17:00 horas, llegué como parte del relevo a la Base Contrasubversiva N° 323 del distrito de Tayabamba, en la provincia de Pataz. Durante mi permanencia en dicha base, me desplacé a pie en tres oportunidades hacia el distrito de Urpay, situado al oeste de Tayabamba y a una altitud promedio de 2688 metros sobre el nivel del mar. El primer viaje tuvo un fin netamente de patrullaje disuasivo y estuvo al mando de la «Patrulla Huascarán», la cual conformaba junto a veinte efectivos de tropa del Servicio Militar Obligatorio. La segunda ocasión ocurrió bajo circunstancias muy especiales bajo el comando de un capitán cuyo seudónimo era «Águila». El tercer desplazamiento se realizó durante el proceso del Referéndum Constitucional de ese mismo año, celebrado el 31 de octubre.

Fue durante el primer patrullaje a dicho distrito cuando hallé, en la plaza de armas del centro poblado mayor de Saire, una camioneta 4x4 con lunas polarizadas, un vehículo de alto costo y totalmente inusual para circular por aquella zona. Con estas evidencias, comencé los trabajos de inteligencia e investigué la vida que llevaban las principales autoridades políticas y los miembros de la Policía Nacional del Perú. El objetivo era responder quiénes habían financiado la construcción de los aeropuertos del distrito de Urpay y del caserío de Gochapita, así como determinar cuáles eran sus verdaderas finalidades. Con la información que me brindó un civil apodado «Zorro», residente en Urpay, me convencí de que, desde tiempos inmemoriales, las principales autoridades políticas de diferentes épocas —tales como alcaldes y gobernadores— y los miembros de la Policía Nacional siempre habían estado coludidos con los narcotraficantes de la zona y de San Martín.

En la ciudad de Tayabamba, durante la permanencia de los suboficiales de la PNP Pinto, Rivas, «Tarzán» y otros, los efectivos policiales permanecían sin ningún tipo de control por parte de sus superiores. El teniente que ejercía como jefe de la dependencia carecía de autoridad sobre ellos, por lo que los suboficiales, indisciplinados en su totalidad, hacían lo que les daba la gana. La mayoría de las veces permanecían en las cantinas situadas en las inmediaciones del mercado, donde pasaban las horas del día libando cerveza a discreción. Siempre llevaban sus armas de dotación AKM a la bandolera, sobre la espalda. En ocasiones, en total estado etílico y en medio de discusiones mutuas, realizaban disparos en ráfaga hasta vaciar las cacerinas. En una de estas borracheras, el suboficial Rivas se quedó dormido en una cantina y perdió su fusil AKM, el cual fue sustraído por civiles involucrados en el narcotráfico. Durante los meses que permanecí en este distrito, los miembros de la Policía Nacional nunca participaron en los patrullajes contrasubversivos ni realizaron detenciones de mochileros con droga. En las noches, cerraban las puertas de la comisaría y dormían confiados en el servicio de seguridad que brindaba el personal de la base militar del Ejército.

El 19 de mayo de 1993, a las 15:45 horas, los policías subalternos asesinaron al teniente de la Policía Nacional en lo que pareció ser un ajuste de cuentas. A esa hora, yo me encontraba jugando fulbito con el personal de tropa en la cancha de tierra de la escuela primaria. De pronto, se escuchó un disparo de fusil entre la base del Ejército y la comisaría. En ese momento, todos dejamos de jugar y, ante la presunción de un ataque del PCP Sendero Luminoso, corrimos hacia la base a toda velocidad. Como la base militar y la comisaría eran colindantes, se oía el alboroto que habían armado los policías, y fue allí donde nos enteramos de que el teniente había sido asesinado por sus propios subalternos. Los subordinados habían llegado a la comisaría en estado etílico y el oficial les había llamado la atención. En esas circunstancias, un suboficial conocido normalmente como el «Fumón» cargó su fusil AKM y le disparó en la cabeza, causándole la muerte en el acto.

Posteriormente, el asesino escapó con la ayuda y complicidad de sus compañeros hacia el distrito de Santiago de Challas, lugar donde tenía como enamorada a una profesora y donde permaneció escondido por mucho tiempo. Respecto al crimen, algunos comentaban que se debió a que el oficial no había cumplido con la repartición de los cupos de dinero en dólares entregados por los narcotraficantes de la zona. El cuerpo del oficial se veló en la misma comisaría hasta la llegada de una avioneta que trasladaría sus restos mortales a la ciudad de Trujillo. Durante cuatro días el cadáver permaneció en el lugar y comenzó a descomponerse, lo que originó un olor fétido insoportable que se percibía incluso en las inmediaciones de la Plaza de Armas. Al cuarto día, apareció la avioneta y lo trasladó a su lugar de origen. Llevar los restos por tierra era una tarea sumamente difícil, ya que los vehículos tardaban aproximadamente cinco días desde Tayabamba hasta Trujillo debido al pésimo estado de la carretera, sobre todo en los sectores de Buldibuyo, Chagual y Molino Viejo. Después de este asesinato, el alto mando de la Policía Nacional envió a un mayor y a un capitán, quienes llegaron acompañados por un suboficial que tenía el apelativo de «Tarzán». Este mayor, cuyo nombre no recuerdo, también jugó en la liga de fútbol local para el Club Defensor Tayabamba junto con el suboficial Pinto y el mencionado «Tarzán».

En el mes de mayo de 1993, un profesor se aventuró por primera vez a abrir una discoteca en este distrito. El local, sumamente rústico, funcionaba en el segundo piso de un inmueble ubicado en la parte posterior de la iglesia. Casi al mismo tiempo, en las inmediaciones del mercado, otro docente comenzó a preparar por las noches pollo frito en sartén, el cual hacía pasar como pollo a la brasa. De un momento a otro, aquel típico pueblo serrano de noches silenciosas dio paso a veladas de juerga, donde nunca faltaban en la pista de baile las estudiantes del Instituto Pedagógico y los efectivos de la Policía Nacional del Perú.

En esa discoteca, los policías me mostraban con total naturalidad sus billeteras repletas con miles de dólares. Aquel dinero provenía de los acopiadores de droga, como el famoso «paisa», quien utilizaba una tienda cerca del mercado como fachada para sus actividades. El dinero también correspondía al pago por la protección brindada a las avionetas que sacaban los cargamentos ilícitos desde el aeródromo del distrito de Urpay, desde donde despegaban dos aeronaves cada quince días.

En Urpay, uno de los principales enlaces con las firmas de narcotraficantes era el conocido «Zorro». Este sujeto poseía en su vivienda una estación de radio de Alta Frecuencia (HF) de señal abierta, mediante la cual coordinaba las operaciones con las mafias instaladas en la región San Martín. Logré interceptar dichas comunicaciones en varias oportunidades utilizando el equipo de radio HF/BLU Thomson TRC 372, instalado en el Centro de Comunicaciones de la Base Contrasubversiva de Tayabamba. Los fines de semana, los mochileros llegaban a Tayabamba cargados de droga, procedentes en su mayoría de Tocache, Uchiza, Ongón y San Francisco. Nadie los detenía, pues todo estaba previamente arreglado con el personal de la Policía Nacional del Perú. El contingente con la mercancía solía transitar por la ruta de Ongón, Pampa Seca, Puerta del Monte, Huanapampa y Collay, para cruzar Tayabamba y tener como destino final el distrito de Urpay.

Un día, intenté capturar al «Zorro», pero antes de que pudiera ejecutar la detención, él se sometió voluntariamente a una confesión sincera. «jefe, todo está arreglado —me manifestó—. Los narcotraficantes le pagan mensualmente cinco mil dólares a la Municipalidad de Tayabamba, otros cinco mil a la Policía Nacional y tres mil dólares al gobernador».

Para comprobar la entrega de estas cuantiosas sumas a las fuerzas policiales, tracé un plan. Como los efectivos eran clientes habituales de la discoteca —principalmente los viernes, sábados y domingos—, comencé a frecuentar el local en compañía del sargento apodado «Rata». Durante aquellas noches de juerga, logré ganarme el acceso al círculo de amistades del mayor de la PNP. Una noche me presenté ante él con una caja de cerveza y le dije: «Mi mayor, este es mi presente para estrechar los lazos de amistad entre los miembros de las Fuerzas del Orden». El oficial, un hombre robusto y de apariencia bonachona, aceptó la iniciativa y me integró al grupo donde se encontraban varios suboficiales.

A partir de ese encuentro, cada vez que coincidía con los policías, libaba cerveza con ellos. Una vez ganada su total confianza, desaparecieron los secretos: me revelaban abiertamente los pormenores sobre la entrega de miles de dólares por parte de los narcotraficantes a las principales autoridades de Tayabamba y a la propia Policía. Para mi sorpresa, me enteré de que incluso el jefe de nuestra Base Contrasubversiva del Ejército recibía mensualmente la suma de cinco mil dólares americanos.

El 8 de agosto de 1993, a las 21:00 horas, me reuní nuevamente con los miembros de la Policía en la incipiente discoteca, donde ya tenían dispuestas varias cajas de cerveza. Me acerqué de inmediato al grupo para beber y bailar. En medio de la reunión, uno de los efectivos me mostró su billetera llena de dólares y me preguntó: «Y tú, ¿cuánto has recibido? Por si acaso, a la Base del Ejército también le corresponden cinco mil verdes: dos mil para el jefe, mil para cada suboficial y mil para el rancho de la tropa. El dinero se recibe en la comisaría de la PNP y luego se le entrega al capitán "Águila"».

Al día siguiente, el 9 de agosto, durante la lista de diana, el capitán «Águila» —en su condición de jefe de la base— me buscó la sinrazón y me increpó duramente delante de todo el personal de tropa: «Suboficial Pineda, usted se junta demasiado con el personal de la Policía Nacional y presumo que está filtrando información secreta o estrictamente secreta. Por lo tanto, a partir de la fecha, tiene prohibido ingresar al Centro de Comunicaciones». De inmediato, le ordenó al sargento José Sarmiento trasladar el equipo de radio HF Thomson TRC-372 a su alojamiento particular, dejándome a partir de ese momento sin acceso a las comunicaciones.

El 16 de agosto de 1993, a las 04:30 horas, el capitán «Águila» organizó la primera patrulla con un efectivo de veinte hombres y me comunicó que se dirigirían al distrito de Urpay. A las 05:00 horas, el volquete de color anaranjado de la municipalidad distrital se estacionó en la puerta principal de la base militar. Con rapidez, tomé mi equipaje y mi fusil FAL y, sin que el oficial lo notara, subí a la tolva por la parte posterior, ya que el capitán se había acomodado en la cabina junto al chofer. En la tolva viajábamos el personal de tropa, un regidor de la municipalidad, un efectivo de la policía Nacional del Perú vestido de civil y dos civiles más.

Cuando el vehículo en marcha alcanzó la cumbre más alta, justo antes de iniciar el descenso hacia el distrito de Urpay, el regidor me comentó: «Ahora sí van a coronar bien, porque hay dos vuelos de gran tonelaje». Le seguí la corriente, pues hasta ese instante desconocía el verdadero motivo del patrullaje. Fue en ese momento cuando descubriría que el desplazamiento tenía como fin proteger a los narcotraficantes para el envió de sacos de cocaína. Le pregunté al regidor si «llovería para todos», a lo que me respondió: «Por supuesto, es para todos».

A las 10:45 horas arribamos al distrito de Urpay. Cabe precisar que el alcalde, Octavio Bogarín, ya se encontraba en el lugar desde el día anterior, por lo que no viajó con nosotros. El vehículo se detuvo en las inmediaciones de la Plaza de Armas de aquel pequeño distrito y procedimos a descender. Al notar mi presencia junto la tropa de la patrulla, el capitán «Águila» se molestó visiblemente y optó por no dirigirme la palabra. Acto seguido, se cubrió el rostro con un pasamontaña verde y, en compañía de sus dos ayudantes «chacales», desapareció del lugar. La tropa me informó después que se habían dirigido en línea recta hacia el aeródromo.

Mientras tanto, yo permanecí en la plaza con el rostro descubierto y al mando del grueso del personal de la patrulla. En esas circunstancias, se presentaron cuatro representantes de la firma de narcotraficantes. Uno de ellos se confundió de rango, me saludó y me dijo: «Capitán, pasemos a desayunar; que su personal pida lo que quiera». Con ese fin, nos dirigimos al único restaurante de la calle principal. Al ingresar, los narcotraficantes reiteraron el ofrecimiento. Sin dudarlo, ordené al instante diez fuentes de lomo saltado con arroz, litros de gaseosa y galletas para los soldados. Mientras preparaban el pedido, los sujetos solicitaron cinco cajas de cerveza y empezamos a beber.

En todo momento se referían a mí como «capitán» y me comentaban: «Capitán, somos muy caballeros con todos ustedes y también con las autoridades políticas y la policía; pagamos el cupo puntualmente». Entre tragos, cuando los efectos del alcohol ya se hacían notar, uno de ellos propuso: «Capitán, antes de que traigan la comida hay que arreglar. Por esta vez, el trato será de ocho mil dólares americanos para usted, y pusieron sobre la mesa cuatro paquetes, cada uno con dos mil dólares americanos, era pues el pago de las cuatro firmas, dos mil por firma». Yo les respondí que lo recibiría más tarde y en otro lugar porque en estos momentos hay mucha luz, pues desde que entramos al restaurante me percaté de que el capitán «Águila» había dejado a otros de sus hombres de confianza para que me custodien. Uno de ellos permaneció apostado a mi espalda en todo momento, mientras que los demás me vigilaban permanentemente desde la puerta del inmueble para evitar que yo saliera o recibiera algo ilícito.

El 17 de agosto de 1993, a las 03:00 horas, el capitán «Águila» ingresó al segundo piso de la Municipalidad Distrital de Urpay, espacio donde permaneció el personal de la patrulla desde el momento que llegamos a este distrito y me dio una orden directa para no presenciar el acto ilícito: «Suboficial, me quedaré aquí con cinco hombres de tropa para realizar unas coordinaciones de trabajo con el alcalde Octavio Bogarín. Finalizada la reunión, a las 08:00 horas, retornaré al distrito de Tayabamba. En este mismo momento, usted se repliega a la base con quince efectivos de tropa». Obedecí la orden sin dudas ni murmuraciones, respondiendo con un firme «comprendido, mi capitán». Soportando el gélido frío de la madrugada, reuní de inmediato a los 15 hombre de tropa e iniciamos la marcha de repliegue en columna de a uno.

Durante el camino, los soldados comenzaron a manifestar sus sospechas, el sargento de seudónimo “rata” me dijo: «Mi suboficial, el capitán quiere arreglar a solas con los narcotraficantes; por eso nos envía de regreso a la base de Tayabamba a estas horas de la madrugada» y otros también me sugerían para regresar y aguarle el acto ilícito. Mientras avanzábamos, caminé cavilando en los dólares que no había recibido por puro ingenuo. Pensé para mis adentros en la suerte de aquel capitán tan miserable, esperando que fuera consciente conmigo y con la tropa, y que al final la repartición resultara equitativa.

En el trayecto entre Urpay y el centro poblado mayor de Saire, me pasaron mil cosas por la cabeza. Tras meditarlo bien, decidí detener la marcha en el mencionado centro poblado. Inicialmente nos sentamos en la explanada de la plaza de armas, pero al notar la excesiva demora del oficial, ordené al personal desplazarse hacia la parte alta del cerro. Sentados desde esa posición estratégica, podíamos observar con total claridad todos los movimientos del capitán en la pista de aterrizaje, utilizando el único binocular que portaba la patrulla a mi mando. El oficial nos había asegurado que regresaría por la mañana, pero las horas transcurrían y no aparecía. Aquella tensa espera, lejos de preocuparnos, nos mantenía alerta ante las sorpresas que intuíamos que ocurrirían en el aeródromo.

A las 12:35 horas divisamos a la distancia al capitán de infantería «Águila», cuyo nombre verdadero es Jorge Sánchez Flores. Lo acompañaban los cinco sargentos de tropa que operaban como sus secuaces, el policía vestido de civil y cinco civiles más; todo este grupo permanecía apostado a un costado de la pista. Para sorpresa de todos nosotros, a las 13:15 horas apareció la primera avioneta. La aeronave sobrevoló el valle y aterrizó. De inmediato, los civiles salieron corriendo desde las inmediaciones con sus cargas a cuestas. El proceso de embarque tardó aproximadamente ocho minutos, tras los cuales la nave levantó vuelo. No pasó mucho tiempo cuando apareció la segunda avioneta, realizando exactamente la misma maniobra: aterrizó, los civiles corrieron con los bultos y, tras finalizar la carga, despegó velozmente con dirección a la selva.

En ese instante, el capitán “águila” y los sargentos de tropa, el policía y los civiles iniciaron su repliegue hacia la plaza de armas del distrito de Urpay. Por nuestra parte, descendimos del cerro hacia la pampa del caserío de Saire, donde nos tendimos en el suelo bajo un sol radiante. A las 15:00 horas, el capitán «Águila» apareció a pie con su grupo. El encuentro conmigo fue fatal. Comenzó a recriminarme con dureza delante de toda la tropa: «Suboficial, ¿por qué no se desplazó a la base de Tayabamba? Ha desobedecido mi orden. En cuanto lleguemos, lo pondré de inmediato a disposición del Puesto de Comando de Huamachuco». Ante sus amenazas y su agresión verbal, contuve la rabia; estuve a punto de perder el control y agarrarlo a balazos.

Finalizada la discusión, iniciamos el retorno al distrito de Tayabamba en total silencio. Aquel oficial delincuente y desleal solía atacarnos a los suboficiales por nuestro lado más vulnerable. En aquellos tiempos, el suboficial Rentería, a quien apodábamos el «Burro», mantenía un romance con una profesora tayabambina, mientras que yo estaba enamorado de una alumna del Instituto Pedagógico. Por el simple hecho de cuidar nuestras relaciones y estar bien con nuestras parejas, soportábamos en silencio toda clase de injusticias de su parte. Al pisar la base militar, le relaté de inmediato al suboficial Rentería y al resto de la tropa todo lo acontecido en el distrito de Urpay, haciéndoles saber que el capitán estaba plenamente metido en el negocio ilícito con los narcotraficantes y que el dinero en dólares destinado a la base jamás se había repartido.

Al día siguiente, el 18 de agosto de 1993, a las 08:00 horas, durante la lista de diana, reventó el problema en la Base Contrasubversiva de Tayabamba. El suboficial Rentería y todo el personal de tropa se le fueron encima al capitán «Águila». El oficial perdió por completo la autoridad en ese instante y, frente a todo el contingente, negaba rotundamente las acusaciones. Los soldados le reclamaban en su cara: «Capitán, todos sabemos que usted está involucrado con los narcotraficantes de Urpay. Hemos hablado con el civil "Zorro" y con el "Gringo", y ellos nos confirmaron que usted recibe cinco mil dólares mensuales. Ese dinero entra a través de la Policía Nacional del Perú y usted a pesar de recibir tanto, a nosotros nos mantiene pasando hambre».

Ante la contundencia del reclamo, el capitán atinó a responder: «Yo jamás en mi vida he estado involucrado en esas cochinadas. Si tanto me acusan, ¿dónde está ese civil "Zorro"? ¿Dónde está el "Gringo"? Tráiganlos para meterles bala por hablar estupideces». Acto seguido, el oficial miró hacia el cielo y juró ante Dios que jamás había recibido dinero de las mafias de narcotraficantes en el distrito de Urpay. En ese momento intervino con mayor vehemencia el suboficial Rentería, amenazando con meterle bala junto al sargento conocido como «Rata». Fueron minutos de altísima tensión en los que estuvimos a punto de desatar una balacera dentro de la base, ya que todo el personal se encontraba armado y equipado para la formación de la lista de diana.

Afortunadamente, la situación se calmó. Decidí no intervenir en la disputa porque presumía que este negocio ilícito ya estaba arreglado en los niveles superiores con el Comando del Batallón Contrasubversivo Ni 323 de Huamachuco. Cuando las aguas se asentaron, el oficial se dirigió a mí: «Suboficial Pineda, saque inmediatamente al patio de armas todos los artículos de Intendencia, Comunicaciones, Sanidad y Material de Guerra. Proceda a verificar los cargos y relévese con el suboficial Rentería. Usted será el primero en irse al Puesto de Comando de la guarnición de Huamachuco».

El 19 de agosto de 1993, a las 10:00 horas, ingresé de sorpresa al alojamiento del capitán «Águila». Lo encontré sentado en su escritorio, y sobre el mueble tenía amontonada una gran cantidad de paquetes de billetes de cien dólares americanos. Lo afirmo en nombre de Dios Todopoderoso: lo sorprendí con las manos en la masa mientras contaba los paquetes de billetes verdes. Como entré sin tocar la puerta, el oficial se puso totalmente nervioso y no supo cómo reaccionar. Balbuceando intentaba entablar conversación conmigo mientras, con movimientos lentos, abría el cajón de su escritorio para camuflar los fardos de dinero. Me pareció que cada paquete contenía unos cinco mil dólares, calculé que en ese montón había más de 100 mil dólares americanos.

En ese instante, le hablé con firmeza: «Capitán "Águila", tranquilícese. Yo no soy tan cobarde ni tan miserable como usted. Si yo fuera un ambicioso, en este mismo momento lo fusilaría aquí mismo, porque tengo las evidencias y las pruebas frente a mí. Usted, como jefe de la base, junto con los policías y las autoridades de Tayabamba, reciben cinco mil dólares mensuales de los narcotraficantes, ¿sí o no? No lo voy a delatar porque ese no es mi estilo, y no he entrado con la intención de presenciar este acto miserable que usted negó ante la tropa jurando en nombre de Dios. He ingresado para verificar el material de comunicaciones que usted ordenó traer a su habitación para coordinar secretamente el pago de cupos con las mafias de narcotraficantes».

El oficial, completamente acorralado, solo atinó a decirme: «Está bien, suboficial Pineda, proceda a sacar los equipos de radio HF/BLU Thomson TRC-372, las antenas y las baterías para su verificación». Tras revisar los cargos, presenté formalmente el acta de relevo, y a partir de ese momento el suboficial Rentería se hizo cargo de todo el material. Cabe señalar que el capitán “águila” era, además, el padrino de matrimonio de dicho suboficial. Con fecha 31 de agosto de 1993, retorné por mis propios medios al Puesto de Comando del Batallón de Infantería Motorizado N° 323, acantonado en el distrito de Huamachuco.

Pasaron algunas semanas, ya en el mes de setiembre de 1993, también relevaron a todo el personal de Tropa, quienes también retornaron al distrito de Huamachuco. Yo me retiré de Huamachuco el 15 de febrero de 1994, pues salí cambiado de colocación con destino al Batallón Contrasubversivo N° 28 de la provincia de Rioja, departamento de San Martín. El capitán alias “águila” y el suboficial Rentería continuaron como destacados en la Base Contrasubversivo N° 323 del distrito de Tayabamba, no descarto que el dinero del narcotráfico también haya llegado para los mandos superiores, sino porque la preferencia de mantenerlos en el mismo puesto a este oficial y suboficial por más de un año, en fin son historias que se arrastra desde muchos años donde están involucrados con el narcotráfico los Policías, las autoridades políticas así como los efectivos del Ejército, como ocurrió en Tayabamba, Pataz en el año 1993.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario