Bajo el Manto del Cenepa: Las Horas en la “Ye” y la Cota 1274.- El sábado 11 de febrero de 1995 amaneció despacio en el sector La “Ye” en distrito de Cenepa, provincia de Condorcanqui en Amazonas. Sentados al pie de árboles colosales, contemplábamos la neblina densa que parecía abrazarse con furia a la vegetación de los cerros. El ambiente estaba saturado de una humedad que se metía en los huesos. Llevábamos más de un día sin probar rancho y carecíamos de medicamentos. El uniforme, que ya no recordábamos cuándo había estado seco, se nos pegaba al cuerpo, y nuestras botas estaban sepultadas bajo una costra pesada de barro selvático. Lo único que jamás se soltaba era el fusil FAL, aferrado a la mano como una extensión del propio cuerpo.
Las noches previas habían sido
una prueba de resistencia. Dormíamos sobre colchones improvisados con
hojarascas caídas, cubiertos apenas por ponchos de jebe y plásticos
desgastados, soportando el embate del oscuro cerrazón de la selva. En medio de
aquella penumbra y desamparo, yo me encomendaba a una pequeña cruz que había
fabricado días atrás; dos simples astillas de madera unidas por la tira de un
plástico viejo. Mirarla era mi forma de aferrarme a Cristo.
Desde las primeras luces del
día, el rugido de la guerra rompió la calma. Soportamos el incesante
hostigamiento de los lanzadores múltiples BM-21 de 40 bocas y las incursiones
de la aviación ecuatoriana. Sin embargo, el enemigo disparaba a ciegas.
Aquellos proyectiles lanzados desde las cotas altas de Cóndor Mirador, Coangos
y Banderas estallaban por centenares en las faldas de los cerros circundantes,
pero sus efectos se disolvían inútiles entre la resistencia de la indomable
vegetación.
A eso de las nueve y media de
la mañana, los primeros rayos del sol rasgaron el manto verde, calentando el
aire húmedo. Con la luz, la cruda realidad del combate comenzó a materializarse
bajo la sombra de las copas. Desde la dirección del Helipuerto Tormenta,
apareció un grupo de soldados descalzos. Con paso pesado y rostros exhaustos,
transportaban en una camilla rústica el cuerpo inerte de un compañero caído,
mientras otros grupos evacuaban a los heridos hacia la Unidad Quirúrgica Médica
que operaba entre la maleza. Eran muchachos de diecisiete a veinte años,
reclutas del Servicio Militar Obligatorio llegados de la costa, la sierra y la
selva. Jóvenes humildes que, con su sangre, estaban sellando una frontera para
que las generaciones del futuro no tuvieran que marchar jamás hacia una línea
de guerra.
La
preocupación flotaba en el ambiente como la misma humedad. Al conversar con los
suboficiales del Batallón Contrasubversivo Nº 314 de Huánuco —quienes ya
arrastraban más días de brega en este infierno—, la realidad se desnudaba sin
rodeos: los ecuatorianos nos habían superado en el control del espacio aéreo.
La pérdida de nueve de nuestras naves, entre ellas cinco helicópteros, pesaba
en el alma del combate. Nuestra defensa contra el cielo dependía de los viejos
misiles tierra-aire Strella de 1970; un armamento de procedencia rusa que ya
padecía de obsolescencia técnica ante la modernidad de los misiles Igla que el
Ecuador había adquirido en Israel.
Aquel día, el Batallón
Contrasubversivo Nº 28, integrado en su totalidad por aguerridos soldados
nativos de la selva peruana, alcanzó la Cota 1274, el estratégico Helipuerto
Tormenta que los ecuatorianos llamaban Base Norte. Nos desplegamos a la
izquierda del Batallón 314. La tarde cayó hermosa, cálida y de una placidez
casi irreal. Las cumbres, coronadas por un manto verde, descansaban bajo los
últimos rayos del sol, mientras una densa neblina blanca dormía inmóvil en las
quebradas. Era un paisaje que inspiraba una paz profunda, una tregua para el
espíritu.
Me recosté sobre la tierra seca
y apunté mis binoculares hacia la cresta de la Cordillera del Cóndor, en la
Cota 1666. Allí, el Puesto de Vigilancia Coangos de Ecuador dominaba con
absoluta ventaja todo el valle del Cenepa. Vi su bandera ondear al viento y a
sus soldados caminar con tranquilidad. En ese silencio, las preguntas
comenzaron a taladrar mi mente: ¿Por qué no se bombardeaba esa posición
enemiga? Desde esa altura, ellos poseían el dominio total del terreno y el
emplazamiento perfecto para sus armas de largo alcance, sus obuses y aquellos
temibles lanzadores múltiples.
El silencio de la tarde empezó
a diluirse mientras el grueso del personal terminaba de acondicionar el Puesto
de Comando Avanzado. Los muchachos buscaban abrigos y cubiertas entre la maleza
para pasar la noche, agrupándose para hablar de lo de siempre: el rancho que
escaseaba. De pronto, a las 17:20 horas, el grito desgarrador de la tropa
quebró la calma:
—¡Avión! ¡Avión! ¡Avión!
A lo lejos, el rugido sordo de
un motor subsónico A-37 ecuatoriano rasgó el cielo. No había tiempo para más
que encomendarse a Dios. Corrimos en silencio hacia los refugios improvisados,
sabiendo con desesperación que aquellas ramas y troncos solo protegían de las
balas de fusil, pero eran inútiles ante un bombardeo. Ya conocíamos el horror y
el pánico que causaba una bomba de trescientos kilos.
En medio de la urgencia, logré
divisar a un Técnico de la Fuerza Aérea del Perú. Salió a toda velocidad de su
trinchera cargando al hombro el pesado tubo del Strella. Con una agilidad
asombrosa, trepó a lo alto de un árbol, buscando un claro entre las copas para
dominar el horizonte. El avión enemigo redujo su velocidad sobre nuestras
cabezas y soltó dos bombas que pasaron de largo, estallando sucesivamente al
otro lado del cerro. Sintiéndose victorioso, el piloto emprendió la retirada.
Fue cuestión de segundos. El
tirador peruano, firme en las alturas, liberó el misil. El cohete salió
eyectado con un rastro de fuego directo hacia la nave. En mi mente el grito de
victoria ya estaba contenido: “¡Ya se jodió, carajo! ¡Ya lo pescó!”.
Pero el piloto ecuatoriano, en una maniobra límite, hizo zigzaguear su aeronave
repetidas veces y logró esquivar el impacto. El misil perdió el rastro, se
desvaneció en el aire y se fue de picada a estallar al fondo de la quebrada.
Por el puro susto del encuentro, el avión se fue hacia el fondo del valle de
forma desesperada y luego para levantar vuelo para desaparecer tras el perfil
de Coangos. Aquella nave se salvó por milagro, pero el enemigo se llevó una
lección clara: nuestra defensa antiaérea estaba despierta, lista para blindar
el avance de nuestra gloriosa infantería entre la espesura.
Una hora más tarde, a las
18:20, un segundo avión cruzó la misma ruta. Esta vez volaba más alto, quizá a
dos mil metros, y a una velocidad endiablada. Soltó sus bombas lejos, dejando
solo el eco de las explosiones antes de perderse en Coangos. Abajo, los
tiradores lo esperaron con el dedo en el disparador, pero la velocidad y la
altura impidieron que entrara en la zona de captura del misil. No se efectuó el
disparo, pero en la Cota 1274 la determinación seguía intacta bajo la noche que
empezaba a devorarse la selva.
El Abandono del Estado a las Fuerzas Armadas Descubierto en la
Selva
El Batallón Contrasubversivo
Nº 28 de Rioja marchaba con la desventaja escrita en el cuerpo. Su tropa,
conformada en su totalidad por muchachos nacidos y criados en la selva peruana,
vestía uniformes desgastados que apenas resistían el rigor del monte. En las
manos cargaban fusiles FAL de los modelos 1958 y 1969; armas repotenciadas a la
fuerza que ya mostraban las cicatrices del mal estado. No hubo para ellos una
sola dotación de cascos de acero. Las fornituras y las cananas, roídas y
deshilachadas, arrastraban el deterioro de los patrullajes incesantes en las
Zonas de Emergencia, donde esos mismos jóvenes ya habían combatido a las
huestes del Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso.
Faltaron las provisiones. El
apoyo oportuno con raciones de campaña jamás llegó a la Cota 1274, pero
aquellos jovenes del Servicio Militar Obligatorio poseían una ventaja que
ningún manual militar podía enseñar: estaban acostumbrados a la vida en el
monte. Soportaron el hambre, el frío y el desamparo con la misma firmeza con la
que se camina sobre la hojarasca. Demostraron ser combatientes formidables,
capaces de superar cualquier obstáculo en la línea de fuego. En el frente nadie
flaqueaba; los que fallaban siempre eran los que permanecían ocultos detrás del
soldado. La clase política del país, en su condición de mando supremo de las
Fuerzas Armadas, cargaba con la responsabilidad directa de aquel abandono.
En aquellos tiempos de
zozobra, la deslealtad también vestía uniforme de gala en la capital. Mientras
la tropa ponía el pecho en el Cenepa, los altos mandos del Ejército —generales
que traicionaron el honor de sus subordinados— se dedicaban a robar las propinas
y el racionamiento de los combatientes, hundidos en un lodo de corrupción y
escándalos mediáticos. Abajo, en la primera línea de la patria, los subalternos
sostenían la soberanía con armamento obsoleto, sin chalecos, sin cascos y con
los estómagos vacíos desde el primer día en que pisaron la zona de guerra.


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