miércoles, 1 de mayo de 2019

PASARRAYA DISTRITO DE ALTO SAPOSOA SAN MARTÍN MIS RECUERDOS DE PATRULLAJE CONTRASUBVERSIVO 1994

Crónica en el Alto Saposoa y Agua Blanca: El Cruce del Río y el Último Patrullaje (1994)

Pasarraya es la capital del distrito del Alto Saposoa, en la provincia de Huallaga. Por las inmediaciones de este hermoso y acogedor distrito recorre el serpenteante y caudaloso río Saposoa, cuyas aguas de color marrón constituyen su principal característica, sobre todo durante las épocas de lluvia. Hoy, el tiempo se ha encargado de traerme el recuerdo de mis pasos por estas tierras, acontecidos durante la segunda semana de octubre del año 1994.

En el silencio de la noche, siendo las 01:30 horas, nuestra patrulla de cuarenta y dos hombres, procedente del distrito de Agua Blanca, en la provincia de El Dorado, marchaba en paralelo por las riberas del río Saposoa. Avanzábamos río abajo, buscando un puerto que nos permitiera cruzar hacia el sector sur del distrito. Después de caminar un largo tramo por una trocha flanqueada por la densa vegetación, hallamos un acceso y una pequeña balsa improvisada con maderas de topa. En la oscuridad, oculto en el monte, el río emitía murmullos amenazantes; nadie sabía a ciencia cierta los secretos que guardaban sus corrientes. Para algunos, cruzarlo nadando en plena oscuridad y con el uniforme puesto representaba una decisión de vida o muerte. De manera muy particular, yo era consciente de mis limitaciones en el agua; por ello, parado en la orilla, sentí cómo un profundo temor brotaba de mi alma. La distancia me parecía enorme para mis fuerzas: de orilla a orilla había más de sesenta metros. En ese instante, viví momentos de absoluto silencio, pero los minutos avanzaban implacables. Fue entonces cuando comprendí que el riesgo más grande en la vida es no arriesgar; el soldado que no arriesga nada, no hace nada y no es nada en este mundo.

En el lado sur del distrito de Agua Blanca existe un cerro con una mina de sal que los pobladores locales explotan para su consumo. En esta cadena de montañas serpentean trochas muy antiguas por donde también transitaban las columnas armadas del Partido Comunista del Perú - Sendero Luminoso. Debido a esto, las patrullas del Ejército nos movilizábamos constantemente hacia dicho sector, un terreno empinado y sumamente difícil de transitar, con la finalidad de ejecutar emboscadas. Por aquellas rutas caminé durante la última semana de octubre de 1994, en el que sería mi último patrullaje en la zona. En esa misión nos acompañaron cinco civiles del pueblo que operaban como ronderos; ellos cargaron a la espalda las municiones y granadas de reserva, así como nuestras provisiones y pertrechos de campaña.

Crónica en el Alto Saposoa: El Liderazgo de "Marte", el Hombre en Punta y el Diluvio en la Cumbre

La patrulla estaba bajo el mando de un teniente del Ejército a quien conocíamos con el seudónimo de loco "Marte". Graduado como comando, era un oficial excelente y altamente capacitado; aquella noche, en plena oscuridad y dando el ejemplo, se lanzó a la turbulenta correntada del río Saposoa. Llevaba enganchado a la cintura uno de los extremos de una soga con la cual jalaría la pequeña balsa improvisada, la cual iba cargada con los fusiles, las mochilas, el lanzacohetes RPG, el equipo de radio y el resto de pertrechos.

Los informes de inteligencia daban cuenta de que, durante la última semana de octubre, una columna subversiva de Sendero Luminoso se desplazaría por las trochas de la Mina de Sal. Por tal motivo, organizamos dos patrullas de veintiún hombres cada una y nos movilizamos hacia dicho sector con la finalidad de ejecutar una emboscada. El paisaje de la zona era impresionante, configurado por cataratas, cascadas y caminos sinuosos en medio del monte. En este patrullaje me desempeñé como "hombre en punta", avanzando cien metros por delante de los grupos de asalto y seguido a una distancia de diez metros por un sargento segundo. Durante la inmensa subida, marcada por pequeñas entradas y salidas dentro de una densa vegetación, caminé en un estado de total tensión; a pesar de mi fortaleza física, mis piernas ya no respondían y el cansancio era absoluto. Sin embargo, superando las dificultades, cumplí la misión. En este tipo de terrenos, el combatiente de vanguardia se encuentra siempre al borde de la muerte. El soldado que avanza lo hace en total desventaja, puesto que el adversario a la defensiva permanece bajo cubierta y abrigo, observándolo todo sin ser visto. Ubicados en puntos estratégicos y con amplio campo visual, los francotiradores enemigos no suelen fallar en esas situaciones y pueden eliminarte en cuestión de segundos; asimismo, uno queda expuesto a los encuentros inopinados. En estos desplazamientos en la selva, el primero en caer es el hombre en punta; ese es el riesgo real, pero gracias a Dios logramos coronar la cumbre más alta de la cadena de montañas sin novedad alguna, constatando que no había huellas recientes de subversivos.

A las 14:30 horas, el personal ocupó la parte más alta del cerro para descansar bajo la sombra de inmensos árboles. Los ronderos, habituados a la vida en el monte, alistaron de inmediato sus escopetas y salieron a cazar unas aves negras de cresta y pico rojo, similares a un pavo, conocidas en la región como paujiles. Retornaron con cuatro ejemplares que pelaron y prepararon rápidamente a la brasa; con esa carne nos alimentamos los cuarenta y siete hombres de la patrulla aquella tarde.

Tras esa austera cena a base de paujil, el contingente permaneció descansando bajo una temperatura agradable y soleada, por lo que decidimos pasar la noche en la cima del cerro. Al caer la oscuridad, tendimos ramas sobre el suelo y las cubrimos con plásticos, acostándonos protegidos por lonas que hacían las veces de ponchos de jebe. A las 01:00 horas, nos sorprendió una lluvia torrencial e imparable, similar a un diluvio. De inmediato nos pusimos de pie con el uniforme empapado; empleamos cinco minutos en asegurar las mochilas y en cubrir los cañones de los fusiles con bolsas plásticas para protegerlos del agua. Acto seguido, iniciamos el descenso por una trocha angosta, colindante con profundos acantilados y en medio de una oscuridad absoluta, teniendo como destino el distrito de Pasarraya, en el Alto Saposoa.

La doctrina militar formal estipula que durante la noche no se debe encender ningún tipo de luz para no delatar la posición frente al enemigo; sin embargo, durante aquella marcha rompimos esas normas dictadas muchas veces desde los escritorios de tácticos mediocres. Si no hubiera sido por el uso de las linternas de mano aquella madrugada, muchos soldados habrían terminado en abismos de más de mil metros de profundidad, desde donde difícilmente se habrían podido rescatar sus restos. Protegimos nuestras espaldas, las mochilas y el armamento con plásticos, y continuamos la bajada manteniendo intervalos de medio metro entre hombre y hombre. En esta clase de misiones, el soldado debe priorizar siempre su fusil, pues sin él no es nada. Debíamos proteger el arma tal como lo ordenaba el instructor Gamboa en la película La ciudad y los perros: el fusil jamás debe tocar el suelo; es preferible romperse la cara antes que soltarlo. Para el soldado, el arma es tan importante como sus propios órganos vitales. Con esas mismas frases, casi al pie de la letra, advertimos e instruimos a la tropa para el cuidado del armamento durante la marcha, exigiendo el correaje bien asegurado y el cañón apuntando hacia abajo para evitar el ingreso de la intensa lluvia. Avanzamos por una trocha sinuosa y sumamente resbaladiza por donde corría abundante agua y rodaban piedras, sorteando además inmensos árboles caídos que debíamos superar como si fuesen obstáculos de una pista de combate. Para este tipo de desplazamientos extremos no contábamos con ponchos de jebe reglamentarios ni con un botiquín de primeros auxilios para atender eventuales accidentes.

Crónica en el Alto Saposoa: El Abandono de la Montaña, el Retorno de los Recuerdos y el Cruce Crítico

Siendo las 07:45 horas, arribamos al flanco este del distrito de Pasarraya, capital del Alto Saposoa. Las montañas circundantes de este hermoso valle amanecieron abrigadas por una densa neblina que permaneció estancada durante largo rato, abrazada a la copa de los árboles; a lo lejos, se percibía el rugir amenazante del caudaloso y turbulento río Saposoa, el cual nos separaba de la localidad en mención. Ocupamos un emplazamiento estratégico donde hallamos dos viviendas con techados de hojas de plátano. El inmueble presumiblemente pertenecía a narcotraficantes, quienes, ante la inminente proximidad de la patrulla militar, habían escapado del lugar. En su huida dejaron una gran cantidad de hojas de coca en proceso de secado, tres sacos de arroz de excelente calidad y quince gallos de pelea en sus respectivos corrales. Aquella mañana, estos animales nos sirvieron de sustento para saciar el hambre, terminando todos en las ollas de campaña. Desde este punto, los cinco ronderos emprendieron el retorno hacia el distrito de Agua Blanca, habiendo cumplido exitosamente su misión de apoyo.

Descansamos durante todo el día en el inmueble abandonado. Como es evidente, tras consumir el suculento caldo preparado con los quince gallos de pelea, el personal se encontraba plenamente reconfortado. Al caer la noche, permanecimos uniformados y con los borceguíes puestos, en estricta alerta ante cualquier orden. En esas circunstancias, a las 02:00 horas, el sonido de una avioneta rompió el silencio; la aeronave sobrevoló el valle de forma casi circular, iluminando el terreno con potentes luces. La presencia de un vuelo a esa hora de la madrugada evidenciaba que se trataba de narcotraficantes. Por tal motivo, el comando ordenó formar de inmediato a la patrulla en plena oscuridad, iniciando una marcha a paso largo con destino al aeropuerto informal del Centro Poblado Mayor de Rejis, en el Alto Saposoa. Avanzamos por una trocha cubierta de densa vegetación hasta alcanzar nuevamente las orillas del río Saposoa. Debido a las intensas lluvias de la madrugada anterior, el caudal se encontraba sumamente crecido y violento. En un pequeño puerto ribereño hallamos una balsa hecha de maderas de topa. A esta precaria embarcación, el teniente "Marte" amarró una soga de sesenta metros y, demostrando un valor ejemplar, se lanzó al agua uniformado en medio de la total oscuridad. Nadó contra la corriente para trasladar la línea hasta la orilla opuesta, desde donde nos esperó. Una vez posicionado, ordenó al grueso de la tropa cruzar nadando en grupos de cinco en cinco. Mis respetos absolutos para los soldados nativos de la selva: su destreza para la natación en ríos caudalosos es sobresaliente. En plena noche y con el uniforme reglamentario a cuestas, cruzaron nadando una distancia superior a los sesenta metros de margen a margen.

Por mi parte, permanecí en la orilla inicial junto a ocho soldados con la responsabilidad de asegurar el armamento y el equipo sobre la balsa de topa. Mientras ellos amarraban firmemente por ambos lados los fusiles, las mochilas, la ametralladora MAG, el lanzacohetes RPG y el equipo de radio Thomson TRC-340, mi mente se convirtió en un torbellino de dilemas y el temor caló profundamente en mí. En ese instante de tensión, acudieron a mi memoria los recuerdos de mi juventud: las épocas en que lograba nadar más de cien metros en una profunda represa de la hacienda agrícola Santa Rosa, en Sayán (Huacho), al norte de Lima; asimismo, recordé los nados en el río Pallar en Huamachuco y las inmersiones con mis compañeros en los profundos remolinos del río Chusgón durante mi Servicio Militar Obligatorio en el año 1978. Aquellas vivencias de antaño emergieron como un acicate de valor y moral, pero era consciente de que habían transcurrido muchos años desde entonces.

El entrenamiento recibido en los cuarteles se había limitado a piscinas de veinticinco metros y en traje de baño, preparación básica que no garantizaba en absoluto el éxito al cruzar un río crecido bajo una oscuridad impenetrable. En medio de aquella desesperación, el miedo físico fue inmenso; repetía para mis adentros: «¡Son más de sesenta metros, son más de sesenta metros!». Sin embargo, en mi condición de líder, no podía exteriorizar ni justificar el temor ante la tropa. Jamás había nadado uniformado de noche y mucho menos en condiciones de visibilidad nula. Llegué a contemplar la idea de subirme a la balsa junto al armamento, pero la vergüenza ante mis subordinados me lo impidió. Para evitar accidentes, los ocho soldados se distribuyeron en la seguridad de la embarcación, colocándose cuatro a cada lado para sostenerla. En ese momento, el oficial ordenó el cruce desde la otra orilla y el personal que ya había cruzado comenzó a jalar el cargamento con fuerza extrema a través de la soga. Ante la urgencia, me colgué de la parte posterior de la balsa, aferrándome firmemente a una soga gruesa entre las crucetas de la madera de topa sin soltarla por nada. Fuimos arrastrados por la corriente mientras el personal jalaba desde el otro lado. Al encallar el cargamento en la orilla opuesta, el teniente preguntó de inmediato: «¿Dónde está el suboficial? ¿Dónde está el suboficial?», pues la combinación de la oscuridad, la estrechez del terreno y el lodo denso dificultaron mi salida y me mantuvieron oculto por unos instantes. Una vez reunidos y con el uniforme completamente empapado, recuperamos el armamento y las mochilas. Reasumí de inmediato mi posición como hombre en punta en una trocha sumamente fangosa y de tránsito complejo. Ejecutamos una marcha forzada extenuante hasta el aeródromo del Centro Poblado Mayor de Rejis, lugar al que arribamos a las 06:40 horas. No hallamos ninguna evidencia física del aterrizaje de la aeronave que presumíamos de los narcotraficantes. Aquel desplazamiento nocturno, con todos los riesgos extremos a los que se expuso al personal, constituyó un error táctico y resultó en una jornada sumamente agotadora.

miércoles, 27 de marzo de 2019

LA PATRULLA "HUASCARÁN": CENTRO POBLADO DE HUANCABAMBA DISTRITO DE URPAY PROVINCIA PATAZ 1,993

El eco de las punas en Huancabamba Urpay Pataz, La Libertad 1993

Huancabamba es un pueblo colgado del cielo, un nido de adobe y tejas que desafía los vientos a casi tres mil quinientos metros sobre el nivel del mar, en las entrañas de la provincia de Pataz. Desde sus cumbres, el horizonte se quiebra para mostrar, al otro lado del abismo, las siluetas lejanas de Llampao, Pincharacra y Arcaypata. Quienes caminamos esos senderos bajo las lluvias implacables de marzo de 1993, llevamos grabados en la memoria nombres que suenan a nostalgia y misterio: Parihuana, Ucrumarca, Ushnu, Huasibamba y el histórico distrito de Taurija. Para la patrulla Huascarán, aquellos parajes no eran solo mapas; eran el escenario de una guerra silenciosa y fría contra el PCP Sendero Luminoso.

La historia que hoy recuerdo con nitidez ocurrió meses después, el 21 de julio de aquel año. Eran las trece horas con cuarenta y cinco minutos de una tarde densa. A lo lejos, ajena al peligro, una columna subversiva del PCP Sendero Luminoso de ciento veinte combatientes de la fuerza principal descansaba entre las sombras de Llampao, Pincharacra y Arcaypata. Iban bajo el mando del temido camarada Gerardo.

Aquel grupo arrastraba tres días de banquete y propaganda. Habían tomado la zona la noche del 18 de julio, asaltando la casa hacienda del «Sordo» Gonzales, exalcalde de Tayabamba. En un acto de calculada demagogia, sacrificaron sesenta y ocho reses en los corrales de la hacienda y repartieron hasta el último pedazo de carne, oveja y becerro entre las familias más empobrecidas, aquellas que, aun lamiéndose las heridas del desastroso gobierno de Alan García Pérez, vieron en el saqueo un alivio temporal. Granos, leche, queso y huevos cambiaron de manos. La hacienda quedó reducida a escombros, una ruina que días después yo mismo verificaría in situ con la patrulla Huascarán, recogiendo el testimonio asombrado de los comuneros.

Pero el festín de los subversivos terminó de golpe. Aquella tarde del 21 de julio, la patrulla Pantro, compuesta por treinta soldados del Servicio Militar Obligatorio y liderada por el teniente de infantería Castañeda Castro, apareció de la nada por la parte alta. Venían desde la Base Contrasubversiva de la Mina Marsa, moviéndose como fantasmas entre las rocas. El factor sorpresa casi fue total, pero las voces de alerta de algunos campesinos rompieron el viento.

Los senderistas, viéndose descubiertos, emprendieron una huida desesperada. Las autoridades locales me contarían al día siguiente con asombro: «Se escaparon a toda velocidad. En la prisa, cada uno metió una gallina viva en su mochila; ¡se llevaron más de ciento veinte gallinas! Corrían hacia Huancabamba, que está justo al frente».

La patrulla de la Mina Marsa no dio tregua y los persiguió con el corazón en la garganta. En plena carrera, un soldado disparó un cohete RPG; el estruendo sacudió la cordillera, pero el proyectil se perdió en la inmensidad del paisaje sin alcanzar su objetivo debido a la enorme distancia. Ante el inminente choque de fuerzas, los alzados, que se movían por las laderas con la agilidad de quienes conocen cada piedra, intentaron bajar hacia el distrito de Huaylillas usando un cerro cónico como escudo. En una maniobra confusa, dieron la vuelta en la base de la montaña y volvieron a ganar altura. La patrulla militar, desorientada por la geografía, perdió el rastro y terminó adentrándose en el distrito de Huaylillas.

Con la moral en alto tras haber burlado la persecución a pie, la columna senderista ganaba las alturas con dirección a Huancabamba creyéndose a salvo. Fue entonces cuando el cielo rugió. Un helicóptero ruso MI-8 artillado apareció entre las nubes, barriendo la zona con su mirada de acero, listo para el bombardeo. En un acto de astuta desesperación, el camarada Gerardo ordenó a su gente meterse en la escuela primaria del pueblo. Confundidos entre las aulas, camuflados entre los niños y jóvenes que asistían a clases, los subversivos se convirtieron en escudos humanos. El piloto de la aeronave dio tres vueltas sobre el espacio aéreo, buscando un blanco claro que jamás encontró, y finalmente se retiró hacia el horizonte.

Sin embargo, el asedio constante de las patrullas terrestres y el acoso de los helicópteros empezaron a agrietar la disciplina de la columna subversiva. El miedo caló hondo. En las empinadas laderas de Huancabamba, la deserción tocó a la puerta de dos muchachos reclutados a la fuerza. Uno era el camarada Peter, de apenas dieciocho años y secundaria completa, arrancado de su centro de labores en las chacras de coca en el departamento de San Martín; en su huida, abandonó entre la maleza una ametralladora MGP-79A, propiedad de la Marina de Guerra del Perú, abastecida con ocho cartuchos. El otro era el camarada Martín, de veintiún años, analfabeto, capturado en las plantaciones cocaleras del Huallaga para servir como leñador de la columna; él dejó atrás una vieja escopeta retrocarga con cinco cartuchos.

Aquellos dos jóvenes caminaron durante tres semanas largas y hambrientas por las punas desoladas. En agosto de 1993, exhaustos y arrepentidos, se entregaron voluntariamente en el cuartel del Batallón Contrasubversivo N° 323, en Huamachuco, provincia de Sánchez Carrión.

El tiempo pasó. Cumplidos mis cinco meses de destacado en la Base Contrasubversiva de Tayabamba, regresé también al batallón en Huamachuco el 31 de agosto. Una mañana de lunes de septiembre, en el Fuerte «Mayor Santiago Zavala», tras finalizar la Lista de Diana, el oficial de instrucción (S-3) me nombró instructor de temas de subversión y manejo de equipos de comunicaciones HF (Alta frecuencia) para todo el personal de tropa.

Frente a mí, formados como reclutas y vistiendo el uniforme del ejército, estaban ellos: Peter y Martín. El destino jugaba una de sus cartas más extrañas. Al terminar la instrucción, el ex camarada Peter se me acercó con timidez, pero con paso firme. Mirándome a los ojos, con una normalidad que me heló la sangre, me dijo:

—Mi suboficial... Martín y yo estuvimos en la columna del PCP Sendero Luminoso que se desplazó desde Ongón hasta Tayabamba con el camarada Gerardo. Usted se salvó de una muerte segura en el caserío de Pampa Seca el 11 de julio.

El mundo pareció detenerse en el patio del cuartel. Completamente sorprendido, conteniendo el aliento, los llevé a un lado y comencé a interrogarlos. Les pregunté lo siguiente:

El juicio de la memoria con el ex camarada Peter y Martín

—Siéntense —les ordené, señalando un par de bancas de madera bajo la sombra del tinglado del Fuerte «Mayor Santiago Zavala».

El eco de las botas de la tropa marchando en el patio de armas se sentía lejano. Frente a mí, despojados de la ferocidad que la propaganda senderista les imponía, Peter y Martín parecían simplemente dos muchachos atrapados en el torbellino de una época cruel. El primero, con la mirada despierta de quien ha leído libros; el segundo, con las manos agrietadas por la labranza y el silencio propio del analfabetismo.

Saqué mi libreta de apuntes. El aire de Huamachuco era frío, pero mi frente perleaba sudor. Estaba cara a cara con mi propio pasado, con el hilo invisible que me había salvado de la muerte semanas atrás.

Peter —empecé, clavando mis ojos en los suyos—, dime la verdad. ¿Qué pasó exactamente en la curva cerca al caserío de Pampa Seca, en el distrito de Ongón, el domingo 11 de julio de 1993?

El muchacho tragó saliva, pero su voz no tembló. Había una mezcla de respeto militar y alivio en su confesión:

—En esa curva, mi suboficial, a dos kilómetros de Pampa Seca... usted volvió a nacer. Sobre un pequeño morro, con un campo de vista amplísimo, los mandos habían preparado una emboscada perfecta. Lo veíamos todo sin ser vistos. Para cada hombre de su patrulla, teníamos listos cinco tiradores.

Hizo una pausa, mirando el suelo del cuartel antes de continuar.

—Pero los mandos se confundieron. Sabían por Inteligencia que su patrulla contaba exactamente con veintiún hombres y conocían al detalle el armamento que portaban. Sin embargo, aquel domingo, cuando los vimos aparecer por el camino con rumbo a Ongón, contamos treinta y seis hombres desde los observatorios. Nos confundimos por completo. No sabíamos que usted había colocado dentro de la columna a los civiles viajeros con sus mochilas. Los mandos adujeron que andábamos cortos de munición y granadas; pensaron que si aparecía más personal del ejército íbamos a perder. Optaron por no atacar. Ustedes pasaron sin problemas a solo cincuenta metros de nuestras posiciones.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Las mochilas de aquellos campesinos que nos acompañaban en la ruta habían sido nuestros verdaderos escudos.

—Ese día jugaron a la política en Pampa Seca —continué, recordando un extraño episodio—. ¿Es cierto que tus ex camaradas intentaron emborracharme en el caserío? ¿Qué buscaban?

Peter asintió levemente, con una sombra de sonrisa frustrada en el rostro.

—Sí, mi suboficial. Los mandos ordenaron: «Hay que sorprenderlos haciéndonos pasar como profesores. Les invitamos licor, los emborrachamos y les quitamos las armas». Ese era el plan. Pero los designados regresaron al campamento más preocupados que nunca. Usted les había dicho con total seguridad que venían más patrullas en camino y que las Fuerzas Especiales de Lima estaban por aterrizar. Eso los descolocó por completo.

—¿Y de verdad creían que era tan fácil? ¿En otros lugares habían logrado quitar armas emborrachando a los jefes de patrulla?

—Sí, ocurrió en el Huallaga —respondió de inmediato—. Allá emborracharon a un capitán. En una sola noche le quitaron quince fusiles FAL, un lanzacohetes RPG, abundante munición, cacerinas y un equipo de radio Thomson TRC 372. Por eso pensaron que con usted resultaría igual.

Giré la mirada hacia Martín, que permanecía firme, escuchando con atención.

Martín, hablemos de la tarde del 21 de julio. El relato que me llegó decía que huyeron hacia Huancabamba cuando apareció la aviación. ¿Qué ocurrió cuando el helicóptero apareció en las proximidades de Parihuana, cerca de Huancabamba, mientras escapaban hacia Taurija?

El muchacho, de hablar pausado y rústico, respondió con sinceridad:

—Cuando apareció ese helicóptero, mi suboficial, Peter y yo ya nos habíamos abierto de la columna. Ya éramos desertores. Presumo que los compañeros que se quedaron se habrán escondido en las casas, confundiéndose con los propios campesinos y los niños de la escuela para evitar que el aparato los bombardeara.

Volví con Peter. Había algo que me inquietaba profundamente de los choques armados en la sierra de Pataz: la disciplina táctica de Sendero.

Peter, tú viste el movimiento de la columna desde adentro. ¿Cómo es la instrucción militar de los combatientes de Sendero Luminoso? ¿Por qué se movían con tanta destreza?

—La instrucción en las filas del partido es muy parecida a la que se imparte aquí en el Ejército —explicó con naturalidad—. Enseñan las técnicas y tácticas de armamentos, patrullaje, montaje, desmontaje y mantenimiento de todo tipo de fusiles. La única diferencia es que la mitad del día se pasa en la escuela ideológica, repitiendo el pensamiento del partido.

—Eso explica muchas cosas... ¿Es verdad entonces que hay licenciados del Ejército en sus filas?

Peter asintió con gravedad.

—Muchos, mi suboficial. En la columna del camarada Gerardo había dos exsargentos reenganchados y al menos treinta licenciados del Ejército. La mayoría de ellos eran exclases, sargentos que sabían perfectamente cómo operaba una patrulla militar. Por eso, cuando la patrulla Pantro de la mina Marsa nos asaltó en Arcaypata por la parte alta de Pincharacra, pudimos reaccionar.

El muchacho parecía revivir la huida en su mente.

—Corrimos a toda velocidad, la tropa no nos alcanzó. Desde el otro lado del cerro, algunos camaradas que eran licenciados se burlaban a gritos de la ineficacia de los soldados. Pero cuando la patrulla disparó el lanzacohetes RPG, el estruendo asustó a los mandos. Ante la proximidad del peligro, corrimos hacia abajo simulando que íbamos a Huaylillas; dimos la vuelta en la base de la montaña cónica y volvimos a ganar altura. La patrulla militar se perdió en el camino y se fue equivocadamente hacia el pueblo. Fracasaron en la persecución. Fue justo en medio de ese descontrol en el cerro cuando Martín y yo vimos la oportunidad. Yo arrojé el fusil MGP, que apenas tenía ocho cartuchos, y Martín botó su vieja retrocarga. Corrimos hasta perdernos en la puna. Caminamos dos semanas completas por las alturas, muriendo de frío, hasta que llegamos a Huamachuco para entregarnos.

Al escucharlos, entendí el cierre de un círculo perfecto. Ambos muchachos se habían acogido a la Ley del Arrepentimiento decretada por el gobierno de Alberto Fujimori. Habían dejado las filas del terror para ingresar voluntariamente al servicio militar obligatorio, precisamente en el Batallón Contrasubversivo N° 323 de Huamachuco.

El destino, caprichoso y circular, me había llevado de vuelta al Puesto de Comando tras cinco meses de duros combates en la Base de Tayabamba. Ahora, aquellos dos antiguos enemigos eran mis soldados. En las semanas siguientes, bajo el frío cielo de la libertad, les impartí instrucción en el manejo de equipos de radio de Muy Alta Frecuencia (VHF) y Alta Frecuencia (HF), preparándolos para las tácticas de una guerra convencional y el patrullaje técnico. Demostraron ser hombres leales a su nueva bandera.

El tiempo corrió como el agua de los ríos de Pataz. En enero de 1995, el conflicto del Cenepa estalló en la frontera norte con el Ecuador. El batallón fue movilizado y aquellos muchachos marcharon junto a nosotros a defender la soberanía nacional. Permanecieron tres meses en las líneas de fuego de Tumbes, demostrando el valor que alguna vez les fue arrebatado a la fuerza.

Finalmente, en el mes lluvioso de julio de 1995, Peter y Martín se licenciaron con honores, vistiendo con orgullo el uniforme del glorioso Ejército del Perú.

A veces, cuando cierro los ojos, regreso a aquel mes de marzo de 1993. Me veo de nuevo marchando a pie bajo la lluvia torrencial, liderando a la patrulla Huascarán por los senderos de Huancabamba, Parihuana y Ucrumarca. Vuelvo a recorrer los caminos empinados de Jucusbamba, Ushnu y Huasibamba hasta llegar a Taurija. Eran los años del fuego y la ceniza, los tiempos en que Sendero Luminoso pretendía dominar las cumbres. Pero hoy, en el silencio de la memoria, aquellos nombres ya no suenan a peligro; suenan a la historia de los hombres que sobrevivimos para contarla.



viernes, 8 de marzo de 2019

LA HISTORIA DE LA PATRULLA “HUASCARÁN” EN TAYABAMBA PROVINCIA DE PATAZ REGIÓN LA LIBERTAD 1993

Amores de Plaza y Personajes de Tayabamba.- Cuando llegué al distrito de Tayabamba en el mes de marzo de 1993, el primer civil con quien entablé conversación fue César. Era un joven de veinte años, estudiante del instituto pedagógico local y a quien todos conocían cariñosamente como «Shesha». 

Un domingo, al finalizar el izamiento del pabellón nacional en la Plaza de Armas, me quedé por las inmediaciones contemplando algunas plantas. En esas circunstancias, el muchacho, vistiendo el uniforme de su institución, se me acercó de manera muy amigable para iniciar una charla. Al instante advertí su orientación homosexual debido a sus ademanes y a su marcado tono de voz afeminado. Con total soltura, me saludó: «Hola, ¿cómo está, suboficial? ¿Qué le parece el distrito de Tayabamba? Ante todo, bienvenido. Suboficial, para que usted no se sienta solo, le voy a presentar a mis amigas. Yo estudio en el instituto, todas las chicas me conocen y son mis amigas; usted dígame nomás a cuál de ellas quiere para sacarla por la noche».

Como solía ocurrir con estos personajes locales, él ofrecía favores a cambio de ciertas concesiones por parte de los mandos de la base militar. Con picardía, me lanzó su propuesta: «Suboficial, un favor, si se puede... Quisiera que me deje entrar por las noches a la cuadra del personal de tropa. La mayoría de ellos son mis amigos. Una mano lava la otra, pues jefe, ¿qué le parece?». Ante su oferta, decidí ponerlo a prueba. Desde mi llegada al pueblo, le había puesto la puntería a una muchacha que justamente aquella mañana había participado en el izamiento con su uniforme de estudiante del pedagógico. Le di sus características físicas exactas a «Shesha» y quedé a la espera del resultado.

Aquella misma noche me encontraba sentado en una de las bancas de la plaza, junto a la pileta, invadido por una comprensible ansiedad. De pronto, vi aparecer al muchacho bajando por la calle de la iglesia en compañía de su amiga. Cumpliendo su palabra, me trajo a Jaqueline, nos presentó y se retiró discretamente. Nos sentamos juntos en la misma banca y la plática fluyó con tal naturalidad que parecía que nos conociéramos de hace años. La conversación se tornó tan amena que ella olvidó por completo regresar a tiempo a su casa. Mientras hablábamos, intuí que Jaqueline guardaba algún despecho, y no me equivoqué: acababa de terminar su relación sentimental con su enamorado, un suboficial de la policía cuya comisaría quedaba a escasos cuarenta metros de donde nos encontrábamos.

El Diablo Negro del Rincón Quita Calzón.- En el distrito de Tayabamba, la calle donde se ubica el local municipal se prolonga hacia una curva donde se inicia el camino a pie hacia el caserío de Collay. En dicha curva existía desde hacía muchos años una iglesia con un crucifijo al fondo; siempre permanecía sin puerta, por lo que semejaba una inmensa cueva. Los lugareños solían tejer historias de fantasmas, demonios y fenómenos paranormales que, según decían, se manifestaban a altas horas de la noche. Sin embargo, lejos de asustar a los militares y policías, este lúgubre rincón era el escenario predilecto para las citas amorosas y era popularmente conocido como el «Rincón Quita Calzón».

Para mi primer encuentro carnal en el pueblo, en una noche de marzo bajo una lluvia torrencial, salí de la Base Militar uniformado, armado con mi fusil FAL y con un puñal de combate al cinto. Cumpliendo estrictamente las normas de seguridad, dejé la consigna de mi ubicación a los centinelas de la puerta principal por si ocurría alguna emergencia. Tras caminar en la absoluta oscuridad, llegué a la iglesia y me aposté al fondo, pegado a una pared lateral, donde permanecí en completo silencio como si estuviera ejecutando una emboscada.

En esas circunstancias, cubierta con un poncho negro, apareció la cholita Margarita, de diecinueve años, a quien había citado a las 20:30 horas. A su llegada, entramos en acción de inmediato entre besos y caricias apasionadas. Justo cuando iniciábamos el coito, apareció en mi búsqueda «Cuto», mi perro negro cruzado con dóberman. El animal, poseído por una ira incontrolable al desconocer a la mujer, se le fue encima; con gran fuerza la sujetó de la cintura, sacudiéndola y mordiéndole las manos y las piernas. Confundida y dolorida, Margarita salió despavorida de la iglesia gritando con terror: «¡Escapen, hay un diablo negro! ¡Escapen, hay un diablo negro! ¡Escapen, hay un diablo negro!». Al oír los gritos, dos o tres parejas más que se encontraban ocultas en las inmediaciones cortaron abruptamente sus momentos de placer y corrieron despavoridas en distintas direcciones.

Aquella noche, «Cuto» me hizo pasar el peor de los momentos y arruinó el acto sexual. Procedí a retornar por la misma calle hacia la base. Al ingresar, los soldados de servicio me preguntaron: «Mi suboficial, su perro salió de la base y se fue corriendo hacia la curva, ¿lo encontró?». Pasé frente a ellos sin pronunciar una sola palabra. En aquellos tiempos, Tayabamba era un pueblo muy pequeño para ser la capital provincial; no existían hostales ni casas de hospedaje y la gente se acostaba muy temprano, sobre todo en época de lluvias. Por ello, muchas parejas de jóvenes aprovechaban la oscuridad a partir de las siete de la noche para transitar por lugares tan solitarios como ese. Si hablara aquel rincón de citas —un lugar sagrado por la presencia del crucifijo—, cuántas anécdotas nos contaría, especialmente los encuentros de los policías con la tía «Pituca», una madre soltera de la zona. Era el rincón preferido de los enamorados y de los infieles que nunca faltan en este mundo.

Este escenario de aparente calma provinciana coexistía con una realidad violenta. Desde el año 1988, durante el gobierno del doctor Alan García Pérez, la violencia política se había incrementado drásticamente en los caseríos y distritos de la provincia de Pataz. Columnas subversivas del PCP-Sendero Luminoso, procedentes en su mayoría del departamento de San Martín y conformadas por entre 120 y 200 combatientes bien armados, comenzaron a transitar y a sembrar el terror en el ande patacino. Por esta razón, los militares y policías, como defensores permanentes del Estado peruano, nos vimos obligados a combatir sin tregua en defensa de la democracia y del orden constitucional.

El Referéndum de 1993 y las Alas sobre el Ande.- El domingo 5 de abril de 1992, ante la negativa del Congreso de la República de concederle amplios poderes para legislar sin fiscalización, el ingeniero Alberto Fujimori Fujimori ejecutó un autogolpe de Estado. Con el respaldo de las Fuerzas Armadas, disolvió el Parlamento arguyendo que su antecesor, el doctor Alan García Pérez, había dejado al país en desastrosas condiciones económicas, políticas y sociales. Asimismo, denunció las trabas que ponía el Poder Legislativo en la elaboración de leyes cruciales para combatir a los grupos terroristas. Obligado por las circunstancias, Fujimori tomó medidas excepcionales con el propósito fundamental de preservar el Estado de derecho y la democracia, amenazados en ese momento por las organizaciones subversivas PCP-Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA). Como es de conocimiento general, tras la disolución, el mandatario convocó a un Congreso Constituyente Democrático que redactó un nuevo proyecto de carta magna, sometido a referéndum el domingo 31 de octubre de 1993 para definir su aprobación o rechazo por parte de la ciudadanía.

Tres días antes de la votación, el jueves 28 de octubre de 1993, las Fuerzas Armadas iniciaron el despliegue de seguridad para el proceso electoral dispuesto por el Gobierno. Desde las instalaciones del Batallón Contrasubversivo N° 323, acantonado en el distrito de Huamachuco (provincia de Sánchez Carrión), dos helicópteros Mi-17 del Ejército comenzaron a trasladar a varias patrullas de veintiún hombres. El objetivo era brindar cobertura y resguardo en los centros de votación del distrito de Tayabamba, capital de la provincia de Pataz, y del distrito de Bambamarca, capital de la provincia de Bolívar.

Alas de Acero sobre Pataz y el Recibimiento en Gochapita.- El 28 de octubre, a las 11:45 horas, en el aeródromo del cuartel de Huamachuco, se encendió el motor del helicóptero ruso Mi-8, con matrícula EP-620. Las hélices comenzaron a girar como un inmenso ventilador en el sector de La Cuchilla, en el extremo este de la histórica llanura de Purrumpampa. La patrulla «Huascarán», conformada por veinte hombres listos en las inmediaciones, abordó la aeronave. Una vez dentro, el personal se ubicó en los asientos laterales, manteniendo el cañón de los fusiles FAL apuntando hacia el piso. En mi condición de jefe de patrulla, ocupé un asiento junto a una de las ventanas. Cuando la nave se elevó con rumbo a la provincia de Pataz, contemplé el bello paisaje de la cordillera de los Andes, donde las caprichosas formaciones geológicas dibujaban llanuras, montañas, quebradas y ríos cristalinos que se abrían paso entre los cerros para tributar al caudaloso río Marañón. Todo pasaba ante mis ojos como si fuera una película, lo que me llevó a rememorar mis vivencias transcurridas entre marzo y el 31 de agosto en la Base Contrasubversiva de Tayabamba.

Mientras avanzábamos en esa misión de alto riesgo, el estruendo de las hélices —piloteadas por hombres que luchaban por la vida y la libertad— hacía que algunos pobladores salieran de sus casas o dejaran sus herramientas en las chacras para mirar al cielo con curiosidad. Al mismo tiempo, yo cavilaba centrando mis pensamientos en Jaqueline, una muchachita tayabambina de veintidós años, estudiante de pedagogía, a quien le gustaba jugar a doble cachete. Ella era la enamorada del suboficial de la Policía Nacional Eulogio Rivas; cuando se peleaban por celos, me buscaba de inmediato para consolarla y, como es natural, yo la atendía por las noches en la curva que conocíamos como el «Rincón Quita Calzón». En mis recuerdos también irrumpía la imagen de Piri Villanueva, de veintiún años, quien merodeaba disimuladamente las inmediaciones de la base al caer la noche para terminar desfilando por esos rincones oscuros. En la lista no podía faltar la linda cholita Margarita, otra «cachaquerita» que estudiaba para profesora en el pedagógico. Con las tres en la mente, me hice una pregunta inevitable: ¿al llegar a Tayabamba, a cuál de ellas la buscaré para el encuentro de esta noche en el «Rincón Quita Calzón»?

En este tipo de incursiones, tanto los pilotos como la tripulación sabían perfectamente que la nave podía ser acribillada por los subversivos en cualquier momento. De pronto, el Mi-8 sobrevoló las montañas que dominan los distritos de Buldibuyo, Huaylillas y Tayabamba. Al divisar los caseríos de Pachacrahuay y Arcaypata, recordé los viejos tiempos en los que pasaba las horas sorteando el peligro en patrullajes diurnos y nocturnos a pie. Finalmente, tras surcar el infinito cielo azul, el helicóptero comenzó a descender hasta aterrizar en la pista de tierra afirmada del aeródromo del caserío de Gochapita, ubicado en las partes altas a más de 3800 metros sobre el nivel del mar. Tras desembarcarnos, la nave se retiró de inmediato para continuar trasladando personal a otros puntos estratégicos.

A las 12:30 horas, la patrulla —ahora con veintiún hombres— inició el descenso a pie con destino al distrito de Tayabamba. En las faldas del cerro, al pasar junto a una pequeña escuela de educación primaria, varios niños y niñas nos recibieron con una alegría desbordante que les brotaba del corazón. Corrieron hacia nosotros gritando a viva voz: «¡Soldados del Perú! ¡Soldados del Perú! ¡Soldados del Perú!». Se nos acercaban entusiasmados y nos estrechaban entre sus pequeños brazos, devolviéndonos en un instante el aliento y recordándonos el verdadero valor de nuestra misión.

El Retorno a Tayabamba y las Huellas de la Barbarie en Urpay

Entre el caserío de Gochapita y el distrito de Tayabamba se extienden, desde hace siglos, profundas quebradas originadas por fallas geológicas que los pobladores de todas las edades transitan siempre a pie. Por un camino angosto, pedregoso y sinuoso descendió la patrulla «Huascarán». Aparecimos por la parte alta del distrito y bajamos entonando a todo pulmón himnos de guerra, de muerte y de sangre. Cruzamos la calle del mercado de abastos, pasamos frente a la iglesia y finalmente formamos ante la municipalidad, lugar donde se encontraba instalada la Base Militar Contrasubversiva. Desde la época en que presté servicios en dicha instalación, continuaba como jefe el capitán de infantería conocido bajo el seudónimo de «Águila», un oficial miserable que se encontraba coludido con los narcotraficantes de la zona. Tras recibirnos, nos dio estrictas advertencias y recomendaciones de no abandonar la base por ningún motivo, manteniéndonos prácticamente encerrados. Pasé la noche en el mismo alojamiento que había ocupado meses atrás. Como era natural, el retorno a estas tierras me inundó de recuerdos, especialmente de la fiesta patronal de abril en honor a Santo Toribio de Mogrovejo.

Evoqué cómo aquel silencioso distrito se llenaba de vida y la Plaza de Armas bullía con la llegada de residentes tayabambinos desde Lima, Trujillo y el extranjero, además de comerciantes de la costa y la selva. Al ritmo de huaynos y cumbias ejecutados por la banda de músicos, bajo el estallido de cohetes y fuegos artificiales, el pueblo y las autoridades se convertían en uno solo. Son costumbres de siglos en los pueblos de la sierra, donde el jefe de la base y las autoridades distritales brindaban sin distinción con los representantes de los caseríos más humildes. En esos días festivos no existía la discriminación; el alma del pueblo se engrandecía. Recuerdo como una gran anécdota cuando el teniente de la Policía Nacional brindaba con el teniente gobernador del caserío de Chunco, y el humilde campesino le dijo al oficial con picardía: «Por si acaso, jefe, estamos brindando de teniente a teniente».

La realidad del deber nos despertó bruscamente. El viernes 29 de octubre, a las 05:00 horas, los veintiún hombres de la patrulla salimos al pequeño patio de armas con los fusiles FAL en la mano, esperando la orden de marcha. Nos aguardaba, por tercera vez en el año, el distrito de Urpay, ubicado a 2688 metros sobre el nivel del mar; las dos veces anteriores habíamos acudido por motivos de terrorismo y narcotráfico. Procedí a pasar revista al personal. Aquella mañana tampoco hubo rancho caliente para nadie; no recibimos viáticos, ni raciones de rancho frío embolsado, ni contábamos con un bolsón de primeros auxilios. La tropa, conformada por jóvenes de la costa y de la sierra, formó con sus mochilas y armamento; algunos, incluso, cargaron a la espalda el material electoral para el proceso de referéndum.

Al salir de la base, los hombres en punta iniciaron el ascenso por el camino empinado que bordea el Estadio Municipal y el cementerio. Este cerro, que vigila a Tayabamba y sirve como un excelente mirador, exige al soldado una gran fortaleza y resistencia física. Tras cinco horas de penosa marcha, a las 10:00 horas alcanzamos la cumbre de la cadena de montañas. Allí descansamos por espacio de una hora, contemplando el ichu que, mecida por el viento, formaba un ondulante vaivén bajo la nubosidad constante que cubría los verdes cerros y pajonales. Aquel día el clima nos fue favorable. Desde la cumbre, descendimos a paso lento en medio de una puna de hermoso paisaje, arribando al distrito de Urpay a las 15:00 horas. Ocupamos el local municipal, el cual todavía lucía su antena parabólica destruida y montones de documentos quemados; cicatrices visibles de la violenta incursión que los combatientes del PCP-Sendero Luminoso habían perpetrado en el mes de julio de 1993.

La Lección de Urpay: El Perú Profundo ante las Urnas.- El domingo 31 de octubre de 1993 amaneció nublado sobre el pequeño distrito de Urpay. A las 06:30 horas, nos constituimos en las instalaciones del colegio «César Vallejo Mendoza», local elegido para el proceso de referéndum constitucional. Muy temprano, decenas de campesinos empobrecidos durante el primer gobierno del doctor Alan García Pérez comenzaron a descender desde sus caseríos, aglomerándose ante la puerta del plantel. Desde mi ubicación en el ingreso principal del inmueble, observaba a la multitud: los varones vestían ropas de bayeta y calzaban ojotas; las mujeres, ataviadas con sus tradicionales polleras, también llevaban ojotas en lugar de zapatos.

Cuando la concentración superó las doscientas personas de todas las edades, decidí romper el protocolo militar. Con el puñal de combate en la mano y frente a esa masa humana, me atreví a hablarles abiertamente sobre la historia de la República, desde el 28 de julio de 1821 hasta el régimen de Alberto Fujimori, propiciando una profunda reeducación ideológica e histórica in situ. Mis palabras resonaron firmes ante los comuneros:

«El 28 de julio de 1821, el Perú criollo celebró el separatismo de España. Sin embargo, esta celebración carece de sentido para el Perú profundo. Las guerras entre los generales San Martín, Bolívar, Sucre, La Serna, Canterac y Rodil no fueron más que la continuidad de los viejos pleitos feudales entre los Pizarro, Almagro, La Gasca y Centeno. A pesar de esto, se sigue engañando en las escuelas a un pueblo en crisis de identidad, haciéndole creer que con las mágicas palabras de San Martín logramos la verdadera independencia nacional. Lo cierto es que, en aquel entonces, la ciudad de Lima estaba sitiada por guerrillas autóctonas a las que tanto el español peninsular José de la Serna como el español americano José de San Martín detestaban ancestralmente. Para San Martín era urgente liberar a los criollos del yugo hispano, pero de ninguna manera a los indígenas del yugo criollo y español».

Durante treinta minutos expuse los desatinos de los presidentes que gobernaron el país y cómo nuestras riquezas habían sido saqueadas por los grandes capitalistas extranjeros en complicidad con malos gobernantes. En el clímax de la explicación, les lancé una pregunta directa: «¿San Martín está más cercano al visitador Areche o a Túpac Amaru?». Ante la interrogante, la multitud me miró estupefacta; un silencio absoluto se apoderó del lugar y nadie refutó el argumento. Como consecuencia directa de esta concientización, los campesinos ingresaron uno a uno a la cámara secreta y votaron masivamente en blanco. Aquel día, en Urpay, nadie votó a favor del proyecto de Alberto Fujimori.

No obstante, a nivel nacional el panorama fue distinto. Aquel domingo triunfó el «japones» Fujimori y la fujiconstitución de 1993 comenzó a regir los destinos de la patria. Desde entonces, esa carta magna se ha vuelto intocable para una clase política que cada cinco años se enriquece más, manteniendo un continuismo donde la derecha codiciosa no aporta nada, los pseudopartidos han dejado de producir ideas y la robocracia continúa gobernando el país.

La Ruta de los Traqueteros con droga y la Justicia de la Patrulla.- El lunes 1 de noviembre, día de Todos los Santos, amaneció con lluvia. Fue una mañana fría y de abundante nubosidad que cubría por completo los cerros circundantes. La silenciosa y empobrecida Plaza de Armas del distrito de Urpay aún exhibía pintas subversivas en las fachadas de algunas casas, mudos testigos de la incursión que los combatientes del PCP-Sendero Luminoso habían perpetrado en el mes de julio. Tras pasar la noche en el segundo piso del local municipal soportando el intenso frío de la madrugada, la gran mayoría de nosotros amanecimos con las piernas endurecidas y arrastrando el hambre de no haber probado rancho desde el día anterior. Ante las circunstancias y sin perder tiempo, el sargento más antiguo mandó formar al personal en las inmediaciones de la plaza para iniciar el inmediato repliegue a pie con destino a Tayabamba, nos separaba una distancia de 38 kilómetros de marcha en las altas punas sobre los 4400 m.s.n.m. Nos aguardaban diez horas de marcha por las altas cumbres. Habíamos elegido una de las rutas principales, la misma que utilizaban los llamados «traqueteros»: hombres que trasladaban cocaína a la espalda enmochilada desde el departamento de San Martín, cruzando por los distritos de Ongón, Utcubamba, la ruta de Guacamayo, Puerta del Monte, Huancaspata y otros. Todos estos senderos convergían en Urpay, donde existía una pista de aterrizaje desde la cual «la merca» salía en avionetas rumbo a Colombia, contando con el visto bueno y la complicidad de diversas autoridades del Estado, principalmente alcaldes y policías.

A las 06:00 horas, justo cuando los hombres en punta daban los primeros pasos, divisamos a lo lejos a un campesino que avanzaba apurado hacia la plaza por la calle principal. Por un instante pensé que traía información de inteligencia relacionada con columnas terroristas Sendero Luminoso. Sin embargo, a su arribo, el hombre, sudoroso y jadeante, denunció que un abigeo le había robado dos toros de cinco años —sus valiosas yuntas utilizadas para el arado de la tierra—. El lugar de los hechos quedaba a unos dos kilómetros de distancia. En el acto, decidí enviar al sargento conocido bajo el seudónimo de «Rata», acompañado por el soldado Barahona. Guiados por el denunciante, partieron con la misión de capturar al delincuente. Dos horas después, retornaron con el detenido con las manos amarradas, quien llegó escoltado por su esposa. La pareja reconoció el delito y propuso un arreglo económico con el afectado, dado que los animales ya habían sido sacrificados y una parte de la carne ya se había vendido en el mercado local.

Con el fin de formalizar el acuerdo, mandé llamar de inmediato al gobernador del distrito para que testificara en representación del Estado, pero la autoridad no pudo ser ubicada en ningún lado. Ante el vacío de poder, propuse a las partes llegar a un acuerdo salomónico; sin embargo, ninguna de las dos cedió en sus pretensiones. Como consecuencia de la falta de entendimiento y al no haber ley civil presente, decidí trasladar al detenido bajo custodia con destino a Tayabamba. Para que pagara en algo su falta y aliviara la carga de la tropa, le ordené llevar a la espalda los pesados paquetes que contenían todo el material electoral del proceso de referéndum.

La Laguna de la Puna y la Ley del Fusil.- A las 08:30 horas iniciamos la salida de aquel pequeño distrito. La lluvia de la madrugada había dejado una densa nubosidad baja que cubría gran parte del sendero sinuoso. En geografías tan abruptas, el ascenso resulta sumamente exigente y agotador; sin embargo, con los pulmones habituados a la altura, continuamos la marcha entre eucaliptos, magueyes y pastos naturales. Las subidas se tornaban cada vez más empinadas, obligándonos a realizar paradas para recuperar el aliento cada quince o veinte minutos. En medio de la columna avanzaba el delincuente cargando a la espalda el material del referéndum, flanqueado por el comunero denunciante y por su esposa, quien con lágrimas en los ojos se colocaba constantemente a mi costado para suplicar: «Jefe, ¿hasta dónde lo llevará detenido? Por favor, suéltelo, aquí tiene trescientos soles para sus gastos». Conocedora de que la patrulla marchaba sin rancho, intentaba tentarme mostrando los billetes que guardaba en el bolsillo derecho de su chompa de lana de oveja, tejida de manera artesanal. Suponía que podría comprarme con el sucio dinero, sin sospechar mi rotunda negativa. Tras unos minutos de silencio, volvió a inquirir con temor: «Seguro que lo lleva a la Base de Tayabamba por abigeo nada más... ¿O por terruco? Dígame la verdad».

Embadurnados en sudor por la exigencia de la subida, ingresamos a un sendero estrecho cubierto de vegetación. Al salir, nos topamos de sorpresa con una laguna profunda y de aguas gélidas, rodeada de pastizales verdes y arbustos oscuros. En ese paraje ordené al delincuente que se desnudara, le amarré las manos hacia atrás con una soga larga y lo arrojé a la parte más profunda. Cuando estaba a punto de ahogarse, lo sacamos a la orilla y le ordené al civil afectado que descargara toda su ira. Este comenzó a golpearlo con saña hasta hacerle sangrar el rostro y el cuerpo, mientras la mujer lloraba y clamaba a Dios a gritos. Ante el castigo, el abigeo imploró perdón y se comprometió verbalmente a pagar el precio de los toros en un lapso de seis meses. Tras escuchar la promesa, el dueño de los animales se dio por satisfecho y retornó a su caserío. Concluido el castigo a orillas de la laguna, el detenido, ensangrentado y herido, se vistió, volvió a cargar el material electoral y proseguimos la marcha.

Al caer la tarde, bajo un cielo de oscuros nubarrones, una ligera llovizna anunció la proximidad de una tempestad. En plena puna nos sorprendió una lluvia torrencial con granizada y potentes truenos que sacudían las montañas. Pese a las condiciones meteorológicas tan adversas, la patrulla continuó ascendiendo con el uniforme empapado y sin ponchos de jebe. El delincuente se comportaba ahora de manera sumiso y sumamente respetuoso. Tras soportar el implacable granizo, nos faltaba apenas medio kilómetro para coronar la cumbre. Al ver que la esposa no cesaba de llorar, me compadecí de ellos. Tras meditarlo bien, ordené desnudar nuevamente al hombre y confisqué toda su ropa y zapatos. Acto seguido, lo encaré con dureza: «En Tayabamba me espera un helicóptero. Si te hago llegar a la base militar, diré que eres un terrorista». Para intimidarlo, saqué de mi mochila una bandera de Sendero Luminoso y un par de cartuchos de dinamita con su mecha lenta, elementos que siempre cargaba para infundir temor a esta clase de delincuentes común que para los militares eran conocidos como los DDCC, pues sabía que bajo la acusación de terrorismo permanecerían encarcelados, mientras que la justicia civil ordinaria solía dejarlos libres por tecnicismos y corrupción. «Diré que este material fue hallado en tu casa y con esta prueba te irás preso mínimo treinta años», sentencié.

Al escuchar la amenaza que en realidad solo era para asustarlo nada más, pues a él solo lo emplee para que cargue el material del Proceso de Referéndum, ya había pensado que en la cumbre lo dejaría libre para que retorne a su caserío en Urpay. La mujer se desmayó del impacto. Los soldados tuvieron que echarle aire para reanimarla. Cuando reaccionó, me dirigí al abigeo: «Las lágrimas de tu mujer han ablandado mi corazón. Voy a cerrar los ojos y contar hasta diez; al abrirlos, no quiero verlos aquí. Tienen que hacerse humo o te llevo por terrorista». Apenas inicié el conteo, el hombre, completamente desnudo y descalzo, emprendió una veloz carrera cuesta abajo seguido por su esposa, rumbo a Urpay. Para asegurar el susto, efectué una ráfaga de veinte cartuchos al aire con mi fusil FAL «mochito», famoso por su eficacia. Aterrorizados y sin voltear, ambos desaparecieron por una quebrada.

En aquellos tiempos de excepción, estos métodos expeditivos aplicados a civiles eran una de las formas corrientes de combatir la delincuencia común, y a mi criterio resultaban sumamente eficaces. En otras ocasiones, el personal aplicaba castigos como raparles la cabeza, desnudarlos, bañarlos con agua helada y propinarles una pateadura antes de liberarlos; el temor a ser falsamente procesados por terrorismo los mantenía en absoluto silencio. Es innegable que en medio de estas acciones implementadas para frenar a la subversión y al hampa organizada, también perdieron la vida algunos inocentes. Eran épocas donde la sociedad civil permanecía en completo silencio; nadie reclamaba ni protestaba, y mucho menos los abogados mafiosos que venden su alma por dinero, pues sabían que acercarse a una dependencia militar ponía en riesgo sus propias vidas.

Esta misma lógica operaba en otros frentes. Por ejemplo, durante el tiempo que laboré en el Frente Huallaga, en el departamento de San Martín, nos desplazábamos a pie dentro del monte, pero al salir a las carreteras confiscábamos vehículos. Se ordenaba bajar a todos los pasajeros y los civiles obedecían en absoluto silencio; la patrulla abordaba y si el chofer advertía que estaba bajo de combustible, nos dirigíamos al grifo más cercano donde se le ordenaba al despachador: «Tanquea el vehículo, la patrulla necesita trasladarse». El grifero, sin dudas ni murmuraciones, llenaba el tanque. Lo mismo ocurría en los ríos al confiscar los botes «peque-peque».

Hoy en día, muchos analistas y críticos calificarán este accionar militar de ilegal, informal, abusivo y violatorio de los derechos humanos. No obstante, cabe calibrar la realidad objetiva de aquel escenario: si las operaciones contrasubversivas se hubiesen conducido estrictamente bajo los parámetros de la democracia formal y los manuales teóricos de derechos humanos, la guerra interna la habría ganado el Partido Comunista del Perú - Sendero Luminoso. Por su parte, el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) se autoeliminó debido a sus propios errores estratégicos, fracasando en su fortín de San Martín, donde fue contundentemente derrotado por el Ejército peruano. 

   El Humo Blanco de los Andes y el Jamón de la Puna. Aquella tarde alcanzamos la cumbre, ubicada a más de 4000 metros sobre el nivel del mar, arrastrando más de cuarenta y ocho horas de hambre continua. Desde la cima, iniciamos el descenso hacia Tayabamba empleando la misma ruta del despliegue, el sinuoso y único sendero que baja en dirección al cementerio general. En la sierra peruana existe la costumbre de que, a partir de las tres de la tarde, las familias comiencen a montar sus ollas para preparar la cena. A esa hora, como una señal inconfundible, de los tejados brota un humo blanco si cocinan con leña seca, o un humo denso y grisáceo si emplean leña húmeda. Los hábitos del campesino andino en el norte del país guardan gran similitud, compartidos entre las regiones de Áncash, Cajamarca y La Libertad. Su gastronomía varía según las estaciones: durante el invierno —de febrero a mayo— predomina el consumo de papa sancochada con ají molido y huacatay, sopas de papa y mates de huamanripa o muña; en los meses de verano, la dieta cambia a sopa de trigo, mazamorra de calabaza, mote, oca sancochada y mazamorras de caya o cebada, reservando para ocasiones especiales el picante de cuy con papa, el caldo de gallina o el de cordero.

Tras hora y media de marcha cuesta abajo, a las 17:00 horas, arribamos a un caserío de aproximadamente cuarenta viviendas. Aguijoneados por la necesidad, coordiné previamente con la tropa para ingresar a los hogares en parejas y conseguir alimento. Al estar cerca, algunos soldados comentaron con entusiasmo que la cena ya debía estar lista. Les ordené actuar con absoluta cortesía: «Van a ingresar a las casas en parejas y pedirán comida con mucho respeto, sin forzar a nadie». En el acto, la mayoría de los muchachos corrió hacia las viviendas, entrando de sorpresa. Por tradición y seguridad cultural, estas humildes casas del ande suelen carecer de puertas, por lo que los campesinos quedaron estupefactos al ver aparecer a estos intrusos uniformados y hambrientos suplicando por un plato de comida.

Por mi parte, ingresé a una vivienda situada al borde del camino. Allí encontré a una pobladora muy humilde sentada frente a sus ollas de barro, conocidas en la región como allpa manca, dándole los últimos toques de sabor a sus guisos con condimentos locales. Le solicité un poco de alimento, pero ella se negó con amabilidad: «Soldado, no te puedo invitar la cena porque he cocinado estrictamente para mis hijos, que esta noche llegarán desde la ciudad de Lima». Aturdido por el hambre, fui incapaz de asimilar sus razones. Sin mediar palabra, de un solo impulso destapé sus ollas de barro una a una. En la vasija principal hervía un suculento puchero serrano: jamón de chancho con coliflor, del cual sobresalían dos piernas seccionadas. Ante la mirada atónita de la mujer, extraje dos trozos de carne, uno grande y otro mediano, y procedí a engullir el primero para mitigar la debilidad del cuerpo. Ya un poco saciado, miré a la campesina y le dije: «Muchas gracias, señora, me retiro».

Abandoné el inmueble a paso largo llevando el segundo trozo en la mano. Mientras continuaba el descenso por el camino y me disponía a saborearlo, comencé a deshilachar las fibras de la carne; para mi enorme sorpresa, el jamón estaba plagado de gusanos vivos. Al ver la pieza en mis manos, los soldados de la tropa exclamaron con envidia: «¡Usted sí, jefe de patrulla! ¡Qué buen pedazo de jamón le ha tocado!». Sin revelarles el hallazgo, le obsequié la carne a uno de ellos. El grupo se la repartió de inmediato entre cuatro hombres y en cuestión de segundos la devoraron por completo. En diversas zonas de la sierra norte, los lugareños consumen el jamón agusanado de manera habitual; según la creencia popular, las larvas son parte intrínseca de la maduración de la carne, no causan daño alguno y, por el contrario, le confieren un sabor mucho más intenso y concentrado.

 

sábado, 16 de febrero de 2019

SOLDADO ECUATORIANO CAPTURADO POR LAS TROPAS DEL PERÚ/CAMPAÑA MILITAR ALTO CENEPA 1995

El soldado con casco, con las manos entrelazados es un combatiente del ejército ecuatoriano, capturado por las tropas del Perú en el Valle del Cenepa. Prisionero de guerra, custodiado por combatientes del Perú en su travesía por el caudaloso Río Cenepa, con destino al Puesto de Vigilancia N° 1, provincia de Condorcanqui, departamento de Amazonas. 
    Prisioneros del ejército ecuatoriano, sargento Chalá y cabo Mayancha en Lima, Perú. 23 marzo 1995.

martes, 12 de febrero de 2019

COMBATIENTE MIGUEL PINEDA RAMÍREZ FINALIZADO LAS ELECCIONES MUNICIPALES Y REGIONALES 20 / 11 / 2006

Custodia militar en el distrito de Llama (Elecciones presidenciales de 2006)

Durante la primera y segunda vuelta de las elecciones presidenciales peruanas del año 2006 —celebradas los domingos 9 de abril y 4 de junio, respectivamente, y que dieron como ganador al doctor Alan García Pérez para su segundo mandato—, me correspondió liderar la seguridad electoral en el distrito de Llama. Bajo mi mando se encontraban únicamente un cabo y un soldado del Servicio Militar Voluntario (SMV); este último un recluta que, debido a las limitaciones de la época, ni siquiera había realizado su primer ejercicio de tiro con el fusil FAL, lo que significaba que jamás había disparado un solo cartucho.

El distrito de Llama es uno de los ocho distritos que conforman la provincia de Mariscal Toribio de Luzuriaga, situada en la sierra de la región Áncash. Conectarse con Piscobamba, la capital provincial, implicaba recorrer 80 kilómetros a través de una trocha carrozable sumamente angosta. Este distrito, que limita con Eleazar Guzmán Barrón y Musga, destaca por su clima templado y sus ocho caseríos. La gran mayoría de sus pobladores son campesinos quechua hablantes y semi analfabetos que, por herencia ancestral, practican el chacchado de la sagrada hoja de coca. Su economía familiar depende de la agricultura y la ganadería a pequeña escala, criando principalmente ovinos, vacunos, equinos, asnos, porcinos y aves de corral; en las zonas bajas predomina el cultivo de maíz, mientras que en las partes altas siembran cebada, trigo, papa, oca y olluco.

El resguardo del proceso electoral en todo el distrito dependía exclusivamente de una dotación de cuatro personas: tres efectivos del Ejército y un solo miembro de la Policía Nacional del Perú (PNP). Esta misión demandaba 72 horas continuas de servicio, sin márgenes para el descanso o el sueño. Durante las noches, el policía asumía la custodia directa de las ánforas junto al personal de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE). Por parte del Ejército, un soldado armado con su fusil FAL cubría la puerta principal del local de votación con relevos cada tres horas, mientras el segundo permanecía en la banca de retén, listo para actuar ante cualquier emergencia. Como comandante y encargado de la patrulla, asumí el rol de oficial de guardia permanente, supervisando al personal de tropa en vela durante toda la noche.

En aquellos años, las restricciones como la Ley Seca de 48 horas previas al sufragio eran ignoradas por la población; era habitual ver a ciudadanos consumiendo alcohol en cantinas y locales partidarios incluso el mismo día de los comicios. La alarmante escasez de personal de tropa en los batallones de combate —un problema crítico que se arrastraba desde el año 2000— hacía imposible controlar estos disturbios o efectuar detenciones. Este drástico déficit operativo dejaba a las pequeñas patrullas militares en una situación de extrema vulnerabilidad, expuestas al peligro constante de emboscadas subversivas, delincuencia común o desmanes provocados por las apasionadas pugnas políticas locales.

El botín municipal y la realidad electoral en el Perú profundo

Desde el 28 de julio del año 1990, se consolidó en el país un fenómeno donde grupos de personas —principalmente en las regiones andinas— se organizan bajo el amparo de los requisitos del Jurado Nacional de Elecciones (JNE). No obstante, detrás de la fachada de partidos políticos, operan con frecuencia pseudo organizaciones con lógicas delincuenciales cuyo objetivo primordial es capturar el sillón municipal para acceder a los fondos del Estado, concebidos como un auténtico botín. En aquellas provincias bendecidas por el canon minero que transfieren las grandes empresas transnacionales dedicadas a la minería a tajo abierto, la competencia es feroz: es habitual que se presenten más de veinte candidatos por jurisdicción. En estos escenarios, el uso sistemático de los denominados "electores golondrinos" define los resultados, desatando tras el escrutinio violentas disputas, quema de ánforas e incluso asesinatos.

La disparidad presupuestal y de ingresos entre las autoridades de la región Áncash refleja fielmente el impacto de estas rentas de la tierra:

  • Distrito de Llama (Mariscal Toribio de Luzuriaga): Al carecer de transferencias por canon minero, su alcalde percibe un sueldo mensual de S/ 2,500.00, disponiendo de un vehículo con chofer y seguridad. El municipio administra un presupuesto anual de dos millones ochocientos mil soles (S/ 2,800,000.00) destinados a obras públicas.
  • Distrito de Chavín de Huántar (Huari): Con una mayor extensión geográfica, caseríos y densidad electoral, el Estado asigna a su alcalde un sueldo mensual de S/ 5,000.00, sumado a camioneta, chofer y resguardo. Gracias al canon aportado por la Compañía Minera Antamina, el distrito maneja un presupuesto anual aproximado de sesenta millones de soles (S/ 60,000,000.00).
  • Distrito de San Marcos (Huari): Su alcalde percibe igualmente una remuneración mensual de S/ 5,000.00, movilidad oficial y escolta. Al ser el distrito más rico del Perú debido a que concentra el mayor volumen de transferencias del canon de Antamina, el presupuesto anual de la comuna escala hasta los doscientos cincuenta millones de soles (S/ 250,000,000.00).

Este caudal económico contrasta drásticamente con las condiciones socioeducativas de gran parte de la población rural, compuesta por ciudadanos semianalfabetos que periódicamente son conducidos a las urnas sin una real comprensión del sistema democrático formal. Para el electorado local, el concepto de democracia se materializa en las polladas y pachamancas que los postulantes organizan antes, durante y después de la jornada de sufragio. Tras consumir los banquetes y emitir su voto, los electores se concentran en las sedes de campaña para recibir licores y abundante hoja de coca en retribución a su lealtad; un ambiente de embriaguez generalizada que se torna altamente peligroso si los resultados oficiales son adversos, gatillando de inmediato asaltos a los centros de votación y destrucción de material electoral. Esta cruda realidad desmitifica el sistema político vigente en el Perú interior, reduciendo la práctica democrática al asistencialismo de un plato de pollada o al reparto de dádivas plásticas, un estilo de hacer política que en su momento personificó a nivel nacional el excongresista Kenji Gerardo Fujimori Higuchi.

El declive del Servicio Militar y la paradoja del poder municipal

El 29 de septiembre de 1999, el ingeniero Alberto Fujimori promulgó la Ley N° 27178 (Ley del Servicio Militar Voluntario), extinguiendo el Servicio Militar Obligatorio en las Fuerzas Armadas. Durante los sucesivos gobiernos de Valentín Paniagua, Alejandro Toledo, Alan García y Ollanta Humala, la clase política dirigió una sistemática hostilidad hacia el Ejército. Como una aparente represalia por los sucesos de la guerra contrasubversiva (1980-2000), las autoridades nacionales impulsaron la venta de diversos cuarteles y recortaron drásticamente las plazas de tropa. Esto redujo los batallones de combate de su capacidad operativa histórica de 600 hombres a menos de 70 efectivos. Desde el año 2000, las unidades militares a nivel nacional subsisten con apenas 50 a 70 reclutas del Servicio Militar Voluntario; personal que, aunque luce uniformes adecuados, carece de un entrenamiento riguroso debido al fracaso de este sistema. Esta realidad contrasta con el panorama previo al año 2000, cuando cada local de votación era custodiado por 21 soldados del Ejército óptimamente armados y entrenados, junto a un efectivo policial. En aquellos tiempos, la llegada de las patrullas infundía un profundo respeto entre los civiles de las zonas altoandinas, quienes reconocían en el soldado a una autoridad dispuesta a emplear las armas con determinación ante situaciones de peligro.

Por otro lado, durante su primer mandato (1990-1995), el presidente Alberto Fujimori institucionalizó la asignación de sueldos para todos los alcaldes del país, equipándolos además con vehículos nuevos, choferes y escoltas oficiales. Esta jerarquización de los cargos locales generó situaciones paradójicas dentro del estamento militar. En el año 2002, el suboficial del Ejército Macario Rojas Reyes fue dado de baja de la institución por deficiencia académica y por reprobar el examen de esfuerzo físico. Sin embargo, ese mismo año postuló a la alcaldía del distrito de Ranrahirca, en la provincia de Yungay, logrando ganar las elecciones. Para el año 2003, transformado en la máxima autoridad edil, el exsuboficial retornaba al cuartel a bordo de una moderna camioneta municipal, custodiado por su chofer y dos guardaespaldas, para coordinar de igual a igual con el comandante del batallón. En otras ocasiones, el alcalde acudía con su equipo de fulbito para disputar encuentros deportivos que incluían apuestas de cajas de cerveza y ceviche; invitando posteriormente al personal militar a Ranrahirca, donde él y su cuerpo de regidores asumían todos los gastos de agasajos que siempre culminaban con tradicionales pachamancas.

Las restricciones operativas y la advertencia electoral (Elecciones Municipales de 2006)

Entre los años 2000 y 2006, las instalaciones del Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 32, acantonado en el distrito de Caraz, provincia de Huaylas, recibieron en tres oportunidades la visita de delegaciones de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos (CNDDHH) y de la Defensoría del Pueblo. El último de estos encuentros se llevó a cabo apenas un mes antes de las elecciones municipales de noviembre de 2006. Durante la jornada, los representantes impartieron diversas charlas sobre el uso de la fuerza y el trato con la población civil, cuyas directrices, en la práctica, limitaban drásticamente el empleo del armamento reglamentario, incluso si la vida del personal militar se encontraba en inminente peligro. En aquella reunión, celebrada en el comedor de la tropa, una de las ponentes de Derechos Humanos fue categórica al señalar: «Señores, en caso de que los locales de votación sean atacados, no hagan uso de las armas; bajo ninguna circunstancia. En las peores situaciones, es preferible que entreguen sus fusiles antes de dispararlos; si alguien muere, ustedes irán presos».

Ante la advertencia, el personal militar de todos los grados permaneció en un tenso y absoluto silencio. Fue en ese instante cuando decidí intervenir para interpelar directamente a la representante: «Señora, si esa es la disposición, ordene inmediatamente que no llevemos los fusiles, porque de nada nos van a servir ante un peligro real y, sobre todo, frente a un asalto al local de votación». La respuesta de la expositora, lejos de matizar su postura, ratificó la advertencia: «Señores, están advertidos: no disparen. Si se produce alguna baja, serán denunciados y terminarán en prisión».

Paralelamente, durante las dos vueltas de las elecciones presidenciales de ese mismo año en el distrito de Llama, logré entablar amistad con algunos civiles, entre los cuales se encontraban varios profesores que planeaban postular a la alcaldía. En estas localidades de la sierra, las campañas políticas se caracterizan por una profunda polarización y hostilidad, donde los rivales se acusan mutuamente de corrupción y robo. En una de esas conversaciones, uno de los docentes me previno de manera confidencial: «Jefe, como amigo te aconsejo que ya no regreses para las elecciones municipales, porque aquí va a correr mucha sangre». Advertido por este panorama de violencia inminente, decidí no retornar a Llama para los comicios de noviembre. Al momento de organizarse las comisiones en el batallón, solicité formalmente mi rotación al Oficial de Operaciones (S-3). Mi requerimiento fue aprobado, siendo reasignado para resguardar el local de votación en el distrito de Piscobamba, la capital de la provincia de Mariscal Toribio de Luzuriaga.

La jornada violenta del 19 de noviembre de 2006 en Áncash

En el distrito de Llama, durante las elecciones municipales del 19 de noviembre de 2006, un cuestionado profesor se presentó a la reelección tras dos periodos consecutivos. Valiéndose del traslado sistemático de "electores golondrinos" contratados y movilizados desde Lima y Huaraz, el candidato se alzó con la victoria por tercera vez. La respuesta de la población no se hizo esperar: una turba enardecida de civiles de todas las edades, armada con piedras y palos, asaltó el centro de votación. Al único efectivo de la Policía Nacional que custodiaba desarmado la entrada principal, el grupo violentista lo capturó y lo arrojó por un acantilado. Acto seguido, más de quinientos hombres y mujeres irrumpieron en el local. Ante la inferioridad numérica, los tres miembros del Ejército se vieron obligados a romper el cerco y escapar por los cerros; una maniobra evasiva que evitó su linchamiento y el despojo de sus fusiles FAL y municiones. La muchedumbre procedió a quemar la totalidad de las ánforas, aunque respetó la integridad del personal de la ONPE. Si esta situación hubiese ocurrido antes de las restricciones operativas del año 2000, cuando el soldado estaba mental y físicamente instruido para abrir fuego en defensa de la misión, el desenlace habría cobrado un número indeterminado de vidas humanas.

La violencia de aquella noche alcanzó ribetes trágicos en el distrito de Chavín de Huántar, provincia de Huari. Hacia las 22:00 horas, amparados en la oscuridad del pueblo, una masa de aproximadamente tres mil pobladores provistos de rejones de metal, palos y piedras cercó y atacó las instalaciones del sufragio. Tras reducir la seguridad, destruyeron el material electoral por medio del fuego, secuestraron y asesinaron cruelmente a dos soldados del Servicio Militar Voluntario pertenecientes al Batallón de Infantería Motorizado "Juan Hoyle Palacios" N° 6 de Huaraz. A la mañana siguiente, los cuerpos sin vida de ambos reclutas fueron hallados al pie del cerro Shallapa; los perpetradores habían colocado de forma cínica los fusiles reglamentarios sobre los pechos de los fallecidos. Pese a la gravedad del crimen, las indagaciones policiales y judiciales no lograron identificar a los cabecillas, dejando el doble homicidio en la total impunidad, sin detenidos ni sentenciados.

Ese mismo domingo, a las 08:45 horas, el distrito de Huallanca, en la provincia de Huaylas, se convirtió en el tercer foco de insurgencia civil. Apenas iniciado el proceso de votación, un grupo organizado de trescientas personas atacó con palos y piedras el local escolar. La turba superó rápidamente a las autoridades: desarmaron al Técnico del Ejército Arturo Honores Jaramillo, despojándolo de su ametralladora UZI para luego amarrarlo a un poste en la vía pública, mientras que un mayor del Ejército y un efectivo policial fueron encerrados bajo candado dentro de un aula. Dada la proximidad geográfica con el distrito de Caraz, la comandancia reaccionó con celeridad y desplegó una fuerza de auxilio. El contingente de reserva de la guarnición del Batallón de Ingeniería N° 32 acudió al lugar junto a personal policial, logrando rescatar con vida a los tres efectivos capturados. Amparados en los vacíos del sistema democrático local, ninguno de los asaltantes fue procesado ni sancionado por el robo de armamento de guerra o el secuestro de las fuerzas del orden.

La violencia desatada en Fidel Olivas Escudero y Pachapaqui

La ola de insurgencia civil del 19 de noviembre de 2006 golpeó también con dureza al distrito de Fidel Olivas Escudero, otra de las ocho circunscripciones de la provincia de Mariscal Toribio de Luzuriaga. Al promediar las 21:45 horas, tras el cierre de las mesas de sufragio, una turba de aproximadamente trescientas personas instrumentalizó la oscuridad de la noche para asaltar el centro de votación con palos y piedras, reduciendo el recinto a cenizas junto con las ánforas electorales. En medio del caos y la nula visibilidad, el único efectivo policial asignado se dispersó en la geografía agreste, mientras que la patrulla del Ejército —perteneciente al Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado N° 32 de Caraz y compuesta por un suboficial y dos soldados de tropa— se vio forzada a replegarse a gran velocidad por las laderas de los cerros para sortear un linchamiento inminente.

Simultáneamente, en el distrito de Pachapaqui, provincia de Bolognesi, la jornada electoral derivó en un escenario idéntico. Una masa de cerca de quinientos pobladores enardecidos atacó el local de votación y destruyó el material electoral mediante el fuego. Ante la abrumadora disparidad numérica, el reducido contingente militar y policial presente debió abandonar la posición y emprender la huida hacia las alturas para salvaguardar sus vidas. Episodios de esta magnitud se replicaron en diversas regiones del país durante aquel año, configurando una problemática que se mantiene latente debido a las severas restricciones legales y doctrinarias que impiden al soldado emplear las armas que el Estado le confía para su legítima defensa y el cumplimiento de su misión constitucional.

El análisis institucional y la crisis del sistema político

El progresivo debilitamiento de las capacidades operativas de las Fuerzas Armadas responde a una línea de acción política que se trazó tras la culminación de la guerra contrasubversiva (1980-2000). Diversos análisis institucionales coinciden en que sucesivos gobiernos, en aparente represalia por los sucesos de dicho periodo, impulsaron reformas legislativas y presupuestarias orientadas a la drástica reducción del personal de tropa en los batallones de combate. Este proceso vino acompañado de campañas de opinión que erosionaron el prestigio militar, desnaturalizando progresivamente el rol tradicional de la institución y mermando su capacidad de respuesta ante disturbios internos de gran escala.

Esta realidad expone las profundas contradicciones de la estructura estatal peruana, donde la inestabilidad social, la desafección ciudadana y las redes de corrupción generalizada no se originan en el estamento militar, sino en los fueros civiles, judiciales, fiscales y de la alta clase política. La crisis de representatividad y el manejo de los recursos públicos como un botín corporativo han terminado por debilitar las bases democráticas del país, dejando desprotegidos e indefensos a los propios elementos del orden que arriesgan su vida en el cumplimiento del deber.