Memorias del suboficial "Diego": Ecos de Radio “HF” Alta Frecuencia en la Base Militar de Agua Blanca en el Frente Huallaga, San Martín. - Durante
el gobierno de Alberto Fujimori, entre el 28 de julio de 1990 y el 21 de
noviembre de 2000, el Perú afrontó una profunda crisis institucional y social
donde el narcotráfico logró permear diversas estructuras del Estado. En ese
complejo escenario, y ante el desborde de las acciones terroristas del Partido
Comunista del Perú - Sendero Luminoso que la Policía Nacional no lograba
contener por completo, el Ejército asumió el control político-militar y la
ofensiva contrasubversiva en todo el territorio nacional, concentrando su mayor
esfuerzo en el Frente Huallaga.
En medio de este conflicto
armado interno, las Fuerzas Armadas se vieron obligadas a priorizar el combate
directo a la subversión por encima de la lucha contra el tráfico ilícito de
drogas. El desabastecimiento en las bases militares de la región era extremo
debido a la precariedad económica del país: el personal de Tropa carecía de
colchones y frazadas, viéndose obligado a dormir directamente sobre el suelo,
mientras que la escasez de raciones y provisiones básicas era una constante
diaria. Esta alarmante falta de recursos institucionales forzó a la mayoría de
los jefes de las bases contrasubversivas a convivir de forma pragmática con los
narcotraficantes peruanos y colombianos de la zona. Estos elementos al margen
de la ley terminaron convirtiéndose en los proveedores informales de víveres,
combustible y apoyo económico necesarios para garantizar la subsistencia mínima
de las tropas.
Para proteger la vida de los
efectivos ante la constante infiltración subversiva en los pueblos, el Comando
implementó estrictas medidas de seguridad y compartimentación. Todos los
oficiales, técnicos y suboficiales operábamos bajo identidades civiles falsas,
respaldadas legalmente por Libretas Electorales ficticias. Como medida de
mimetización con el entorno, nos dejábamos crecer el cabello y la barba, y se
prohibió terminantemente el uso de galones, parches o insignias de grado en los
uniformes y gorras. De este modo, nadie entre la población civil podía
identificar visualmente el rango o la jerarquía militar de los efectivos. La
identificación interna en la base militar se manejaba exclusivamente mediante
pseudónimos o «chapas», una regla inquebrantable que se aplicaba tanto a los
altos mandos como al personal de tropa. Incluso la documentación oficial, los
radiogramas y los partes de patrulla se redactaban y firmaban utilizando
aquellos nombres y rúbricas completamente falsos.
Bajo este riguroso y
desgastante sistema de operaciones, el personal de cuadros (oficiales, técnicos
y suboficiales) era rotado de base en base cada tres meses para evitar el
desgaste psicológico y el reglaje del enemigo. Fue precisamente bajo estas circunstancias
tácticas que el 6 de junio de 1994 llegué destacado a la Base Contrasubversiva
N° 28, ubicada en el distrito de Agua Blanca, provincia de El Dorado, en el
departamento de San Martín. En esta base militar laboré durante cinco meses
consecutivos, hasta el 30 de octubre de 1994, camuflado bajo el anonimato de la
guerra y resistiendo en una de las zonas más convulsas de nuestra historia.
La Realidad del distrito de Agua Blanca y el Fin del Camarada "Alfonso”. - Al incorporarme a mi nuevo destino en la Base Contrasubversiva N° 28 del distrito de Agua Blanca, el mando militar de la guarnición estaba compuesto por un capitán que usaba el pseudónimo de «Manuel» como jefe de base, un alférez bajo el alias de «Zeus», el técnico «Lester» y un suboficial de inteligencia conocido como «Carlos». Junto a ellos operaba una fuerza de sesenta hombres que cumplían el Servicio Militar Obligatorio; el 99 % de ellos eran jóvenes nativos de la selva, de condición muy humilde, procedentes de diversos caseríos y distritos de la región San Martín.
En 1994, el distrito de Agua
Blanca, ubicado en la provincia de El Dorado, enfrentaba una situación de
extrema pobreza. La mayoría de sus pobladores eran pequeños agricultores y
ganaderos que subsistían al margen del progreso, sin acceso a servicios básicos
esenciales: no había agua potable, desagüe, energía eléctrica ni señal de
televisión. La precariedad también imperaba de forma alarmante en el sector
salud. La posta médica local carecía de medicamentos básicos, no tenía
ambulancia y tampoco contaba con un médico. Frente a esta escasez, el Estado
peruano solo estaba representado por una abnegada enfermera que laboraba con
recursos sumamente limitados.
Bajo este contexto de
vulnerabilidad social, en octubre de 1993, una columna subversiva de ciento
veinte combatientes del PCP Sendero Luminoso incursionó con violencia en el
distrito. El grupo ingresó bajo el mando de un médico traumatólogo de
profesión, conocido en la clandestinidad como el camarada "Alfonso",
quien procedió a saquear la posta médica para llevarse todos los fármacos e
insumos disponibles. Durante el asalto, el propio mando se identificó ante los
aterrorizados pobladores manifestando su especialidad profesional, confirmando
así los rumores locales de que la agrupación maoísta en esa zona era dirigida
por un doctor en medicina.
Tras recolectar el botín
sanitario, los subversivos abandonaron el pueblo con dirección a la mina de
sal. Sin embargo, cometiendo un grave error táctico antes de llegar a su
destino, se detuvieron en la parte baja de la zona. Allí sacrificaron dos cerdos
para preparar rancho mientras el grueso de la columna descansaba plácidamente.
Fue en esas circunstancias de total descuido cuando fueron sorprendidos por
patrullas del Ejército peruano. Tras un breve pero intenso enfrentamiento, el
camarada "Alfonso" y tres de sus combatientes resultaron muertos en
el acto, mientras que los sobrevivientes lograron escapar internándose en la
espesura del monte. Como respuesta inmediata a esta incursión y para frenar el
avance terrorista, el Comando del Ejército del Destacamento Leoncio Prado, con
sede en la ciudad de Tarapoto, ordenó la instalación permanente de la Base
Contrasubversiva en el empobrecido distrito.
Fútbol, Inteligencia y la
Tentación del Huallaga. -Durante mi permanencia en dicha
instalación militar, se acostumbraba que por las tardes el personal de oficiales,
suboficiales y la tropa jugáramos partidos de fútbol contra los equipos civiles
de la localidad, una estrategia vital para aliviar las tensiones de la guerra y
ganar la confianza de la población. En mi condición de futbolista de la base,
estas actividades deportivas me permitieron entablar amistad con varios jóvenes
locales. Uno de ellos era un individuo robusto y de tez blanca, conocido por
todos bajo el apelativo de "Vily", quien vivía a escasos metros de
nuestras instalaciones.
Con el tiempo y gracias al trabajo del suboficial «Carlos», supimos que este sujeto operaba en las sombras como coordinador y enlace clave con los narcotraficantes colombianos y peruanos que dominaban las pistas clandestinas de la región. Un día, al finalizar uno de los encuentros deportivos en la cancha del pueblo, "Vily" se me acercó sigilosamente. Con una media sonrisa y a modo de sugerencia, me soltó una frase directa: «Jefe, habrás venido con un costal, porque de aquí vas a salir con miles de dólares». Aquellas palabras quedaron grabadas a fuego en mi mente y, desde ese preciso momento, despertaron una profunda curiosidad y una inevitable zozobra en mi mundo interno, recordándome la delgada línea que separaba el deber militar de la inmensa riqueza ilícita que corría bajo los árboles del Huallaga.
La Prueba de Fuego: El Dilema
Ético y la Defensa del Honor. - El 10 de junio por la tarde,
el capitán «Manuel» ordenó una reunión de urgencia en su alojamiento. En
aquella habitación nos congregamos el alférez «Zeus», el técnico «Lester», el
suboficial de inteligencia «Carlos» y el suscrito. Con un tono que pretendía
ser pragmático, el capitán comenzó a hablarnos del miserable sueldo que nos
pagaba el Estado por arriesgar la vida en el frente de batalla, argumentando
que, ante tal abandono institucional, nos veíamos obligados a
"recursearnos" como fuera para poder solventar los gastos de nuestros
hogares y el futuro de nuestros hijos.
Tras ese palabreo
justificativo, nos reveló la verdadera razón de la convocatoria: una firma
colombiana de narcotráfico había solicitado el uso de una carretera cercana al
distrito de Santa Rosa para habilitarla como pista clandestina y sacar un vuelo
cargado de droga. El plan ya estaba en marcha; el técnico «Lester», al mando de
veinte hombres de tropa, saldría esa misma noche para brindarles seguridad
perimetral durante el despegue.
Por asegurar aquella operación
ilícita, los narcotraficantes habían pagado la suma de treinta mil dólares
americanos en efectivo. La repartición del botín se realizó bajo las
directrices verticales del capitán, quien sentenció: «Si pasa algo, yo seré
el único responsable de todo esto; a mí me sancionarán, a mí me enjuiciarán y a
mí me enviarán a la cárcel. Por lo tanto, yo me quedaré con quince mil dólares».
Para el alférez destinó cinco mil dólares; para el técnico «Lester», por ir al
terreno, otros cinco mil; para el suboficial «Carlos», la suma de mil dólares;
para el suscrito, otros mil dólares; y los tres mil dólares restantes se
asignaron teóricamente para el mejoramiento del rancho de la tropa.
Cuando finalizó la
distribución del dinero, la indignación superó cualquier temor a las
consecuencias. Pedí la palabra y confronté directamente al jefe de la base: «Mi
capitán, yo no estoy de acuerdo y me niego rotundamente a ser partícipe de este
acto delictivo. Todo el ofrecimiento que usted hace mancha mi honor y mi moral
de soldado». Acto seguido, rechacé el sobre que contenía los mil dólares y
me retiré de inmediato hacia la parte externa de la base militar. Mientras la
operación ilegal se consumaba en las sombras del monte, el día continuó su
curso aparente para mí, cumpliendo con las actividades habituales de seguridad
junto al personal de tropa de servicio, con la frente en alto, pero con la
certeza de haber cruzado una línea de no retorno frente a mis superiores.
Debido a las limitaciones logísticas de la base militar, que solo contaba con dos ambientes —uno para la cuadra de la tropa y otro para oficiales y suboficiales que ya se encontraba completamente abarrotado—, yo había optado por alquilar un cuarto externo en el pueblo. La habitación le pertenecía a la señora Elvira Pérez, quien me cobraba una renta de diez soles mensuales. La vivienda estaba ubicada en la calle principal, casi al lado de la iglesia del pueblo y a muy corta distancia de uno de nuestros puestos de vigilancia, donde un soldado permanecía de facción día y noche. Sabiendo que mis acciones del mediodía habían quebrado la confianza con el resto del mando, aquella jornada me mantuve alerta; recuerdo con precisión que, desde la mañana, solo ingresé a mi cuarto un par de veces por motivos estrictos de higiene bucal, prefiriendo permanecer el mayor tiempo posible en el área de la base, midiendo el silencio y las miradas de quienes ahora sabían que yo no formaba parte de su complot.
El dinero bajo la Almohada y Periodo de Bienestar Forzado. -Al caer la noche, después de cumplir con el ritual de pasar la lista de retreta, retorné sumido en profundos pensamientos a mi cuarto alquilado para intentar descansar. Mi alojamiento normalmente permanecía con la puerta simplemente junta, sin candado. Como era mi costumbre al ingresar a la pequeña y precaria habitación, encendí una vela para romper la oscuridad. Dejé mi fusil FAL y todo mi equipo de combate ordenados al pie del catre. Sin embargo, el destino me tenía preparada una sorpresa: al levantar la almohada para acostarme, hallé oculto debajo de la sábana el mismo sobre con los mil dólares americanos que horas antes había rechazado con vehemencia.
En ese instante de soledad,
contemplando los billetes a la luz de la vela, una fuerte encrucijada golpeó mi
mente y me pregunté: «¿Qué hago ahora con este dinero?». Decidí guardar
un absoluto silencio y no comentarle el hallazgo a alma viviente; hasta el día
de hoy, desconozco con certeza quién de los mandos o enlaces pudo haber violado
la seguridad de mi cuarto para dejarlo allí. Finalmente, la realidad del entorno
y la presión del momento me vencieron: decidí quedarme con el dinero y lo gasté
por completo semanas después, cuando salí en mi periodo de bienestar.
A pesar de aquel desenlace
silencioso, mi rechazo inicial y frontal al dinero ilícito durante la reunión
del mediodía provocó una ruptura irreversible con mis superiores. A partir de
esa jornada, el capitán y los oficiales comenzaron a considerarme una persona
no grata e indeseable para sus fines. Me miraban con recelo, desvío y total
desconfianza. Al haber quedado fuera de su círculo mafioso, buscaron de
inmediato una artimaña legal para sacarme temporalmente de la Base
Contrasubversiva y poder operar sin testigos incómodos.
Por aquellos días, el Puesto
de Comando del Batallón en Rioja envió un radiograma ordenando que el técnico
«Lester» saliera de bienestar por un lapso de quince días para viajar a la
ciudad de Lima a visitar a su familia. Sin embargo, en nuestra base militar
alteraron la disposición y emitieron una contraorden interna para obligarme a
salir a mí en su reemplazo, cubriendo el periodo del 15 al 29 de junio. El
capitán justificó la arbitrariedad con un pretexto logístico: «Diego, el
técnico Lester no está en condiciones de viajar por graves problemas
económicos. Tú irás en su lugar, ya que por tu condición de soltero te
encuentras económicamente mejor». Conociendo las reglas no escritas del
frente y para evitar un conflicto mayor en una base aislada, no reclamé y
acepté emprender el viaje de inmediato. Inicié el trayecto desde Tarapoto vía
aérea hacia Trujillo, continué en ómnibus hacia la ciudad de Huaraz y,
finalmente, arribé a Lima.
Las Casas Fachada y el Fulbito
de las Firmas. - Al finalizar mis quince días de bienestar,
retorné a la Base Contrasubversiva de Agua Blanca. Apenas pisé el pueblo, el
civil conocido como "Vily" se me acercó para ponerme al corriente de
lo ocurrido durante mi ausencia, confirmando mis sospechas sobre el motivo de
mi relevo forzado. Con total naturalidad, me informó que habían despachado dos
vuelos de gran tonelaje desde las pistas clandestinas, cobrando un total de
sesenta mil dólares americanos por la seguridad brindada. Específicamente, me
dijo con picardía: «Jefe, hemos sacado dos vuelos. Provecho, de seguro que
para ti también han guardado lo que te corresponde». A pesar de su
revelación, dentro de la base los días transcurrían con una tensa tranquilidad
y ninguno de los oficiales me mencionó una sola palabra sobre los vuelos de las
semanas pasadas; fiel a mi postura de supervivencia, decidí no indagar, no preguntar
ni reclamarle nada a nadie.
Durante esos mismos días de
retorno, constaté con indignación el nivel de impunidad que se había alcanzado
en la zona. El técnico «Lester», sumamente experimentado y curtido en este tipo
de transacciones oscuras con los narcotraficantes colombianos, se había
arriesgado a alquilar una vivienda civil ubicada justo al frente de la puerta
de nuestra base militar. En el exterior del inmueble colocó un letrero rústico
que decía: "Se compra algodón"; sin embargo, aquella
"casa fachada" funcionaba en la realidad como un concurrido centro de
acopio de pasta básica de cocaína para los pequeños narcotraficantes o
"traqueteros" que abundaban en el sector de El Dorado.
El descaro de la convivencia ilegal llegó a su punto cumbre el 30 de junio. Por la tarde, los integrantes de una firma colombiana de la droga llegaron a las inmediaciones de la base simulando ser un simple equipo de fulbito visitante. Se organizó y jugó un partido amistoso contra el personal militar en la cancha del pueblo y, al caer la noche, los financistas extranjeros organizaron una fastuosa fiesta en la localidad. Al evento asistieron numerosas mujeres traídas desde los distritos de Bellavista y Agua Blanca, y corrieron licores finos de todo tipo en medio de la música y la celebración. Fiel a mis principios irrenunciables, y plenamente consciente de quiénes eran los verdaderos organizadores del festejo, me mantuve al margen de la impunidad: no participé en el partido de fulbito ni me asomé a la celebración, permaneciendo de servicio en la base, vigilando la noche en la base militar del Huallaga mientras mis superiores brindaban con las firmas del narcotráfico.
El Sabotaje de la Radio Thomson HF/TRC 340 y el Calabozo Subterráneo. - El 2 de julio por la tarde, de manera sumamente sospechosa, el receptor transmisor de Alta Frecuencia HF/BLU Thomson TRC 340 dejó de funcionar por completo. Ante la gravedad de quedar incomunicados en zona de emergencia, el capitán «Manuel» me ordenó viajar con urgencia a la ciudad de Tarapoto para reparar el equipo en el taller de mantenimiento del cuartel "Mariscal Cáceres". En mi condición de especialista —como mecánico de comunicaciones y electrónica—, acaté la disposición de inmediato, sin dudas ni murmuraciones. Para cumplir con la comisión de servicio, me embarqué esa misma tarde en una camioneta de transporte público que cubría la ruta entre Agua Blanca y San José de Sisa, adonde arribé a las 18:30 horas. Al dirigirme al paradero de vehículos hacia la ciudad de Tarapoto, los transportistas me informaron con desdén que ya no había salidas hasta el día siguiente. Decidí entonces no perder el tiempo y recorrí las calles preguntando por algún taller local de reparación de radios y televisores; los lugareños me indicaron que había uno ubicado muy cerca de la Plaza de Armas.
Cargando el pesado aparato de
comunicaciones a la espalda, llegué al taller civil y le supliqué al dueño que
me prestara sus herramientas, desarmadores e instrumentos de medición,
especialmente el multímetro. El técnico, mostrando una gran empatía, me brindó
todo su apoyo. Inicié las labores de diagnóstico verificando la batería ALI
116, la cual se encontraba en perfecto estado de carga. Luego, abrí con cuidado
las tapas del módulo principal para revisar los fusibles y los circuitos
integrados, constatando que toda la arquitectura interna estaba intacta.
Finalmente, procedí a revisar los cables internos del combinado microtelefónico
COT 101 y descubrí el engaño: dos cables internos, justo debajo del mecanismo
del presstalk (pulsador de transmisión), habían sido cortados adrede con
una cuchilla. Reparé el desperfecto soldando los filamentos de inmediato y, una
vez operativo el aparato, emprendí el retorno hacia Agua Blanca a las 23:25
horas, frustrando el plan de quienes me querían lejos por varios días.
Llegué a la Base
Contrasubversiva a la 01:15 de la madrugada del 3 de julio. A mi sorpresivo
arribo, el personal de tropa de servicio me puso al corriente de los verdaderos
acontecimientos: aprovechando mi ausencia y el silencio de las comunicaciones,
el capitán «Manuel» y el técnico «Lester» habían interceptado y capturado a dos
narcotraficantes peruanos que transportaban doscientos kilos de cocaína
refinada, veinte mil dólares en efectivo y una camioneta casi nueva con lunas
polarizadas. El vehículo, una moderna camioneta de color blanco, permanecía
estacionado sospechosamente a un costado de la iglesia del pueblo, mientras que
los civiles detenidos habían sido confinados en el calabozo subterráneo de la base
militar.
En la parte posterior de la
base contábamos con un calabozo rústico construido bajo tierra. Era un foso
ciego de tres metros de profundidad, cuatro de largo y tres de ancho,
sólidamente techado con maderos gruesos y cubierto con capas de tierra y pasto
natural para mantenerlo camuflado de la vista exterior. El ingreso se realizaba
únicamente mediante una escalera removible y una pequeña compuerta de palos
amarrados confeccionada rústicamente por la tropa. Cuando los detenidos bajaban
al fondo, la escalera se retiraba, la puerta se cerraba y dos soldados armados
permanecían sentados sobre ella día y noche como centinelas. Aquella madrugada,
uno de los soldados que custodiaba la trinchera contigua a la iglesia me guio
hasta el perímetro del foso. Al levantar la pesada compuerta de palos, iluminé
la densa oscuridad del fondo con mi linterna de mano y divisé a los dos
narcotraficantes sentados sobre unos troncos en un rincón. Al ver el haz de
luz, levantaron la mirada de inmediato y, con tono desesperado, me suplicaron: «Jefe,
quédate con los veinte mil dólares, entréganos la merca y la camioneta, y
asunto arreglado». Fiel a mi moral y al juramento ante la bandera, no les
respondí una sola palabra; ordené enérgicamente a los centinelas cerrar la
compuerta y me retiré a descansar a mi cuarto alquilado, sintiendo sobre mis
hombros el peso de una base militar que se hundía en la ilegalidad.
La Caída del Mando: Codicia y Captura en la Base de Agua Blanca, Frente Huallaga. -El 3 de julio, a primeras horas de la mañana, me apersoné a la estación de comunicaciones con el propósito de instalar el receptor transmisor HF/BLU Thomson TRC 340 e iniciar el reporte de rutina con el Puesto de Comando en Rioja. Al verme ingresar, el capitán «Manuel» no pudo disimular su amargura; su plan para despistarme y mantenerme alejado de la base había fallado de forma contundente. Visiblemente incómodo, me cuestionó: «¿Y la radio?». Le respondí en el acto y sin titubear: «El aparato ya lo reparé en San Sisa, mi capitán. Todo el sistema está operativo».
A las 08:00 horas, el
suboficial de inteligencia, conocido bajo el seudónimo de «Carlos», se presentó
en la oficina de la base militar portando el informe de detención y las
declaraciones testimoniales de los civiles capturados la noche anterior. Ambos
detenidos habían manifestado bajo juramento que se les habían incautado
doscientos kilos de cocaína refinada, una camioneta blanca con lunas
polarizadas y veinte mil dólares en efectivo. Como era de esperarse, esta
documentación legal no fue del agrado del capitán «Manuel». Presencié cómo,
bajo el techo de la pequeña instalación, el capitán y el suboficial «Carlos» se
enfrascaron en una violenta discusión que por poco termina a los golpes.
De inmediato, el capitán
ordenó sacar a los detenidos del calabozo subterráneo y, con pistola en mano,
los encañonó y amenazó con dureza: «¡Carajo, yo en ningún momento he
incautado dinero en efectivo! Aquí solo se han decomisado veinte kilos de
droga. ¡Si continúan jodiendo con lo mismo, les vuelo la cabeza y punto!».
Ante la inminente amenaza de muerte, los narcotraficantes cedieron por completo
y cambiaron su versión de los hechos, firmando una nueva acta que estipulaba
únicamente el decomiso del vehículo y de los veinte kilos de mercancía, tal
como el jefe de la base lo exigía. A las 10:00 horas, se llevaron a los
detenidos a bordo de la misma camioneta blanca con rumbo a la ciudad de
Tarapoto, bajo el falso pretexto de que serían entregados a la Fiscalía de
Turno; todo aquello no fue más que una finta para camuflar el delito.
Antes de que emprendieran el
viaje, los oficiales realizaron la repartición del dinero incautado en estricto
privado, excluyéndome por completo de la reunión. Sin embargo, al igual que
ocurrió la primera vez, cuando llegué a mi cuarto alquilado por la noche, hallé
oculto debajo de mi almohada un fajo que contenía la suma de mil doscientos
dólares americanos. Hasta la fecha desconozco quién violó la seguridad de mi
habitación para colocar ese dinero allí; decidí quedármelo y lo gasté durante
mi siguiente bajada de bienestar. Irónicamente, yo era el único efectivo
asignado para salir con licencia de bienestar, ya que los demás integrantes de la
base se negaban terminantemente a abandonar la pequeña y fructífera guarnición para
no perder el rastro de los jugosos negocios sucios que mantenían con las firmas
de narcotraficantes peruanas y colombianas.
Para entonces, el capitán
«Manuel», el alférez «Zeus» y el técnico «Lester» ya habían realizado dos
cuantiosos depósitos en las agencias del Banco de Crédito del Perú (BCP) en la
ciudad de Tarapoto, enviando el dinero a nombre de sus familiares cercanos.
Aquello constituyó un grave error táctico; cegados por la ambición, no se
percataron de que el Servicio de Inteligencia ya les seguía los pasos muy de
cerca, un secreto a voces que incluso comentábamos en voz baja dentro de la
misma guarnición.
A mediados de septiembre, los
oficiales compraron dos cerdos de gran tamaño y ordenaron al personal de cocina
preparar abundante carne ahumada, asegurando ante la tropa que se trataba de un
obsequio especial para el general del COPERE (Comando de Personal del Ejército)
en el Cuartel General del Ejército en San Borja, Lima. También adquirieron
costosas botellas de licores afrodisíacos oriundos de la selva. Embalaron todo
cuidadosamente en varias cajas y planificaron que el técnico «Lester» viajara a
la capital para entregar en mano los presentes a tan alto mando militar. Sin
embargo, antes de la partida, decidieron cometer una última imprudencia: viajar
juntos a la ciudad de Tarapoto para realizar un tercer depósito de miles de
dólares en el BCP. En esta ocasión, la rutina y el exceso de confianza los
traicionaron por completo.
Los agentes de inteligencia
del Ejército ya los tenían plenamente identificados y los siguieron a cada
paso. Para colmo de males, los tres militares habían emprendido el viaje en
tono de paseo y relajo, acompañados por sus respectivas amantes, tres jóvenes
civiles oriundas del distrito de Agua Blanca. Al llegar a la ciudad de
Tarapoto, se alojaron en un hostal de lujo ubicado cerca de la Plaza de Armas
que cobraba la exorbitante suma de cien dólares por noche. Dejaron a las
mujeres en las habitaciones y se dirigieron confiados a la agencia bancaria.
Una vez allí, se apoderaron de las ventanillas de atención, lo que obligó a los
cajeros a demorarse más de veinte minutos contando minuciosamente los gruesos
fajos de billetes americanos. En ese preciso instante, agentes de la
Inspectoría del Destacamento Leoncio Prado, en coordinación con la Fiscalía de
Tarapoto, intervinieron sorpresivamente a los tres efectivos, conduciéndolos de
inmediato al cuartel general de la zona en calidad de detenidos.
En paralelo, otro grupo
operativo de la Inspectoría allanó las habitaciones del hostal de lujo. Las
mujeres, asustadas y desconociendo por completo lo que ocurría, presenciaron en
estado de shock cómo las autoridades incautaban todo tipo de evidencias y documentos
personales en los dormitorios. Esa misma noche, la amante del técnico «Lester»
logró evadir los controles, retornó bajo la clandestinidad al distrito de Agua
Blanca y me buscó de inmediato para informarme, entre lágrimas, sobre la
captura y caída de mis colegas. Las parejas del capitán y del alférez, por su
parte, permanecieron retenidas en Tarapoto para las investigaciones de ley.
Ante la repentina y vergonzosa caída de toda la cúpula de comando, me vi en la obligación de asumir formalmente el control total de la Base Contrasubversiva de Agua Blanca, teniendo a partir de ese momento como mi adjunto directo al suboficial de inteligencia «Carlos». La impunidad había terminado en la guarnición.
El Diario Confiscado: Intervención e Interrogatorio en Agua Blanca. - Al día siguiente de la detención del capitán «Manuel», el alférez «Zeus» y el técnico «Lester» en la ciudad de Tarapoto, asumí la responsabilidad de la Base Contrasubversiva por ser el efectivo de mayor antigüedad en el grado. Procedí a pasar la lista de Diana y efectué el reporte rutinario a través de la red de radio con el Puesto de Comando ubicado en Rioja. Una vez concluidas las obligaciones del servicio, a las 09:00 horas, me retiré a mi alojamiento externo. Me senté en mi rústica silla y comencé a revisarme la pantorrilla derecha, la cual se encontraba sumamente inflamada debido a los fuertes golpes recibidos durante los partidos de fútbol contra los civiles locales. Justo cuando me quitaba los borceguíes para frotarme la zona afectada, dos hombres vestidos de civil y fuertemente armados con subfusiles HK se apostaron de forma sorpresiva en la puerta de mi habitación.
Antes de que pudiera
reaccionar, me informaron que pertenecían a la Inspectoría del Fuerte
"Mariscal Cáceres" de Tarapoto. Uno de ellos, alzando la voz de
manera prepotente, me espetó: «Suboficial, no se mueva. A partir de este
momento queda usted detenido. Su jefe ya cayó en Tarapoto». En ese instante
crucial, mil pensamientos cruzaron por mi mente; debido a la vestimenta civil,
dudé si se trataba de una columna del PCP Sendero Luminoso o de sicarios del
narcotráfico. Sin embargo, mis sospechas se disiparon cuando el otro agente
gritó desde la entrada preguntando si ya habían capturado también al suboficial
«Carlos», al presidente del Comité de Autodefensa y al civil conocido como
"Vily". En ese momento comprendí que la intervención era oficial. Dos
agentes de inteligencia ingresaron a registrar minuciosamente cada rincón de mi
rústico cuarto: desarmaron mi fusil FAL, vaciaron los cartuchos de mis
cacerinas, voltearon el colchón y revisaron hoja por hoja mis libros de
literatura e historia, mis libretas de apuntes, mi maletín y mi morral de
campaña. Siempre me acompañaban obras literarias e históricas en las bases
militares; acostumbraba encender una vela por las noches para leer unas dos o
tres horas antes de dormir.
A mi retorno del segundo
periodo de bienestar había cobrado dos sueldos completos acumulados. En aquella
época, mi remuneración mensual ascendía a setecientos cincuenta soles, por lo
que en mi billetera hallaron un total de mil ochocientos nuevos soles. De
inmediato exhibí mis boletas de pago para justificar la procedencia del
efectivo; sin embargo, como la cantidad exacta no cuadraba, les expliqué que
obtenía ingresos extra tomando fotografías tanto a los civiles del distrito
como al personal de tropa. Como medio probatorio, sobre la mesa reposaban los
paquetes de fotografías listos para entregar y los recibos de revelado de los
estudios fotográficos de Tarapoto. A pesar de las evidencias, uno de los
oficiales apostados en la puerta se guardó mi billetera con todo el dinero en
su bolsillo durante las pesquisas. Di por perdido mi sueldo en ese mismo
instante, pues ni siquiera se tomaron la molestia de redactar un acta de
incautación, mientras el otro agente procedía a tomar mi manifestación respecto
al narcotráfico en la zona.
Durante mi permanencia en el
frente, yo llevaba un cuaderno de cien hojas que había convertido en mi diario
personal de campaña. En él anotaba meticulosamente cada acontecimiento de la
Base Contrasubversiva y las incidencias de las patrullas. Los agentes lo
confiscaron de inmediato y, al leerlo, quedaron estupefactos. Ese cuaderno
representó un verdadero trofeo de guerra para la Inspectoría de Tarapoto, ya
que contenía toda la información detallada con fechas y horas exactas sobre los
patrullajes de reconocimiento y emboscadas que ejecuté en los sectores de la
Mina de Sal, Regis, Saposoa, Fausa Lamista y Fausa Sapina.
Durante el duro
interrogatorio, intentaron quebrarme psicológicamente: «Usted ya sabe que su
jefe está capturado. Él ya declaró todo y nos ha dicho que usted también
recibió dinero del narcotráfico. Diga si ha recibido dinero ilícito durante su
permanencia en la base de Agua Blanca». Mi respuesta fue directa y sin
vacilaciones: «Todos los detalles del caso están en mi diario, anotados por
fechas y horas. Por las noches, en dos oportunidades y en fechas distintas,
encontré un sobre con dólares debajo de mi almohada. Desconozco quién dejó ese
dinero allí. La suma total ascendía a dos mil doscientos dólares americanos y
me los gasté durante mis viajes de bienestar a Trujillo, Huaraz y Lima. Viajé
con ese dinero porque me obligaron a salir en reemplazo de otros; yo fui el
sacrificado para cumplir las órdenes de salida en lugar del técnico Lester y
del suboficial Carlos».
Si hubiese sido astuto y sinvergüenza como ciertos políticos del país, lo habría negado todo, pues no existían pruebas físicas directas en mi contra; el capitán jamás me dio ese dinero en la mano debido a que conocía perfectamente mi rechazo a sus actos delictivos. Es de conocimiento público que muchos políticos se enriquecen con coimas y pactos oscuros con el erario nacional o el narcotráfico, siendo "aceitados" de forma constante, pero lo niegan todo al ser investigados. Yo opté por el camino de la verdad militar y les canté todo. Acto seguido, me formularon la siguiente pregunta clave: «¿Por qué no denunció al jefe de la base y a sus compañeros de labores sabiendo que estaban involucrados con narcotraficantes?». A lo que respondí con firmeza: «Según la ley y nuestros reglamentos militares vigentes, un suboficial no puede denunciar a un superior en zona de combate». Esas dos interrogantes marcaron el rumbo definitivo de la diligencia; las demás fueron meramente irrelevantes.
El Banquete de la Tropa y las
Redes de Impunidad. - En medio de la tensa diligencia, apareció
de forma imprevista en la puerta de mi alojamiento el coronel de caballería del
Ejército peruano Luis Sablich Garaicoa, popularmente conocido en el ámbito
castrense bajo el seudónimo de «Garoso», quien se desempeñaba como uno de los
inspectores principales del Destacamento Leoncio Prado de Tarapoto. Era un
hombre de vozarrón imponente y ademanes autoritarios que intentó intimidarme de
inmediato, alzando la voz y lanzándome todo tipo de gritos y veladas amenazas.
Pese a la tremenda presión psicológica, mantuve la calma y la postura militar
en todo momento, escuchando en absoluto silencio su violento interrogatorio. Al
finalizar el altercado, el coronel me notificó de forma tajante: «El
suboficial Carlos también está detenido y será conducido bajo custodia a la
Fiscalía de la ciudad de Tarapoto. Asimismo, los tres mandos detenidos en la
Inspectoría ya no regresarán a esta base; por ende, usted queda formalmente al
mando de la Base Militar hasta nueva orden».
En mi nueva e inesperada
condición de jefe interino de la Base Contrasubversiva, esa misma tarde reuní a
todo el personal de tropa del Servicio Militar Obligatorio (SMO) en el patio de
la guarnición para informarles formalmente sobre los acontecimientos. Acto
seguido, en un acto de estricta justicia logística ante el abandono del Estado,
ordené vaciar y sacar todas las pertenencias civiles y militares que los
oficiales arrestados habían dejado abandonadas en sus dormitorios:
calzoncillos, medias, polos, borceguíes y uniformes fueron repartidos
equitativamente entre los soldados nativos. Además, mandé abrir las cajas que
contenían los cargamentos de carne de cerdo ahumada que los antiguos jefes
guardaban celosamente; aquella tarde, la tropa y yo nos dimos un banquete
histórico con carne de excelente calidad que nos sirvió de valioso
abastecimiento durante ocho días consecutivos.
Con el paso del tiempo y el
análisis en el retiro, comprendí que el coronel Luis Sablich Garaicoa, en su
rol de inspector, utilizaba los gritos destemplados y la constante amenaza de
enviarnos al Penal de Lurigancho en Lima como una mera estrategia de extorsión
y reglaje. Presumo con certeza que su verdadero objetivo era
"recursearse" a gran escala con el dinero de los intervenidos; les
despojaba de todo el efectivo incautado a cambio de perdonarles la vida y
limpiar sus legajos. Esta sospecha se reforzaba al constatar que los oficiales,
técnicos y suboficiales implicados en las firmas de la droga siempre
recuperaban su libertad a los pocos días. Estoy convencido de que todo se
arreglaba bajo la mesa en las oficinas de la Inspectoría y la Fiscalía de Tarapoto;
de lo contrario, toda la corporación militar de la zona habría sido dada de
baja y encarcelada de inmediato. Sin embargo, nada de eso ocurrió.
Aproximadamente el setenta y
cinco por ciento del personal del Batallón Contrasubversivo N° 28 de Rioja se
encontraba secretamente denunciado o investigado ante la Inspectoría por sus
estrechos vínculos con los narcotraficantes colombianos y peruanos. Pese a la
gravedad de los cargos, una vez que finalizaron sus misiones en estas zonas de
emergencia, se replegaron sin mayores inconvenientes hacia sus nuevos destinos
en diferentes regiones militares del país, donde continuaron sus carreras con
total normalidad. Aunque nunca volví a cruzarme con ellos en el camino, colegas
de la institución me informaron años después que muchos ascendieron sin trabas
al grado inmediato superior. Se dice que, hacia el año 2020, los subtenientes
de aquella época ya ostentaban el grado de coronel, mientras que los capitanes
con los que laboré en el Huallaga alcanzaron los máximos grados de general de
brigada y general de división.
Por mi parte, la historia fue
radicalmente distinta y profundamente injusta. A pesar de haber actuado con la
verdad militar y haber mantenido mi distancia moral y ética de las mafias del
narcotráfico, a mí me castigaron administrativamente con una papeleta de
arresto de rigor de dos días. Paradójicamente, esa injusta sanción impuesta por
el sistema se convirtió en el argumento legal perfecto para truncar mis
ascensos, permaneciendo hasta el día de hoy como una mancha imborrable en mi
legajo principal en la Jefatura de Administración de Técnicos y Suboficiales
del Ejército (JATSOE) en el Cuartel General.
Las Aguas del Saposoa: El Último Patrullaje del Comando Marte y el Suboficial “Diego”. - Pasarraya es la capital del distrito de Alto Saposoa, ubicado en la provincia de Huallaga. Por las inmediaciones de esta hermosa y acogedora localidad serpentea el caudaloso río Saposoa, cuyas aguas lucen un característico color marrón, sobre todo durante las intensas épocas de lluvia. Hoy en día, el tiempo se ha encargado de fijar en mi memoria aquellos pasos que di por esas tierras orientadas al combate; fue precisamente durante la segunda semana del mes de octubre de 1994.
En el silencio absoluto de la
noche, siendo las 01:30 horas, los cuarenta y dos hombres que conformábamos la
patrulla contrasubversiva iniciamos el despliegue procedente del distrito de
Agua Blanca, en la provincia de El Dorado. Caminamos en paralelo por las
riberas del río Saposoa, avanzando río abajo con la consigna de hallar un
puerto natural que nos permitiera cruzar hacia el flanco sur del distrito. Tras
recorrer un largo tramo a través de una trocha cerrada y rodeada de gigantescos
árboles, localizamos finalmente un punto de acceso y una pequeña embarcación
artesanal, construida rústicamente con maderas de topa. En medio de la
oscuridad profunda del monte, el río soltaba unos murmullos amenazantes; nadie
en la fila sabía a ciencia cierta qué secretos guardaba la corriente en sus
profundidades. Para algunos, la sola idea de cruzar el torrente nadando en
plena noche y cargando el uniforme reglamentario representaba una delgada línea
entre la vida y la muerte.
De manera muy particular, yo
era plenamente consciente de mis limitaciones dentro del agua. Parado en
aquella orilla arcillosa, me invadió un profundo sentimiento de miedo que brotó
desde lo más hondo de mi alma; la distancia que se abría ante mis brazos era
inmensa, pues de orilla a orilla había más de sesenta metros de caudal
correntoso. Permanecí allí de pie, viviendo unos instantes de absoluto mutismo
mientras los minutos avanzaban sin tregua. Fue en ese momento de zozobra cuando
comprendí una gran verdad militar: el riesgo más grande en la vida es no
arriesgar nada. El soldado que no se atreve a desafiar el peligro, no logra
nada y no es nada en este mundo.
Hacia el lado sur del distrito
de Agua Blanca, en la provincia de El Dorado, se alza una cadena de montañas
que alberga una mina de sal, la cual es explotada por los pobladores locales
para su consumo diario. En esta cordillera selvática existen trochas muy
antiguas que también eran transitadas con frecuencia por las columnas armadas
del Partido Comunista del Perú - Sendero Luminoso. Por esta razón, las
patrullas del Ejército nos movilizábamos constantemente hacia dicho sector,
desafiando un terreno empinado, resbaloso y sumamente difícil de transitar, con
la finalidad de establecer emboscadas y cortar las líneas de abastecimiento
terroristas. Por aquellas trochas caminé en esa segunda semana de octubre de
1994, marcando el que sería mi último patrullaje operativo en la zona de
emergencia. En esta dura misión nos acompañaron cinco civiles del pueblo que
desempeñaban el rol de ronderos; hombres valientes que trasladaban a la espalda
los cajones de municiones de reserva, las granadas, las raciones de campaña y otros
pertrechos militares.
La patrulla estuvo bajo el comando directo del teniente del Ejército a quien todos conocíamos bajo el apelativo del loco «Marte». Graduado con honores como comando, era un excelente oficial, sumamente capacitado para la guerra asimétrica. En medio de la densa oscuridad y dando un ejemplo impecable de liderazgo, el teniente se lanzó sin dudarlo a la turbulenta y fría correntada del río Saposoa. Llevaba enganchado firmemente a la cintura uno de los extremos de una soga de nylon, cuyo propósito era asegurar y jalar desde la otra orilla la pequeña embarcación de madera de topa, la cual iba cargada al límite con nuestros fusiles FAL, las mochilas de combate, el lanzacohetes RPG, el pesado equipo de radio Thomson y el resto del material de guerra. El cruce había comenzado.
Después de la cena con la carne del ave paujil, todo el personal permaneció descansando en una tarde de temperatura agradable y soleado, por lo que decidimos pasar la noche en la cima de este cerro, llegado la noche, en este lugar tendimos ramas y lo cubrimos con plásticos, ahí nos acostamos tapados también con plásticos que nos servían como si fueran ponchos de jebe, en esa circunstancias, siendo las 01:00 horas, nos sorprendió una lluvia torrencial e imparable, era como un diluvio, nada nos protegía, en esos momentos todos nos pusimos de pie con el uniforme mojado, cinco minutos permanecimos acomodando las mochilas y cubriendo el cañón del fusil con bolsas de plástico para protegerlo del agua, luego decidimos bajar por esa trocha angosta al borde de inmensos y profundos acantilados, la oscuridad era total, nuestro destino fue el distrito de Pasarraya del Alto Saposoa. Siempre nos dicen que en las noches para no delatar de nuestra presencia no deberíamos prender nada de luces, pero durante esa marcha todos rompimos esas normas que muchas veces salen del escritorio de tácticos mediocres, si no es por las luces de la linterna de mano aquella madrugada muchos hubieran terminado en esos abismos de más de mil metros de profundidad, los restos de los caídos difícilmente lo hubieran rescatado. Tapamos nuestras espaldas, las mochilas y el armamento con plásticos y continuamos bajando con intervalos de hombre a hombre a una distancia de medio metro, en este tipo de patrullajes, el soldado siempre debe pensar en su fusil, pues sin ella no es nada; siempre protegiendo el fusil así como dice el instructor Gamboa en la película "Ciudad y los Perros" el arma nunca debe caer al suelo, es preferible romperse la cara antes que soltar el fusil, para el soldado el arma es tan importante como sus huevos, ¿usted cuida mucho sus huevos soldado?"; con las palabras del instructor Gamboa que alguna vez habíamos escuchado en la mencionada película, con las mismas frases casi al pie de la letra le inculcamos y advertimos a la tropa para el cuidado del armamento durante la marcha con el correaje del fusil bien asegurado y con el cañón hacia abajo para proteger de la intensa lluvia, en una trocha sinuoso y muy resbaladiza, donde también corría mucha agua, rodaban piedras, se nos presentaba también inmensos árboles caídos que sobre estos teníamos que pasar como si fueran obstáculos de pistas de combate, para estos tipos de desplazamiento no contamos con pochos de jede ni bolsón de primeros auxilios para cualquier accidente.
Siendo las 07:45 horas, llegamos al lado Este del distrito de Pasarraya, capital del distrito de Alto Saposoa. Las montañas circundantes de este hermoso valle amanecieron abrigados por una densa neblina que permaneció largo rato abrazado con la copa de los árboles, a los lejos también se sentía el rugir amenazante del caudaloso y turbulento río Saposoa que nos separaba con el distrito en mención. Ocupamos un hermoso lugar donde hallamos dos casas con techado de hojas de plátanos, el inmueble habría sido de presuntos narcotraficantes, quienes ante la proximidad de la patrulla del ejército escaparon dejando montón de hojas de coca que estaba en proceso de secado, tres sacos de arroz de buena calidad y 15 gallos de pelea en sus corrales, aquella maña esos animales nos sirvieron de sustento para saciar el hambre, todos los gallos terminaron en las ollas, desde este lugar los cinco ronderos retornaron al distrito de Agua Blanca, pues ya habían cumplido su misión.En
el inmueble de los presuntos narcotraficantes, descansamos todo el día para
recuperarnos del desgaste físico, como es obvio después de consumir el
suculento caldo de 15 gallos de pelea ya estábamos bien reconfortados. En la
noche todos permanecimos uniformados y puesto nuestros borceguíes en espera de
cualquier orden, en esas circunstancias siendo las 02:00 horas, apareció una
avioneta, sobrevoló casi en forma circular iluminando con luces potente a todo
el valle, ¿pero una avioneta porque hizo su presencia a esa hora?,
definitivamente era una avioneta de narcotraficantes; por ende, en plena
oscuridad formó todo el personal de la patrulla y nos desplazamos a paso largo
con destino al aeropuerto informal del Centro Poblado Mayor de Rejis del Alto
Saposoa, caminamos dentro de la trocha, cubierto de una densa vegetación y
llegamos al río Saposoa, como en horas de la madrugada del día anterior había
llovido por varias horas, el río aún estaba cargado y muy turbulento y se
desplazaba lentamente, hallamos un pequeño puerto donde en una de las orillas
encontramos una pequeña balsa hecho de maderas de topa, a esta pequeña
embarcación el teniente "Marte" le amarró una soga de 60 metros y en
plena oscuridad se lanzó al agua todo uniformado, nadó en la oscuridad para
trasladar la soga a la otra orilla, él ahí nos esperó, del otro lado ordenó a
todo el personal de Tropa pasar nadando, cinco en cinco los clases y soldados
pasaron nadando todos uniformados dentro de la oscuridad, en estos casos mis
respecto para la Tropa de la Selva, ellos son muy expertos en lo que respecta a
la natación en los ríos, todos uniformados nadaron más de 60 metros de
distancia, de orilla a orilla; mientras yo quedé en el mismo emplazamiento con
ocho hombres de Tropa, amarrando todos los fusiles sobre la pequeña embarcación
de madera de topa, bien amarrado, por ambos lados, mientras ellos amarraban los
fusiles, las mochilas de todo el personal, la ametralladora Mag, el
lanzacohetes RPG y el equipo de radio Thomson TRC 340; ahora el problema era
para mí, por mi cabeza reina mil problemas, en ese momento sentí mucho miedo,
entonces me vino a la memoria mis recuerdos de vivencias de juventud, pues en
esas épocas había nadado más de 100 metros de distancia en una represa profunda
por allá en la hacienda agrícola de Santa Rosa en Sayán, Huacho, al norte de la
ciudad de Lima, así mismo llegaba a mi memoria los nados que realizaba en el
río Pallar en Huamachuco, durante los años de Servicio Militar Obligatorio en
el año de 1978, donde nadaba juntamente con mis compañeros en esos remolinos
profundos, todo esos recuerdo de años llegaba en mi mente como acicate de
valor, pero habían pasado muchos años. En los cuarteles me habían entrenado en
unas piscinas de 25 metros de largo en ropa de baño, por ende el entrenamiento
básico del cuartel no me garantizaba para pasar este rió bajo intensa
oscuridad, en ese momento de desesperación hasta casi me orino de miedo, entre
mi dije ¿son más de 60 metros, son más de 60 metros?, en estas situaciones no
podía justificar el miedo delante del personal de Tropa, nunca había nadado
uniformado en horas de la noche y mucho menos en total oscuridad, en ese
momento pensé subirme sobre la topa cargado de armamentos, pero sentí vergüenza
delante de la Tropa, no sabía qué hacer. Para evitar cualquier percance, los
ocho hombres de Tropa se encargaron de la seguridad de la pequeña embarcación,
se colocaron cuatro en cada lado para sostenerlo, momentos que en voz alta el
oficial ordenó de la otra orilla para pasar y al mismo tiempo el grueso del
personal de tropa que ya estaba en la otra orilla a una sola voz comenzaron a
jalar todo el cargamento, en ese momento de desesperación me colgué detrás de
la pequeña embarcación, cogí una soga gruesa entre las crucetas de la madera topa
y no la solté para nada, de otro lado nos arrastraron, continuaron jalando con
mucha fuerza, cuando el cargamento y el personal llegó a la otra orilla el
teniente dijo (¿dónde está el suboficial, dónde está el suboficial?) pues no me
habían visto porque me demoré mucho en salir por la misma situación de la
oscuridad, estreches y el barro. Luego, todos con el uniforme mojado,
rápidamente cogimos nuestros armamentos y mochilas, nuevamente reinicie el
desplazamiento como hombre en punta, todo el camino se nos presentó barroso y
muy difícil para transitar, hemos realizado una marcha forzada hasta el
aeropuerto del Centro Poblado Mayor de Rejis, adonde llegamos en marcha
forzada, siendo las 06:40 horas, no hallamos ninguna evidencia de haber sacado
vuelo, fue una marcha agotadora por gusto.

















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