El costo del juramento con sangre.
- La
fría mañana del 5 de junio de 1977, un denso silencio envolvía las
instalaciones del Batallón de Ingeniería de Combate Motorizado «Huascarán» N°
112. Nos encontrábamos acantonados en el distrito de Caraz, en pleno corazón
del Callejón de Huaylas, bajo la estricta disciplina que caracterizaba a la
vida militar de la época. Aquel día, el capitán de ingeniería Raúl Hermosa
Ramírez, un oficial natural del Cusco cuya sola presencia imponía temor, se
desempeñaba como jefe de línea. La presión en el cuartel era palpable; faltaban
apenas dos días para el 7 de junio, fecha sagrada en la que se celebraría la
solemne ceremonia del Juramento de Fidelidad a la Bandera.
Los ensayos de orden cerrado
eran implacables. Marchábamos una y otra vez sobre la explanada, buscando la
perfección en cada paso. En medio de esa tensión, cometí una simple e
involuntaria equivocación en un movimiento a pie firme. La reacción del oficial
fue inmediata y desproporcionada. Enfurecido, perdiendo los papeles por
completo, me propinó una feroz patada con la punta de su borceguí justo debajo
de mi rodilla izquierda.
El impacto fue brutal. El
cuero rígido del calzado militar me abrió la piel de inmediato, dejando una
profunda herida lacerada que comenzó a sangrar profusamente. A pesar del dolor
agudo que me nubló la vista, la férrea disciplina me obligó a mantenerme firme
en las filas. No fue sino hasta horas más tarde, durante el ansiado periodo de
descanso, cuando logré retirarme el borceguí en la intimidad de la cuadra. Al
hacerlo, descubrí con horror que mi calcetín estaba completamente empapado de
sangre. Aun así, el miedo a las represalias me hizo guardar un silencio
sepulcral; tragué saliva y no emití una sola queja. En esas deplorables
condiciones físicas, y con la herida expuesta al roce continuo del uniforme,
tuve que continuar marchando hasta las 12 del día, bajo la radiación solar
abrasadora del mediodía ancashino.
Con el paso de los días, la
situación empeoró drásticamente. La zona afectada de mi pierna izquierda
comenzó a tornarse de un color morado oscuro y se hinchó de manera alarmante
debido a la infección. El dolor se volvió tan agudo e intolerable que me resultaba
casi imposible apoyar el pie para caminar. Sin embargo, los sargentos de
sección se mostraron implacables y desalmados; lejos de compadecerse, me
amenazaban constantemente con castigos peores para evitar a toda costa que
acudiera a la enfermería. Con un desdén que buscaba quebrar mi moral, me
espetaban:
—Soldado, si por una simple
herida ya pretendes visita médica, en una eventual guerra con Chile no
soportarás los rigores de la vida extrema.
La situación se volvió
insostenible. Una madrugada, sintiendo que la fiebre me consumía y que la
pierna ya no me respondía, decidí arriesgarlo todo. Le pedí permiso al soldado
que cubría el segundo turno de imaginaria, inventando una urgencia, y salí cojeando
de la cuadra con dirección a los servicios higiénicos. Una vez fuera,
aprovechando las sombras de la noche y el silencio del cuartel, me desvié
sigilosamente hacia la enfermería del batallón que estaba ubicado en las
inmediaciones del Centro de Comunicaciones del Batallón. Muy pensativo ingresé
arrastrando los pasos, esperando lo peor.
Al encender la luz y examinar
la gravedad de mi lesión, el suboficial enfermero de servicio se llevó las
manos a la cabeza. Su rostro reflejó una mezcla de asombro y profunda
indignación:
—¡Huevón! Estando con la
pierna podrida sales a correr diariamente veinte kilómetros hasta el distrito
de Pamparomas. ¡Carajo! ¿Por qué no habían pedido visita médica antes?
Aquel grito, mezcla de insulto
y salvación, marcó el fin de mi calvario en las líneas de instrucción. Desde
ese preciso instante, se me prohibió regresar a la cuadra de la Compañía de
Comando y Servicios. Quedé internado de urgencia en la sanidad. Fueron
necesarias tres largas semanas de aislamiento y la aplicación de decenas de
dosis de penicilina para que mi cuerpo lograra vencer la infección y comenzara
a recuperarme lentamente.
En aquella época de dictadura militar y tensiones geopolíticas, el maltrato físico y psicológico estaba normalizado en los cuarteles peruanos. Nadie se quejaba por esa clase de golpes; el silencio era un mecanismo de supervivencia. Los abusos eran el pan de cada día, y la situación se tornaba aún más feroz e implacable para aquellos soldados que eran etiquetados como indisciplinados. Mi cicatriz quedó como el verdadero y doloroso costo de aquel juramento que hasta el día de hoy me acompaña como si fuera una medalla o condecoración de mi paso por el ejército.
Sr Pineda espero que tenga un buen dia, le escribo para agradecerle por compartir estas experiencias, todo soldado tiene 1000 experiencias vividas por contar... que solo quienes las hemos vivido podemos comprender.
ResponderBorrarCada que puedo les comparto sus escritos a mis soldados para que puedan interesarse mas y quien sabe sentirse acompañados en esta hermosa aventura.