jueves, 28 de abril de 2016

LA HISTORIA DEL TORO "CHITO" CAMPAMENTO MILITAR COMPANÍA "A" 112 CASERÍO EL PALLAR HUAMACHUCO 1978

El Soldado “Chito” de Cuatro Patas de El Pallar Huamachuco 1978

La tarde del 22 de abril de 1978, el polvo del campamento militar en el caserío de El Pallar se mezcló con los mugidos y balidos que descendían de los camiones. Desde la Cooperativa SAIS Cochabamba, los proveedores habían hecho llegar el rancho vivo para el personal de Tropa Servicio Militar Obligatorio: una ternera de tres años y una imponente vaca de cinco. El oficial de rancho, meticuloso en su comisión, completó el inventario comprando diez ovejas, cinco chanchos, seis cabritos y varios sacos cargados de papas, camotes, choclos, ajíes y muchos condimentos en base a hiervas aromáticas.

Aquel despliegue de insumos tenía un propósito sagrado para el arma de ingeniería militar: la preparación de una pachamanca para ciento ochenta personas. El Mayor de Ingeniería don Walter Machiavelo Corcuera, jefe de la Compañía "A" de Ingeniería N° 112, había ordenado un almuerzo de camaradería donde confraternizarían militares, empleados civiles y las máximas autoridades del caserío de El Pallar y del distrito de Huamachuco.

Mientras los animales quedaban reunidos en el sector del Torreón N° 7 bajo la estricta vigilancia de la guardia, los especialistas iniciaron el rito de la patza manka o "olla de tierra". Un grupo comenzó a levantar doce hornos con piedras seleccionadas; rocas especiales capaces de resistir el fuego sin reventar. Al interior de los hornos, el fuego ardió con furia hasta que las piedras tornaron a un color blanquecino, la señal inequívoca de que estaban a punto. En paralelo, al dar las ocho de la mañana del día siguiente, los matarifes desollaron los animales y los especialistas embadurnaron las carnes con chincho, huacatay, comino y pimienta, dejándolas reposar en grandes depósitos para que el aderezo penetrara hasta el hueso.

Aquel 24 de abril, el campamento hizo un alto. No era un día cualquiera en la historia del Perú. Se conmemoraba el sacrificio del teniente coronel de Ingeniería Don Pedro Ruiz Gallo, aquel militar, sabio, inventor y precursor de la aeronáutica moderna que se inmoló en 1880. La tierra se abrió en un hoyo de un metro de profundidad; se colocaron las piedras ardientes como base escalonada y se enterraron las carnes junto a las papas, camotes y habas en vainas. Sellado el suelo con hojas verdes, mantas y tierra, el aroma ancestral de los Andes comenzó a brotar del subsuelo.

El Nacimiento en el Torreón

Sin embargo, entre los preparativos del banquete, la vida se había abierto paso con su propia ironía. A las tres de la madrugada del 23 de abril, bajo la sombra del Torreón N° 7, la vaca de cinco años, de pelaje rojo y cuernos largos, había entrado en labor de parto. Al amanecer, ante la sorpresa de la guardia, la madre lamiendo el pelaje de su cría mostraba aún la placenta colgada. El destino de la vaca estaba sellado por las órdenes de rancho, pero el de su becerro rojo apenas comenzaba.

El pequeño animal amaneció huérfano y la Tropa, con esa nobleza innata del soldado peruano, lo adoptó de inmediato. En el acto, fue bautizado como el soldado "Chito", en alusión al sobrenombre de un recluta a quien sus promocionales llamaban cariñosamente "Chito cabezón".

Desde ese instante, "Chito" olvidó que era un bovino. Se convirtió en el alma de la Compañía. Durante los primeros tres meses, los soldados le daban leche en biberones y por las noches dormía en la cuadra, estirado plácidamente sobre un colchón de paja al lado de las literas. El becerro asimiló la vida castrense con una disciplina pasmosa: participaba en las dos listas reglamentarias de Diana y Retreta, e incluso en las extraordinarias. Cuando el Oficial de Día ordenaba castigar a la tropa haciéndola rotar a toda velocidad por la parte posterior de la comandancia, el animal corría detrás de los soldados, considerándose, sin duda alguna, parte de la misma especie.

La Rebelión de “Chito” y la Paila

El problema comenzó cuando "Chito" creció y su paladar militar se refinó. El biberón ya no era suficiente; el ternero quería el rancho completo de la Tropa. Un mediodía, antes de que los racioneros pasaran por las pailas, el robusto animal rompió la formación, corrió a la ranchería y se aventó de cabeza dentro de la paila de la sopa.

Se desató el caos en la cocina. Los rancheros, desesperados, intentaron retirarlo mediante la fuerza; unos lo jalaban de la cola con todas sus fuerzas y otros le retorcían las orejas, pero el animal se plantó como un tanque. Nadie pudo moverlo. Cuando los soldados vieron que toda la sopa del día se había mezclado con las salivas de "Chito", simplemente soltaron las manos y se resignaron.

Tomando la sopa hasta el fondo y totalmente satisfecho, el animal levantó la cabeza chorreando caldo y comenzó a pasearse por las inmediaciones de la ranchería con la panza hinchada. Al verlo pasar, algunos soldados comentaban entre risas y lamentos:

—En esta oportunidad el soldado "Chito" dejó sin sopa a los racioneros. Si continúa así, un día nos dejará sin rancho a todos.

A partir de aquella fecha, para evitar motines y asegurar la alimentación de la tropa, los rancheros capitularon ante el insistente recluta de cuatro patas. Le acondicionaron una paila exclusiva para él, donde diariamente le servían su ración completa de sopa, arroz y guiso con carne. Alimentado con el rancho oficial del Ejército del Perú, el soldado "Chito" creció fuerte, robusto y profundamente feliz, marchando siempre al paso de la ingeniería militar en las alturas de El Pallar.

Al cumplir el primer año, la naturaleza reclamó su lugar en el cuerpo de "Chito". En la frente le brotaron dos brotes de hueso, afilados y duros: sus primeros cachos. Preocupado por la seguridad del personal, el jefe de la Compañía dictó una orden tajante: quedaba estrictamente prohibido el ingreso del animal a las cuadras durante las noches.

Pero "Chito" ya tenía rango de veterano en sus propios términos y se sentía con pleno derecho al colchón. Cuando la pesada puerta de madera se le cerraba en las narices, arremetía a cabezazos y empujones contra los tablones. En otras ocasiones, desataba una protesta de mugidos potentes que taladraban el silencio de la noche y perturbaban el descanso de la tropa. Ante el escándalo, el Sargento 1° Anco Mamani Leonidas, el reenganchado más antiguo y respetado de la compañía, zanjaba la disputa con la autoridad que le daban sus años de servicio. Miraba al soldado imaginaria de turno y le ordenaba en voz baja:

—Abre la puerta, soldado. Deja entrar a "Chito".

El toro ingresaba triunfante, acomodaba su peso en el colchón y el campamento volvía a conciliar el sueño.

El Destierro y los corrales del hacendado Francisco Pinillos Montoya

A los dieciocho meses, "Chito" ya no era un ternero; era un hercúleo ejemplar que desbordaba fuerza y poder. Su tamaño se volvió ingobernable para la rutina del cuartel, obligando al jefe de Compañía a disponer su traslado definitivo a los corrales de don Francisco Pinillos Montoya, un poderoso hacendado con extensas tierras entre los caseríos de El Pallar y Yanasara.

Una mañana, dos soldados le ataron una soga al cuello y, arrastrándolo contra su voluntad, lo cruzaron por la puerta de la guardia de prevención para depositarlo en el corral civil. Desde la parte exterior, la tropa se amontonó para mirar el acontecimiento. En cuanto "Chito" pisó el lodo, los otros animales de su especie se le acercaron en masa para olisquearlo. El impacto fue brutal para el engreído de la Compañía "A": él, que jamás había compartido un segundo con los suyos, se espantó por completo. Corrió a refugiarse en las esquinas, buscando con mirada desesperada a los hombres de uniforme, como si les implorara un rescate. Nadie abrió la reja. Ahí lo dejaron, solo, triste y asustado en un mundo que no comprendía. Para "Chito", su única familia eran esos hombres que corrían a su lado en las listas de la tarde.

Las horas transcurrieron en un silencio lúgubre para el animal, hasta que llegó el mediodía. En las inmediaciones de la guardia de prevención, el cornetero de servicio se llevó el instrumento a los labios y ejecutó el toque reglamentario para el rancho de la Tropa.

No pasaron ni cinco minutos. Un estruendo de cascos rompió la calma del camino. El torito pasó por la guardia a una velocidad de vértigo, dejando con la boca abierta a los centinelas que solo alcanzaron a gritar: ¡"Chito", "Chito", "Chito"!. El animal frenó en seco en el centro mismo del patio de armas, cuadrándose con la cabeza levantada en un gesto de altanería y absoluto poder. Luego, trotó con paso firme hacia el sector del rancho ante la mirada atónita de los cocineros. "Chito" se había memorizado cada toque de corneta como una orden sagrada. Aquel mediodía volvió a saborear su almuerzo en la paila de siempre: sopa caliente, arroz con guiso, refresco y sus plátanos.

Al día siguiente repitieron el traslado, y al mediodía siguiente se repitió la fuga. Lo llevaron a corrales más lejanos y aparentemente más seguros, pero nada funcionó. Para "Chito" la corneta del Ejército estaba por encima de cualquier cerca. En cuanto las notas de bronce flotaban en el aire de El Pallar, el toro se escapaba por arte de magia, cruzaba la prevención como un bólido y solo detenía su marcha en la ranchería, reclamando su ración reglamentaria.

El Último Toque de Diana

El toro "Chito" se hizo viejo en el campamento militar de Huamachuco. Creció fuerte, sano y poderoso junto a los soldados de la ingeniería militar peruana. Al cumplir los cinco años de edad, sus cuernos se habían desarrollado por completo y un imponente morrillo de carne y músculo le coronaba la nuca en su máxima expresión de madurez. Pero en la vida militar, todo ciclo llega a su fin, y el destino que un día se llevó a su madre en el Torreón N° 7 terminó por reclamarlo a él.

Llegó el 23 de abril de 1983. La Compañía "A" de Ingeniería N° 112 se alistaba para celebrar el día de su glorioso patrono, el teniente coronel Pedro Ruiz Gallo. El jefe de la Compañía dio la orden definitiva: el animal debía ser sacrificado para el almuerzo de camaradería del personal militar y empelados civiles.

Los mismos soldados que habían sido sus hermanos de carrera, los mismos que le habían abierto la puerta en las noches de guardia y compartido su paila de rancho, no le perdonaron la vida. Con la misma precisión implacable de la disciplina castrense, desollaron al coloso de cinco años. Aquella tarde, el aroma de la carne de "Chito" volvió a integrarse a los hornos de piedra del campamento, sirviendo como el banquete principal que unió una vez más a la tropa en su día jubilar. El soldado de cuatro patas que desafió a las cercas por seguir el toque de la corneta, entregó su último servicio a la ingeniería militar en los cielos altos de El Pallar.

domingo, 27 de marzo de 2016

COMPANÍA "A" INGENIERÍA N° 112 CASERÍO "EL PALLAR" HUAMACHUCO LA LIBERTAD PERÚ DICIEMBRE 1992

El 17 de diciembre de 1992, durante el primer gobierno del ingeniero Alberto Kenya Fujimori, una columna subversiva integrado por treinta (30) combatientes del Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso, en su mayoría conformado por campesinos adolescentes y jóvenes, comandados por dos personas mayores (mando militar y mando político) incursionan con mucho éxito en el caserío El Convento y atacaron mediante armas de fuego y dinamitas el pequeño campamento militar de construcción de carretera custodiado solamente por 5 hombres de Tropa SMO, todos sin armas. No hubo resistencia ni oposición del personal custodio, los subversivos incendiaron las cuadras y dinamitaron a las maquinarias pesada, volquetes, compresoras de aire y otros; gracias a Dios el personal de Tropa aprovechando la oscuridad habían logrado escapar por los acantilados hacia el monte y otros hacía el río. En las últimas semanas del mes de diciembre, circulaban los rumores de una incursión subversiva de gran magnitud hacía el mismo campamento militar El Pallar; por ende, solicitaron apoyo de una patrulla de combate al Batallón Contrasubversivo N° 323 de Huamachuco, a lo que acudí como apoyo con mi patrulla de 20 hombre de Tropa Servicio Militar Obligatorio. 


En el año de 1992 trabajó en este campamento militar, el teniente de ingeniería del Ejército peruano José Tamayo Flores, quien era un cholo fornido de tez trigueño, él se había iniciado en el Ejército como soldado (recluta) SMO, se había distinguió por su disciplina y voluntad de superación, así había obtenido sus ascensos al grado de cabo y sargento segundo, finalizando su servicio militar obligatorio se había reenganchó con el grado de sargento 1°, pasaron los años se le presentó la oportunidad y postuló a la Escuela Militar de Chorrillos, convirtiéndose en cadete de ingeniería, quien después de 4 años de estudios egresó como subteniente del arma de Ingeniería. El mencionado oficial subalterno durante el año 1992 fue el segundo jefe en este campamento militar.

En la tarde nublado del 24 de diciembre de 1992, salí al pueblo para comer un rico ceviche de trucha, en el restaurante “Sabor Serrano” de la señora Marisol Rojas, que se encontraba ubicado en las inmediaciones de la plaza de armas del distrito de Huamachuco. Cuando me encontraba en lo más agradable del festín, se me presentó el soldado SMO Ambrosio Ocas Raico, perteneciente a la Companía Comando y Servicios, quién me dijo: "Mi suboficial el Comandante le espera urgente para que salga de patrulla"; por ende, en el acto retorné al cuartel, a paso largo me desplacé por la avenida 10 de julio, al ingreasr al cuartel desde el sector de la guardia de prevención miré al señor comandante reunido con un grupo de oficiales y personal de tropa en el medio del patio de armas del batallón, me habían esperado para equipar a una patrulla de combate de 20 hombres para desplazarme en un vehículo Unimog con destino al caserío El Pallar. Recibido la orden, inmediatamente organicé la patrulla, y siendo las 13:30 horas inicié el desplazamiento. El recorrido de 35 kilómetros en una carretera de alto riesgo a marcha lento lo hicimos en 3 horas. Pasamos por la laguna Sausacocha al Éste de la ciudad, los caseríos Yanac y Olichoco donde el vehículo se malogró, en este lugar permanecimos una hora y media reparando el viejo Unimog, luego se nos presentó el siempre temido bajada de Potrerillo en el sector de l caserío de Anamuelle, zona muy peligroso sobre todo en las épocas de lluvia, pues en las curvas cerradas constantemente había desprendimiento de piedras y tierra. En la época de invierno desde las partes altas se aprecia un bello paisaje de manto verde en los valles del caserío de  Yanasara y El Pallar y es de inolvidable significado para quienes hemos transitado por estos hermosos lugares. Unir la capital de la provincia de Sánchez Carrión con el caserío de El Pallar y Yanasara, significa descender desde los 3200 m.s.n.m en que se ubica Huamachuco a los 2200 m.s.n.m en que se encuentran los caseríos de Yanasara, El Pallar y Cochabamba.

En los meses del año de 1992, los combatientes del Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso, extendió su accionar armado, político y de propaganda, en la jurisdicción de la provincia de José Faustino Sánchez Carrión, La Libertad, sobre todo comenzó aplicar asesinatos selectivos contra los alcaldes y gobernadores. Por este motivo, después de 12 años al mando de una patrulla contrasubversivo retorné al Campamento Militar de la Companía "A" Ingeniería N° 112 acantonado en el hermoso caserío de El Pallar. Retorné al mando de una patrulla de combate de 20 hombres, como apoyo. Llegando a la guardia el conductor estacionó el viejo vehículo Unimog que trasladó a la patrulla "Huascaran" conformado en su totalidad por personal de Tropa SMO, armados con los fusiles FAL, granadas de fusil y granadas de mano tipo piña, como es normal el oficial de guardia registró la hora de nuestra llegada, el motivo, y otros detalles; mientras duraba los protocolos para ingresar, recordando los años de 1978 aproveché para mirar todo el sector de la guardia, es ahí que desde la cabina del vehículo reconocí al señor Alejandro Salas conocido por todos como el viejo “chapato”, eterno almacenero de herramientas del Ministerio de Trasportes y Comunicaciones, quien se encontraba en las inmediaciones del sector donde se encontraba el grupo electrógeno, en ese momento viendo al mencionado empleado civil me sentí muy feliz y comencé a recordar mis vivencias en este campamento cuando permanecí como Tropa SMO en el año 1978. Traspasando la tranquera, inmediatamente bajé del vehículo y me acerqué donde el señor Salas y le di la mano, a quien le dije: Maestro Salas que gusto verlo, luego nos abrazamos afectuosamente, mientras el personal de mi patrulla pasó hacia el patio de armas del campamento militar, el viejo "chapato" casi no se acordaba de mi, pero cuando le hice recordar del comando del año 1978 del mayor de Ingeniería don Walter Machiavelo Corcuera, capitán Flores Saucedo, Subteniente Gustavo Espinoza, en instantes los ojos oscuros del viejo comenzaron a brillar como si hubiera lagrimas en ellos, como es normal este reencuentro origina una amena conversación por lapso de algunos minutos. En esas circunstancias también, caminado lentamente llegó a la guardia de prevención un niño de tez trigueño con una gorrita en la cabeza, de cuatro años y medio de edad aproximadamente, quien se paró delante de los soldados de la guardia e hinchó su pequeño pecho, dio un grito fuerte que decía ¡papa, dice mi mamá que vengas a almorzar!, el aviso era para el teniente Tamayo que también se encontraba cerca a la guardia, el oficial lisuriento no tardó ni segundos en contestar, algo ofuscado grito fuerte, diciendo, carajo "cuantas veces te voy a decir que yo no soy tu papá, concha de tu madre" al escucharlo el niño se puso muy triste y casi llora, en ese momento el viejo "chapato" también en voz alta, dijo: Teniente Tamayo "padre no es el que engendra, sino el que cría" quien también recibió una respuesta inmediata con lisuras que decía "cállate la boca chapato concha de tu madre y no me jodas". Este niño era hijo de un policía coimero que había muerto en el distrito de Huacrachuco, asesinado por los combatientes del Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso (PCP-SL), quien dejó una viuda de 20 años, una linda chola huamachuquina, que muchos Oficiales, Técnicos y Suboficiales trataban de enamorarla, pero un día misteriosamente ella se desapareció del mundo nocturno de distrito de Huamachuco, pues el teniente Tamayo se lo había llevado al caserío El Pallar y la tenía como su conviviente.

La noche del 24 de diciembre de 1992, fue una noche inolvidable para el personal de la patrulla "Huascarán" destacado al caserío El Pallar. En el mundo civil en esta noche por tradición y costumbre muchas familias se reúnen, muchos brindaban con sus familiares, muchos se abrazaban con sus amistades, mientras el personal de la patrulla "Huascaran" bajo mi comando permaneció en alerta constante dentro de las instalaciones del campamento militar El Pallar. Siendo las 12 de la noche, en una mesa muy austero hubo una pequeña cena navideña, nos reunimos con el teniente José Tamayo, su conviviente y el personal de Tropa, la reunión fue muy breve, luego todo el personal de la patrulla se retiró a las cuadras, donde permanecieron en espera de ordenes. El 25 de diciembre, siendo las 03:00 horas, la patrulla "Huascarán" bajo mi comando se encontraba formado en el medio del patio de armas del campamento militar, en esos momentos la oscuridad era total, a esas horas también como de costumbre los gallos sacuden sus alas y dan sus primeros cantos; así, cubierto por la oscuridad, silenciosamente salimos del campamento e iniciamos el desplazamiento con destino al caserío El Convento. A paso de camino nos desplazamos lentamente tomando todas las medidas de seguridad del caso, pasando por el lugar donde había muerto el cabo EP SMO Ernesto Cabrera en el año 1978, me acorde de él y me persigné dando señales de cruz, se continuo con la marcha con la Tropa encolumnado y casi al amanecer llegamos al mencionado caserío. Este caserío esta ubicado en un lugar muy encajonado, ambos cerros están solamente a trescientos metros de distancia, por ende con mucha cautela hicimos las pesquisas del caso, todo era un silencio, los campesinos habían escapado a las partes altas, no hubo capturas. En este caserío permanecimos durante tres días levantando un inventario de algunos materiales existentes, pero todo era inservible, no hubo ataque, no hubo hostigamiento sin embargo permanecimos en alerta constante día y noche, teniendo en cuenta que por la parte alta el suboficial Cusma Gálvez había incursionado al mando de una patrulla. 

El día 28 en la madrugada, siendo las 03:00 horas iniciamos el repliegue a pie con destino al caserío de El Pallar, a donde llegamos siendo las 06:00 horas, todos sin novedad. El mismo día siendo las 13:00 horas, la patrulla a mi mando retornó al distrito de Huamachuco, así finalizó mi patrullaje en las zonas de El Pallar, lugar que a la fecha le guardo un especial cariño en un rincón de mi corazón.

martes, 1 de marzo de 2016

LA HISTORIA DE LA BASE CONTRASUBVERSIVO N° 28 DISTRITO DE AGUA BLANCA PROVINCIA DE "EL DORADO" 1994

Memorias del suboficial "Diego": Ecos de Radio “HF” Alta Frecuencia en la Base Militar de Agua Blanca en el Frente Huallaga, San Martín. - Durante el gobierno de Alberto Fujimori, entre el 28 de julio de 1990 y el 21 de noviembre de 2000, el Perú afrontó una profunda crisis institucional y social donde el narcotráfico logró permear diversas estructuras del Estado. En ese complejo escenario, y ante el desborde de las acciones terroristas del Partido Comunista del Perú - Sendero Luminoso que la Policía Nacional no lograba contener por completo, el Ejército asumió el control político-militar y la ofensiva contrasubversiva en todo el territorio nacional, concentrando su mayor esfuerzo en el Frente Huallaga.

En medio de este conflicto armado interno, las Fuerzas Armadas se vieron obligadas a priorizar el combate directo a la subversión por encima de la lucha contra el tráfico ilícito de drogas. El desabastecimiento en las bases militares de la región era extremo debido a la precariedad económica del país: el personal de Tropa carecía de colchones y frazadas, viéndose obligado a dormir directamente sobre el suelo, mientras que la escasez de raciones y provisiones básicas era una constante diaria. Esta alarmante falta de recursos institucionales forzó a la mayoría de los jefes de las bases contrasubversivas a convivir de forma pragmática con los narcotraficantes peruanos y colombianos de la zona. Estos elementos al margen de la ley terminaron convirtiéndose en los proveedores informales de víveres, combustible y apoyo económico necesarios para garantizar la subsistencia mínima de las tropas.

Para proteger la vida de los efectivos ante la constante infiltración subversiva en los pueblos, el Comando implementó estrictas medidas de seguridad y compartimentación. Todos los oficiales, técnicos y suboficiales operábamos bajo identidades civiles falsas, respaldadas legalmente por Libretas Electorales ficticias. Como medida de mimetización con el entorno, nos dejábamos crecer el cabello y la barba, y se prohibió terminantemente el uso de galones, parches o insignias de grado en los uniformes y gorras. De este modo, nadie entre la población civil podía identificar visualmente el rango o la jerarquía militar de los efectivos. La identificación interna en la base militar se manejaba exclusivamente mediante pseudónimos o «chapas», una regla inquebrantable que se aplicaba tanto a los altos mandos como al personal de tropa. Incluso la documentación oficial, los radiogramas y los partes de patrulla se redactaban y firmaban utilizando aquellos nombres y rúbricas completamente falsos.

Bajo este riguroso y desgastante sistema de operaciones, el personal de cuadros (oficiales, técnicos y suboficiales) era rotado de base en base cada tres meses para evitar el desgaste psicológico y el reglaje del enemigo. Fue precisamente bajo estas circunstancias tácticas que el 6 de junio de 1994 llegué destacado a la Base Contrasubversiva N° 28, ubicada en el distrito de Agua Blanca, provincia de El Dorado, en el departamento de San Martín. En esta base militar laboré durante cinco meses consecutivos, hasta el 30 de octubre de 1994, camuflado bajo el anonimato de la guerra y resistiendo en una de las zonas más convulsas de nuestra historia.

La Realidad del distrito de Agua Blanca y el Fin del Camarada "Alfonso”. - Al incorporarme a mi nuevo destino en la Base Contrasubversiva N° 28 del distrito de Agua Blanca, el mando militar de la guarnición estaba compuesto por un capitán que usaba el pseudónimo de «Manuel» como jefe de base, un alférez bajo el alias de «Zeus», el técnico «Lester» y un suboficial de inteligencia conocido como «Carlos». Junto a ellos operaba una fuerza de sesenta hombres que cumplían el Servicio Militar Obligatorio; el 99 % de ellos eran jóvenes nativos de la selva, de condición muy humilde, procedentes de diversos caseríos y distritos de la región San Martín.

En 1994, el distrito de Agua Blanca, ubicado en la provincia de El Dorado, enfrentaba una situación de extrema pobreza. La mayoría de sus pobladores eran pequeños agricultores y ganaderos que subsistían al margen del progreso, sin acceso a servicios básicos esenciales: no había agua potable, desagüe, energía eléctrica ni señal de televisión. La precariedad también imperaba de forma alarmante en el sector salud. La posta médica local carecía de medicamentos básicos, no tenía ambulancia y tampoco contaba con un médico. Frente a esta escasez, el Estado peruano solo estaba representado por una abnegada enfermera que laboraba con recursos sumamente limitados.

Bajo este contexto de vulnerabilidad social, en octubre de 1993, una columna subversiva de ciento veinte combatientes del PCP Sendero Luminoso incursionó con violencia en el distrito. El grupo ingresó bajo el mando de un médico traumatólogo de profesión, conocido en la clandestinidad como el camarada "Alfonso", quien procedió a saquear la posta médica para llevarse todos los fármacos e insumos disponibles. Durante el asalto, el propio mando se identificó ante los aterrorizados pobladores manifestando su especialidad profesional, confirmando así los rumores locales de que la agrupación maoísta en esa zona era dirigida por un doctor en medicina.

Tras recolectar el botín sanitario, los subversivos abandonaron el pueblo con dirección a la mina de sal. Sin embargo, cometiendo un grave error táctico antes de llegar a su destino, se detuvieron en la parte baja de la zona. Allí sacrificaron dos cerdos para preparar rancho mientras el grueso de la columna descansaba plácidamente. Fue en esas circunstancias de total descuido cuando fueron sorprendidos por patrullas del Ejército peruano. Tras un breve pero intenso enfrentamiento, el camarada "Alfonso" y tres de sus combatientes resultaron muertos en el acto, mientras que los sobrevivientes lograron escapar internándose en la espesura del monte. Como respuesta inmediata a esta incursión y para frenar el avance terrorista, el Comando del Ejército del Destacamento Leoncio Prado, con sede en la ciudad de Tarapoto, ordenó la instalación permanente de la Base Contrasubversiva en el empobrecido distrito.

Fútbol, Inteligencia y la Tentación del Huallaga. -Durante mi permanencia en dicha instalación militar, se acostumbraba que por las tardes el personal de oficiales, suboficiales y la tropa jugáramos partidos de fútbol contra los equipos civiles de la localidad, una estrategia vital para aliviar las tensiones de la guerra y ganar la confianza de la población. En mi condición de futbolista de la base, estas actividades deportivas me permitieron entablar amistad con varios jóvenes locales. Uno de ellos era un individuo robusto y de tez blanca, conocido por todos bajo el apelativo de "Vily", quien vivía a escasos metros de nuestras instalaciones.

Con el tiempo y gracias al trabajo del suboficial «Carlos», supimos que este sujeto operaba en las sombras como coordinador y enlace clave con los narcotraficantes colombianos y peruanos que dominaban las pistas clandestinas de la región. Un día, al finalizar uno de los encuentros deportivos en la cancha del pueblo, "Vily" se me acercó sigilosamente. Con una media sonrisa y a modo de sugerencia, me soltó una frase directa: «Jefe, habrás venido con un costal, porque de aquí vas a salir con miles de dólares». Aquellas palabras quedaron grabadas a fuego en mi mente y, desde ese preciso momento, despertaron una profunda curiosidad y una inevitable zozobra en mi mundo interno, recordándome la delgada línea que separaba el deber militar de la inmensa riqueza ilícita que corría bajo los árboles del Huallaga.

La Prueba de Fuego: El Dilema Ético y la Defensa del Honor. - El 10 de junio por la tarde, el capitán «Manuel» ordenó una reunión de urgencia en su alojamiento. En aquella habitación nos congregamos el alférez «Zeus», el técnico «Lester», el suboficial de inteligencia «Carlos» y el suscrito. Con un tono que pretendía ser pragmático, el capitán comenzó a hablarnos del miserable sueldo que nos pagaba el Estado por arriesgar la vida en el frente de batalla, argumentando que, ante tal abandono institucional, nos veíamos obligados a "recursearnos" como fuera para poder solventar los gastos de nuestros hogares y el futuro de nuestros hijos.

Tras ese palabreo justificativo, nos reveló la verdadera razón de la convocatoria: una firma colombiana de narcotráfico había solicitado el uso de una carretera cercana al distrito de Santa Rosa para habilitarla como pista clandestina y sacar un vuelo cargado de droga. El plan ya estaba en marcha; el técnico «Lester», al mando de veinte hombres de tropa, saldría esa misma noche para brindarles seguridad perimetral durante el despegue.

Por asegurar aquella operación ilícita, los narcotraficantes habían pagado la suma de treinta mil dólares americanos en efectivo. La repartición del botín se realizó bajo las directrices verticales del capitán, quien sentenció: «Si pasa algo, yo seré el único responsable de todo esto; a mí me sancionarán, a mí me enjuiciarán y a mí me enviarán a la cárcel. Por lo tanto, yo me quedaré con quince mil dólares». Para el alférez destinó cinco mil dólares; para el técnico «Lester», por ir al terreno, otros cinco mil; para el suboficial «Carlos», la suma de mil dólares; para el suscrito, otros mil dólares; y los tres mil dólares restantes se asignaron teóricamente para el mejoramiento del rancho de la tropa.

Cuando finalizó la distribución del dinero, la indignación superó cualquier temor a las consecuencias. Pedí la palabra y confronté directamente al jefe de la base: «Mi capitán, yo no estoy de acuerdo y me niego rotundamente a ser partícipe de este acto delictivo. Todo el ofrecimiento que usted hace mancha mi honor y mi moral de soldado». Acto seguido, rechacé el sobre que contenía los mil dólares y me retiré de inmediato hacia la parte externa de la base militar. Mientras la operación ilegal se consumaba en las sombras del monte, el día continuó su curso aparente para mí, cumpliendo con las actividades habituales de seguridad junto al personal de tropa de servicio, con la frente en alto, pero con la certeza de haber cruzado una línea de no retorno frente a mis superiores.

Debido a las limitaciones logísticas de la base militar, que solo contaba con dos ambientes —uno para la cuadra de la tropa y otro para oficiales y suboficiales que ya se encontraba completamente abarrotado—, yo había optado por alquilar un cuarto externo en el pueblo. La habitación le pertenecía a la señora Elvira Pérez, quien me cobraba una renta de diez soles mensuales. La vivienda estaba ubicada en la calle principal, casi al lado de la iglesia del pueblo y a muy corta distancia de uno de nuestros puestos de vigilancia, donde un soldado permanecía de facción día y noche. Sabiendo que mis acciones del mediodía habían quebrado la confianza con el resto del mando, aquella jornada me mantuve alerta; recuerdo con precisión que, desde la mañana, solo ingresé a mi cuarto un par de veces por motivos estrictos de higiene bucal, prefiriendo permanecer el mayor tiempo posible en el área de la base, midiendo el silencio y las miradas de quienes ahora sabían que yo no formaba parte de su complot.

El dinero bajo la Almohada y Periodo de Bienestar Forzado. -Al caer la noche, después de cumplir con el ritual de pasar la lista de retreta, retorné sumido en profundos pensamientos a mi cuarto alquilado para intentar descansar. Mi alojamiento normalmente permanecía con la puerta simplemente junta, sin candado. Como era mi costumbre al ingresar a la pequeña y precaria habitación, encendí una vela para romper la oscuridad. Dejé mi fusil FAL y todo mi equipo de combate ordenados al pie del catre. Sin embargo, el destino me tenía preparada una sorpresa: al levantar la almohada para acostarme, hallé oculto debajo de la sábana el mismo sobre con los mil dólares americanos que horas antes había rechazado con vehemencia.

En ese instante de soledad, contemplando los billetes a la luz de la vela, una fuerte encrucijada golpeó mi mente y me pregunté: «¿Qué hago ahora con este dinero?». Decidí guardar un absoluto silencio y no comentarle el hallazgo a alma viviente; hasta el día de hoy, desconozco con certeza quién de los mandos o enlaces pudo haber violado la seguridad de mi cuarto para dejarlo allí. Finalmente, la realidad del entorno y la presión del momento me vencieron: decidí quedarme con el dinero y lo gasté por completo semanas después, cuando salí en mi periodo de bienestar.

A pesar de aquel desenlace silencioso, mi rechazo inicial y frontal al dinero ilícito durante la reunión del mediodía provocó una ruptura irreversible con mis superiores. A partir de esa jornada, el capitán y los oficiales comenzaron a considerarme una persona no grata e indeseable para sus fines. Me miraban con recelo, desvío y total desconfianza. Al haber quedado fuera de su círculo mafioso, buscaron de inmediato una artimaña legal para sacarme temporalmente de la Base Contrasubversiva y poder operar sin testigos incómodos.

Por aquellos días, el Puesto de Comando del Batallón en Rioja envió un radiograma ordenando que el técnico «Lester» saliera de bienestar por un lapso de quince días para viajar a la ciudad de Lima a visitar a su familia. Sin embargo, en nuestra base militar alteraron la disposición y emitieron una contraorden interna para obligarme a salir a mí en su reemplazo, cubriendo el periodo del 15 al 29 de junio. El capitán justificó la arbitrariedad con un pretexto logístico: «Diego, el técnico Lester no está en condiciones de viajar por graves problemas económicos. Tú irás en su lugar, ya que por tu condición de soltero te encuentras económicamente mejor». Conociendo las reglas no escritas del frente y para evitar un conflicto mayor en una base aislada, no reclamé y acepté emprender el viaje de inmediato. Inicié el trayecto desde Tarapoto vía aérea hacia Trujillo, continué en ómnibus hacia la ciudad de Huaraz y, finalmente, arribé a Lima.

Las Casas Fachada y el Fulbito de las Firmas. - Al finalizar mis quince días de bienestar, retorné a la Base Contrasubversiva de Agua Blanca. Apenas pisé el pueblo, el civil conocido como "Vily" se me acercó para ponerme al corriente de lo ocurrido durante mi ausencia, confirmando mis sospechas sobre el motivo de mi relevo forzado. Con total naturalidad, me informó que habían despachado dos vuelos de gran tonelaje desde las pistas clandestinas, cobrando un total de sesenta mil dólares americanos por la seguridad brindada. Específicamente, me dijo con picardía: «Jefe, hemos sacado dos vuelos. Provecho, de seguro que para ti también han guardado lo que te corresponde». A pesar de su revelación, dentro de la base los días transcurrían con una tensa tranquilidad y ninguno de los oficiales me mencionó una sola palabra sobre los vuelos de las semanas pasadas; fiel a mi postura de supervivencia, decidí no indagar, no preguntar ni reclamarle nada a nadie.

Durante esos mismos días de retorno, constaté con indignación el nivel de impunidad que se había alcanzado en la zona. El técnico «Lester», sumamente experimentado y curtido en este tipo de transacciones oscuras con los narcotraficantes colombianos, se había arriesgado a alquilar una vivienda civil ubicada justo al frente de la puerta de nuestra base militar. En el exterior del inmueble colocó un letrero rústico que decía: "Se compra algodón"; sin embargo, aquella "casa fachada" funcionaba en la realidad como un concurrido centro de acopio de pasta básica de cocaína para los pequeños narcotraficantes o "traqueteros" que abundaban en el sector de El Dorado.

El descaro de la convivencia ilegal llegó a su punto cumbre el 30 de junio. Por la tarde, los integrantes de una firma colombiana de la droga llegaron a las inmediaciones de la base simulando ser un simple equipo de fulbito visitante. Se organizó y jugó un partido amistoso contra el personal militar en la cancha del pueblo y, al caer la noche, los financistas extranjeros organizaron una fastuosa fiesta en la localidad. Al evento asistieron numerosas mujeres traídas desde los distritos de Bellavista y Agua Blanca, y corrieron licores finos de todo tipo en medio de la música y la celebración. Fiel a mis principios irrenunciables, y plenamente consciente de quiénes eran los verdaderos organizadores del festejo, me mantuve al margen de la impunidad: no participé en el partido de fulbito ni me asomé a la celebración, permaneciendo de servicio en la base, vigilando la noche en la base militar del Huallaga mientras mis superiores brindaban con las firmas del narcotráfico.

El Sabotaje de la Radio Thomson HF/TRC 340 y el Calabozo Subterráneo. - El 2 de julio por la tarde, de manera sumamente sospechosa, el receptor transmisor de Alta Frecuencia HF/BLU Thomson TRC 340 dejó de funcionar por completo. Ante la gravedad de quedar incomunicados en zona de emergencia, el capitán «Manuel» me ordenó viajar con urgencia a la ciudad de Tarapoto para reparar el equipo en el taller de mantenimiento del cuartel "Mariscal Cáceres". En mi condición de especialista —como mecánico de comunicaciones y electrónica—, acaté la disposición de inmediato, sin dudas ni murmuraciones. Para cumplir con la comisión de servicio, me embarqué esa misma tarde en una camioneta de transporte público que cubría la ruta entre Agua Blanca y San José de Sisa, adonde arribé a las 18:30 horas. Al dirigirme al paradero de vehículos hacia la ciudad de Tarapoto, los transportistas me informaron con desdén que ya no había salidas hasta el día siguiente. Decidí entonces no perder el tiempo y recorrí las calles preguntando por algún taller local de reparación de radios y televisores; los lugareños me indicaron que había uno ubicado muy cerca de la Plaza de Armas.

Cargando el pesado aparato de comunicaciones a la espalda, llegué al taller civil y le supliqué al dueño que me prestara sus herramientas, desarmadores e instrumentos de medición, especialmente el multímetro. El técnico, mostrando una gran empatía, me brindó todo su apoyo. Inicié las labores de diagnóstico verificando la batería ALI 116, la cual se encontraba en perfecto estado de carga. Luego, abrí con cuidado las tapas del módulo principal para revisar los fusibles y los circuitos integrados, constatando que toda la arquitectura interna estaba intacta. Finalmente, procedí a revisar los cables internos del combinado microtelefónico COT 101 y descubrí el engaño: dos cables internos, justo debajo del mecanismo del presstalk (pulsador de transmisión), habían sido cortados adrede con una cuchilla. Reparé el desperfecto soldando los filamentos de inmediato y, una vez operativo el aparato, emprendí el retorno hacia Agua Blanca a las 23:25 horas, frustrando el plan de quienes me querían lejos por varios días.

Llegué a la Base Contrasubversiva a la 01:15 de la madrugada del 3 de julio. A mi sorpresivo arribo, el personal de tropa de servicio me puso al corriente de los verdaderos acontecimientos: aprovechando mi ausencia y el silencio de las comunicaciones, el capitán «Manuel» y el técnico «Lester» habían interceptado y capturado a dos narcotraficantes peruanos que transportaban doscientos kilos de cocaína refinada, veinte mil dólares en efectivo y una camioneta casi nueva con lunas polarizadas. El vehículo, una moderna camioneta de color blanco, permanecía estacionado sospechosamente a un costado de la iglesia del pueblo, mientras que los civiles detenidos habían sido confinados en el calabozo subterráneo de la base militar.

En la parte posterior de la base contábamos con un calabozo rústico construido bajo tierra. Era un foso ciego de tres metros de profundidad, cuatro de largo y tres de ancho, sólidamente techado con maderos gruesos y cubierto con capas de tierra y pasto natural para mantenerlo camuflado de la vista exterior. El ingreso se realizaba únicamente mediante una escalera removible y una pequeña compuerta de palos amarrados confeccionada rústicamente por la tropa. Cuando los detenidos bajaban al fondo, la escalera se retiraba, la puerta se cerraba y dos soldados armados permanecían sentados sobre ella día y noche como centinelas. Aquella madrugada, uno de los soldados que custodiaba la trinchera contigua a la iglesia me guio hasta el perímetro del foso. Al levantar la pesada compuerta de palos, iluminé la densa oscuridad del fondo con mi linterna de mano y divisé a los dos narcotraficantes sentados sobre unos troncos en un rincón. Al ver el haz de luz, levantaron la mirada de inmediato y, con tono desesperado, me suplicaron: «Jefe, quédate con los veinte mil dólares, entréganos la merca y la camioneta, y asunto arreglado». Fiel a mi moral y al juramento ante la bandera, no les respondí una sola palabra; ordené enérgicamente a los centinelas cerrar la compuerta y me retiré a descansar a mi cuarto alquilado, sintiendo sobre mis hombros el peso de una base militar que se hundía en la ilegalidad.

La Caída del Mando: Codicia y Captura en la Base de Agua Blanca, Frente Huallaga. -El 3 de julio, a primeras horas de la mañana, me apersoné a la estación de comunicaciones con el propósito de instalar el receptor transmisor HF/BLU Thomson TRC 340 e iniciar el reporte de rutina con el Puesto de Comando en Rioja. Al verme ingresar, el capitán «Manuel» no pudo disimular su amargura; su plan para despistarme y mantenerme alejado de la base había fallado de forma contundente. Visiblemente incómodo, me cuestionó: «¿Y la radio?». Le respondí en el acto y sin titubear: «El aparato ya lo reparé en San Sisa, mi capitán. Todo el sistema está operativo».

A las 08:00 horas, el suboficial de inteligencia, conocido bajo el seudónimo de «Carlos», se presentó en la oficina de la base militar portando el informe de detención y las declaraciones testimoniales de los civiles capturados la noche anterior. Ambos detenidos habían manifestado bajo juramento que se les habían incautado doscientos kilos de cocaína refinada, una camioneta blanca con lunas polarizadas y veinte mil dólares en efectivo. Como era de esperarse, esta documentación legal no fue del agrado del capitán «Manuel». Presencié cómo, bajo el techo de la pequeña instalación, el capitán y el suboficial «Carlos» se enfrascaron en una violenta discusión que por poco termina a los golpes.

De inmediato, el capitán ordenó sacar a los detenidos del calabozo subterráneo y, con pistola en mano, los encañonó y amenazó con dureza: «¡Carajo, yo en ningún momento he incautado dinero en efectivo! Aquí solo se han decomisado veinte kilos de droga. ¡Si continúan jodiendo con lo mismo, les vuelo la cabeza y punto!». Ante la inminente amenaza de muerte, los narcotraficantes cedieron por completo y cambiaron su versión de los hechos, firmando una nueva acta que estipulaba únicamente el decomiso del vehículo y de los veinte kilos de mercancía, tal como el jefe de la base lo exigía. A las 10:00 horas, se llevaron a los detenidos a bordo de la misma camioneta blanca con rumbo a la ciudad de Tarapoto, bajo el falso pretexto de que serían entregados a la Fiscalía de Turno; todo aquello no fue más que una finta para camuflar el delito.

Antes de que emprendieran el viaje, los oficiales realizaron la repartición del dinero incautado en estricto privado, excluyéndome por completo de la reunión. Sin embargo, al igual que ocurrió la primera vez, cuando llegué a mi cuarto alquilado por la noche, hallé oculto debajo de mi almohada un fajo que contenía la suma de mil doscientos dólares americanos. Hasta la fecha desconozco quién violó la seguridad de mi habitación para colocar ese dinero allí; decidí quedármelo y lo gasté durante mi siguiente bajada de bienestar. Irónicamente, yo era el único efectivo asignado para salir con licencia de bienestar, ya que los demás integrantes de la base se negaban terminantemente a abandonar la pequeña y fructífera guarnición para no perder el rastro de los jugosos negocios sucios que mantenían con las firmas de narcotraficantes peruanas y colombianas.

Para entonces, el capitán «Manuel», el alférez «Zeus» y el técnico «Lester» ya habían realizado dos cuantiosos depósitos en las agencias del Banco de Crédito del Perú (BCP) en la ciudad de Tarapoto, enviando el dinero a nombre de sus familiares cercanos. Aquello constituyó un grave error táctico; cegados por la ambición, no se percataron de que el Servicio de Inteligencia ya les seguía los pasos muy de cerca, un secreto a voces que incluso comentábamos en voz baja dentro de la misma guarnición.

A mediados de septiembre, los oficiales compraron dos cerdos de gran tamaño y ordenaron al personal de cocina preparar abundante carne ahumada, asegurando ante la tropa que se trataba de un obsequio especial para el general del COPERE (Comando de Personal del Ejército) en el Cuartel General del Ejército en San Borja, Lima. También adquirieron costosas botellas de licores afrodisíacos oriundos de la selva. Embalaron todo cuidadosamente en varias cajas y planificaron que el técnico «Lester» viajara a la capital para entregar en mano los presentes a tan alto mando militar. Sin embargo, antes de la partida, decidieron cometer una última imprudencia: viajar juntos a la ciudad de Tarapoto para realizar un tercer depósito de miles de dólares en el BCP. En esta ocasión, la rutina y el exceso de confianza los traicionaron por completo.

Los agentes de inteligencia del Ejército ya los tenían plenamente identificados y los siguieron a cada paso. Para colmo de males, los tres militares habían emprendido el viaje en tono de paseo y relajo, acompañados por sus respectivas amantes, tres jóvenes civiles oriundas del distrito de Agua Blanca. Al llegar a la ciudad de Tarapoto, se alojaron en un hostal de lujo ubicado cerca de la Plaza de Armas que cobraba la exorbitante suma de cien dólares por noche. Dejaron a las mujeres en las habitaciones y se dirigieron confiados a la agencia bancaria. Una vez allí, se apoderaron de las ventanillas de atención, lo que obligó a los cajeros a demorarse más de veinte minutos contando minuciosamente los gruesos fajos de billetes americanos. En ese preciso instante, agentes de la Inspectoría del Destacamento Leoncio Prado, en coordinación con la Fiscalía de Tarapoto, intervinieron sorpresivamente a los tres efectivos, conduciéndolos de inmediato al cuartel general de la zona en calidad de detenidos.

En paralelo, otro grupo operativo de la Inspectoría allanó las habitaciones del hostal de lujo. Las mujeres, asustadas y desconociendo por completo lo que ocurría, presenciaron en estado de shock cómo las autoridades incautaban todo tipo de evidencias y documentos personales en los dormitorios. Esa misma noche, la amante del técnico «Lester» logró evadir los controles, retornó bajo la clandestinidad al distrito de Agua Blanca y me buscó de inmediato para informarme, entre lágrimas, sobre la captura y caída de mis colegas. Las parejas del capitán y del alférez, por su parte, permanecieron retenidas en Tarapoto para las investigaciones de ley.

Ante la repentina y vergonzosa caída de toda la cúpula de comando, me vi en la obligación de asumir formalmente el control total de la Base Contrasubversiva de Agua Blanca, teniendo a partir de ese momento como mi adjunto directo al suboficial de inteligencia «Carlos». La impunidad había terminado en la guarnición.

El Diario Confiscado: Intervención e Interrogatorio en Agua Blanca. - Al día siguiente de la detención del capitán «Manuel», el alférez «Zeus» y el técnico «Lester» en la ciudad de Tarapoto, asumí la responsabilidad de la Base Contrasubversiva por ser el efectivo de mayor antigüedad en el grado. Procedí a pasar la lista de Diana y efectué el reporte rutinario a través de la red de radio con el Puesto de Comando ubicado en Rioja. Una vez concluidas las obligaciones del servicio, a las 09:00 horas, me retiré a mi alojamiento externo. Me senté en mi rústica silla y comencé a revisarme la pantorrilla derecha, la cual se encontraba sumamente inflamada debido a los fuertes golpes recibidos durante los partidos de fútbol contra los civiles locales. Justo cuando me quitaba los borceguíes para frotarme la zona afectada, dos hombres vestidos de civil y fuertemente armados con subfusiles HK se apostaron de forma sorpresiva en la puerta de mi habitación.

Antes de que pudiera reaccionar, me informaron que pertenecían a la Inspectoría del Fuerte "Mariscal Cáceres" de Tarapoto. Uno de ellos, alzando la voz de manera prepotente, me espetó: «Suboficial, no se mueva. A partir de este momento queda usted detenido. Su jefe ya cayó en Tarapoto». En ese instante crucial, mil pensamientos cruzaron por mi mente; debido a la vestimenta civil, dudé si se trataba de una columna del PCP Sendero Luminoso o de sicarios del narcotráfico. Sin embargo, mis sospechas se disiparon cuando el otro agente gritó desde la entrada preguntando si ya habían capturado también al suboficial «Carlos», al presidente del Comité de Autodefensa y al civil conocido como "Vily". En ese momento comprendí que la intervención era oficial. Dos agentes de inteligencia ingresaron a registrar minuciosamente cada rincón de mi rústico cuarto: desarmaron mi fusil FAL, vaciaron los cartuchos de mis cacerinas, voltearon el colchón y revisaron hoja por hoja mis libros de literatura e historia, mis libretas de apuntes, mi maletín y mi morral de campaña. Siempre me acompañaban obras literarias e históricas en las bases militares; acostumbraba encender una vela por las noches para leer unas dos o tres horas antes de dormir.

A mi retorno del segundo periodo de bienestar había cobrado dos sueldos completos acumulados. En aquella época, mi remuneración mensual ascendía a setecientos cincuenta soles, por lo que en mi billetera hallaron un total de mil ochocientos nuevos soles. De inmediato exhibí mis boletas de pago para justificar la procedencia del efectivo; sin embargo, como la cantidad exacta no cuadraba, les expliqué que obtenía ingresos extra tomando fotografías tanto a los civiles del distrito como al personal de tropa. Como medio probatorio, sobre la mesa reposaban los paquetes de fotografías listos para entregar y los recibos de revelado de los estudios fotográficos de Tarapoto. A pesar de las evidencias, uno de los oficiales apostados en la puerta se guardó mi billetera con todo el dinero en su bolsillo durante las pesquisas. Di por perdido mi sueldo en ese mismo instante, pues ni siquiera se tomaron la molestia de redactar un acta de incautación, mientras el otro agente procedía a tomar mi manifestación respecto al narcotráfico en la zona.

Durante mi permanencia en el frente, yo llevaba un cuaderno de cien hojas que había convertido en mi diario personal de campaña. En él anotaba meticulosamente cada acontecimiento de la Base Contrasubversiva y las incidencias de las patrullas. Los agentes lo confiscaron de inmediato y, al leerlo, quedaron estupefactos. Ese cuaderno representó un verdadero trofeo de guerra para la Inspectoría de Tarapoto, ya que contenía toda la información detallada con fechas y horas exactas sobre los patrullajes de reconocimiento y emboscadas que ejecuté en los sectores de la Mina de Sal, Regis, Saposoa, Fausa Lamista y Fausa Sapina.

Durante el duro interrogatorio, intentaron quebrarme psicológicamente: «Usted ya sabe que su jefe está capturado. Él ya declaró todo y nos ha dicho que usted también recibió dinero del narcotráfico. Diga si ha recibido dinero ilícito durante su permanencia en la base de Agua Blanca». Mi respuesta fue directa y sin vacilaciones: «Todos los detalles del caso están en mi diario, anotados por fechas y horas. Por las noches, en dos oportunidades y en fechas distintas, encontré un sobre con dólares debajo de mi almohada. Desconozco quién dejó ese dinero allí. La suma total ascendía a dos mil doscientos dólares americanos y me los gasté durante mis viajes de bienestar a Trujillo, Huaraz y Lima. Viajé con ese dinero porque me obligaron a salir en reemplazo de otros; yo fui el sacrificado para cumplir las órdenes de salida en lugar del técnico Lester y del suboficial Carlos».

Si hubiese sido astuto y sinvergüenza como ciertos políticos del país, lo habría negado todo, pues no existían pruebas físicas directas en mi contra; el capitán jamás me dio ese dinero en la mano debido a que conocía perfectamente mi rechazo a sus actos delictivos. Es de conocimiento público que muchos políticos se enriquecen con coimas y pactos oscuros con el erario nacional o el narcotráfico, siendo "aceitados" de forma constante, pero lo niegan todo al ser investigados. Yo opté por el camino de la verdad militar y les canté todo. Acto seguido, me formularon la siguiente pregunta clave: «¿Por qué no denunció al jefe de la base y a sus compañeros de labores sabiendo que estaban involucrados con narcotraficantes?». A lo que respondí con firmeza: «Según la ley y nuestros reglamentos militares vigentes, un suboficial no puede denunciar a un superior en zona de combate». Esas dos interrogantes marcaron el rumbo definitivo de la diligencia; las demás fueron meramente irrelevantes.

El Banquete de la Tropa y las Redes de Impunidad. - En medio de la tensa diligencia, apareció de forma imprevista en la puerta de mi alojamiento el coronel de caballería del Ejército peruano Luis Sablich Garaicoa, popularmente conocido en el ámbito castrense bajo el seudónimo de «Garoso», quien se desempeñaba como uno de los inspectores principales del Destacamento Leoncio Prado de Tarapoto. Era un hombre de vozarrón imponente y ademanes autoritarios que intentó intimidarme de inmediato, alzando la voz y lanzándome todo tipo de gritos y veladas amenazas. Pese a la tremenda presión psicológica, mantuve la calma y la postura militar en todo momento, escuchando en absoluto silencio su violento interrogatorio. Al finalizar el altercado, el coronel me notificó de forma tajante: «El suboficial Carlos también está detenido y será conducido bajo custodia a la Fiscalía de la ciudad de Tarapoto. Asimismo, los tres mandos detenidos en la Inspectoría ya no regresarán a esta base; por ende, usted queda formalmente al mando de la Base Militar hasta nueva orden».

En mi nueva e inesperada condición de jefe interino de la Base Contrasubversiva, esa misma tarde reuní a todo el personal de tropa del Servicio Militar Obligatorio (SMO) en el patio de la guarnición para informarles formalmente sobre los acontecimientos. Acto seguido, en un acto de estricta justicia logística ante el abandono del Estado, ordené vaciar y sacar todas las pertenencias civiles y militares que los oficiales arrestados habían dejado abandonadas en sus dormitorios: calzoncillos, medias, polos, borceguíes y uniformes fueron repartidos equitativamente entre los soldados nativos. Además, mandé abrir las cajas que contenían los cargamentos de carne de cerdo ahumada que los antiguos jefes guardaban celosamente; aquella tarde, la tropa y yo nos dimos un banquete histórico con carne de excelente calidad que nos sirvió de valioso abastecimiento durante ocho días consecutivos.

Con el paso del tiempo y el análisis en el retiro, comprendí que el coronel Luis Sablich Garaicoa, en su rol de inspector, utilizaba los gritos destemplados y la constante amenaza de enviarnos al Penal de Lurigancho en Lima como una mera estrategia de extorsión y reglaje. Presumo con certeza que su verdadero objetivo era "recursearse" a gran escala con el dinero de los intervenidos; les despojaba de todo el efectivo incautado a cambio de perdonarles la vida y limpiar sus legajos. Esta sospecha se reforzaba al constatar que los oficiales, técnicos y suboficiales implicados en las firmas de la droga siempre recuperaban su libertad a los pocos días. Estoy convencido de que todo se arreglaba bajo la mesa en las oficinas de la Inspectoría y la Fiscalía de Tarapoto; de lo contrario, toda la corporación militar de la zona habría sido dada de baja y encarcelada de inmediato. Sin embargo, nada de eso ocurrió.

Aproximadamente el setenta y cinco por ciento del personal del Batallón Contrasubversivo N° 28 de Rioja se encontraba secretamente denunciado o investigado ante la Inspectoría por sus estrechos vínculos con los narcotraficantes colombianos y peruanos. Pese a la gravedad de los cargos, una vez que finalizaron sus misiones en estas zonas de emergencia, se replegaron sin mayores inconvenientes hacia sus nuevos destinos en diferentes regiones militares del país, donde continuaron sus carreras con total normalidad. Aunque nunca volví a cruzarme con ellos en el camino, colegas de la institución me informaron años después que muchos ascendieron sin trabas al grado inmediato superior. Se dice que, hacia el año 2020, los subtenientes de aquella época ya ostentaban el grado de coronel, mientras que los capitanes con los que laboré en el Huallaga alcanzaron los máximos grados de general de brigada y general de división.

Por mi parte, la historia fue radicalmente distinta y profundamente injusta. A pesar de haber actuado con la verdad militar y haber mantenido mi distancia moral y ética de las mafias del narcotráfico, a mí me castigaron administrativamente con una papeleta de arresto de rigor de dos días. Paradójicamente, esa injusta sanción impuesta por el sistema se convirtió en el argumento legal perfecto para truncar mis ascensos, permaneciendo hasta el día de hoy como una mancha imborrable en mi legajo principal en la Jefatura de Administración de Técnicos y Suboficiales del Ejército (JATSOE) en el Cuartel General.

 Las Aguas del Saposoa: El Último Patrullaje del Comando Marte y el Suboficial “Diego”. - Pasarraya es la capital del distrito de Alto Saposoa, ubicado en la provincia de Huallaga. Por las inmediaciones de esta hermosa y acogedora localidad serpentea el caudaloso río Saposoa, cuyas aguas lucen un característico color marrón, sobre todo durante las intensas épocas de lluvia. Hoy en día, el tiempo se ha encargado de fijar en mi memoria aquellos pasos que di por esas tierras orientadas al combate; fue precisamente durante la segunda semana del mes de octubre de 1994.

En el silencio absoluto de la noche, siendo las 01:30 horas, los cuarenta y dos hombres que conformábamos la patrulla contrasubversiva iniciamos el despliegue procedente del distrito de Agua Blanca, en la provincia de El Dorado. Caminamos en paralelo por las riberas del río Saposoa, avanzando río abajo con la consigna de hallar un puerto natural que nos permitiera cruzar hacia el flanco sur del distrito. Tras recorrer un largo tramo a través de una trocha cerrada y rodeada de gigantescos árboles, localizamos finalmente un punto de acceso y una pequeña embarcación artesanal, construida rústicamente con maderas de topa. En medio de la oscuridad profunda del monte, el río soltaba unos murmullos amenazantes; nadie en la fila sabía a ciencia cierta qué secretos guardaba la corriente en sus profundidades. Para algunos, la sola idea de cruzar el torrente nadando en plena noche y cargando el uniforme reglamentario representaba una delgada línea entre la vida y la muerte.

De manera muy particular, yo era plenamente consciente de mis limitaciones dentro del agua. Parado en aquella orilla arcillosa, me invadió un profundo sentimiento de miedo que brotó desde lo más hondo de mi alma; la distancia que se abría ante mis brazos era inmensa, pues de orilla a orilla había más de sesenta metros de caudal correntoso. Permanecí allí de pie, viviendo unos instantes de absoluto mutismo mientras los minutos avanzaban sin tregua. Fue en ese momento de zozobra cuando comprendí una gran verdad militar: el riesgo más grande en la vida es no arriesgar nada. El soldado que no se atreve a desafiar el peligro, no logra nada y no es nada en este mundo.

Hacia el lado sur del distrito de Agua Blanca, en la provincia de El Dorado, se alza una cadena de montañas que alberga una mina de sal, la cual es explotada por los pobladores locales para su consumo diario. En esta cordillera selvática existen trochas muy antiguas que también eran transitadas con frecuencia por las columnas armadas del Partido Comunista del Perú - Sendero Luminoso. Por esta razón, las patrullas del Ejército nos movilizábamos constantemente hacia dicho sector, desafiando un terreno empinado, resbaloso y sumamente difícil de transitar, con la finalidad de establecer emboscadas y cortar las líneas de abastecimiento terroristas. Por aquellas trochas caminé en esa segunda semana de octubre de 1994, marcando el que sería mi último patrullaje operativo en la zona de emergencia. En esta dura misión nos acompañaron cinco civiles del pueblo que desempeñaban el rol de ronderos; hombres valientes que trasladaban a la espalda los cajones de municiones de reserva, las granadas, las raciones de campaña y otros pertrechos militares.

La patrulla estuvo bajo el comando directo del teniente del Ejército a quien todos conocíamos bajo el apelativo del loco «Marte». Graduado con honores como comando, era un excelente oficial, sumamente capacitado para la guerra asimétrica. En medio de la densa oscuridad y dando un ejemplo impecable de liderazgo, el teniente se lanzó sin dudarlo a la turbulenta y fría correntada del río Saposoa. Llevaba enganchado firmemente a la cintura uno de los extremos de una soga de nylon, cuyo propósito era asegurar y jalar desde la otra orilla la pequeña embarcación de madera de topa, la cual iba cargada al límite con nuestros fusiles FAL, las mochilas de combate, el lanzacohetes RPG, el pesado equipo de radio Thomson y el resto del material de guerra. El cruce había comenzado.

En aquel patrullaje en el empinado cerro en el sector mina de sal me desplacé como hombre en punta, 100 metros adelante de los grupos de asalto, seguido aproximadamente a 10 metros de distancia por un sargento 2do; en la inmensa subida con pequeñas entradas y salidas dentro de una densa vegetación, caminé totalmente tenso, a pesar de mi fortaleza física mis piernas ya no daban más, me cansé totalmente, sin embargo, superando todos los inconvenientes cumplí la misión, en estas situaciones el combatiente siempre está al borde de la muerte, el soldado que avanza está en total desventaja, pues el adversario que está a la defensiva siempre está en cubierta y abrigo y observa todo sin ser visto; ergo, ubicado en un lugar muy estratégico con amplio campo de vista en su condición de francotiradores en estas situaciones no fallan y te eliminan en cuestión de segundos, también uno está expuesto a los encuentros inopinados, en este tipo de desplazamientos el primero en morir es el hombre en punta, ese es el riesgo de ser hombre en punta en un patrullaje contrasubversivo en los terrenos de la Selva, pero gracias a Dios todos llegamos a la cumbre más alta de esta cadena de montañas sin novedad. Siendo las 14:30 horas, el personal ocupó la parte más alta del cerro, donde procedimos a descansar bajo la sombra de inmensos árboles, el personal de ronderos acostumbrados a la vida en el monte, inmediatamente prepararon sus escopetas y salieron a casar unos aves de color negro con cresta y pico rojo parecido a un pavo, creo que se lama paujil, retornaron con cuatro aves, rápidamente lo pelaron y lo prepararon a la brasa, con esa carne en total 47 hombres de la patrulla nos alimentamos aquella tarde. Por esta ruta en dos oportunidades patrullé al mando del teniente "Marte" con el personal de tropa oriundo de la selva. 

Después de la cena con la carne del ave paujil, todo el personal permaneció descansando en una tarde de temperatura agradable y soleado, por lo que decidimos pasar la noche en la cima de este cerro, llegado la noche, en este lugar tendimos ramas y lo cubrimos con plásticos, ahí nos acostamos tapados también con plásticos que nos servían como si fueran ponchos de jebe, en esa circunstancias, siendo las 01:00 horas, nos sorprendió una lluvia torrencial e imparable, era como un diluvio, nada nos protegía, en esos momentos todos nos pusimos de pie con el uniforme mojado, cinco minutos permanecimos acomodando las mochilas y cubriendo el cañón del fusil con bolsas de plástico para protegerlo del agua, luego decidimos bajar por esa trocha angosta al borde de inmensos y profundos acantilados, la oscuridad era total, nuestro destino fue el distrito de Pasarraya del Alto Saposoa. Siempre nos dicen que en las noches para no delatar de nuestra presencia no deberíamos prender nada de luces, pero durante esa marcha todos rompimos esas normas que muchas veces salen del escritorio de tácticos mediocres, si no es por las luces de la linterna de mano aquella madrugada muchos hubieran terminado en esos abismos de más de mil metros de profundidad, los restos de los caídos difícilmente lo hubieran rescatado. Tapamos nuestras espaldas, las mochilas y el armamento con plásticos y continuamos bajando con intervalos de hombre a hombre a una distancia de medio metro, en este tipo de patrullajes, el soldado siempre debe pensar en su fusil, pues sin ella no es nada; siempre protegiendo el fusil así como dice el instructor Gamboa en la película "Ciudad y los Perros" el arma nunca debe caer al suelo, es preferible romperse la cara antes que soltar el fusil, para el soldado el arma es tan importante como sus huevos, ¿usted cuida mucho sus huevos soldado?"; con las palabras del instructor Gamboa que alguna vez habíamos escuchado en la mencionada película, con las mismas frases casi al pie de la letra le inculcamos y advertimos a la tropa para el cuidado del armamento durante la marcha con el correaje del fusil bien asegurado y con el cañón hacia abajo para proteger de la intensa lluvia, en una trocha sinuoso y muy resbaladiza, donde también corría mucha agua, rodaban piedras, se nos presentaba también inmensos árboles caídos que sobre estos teníamos que pasar como si fueran obstáculos de pistas de combate, para estos tipos de desplazamiento no contamos con pochos de jede ni bolsón de primeros auxilios para cualquier accidente.

Siendo las 07:45 horas, llegamos al lado Este del distrito de Pasarraya, capital del distrito de Alto Saposoa. Las montañas circundantes de este hermoso valle amanecieron abrigados por una densa neblina que permaneció largo rato abrazado con la copa de los árboles, a los lejos también se sentía el rugir amenazante del caudaloso y turbulento río Saposoa que nos separaba con el distrito en mención. Ocupamos un hermoso lugar donde hallamos dos casas con techado de hojas de plátanos, el inmueble habría sido de presuntos narcotraficantes, quienes ante la proximidad de la patrulla del ejército escaparon dejando montón de hojas de coca que estaba en proceso de secado, tres sacos de arroz de buena calidad y 15 gallos de pelea en sus corrales, aquella maña esos animales nos sirvieron de sustento para saciar el hambre, todos los gallos terminaron en las ollas, desde este lugar los cinco ronderos retornaron al distrito de Agua Blanca, pues ya habían cumplido su misión.

En el inmueble de los presuntos narcotraficantes, descansamos todo el día para recuperarnos del desgaste físico, como es obvio después de consumir el suculento caldo de 15 gallos de pelea ya estábamos bien reconfortados. En la noche todos permanecimos uniformados y puesto nuestros borceguíes en espera de cualquier orden, en esas circunstancias siendo las 02:00 horas, apareció una avioneta, sobrevoló casi en forma circular iluminando con luces potente a todo el valle, ¿pero una avioneta porque hizo su presencia a esa hora?, definitivamente era una avioneta de narcotraficantes; por ende, en plena oscuridad formó todo el personal de la patrulla y nos desplazamos a paso largo con destino al aeropuerto informal del Centro Poblado Mayor de Rejis del Alto Saposoa, caminamos dentro de la trocha, cubierto de una densa vegetación y llegamos al río Saposoa, como en horas de la madrugada del día anterior había llovido por varias horas, el río aún estaba cargado y muy turbulento y se desplazaba lentamente, hallamos un pequeño puerto donde en una de las orillas encontramos una pequeña balsa hecho de maderas de topa, a esta pequeña embarcación el teniente "Marte" le amarró una soga de 60 metros y en plena oscuridad se lanzó al agua todo uniformado, nadó en la oscuridad para trasladar la soga a la otra orilla, él ahí nos esperó, del otro lado ordenó a todo el personal de Tropa pasar nadando, cinco en cinco los clases y soldados pasaron nadando todos uniformados dentro de la oscuridad, en estos casos mis respecto para la Tropa de la Selva, ellos son muy expertos en lo que respecta a la natación en los ríos, todos uniformados nadaron más de 60 metros de distancia, de orilla a orilla; mientras yo quedé en el mismo emplazamiento con ocho hombres de Tropa, amarrando todos los fusiles sobre la pequeña embarcación de madera de topa, bien amarrado, por ambos lados, mientras ellos amarraban los fusiles, las mochilas de todo el personal, la ametralladora Mag, el lanzacohetes RPG y el equipo de radio Thomson TRC 340; ahora el problema era para mí, por mi cabeza reina mil problemas, en ese momento sentí mucho miedo, entonces me vino a la memoria mis recuerdos de vivencias de juventud, pues en esas épocas había nadado más de 100 metros de distancia en una represa profunda por allá en la hacienda agrícola de Santa Rosa en Sayán, Huacho, al norte de la ciudad de Lima, así mismo llegaba a mi memoria los nados que realizaba en el río Pallar en Huamachuco, durante los años de Servicio Militar Obligatorio en el año de 1978, donde nadaba juntamente con mis compañeros en esos remolinos profundos, todo esos recuerdo de años llegaba en mi mente como acicate de valor, pero habían pasado muchos años. En los cuarteles me habían entrenado en unas piscinas de 25 metros de largo en ropa de baño, por ende el entrenamiento básico del cuartel no me garantizaba para pasar este rió bajo intensa oscuridad, en ese momento de desesperación hasta casi me orino de miedo, entre mi dije ¿son más de 60 metros, son más de 60 metros?, en estas situaciones no podía justificar el miedo delante del personal de Tropa, nunca había nadado uniformado en horas de la noche y mucho menos en total oscuridad, en ese momento pensé subirme sobre la topa cargado de armamentos, pero sentí vergüenza delante de la Tropa, no sabía qué hacer. Para evitar cualquier percance, los ocho hombres de Tropa se encargaron de la seguridad de la pequeña embarcación, se colocaron cuatro en cada lado para sostenerlo, momentos que en voz alta el oficial ordenó de la otra orilla para pasar y al mismo tiempo el grueso del personal de tropa que ya estaba en la otra orilla a una sola voz comenzaron a jalar todo el cargamento, en ese momento de desesperación me colgué detrás de la pequeña embarcación, cogí una soga gruesa entre las crucetas de la madera topa y no la solté para nada, de otro lado nos arrastraron, continuaron jalando con mucha fuerza, cuando el cargamento y el personal llegó a la otra orilla el teniente dijo (¿dónde está el suboficial, dónde está el suboficial?) pues no me habían visto porque me demoré mucho en salir por la misma situación de la oscuridad, estreches y el barro. Luego, todos con el uniforme mojado, rápidamente cogimos nuestros armamentos y mochilas, nuevamente reinicie el desplazamiento como hombre en punta, todo el camino se nos presentó barroso y muy difícil para transitar, hemos realizado una marcha forzada hasta el aeropuerto del Centro Poblado Mayor de Rejis, adonde llegamos en marcha forzada, siendo las 06:40 horas, no hallamos ninguna evidencia de haber sacado vuelo, fue una marcha agotadora por gusto.