El Soldado “Chito” de Cuatro
Patas de El Pallar Huamachuco 1978
La tarde del 22 de abril de
1978, el polvo del campamento militar en el caserío de El Pallar se mezcló con
los mugidos y balidos que descendían de los camiones. Desde la Cooperativa SAIS
Cochabamba, los proveedores habían hecho llegar el rancho vivo para el personal
de Tropa Servicio Militar Obligatorio: una ternera de tres años y una imponente
vaca de cinco. El oficial de rancho, meticuloso en su comisión, completó el
inventario comprando diez ovejas, cinco chanchos, seis cabritos y varios sacos
cargados de papas, camotes, choclos, ajíes y muchos condimentos en base a hiervas aromáticas.
Aquel despliegue de insumos
tenía un propósito sagrado para el arma de ingeniería militar: la preparación de una pachamanca para
ciento ochenta personas. El Mayor de Ingeniería don Walter Machiavelo Corcuera,
jefe de la Compañía "A" de Ingeniería N° 112, había ordenado un
almuerzo de camaradería donde confraternizarían militares, empleados civiles y
las máximas autoridades del caserío de El Pallar y del distrito de Huamachuco.
Mientras los animales quedaban
reunidos en el sector del Torreón N° 7 bajo la estricta vigilancia de la
guardia, los especialistas iniciaron el rito de la patza manka o
"olla de tierra". Un grupo comenzó a levantar doce hornos con piedras
seleccionadas; rocas especiales capaces de resistir el fuego sin reventar. Al
interior de los hornos, el fuego ardió con furia hasta que las piedras tornaron
a un color blanquecino, la señal inequívoca de que estaban a punto. En
paralelo, al dar las ocho de la mañana del día siguiente, los matarifes
desollaron los animales y los especialistas embadurnaron las carnes con
chincho, huacatay, comino y pimienta, dejándolas reposar en grandes depósitos
para que el aderezo penetrara hasta el hueso.
Aquel 24 de abril, el
campamento hizo un alto. No era un día cualquiera en la historia del Perú. Se
conmemoraba el sacrificio del teniente coronel de Ingeniería Don Pedro Ruiz
Gallo, aquel militar, sabio, inventor y precursor de la aeronáutica moderna que
se inmoló en 1880. La tierra se abrió en un hoyo de un metro de profundidad; se
colocaron las piedras ardientes como base escalonada y se enterraron las carnes
junto a las papas, camotes y habas en vainas. Sellado el suelo con hojas
verdes, mantas y tierra, el aroma ancestral de los Andes comenzó a brotar del
subsuelo.
El Nacimiento en el Torreón
Sin embargo, entre los
preparativos del banquete, la vida se había abierto paso con su propia ironía.
A las tres de la madrugada del 23 de abril, bajo la sombra del Torreón N° 7, la
vaca de cinco años, de pelaje rojo y cuernos largos, había entrado en labor de
parto. Al amanecer, ante la sorpresa de la guardia, la madre lamiendo el pelaje
de su cría mostraba aún la placenta colgada. El destino de la vaca estaba
sellado por las órdenes de rancho, pero el de su becerro rojo apenas comenzaba.
El pequeño animal amaneció
huérfano y la Tropa, con esa nobleza innata del soldado peruano, lo adoptó de
inmediato. En el acto, fue bautizado como el soldado "Chito", en
alusión al sobrenombre de un recluta a quien sus promocionales llamaban cariñosamente
"Chito cabezón".
Desde ese instante,
"Chito" olvidó que era un bovino. Se convirtió en el alma de la
Compañía. Durante los primeros tres meses, los soldados le daban leche en
biberones y por las noches dormía en la cuadra, estirado plácidamente sobre un
colchón de paja al lado de las literas. El becerro asimiló la vida castrense
con una disciplina pasmosa: participaba en las dos listas reglamentarias de
Diana y Retreta, e incluso en las extraordinarias. Cuando el Oficial de Día
ordenaba castigar a la tropa haciéndola rotar a toda velocidad por la parte
posterior de la comandancia, el animal corría detrás de los soldados,
considerándose, sin duda alguna, parte de la misma especie.
La Rebelión de “Chito” y la Paila
El problema comenzó cuando
"Chito" creció y su paladar militar se refinó. El biberón ya no era
suficiente; el ternero quería el rancho completo de la Tropa. Un mediodía,
antes de que los racioneros pasaran por las pailas, el robusto animal rompió la
formación, corrió a la ranchería y se aventó de cabeza dentro de la paila de la
sopa.
Se desató el caos en la
cocina. Los rancheros, desesperados, intentaron retirarlo mediante la fuerza;
unos lo jalaban de la cola con todas sus fuerzas y otros le retorcían las
orejas, pero el animal se plantó como un tanque. Nadie pudo moverlo. Cuando los
soldados vieron que toda la sopa del día se había mezclado con las salivas de
"Chito", simplemente soltaron las manos y se resignaron.
Tomando la sopa hasta el fondo
y totalmente satisfecho, el animal levantó la cabeza chorreando caldo y comenzó
a pasearse por las inmediaciones de la ranchería con la panza hinchada. Al
verlo pasar, algunos soldados comentaban entre risas y lamentos:
—En esta oportunidad el
soldado "Chito" dejó sin sopa a los racioneros. Si continúa así, un
día nos dejará sin rancho a todos.
A partir de aquella fecha,
para evitar motines y asegurar la alimentación de la tropa, los rancheros
capitularon ante el insistente recluta de cuatro patas. Le acondicionaron una
paila exclusiva para él, donde diariamente le servían su ración completa de
sopa, arroz y guiso con carne. Alimentado con el rancho oficial del Ejército
del Perú, el soldado "Chito" creció fuerte, robusto y profundamente
feliz, marchando siempre al paso de la ingeniería militar en las alturas de El
Pallar.
Al cumplir el primer año, la
naturaleza reclamó su lugar en el cuerpo de "Chito". En la frente le
brotaron dos brotes de hueso, afilados y duros: sus primeros cachos. Preocupado
por la seguridad del personal, el jefe de la Compañía dictó una orden tajante:
quedaba estrictamente prohibido el ingreso del animal a las cuadras durante las
noches.
Pero "Chito" ya
tenía rango de veterano en sus propios términos y se sentía con pleno derecho
al colchón. Cuando la pesada puerta de madera se le cerraba en las narices,
arremetía a cabezazos y empujones contra los tablones. En otras ocasiones,
desataba una protesta de mugidos potentes que taladraban el silencio de la
noche y perturbaban el descanso de la tropa. Ante el escándalo, el Sargento 1°
Anco Mamani Leonidas, el reenganchado más antiguo y respetado de la compañía,
zanjaba la disputa con la autoridad que le daban sus años de servicio. Miraba
al soldado imaginaria de turno y le ordenaba en voz baja:
—Abre la puerta, soldado. Deja
entrar a "Chito".
El toro ingresaba triunfante, acomodaba su peso en el colchón y el campamento volvía a conciliar el sueño.
El Destierro y los corrales
del hacendado Francisco Pinillos Montoya
A los dieciocho meses,
"Chito" ya no era un ternero; era un hercúleo ejemplar que desbordaba
fuerza y poder. Su tamaño se volvió ingobernable para la rutina del cuartel,
obligando al jefe de Compañía a disponer su traslado definitivo a los corrales
de don Francisco Pinillos Montoya, un poderoso hacendado con extensas tierras
entre los caseríos de El Pallar y Yanasara.
Una mañana, dos soldados le
ataron una soga al cuello y, arrastrándolo contra su voluntad, lo cruzaron por
la puerta de la guardia de prevención para depositarlo en el corral civil.
Desde la parte exterior, la tropa se amontonó para mirar el acontecimiento. En
cuanto "Chito" pisó el lodo, los otros animales de su especie se le
acercaron en masa para olisquearlo. El impacto fue brutal para el engreído de
la Compañía "A": él, que jamás había compartido un segundo con los
suyos, se espantó por completo. Corrió a refugiarse en las esquinas, buscando
con mirada desesperada a los hombres de uniforme, como si les implorara un
rescate. Nadie abrió la reja. Ahí lo dejaron, solo, triste y asustado en un
mundo que no comprendía. Para "Chito", su única familia eran esos
hombres que corrían a su lado en las listas de la tarde.
Las horas transcurrieron en un
silencio lúgubre para el animal, hasta que llegó el mediodía. En las
inmediaciones de la guardia de prevención, el cornetero de servicio se llevó el
instrumento a los labios y ejecutó el toque reglamentario para el rancho de la
Tropa.
No pasaron ni cinco minutos.
Un estruendo de cascos rompió la calma del camino. El torito pasó por la
guardia a una velocidad de vértigo, dejando con la boca abierta a los
centinelas que solo alcanzaron a gritar: ¡"Chito", "Chito",
"Chito"!. El animal frenó en seco en el centro mismo del patio de
armas, cuadrándose con la cabeza levantada en un gesto de altanería y absoluto
poder. Luego, trotó con paso firme hacia el sector del rancho ante la mirada
atónita de los cocineros. "Chito" se había memorizado cada toque de
corneta como una orden sagrada. Aquel mediodía volvió a saborear su almuerzo en
la paila de siempre: sopa caliente, arroz con guiso, refresco y sus plátanos.
Al día siguiente repitieron el
traslado, y al mediodía siguiente se repitió la fuga. Lo llevaron a corrales
más lejanos y aparentemente más seguros, pero nada funcionó. Para
"Chito" la corneta del Ejército estaba por encima de cualquier cerca.
En cuanto las notas de bronce flotaban en el aire de El Pallar, el toro se
escapaba por arte de magia, cruzaba la prevención como un bólido y solo detenía
su marcha en la ranchería, reclamando su ración reglamentaria.
El Último Toque de Diana
El toro "Chito" se
hizo viejo en el campamento militar de Huamachuco. Creció fuerte, sano y
poderoso junto a los soldados de la ingeniería militar peruana. Al cumplir los
cinco años de edad, sus cuernos se habían desarrollado por completo y un
imponente morrillo de carne y músculo le coronaba la nuca en su máxima
expresión de madurez. Pero en la vida militar, todo ciclo llega a su fin, y el
destino que un día se llevó a su madre en el Torreón N° 7 terminó por
reclamarlo a él.
Llegó el 23 de abril de 1983.
La Compañía "A" de Ingeniería N° 112 se alistaba para celebrar el día
de su glorioso patrono, el teniente coronel Pedro Ruiz Gallo. El jefe de la
Compañía dio la orden definitiva: el animal debía ser sacrificado para el
almuerzo de camaradería del personal militar y empelados civiles.
Los mismos soldados que habían sido sus hermanos de carrera, los mismos que le habían abierto la puerta en las noches de guardia y compartido su paila de rancho, no le perdonaron la vida. Con la misma precisión implacable de la disciplina castrense, desollaron al coloso de cinco años. Aquella tarde, el aroma de la carne de "Chito" volvió a integrarse a los hornos de piedra del campamento, sirviendo como el banquete principal que unió una vez más a la tropa en su día jubilar. El soldado de cuatro patas que desafió a las cercas por seguir el toque de la corneta, entregó su último servicio a la ingeniería militar en los cielos altos de El Pallar.

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