El colapso del Ejército del
Norte y la ocupación chilena de Cajamarca. -La sola aproximación de
las dos divisiones chilenas provocó que el general Miguel Iglesias renunciara
de inmediato a la guerra de resistencia que afirmaba proseguir durante los
últimos días de julio de 1882.
Finalizada la batalla de San
Pablo, ordenó la dispersión de sus tropas; de este modo, el llamado Ejército
del Norte se disolvió sin presentar combate contra el invasor. Ante un jefe tan
indeciso, la moral de los soldados se desmoronó inevitablemente, y apenas un
centenar de ellos permaneció a su lado como escolta del grupo colaboracionista
que había decidido la rendición incondicional ante los chilenos. Al parecer, un
sector de la oficialidad opinaba que se debía efectuar una retirada ordenada
hacia Chachapoyas, pero el proyecto fue desechado por el general Iglesias. En
su lugar, dispuso el licenciamiento inmediato de todas sus fuerzas y ordenó
enterrar los fusiles y las municiones en las chacras e iglesias de Chota y
Cajamarca. Esta postura pacifista de su líder provocó que el enemigo desatara
impunemente su barbarie sobre las indefensas poblaciones chotanas y
cajamarquinas.
El 3 de agosto, la división
del coronel Carvallo Orrego emprendió la marcha desde el distrito de San Pedro
de Lloc, en la provincia de Pacasmayo, con la misión de unirse a la división
que conducía el coronel Silva Vergara desde la ciudad de Guadalupe. Ambas
divisiones tenían previsto encontrarse en San Pablo, Cajamarca. Los pueblos del
tránsito, como Yanan y San Luis, entre otros, fueron destruidos e incendiados
porque, a juicio de los invasores, habían proporcionado hombres, víveres, armas
y toda clase de elementos al general Miguel Iglesias Pino, quien hasta ese
momento aún peleaba contra ellos.
El 5 de agosto de 1882, ambas
divisiones del ejército invasor convergieron en San Pablo y acamparon allí
hasta el día siguiente. Al mismo tiempo, el general Miguel Iglesias procedía a
evacuar la ciudad de Cajamarca, dejando una clara huella de que abandonaba por
completo cualquier posibilidad de intentar la resistencia. A fin de ilustrar la
fuga, un cronista chileno escribiría lo siguiente: «Habían enterrado los
fusiles y cañones, sobre todo una gran cantidad de municiones, en una hacienda
situada a cuatro leguas de la ciudad; luego habían huido con dirección al
interior». No solo ocurrió eso, sino que también dejó en Cajamarca a doce
chilenos que habían caído prisioneros en la batalla de San Pablo, entre ellos
el teniente Salgado. Carvallo nunca imaginó que Miguel Iglesias dispersaría a
su ejército sin disparar un solo tiro.
El 7 de agosto, al tiempo que los chilenos salían de San Pablo, el general Miguel Iglesias marchaba rumbo al fundo Combayo, situado a diez leguas de la ciudad de Cajamarca. Ante el repliegue de sus líderes, la tarde del 8 de agosto de 1882 la ciudad de Cajamarca fue capturada por los chilenos sin la menor oposición. Carvallo, envalentonado por el inesperado suceso, escribió en su parte oficial dirigido a Patricio Lynch: «Siendo las 16:00 horas, entramos tranquilamente por las calles de la ciudad de Cajamarca».

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