Emboscada en la Cota 1232: El
Sacrificio del Sargento Inocente Nicolás Vásquez Gonzales en el Alto Cenepa.- Las
autoridades civiles, militares y la Asociación de los Defensores de la Patria
del Alto Cenepa 1995 (sede Alto Mayo - Rioja) inauguraron y develaron el
monumento en honor al héroe, sargento segundo EP Inocente Nicolás Vásquez
González, en la Plaza de Armas "Héroes del Cenepa" de la provincia de
Jaén, departamento de Cajamarca. La ceremonia fue presidida por el general de
brigada José Cruz Flores Guerrero, comandante general de la 6.ª Brigada de
Selva, quien estuvo acompañado por el magíster Walter Prieto Maitre, alcalde de
Jaén.
El sargento Inocente Nicolás
Vásquez Gonzales perteneció a la Compañía “C” del Batallón Contrasubversivo N°
28 del distrito de Rioja, departamento de San Martín. Falleció el lunes 13 de
febrero de 1995 en la cota 1232 del Valle del Alto Cenepa, durante un
enfrentamiento contra las tropas de la Brigada de Fuerzas Especiales N° 9
“Patria” de Ecuador. Sus restos mortales nunca fueron recuperados, sus
osamentas permanecen hasta el día de hoy cerca de un riachuelo en las inmediaciones
de la cota 1232 en el Valle del Cenepa.
El quiebre de las acciones
comenzó el domingo 12 de febrero a las 16:45 horas, cuando se produjo el primer
choque con las fuerzas ecuatorianas. Las tropas peruanas se desplazaban en
completo silencio por una trocha angosta y sinuosa, bajo la sombra de árboles
inmensos. La primera compañía, integrada por 120 hombres al mando del capitán
"Rodrigo", ingresó a una zona de emboscada, lo que desencadenó un
combate contra el personal de la Brigada de Fuerzas Especiales N° 9
"Patria" de Ecuador. El enfrentamiento finalizó aproximadamente a las
17:30 horas. Tras este primer impacto, los 360 combatientes del Batallón
Contrasubversivo N° 28 de Rioja quedaron totalmente divididos: algunas
compañías utilizaron una trocha alternativa para replegarse hacia el Helipuerto
Tormenta (cota 1274), bautizado por los ecuatorianos como Base Norte; otros, en
cambio, permanecieron dispersos y perdidos en el mismo lugar del combate,
cobijados por la espesura de la selva.
Al día siguiente, el lunes 13
de febrero, la cota 1232 amaneció nublada y bajo un silencio absoluto. A las
08:00 horas, diecisiete combatientes se encontraban perdidos en las
profundidades de aquel inhóspito valle. En situaciones de peligro extremo como esa,
la tensión anula el hambre y la sed; los soldados sumaban ya 48 horas sin
probar rancho ni recibir medicamentos. Preocupados por la situación, a las
09:00 horas enviaron a tres mensajeros para ubicar al personal disperso y a los
miembros de la Reserva, quienes presumiblemente estaban en las faldas del
cerro. Los emisarios recorrieron el mismo camino de la tarde anterior con el
fin de hallar al grupo bajo el mando del teniente de infantería Edwin Ramírez
García "Marcelo" y a la Reserva.
Poco después, los mensajeros
retornaron asustados y con resultados negativos. De inmediato, se envió a un
segundo grupo de emisarios, quienes sí lograron localizar a varios dispersos
entre oficiales, suboficiales y personal de tropa. Hacia las 11:00 horas, los
soldados dispersos de diferentes patrullas se congregaron al mando del capitán
de artillería Luis Alberto Cruz Ruiz "Joel", consolidando una fuerza
de 86 combatientes. Por razones de antigüedad, el mando recayó en el mencionado
capitán. Por disposición suya, el contingente permaneció sentado durante
algunos minutos al borde de un acantilado, cerca de un riachuelo.
Posteriormente, se dispersaron para ocupar diferentes sectores en formación
circular, momento en que la mayoría aprovechó para descansar. En el lugar
imperaba un exceso de confianza promovido por el oficial al mando, quien
repetía con seguridad: "Los monos se han escapado con el rabo entre las
piernas".
A las 11:45 horas de aquel
lunes 13 de febrero de 1995, la tensa calma en la cota 1232 del Valle del Alto
Cenepa se quebró de forma violenta. En la parte alta del acantilado, cerca del
riachuelo, el sargento segundo Inocente Nicolás Vásquez Gonzales y catorce
soldados se encontraban apostados en un sector que carecía por completo de
cubiertas o abrigos naturales para su protección. Debido al exceso de confianza
del oficial al mando, el enemigo sorprendió a las fuerzas peruanas totalmente
desprevenidas. Tropas ecuatorianas dispararon cuatro granadas de mortero de 60
mm desde la cima del cerro ubicado en el sector este; los cuatro proyectiles
impactaron directamente en la parte alta del acantilado, provocando llamaradas
de fuego y un ruido ensordecedor. Esta situación originó un desorden parcial
entre el personal peruano, cuya tropa reaccionó disparando sus fusiles en
distintas direcciones y sin ninguna disciplina de fuego.
Ante el constante impacto de
las granadas enemigas, los soldados corrían de un lado a otro por puro
instinto, buscando esquivar las esquirlas para evitar ser alcanzados. En esos
momentos críticos, se evidenció una falta de dirección por parte de los jefes
de patrulla para replegarse o salir de la emboscada; la gran mayoría del
personal se encontraba cuerpo a tierra. En medio del caos, el narrador
permaneció de pie, adherido al grueso tronco de un árbol que lo protegía de los
disparos enemigos que provenían desde su retaguardia. Desde esa posición,
observó a sus inmediaciones y constató que la totalidad de los oficiales,
suboficiales y jefes de patrulla permanecían cuerpo a tierra, cubriéndose con
los troncos caídos.
Varios minutos después de
iniciado el fuego, las fuerzas peruanas reaccionaron cuando alguien, desde otro
sector, comenzó a disparar granadas de RPG hacia las posiciones ecuatorianas.
El impacto de estos proyectiles —capaces de generar hasta 3000 grados de calor—
sacudió el cerro donde se atrincheraban las tropas de Ecuador, desde donde
comenzaron a escucharse lamentos y voces de dolor. Con esta contraofensiva, el
personal peruano empezó a revertir paulatinamente la desventaja y a controlar
la situación, demostrando que entre la tropa existían soldados de gran valor y,
sobre todo, de notable serenidad, especialmente crucial dado que los artilleros
ecuatorianos nunca variaron el reglaje, el ángulo ni la dirección de sus
morteros.
En su condición de militar más antiguo en el sector del acantilado, el narrador reconoce que cometió el error de no despejar el área ni enviar al personal de tropa al otro lado del riachuelo. Sin embargo, la duda se justificaba por el escenario circundante: cruzar implicaba un peligro constante debido a la fuerte presencia de fusileros y francotiradores enemigos que disparaban ráfagas sin cesar, convirtiendo a ese sector en el punto más comprometido por la acción del adversario.
Los disparos en ráfaga de
cientos de fusiles y ametralladoras de las tropas de Ecuador no causaron daño
inicial al personal peruano, ya que los inmensos árboles que los rodeaban
sirvieron como un escudo muy eficaz contra el armamento menor. Sin embargo, los
cuatro morteristas enemigos continuaron disparando incansablemente hacia el
mismo sector del acantilado. Fue allí donde las esquirlas de una granada de
mortero de 60 mm impactaron gravemente al sargento segundo Inocente Nicolás
Vásquez Gonzales, destrozándole el hombro derecho y el antebrazo, lo que le
provocó un profuso sangrado. Mortalmente herido, el sargento caminó con
dirección al riachuelo utilizando su propio fusil como bastón; en voz alta,
pedía perdón a su madre por todo lo hecho en su vida y, con sus últimas
fuerzas, exclamó dos veces: “¡Por el Perú estoy aquí, madrecita! ¡Perdóname por
todo, perdóname, madre! ¡Viva el Perú! ¡Viva el Perú...!”. Segundos después, al
ingresar en unas malezas, sus piernas cedieron y se desplomó, perdiéndose de vista
entre los arbustos debido a las circunstancias del combate.
Los ataques continuaron con
total intensidad. Durante cuarenta minutos, el narrador permaneció parado al
pie del árbol grueso, una ubicación que lo protegía pero que le impedía
responder el fuego hacia las posiciones ecuatorianas. Al evaluar el entorno, decidió
correr ladera abajo hacia un árbol caído en posición horizontal en la mitad del
acantilado para usarlo como nuevo abrigo. En ese trayecto, el impacto de cuatro
granadas de mortero de 60 mm y sus ondas expansivas lo hicieron volar y rodar
por la pendiente. Al caer con el fusil bajo el pecho, la palanca de armar le
fracturó el quinto metacarpiano de la mano izquierda, incrustándosele además
una astilla de madera de cinco centímetros en el dorso. Aturdido, intentó
regresar a su posición inicial cuando una nueva tanda de cuatro granadas
estalló; las esquirlas le impactaron en el omóplato izquierdo. Tras sentir un
fuerte golpe y un ardor abrasador a la altura de la tetilla izquierda, comprobó
con su mano que la esquirla grande había dejado un orificio en su espalda. La
sangre caliente ya sobrepasaba el talón de su pie izquierdo, llevándolo al
límite de la muerte por la gravedad de la hemorragia. Con el enfriamiento del
plomo incrustado en su omóplato, su brazo izquierdo se adormeció por completo,
provocándole un dolor intenso en la axila.
En medio del desconcierto y la
intensidad del fuego, el narrador llegó a gritar hacia el cerro: "¡Somos
peruanos, no disparen!", creyendo por error que se trataba de un
fratricidio o fuego cruzado con tropas propias. Sin embargo, reaccionó al recordar
que los soldados ecuatorianos utilizaban fusiles de calibre 5.56 mm disparados
desde trincheras subterráneas —cuyas ráfagas reventaban con un sonido similar
al de palomitas de maíz—, a diferencia del potente y característico estruendo
del fusil FAL peruano de calibre 7.62 mm. La situación empezó a revertirse
cuando uno de los combatientes peruanos comenzó a disparar un lanzacohetes RPG,
lo que obligó al enemigo a silenciar sus morteros, fusiles y ametralladoras.
Aprovechando esa tregua
momentánea, el narrador y cuatro soldados cruzaron el riachuelo a toda
velocidad para iniciar un contraataque, pero la fusilería enemiga se reactivó
desde múltiples flancos. Para salvar la vida, saltaron a un pozo profundo donde
el agua le llegaba a la altura de la garganta. Ante el riesgo inminente de ser
capturado o identificado, el narrador se deshizo de su cámara fotográfica,
rollos de repuesto, su carné de identidad y mil ochocientos soles en billetes
protegidos con plástico. Tras resistir veinte minutos arrinconados contra las
rocas del pozo, y bajo el silbido de las balas que impactaban a medio metro de
sus cabezas, el fuego cesó. Al salir del agua, hallaron el cuerpo sin vida del
sargento Inocente Nicolás Vásquez Gonzales, tendido boca abajo con el hombro
destrozado y el fusil bajo el pecho. El narrador volteó el cadáver a una
posición de decúbito dorsal, colocó el fusil sobre su pecho y procedió a
evacuar a los sobrevivientes. En total, reunió a 27 heridos con diversos
impactos de esquirlas en la espalda y el vientre, quienes iniciaron una penosa
retirada rampando de pozo en pozo a lo largo del riachuelo en dirección al
Helipuerto Tormenta (cota 1274), donde se ubicaba el Puesto de Comando del
Batallón Contrasubversivo N.° 28, liderado por el teniente coronel de
infantería Julio Celestino Chaparro Beraún.
Al día siguiente, el martes 14
de febrero a las 10:00 horas, el teniente coronel Chaparro Beraún organizó una
fuerza de rescate de 200 hombres con la misión de descender a la cota 1232 y
recuperar el cadáver del sargento. Sin embargo, se dieron con la sorpresa de
que las tropas de la Brigada de Fuerzas Especiales N.° 9 "Patria" de
Ecuador ya habían tomado posiciones firmes en el sector del combate, impidiendo
el paso con fuego cerrado de fusilería y granadas. Ante la resistencia, la
patrulla peruana se vio obligada a replegarse por la misma trocha hacia el
Helipuerto Tormenta. Alentadas por su avance, las tropas ecuatorianas iniciaron
una persecución silenciosa empleando trajes de camuflaje especial Ghillie,
pero fueron descubiertas por los vigías peruanos instalados en la parte alta.
Desde allí, las fuerzas del Perú respondieron con todo su poder de fuego y
granadas, obligando a los atacantes a huir arrastrando a sus propios muertos y
heridos.
Tras este fallido intento de
rescate en el fragor de la guerra, los restos mortales del sargento segundo
Vásquez Gonzales quedaron atrapados en la hostilidad del terreno. Fue
catalogado oficialmente como desaparecido en acción de armas; una condición que
mantiene hasta el día de hoy, percibida por quienes combatieron a su lado como
un doloroso olvido por parte de la institución militar y del propio Estado
peruano.
Con la entrega de este busto y monumento, se rinde un tardío, pero imperecedero homenaje a su memoria, valor y sacrificio supremo por la patria.


Para todos aquellos combatientes que de alguna manera discrepan con mis escritos, les digo que yo estuve adherido al pie del árbol grueso a una distancia de 10 a 12 metros donde falleció el sargento "Lechuza", cerca al riachuelo. En todo momento permanecí de pie, observé todo lo que ocurría en las inmediaciones, también reiteradas veces grité a todo pulmón hacia el cerro de dónde venían los disparos, pensando que equivocadamente nos enfrentábamos a nuestras propias fuerzas al mando del mayor "Wily", quienes permanecían como perdidos desde el combate de día anterior, que fue día sábado en la tarde ¿se acuerdan o no?. Pregunto ¿si estuvieron cerca, no se acuerdan del suboficial "Diego", de la Base Militar del distrito de Pelejo?, ¿no vieron cuando una explosión me hizo volar por la pendiente del acantilado, donde me fracture la mano izquierda, y cuando me repuse sonámbulo cayó más granadas de mortero de 60 mm y las esquirlas de estas me perforó el omóplato izquierdo y retornando al pie del mismo árbol permanecí sangrando por lapso de varios minutos?, ¿no me vieron cuando se silenció los disparos intenté correr hacía el frente, hacía el otro lado del riachuelo y ante el reinicio del disparo de las ametralladoras en ráfaga a toda velocidad me desvié a la izquierda y salté a un pozo en companía de 4 soldados donde permanecí metido varios minutos". El teniente Marcelo no participó en ese enfrentamiento, él también estaba perdido. Pregunto, sí estuvieron tan cerca del sargento fallecido ¿no me vieron que estado herido siempre permanecí de pie al pie de un árbol grueso?. Soy testigo ocular cuando al mencionado finado las esquirlas de granada de morteros de 60 mm le abrió todo el hombro derecho, dejando un hueco grande por donde comenzó salir mucha sangre, él en ese momento con la muerte que se le aproximaba caminó por la pequeña pendiente, instantes que pidió perdón a su madre y dio vivas al Perú. Atentamente Suboficial EP "Diego" Jefe de la Base Contrasubversiva del distrito de Pelejo (diciembre 1994 – 29 de enero 1995). Saludo afectuoso para todos los Combatientes y Defensores de la Patria del Perú.
ResponderBorrarHola amigo cm está
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