viernes, 14 de diciembre de 2018

PROMOCIÓN DE OFICIALES DE RESERVA DEL EJÉRCITO DEL PERÚ "CORONEL EP JUAN VALER SANDOVAL" 2019

El Peso del Uniforme

El viejo soldado del antaño observaba la plaza de armas de la Escuela Militar de Chorrillos con una mezcla de nostalgia y profunda amargura. Bajo el sol implacable de la tarde, se llevaba a cabo la graduación de la III Promoción de Oficiales de Reserva. El aire vibraba con marchas militares y discursos solemnes pronunciados por el general de ejército Jorge Orlando Céliz Kuong. El anuncio oficial resonaba en los parlantes con orgullo: aquellos cuarenta y siete civiles se unían formalmente a las filas para contribuir a construir un país más seguro y desarrollado. Para bautizar la promoción, habían elegido un nombre sagrado: "Coronel EP Juan Valer Sandoval", el héroe que entregó su vida en el rescate de Chavín de Huántar.

Sin embargo, detrás de la marcialidad de los bombos y los clarines, el viejo soldado no podía evitar sentir que algo sagrado se había quebrado. En la tribuna de honor, distinguidas figuras de la política nacional lucían uniformes impecables y ostentaban grados de oficiales superiores con una soltura que a él le había costado décadas de sudor, selva, puna, trincheras y guerras conseguir un grado superior.

Recordó los años del gobierno de Ollanta Humala, cuando los pasillos del cuartel general comenzaron a llenarse de decretos extraños. Así fue como la excongresista Luciana León, más tarde cercada por las sombras de la corrupción y el escándalo de "Los Intocables de la Victoria", terminó vistiendo las charreteras de capitán del ejército. Al lado de sus recuerdos desfilaban también los nombres de la señora Luisa María Cuculiza y la señora Mercedes Cabanillas, veteranas de la vieja y cuestionada política partidaria, luciendo el grado de mayor del Ejército. Para el viejo soldado, ver aquellos apellidos vinculados a los episodios más oscuros de la historia reciente del país, cobijados bajo el uniforme de la patria, era una vergüenza difícil de digerir.

No sirven ni para clase VII.

El protocolo continuó. El general Céliz hizo llamar al frente a la teniente Valeria Carolina Valer Collado, hija del recordado héroe, para entregarle un galardón especial. El viejo soldado, desde su rincón, se preguntó en silencio qué gran hazaña intelectual, qué invento o qué destreza militar extraordinaria había demostrado la joven para justificar tal distinción, más allá del peso de su apellido y su posterior salto a las curules del Congreso. Poco después, vio marchar al periodista Óscar Paz Campuzano, flamante teniente de infantería del ejército tras un curso relámpago de apenas tres meses. El soldado viejo sonrió con amargura; sabía bien que ese oficial de infantería "civil" jamás pisaría el barro de una trinchera real y no pasaría semanas enteras día y noche en las punas de hambre. Su destino, como el de tantos otros, sería un atrincheramiento seguro detrás de un escritorio colmado de expedientes y tazas de café.

Mientras la ceremonia llegaba a su fin y los nuevos oficiales se tomaban fotografías para las redes sociales, el viejo soldado desvió la mirada hacia el mapa del Perú que colgaba en su memoria. Pensó en las indomables etnias Asháninka y Wampis, en aquellos verdaderos guerreros del monte que, a lo largo de la historia, habían defendido la soberanía nacional con un patriotismo indomable y una resistencia física inigualable. Ellos, los que de verdad sabían lo que era combatir en el Frente Externo o enfrentar la crudeza de la guerra contrasubversiva, permanecían en el olvido, sin uniformes de gala ni oficinas climatizadas.

—En caso de una guerra real en el Frente Externo, o en pleno combate contrasubversivo, estas mujeres veteranas no servirían ni para la Clase VII... —murmuró el viejo soldado para sí mismo, soltando una risa cargada de desprecio y sarcasmo.

El viejo soldado sabía perfectamente que, en las directivas de la Comandancias General del Ejército impreso en papel fino, la Clase VII se refería formalmente a las mujeres que se internan en la selva o las zonas de emergencia para prestar servicio sexual con la tropa. Pero en la picardía y el crudo argot de la tropa que él tanto conocía, la "Clase VII" designaba a las visitadoras, aquellas mujeres que prestaban servicios de higiene sexual para el consuelo de los soldados. Para el curtido combatiente, ni para ese rudo oficio de campaña habrían tenido la menor utilidad en el frente.

Apagó su cigarrillo y caminó de regreso a sus cuarteles de invierno, preguntándose en qué momento el glorioso ejército de Cáceres se había convertido en un salón de recepciones de mujeres veteranas y hombres con panza abultada lejos de las trincheras.

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