El Suelo Petrolero: Los Cimientos del Batallón de Infantería Motorizado “Iquique” "Iquique" N° 31, Lobitos.- El glorioso Batallón de Infantería Motorizado “Iquique” N° 31, acantonado en el desértico y estratégico distrito de Lobitos, en Talara, se erigió entre 1985 y 1994 como una de las principales unidades de maniobra de la 8va División de Infantería. Sin embargo, la estirpe guerrera de esta unidad no nació en las arenas de Piura, sino en los albores de la Guerra del Pacífico.
El batallón fue fundado,
financiado y formado en el año 1879 por el acaudalado héroe y patriota Alfonso
Ugarte Vernal, quien se convirtió también en su primer comandante de
Unidad. Desde aquel bautizo de fuego contra las fuerzas chilenas, el
"Iquique" grabó su nombre con sangre en la historia nacional:
defendió la soberanía en la Guerra contra el Ecuador en 1941 y, años más
tarde, sus bravos infantes marcharían nuevamente al norte para contener y
repeler a las tropas invasoras ecuatorianas en el conflicto del Alto Cenepa
en 1995.
Para el año 1985, el cuartel
que albergaba a este glorioso batallón respiraba la historia de la explotación
industrial del país. Las instalaciones de madera fina y las estructuras del
acantonamiento habían pertenecido originalmente a la Compañía Petrolera
Lobitos, de capitales británicos, que posteriormente vendió sus activos a
la International Petroleum Company (I.P.C.) de los Estados Unidos.
Desde 1888 hasta el histórico 9
de octubre de 1968 —fecha en la que el gobierno revolucionario tomó los
yacimientos—, los empresarios extranjeros extrajeron el oro negro de Talara sin
control fiscal y libres de impuestos, amparados por la complicidad de gobiernos
entreguistas. Como un mudo y lúgubre testimonio de su prolongada presencia, los
norteamericanos dejaron tras de sí un cementerio con cientos de sarcófagos de
mármol que, hasta el día de hoy, yace en las inmediaciones de los polvorines de
la 8va División de Infantería, en el sector este del distrito de Lobitos. Las
imponentes esferas (bola) metálicas que almacenaban el agua para el pueblo y
los pabellones de madera noble, donde el personal militar instaló sus oficinas
y dormitorios, eran los últimos vestigios de la era del petróleo yanqui.
En ese entorno de mística
histórica y viento costero, la unidad inició el año fiscal de 1985 con una
plana de profesionales de primer nivel, listos para custodiar la frontera
norte.
Plana Mayor y Corporación de
Oficiales (Año 1985)
- Comandante del Batallón: teniente
coronel de Infantería Jorge Ramos Varillas
- Segundo jefe y Oficial de Operaciones
(S-3): Mayor de Infantería Luis Grados
Bailetti
- Capitanes de Infantería:
- Capitán Gutiérrez Hammer
- Capitán Juan Muñante Salazar
- Capitán Carlos Noriega Montes
- Servicio de Sanidad:
Capitán Médico Jorge Ton Sam
- Tenientes de Infantería:
- Teniente Guevara
- Teniente Néstor Ezeta Vélez
- Teniente Arroyo
- Teniente Eloy Vega Sologuren
- Teniente Izquierdo
- Subtenientes de Infantería:
- Subteniente Juan Tello Delgado
- Subteniente Vivanco Aquino
- Subteniente Palomino Mori
Corporación del Personal de
Suboficiales (Año 1985)
El alma técnica, logística y
operativa del batallón descansaba sobre los hombros de sus técnicos y
suboficiales, hombres encargados de mantener la operatividad de los hombres y
las armas:
- S01 MA Flores Bautista (Material
de Guerra)
- SO2 MVR Leónidas Ventura
Bautista (Mecánico de Vehículos Ruedas)
- SO3 MCE Miguel Pineda
Ramírez (Mecánico de Comunicaciones Electrónicas)
- SO3 OC Víctor Vega
Zamudio (Operador de Comunicaciones)
- SO3 Carlos Rodríguez Mederos
(Enfermero Militar, el recordado "Choche")
- SO3 MVR Luis Montezuma Guevara (Mecánico de Vehículos Ruedas)
El Templo del Sacrificio: El
Comando de Jorge Ramos Varillas y el Rigor del "Zorro Blanco" (1985).-
Mi
llegada al Batallón de Infantería Motorizado "Iquique" N° 31 marcó un
quiebre definitivo en mi carrera militar. Venía de la 9na División Blindada,
acantonada en el Tablazo de Tumbes, acostumbrado al rugido de los tanques, pero
el viento y la arena de Lobitos me recibieron con una mística completamente
distinta. Al incorporarme, encontré al mando de la unidad al teniente coronel
de Infantería Jorge Ramos Varillas. A sus cuarenta y un años, Ramos Varillas
era la estampa misma de la milicia: tez trigueña, semi calvo, de un metro
setenta y ocho de estatura y poseedor de un cuerpo atlético minuciosamente
trabajado. Su reputación lo precedía; apenas un año antes de asumir el
batallón, había retornado de los Estados Unidos tras culminar un exigente curso
militar. En los pasadizos se comentaba con respeto que ostentaba el galardón de
haber sido el número uno de su arma y el número dos de toda su promoción.
Ramos Varillas llegó a Lobitos
con una obsesión entre ceja y ceja: colocar al glorioso Batallón de Infantería Motorizado
“Iquique” N° 31 como la mejor unidad de toda la 8va División de Infantería.
Quería la excelencia absoluta en la instrucción para la guerra, en las
minuciosas revistas de vehículos, en el tiro con morteros, en las olimpiadas
militares y en la codiciada Copa Tarapacá. Pero la gloria tiene un precio, y
los subalternos fuimos los grandes sacrificados para alcanzar su meta. Desde
las seis de la mañana hasta las nueve de la noche, el cuartel se convirtió en
una máquina sin frenos. No había descanso para nadie; el día entero se consumía
entre el sudor de la instrucción y el trabajo físico. La presión era tal que se
eliminó por completo el fulbito en las horas de deporte programadas. Aquel
ritmo implacable comenzó a sembrar una sorda disconformidad entre el personal,
exhausto por la rigidez de un comandante que no conocía la palabra tregua.
El rigor de su doctrina quedó
grabado a fuego en nuestras memorias tras un traspié en la plaza de armas de la
División. Durante un desfile en orden cerrado, el batallón cometió un error en
la marcha. Aquella falla nos costó una severa llamada de atención pública por
parte del General Luis Briceño Viscarra, comandante General de la 8va División
de Infantería. Al final de la competencia, quedamos relegados a un amargo
tercer puesto. El resultado hirió el orgullo de Ramos Varillas. Al retornar al
cuartel, el trueno de sus amonestaciones sacudió a los jefes de Compañía, pero
el verdadero castigo cayó sobre el cuerpo del batallón.
Ese mismo día, Ramos Varillas
se puso a la cabeza y nos hizo rotar a paso ligero por el escarpado cerro donde
se erigían las dos imponentes "bolas metálicas" de agua. No bastando
con ello, nos ordenó marchar a orillas del mar, sobre la densa arena de la
playa de Lobitos. Permanecimos marchando, bajo el sol inclemente y sin probar
bocado de rancho, hasta las tres de la tarde. La sanción no terminó con la luz
del día; en la noche, inmediatamente después de la Lista de Retreta, el silbato
volvió a sonar. Desde las 20:30 hasta las 22:00 horas, el batallón entero
continuó rompiendo filas contra el viento marino, marchando a oscuras sobre la
arena mojada. Aquella rutina nocturna a orillas del mar se prolongó de manera
implacable durante un mes completo.
El exceso de exigencia física
empujaba al personal de tropa al límite de sus fuerzas, provocando constantes
desmayos en la orilla. Pero el batallón tenía su propio método de reanimación:
en cuanto un soldado caía desvanecido en la arena, sus compañeros lo cogían de
los brazos y las piernas, lo cargaban en vilo hasta el rompiente de las olas y
lo aventaban sin miramientos al agua fría del mar de Grau. El impacto del agua
salada obraba milagros; el recluta despertaba de golpe, salía corriendo de la
espuma totalmente espabilado y se reincorporaba de inmediato a la columna para
continuar marchando.
Mientras el comandante
observaba el castigo y controlaba la disciplina desde la parte más alta del
patio de formación, el encargado de ejecutar cada una de las órdenes en el
terreno era el Mayor de Infantería Luis Grados Bailetti. El Mayor era un
oficial comando por excelencia, una máquina para las operaciones de campaña a
quien toda la guarnición conocía bajo el respetable seudónimo de "Zorro
Blanco".
Entre Madera Antigua y Gas Natural: La Geografía del Cuartel.- En aquel 1985, el cuartel de Lobitos exhibía las cicatrices del tiempo y el contraste de sus épocas. Las cuadras que albergaban a la Tropa del Servicio Militar Obligatorio, las oficinas del Estado Mayor, los almacenes logísticos, la sala de conferencias y el casino de la tropa se sostenían sobre las viejas estructuras de madera fina heredadas de las compañías petroleras yanquis, techadas con gastadas planchas de eternit que se encontraban en completo mal estado debido a las décadas de abandono. En las antípodas de este deterioro se levantaba el alojamiento, el comedor y la cocina del personal de oficiales; una construcción moderna edificada recientemente en el año 1977 que gozaba de todas las comodidades.
Por su parte, el alojamiento
destinado al personal de suboficiales parecía haber sido en su día el barrio de
los obreros de la antigua Empresa Petrolera Lobitos. Eran viviendas de una sola
planta construidas de material noble y techo de eternit que se mantenían en
regular estado de conservación. Cada casa contaba con tres dormitorios, una
sala, un comedor y una cocina que, para sorpresa de muchos, disfrutaba de una
instalación funcional de gas natural directo de los yacimientos. La cocina de
Tropa compartía el mismo origen industrial; era una inmensa instalación yanqui
equipada también con cocinas a gas natural, flanqueada por un descomunal
comedor donde se alimentaban los seiscientos hombres del servicio militar
obligatorio.
Sin embargo, el gran tendón de
Aquiles de la guarnición era la red de agua y desagüe. El sistema se encontraba
totalmente colapsado desde las devastadoras lluvias del Fenómeno de El Niño de
1983. A pesar de los años transcurridos, las tuberías seguían rotas y el
servicio destruido, obligando al personal a convivir con el desabastecimiento
bajo la eterna y conocida justificación oficial de que no existía presupuesto
para las refacciones.
La Mutación del Escalafón: Técnicos en los batallones combate.- Aquellos años previos a la década de los noventa resguardaban una estructura jerárquica muy distinta a la actual en las unidades de combate. En las filas de los batallones de combate no existía el personal con el grado de Técnico; el techo máximo permitido para la suboficialidad dentro de una unidad tipo batallón era el de Suboficial de Primera (SO1). En toda la 8va División de Infantería, el grado más antiguo y respetado al que se podía aspirar era el de Técnico de Primera (Tco1), un galón cuya obtención era sumamente restringida y exigía años de impecable hoja de servicios y rigurosos exámenes de conocimientos y de esfuerzo físico.
Sin embargo, la historia
cambió tras el desastroso primer gobierno de Alan García y la posterior llegada
del primer régimen de Alberto Fujimori. En medio de la crisis económica, la
devaluación y los bajísimos sueldos que percibía el personal militar, el Comando
del Ejército decidió otorgar una recompensa institucional a los hombres que
arriesgaban la vida combatiendo en las peligrosas Zonas de Emergencia del
Frente Interno. A partir de 1990, se dio carta abierta para los ascensos
masivos, eliminando de golpe los temidos exámenes de conocimientos y las
rigurosas pruebas de esfuerzo físico.
El Ascenso al grado inmediato superior comenzó a otorgarse únicamente sobre la base de las calificaciones y actas firmadas a discreción por los jefes de compañía y los comandantes de batallón. Aquella flexibilización política provocó que, en los años venideros, las unidades militares se inundaran de una gran cantidad de Técnicos que carecían de la destreza y capacidad técnica real en sus respectivas especialidades. Las cifras que manejábamos en el año 2013 retrataban con crudeza esta metamorfosis del escalafón: antes de 1990, a nivel de todo el Ejército del Perú, existían únicamente ocho (8) Técnicos jefes Superiores y quince (15) Técnicos jefes; una élite absoluta en todas las regiones del Perú. Para el año 2013, las planillas del Ejército registraban la alarmante cifra de 183 Técnicos jefes Superiores y 573 Técnicos jefes, reflejo de una época donde los galones de la retaguardia se multiplicaron mientras la mística y el rigor del viejo Fuerte Lobitos de 1985 se desvanecían en el recuerdo.
El Guerrero del "Zorro
Blanco" y los Servicios Guardia (1985).- El año
1985 consolidó el temperamento del batallón bajo la estampa de oficiales que
parecían extraídos de las crónicas más duras del Frente Interno. El engranaje
operativo del glorioso Batallón de Infantería Motorizado “Iquique” N° 31
descansaba en la conducción del Mayor de Infantería Luis Grados Bailetti. A sus
treinta y cinco años de edad, Grados Bailetti ostentaba el grado de mayor en su
primer año. De tez blanca y una prematura cabellera cana que le valió el
indiscutible seudónimo de "Zorro Blanco", era un excelente soldado:
valiente, guerrero e innatamente apto para las campañas en cualquier tipo de
terreno. Era un Comando de la vieja escuela, resistente a todo, práctico y
sumamente rápido en la ejecución de sus funciones.
Sin embargo, el eco del
cuartel guardaba murmullos. Entre sus detractores, que incluían a algunos
capitanes y tenientes de la unidad, se comentaba en voz baja que el Mayor no
descollaba en el ámbito académico. El más mordaz de ellos era el teniente de reserva
arequipeño Eloy Vega Sologuren, a quien todos llamaban el “Cirulito”. Vega
Sologuren, con una osadía no exenta de veneno, prefería ignorar el alias
oficial y llamaba al segundo jefe el "Burro Blanco".
A pesar de las críticas de
pasadizo, el Mayor Grados era uno de los pocos oficiales superiores por quien
sentí una sincera admiración debido a su valor, fortaleza y rectitud moral. Su
destreza física quedó demostrada al liderar y capitanear el prestigioso equipo
de la Copa Tarapacá en representación de la Primera Región Militar. La escuadra
estaba integrada por cinco oficiales de élite: del BIM N° 31 participaban el
propio Mayor Grados y el Capitán de Infantería Carlos Noriega Montes junto al
Subteniente Luis Vivanco Aquino, completando el grupo dos oficiales del
Batallón de Infantería “Tarapacá” N° 17, acantonado en el vecino distrito de El
Alto. En la competencia interregiones, celebrada en la ciudad de Lima, el
equipo del norte marchó con paso firme y conquistó un honroso segundo puesto a
nivel nacional, recibiendo el reconocimiento y las felicitaciones de la
Jefatura de la 8va División de Infantería.
Pero el "Zorro
Blanco" cargaba también con los demonios de una guerra sin cuartel.
Durante los años 1983 y 1984, había prestado servicios en la convulsionada Zona
de Emergencia del departamento de Ayacucho. Al calor de las botellas de cerveza
y las amanecidas, el Mayor solía desnudarse en confesiones sobre los cruentos
patrullajes y la vida en las Bases Contrasubversivas. Recuerdo nítidamente una
ocasión en que se dirigió a nosotros, los suboficiales, revelando la crudeza de
la doctrina antisubversiva de la época:
—A los terrucos capturados se les reunía en las bases —nos contaba con la
mirada fija—, luego los conducíamos a las partes más altas de las punas. Allí
les hacíamos cavar su propia tumba, los metíamos a todos en el hueco y
colocábamos cargas de dinamita para volarlos en mil pedazos. La misma explosión
los tapaba con tierra.
En otras ocasiones, su relato
no variaba en horror:
—A otros los metíamos en cuevas grandes y les sellábamos la entrada con cargas
de dinamita. Con la detonación quedaban totalmente sepultados para siempre.
Esas eran las memorias de
combate que el Mayor Grados compartía en las noches de Lobitos, testimonios de
una época donde la piedad militar se había extinguido en las alturas de la
sierra.
Las Guerras de la Guardia y las Armas Robadas.- Paralelamente a la severidad del entrenamiento, el día a día en el cuartel de Lobitos albergaba una sorda disputa por las funciones del servicio. Según el Reglamento de Servicio Interior RE-34-5 del Ejército del Perú, la delicada función de Oficial de Guardia correspondía estrictamente a los oficiales subalternos con los grados de teniente y Subteniente. Sin embargo, a mi incorporación en la guarnición, me topé con la ingrata sorpresa de que dicha responsabilidad recaía de forma indebida sobre el personal de suboficiales. Cumplimos con aquel castigo reglamentario hasta el mes de mayo de 1985.
Durante ese periodo, los
oficiales de reserva de la unidad —el arequipeño Eloy Vega Sologuren
(“Cirulito”), el teniente Chauca Lingán, el teniente Néstor Ezeta Vélez, el teniente
Arroyo y el piurano “Boquini” Guevara— se turnaban en la función de Capitán de
Día. Con un celo desmedido y buscando siempre la sinrazón para perjudicar al
eslabón técnico, estos oficiales iniciaban sus rondas sigilosamente a partir de
la medianoche. Se aproximaban a la Guardia de Prevención pegados a las paredes
para esquivar la línea de visión del centinela de turno, argumentando luego que
el personal de tropa no realizaba el "alto reglamentario" por falta
de instrucción. Bajo ese pretexto caprichoso, sancionaban severamente al
suboficial a cargo de la guardia con días de arresto simple.
A mí pocas veces lograron
sorprenderme. Aprendí rápido las mañas de la guarnición. En una oportunidad,
previendo la jugada, me oculté deliberadamente detrás de un grueso muro cercano
a la prevención en horas de la madrugada. Cuando divisé la silueta del jefe de
Ronda aproximándose a hurtadillas, salí de las sombras y personalmente le grité
el procedimiento: “¡Alto! ¡Alto! ¿Quién vive?”. Al ver que el oficial no
detenía su marcha para identificarse, jalé el gatillo y realicé un estruendoso
disparo al aire. El tiro rompió el silencio de la noche y le pegó el susto de
su vida a un Mayor perteneciente al BIM “Glorioso Ayacucho” Nº 3, quien jamás
volvió a intentar tomar mi guardia por sorpresa.
Poco después, la tortilla se
dio vuelta. Por una orden categórica del General de Brigada comandante General
de la 8va División de Infantería, se dispuso el cumplimiento estricto del
reglamento: los tenientes de procedencia de la Escuela Militar de Chorrillos,
los de reserva y los subtenientes pasaron finalmente a ocupar la función de
Oficial de Guardia, mientras que los suboficiales fuimos reasignados a las
tareas de Oficial de Día y Ronda Nocturna.
Las cosas cambiaron, pero la
oficialidad demostró pronto su aburguesamiento; abusando de su rango, mandaban
llevar colchones para dormir plácidamente en las instalaciones de la guardia
durante sus turnos. Aquella indolencia encendió mi espíritu de revancha. Una
madrugada, aprovechando el profundo sueño del teniente Eloy Vega Sologuren y de
su tropa de retén, me deslicé sigilosamente en la prevención y le robé su
ametralladora UZI reglamentaria, escondiéndola en mi alojamiento. Repetí la
hazaña otra noche con el teniente Arroyo, un oficial gordito natural de
Pacasmayo, y con varios subtenientes más. En mis rondas nocturnas, sorprendía a
los oficiales durmiendo y, sin levantar sospecha, les arrebataba los fusiles a
los soldados conscriptos del retén.
Al amanecer, el despertar de
la guardia era un poema de pánico y desesperación al percatarse de los
faltantes en el armamento. Horas más tarde, tras hacerlos sudar frío ante la
amenaza de una sanción, les devolvía los fusiles. Aquellas lecciones de
vigilancia sembraron un profundo rencor hacia mi persona entre varios oficiales
de la unidad, quienes me miraban con recelo en el comedor, aunque jamás se
atrevieron a reclamarme nada cara a cara, sabiendo que habían sido capturados
en flagrante falta reglamentaria.
Aquel orden duró lo que duró el mando del General Luis Briceño. A finales de 1986, con la partida del alto mando de la guarnición de Lobitos, el General entrante modificó nuevamente las directivas y dispuso que los suboficiales retornáramos a las extenuantes guardias de prevención, sepultando la tregua y reanudando la vieja rutina del cuartel.
El Filo del Peligro y las
Oraciones de una Madre (1985).- El Servicio de Guardia de
Prevención en el Batallón de Infantería Motorizado “Iquique” N° 31 no admitía
titubeos, y mi doctrina al frente del servicio rozaba una temeridad de la que
solo fui consciente con el paso de los años. En un cuartel fronterizo y bajo el
rigor que imponía el comando de Ramos Varillas, el armamento debía estar listo
para el combate en cualquier instante. Por ello, a cada soldado de la Tropa del
Servicio Militar Obligatorio que entraba de facción, le ordenaba permanecer en
su puesto con el Fusil Automático Ligero (FAL) alimentado con una cacerina de
veinte cartuchos calzados, el arma cargada y el selector de tiro en la posición
“R” —repetición—, es decir, listo para abrir fuego en el acto. La imponente
ametralladora MAG de la guardia se mantenía bajo la misma consigna: con la
cinta de munición puesta y armada para disparar. Asimismo, la ametralladora UZI
que portaba bajo mi directa responsabilidad permanecía cargada con su cargador
abastecido con treinta y dos cartuchos de calibre 9 milímetros.
En aquellos años de juventud
militar, uno nunca mide la verdadera dimensión del peligro; se juega con la
muerte como si fuera parte de la rutina diaria. Esa audacia inconsciente estuvo
a punto de costarme la vida de mis subordinados en tres oportunidades que jamás
se borrarán de mi memoria.
La primera de ellas ocurrió
durante el relevo de la madrugada, exactamente a las tres de la mañana. Al
manipular de forma incorrecta el mecanismo de la ametralladora MAG, el percutor
se activó y vació una ráfaga incontrolable de quince cartuchos de la cinta. El
estruendo rompió el silencio de Lobitos en cuestión de segundos. A pesar de que
el patio de la guardia estaba colmado de soldados en pleno relevo, por obra de
la suerte o del destino, el plomo no alcanzó a nadie. Alertado por las
detonaciones, el Capitán Juan Muñante Salazar —Capitán de Día— llegó corriendo
con el rostro desencajado y la respiración entrecortada:
—¡¿Qué pasó, suboficial?! ¡¿Qué pasó, suboficial?! —me gritó alarmado.
Me encontró de pie, revisando
el cajón de mecanismos de la MAG con una calma fingida que contrastaba con el
desastre que acababa de esquivar. Con total sangre fría, le respondí:
—Ha sido un simple ensayo, mi capitán. Todo está normal, todo está fríamente
calculado.
El oficial me clavó una mirada
de profunda preocupación. No se tragó el cuento, por lo que ordenó formar de
inmediato a todo el personal de la guardia en el patio. El Capitán Muñante pasó
revista uno a uno, verificando minuciosamente las piernas y los cuerpos del
personal de Tropa para asegurarse de que ninguno ocultaba una herida de bala.
Al comprobar que todos estaban ilesos, levantó la mirada hacia mí, suspiró con
alivio y se limitó a decirme:
—Suboficial, debe tener mucho más cuidado con el armamento.
—Sí, mi capitán, todo está fríamente calculado —le repetí con firmeza, aunque
por dentro mi pecho era un torbellino y le rogaba en silencio a Dios por
haberme librado de una desgracia segura.
La fortuna me volvería a
sonreír otra noche, durante las horas de instrucción que impartía a los soldados
de la guardia antes del relevo del primer turno. En plena demostración de las
bondades técnicas de la UZI, el fiador falló y la ametralladora escupió una
ráfaga de nueve cartuchos. La tropa se encontraba formada frente a mí, a una
distancia de escasos seis metros; los proyectiles silbaron en la oscuridad
pasando a milímetros de sus cabezas, clavándose en el arenal. Nuevamente, la
muerte pasó de largo sin dejar heridos que lamentar.
El tercer encuentro con la
tragedia ocurrió al finalizar un extenuante servicio de guardia. Uno de los
soldados conscriptos, rompiendo las normas de seguridad, había entregado su
fusil FAL dejando un cartucho alojado en la recámara. Por la premura del tiempo
y la prisa por entregar el puesto, omití el procedimiento reglamentario para revisar
las armas de fuego. Agarré el fusil y, sin apuntar a una zona segura, presioné
el gatillo. El disparo seco y ensordecedor retumbó en el recinto; el proyectil
pasó rozando la cabeza de un soldado que estaba a mi lado y terminó
incrustándose con violencia en las paredes de madera fina del galpón.
Oficiales, suboficiales y la tropa salieron corriendo de los pabellones
colindantes para ver qué sucedía, pero la bala solo había dejado un agujero en
la madera y un susto mayúsculo.
Cada vez que sobrevivía a uno
de estos incidentes, me asaltaba un profundo malestar moral en la soledad de mi
alojamiento. Sin embargo, en el día a día del cuartel, disimulaba el
remordimiento haciéndome el fuerte, el imperturbable, tanto delante de los oficiales
como frente a los reclutas.
Hoy, con el peso de los años
encima, suelo meditar con frecuencia sobre aquellas tragedias de las que me
salvé por un cabello en las arenas de Lobitos. La única respuesta que encuentro
a mi supervivencia es que, en la quietud de las guardias nocturnas, mis
pensamientos siempre volaban hacia Jesucristo; siempre conversaba con Él en
silencio. Años más tarde, cuando me senté con mi madre y le relaté uno a uno
los peligros mortales que pasé en las guarniciones del Ejército, ella me miró
con ternura y me reveló el secreto de mi suerte:
—Hijo, yo rezo por ti todas las noches —me dijo, tomándome las manos—. Siempre
le pido a nuestro Señor Jesucristo que te libre y te guarde de todos los
peligros.
Aquella fe inquebrantable fue el verdadero escudo invisible que me protegió en los días más temerarios de mi juventud en el BIM "Iquique" N° 31 de Lobitos.
El Líquido de la Codicia y las Luces de Lobitos (1985–1988).- A mi arribo al Batallón de Infantería Motorizado "Iquique" N° 31, descubrí que el verdadero tesoro de la guarnición no se guardaba en las cajas fuertes, sino en un rústico pozo de cemento. Ubicado a un costado de la cocina de oficiales y justo en la parte posterior de sus alojamientos, aquella estructura medía cinco metros de largo por dos de ancho, con una profundidad de metro y medio. Tres veces por semana, un camión cisterna perteneciente al Batallón de Servicios N° 8 abastecía el pozo con el agua destinada estrictamente para el rancho de la tropa y la alimentación de la oficialidad. Para proteger el recurso, el pozo lucía una pesada tapa de madera revestida con calamina, asegurada en uno de sus extremos con un candado. Su custodia estaba bajo la férrea responsabilidad de un sargento segundo a quien todos conocíamos en el cuartel como el "plantón de agua".
En aquellos años de severa
escasez, el agua era un lujo milimetrado. De ese mismo pozo de cemento, los
oficiales y suboficiales recibíamos apenas un balde grande al día, el cual
debíamos estirar al máximo para el baño tras el extenuante entrenamiento físico
matutino. Para la tropa, la realidad era mucho más ruda: tras sudar la gota
gorda en el desierto, los reclutas debían bañarse con el agua salada del mar de
Grau.
La higiene de sus uniformes y
prendas de vestir demandaba un sacrificio adicional. Cada sábado, bajo el mando
estricto del Oficial de Día, los soldados conscriptos formaban en columna y
marchaban seis kilómetros a pie con dirección a la Quebrada Pariñas. Allí, en
medio de la nada, brotaban unos pozos de agua tipo manantial donde los
muchachos pasaban el día restregando la tela sobre las piedras. La vida para el
personal de tropa en Lobitos era una prueba de resistencia extrema; el agua,
elemento vital, estaba tan racionada que algunos malos sargentos terminaron
convirtiéndola en un negocio clandestino. Aprovechando las sombras de la noche
y en complicidad con el "plantón de agua", abrían el candado del
pozo, extraían el líquido y lo embotellaban para vendérselo secretamente a los
sedientos e incautos reclutas a precio de gaseosa. El contrabando de la sed
florecía en los rincones del cuartel.
El Milagro de Pariñas: El Retorno de las Tuberías (1988).- La sequía institucional comenzó a ceder recién en el año 1988, cuando el comando finalmente inició los trabajos de refacción para la red de tuberías de agua desde el sector de Pariñas. El histórico mes de agosto de aquel año quedó grabado en la memoria de la guarnición: por primera vez en un lustro, el agua potable fluyó con fuerza por los conductos hasta llenar un nuevo pozo construido en la parte posterior de la cuadra de la Compañía Comando y Servicios. Una segunda ramificación de la red fue dirigida hacia el depósito ubicado estratégicamente entre el comedor y el pabellón de oficiales. Solo esos dos puntos de la inmensa guarnición gozaban del beneficio directo.
Para optimizar el
abastecimiento, los oficiales y suboficiales colocamos grandes cilindros
revestidos de cemento justo en la entrada de nuestros respectivos alojamientos.
Durante el día, un soldado asignado como "plantón" se encargaba de
rellenar pacientemente estos depósitos a pulso de balde. Aquellos cilindros de
cemento transformaron nuestro día a día, asegurándonos el agua necesaria para
el aseo personal tras el trote matutino y facilitándonos, por fin, el lavado de
nuestras prendas sin depender de los estrictos racionamientos del pozo central.
El Casino de Tropa y La Antena del Techo y los Secretos del Betascam.- A pesar de las carencias hidráulicas, Lobitos gozaba de un beneficio inusual para la época: la energía eléctrica. Al incorporarme al batallón descubrí que, aunque la luz llegaba de forma tenue y parpadeante, el suministro eléctrico cubría las veinticuatro horas del día sin interrupciones. El verdadero dolor de cabeza logístico residía en el entretenimiento electrónico, un lujo casi inalcanzable en el Perú de finales de los ochenta, donde adquirir un aparato de televisión —incluso un TV en blanco y negro— representaba una odisea económica para cualquier bolsillo militar.
El batallón entero contaba a
las justas con un único televisor a color de 32 pulgadas. Para captar la señal,
se había erigido una imponente antena aérea de veinte metros de altura en el
techo, equipada en la punta con un potente amplificador o booster
encargado de filtrar las interferencias del viento marino. El esfuerzo técnico
solo servía para sintonizar una señal: la de Panamericana Televisión, el
recordado Canal 5. Aquel imponente artefacto estaba instalado en el casino de
la tropa, un espacio común que se abarrotaba por las noches y donde se borraban
las jerarquías; allí se apiñaban el comandante de Batallón, el Mayor, los
oficiales, suboficiales y los soldados servicio militar para compartir las
noticias y los programas del momento. Ningún oficial superior, ni el mismo jefe,
poseía el privilegio de un televisor privado en sus habitaciones; la gran
mayoría dependía de sus viejas radios transistorizadas para conectarse con el
resto del país.
Sin embargo, el casino escondía un as bajo la manga: un moderno reproductor de video Betascam. Las noches de recreación proyectaban historias de acción pura que encendían el espíritu de la tropa, con cintas como Rambo I o Fuerza Delta traídas de los mercados de la frontera con Ecuador. Pero el repertorio cambiaba drásticamente los días de quincena, coincidiendo con el arribo de las "visitadoras". Para aquellas jornadas donde las trabajadoras sexuales de la "clase VII" atendían a los seiscientos hombres del servicio militar, nunca faltaban los largometrajes de corte porno, adquiridos clandestinamente por los encargados en la lejana localidad de Huaquillas, en la frontera con el Ecuador. Bajo la luz azul del Betascam y el susurro de la estática de la pantalla, la guarnición ahogaba las fatigas del desierto entre el fulgor de la acción y los placeres prohibidos de la costa norte.
El Estadio Patarcocha: El
Suelo Lunar y el Orgullo del Deporte (1985–1986).- La
geografía del deporte en el Batallón de Infantería Motorizado
"Iquique" N° 31 comenzó en un páramo hostil que desafiaba el
entusiasmo de cualquier soldado. En 1985, la única cancha de fulbito de la
unidad se encontraba emplazada casi a la orilla del mar, a escasos cincuenta
metros de las olas, inclinada hacia el lado oeste de la guarnición. Aquel
terreno era de una fealdad singular: su piso, carcomido por el salitre y el
abandono, asemejaba una superficie lunar plagada de grietas e irregularidades.
Jugar allí representaba un triunfo sobre la gravedad; aun así, oficiales y
suboficiales nos batimos en contadas ocasiones sobre su accidentado relieve
durante aquel año de rigurosa instrucción bajo el mando de Ramos Varillas.
Para el año 1986, la imperiosa
necesidad de contar con un espacio digno de recreación para el personal nos
empujó a tomar las riendas del terreno. Observando las pampas del cuartel, fijé
la mirada en una explanada ubicada frente a la cuadra de la Compañía de Comando
y Servicios, justo en la parte posterior de la Comandancia del batallón. El
área, que medía sesenta metros de largo por cuarenta de ancho, se encontraba
sepultada bajo densos bancos de arena. Sin dudarlo, me puse a la cabeza y,
hombro a hombro con el personal de tropa, iniciamos una titánica faena de
limpieza y acondicionamiento. A fuerza de lampa, sudor y disciplina, nivelamos
el suelo y lo transformamos en una funcional cancha de mini fútbol a la que
bauticé con orgullo como el “Estadio Patarcocha”. El nombre era un guiño
cargado de nostalgia en alusión al mítico e inaccesible estadio del Unión Minas
de Cerro de Pasco, el equipo más alto del mundo.
El "Estadio Patarcocha" se convirtió de inmediato en el alma festiva de la guarnición. Los sábados y domingos cobraban vida memorables e intensos torneos Inter companías. En la arena suelta se armaban los clásicos del fin de semana, donde los soldados conscriptos corrían a la par de los subtenientes, tenientes y suboficiales, borrando las distancias del rango al disputar cada balón. Al sonar el silbatazo final, el resultado del partido se reflejaba en los rostros: todos salíamos cubiertos de polvo y enterrados desde los pies hasta la cabeza debido al polvo que levantaban las jugadas en la tierra seca de Lobitos. Para mí, aquella humilde cancha de tierra significó un bastión de camaradería inolvidable; durante siete largos años y tres meses de servicio, fue mi principal terreno de recreación y el escenario donde el Batallón de Infantería Motorizado N° 31 ahogaba sus fatigas antes de volver al rigor de las armas.
Caminos de Polvo y la Odisea del Franco (1985–1986).- La guarnición de Lobitos no solo ponía a prueba el carácter de sus hombres a través de la disciplina militar, sino también mediante el aislamiento geográfico. Separado de la ciudad de Talara por una distancia aproximada de treinta y cinco kilómetros de desierto, el distrito padecía una carretera en condiciones pésimas y una escasez total de medios de transporte público.
La conexión con el mundo
exterior se reducía a dos opciones particulares: a las ocho de la mañana,
partía hacia Talara la camioneta blanca de un empleado civil conocido
cariñosamente como el “Cabezón”, quien emprendía el retorno alrededor de las
trece horas; la otra alternativa era el auto tipo lancha del Técnico de 3ra de
Oficinista de Comando, de apellido Halanoca, miembro de la Compañía de
Comunicaciones Nº 8.
Ante este panorama de
inmovilidad, la gran mayoría de la oficialidad, los suboficiales y la tropa del
Servicio Militar Obligatorio optábamos por no cruzar los perímetros de Lobitos.
Los fines de semana transcurrían bajo el ritmo del cuartel: nos batíamos en
encarnizados partidos de fútbol en la tierra suelta del famoso “Estadio
Patarcocha” o salíamos a correr por las orillas del mar.
Sin embargo, la juventud y el
temperamento militar siempre encontraban una grieta para burlar el encierro. En
horas de la noche, sobre todo los fines de semana, los oficiales y suboficiales
más jóvenes formábamos grupos compactos para emprender una verdadera marcha
forzada de carácter clandestino. Nuestro destino era "La Rosa Roja",
el célebre burdel de la señora Juana ubicado en los suburbios de Talara.
Caminábamos un aproximado de veinticinco kilómetros a través del arenal oscuro;
llegábamos exhaustos por el esfuerzo físico, pero con el ímpetu intacto. Tras
pasar la madrugada en el local, emprendíamos el retorno a pie bajo el frío del
amanecer. La travesía nos devolvía a la prevención del cuartel cerca de las
cinco de la mañana. Sin tiempo para desatar las botas ni pegar el ojo, nos
uniformábamos de inmediato; a las seis en punto, sonaba el silbato que daba
inicio al riguroso entrenamiento físico de la época.
Para quienes preferían una
franquicia más pacífica, el epicentro del descanso era el Bar Cevichería “El
Cejón”, negocio administrado por el suegro del Suboficial de 2da Leónidas
Ventura Bautista. En sus mesas de madera nunca faltaron los generosos cántaros
de cerveza helada y las fuentes de ceviche mixto de pescado fresco, coronadas
con generosos trozos de mero, ojo de uva recién extraído del mar y su
infaltable zarandaja, el bocado norteño por excelencia.
Convoyes en la Plaza Mayor de Talara: El Traslado de la Tropa.- El verdadero reto logístico de la 8va División de Infantería se manifestaba los días de salida de paseo para el personal conscripto. Al no existir transporte comercial que pudiera absorber la demanda, cada unidad de combate se veía obligada a movilizar sus propios recursos rodantes para asegurar el traslado y repliegue de su gente desde Lobitos hasta Talara.
El Batallón de Infantería
Motorizado “Iquique” Nº 31 ponía en marcha una impresionante maquinaria los
días sábados. Entre ocho y diez pesados camiones de apoyo de combate de los
tipos UNIMOG y LA encendían sus motores para transportar a la masa de soldados.
Uno de los Oficiales de Día del batallón asumía la comandancia del transporte y
pasaba el fin de semana acantonado en el Cuartelillo de Talara, custodiando la
flota vehicular.
El domingo por la noche se
ejecutaba la operación de repliegue, un espectáculo que paralizaba las
inmediaciones de la plaza principal. A las 22:00 horas en punto, el oficial a
cargo ya tenía encolumnados y listos a los pesados camiones a un costado de la
Plaza Mayor de la ciudad de Talara. Mover a un batallón que en aquellos años
manejaba un efectivo de seiscientos hombres de tropa requería una disciplina de
hierro. Los vehículos se convertían también en el medio de transporte para los
oficiales y suboficiales casados que residían en Talara y debían reincorporarse
al servicio técnico.
La regla de embarque era inflexible: recluta que no se encontrara en la Plaza Mayor a la hora exacta del toque de queda, se quedaba en tierra bajo su estricta responsabilidad. Aquellos rezagados no tenían más opción que emprender el retorno a la guarnición a pie, desafiando los treinta y cinco kilómetros de desierto y llegando extenuados al cuartel de Lobitos en altas horas de la madrugada, listos para enfrentar el castigo reglamentario. La conducción de estos colosos de acero descansaba, en su gran mayoría, en las manos hábiles de los soldados de la misma tropa y de algunos sargentos reenganchados que conocían de memoria cada bache y cada duna de la ruta polvorienta.
La Gran Fuga Decembrina y el
Imperio del Palo (1985–1986).- El 21 de diciembre de 1985 me tocó afrontar
uno de los episodios más insólitos y caóticos de la vida cuartelaria en
Lobitos. Aquella noche me encontraba de servicio como Oficial de Día por la
Compañía de Comando y Servicios del Batallón de Infantería Motorizado “Iquique”
Nº 31. Al amanecer, la sorpresa fue mayúscula: el ochenta por ciento (80%) de
la tropa simplemente había desaparecido. Se habían escapado en masa saltando
los muros de la instalación. En las cuadras solo permanecían los soldados menos
antiguos, desorientados, junto a un puñado de cabos y sargentos procedentes de
los departamentos de Cajamarca y Amazonas, quienes por la enorme distancia a
sus hogares no se habían sumado a la huida.
Al día siguiente, durante la
Lista de Diana, el Capitán de Día ordenó formar a los remanentes. El panorama
en el patio era desolador: logramos reunir a duras penas a noventa efectivos.
Por pura fortuna para el servicio, ese grupo alcanzaba con las justas para
cubrir los puestos clave de la Guardia de Prevención, imaginarias, sargentos de
semana y rancheros. Alarmados por la deserción masiva, comenzamos a interrogar
a los sargentos más antiguos de la guarnición. Estos, con total naturalidad,
nos revelaron la verdad del folklore local: en ese cuartel norteño la tropa
tenía la vieja e inquebrantable costumbre de evadirse a fin de año sin
autorización del comandante. Los muchachos abandonaban el cuartel de Lobitos
para pasar la Navidad y el Año Nuevo en sus tierras natales de Negritos,
Vichayal, Tamarindo, Talara, Paita, Chiclayo, Cerro Mocho, Sullana, Piura,
Tambogrande y Morropón, emprendiendo el retorno de manera gradual recién a
partir del 5 de enero.
La factura de aquella fuga masiva
se empezó a cobrar el 7 de enero de 1986, fecha en la que me encontraba de
servicio como Oficial de Guardia. Ese día retornaron de golpe ciento treinta
individuos. El control se volvió riguroso: seleccioné a treinta y dos de los
evadidos e inauguré el correctivo metiéndolos a presión en el calabozo. El
espacio era tan reducido que los soldados permanecieron de pie, adheridos los
unos a los otros, sin espacio para sentarse ni margen para voltear el cuerpo.
Cerré la pesada puerta y en esa posición pasaron la noche, mientras el resto de
los retornados permanecía de plantón sobre los muros frente a la guardia.
Al día siguiente, el flujo de
desertores se tornó incontenible para la guardia. Ante la crisis, la jefatura
ordenó la intervención del Subteniente Juan Tello Delgado, quien llegó a
concentrar a más de trescientos cincuenta hombres en el patio. El oficial
desató una verdadera "masacre" de castigo físico, moliendo a la masa
de evadidos a punta de ranas, canguros, rampas sobre el terreno áspero,
rotaciones interminables y baños forzados en el mar helado. El correctivo
físico culminó recién a la medianoche, hora en que finalmente se les permitió
descansar. Al finalizar el conteo de la semana, los retornados superaban los
quinientos hombres; la cantidad era tan abrumadora que la capacidad de sanción
colapsó. La superioridad no tuvo más opción que firmar una tregua tácita,
ordenando que los rezagados se incorporaran directamente a sus respectivas
compañías sin mayores trámites penales.
La Ley de la Manguera y el Calabozo Inundado.- Aquellos incidentes consolidaron mi reputación en el cuartel. Con el paso de los meses, me convertí en uno de los suboficiales más temidos dentro del batallón. Mi doctrina con el personal indisciplinado o relajado era implacable: las faltas se pagaban con un riguroso e intenso castigo físico, y cuando la situación lo ameritaba, el correctivo incluía el uso de la fuerza. En los cuarteles de los años ochenta, el empleo del palo o del grueso baquetón de limpieza para golpear los glúteos de la tropa indisciplina e irresponsable era la ley no escrita con la que se mantenía el principio de autoridad.
Cuando me correspondía el
servicio de Oficial de Guardia, pasaba las noches en vela supervisando el
castigo de los infractores. Las jornadas disciplinarias arrancaban a la
medianoche. Sometía a los sancionados a la rutina completa de gimnasia básica
sin armas, exigiéndoles cincuenta repeticiones por cada uno de los diez
ejercicios reglamentarios. Los soldados ejecutaban un total de quinientas
repeticiones, una prueba de resistencia que consumía cerca de dos horas de
sudor continuo.
Para asegurar la obediencia
absoluta ante cada orden impartida, portaba en la mano una manguera gruesa de
caucho. Con este implemento castigaba los glúteos de los rezagados y, en casos
de abierta indisciplina, aplicaba golpes certeros con el palo. En el Lobitos de
aquella época, el palo era el argumento supremo; con él se dominaba el
temperamento de los elementos más difíciles de la tropa.
Una vez finalizados los quinientos ejercicios matinales, ordenaba a los exhaustos infractores marchar hacia la playa para bañarse en las olas del mar, tras lo cual se les permitía un breve descanso hasta las cinco de la mañana. A esa hora exacta, el silbato los despertaba y debían formar nuevamente en las inmediaciones de la prevención para iniciar otra ronda de planchas, ranas y canguros. El calabozo bajo mi mando mantenía sus propias reglas de rigor: el piso de cemento permanecía constantemente cubierto por una capa de agua, obligando a los castigados a permanecer de pie, día y noche, asimilando el frío y el rigor de una disciplina de hierro que no conocía la piedad.
El Fusil del Resentimiento y
las Barreras Invisibles (Marzo – Abril de 1985).- El
implacable ritmo impuesto por el Teniente Coronel Jorge Ramos Varillas comenzó
a resquebrajar los cimientos de la guarnición a principios de 1985. El horario
de trabajo se había convertido en una ficción jurídica: no existía el descanso
ni para oficiales, ni para suboficiales, y mucho menos para el personal de la
Tropa del Servicio Militar Obligatorio. El brazo ejecutor de esta presión
extrema era el Mayor Luis Grados Bailetti, el "Zorro Blanco", quien
exigía al personal más allá de todo límite humano en la instrucción, el
mantenimiento de los camiones y las faenas de campaña. Desde las seis de la
mañana hasta el anochecer, el cuartel era una olla a presión. Agotados y al
borde de una insurrección silenciosa, un grupo de soldados concibió un plan
audaz para frenar los excesos del comando: el secuestro de un arma
reglamentaria.
El golpe se ejecutó el 17 de
marzo. Aprovechando el movimiento de la mañana, cuando se retiró el armamento
destinado a cubrir el Servicio de Guardia en el sector del Puesto de Control
Avanzado N° 1 (PCA 1), la tropa sustrajo y ocultó un Fusil Automático Ligero
(FAL) perteneciente a la Compañía “B”, unidad bajo la jefatura del Capitán de
Infantería Carlos Noriega Montes. En cuanto el parte de la pérdida llegó al
despacho del comandante Ramos Varillas, el pánico tiñó su conducta. Su primera
reacción fue la prepotencia; inició indagaciones en un tono abiertamente
amenazante, descargando sus sospechas principalmente sobre el personal de
suboficiales.
Pasaron las semanas y el
arenal de Lobitos se negaba a devolver el fusil. La desesperación comenzó a
mellar la arrogancia del jefe. Ramos Varillas sabía perfectamente que la
pérdida de un arma de guerra significaba el fin automático de su carrera
militar: implicaba un juicio militar seguro y la imposibilidad perpetua de
ascender al grado inmediato superior. Por eso los oficiales custodian su legajo
como si fuera una tonelada de oro de dieciocho quilates. Presionado por el
tiempo, el comandante dio un giro drástico a su estrategia. Cambió los gritos
por promesas y llegó a ofrecer una jugosa recompensa de dos mil soles de la
época de su propio bolsillo. Nadie habló. Todas las noches, quebrantado, el
jefe se quedaba en los pabellones conversando con los reclutas hasta altas
horas de la madrugada después de la Lista de Retreta. Los mismos soldados me
comentaban asombrados que el riguroso oficial de Chorrillos había llegado a
llorar ante ellos, suplicando la devolución del arma.
El misterio se resolvió al
cumplirse los veinte días. A las cinco de la mañana, mientras una cuadrilla de
limpieza barría las inmediaciones de la Comandancia, los soldados descubrieron
un bulto sospechoso enterrado en la arena, justo debajo de la estructura del comandancia
del batallón. Al remover la tierra, apareció el fusil FAL, cuidadosamente
envuelto en un costal de yute de la proveeduría del rancho. La tropa dio aviso
inmediato al Suboficial de 3ra Luis Montezuma Guevara, quien se encontraba de
servicio como Oficial de Día.
La reaparición del fusil obró
un milagro en el temperamento de Ramos Varillas. Al verse salvado del abismo
legal, la alegría transformó por completo su método de comando. De la noche a
la mañana, el cuartel recuperó la cordura: se empezó a respetar estrictamente
el horario de trabajo para toda la escala jerárquica y se restablecieron los
pases de fin de semana para la tropa. Los miércoles por la tarde volvieron a
poblarse de risas y sudor en la cancha con los partidos de fulbito y, lo más
importante para nuestro estamento, la línea de marginación que dividía a los
suboficiales comenzó a desdibujarse.
La Línea de la Prevención: Una Ofensa a las Familias.- Aquel cambio de actitud era urgente, pues el descontento entre los suboficiales no solo respondía al agotamiento físico, sino a una profunda y humillante política de discriminación institucional. Desde su llegada en enero, el comandante Ramos Varillas había establecido la costumbre de organizar almuerzos de camaradería cada quince días. Sin embargo, estas reuniones estaban vedadas para el personal técnico; eran banquetes exclusivos para los oficiales y sus señoras esposas.
El descontento reinaba
especialmente entre el personal casado de los suboficiales, quienes
contemplaban con amargura cómo sus familias eran rebajadas a una categoría
inferior. La marginación afectaba igualmente a los suboficiales solteros: los
días en que la oficialidad se reunía a festejar, se nos prohibía
terminantemente transitar por las inmediaciones del comedor de oficiales, bajo
la amenaza expresa de ser sancionados con días de arresto simple si osábamos
quebrar el perímetro. La segregación era diaria y cotidiana; mientras los
oficiales disfrutaban de la comodidad de sus instalaciones modernas construidas
en 1977, los suboficiales debíamos recibir el rancho bajo el techo de un
pequeño cuarto maloliente, ubicado cerca de un almacén logístico, donde escaseaban
las mesas y faltaban las sillas para sentarse con dignidad. Esta misma
exclusión se repetía sin variaciones en las fechas sagradas del calendario: el
Día de la Madre, el Día del Padre y las fiestas de Navidad.
La crisis del fusil FAL hizo
reaccionar al comandante justo a tiempo, pues en los pasadizos ya se tejían
conspiraciones para ejecutar acciones de protesta aún más graves con la
participación de la tropa. A finales de abril, Ramos Varillas convocó a un
nuevo almuerzo de camaradería, pero esta vez la orden de plaza incluyó
formalmente la asistencia del personal de suboficiales. Acudimos al llamado,
pero la discriminación de casta militar guardaba un último golpe de desprecio.
Mientras los oficiales
ingresaban del brazo de sus esposas, las señoras del personal de suboficiales
que acudieron elegantemente vestidas fueron frenadas en seco al llegar a la
Guardia de Prevención. Los centinelas, cumpliendo órdenes superiores directas,
les comunicaron que no existía autorización para su ingreso al recinto.
Humilladas en la misma puerta del cuartel, las dignas esposas de los suboficiales
tuvieron que dar media vuelta y emprender el amargo retorno a sus hogares en
Lobitos o Talara.
En el interior del comedor,
ajenas al agravio de la entrada, las damas de la oficialidad compartieron el
almuerzo y se retiraron temprano por la tarde. A partir de ese momento, la
reunión se transformó en una clásica encerrona militar que se prolongó hasta
altas horas de la noche, teniendo como eje central la figura del comandante.
Fiel a la vieja usanza, si el jefe levantaba el vaso y brindaba a fondo, toda
la corporación estaba obligada a beber a vaso lleno a la par de su superior.
Nadie tenía el derecho de abandonar la mesa mientras Ramos Varillas
permaneciera sentado; retirarse a hurtadillas o retirarse antes que el comandante
era catalogado de inmediato como una flagrante falta de lealtad y una grave
falta de respeto, castigada con el rigor del reglamento.
A pesar del trago amargo
infligido a nuestras familias en la prevención, la convivencia obligada de esa
noche forzó una mayor cohesión entre ambos estamentos militares a partir de
mayo. El miedo a perder el control del batallón obligó a la oficialidad a moderar
su trato, permitiendo que el glorioso Batallón de Infantería Motorizado N° 31
navegara el resto del año fiscal de 1985 en relativa calma y terminara el
periodo sin mayores novedades operativas.
En la ciudad de Iquique, cuatro de noviembre de
1879; yo, el abajo suscrito, Alfonso Ugarte Vernal, hago el primero y quizá el
último testamento, con motivo de encontrarme de Coronel del Batallón de Infantería Iquique,
de la Guardia Nacional y tener que afrontar el peligro contra los ejércitos
chilenos que hoy invaden el santo suelo de mi patria y a cuya defensa voy
dispuesto a perder mi vida por la fuerza del sagrado suelo peruano.
Declaro que soy cristiano, que
profeso y creo en la religión católica y que vivo y muero en tal creencia.
Declaro que soy hijo legítimo de
mis padres don Narciso Ugarte y doña Rosa Vernal y que no tengo ni reconozco
otro hermano legítimo más que a Isabel Ugarte hija de mis antedichos padres
únicos dos que sobrevivimos a este matrimonio, habiendo muerto en la más tierna
edad mis hermano, Narciso y Federico Ugarte.
Declaro que después de la muerte
de mi legítimo padre, mi madre doña Rosa Vernal, casó por segunda vez con el
señor don Jorge C. Hillinger.- Que de este último matrimonio existe una hija
llamada Luisa Hillinger a la que reconozco como hermana legítima de madre.
En caso que esta población
(Iquique) cayera por desgracia en manos de los invasores chilenos, declaro que de mis
bienes enunciados quiero que mi señora madre y mis albaceas entreguen a mi
hermana Isababel Ugarte, ciento cincuenta mil soles en certificados salitreros,
la chacra Salcagua y Quincana, mis dos casas de Iquique y las piezas de plata
chafalonía que hay a bordo del buque Erato.
Dejo a mi hermana Luisa Hillinger
cincuenta mil soles en certificados salitreros y la mitad de la chacra Aroma
que me pertenece cuya hacienda es un porvenir para quien quiera dedicarse a
ella.
Dejo a mi prima Timotea Vernal quince
mil soles billetes porque le prometí casarme con ella y el tiempo no me lo ha
permitido efectuarlo como tenía resuelto.
Dejo a la Beneficencia de Iquique
cuatro mil soles para el Hospital.
Dejo a los pobres de Tarapacá
tres mil soles que los repartirá mi señora madre.
Dejo todo los demás de mis bienes
a mi señora madre Rosa Vernal de Hillinger para que los goce con la bendición
del Señor y la mía.
Dejo a mi padre político don José
C. Hillinger todos mis libros y mis cartas y copiadores para que le sirva de un
recuerdo y que se imponga que he sido siempre guiado de la mayor buena fe en
mis actos mercantiles y la buena voluntad que le tengo.
Dejo a mi primo Juan Vernal
Castro mi caballo blanco y un servicio completo de plaqué fino para Té, que
suplico a mi señora madre le mande comprar y se lo entregue.
Si en algo soy injusto aquí; si he olvidado algún deber, suplico a todos me perdonen, pues en los momentos en que escribo esto me encuentro apurado, con mis deberes militares y del negocio y mi ánimo completamente aniquilado al pensar que puedo desaparecer en esta campaña y abandonar a mi madre y mi hermana que necesitan de mi apoyo. Firmado, Alfonso Ugarte Vernal.
Alfonso Ugarte Vernal, murió en la batalla de Arica el 7 de junio de 1880.





_enhanced%20(1).jpg)









MALDITO ABUSIVO. ACASO LA TROPA SON TUS HIJOS PARA QUE LES DES CON PALO?? HDP
ResponderBorrar