Crónica de un soldado en Huamachuco.- Hubo un tiempo de sombras en los Andes peruanos, entre los años 1980 y 2000, en que la tierra crujía bajo el peso de una guerra silenciosa. Los soldados del Ejército batallaban día y noche contra los fantasmas subversivos del PCP Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. De todos aquellos episodios de pólvora y neblina, los viejos de la sierra todavía recuerdan el feroz combate que encendió el distrito de Chilia, la "perla escondida de los Andes", en la provincia de Pataz, aquel lejano 26 de febrero de 1992.
Por entonces, el destino de la
nación estaba en manos del ingeniero Alberto Fujimori. Desde finales de la
década anterior, las cumbres de La Libertad se habían transformado en un
infierno de consignas y atentados; la cordillera del norte parecía replicar el
dolor que había desangrado a Ayacucho en los albores de los ochenta. La
urgencia del frente obligó al Comando del Ejército a mover sus piezas sobre el
tablero como si fuesen fichas de ajedrez, ordenando traslados extraordinarios
de oficiales y suboficiales hacia las zonas de fuego. fue así como el
Memorándum N° 170-CP-JAPE.F, fechado el 1° de julio de 1992, selló el
destino del Suboficial Miguel Pineda Ramírez, quien debía abandonar el Batallón
de Infantería "Iquique" N° 31, apostado entre los vientos desérticos
de Lobitos, en Talara, para marchar hacia los parajes fríos del Batallón
Contrasubversivo N° 323, con cuartel general en la histórica ciudad de
Huamachuco.
Llegamos en la primera semana
de julio. Éramos un puñado de oficiales y suboficiales que, por primera vez en
nuestras carreras, pisábamos el suelo de una unidad de combate inmerso en
guerra contrasubversiva. En el patio nos aguardaba el comandante San Román,
jefe del batallón. Sus palabras fueron parcas, curtidas por la altitud; en una
breve exposición que nos pareció un bautizo de fuego verbal, nos habló de mapas
invisibles, de tácticas de patrullaje en campo abierto, de emboscadas
sorpresivas en la oscuridad y de las bases que el batallón sostenía en los
distritos más recónditos de la provincia de Pataz.
Pronto comprendí que aquel
cuartel era un hervidero humano que nunca dormía. El movimiento era incesante.
Las patrullas salían al terreno con la mirada fija en el horizonte y regresaban
una semana después, arrastrando las botas por los caminos abruptos de la
cordillera. Casi siempre volvían de madrugada, como espectros envueltos en la
neblina de las altas punas de Angasmarca, Quesquenda, Cushuro, Sarín y
Sanagorán.
Impulsado por la curiosidad de los primeros días, yo solía acercarme al patio de armas cuando los hombres se formaban al alba para la revista de equipos y fusiles. Sus rostros eran el vivo retrato del cansancio y el hambre, curtidos por el sol helado de la sierra. Cuando les preguntaba por las peripecias del viaje, los muchachos me miraban con ojos gastados y respondían con una calma que erizaba la piel: «Allá arriba el frío no tiene piedad, mi suboficial. Caminamos entre roquedales y avanzamos por humedales infinitos mientras la lluvia nos cala los huesos. A veces, cuando la noche nos gana en la montaña, el único refugio es la choza de algún campesino humilde. Ellos, que apenas tienen nada, nos abren la puerta y nos comparten un plato de comida».
El eco de los carnavales:
Pólvora y dólares en la perla de los Andes
El Fuerte "Mayor Santiago
Zavala", hogar indómito del Batallón Contrasubversivo N° 323, se alzaba
desafiante en el sector denominado "La Cuchilla", justo en el flanco
este del distrito de Huamachuco. Aquella fortaleza militar custodiaba un
extremo de la histórica llanura de Purrumpampa, aprisionada entre los perfiles
imponentes del cerro Toro, el cerro Cuyulga y el cerro Sazón. En mis primeras
mañanas en el fuerte, la estampa del patio de armas se repetía como un ritual
inquebrantable: los fusiles FAL amanecían siempre ordenados en pabellones,
flanqueados por las fornituras y las mochilas de campaña de las patrullas
recién llegadas de las montañas, listas para la rigurosa inspección del
personal técnico de la unidad.
Aquel mes de julio, bajo el
rigor del verano serrano en Huamachuco, los días transcurrían en un febril
remolino humano; unas columnas de combate se marchaban en silencio hacia el
horizonte y otras regresaban con el rostro curtido por la helada. Fue en medio
de ese ajetreo que comencé a escuchar los primeros murmullos sobre una gesta
heroica ocurrida semanas atrás en el distrito de Chilia. Los pasillos del
cuartel hablaban de un exitoso golpe propinado por las patrullas combinadas del
Ejército y de la DINOES de la Policía Nacional contra una columna principal de
Sendero Luminoso. Intrigado por la hazaña, decidí indagar entre el personal de
tropa del Servicio Militar Obligatorio (SMO) que había sobrevivido al fuego.
Fue así como el sargento segundo EP Julio Aponte Rebaza, un muchacho recio
natural del distrito de La Esperanza, en Trujillo, me sentó a su lado y me
desveló la memoria de aquel combate:
«Todo empezó en la Base
Contrasubversiva de Marsa —me narró el sargento Aponte, cuyos ojos aún
reflejaban el brillo de la pólvora—. Corría la primera semana de enero de 1992,
un mes maldito de lluvias incesantes y nevadas implacables en la cordillera. El
servicio de inteligencia nos lanzó una alerta que nos puso los pelos de punta:
una fuerza principal de Sendero Luminoso, compuesta por cerca de ciento
cincuenta combatientes —en su mayoría campesinos cocaleros procedentes de la
selva y sierra de San Martín—, avanzaba con rumbo a nuestra posición. El 24 de
febrero, amparados por las sombras de la madrugada, los subversivos irrumpieron
en el distrito de Chilia. Astutos, pretendieron camuflarse entre el bullicio y
la algarabía de las fiestas de los carnavales para pasar desapercibidos ante
los ojos del pueblo. Se acuartelaron en las aulas de un colegio local para
reponer fuerzas, mientras sus mandos trazaban los planos para asaltar nuestra
base militar en la mina Marsa y el puesto de la DINOES que custodiaba los
yacimientos auríferos de la empresa.
Las habladurías y los temores
de los civiles no tardaron en llegar a nuestros oídos. Sin perder tiempo, se
organizaron de emergencia dos patrullas: una de soldados y otra de policías. La
mañana del 26 de febrero nos pusimos en marcha; éramos treinta y un hombres del
Ejército y treinta y un efectivos de la Policía Nacional. Sesenta y dos hombres
en total, pues la patrulla de apoyo que solicitamos a la Base Contrasubversiva
de Tayabamba jamás logró llegar a tiempo. Nos desplazamos en un silencio
sepulcral, devorando el camino con el dedo en el disparador. En el trayecto, un
campesino nos confirmó el dato preciso: los senderistas estaban cómodamente
instalados en las aulas del colegio.
Los hombres que iban en la
punta de la vanguardia se disfrazaron con ropajes civiles de la zona;
emponchados y con sombreros de ala ancha, caminaron como paisanos hasta que
sorprendieron y redujeron a los vigías de Sendero Luminoso sin levantar
sospechas. Con el factor sorpresa de nuestro lado, los jefes de patrulla
ordenaron el ataque simultáneo por diferentes flancos. El infierno se desató en
Chilia. Combatimos palmo a palmo, sin tregua, hasta que la oscuridad de la
noche nos cubrió por completo. Al final de la jornada, el enemigo sufrió
sesenta y ocho bajas confirmadas, mientras que el resto de su columna huyó
despavorida entre las sombras, arrastrando a numerosos heridos. Cuando
revisamos los despojos y registramos las mochilas de los subversivos caídos, la
sorpresa fue mayúscula: la gran mayoría cargaba fajos de dólares americanos y
bolsas de coca».
Así concluyó el testimonio del sargento Aponte, un combatiente que ya sumaba un año entero de sacrificios custodiando los socavones de la mina Marsa, y cuyas palabras dejaban en claro que, en los rincones más ocultos de la patria, la lealtad se pagaba con sangre.
El rugido del cielo y la
marcha a Marsa: La carrera contra el tiempo
La patrulla de veinticinco
hombres procedente de la Base Contrasubversiva del distrito de Tayabamba
avanzaba a pie por la inmensidad de la puna, bajo una lluvia torrencial que no
daba tregua. La noche los atrapó en pleno despliegue, sorprendiéndolos en los
caminos empinados y traicioneros que serpentean por las alturas del distrito de
Buldibuyo. Sometidos a una marcha forzada implacable, los combatientes
alcanzaron finalmente las instalaciones de la Base de la mina Marsa a las 23:00
horas, con los cuerpos tullidos por el frío, hambrientos y al límite de sus
fuerzas.
Los oficiales, suboficiales y
el personal de tropa del Servicio Militar Obligatorio (SMO) que tuvimos el
honor de patrullar a pie aquellas latitudes del ande liberteño somos testigos
de la enorme distancia que separa al distrito de Tayabamba de la mina Marsa. Se
trata de una geografía indómita y sumamente hostil, en especial el extenuante
ascenso desde los distritos de Huaylillas y Buldibuyo. Las zonas altas están
gobernadas por una puna absoluta donde las lluvias torrenciales y las nevadas
son una constante inevitable, ensañándose con el soldado principalmente entre
los meses de octubre y abril.
Aquel sacrificio, sin embargo,
respondía a una amenaza inminente. Desde los primeros días de enero de 1992, la
sección de inteligencia militar había emitido informes precisos sobre el
desplazamiento de ciento cincuenta combatientes de la Fuerza Principal de
Sendero Luminoso. La columna subversiva, integrada por elementos procedentes
del departamento de San Martín, se dirigía con rumbo al distrito de Chilia, en
la provincia de Pataz. Su objetivo estratégico era nítido y audaz: lanzar un
asalto destructivo contra la Base Contrasubversiva del Ejército y el puesto
policial de la DINOES encargados de brindar seguridad a la valiosa mina
aurífera de Marsa.
En aquella ocasión, el engranaje de inteligencia operó con una precisión milimétrica. Los mandos senderistas irrumpieron en el distrito de Chilia aprovechando el bullicio y la distracción de las fiestas de los carnavales, buscando confundirse entre la población civil para distraer y burlar la vigilancia de las fuerzas del orden. No obstante, el oficial de Inteligencia (S-2) del Batallón Contrasubversivo N° 323, apostado en el distrito de Huamachuco, cruzó los datos obtenidos por sus canales secretos y emitió una orden perentoria al jefe de la Base Contrasubversiva de la mina Marsa: debía ejecutar de inmediato todas las medidas de seguridad del caso y reportar, sin perder un solo minuto, las acciones tácticas adoptadas para repeler el golpe.

Los héroes del olvido: Sangre
y silencio en las alturas de Chilia
La maniobra fue perfecta. Las
fuerzas del orden sorprendieron por completo a una columna senderista de ciento
cincuenta hombres fuertemente armados con fusiles y ametralladoras. Los
centinelas y vigías del grupo subversivo fueron neutralizados de forma inmediata,
impidiéndoles dar la alarma general. Lo que siguió fue un combate infernal que
se prolongó por varias horas. La noche los atrapó batiéndose a fuego cruzado,
calle por calle y casa por casa, en una batalla urbana donde la columna de
Sendero Luminoso terminó completamente diezmada. Al concluir las acciones,
sesenta y ocho combatientes del grupo terrorista yacían sin vida en el terreno.
Por el lado de las fuerzas del orden, el resultado fue sencillamente milagroso:
en las filas del Ejército y de la Policía Nacional no se registró una sola
baja, ni un solo herido, ni un solo rasguño. Además del contundente golpe
humano al enemigo, se recuperaron cuarenta y siete fusiles de guerra, entre
modelos AKM y FAL, junto a abundante material logístico.
De este monumental
enfrentamiento, sin embargo, nadie ha escrito una sola línea en las páginas de
la historia oficial de nuestro país. El combate de Chilia no figuró en los
titulares de los periódicos de la época ni fue incluido en los nutridos tomos
del informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR). Aquella jornada
de pólvora y sangre quedó desterrada del registro público, resguardada
únicamente en la retina y en el baúl de los recuerdos de los soldados, policías
y subversivos que sobrevivieron al fuego, así como en la memoria de los
pobladores locales que presenciaron el dramático derramamiento de sangre.
Aquellos combatientes peruanos
que entregaron su juventud y su valor en el distrito de Chilia quedaron sumidos
en el más absoluto anonimato. Para ellos no hubo ceremonias públicas, medallas
al valor, felicitaciones oficiales ni condecoraciones en el patio de armas;
nadie reclamó un ascenso por acción de armas, beneficios económicos, ni
siquiera permisos especiales o una rotación de puesto hacia guarniciones menos
hostiles. Al día siguiente del combate, con el fusil al hombro y el uniforme
gastado, todos continuaron cumpliendo su deber en sus puestos de vigilancia, a
más de 4500 metros de altura sobre el nivel del mar, en mitad de una puna
inhóspita que la nieve cubre por completo durante las temporadas de lluvia.



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